El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere) · Unidad 24 de 32
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--¡Los mismos que ustedes libérrimamente se han impuesto al entrar en su orden y los que despues, una vez en ella, se han querido imponer! Pero, como estudiante filipino, no me creo llamado á examinar su conducta en relacion con sus estatutos, con el catolicismo, con el gobierno, el pueblo filipino y la humanidad en general: cuestiones son esas que ustedes tienen que resolver con sus fundadores, con el Papa, el gobierno, el pueblo en masa ó con Dios; como estudiante filipino, me limitaré á sus deberes respecto á nosotros. Los frailes, en general, al ser los inspectores locales de la enseñanza en provincias, y los dominicos, en particular, al monopolizar en sus manos los estudios todos de la juventud filipina, han contraido el compromiso, ante los ocho millones de habitantes, ante España y ante la humanidad, de la que nosotros formamos parte, de mejorar cada vez la semilla joven, moral y físicamente, para guiarla á su felicidad, crear un pueblo honrado, próspero, inteligente, virtuoso, noble y leal. Y ahora pregunto yo á mi vez, ¿han cumplido los frailes con su compromiso?
--Estamos cumpliendo...
--¡Ah! P. Fernandez, interrumpió Isagani; usted con la mano sobre su corazon puede decir que está cumpliendo, pero con la mano sobre el corazon de la orden, sobre el corazon de todas las órdenes, ¡no lo puede decir sin engañarse! ¡Ah, P. Fernandez! cuando me encuentro ante una persona que estimo y respeto, prefiero ser el acusado á ser el acusador, prefiero defenderme á ofender. Pero, ya que hemos entrado en explicaciones, ¡vamos hasta el fin! ¿Cómo cumplen con su deber los que en los pueblos inspeccionan la enseñanza? ¡Impidiéndola! Y los que aquí han monopolizado los estudios, los que quieren modelar la mente de la juventud, con exclusion de otros cualesquiera, ¿cómo cumplen con su mision? Escatimando en lo posible los conocimientos, apagando todo ardor y entusiasmo, ¡rebajando toda dignidad, único resorte del alma, é inculcando en nosotros viejas ideas, rancias nociones, falsos principios incompatibles con la vida del progreso! ¡Ah! si, cuando se trata de alimentar á presos, de proveer á la manutencion de criminales, el gobierno propone una subasta para hallar al postor que ofrezca las mejores condiciones de alimentacion, al que menos les ha de dejar perecer de hambre, cuando se trata de nutrir moralmente á todo un pueblo, nutrir á la juventud, á la parte más sana, á la que despues ha de ser el pais y el todo, el gobierno no solo no propone ninguna subasta, sino que vincula el poder en aquel cuerpo que precisamente hace alardes de no querer la instruccion, de no querer ningun adelanto. ¿Qué diríamos nosotros si el abastecedor de cárceles, despues de haberse apoderado por intrigas de la contrata, dejase luego languidecer á sus presos en la anemia, dándoles todo lo rancio y pasado, y se escusase despues diciendo que no conviene que los presos tengan buena salud, porque la buena salud trae alegres pensamientos, porque la alegría mejora al hombre, y el hombre no debe mejorar porque le conviene al abastecedor que haya muchos criminales? ¿Qué diríamos si despues el gobierno y el abastecedor se coaligasen porque de los diez ó doce cuartos que percibe por cada criminal el uno, recibe cinco el otro?
El P. Fernandez se mordía los labios.
--Esas son muy duras acusaciones, dijo, y usted traspasa los límites de nuestra convencion.
--No, Padre; sigo tratando de la cuestion estudiantil. Los frailes, y no digo ustedes, porque á usted no le confundo en la masa general, los frailes de todas las órdenes se han convertido en nuestros abastecedores intelectuales y dicen y proclaman, sin pudor ninguno, ¡que no conviene que nos ilustremos porque vamos un día á declararnos libres! Esto es no querer que el preso se nutra para que no se mejore y salga de la carcel. La libertad es al hombre lo que la instruccion á la inteligencia, ¡y el no querer los frailes que la tengamos es el orígen de nuestros descontentos!
--¡La instruccion no se da más que al que se la merece! contestó secamente el P. Fernandez; dársela á hombres sin caracter y sin moralidad es prostituirla.
--Y ¿por qué hay hombres sin caracter y sin moralidad?
El dominico se encogió de hombros.
--Defectos que se maman con la leche, que se respiran en el seno de las familias... ¿que sé yo?
--¡Ah no, P. Fernandez! exclamó impetuosamente el joven; usted no ha querido profundizar el tema, usted no ha querido mirar al abismo por temor de encontrarse allí con la sombra de sus hermanos. Lo que somos, ustedes lo han hecho. Al pueblo que se tiraniza, se le obliga á ser hipócrita; á aquel á quien se le niega la verdad, se le da la mentira; el que se hace tirano, engendra esclavos. ¡No hay moralidad, dice usted, sea! aunque las estadísticas podrían desmentirle porque aquí no se cometen crímenes como los de muchos pueblos, cegados por sus humos de moralizadores. Pero, y sin querer ahora analizar qué es lo que constituye el caracter y por cuanto entra en la moralidad la educacion recibida, convengo con usted en que somos defectuosos. ¿Quién tiene la culpa de ello? ¿O ustedes que hace tres siglos y medio tienen en sus manos nuestra educacion ó nosotros que nos plegamos á todo? si despues de tres siglos y medio, el escultor no ha podido sacar más que una caricatura, bien torpe debe ser.
--O bien mala la masa de que se sirve.
--Más torpe entonces aun, porque, sabiendo que es mala, no renuncia á la masa y continúa perdiendo tiempo... y no solo es torpe, defrauda y roba, porque conociendo lo inútil de su obra, la continúa para percibir el salario... y no solo es torpe y ladron, es infame, ¡porque se opone á que todo otro escultor ensaye su habilidad y vea si puede producir algo que valga la pena! ¡Celos funestos de la incapacidad!
La réplica era viva y el P. Fernandez se sintió cogido. Miró á Isagani y le pareció gigantesco, invencible, imponente, y por primera vez en su vida creyó ser vencido por un estudiante filipino. Se arrepintió de haber provocado la polémica, pero era tarde. En su aprieto y encontrándose delante de tan temible adversario, buscó un buen escudo y echó mano del gobierno.
--Ustedes nos achacan á nosotros todas las faltas porque no ven más que nosotros que estamos cerca, dijo en acento menos arrogante; es natural, ¡no me estraña! el pueblo odia al soldado ó al alguacil que le prende y no al juez que dictó la prision. Ustedes y nosotros estamos todos danzando al compás de una música: si por la misma levantan el pié al mismo tiempo que nosotros, no nos culpen de ello; es la música quien dirige nuestros movimientos. ¿Creen ustedes que los frailes no tenemos conciencia y no queremos el bien? ¿Creen ustedes que no pensamos en vosotros, que no pensamos en nuestro deber, y que solo comemos para vivir y vivimos para reinar? ¡Ojalá así fuera! Pero, como vosotros, seguimos el compás; nos encontramos entre la espada y la pared: ó ustedes nos echan ó nos echa el gobierno. El gobierno manda, y quien manda, manda, ¡y cartuchera al cañon!
--De eso se puede inferir, observó Isagani con amarga sonrisa, ¿que el gobierno quiere nuestra desmoralizacion?
--Oh, no, ¡yo no he querido decir eso! Lo que he querido decir es que hay creencias, hay teorías y leyes que, dictadas con la mejor intencion, producen las más deplorables consecuencias. Me explicaré mejor citándole un ejemplo. Para conjurar un pequeño mal, se dictan numerosas leyes que causan mayores males todavía: corruptissima in republica plurimæ leges, dijo Tácito. Para evitar un caso de fraude, se dictan un millon y medio de disposiciones preventivas é insultantes, que producen el efecto inmediato de despertar en el público las ganas de de eludir y burlar tales prevenciones: para hacer criminal á un pueblo no hay más que dudar de su virtud. Díctese una ley, no ya aquí, sino en España y verá usted como se estudia el medio de trampearla, y es que los legisladores han olvidado el hecho de que cuanto más se esconde un objeto más se le desea ver. ¿Por qué la picardía y la listura se consideran grandes cualidades en el pueblo español cuando no hay otro como él tan noble, tan altivo y tan hidalgo? ¡Porque nuestros legisladores, con la mejor intencion, han dudado de su nobleza, herido su altivez y desafiado su hidalguía! ¿Quiere usted abrir en España un camino en medio de rocas? Pues ponga allí un cartel imperioso prohibiendo el paso, y el pueblo, protestando contra la imposicion, dejará la carretera para trepar el peñasco. El día que en España un legislador prohiba la virtud é imponga el vicio, ¡al siguiente todos serán virtuosos!
El dominico hizo una pausa, y despues continuó:
--Pero, usted dirá que nos apartamos de la cuestion; vuelvo á ella... Lo que puedo decir para convencerle, es que los vicios de que ustedes adolecen, no se nos deben achacar ni á nosotros ni al gobierno; están en la imperfecta organizacion de nuestra sociedad, qui multum probat, nihil probat, que se pierde por exceso de precaucion, falta en lo necesario y sobra en lo superfluo.
--Si usted confiesa esos defectos en su sociedad, repuso Isagani, ¿por qué entonces meterse á arreglar sociedades agenas en vez de ocuparse antes de sí misma?
--Vamos alejándonos de nuestra cuestion, joven; la teoría de los hechos consumados debe aceptarse...
--¡Sea! la acepto porque es un hecho y sigo preguntando: ¿por qué, si su organizacion social es defectuosa, no la cambian ó al menos escuchan la voz de los que salen perjudicados?
--Todavía estamos lejos: hablábamos de lo que quieren los estudiantes de los frailes...
--Desde el instante en que los frailes se esconden detrás del gobierno, los estudiantes tienen que dirigirse á éste.
La observacion era justa; por allí no había escapatoria.
--Yo no soy el gobierno y no puedo responder de sus actos. ¿Qué quieren los estudiantes que hagamos por ellos dentro de los límites en que estamos encerrados?
--No oponerse á la emancipacion de la enseñanza, sino favorecerla.
El dominico sacudió la cabeza.
--Sin decir mi propia opinion, eso es pedirnos el suicidio, dijo.
--Al contrario, es pedirles paso para no atropellarlos y aplastarlos.
--¡Hm! dijo el P. Fernandez parándose y quedándose pensativo. Empiezen ustedes por pedir algo que no cueste tanto, algo que cada uno de nosotros pueda conceder sin menoscabo de su dignidad y privilegios, porque si podemos entendernos y vivir en paz, ¿á qué los odios, á qué las desconfianzas?
--Descendemos entonces á detalles...
--Sí, porque si tocamos á los cimientos, echaremos abajo el edificio.
--Vayamos pues á los detalles, dejemos la esfera de los principios, repuso Isagani sonriendo; y sin decir tambien mi propia opinion--y aquí acentuó el joven la frase--los estudiantes cesarían en su actitud y se suavizarían ciertas asperezas si los profesores supiesen tratarlos mejor de lo que hasta ahora han hecho... Esto está en sus manos.
--¿Qué? preguntó el dominico; ¿tienen los alumnos alguna queja de mi conducta?
--Padre, nos hemos convenido desde un principio en no hablar ni de usted ni de mí. Hablamos en general: los estudiantes, tras de no sacar gran provecho de los años pasados en las clases, suelen muchos dejar allí girones de su dignidad, si no toda.
El P. Fernandez se mordió los labios.
--Nadie les obliga á estudiar; los campos no están cultivados, observó secamente.
--Sí, que algo les obliga á estudiar, replicó en el mismo tono Isagani mirando cara á cara al dominico. Aparte del deber de cada uno de buscar su perfeccion, hay el deseo inato en el hombre de cultivar su inteligencia, deseo aquí más poderoso cuanto más reprimido; y el que da su oro y su vida al Estado, tiene derecho á exigirle que le dé la luz para ganar mejor su oro y conservar mejor su vida. Sí, Padre; hay algo que les obliga, y ese algo es el mismo gobierno, son ustedes mismos que se burlan sin compasion del indio no instruido y le niegan sus derechos, fundándose en que es ignorante. ¡Ustedes le desnudan y luego se burlan de sus vergüenzas!
El P. Fernandez no contestó; siguió paseándose pero febrilmente, como muy excitado.
--¡Usted dice que los campos no están cultivados! continuó Isagani en otro tono, despues de una breve pausa; no entremos ahora á analizar el por qué, porque nos iríamos lejos; pero, usted, P. Fernandez, usted, profesor, usted, hombre de ciencia, usted quiere un pueblo de braceros, ¡de labradores! ¿Es para usted el labrador el estado perfecto á que puede llegar el hombre en su evolucion? ¿O es que quiere usted la ciencia para sí y el trabajo para los demás?
--No, yo quiero la ciencia para el que se la merezca, para el que la sepa guardar, contestó; cuando los estudiantes den pruebas de amarla; cuando se vean jóvenes convencidos, jóvenes que sepan defender su dignidad y hacerla respetar, habrá ciencia, ¡habrá entonces profesores considerados! ¡Si hay profesores que abusan es porque hay alumnos que condescienden!
--Cuando haya profesores, ¡habrá estudiantes!
--Empiezen ustedes por trasformarse, que son los que tienen necesidad de cambio, y nosotros seguiremos.
--Sí, dijo Isagani con risa amarga; ¡que empecemos porque por nuestro lado está la dificultad! Bien sabe usted lo que le espera al alumno que se pone delante de un profesor: usted mismo, con todo su amor á la justicia, con todos sus buenos sentimientos, ha estado conteniéndose á duras penas cuando yo le decía amargas verdades, ¡usted mismo, P. Fernandez! ¿Qué bienes ha sacado el que entre nosotros quiso sembrar otras ideas? Y ¿qué males han llovido sobre usted porque quiso ser bueno y cumplir con su deber?
--Señor Isagani, dijo el dominico, tendiéndole la mano; aunque parezca que de esta conversacion nada práctico resulta, sin embargo algo se ha ganado; hablaré á mis hermanos de lo que usted me ha dicho y espero que algo se podrá hacer. Solo temo que no crean en su existencia de usted...
--Lo mismo me temo, repuso Isagani, estrechando la mano del dominico; me temo que mis amigos no crean en su existencia de usted, tal como hoy se me ha presentado.
Y el joven, dando por terminada la entrevista, se despidió.
El P. Fernandez le abrió la puerta, le siguió con los ojos hasta que le vió desaparecer al doblar el corredor. Estuvo oyendo mucho tiempo el ruido de sus pasos, despues entró en su celda y esperó que apareciera en la calle. Vióle, en efecto, oyó que decía á un compañero que le preguntaba á donde iba:
--¡Al Gobierno Civil! ¡Voy á ver los pasquines y á reunirme con los otros!
El compañero, asustado, se quedó mirándole como quien mira á uno que se suicida y se alejó corriendo.
--¡Pobre joven! murmuró el P. Fernandez, sintiendo que sus ojos se humedecían; ¡te envidio á los jesuitas que te han educado!
El P. Fernandez se equivocaba de medio en medio; los jesuitas renegaban de Isagani y cuando á la tarde supieron que había sido preso, dijeron que les comprometía.
--¡Ese joven se pierde y nos va á hacer daño! ¡Que se sepa que de aquí no ha aprendido esas ideas!
Los jesuitas no mentían, no: esas ideas solo las da Dios por medio de la Naturaleza.
XXVIII
TATAKUT
Ben Zayb tuvo inspiracion de profeta al sostener días pasados en su periódico que la instruccion era funesta, funestísima para las Islas Filipinas: ahora en vista de los acontecimientos de aquel viernes de las pasquinadas, cacareaba el escritor y cantaba su triunfo, dejando tamañito y confuso á su adversario Horatius, que se había atrevido á ridiculizarle en la seccion de Pirotecnia de la manera siguiente:
De nuestro colega El Grito:
«La instruccion es funesta, ¡funestísima para las Islas Filipinas!»
Entendido.
Hace tiempo que El Grito cree representar al pueblo filipino; ergo... como diría Fray Ibañez, si supiese latin.
Pero Fray Ibañez se vuelve musulman cuando escribe, y sabemos como tratan los musulmanes á la instruccion.
Testiga, como decía un real predicador, ¡la biblioteca de Alejandría!
Ahora tenía él razon, él, ¡Ben Zayb! ¡Si es el único que piensa en Filipinas, el único que prevé los acontecimientos!
En efecto, la noticia de haberse encontrado pasquines subversivos en las puertas de la Universidad, no solo quitó el apetito á muchos y trastornó la digestion á otros, sino que tambien puso intranquilos á los flemáticos chinos, que no se atrevieron á sentarse en sus tiendas con una pierna recogida como de costumbre, por temor de que les faltase tiempo de estenderla para echarse á correr. A las once de la mañana, aunque el sol continuaba su curso y su Excelencia, el Capitan General, no aparecía al frente de sus cohortes victoriosas, sin embargo el desasosiego había aumentado: los frailes que solían frecuentar el bazar de Quiroga, no aparecían y este síntoma presagiaba terribles cataclismos. Si el sol hubiese amanecido cuadrado y los Cristos, vestidos de pantalones, Quiroga no se habría alarmado tanto: habría tomado al sol por un liampó y á las sagradas imágenes por jugadores de chapdiquí que se quedan sin camisa; pero, ¡no venir los frailes cuando precisamente acaban de llegarle novedades!
Por encargo de un provincial amigo suyo, Quiroga prohibió la entrada en sus casas de liampó y chapdiquí á todo indio que no fuese de antiguo conocido; el futuro consul de los chinos temía se apoderasen de las cantidades que allí los miserables perdían. Despues de disponer su bazar de manera que se pudiese cerrar rápidamente en un momento apurado, se hizo acompañar de un guardia veterano para el corto camino que separaba su casa de la de Simoun. Quiroga encontraba aquella ocasion la más propicia para emplear los fusiles y cartuchos que tenía en su almacen, de la manera como el joyero había indicado: era de esperar que en los días sucesivos se operasen requisas y entonces ¡cuántos presos, cuanta gente acoquinada no daría todas sus economías! Era el juego de los antiguos carabineros de deslizar debajo de las casas tabacos y hojas de contrabando, simular despues una requisa ¡y obligar al infeliz propietario á sobornos ó multas! ¡Solo que el arte se perfeccionaba y, desestancado el tabaco, se recurría ahora á las armas prohibidas!
Pero Simoun no quería ver á nadie é hizo decir al chino Quiroga que dejase las cosas como estaban, con lo que éste se fué á ver á don Custodio para preguntarle si debía ó no armar su bazar, pero don Custodio tampoco recibía: estaba á la sazon estudiando un proyecto de defensa en el caso de verse sitiado. Acordóse de Ben Zayb para pedirle noticias, mas, al encontrarle armado hasta los dientes y sirviéndose de dos revólvers cargados como de pesa-papeles, Quiroga se despidió lo más pronto que pudo y se metió en su casa, acostándose so pretesto de que se sentía mal.
A las cuatro de la tarde ya no se hablaba de simples pasquinadas. Se susurraban rumores de inteligencias entre los estudiantes y los remontados de San Mateo; se aseguraba que en una pansitería juraron sorprender la cindad; se habló de barcos alemanes, fuera de la bahía, para secundar el movimiento, de un grupo de jóvenes que, so capa de protesta y españolismo, se iban á Malakañang para ponerse á las órdenes del General, y que fueron presos por descubrirse que iban armados. La Providencia había salvado á su Excelencia, impidiendole recibir á aquellos precoces criminales, por estar á la sazon conferenciando con los Provinciales, el Vice Rector y el P. Irene, comisionado por el P. Salví. Mucho de verdad había en estos rumores si hemos de creer al P. Irene, que á la tarde se fué á visitar á Cpn. Tiago. Segun él, ciertas personas habían aconsejado á S. E. aprovechase la ocasion para inspirar el terror y dar para siempre una buena leccion á los filibusterillos.