El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 15 de 32
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El P. Camorra estaba en su quinto cielo viendo tantas muchachas bonitas; se paraba, volvía la cabeza, le daba un empujon á Ben Zayb, castañeteaba con la lengua, juraba y decía: ¿Y esa, y esa, chupa-tintas? y de aquella, ¿qué me dices? En su contento se ponía á tutear á su amigo y adversario. El P. Salví le miraba de cuando en cuando, pero buen caso hacía él del P. Salví; al contrario, hacía de tropezar las muchachas para rozarse con ellas, les guiñaba y ponía ojos picarescos.
--¡Puñales! ¿Cuándo seré cura de Kiapò? se preguntaba.
De repente Ben Zayb suelta un juramento, salta y se lleva una mano al brazo; el P. Camorra en el colmo de su entusiasmo le había pellizcado. Venía una deslumbrante señorita que atraía la admiracion de toda la plaza; el P. Camorra, no cabiendo en sí de gozo, tomó el brazo de Ben Zayb por el de la joven.
Era la Paulita Gomez, la elegante entre las elegantes que acompañaba Isagani; detrás seguía doña Victorina. La joven estaba resplandeciente de hermosura: todos se paraban, los cuellos se torcían, se suspendían las conversaciones, la seguían los ojos y doña Victorina recibía respetuosos saludos.
Paulita Gomez lucía riquísima camisa y pañuelo de piña bordados, diferentes de los que se había puesto aquella mañana para ir á Sto. Domingo. El tejido vaporoso de la piña hacía de su linda cabeza una cabeza ideal, y los indios que la veían, la comparaban á la luna rodeada de blancas y ligeras nubes. Una saya de seda color de rosa, recogida en ricos y graciosos pliegues por la diminuta mano, daba magestad á su erguido busto cuyos movimientos favorecidos por el ondulante cuello delataban todos los triunfos de la vanidad y de la coquetería satisfecha. Isagani parecía disgustado: le molestaban tantos ojos, tantos curiosos que se fijaban en la hermosura de su amada: las miradas le parecían robos, las sonrisas de la joven le sabían á infidelidades.
Juanito, al divisarla, acentuó su joroba y saludó: Paulita le contestó negligentemente, D. Victorina le llamó. Juanito era su favorito, y ella le prefería á Isagani.
--¡Qué moza, qué moza! murmuraba el P. Camorra arrebatado.
--Vamos, Padre, ¡pellízquese el vientre y déjenos en paz! decía mal humorado Ben Zayb.
--¡Qué moza, qué moza! repetía; y tiene por novio á mi estudiante, ¡el de los empujones!
--¡Fortuna tiene que no sea de mi pueblo! añadió despues volviendo varias veces la cabeza para seguirla con la mirada. Tentado estuvo de dejar á sus compañeros y seguir á la joven. Ben Zayb á duras penas pudo disuadirle.
Paulita seguía andando y se veía su hermoso perfil, su pequeña cabeza graciosamente peinada moverse con natural coquetería.
Nuestros paseantes continuaron su camino no sin suspiros de parte del fraile-artillero, y llegaron á una tienda rodeada de curiosos, que facilmente les cedieron sus puestos.
Era una tienda de figuritas de madera, hechas en el país, que representaban en todos los tamaños y formas, tipos, razas y profesiones del Archipiélago, indios, españoles, chinos, mestizos, frailes, clérigos, empleados, gobernadorcillos, estudiantes, militares, etc. Sea que los artistas tuviesen más aficion á los sacerdotes, los pliegues de cuyos hábitos les conviniesen más para sus fines estéticos, ó que los frailes, desempeñando tanto papel en la sociedad filipina preocupasen más la mente del escultor, sea una cosa ú otra, el caso es que abundaban sus figuritas, muy bien hechas, muy concluidas, representándoles en los más sublimes instantes de la vida, al revés de lo que se hace en Europa donde se les pinta durmiendo sobre toneles de vino, jugando á las cartas, vaciando copas, refocilándose ó pasando la mano por la fresca cara de una muchachota. No: los frailes de Filipinas eran otros: elegantes, pulcros, bien vestidos, el cerquillo bien cortado, las facciones regulares y serenas, la mirada contemplativa, espresion de santo, algo de rosa en las mejillas, baston de palasan en la mano y zapatitos de charol en los piés, que dan ganas de adorarlos y ponerlos bajo campanas de cristal. En vez de los símbolos de la gula é incontenencia de sus hermanos en Europa, los de Manila tenían el libro, el crucifijo, la palma del martirio; en vez de besar á las simples campesinas, los de Manila daban de besar gravemente la mano á niños y á hombres ya maduros, doblados y casi arrodillados: en vez de la despensa repleta y del comedor, sus escenarios de Europa, en Manila tenían el oratorio, la mesa de estudio; en vez del fraile mendicante que va de puerta en puerta con su burro y su saco pidiendo limosna, el fraile de Filipinas derramaba á manos llenas el oro entre los pobres indios...
--Miren ustedes, ¡aquí está el P. Camorra! dijo Ben Zayb á quien le duraba todavía el efecto del champagne.
Y señalaba el retrato de un fraile delgado, con aire meditabundo, sentado junto á una mesa, la cabeza apoyada sobre la palma de la mano y escribiendo al parecer un sermon. Una lámpara había para iluminarle.
Lo contrario del parecido hizo reir á muchos.
El P. Camorra que ya se había olvidado de Paulita, notó la intencion y preguntó á su vez:
--Y ¿á quién se parece esta otra figura, Ben Zayb?
Y se echó á reir con su risa de paleto.
Era una vieja tuerta, desgreñada, sentada sobre el suelo como los ídolos indios, planchando ropas. El instrumento estaba muy bien imitado: era de cobre, las brasas estaban hechas con oropel y los torbellinos de humo con sendos copos de algodon sucio, retorcido.
--¿Eh, Ben Zayb, no es tonto el que lo ideó? preguntaba riendo el P. Camorra.
--¡Pues, no le veo la punta! dijo el periodista.
--Pero, ¡puñales! ¿no vé usted el título, la prensa filipina? ¡Ese instrumento con que plancha la vieja, aquí se llama prensa!
Todos se echaron á reir y el mismo Ben Zayb se rió de buena gana.
Dos soldados de la Guardia Civil que tenían por letrero, civiles, estaban colocados detrás de un hombre, maniatado con fuertes cuerdas y la cara tapada con el sombrero: se titulaba el Pais del Abaká y parecía que le iban á afusilar.
A muchos de nuestros visitantes no les gustaba la exposicion. Hablaban de reglas del arte, buscaban proporciones, el uno decía que tal figura no tenía siete cabezas, que á la cara le faltaba una nariz, no tenía más que tres, lo que ponía algo pensativo al P. Camorra que no comprendía cómo una figura, para estar bien, debía tener cuatro narices y siete cabezas; otro decía que si eran musculosos, si los indios no lo podían ser; si aquello era escultura ó puramente carpintería, etc. cada cual metió su cucharada de crítica, y el P. Camorra, por no ser menos que nadie, se aventuró á pedir lo menos treinta piernas para cada muñeco. ¿Por qué, si los otros pedían narices, no iba él á pedir muslos? Y allí mismo estuvieron discutiendo sobre si el indio tenía ó no disposiciones para la escultura, si convenía fomentar dicha arte y se inició una general disputa que cortó D. Custodio diciendo que los indios tenían disposicion pero debían dedicarse esclusivamente á hacer santos.
--Cualquiera diría, repuso Ben Zayb que estaba de ocurrencias aquella noche, que ese chino es Quiroga, pero observándole bien se parece al P. Irene.
--¿Y qué me dicen ustedes de ese indio-inglés? ¡se parece á Simoun!
Resonaron nuevas carcajadas. El P. Irene se frotó la nariz.
--¡Es verdad!--¡Es verdad!--¡Si es el mismo!
--¿Pero dónde está Simoun? ¡que lo compre Simoun!
Simoun había desaparecido, nadie le había visto.
--¡Puñales! dijo el P. Camorra; ¡que tacaño es el americano! Teme que le hagamos pagar la entrada de todos en el gabinete de Mr. Leeds.
--¡Quiá! contestó Ben Zayb; lo que teme es que le comprometan. Habrá presentido la guasa que le espera á su amigo Mr. Leeds y se desentiende.
Y sin comprar el más pequeño monigote prosiguieron su camino para ver la famosa esfinge.
Ben Zayb se ofrecía á tratar la cuestion; el americano no podría desairar á un periodista que puede vengarse en un artículo desacreditador.
--Van ustedes á ver como todo es cuestion de espejos, decía, porque miren ustedes...
Y se internó de nuevo en una larga explicacion, y como no tenía delante ningun espejo que pueda comprometer su teoría, insertó todos los disparates posibles que acabó por no saber él mismo lo que se decía.
--Enfin, ya verán ustedes como todo es cuestion de óptica.
XVIII
SUPERCHERIAS
Mr. Leeds, un verdadero yankee, vestido todo de negro, les recibió con mucha deferencia. Hablaba bien el castellano por haber estado muchos años en la América del Sur. No opuso ninguna dificultad á la pretension de nuestros visitadores, dijo que podían examinar todo, todo, antes y despues de la representacion; durante ella les suplicaba se estuviesen tranquilos. Ben Zayb se sonreía y saboreaba el disgusto que preparaba al americano.
La sala, tapizada toda de negro, estaba alumbrada por lámparas antiguas, alimentadas con espíritu de vino. Una barrera cubierta de terciopelo negro la dividía en dos partes casi iguales, una, llena de sillas para los espectadores, y otra, ocupada por un entarimado con una alfombra á cuadros. Sobre este entarimado, en la parte media, se elevaba una mesa cubierta por un rico paño negro, lleno de calaveras y otras figuras cabalísticas. La mise en scène resultaba lúgubre, é impresionó á los alegres visitadores. Las bromas cesaron, se hablaba en voz baja y por más que algunos se querían mostrar despreocupados, en los labios no cuajaba la risa. Todos sentían como si entrasen en una casa donde hay un muerto. Un olor á incienso y á cera aumentaban esta ilusion. D. Custodio y el P. Salví se consultaron en voz baja sobre si sería ó no conveniente prohibir semejantes espectáculos.
Ben Zayb, para animar á los impresionables y poner en aprieto á Mr. Leeds, le dijo en tono familiar:
--Eh, mister, puesto que no hay más que nosotros y no somos indios que se dejan pescar, ¿permite usted que les haga ver la trampa? Ya sabemos que es cuestion de óptica pura, pero como el P. Camorra no quiere convencerse...
Y se dispuso á saltar la barrera sin pasar por la debida puerta, mientras el P. Camorra se deshacía en protestas temiendo que Ben Zayb tuviese razon.
--¿Y cómo no, señor? contestó el americano; ¿pero no me rompa nada, estamos?
El periodista estaba ya sobre el entarimado.
--¿Permite usted? decía.
Y sin aguardar el permiso, temiendo que Mr. Leeds no se lo concediese, levantó el paño y buscó los espejos que esperaba debía haber entre los piés. Ben Zayb soltó una media palabrota, retrocedió, volvió á introducir ambas manos debajo de la mesa agitándolas: se encontraba con el vacío. La mesa tenía tres piés delgados de hierro que se hundían en el suelo.
El periodista miró á todas partes como buscando algo.
--¿Dónde están los espejos? preguntó el P. Camorra.
Ben Zayb miraba y miraba, palpaba la mesa, levantaba el paño, y se llevaba de cuando en cuando la mano á la frente como para recordar algo.
--¿Se le ha perdido algo? preguntó Mr. Leeds.
--Los espejos, mister, ¿dónde están los espejos?
--Los de usted no sé donde estarán, los míos los tengo en la Fonda... ¿quiere usted mirarse? Está usted algo descompuesto y pálido.
Muchos, apesar de la impresion, al ver la calma guasona del americano se rieron y Ben Zayb muy corrido volvió á su asiento, murmurando:
--No puede ser; verán ustedes como no lo hace sin espejos; tendrá luego que cambiar de mesa...
Mr. Leeds volvió á colocar el paño sobre la mesa y dirigiéndose á los ilustres curiosos les preguntó:
--¿Están ustedes satisfechos? ¿podemos empezar?
--¡Anda, que tiene flema! dijo la señora viuda.
--Pues tomen asiento las señoras y señores y piensen en lo que quieran preguntar.
Mr. Leeds desapareció por una puerta y al cabo de algunos segundos volvió con una caja de madera oscura, carcomida, con algunas inscripciones representadas por aves, mamíferos, flores, cabezas humanas, etc.
--Señoras y señores, dijo Mr. Leeds con cierta gravedad: visitando una vez la gran pirámide de Khufu, faraon de la cuarta dinastía, dí con un sarcófago de granito rojo, en un aposento olvidado. Mi gozo fué grande creyendo encontrarme con una momia de la familia real, mas, cual no sería mi desencanto cuando, abierto el sarcófago despues de infinitos trabajos, no encontré más que esta caja que ustedes pueden examinar.
Y paseó la caja á los que estaban en primera fila. El P. Camorra echó el cuerpo hácia atrás como si tuviese asco, el P. Salví la miró de cerca como si le atrajesen las cosas sepulcrales; el P. Irene sonreía con la sonrisa del inteligente; D. Custodio afectaba gravedad y desden, y Ben Zayb buscaba su espejo; allí debía estar, pues de espejos se trataba.
--¡Como huele á cadaver! dijo una señora; ¡puff!
Y se abanicó furiosamente.
--¡Huele á cuarenta siglos! observó uno con énfasis.
Ben Zayb se olvidó del espejo para ver quien había dicho aquella frase. Era un militar que había leido la historia de Napoleon. Ben Zayb le tuvo envidia y para soltar otra frase que molestase en algo al P. Camorra, dijo:
--¡Huele á Iglesia!
--Esta caja, señoras y señores, continuó el americano, contenía un puñado de cenizas y un pedazo de papiro, donde había algunas palabras escritas. Véanlo ustedes, pero les suplico no respiren con fuerza porque si parte de la ceniza se pierde, mi esfinge aparecerá mutilada.
La farsa, dicha con tanta seriedad y conviccion, se imponía poco á poco, de tal suerte que cuando la caja pasó, ninguno se atrevió á respirar. El P. Camorra que tantas veces había descrito en el púlpito de Tianì las torturas y sufrimientos del infierno mientras se reía para sus adentros de las miradas aterradas de las pecadoras, se tapó la nariz; y el P. Salví, el mismo P. Salví que había hecho en el día de difuntos una fantasmagoría de las almas del Purgatorio, con fuegos y figuras iluminadas al transparente, con lámparas de alcohol, trozos de oropel, en el altar mayor de la iglesia de un arrabal para conseguir misas y limosnas, el flaco y silencioso P. Salví contuvo su inspiracion y miró con recelo aquel puñado de cenizas.
--¡Memento, homo, quia pulvis es! murmuró el P. Irene sonriendo.
--¡P--! soltó Ben Zayb.
El tenía preparada la misma reflexion y el canónigo se la quitaba de la boca.
--No sabiendo qué hacer, prosiguió Mr. Leeds cerrando cuidadosamente la caja, examiné el papiro y ví dos palabras de sentido para mí desconocido. Las decifré, y traté de pronunciarlas en voz alta, y apenas articulé la primera cuando sentí que la caja se deslizaba de mis manos como arrebatada por un peso enorme y rodaba por el suelo de donde en vano lo intenté remover. Mi sorpresa se convirtió en espanto, cuando, abierta, me encontré dentro con una cabeza humana que me miraba con estraordinaria fijeza. Aterrado y no sabiendo que hacer ante semejante prodigio, quedéme atónito por un momento temblando como un azogado... Me repuse... Creyendo que aquello era vana ilusion traté de distraerme prosiguiendo la lectura de la segunda palabra. Apenas la pronuncio, la caja se cierra, la cabeza desaparece y en su lugar encuentro otra vez el puñado de cenizas. Sin sospecharlo había descubierto las dos palabras más poderosas en la naturaleza, las palabras de la creacion y de la destruccion, ¡la de la vida y la de la muerte!
Detúvose algunos momentos como para ver el efecto de su cuento. Despues con paso grave y mesurado, se acercó á la mesa colocando sobre ella la misteriosa caja.
--¡Mister, el paño! dijo Ben Zayb incorregible.
--¿Y cómo no? contestó Mr. Leeds muy complaciente.
Y levantando con la mano derecha la caja, recogió con la izquierda el paño descubriendo completamente la mesa, sostenida sobre sus tres piés. Volvió á colocar la caja encima, en el centro, y con mucha gravedad se acercó al público.
--¡Aquí le quiero ver! decía Ben Zayb á su vecino; verá usted como se sale con alguna escusa.
La atencion más grande se leía en los rostros de todos; el silencio reinaba. Se oían distintamente el ruido y la algazara de la calle, pero estaban todos tan emocionados que un trozo de diálogo que llegó hasta ellos, no les causó ningun efecto.
--¿Porque ba no di podí nisós entrá? preguntaba una voz de mujer.
--Abá, ñora, porque 'tallá el maná prailes y él maná empleau, contestó un hombre; 'ta jasí solo para ilós el cabesa de espinge.
--¡Curioso tambien el maná prailes! dijo la voz de mujer alejándose; ¡no quiere pa que di sabé nisos cuando ilos ta sali ingañau! ¡Cosa! ¿querida ba de praile el cabesa?
En medio de un profundo silencio, y con voz emocionada prosiguió el americano:
--Señoras y señores: con una palabra voy ahora á reanimar el puñado de cenizas y ustedes hablarán con un ser que conoce lo pasado, lo presente, ¡y mucho del porvenir!
Y el mágico lanzó lentamente un grito, primero plañidero, luego enérgico, mezcla de sonidos agudos como imprecaciones, y de notas roncas como amenazas que pusieron de punta los cabellos de Ben Zayb.
--¡Deremof! dijo el americano.
Las cortinas en torno del salon se agitaron, las lámparas amenazaron apagarse, la mesa crugió. Un gemido debil contestó desde el interior de la caja. Todos se miraron pálidos é inquietos: una señora llena de terror y sintiendo un líquido caliente dentro de su traje, se cogió al P. Salví.
La caja entonces se abrió por sí sola y á los ojos del público se presentó una cabeza de un aspecto cadavérico, rodeada de una larga y abundante cabellera negra. La cabeza abrió lentamente los ojos y los paseó por todo el auditorio. Eran de un fulgor vivísimo aumentado tal vez por sus ojeras, y como abyssus abyssum invocat, aquellos ojos se fijaron en los profundos y cóncavos del P. Salví que los tenía desmesuradamente abiertos como si viesen algun espectro. El P. Salví se puso á temblar.
--Esfinge, dijo Mr. Leeds, ¡dile al auditorio quien eres!
Reinó un profundo silencio. Un viento frío recorrió la sala é hizo vacilar las azuladas llamas de las lámparas sepulcrales. Los más incrédulos se estremecieron.
--Yo soy Imuthis, contestó la cabeza con voz sepulcral pero estrañamente amenazadora; nací en tiempo de Amasis y fuí muerto durante la dominacion de los Persas, mientras Cambyses volvía de su desastrosa espedicion al interior de la Lybia. Venía de completar mi educacion despues de largos viajes por Grecia, Asiria y Persia y me retiraba á mi patria para vivir en ella hasta que Thot me llamase delante de su terrible tribunal. Mas por desgracia mía, al pasar por Babilonia descubrí un terrible secreto, el secreto del falso Smerdis que usurpaba el poder, el temerario mago Gaumata que gobernaba merced á una impostura. Temiendo le descubriese á Cambyses, determinó mi perdicion valiéndose de los sacerdotes egipcios. En mi patria entonces gobernaban estos; dueños de las dos terceras partes de las tierras, monopolizadores de la ciencia, sumían al pueblo en la ignorancia y en la tiranía, lo embrutecían y lo hacían apto para pasar sin repugnancia de una á otra dominacion. Los invasores se valían de ellos y conociendo su utilidad los protegían y enriquecían, y algunos no solo dependieron de su voluntad sino que se redujeron á ser sus meros instrumentos. Los sacerdotes egipcios prestáronse á ejecutar las órdenes de Gaumata con tanto más gusto cuanto que me temían y porque no revelase al pueblo sus imposturas. ¡Valiéronse para sus fines de las pasiones de un joven sacerdote de Abydos que pasaba por santo!...