El Criterio · Unidad 28 de 41

CAPÍTULO XXII. — parte 2

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No hay peores hombres para los negocios; desgraciado el asunto en que ellos ponen la mano; y desgraciados muchas veces ellos mismos, si en sus cosas se hallan abandonados á su propia y exclusiva direccion. Las principales dotes de un buen entendimiento práctico son la madurez del juicio, el buen sentido, el tacto, y estas cualidades les faltan á ellos. Cuando se trata de llegar á la realidad, es preciso no fijarse solo en las ideas, sino pensar en los objetos; y esos hombres se olvidan casi siempre de los objetos y solo se ocupan de sus ideas. En la práctica es necesario pensar, no en lo que las cosas debieran ó pudieran ser, sino en lo que son; y ellos suelen pararse menos en lo que son, que en lo que pudieran ó debieran ser.

Cuando un hombre de entendimiento claro y de juicio recto, se encuentra tratando un asunto con uno que adolezca de los defectos que acabo de describir, se halla en la mayor perplejidad. Lo que aquel ve claro, este lo encuentra oscuro; lo que el primero consideraba fuera de duda, el segundo lo mira como muy disputable. El juicioso plantea la cuestion de un modo que le parece muy natural y sencillo, el caviloso la mira de una manera diferente; diríase que son dos hombres de los cuales el uno padece una especie de estrabismo intelectual que desconcierta y confunde al que ve y mira bien.

§ XII.

Este defecto intelectual suelo nacer de una causa moral.

Reflexionando sobre la causa de semejantes aberraciones, no es difícil advertir que el origen está mas bien en el corazon que en la cabeza. Estos hombres suelen ser extremadamente vanos; un amor propio mal entendido les inspira el deseo de singularizarse en todo; y al fin llegan á contraer un hábito de apartarse de lo que piensan y dicen los demas, esto es, de ponerse en contradiccion con el sentido comun.

La prueba de que entregados con naturalidad á su propio entendimiento no verian tan erradamente los objetos, y de que el caer en ridículas aberraciones procede mas bien de un deseo de singularizarse convertido en hábito, está en que suelen distinguirse por un espíritu de constante oposicion. Si el defecto estuviese en la cabeza, no habria ninguna razon para que en casi todas las cuestiones ellos sostuvieran el _no_ cuando los demas sostienen el _sí_, y ellos estuviesen por el _sí_ cuando los otros estan por el _no_; siendo de notar que á veces hay un medio seguro para llevarlos á la verdad, y es el sostener el error.

Convengo en que á menudo ellos no advierten lo mismo que hacen, que no tienen una conciencia bien clara de esa inspiracion de la vanidad que los dirige y sojuzga; pero la funesta inspiracion no deja de existir; ni deja de ser remediable si hay quien se lo avise; mayormente si la edad, la posicion social y las lisonjas, no han llevado el mal hasta el último extremo. Y no es raro que se presenten ocasiones favorables para amonestar con algun fruto; porque esos hombres con su imprudencia, suelen atraer sobre sí amargos disgustos, cuando no desgracias; y entónces, abatidos por la adversidad, y enseñados por experiencia dolorosa, suelen tener lúcidos intervalos de que puede aprovecharse un amigo sincero para hacerles oir los consejos de una razon juiciosa.

Por lo demas, cuando una realidad cruel no ha venido todavía á desengañarlos, cuando en sus accesos de sinrazon se entregan sin medida á la vanidad de sus proyectos, no suele haber otro medio para resistirles que callar, y con los brazos cruzados, y meneando la cabeza, sufrir con estóica impasibilidad la impetuosa avenida de sus proposiciones aventuradas, de sus raciocinios incoherentes, de sus planes descabellados.

Y por cierto que esa impasibilidad no deja de producir de vez en cuando saludables efectos: porque el deseo de disputar cesa cuando no hay quien replique; no cabe oposicion cuando nadie ataca. Así no es raro ver á esos hombres volver en sí á poco rato de abrumar con su locuacidad á quien no les contesta; y amonestados por la elocuencia del silencio, excusarse de su molesta petulancia. Son almas inquietas y ardientes que viven de contradecir, y que á su vez necesitan contradiccion: cuando no la hay, cesa la pugna; y si se empeñan en comprenderla, bien pronto se fastidian cuando notan que léjos de habérselas con un enemigo resuelto á pelear, se ceban en quien se ha entregado como víctima en las aras de una verbosidad importuna.

§ XIII.

La humildad cristiana en sus relaciones con los negocios mundanos.

La humildad cristiana, esa virtud que nos hace conocer el límite de nuestras fuerzas, que nos revela nuestros propios defectos, que no nos permite exagerar nuestro mérito, ni ensalzarnos sobre los demas, que no nos consiente despreciar á nadie, que nos inclina á aprovecharnos del consejo y ejemplo de todos, aun de los inferiores, que nos hace mirar como frivolidades indignas de un espíritu serio el andar en busca de aplausos, el saborearse en el humo de la lisonja; que no nos deja creer jamas que hemos llegado á la cumbre de la perfeccion en ningun sentido, ni cegarnos hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por adelantar, y la ventaja que nos llevan otros; esa virtud que bien entendida es la verdad, pero la verdad aplicada al conocimiento de lo que somos, de nuestras relaciones con Dios y con los hombres; la verdad guiando nuestra conducta para que no nos extravien las exageraciones del amor propio; esa virtud, repito, es de suma utilidad en todo cuanto concierne á la práctica, aun en las cosas puramente mundanas.

Sí, la humildad cristiana, en cambio de algunos sacrificios, produce grandes ventajas, hasta en los asuntos mas distantes de la devocion. El soberbio compra muy caro su satisfaccion propia; y no advierte que la víctima que inmola á ese ídolo que ha levantado en su corazon, son á veces sus intereses mas caros, es la misma gloria en pos de la cual tan desolado corre.

§ XIV.

Daños acarreados por la vanidad y la soberbia.

¡Cuántas reputaciones se ajan, cuando no se destruyen, por la miserable vanidad! ¡cómo se disipa la ilusión que inspirara un gran nombre, si al acercársele os encontrais con una persona que solo habla de sí misma! ¡Cuántos hombres, por otra parte recomendabilísimos, se deslustran, y hasta se hacen objeto de burla, por un tono de superioridad, que choca é irrita, ó atrae los envenenados dardos de la sátira! ¡Cuántos se empeñan en negocios funestos, dan pasos desastrosos, se desacreditan ó se pierden, solo por haberse entregado á su propio pensamiento de una manera exclusiva, sin dar ninguna importancia á los consejos, á las reflexiones ó indicaciones de los que veian mas claro, pero que tenian la desgracia de ser mirados de arriba abajo, á una distancia inmensa, por ese dios mentido que habitando allá en el fantástico empíreo fabricado por su vanidad, no se dignaba descender á la ínfima region donde mora el vulgo de los modestos mortales!

¿Y para qué necesitaba él de consultar á nadie? La elevacion de su entendimiento, la seguridad y acierto de su juicio, la fuerza de su penetracion, el alcance de su prevision, la sagacidad de sus combinaciones, ¿no son ya cosas proverbiales? El buen resultado de todos los negocios en que ha intervenido, ¿á quién se debe sino á él? Si se han superado gravísimas dificultades, ¿quién las ha superado sino él? Si todo no lo han echado á perder sus compañeros, ¿quién lo ha evitado sino él? ¿Qué pensamiento se ha concebido de alguna importancia que no le haya concebido él? ¿Qué ocurrencia habrán tenido los otros que con mucha anticipacion no la hubiese tenido él? ¿De qué hubiera servido cuanto hayan excogitado los demas, si no lo hubiese rectificado, enmendado, ilustrado, agrandado, dirigido él?

Contempladle; su frente altiva parece amenazar al cielo; su mirada imperiosa exige sumision y acatamiento; en sus labios asoma el desden hácia cuanto le rodea; en toda su fisonomía veréis que rebosa la complacencia en sí propio; la afectacion de sus gestos y modales os presenta un hombre lleno de sí mismo, que procede con excesiva compostura, como si temiese derramarse. Toma la palabra, resignaos á callar. ¿Replicais? no escucha vuestras réplicas y sigue su camino; ¿insistís otra vez? el mismo desden, acompañado de una mirada que exige atencion é impone silencio. Está fatigado de hablar, y descansa; entre tanto aprovechais la ocasion de exponer lo que intentabais hace largo rato; vanos esfuerzos! el semi-dios no se digna prestaros atencion, os interrumpe cuando se le antoja, dirigiendo á otros la palabra, si es que no estaba absorto en sus profundas meditaciones, arqueando las cejas, y preparándose á desplegar nuevamente sus labios con la majestuosa solemnidad de un oráculo.

¿Cómo podia ménos de cometer grandes yerros un hombre tan fatuo? y de esa clase hay muchos, por mas que no siempre llegue la fatuidad á una exageracion tan repugnante. Desgraciado el que desde sus primeros años no se acostumbra á rechazar la lisonja, á dar á los elogios que se le tributan el debido valor; que no se concentra repetidas veces, para preguntarse si el orgullo le ciega, si la vanidad le hace ridículo, si la excesiva confianza en su propio dictámen le extravía y le pierde. En llegando á la edad de los negocios, cuando ocupa ya en la sociedad una posicion independiente, cuando ha adquirido cierta reputacion merecida ó inmerecida, cuando se ve rodeado de consideracion, cuando ya tiene inferiores, las lisonjas se multiplican y agrandan, los amigos son ménos francos y ménos sinceros, y el hombre abandonado á la vanidad que dejó desarrollarse en su corazon, sigue cada dia con mas ceguedad el peligroso sendero, hundiéndose mas y mas en ese ensimismamiento, en ese goce de sí mismo, en que el amor propio se exagera hasta un punto lamentable, degenerando, por decirlo asi, en _egolatria_.

§ XV.

El orgullo.

La exageracion del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta con un mismo carácter. En los hombres de temple fuerte y de entendimiento sagaz, es orgullo; en los flojos y poco avisados, es vanidad. Ambos tienen un mismo objeto, pero emplean medios diferentes. El orgulloso sin vanidad, tiene la hipocresía de la virtud; el vanidoso tiene la franqueza de su debilidad. Lisonjead al orgulloso, y rechazará la lisonja, temeroso de dañar á su reputacion haciéndose ridículo; de él se ha dicho con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vano. En el fondo de su corazon siente viva complacencia en la alabanza; pero sabe muy bien que este es un incienso honroso miéntras el ídolo no manifiesta deleitarse en el perfume; por esto no os pondrá jamas el incensario en la mano, ni consentirá que le hagais undular demasiado cerca. Es un dios á quien agrada un templo magnífico, y un culto esplendoroso; pero manteniéndose el ídolo escondido en la misteriosa oscuridad del santuario.

Esto probablemente es mas culpable á los ojos de Dios, pero no atrae con tanta frecuencia el ridículo de los hombres. Con tanta frecuencia digo, porque difícilmente se alberga en un corazon el orgullo, sin que á pesar de todas las precauciones, degenere en vanidad. Aquella violencia no puede ser duradera; la ficcion no es para continuada por mucho tiempo. Saborearse en la alabanza y mostrar desden hácia ella; proponerse por objeto principal el placer de la gloria, y aparentar que no se piensa en ella, es demasiado fingir para que al traves de los mas tupidos velos no se descubra la verdad. El orgulloso á quien he descrito mas arriba no podia llamarse propiamente vano, y no obstante su conducta inspiraba algo peor que la vanidad misma: sobre la indignacion provocaba tambien la burla.

§ XVI.

La vanidad.

El simplemente vano no irrita, excita compasion, presta pábulo á la sátira. El infeliz no desprecia á los demas hombres, los respeta, quizas los admira y teme. Pero padece una verdadera sed de alabanza: y no como quiera, sino que necesita oirla él mismo, asegurarse de que en efecto se le alaba, complacerse en ella con delectacion morosa, y corresponder á las buenas almas que le favorecen, expresando con una inocente sonrisita su íntimo goce, su dicha, su gratitud.

¿Ha hecho alguna cosa buena? Ah! habladle de ella por piedad, no le hagais padecer. ¿No veis que se muere por dirigir la conversacion hácia sus glorias? Cruel! que os desentendeis de sus indicaciones, que con vuestra distraccion, con vuestra dureza, le obligaréis á aclararlas mas y mas hasta convertirlas en súplicas.

En efecto, ¿ha gustado lo que él ha dicho ó escrito ó hecho? ¡qué felicidad! y es necesario que se advierta que fué sin preparacion, que todo se debió á la fecundidad de su vena, á una de sus felices ocurrencias. ¿No habeis notado cuántas bellezas, cuántos golpes afortunados? Por piedad, no aparteis la vista de tantas maravillas, no introduzcais en la conversacion especies inconducentes, dejadle gozar de su beatitud.

Nada de la altivez satánica del orgulloso; nada de hipocresía, un inexprimable candor se retrata en su semblante; su fisonomía se dilata agradablemente; su mirada es afable, es dulce, sus modales atentos; su conducta complaciente; el desgraciado está en actitud de suplicante, teme que una imprudencia no le arrebate su dicha suprema. No es duro, no es insultante, no es ni siquiera exclusivo, no se opone á que otros sean alabados; solo quiere participar.

¡Con qué ingenua complacencia refiere sus trabajos y aventuras! En pudiendo hablar de sí mismo su palabra es inextinguible. A sus alucinados ojos, su vida es poco ménos que una epopeya. Los hechos mas insignificantes se convierten en episodios de sumo interes, las vulgaridades en golpes de ingenio, los desenlaces mas naturales en resultados de combinaciones estupendas. Todo converge hácia él: la misma historia de su pais no es mas que un gran drama, cuyo héroe es él; todo es insipido si no lleva su nombre.

§ XVII.

La influencia del orgullo es peor para los negocios que la de la vanidad.

Este defecto, aunque mas ridículo que el orgullo, no tiene sin embargo tantos inconvenientes para la práctica. Como es una complacencia en la alabanza mas bien que un sentimiento fuerte de superioridad, no ejerce sobre el entendimiento un influjo tan maléfico. Estos hombres son por lo comun de un carácter flojo, como lo manifiesta la misma debilidad con que se dejan arrastrar por su inclinacion. Así es, que no suelen desechar como los orgullosos el consejo ajeno, y aun muchas veces se adelantan á pedirle. No son tan altivos que no quieran recibir nada de nadie; y ademas se reservan el derecho de explotar despues el negocio para formar su pomito de olor de vanagloria en que se puedan deleitar. ¿Es poco por ventura si el asunto sale bien, el gusto de referir todo lo que pensó el que le condujo, y la sagacidad con que conoció las dificultades, y el tino con que procedió para vencerlas, y la prudencia con que tomó consejo de personas entendidas, y lo mucho que el aconsejado ilustró el juicio del consejero? No deja de haber en esto una mina abundante, que á su debido tiempo será explotada cual conviene.

§ XVIII.

Cotejo entre el orgullo y la vanidad.

El orgullo tiene mas malicia, la vanidad mas flaqueza; el orgullo irrita, la vanidad inspira compasion; el orgullo concentra, la vanidad disipa; el orgullo sugiere quizas grandes crímenes, la vanidad ridículas miserias; el orgullo está acompañado de un fuerte sentimiento de superioridad é independencia, la vanidad se aviene con la desconfianza de sí mismo, hasta con la humillacion; el orgullo tiende los resortes del alma, la vanidad los afloja; el orgullo es violento, la vanidad es blanda; el orgullo quiere la gloria, pero con cierta dignidad, con cierto predominio, con altivez, sin degradarse; la vanidad la quiere tambien, pero con lánguida pasion, con abandono, con molicie: podria llamarse la afeminacion del orgullo. Así la vanidad es mas propia de las mujeres, el orgullo de los hombres, y por la misma razon la infancia tiene mas vanidad que orgullo, y este no suele desarrollarse sino en la edad adulta.

Si bien es verdad que en teoría estos dos vicios se distinguen por las cualidades expresadas, no siempre se encuentran en la práctica con señales tan características. Lo mas comun es hallarse mezclado en el corazon humano, teniendo cada cual no solo sus épocas sino sus dias, sus horas, sus momentos. No hay una línea divisoria que separe perfectamente los dos colores; hay una gradacion de matices, hay irregularidad en los rasgos, hay ondas, aguas, que solo descubre quien está acostumbrado á desenvolver y contemplar los complicados y delicados pliegues del humano corazon. Y aun si bien se mira, el orgullo y la vanidad son una misma cosa con distintas formas; es un mismo fondo que ofrece diversos cambiantes segun el modo con que le da la luz. Este fondo es la exageracion del amor propio, el culto de sí mismo. El ídolo está cubierto con tupido velo, ó se presenta á los adoradores con faz atractiva y risueña; mas por esto no varía, es el hombre que se ha levantado á sí propio un altar en su corazon, y se tributa incienso, y desea que se lo tributen los demas.

§ XIX.

Cuán general es dicha pasion.

Puede asegurarse sin temor de errar, que esta es la pasion mas general, la que admite ménos excepciones, quizas ninguna, aparte las almas privilegiadas sumergidas en la purísima llama de un amor celeste. La soberbia ciega al ignorante como al sabio, al pobre como al rico, al débil como al poderoso, al desventurado como al feliz, á la infancia como á la vejez; domina al libertino, no perdona al austero, campea en el gran mundo, y penetra en el retiro de los claustros; rebosa en el semblante de la altiva señora, que reina en los salones por la nobleza de su linaje, por sus talentos y hermosura, pero se trasluce tambien en la tímida palabra de la humilde religiosa, que salida de familia oscura, se ha encerrado en el monasterio, desconocida de los hombres sin mas porvenir en la tierra que una sepultura ignorada.

Encuéntranse personas exentas de liviandad, de codicia, de envidia, de odio, de espíritu de venganza; pero libre de esa exageracion del amor propio, que segun es su forma, se llama orgullo ó vanidad, no se halla casi nadie, bien podria decirse que nadie. El sabio se complace en la narracion de los prodigios de su saber, el ignorante se saborea en sus necedades; el valiente cuenta sus hazañas, el galan sus aventuras; el avariento ensalza sus talentos económicos, el pródigo su generosidad; el lijero pondera su viveza, el tardío su aplomo; el libertino se envanece por sus desórdenes, y el austero se deleita en que su semblante muestre á los hombres la mortificacion y el ayuno.

Este es sin duda el defecto mas general; esta es la pasion mas insaciable cuando se le da rienda suelta; la mas insidiosa, mas sagaz para sobreponerse, cuando se la intenta sujetar. Si se la domina un tanto á fuerza de elevacion de ideas, de seriedad de espíritu y firmeza de carácter, bien pronto trabaja por explotar esas nobles cualidades, dirigiendo el ánimo hácia la contemplacion de ellas; y si se la resiste con el arma verdaderamente poderosa y única eficaz, que es la humildad cristiana, á esta misma procura envanecerla, poniéndole asechanzas para hacerla perecer. Es un reptil que si le arrojamos de nuestro pecho, se arrastra y enrosca á nuestros pies; y cuando pisamos un extremo de su flexible cuerpo, se vuelve y nos hiere con emponzoñada picadura.

§ XX.

Necesidad de una lucha continua.