El desafío del diablo y Un testigo de bronce : dos leyendas tradicionales · Unidad 25 de 50
Unidad 25 · SEGUNDA PARTE. 103
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SEGUNDA PARTE. 103
yace en soledad profunda. Ante un altar do hay un Cristo de primorosa escultura,
una lámpara de plata esparce luz moribunda.
Ya sus trémulos reflejos
en muchedumbre confusa, cuantos objetos se alcanzan se confunden y se ofuscan. Una llamarada á veces
todos los mezcla y los junta, de modo que se recela
que las bóvedas se hundan;
y otra llamarada á veces
con su claridad sulfúrea
los aleja de tal modo
que se pierden en la hondura de la masa de tinieblas
en que los cerca y sepulta. Fuerza es que á la pobre monja respeto y pavor infunda
tal lugar, y con el miedo que sus creencias abulta. Mas con un violento esfuerzo sobre su misma pavura, avanzó al medio del coro hacia la puerta que busca. Involuntario respeto ,
fe que el corazon la impuls: en semejante momento,
y antigua costumbre justa, la hicieron arrodillarse
104 EL DESAFIO DEL DIABLO.
ante la santa escultura
del divino Redentor.
Mas ¡cielos! ¡cuál fue su angustia
cuando al querer levantarse
sintió que una mano enjuta
la asía por los cabellos.
Y una voz oyó mas ruda,
mas poderosa que el eco
que con el trueno retumba,
que la dijo: «dónde vas!»
enojada é iracunda.
Cayó Beatriz en tierra
sin sentidos que la acudan,
y apagándose la lámpara
todo quedó en sombra muda. Pasaba en tanto la noche,
y allá en la calle Don Cesar,
hora tras hora aguardando
pasaba la antigua seña.
Mas nada en torno se escucha,
nada en los jardines suena
mas que el rumor de las ramas
que agita el viento que arrecia.
La lluvia cae aumentándose
tan furiosa y tan espesa,
que aun á pesar del embozo
la faz le azota y le ciega.
Noche de angustia y de duelo,
terrible noche es aquella
en que hasta los elementos
á sus proyectos atentan.
Por fin de esperar cansado, y viendo ya al alba cerca, juzgó que para otra noche
su fuga la monja deja. Mañana volveré, dijo,
en los oficios á verla
y explicará este misterio
una carta Ó una seña.
Y asi pensando, embozándose precavido hasta las cejas,
á abandonar se dispuso
la lóbrega callejuela.
Mas al llegar á la esquina otro embozado que llega
de la otra parte á doblarla casi por la misma acera: «Quién va?» dijo echando mano al estoque.—«Sea quien quiera, » pasad por vuestro camino
» que estorbároslo no intenta » —Yo conozco vuestra voz. —Y yo conozco la vuestra. —No me ayuda la memoria
á poder reconocerla.
—Ni á mi tampoco, aunque siento
que la sangre se me altera tan solo con escucharla.
—Mas ¡voto á Dios, tú eres Cesar!
—Y tu Carlos. —Sí.—Defiéndete. —Y tú tambien, porque acierta mi corazon el motivo
porque en tal sitio te encuentras.