El crimen del fauno · Unidad 2 de 26

Unidad 2 · EL CRIMEIf DEL FAUNO

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EL CRIMEIf DEL FAUNO

humedad y a alcanfor, y aquel olor mohoso, a viejo, aumentaba la angustiosa sensación de ahogo. En la atmósfera enrarecida, sus compañeros de viaje dormitaban.

Mamá Tecla debía haber sido guapa y elegante, pero ahora desmoronábase bajo las telas de luto, y, sin saberse por qué, daba la sensación de una decadencia irremediable. La cara, más bien delgada, no era, sin embargo, enjuta, sino que fofa, llena de bolsas y arrugas, hacía pensar en esas personas gordas a quienes una enfermedad incurable ha demacrado. No era impresión de músculos, sino de carnes linfáticas, que fueron rosadas y rozagantes y yacen mustiadas por un mal oculto. Tenía el pelo pintado de rubio; mas

ANTONIO DE HOYOS Y VINE NT

en ello también denotaba desaliento y abandono, pues no era el rubio veneciano luciente e igual, ni el pálido rubio de las mieses, sino una mezcolanza de colorines que iban del oro tiziano al ceniza, sin olvidar los mechones de canas. Mal peina da, bajo el manto negro, con un golpe de rizos sobre la frente, aquel tocado aniñado y convencional sorprendía por su compenetración con todo el resto de la persona. La nariz era recta y noble, y la boca, pueril, hallábase profanada por dos hondos surcos que daban guardia a las comisuras.

Había sido guapa y elegantísima; en lo moral, una de esas mujeres atrozmente banales que viven la efímera vida de los salones. El prestí-

gio de Pacheco, el famoso banquero, su marido, impúsola en el mundo convencional que se llama «oran mundo», y allí, frágil y quebradiza, primero entre tules y encajes; noble y reposada después en la pompa de pieles y joyas, triunfó. No tenía voluntad, ni iniciativa, ni ciencia ninguna del vivir. Así, cuando la catástrofe, cuando la ruina, seguida de suicidio, del pobre papá Gaspar, hallóse desconcertada, obligada a hacer fí ente a una situación dificilísima. Abúlica, superficial, manirrota, pronto sintióse ahogada en el fárrago de papelotes judiciales, aturdida por los discursos de jurisconsultos y leguleyos; y como Paloma parecía más valiente, más osada y más dueña de sí misma, abdi-

có en ella. Pero María de la Paloma dedicóse a coquetear con abogadillos y hombres de negocios, a soliviantar viejos magistrados y usureros, a poner una nota de sensualidad picante en la monotonía de todas aquellas cosas feas y vulgares. María de la Paloma era una de esas muchachas educadas a la moderna; varoniles, pero no fuertes espiritualmente; valientes con majeza, pero sin ese sereno ánimo que da la plena conciencia del deber. Abordaba la vida con osadía, más por amor al bello gesto, por fanfarronería y por ignorancia de las ley^s morales fundamentales, que por consciente noción del deber, por resignación noble y reposada hecha de fe en Dios y de plena conciencia, carac-