El consejero de la juventud · Capítulo real 13 de 28
capítulo xvi
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
capítulo xvi
El homicidio
Ningún hombre es dueño de la vida de otro hombre. Dios nos la dió y él es el único que nos la puede quitar.
Homicidio es matar á un semejante nuestro.
Ojalá nunca manches tus manos con sangre humana, ni aun en el caso de tu propia defensa. Pesado, muy pe sado debe ser el fardo de ese delito, y nadie lo podrá llevar sin inclinarse agobiado por los remordimientos de la conciencia.
Huye de las acaloradas discusiones, ée los caracteres violentos, de las pa¬ siones candentes. El hombre es débil por naturaleza, y si se rodea mal, ten¬ drá que lamentar muy tristes conse¬ cuencias.
.Lo más precioso (jue tenemos es ln*
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vida: UDa vez perdida, nadie la puede devolver. ¿Quién no tiene familia, deu¬ dos ó amigos?
Han asesinado un hombre. Un ins¬ tante ha bastado para tronchar el hilo de una existencia; pero habrá un ho¬ gar que se vista de luto, una esposa aprisionada por la desesperación y el llanto, unos hijos condenados á eterna orfandad y quizás á implacable mise¬ ria. Imagínate que ese crimen se rodeó de aterradoras circunstancias: que el asesino acechaba á su víctima entre la pérfida sombra: que esa víctima le lla¬ mó amigo, que transitaba por el cami¬ no de la vida con esa tranquilidad de las almas superiores, cuando cae heri¬ da con alevosía.
¿Cuánto refinamiento de crueldad no se necesita para llegar á ese amar¬ go trance? ¿Cuán duro no debe ser el corazón del hombre que aguza el arma, que la prueba y que la ensangrienta luego? Hé aquí por qué te he aconseja¬ do que des la espalda al rencor y que no permitas que la ira se anide en tu pecho. o
Matan los hombres vengativos, los
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perversos, los ladrones, los que carecen de toda noción moral y religiosa. Se¬ gún se le incline, así se forma el cora¬ zón, ora para el mal ora para el bien, pues el hombre procede siempre según la clase de educación que ha recibido.
Para un hombre habituado á las violencias, al insulto, á la diatriba, al rencor, á la crápula y á las demás in¬ nobles pasiones, nada es más fácil que ser homicida. Vive anormalmente ins¬ pirado por los vicios, que son funestos consejeros, y nada le importa chocar con todo el mundo. Pueden matarlo, pero él es quien provoca las muertes.
Si sientes que tu sangre es ardien¬ te, reprime tus ímpetus: si no te sien¬ tes inclinado á la prudencia, evita todo lance desagradable, porque es sabido que se salva del peligro quien evita la tentación.
No te habitúes á esas riñas que son tan frecuentes en la niñez, porque te levantarás un hombre pendenciero y el día menos pensado te harás homicida. Habrá quien trate de despertar tu amor propio, pero debes despreciarlo. La ni¬ ñez no tiene jamás cuestiones graves y
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no debe nunca cifrar su orgullo sino en ser obediente, moral y aplicada.