El Folk-lore Filipino (Tomo I) · Capítulo real 3 de 6
CAPÍTULO SEGUNDO
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
MATERIALES FOLK-LÓRICOS
SOBRE TIPOS, COSTUMBRES Y USOS
(Folk-Wont)
I
LOS ILOCANOS
Es rutinario entre los autores, que han descrito las razas filipinas, presentar á los indígenas civilizados en un grupo y hacer una descripción comun de ellos, atribuyendo á todos las cualidades y costumbres que observaran en los tagalos, como que si entre éstos y los bícoles, ilocanos, pangasinanes, pampangos, cagayanes y zambales no existieran algunas diferencias.
Los que comparan las costumbres tagalas con las que se leen en este libro, seguramente pensarán de otro modo que muchos de nuestros autores.
Se puede decir que los ilocanos son casi desconocidos; lo cual obedece á que las personas aficionadas á escribir no han llegado á Ilocos, excepto muy contados, que por desgracia no han escrito nada de las costumbres, cualidades y demás caracteres distintivos de los ilocanos, lo cual es de lamentar, porque en aquellas apartadas provincias se hallan muchos materiales preciosos para el Folk-Lore, siendo las costumbres, prácticas y creencias ilocanas de las pocas del país que se conservan con mas pureza, y más semejantes á las de la época de la Conquista.
Y aún el tagalo ó el indígena de Filipinas en general «únicamente ha sido retratado--como dice muy bien el Sr. Lacalle,--por brochas de torpes enjalbegadores,» como Sinibaldo de Más, Gaspar de San Agustin, y otros, que han creido encontrar buen efecto en ridiculizar al indio, pero haciendo pasar por realidades los extravíos de su enferma imaginación.
No pretendo, sin embargo, llenar este vacío, sino contribuir con mi grano de arena, emitiendo lealmente el concepto que me he formado de mis paisanos, de modo que este artículo pudiérase denominar, mas que «los ilocanos pintados por sí mismos,» «los ilocanos según un imparcial, que es y siente lo mismo que ellos.» Así no desmentiré al erudito Astoll, que benévolamente me ha llamado «hombre que lleva el corazon en la mano».
Los ilocanos son iguales á los demás filipinos civilizados en sus caracteres físicos.
Estatura de cinco pies y dos pulgadas por término medio en los varones, y cinco en las mugeres; rostro ovalado, cráneo algo oprimido por detrás, cubierto con cabellos negros, lisos y fuertes, grandes y negros ojos, nariz chata, gruesa en su base, piel trigueña, casi amarilla en los contados mestizos; labios un poco gruesos, boca y estremidades regulares, y miembros musculados y proporcionados. En conjunto es airoso el ilocano y «mejor conformado que los tagalos,» como dice Lacalle.
Cualidades generales. Son más laboriosos que los demás filipinos, por lo que un reporter les denomina «gallegos filipinos;» algo indiferentes; pero no tanto que no sientan la muerte de sus próximos deudos, como afirman algunos autores de todos los filipinos en general; lo cierto es que el dolor, la cólera y otras pasiones pasan pronto en ellos, ó tardan en sentirlos. Tampoco es exacto que «los más espantables fenómenos de la naturaleza no logran arrancar al indígena una sola esclamación.» En los temblores, precisamente, gritan mucho. Y si á veces guardan silencio ante los fenómenos terribles, es por miedo y no por indolencia.
Son hospitalarios [41], de dulce carácter y buenos cristianos; pero á veces vicían las creencias religiosas con supersticiones, lo cual no es estraño, si se tiene en cuenta que lo mismo se hace en Europa y otros paises.
Tienen aspiraciones, y hasta ridículas por su altura; pero desesperados de conseguirlas, no lo intentan.
Son tímidos; pero el temor, que los infunden sus superiores, les conduce hasta la temeridad ó heroismo. No faltan, sin embargo, algunos valientes como los generales ilocanos Peding y Lopez, que murieron escribiendo sus nombres en la Historia con brillantes hazañas, sosteniéndose en el campo de la batalla, mientras los españoles se vieron obligados á retirarse por la muchedumbre de los enemigos.
Es también digno de citarse Domingo Pablo, el soldado raso ilocano, que por sus hazañas acaba de ser condecorado con la cruz laureada de San Fernando.
La sensualidad no es tan frecuente y notable en ellos; por lo regular son de buena fé, crédulos y no espléndidos en sus fiestas á diferencia de los tagalos.
Su saludo en las calles, se reduce á estas palabras: ¿A dónde vas? ó ¿De dónde vienes? Esto es entre amigos. Cuando en la calle encuentran los inferiores á sus superiores, se descubren, diciendo:
--Buenos dias señor.
Al pasar delante de algunas personas, no hacen las genuflexiones que los tagalos.
Ahora para describir con mayor exactitud á los ilocanos debemos dividirlos en tres clases: 1.a. La principalía ó los que se distinguen por su riqueza, ilustración ó influencia que se llaman babaknang (ricos) ó amaen ti ili (padres del pueblo). 2.a. La gente baja, que vive en poblado, llamada kailian; y 3.a. los katalonan ó sean los que viven en el campo.
Los principales son de mas débil constitución física que las demás clases; son más ilustrados, y muchos de ellos demuestran felices disposiciones para el estudio como el Obispo Arqueros y Bukaneg, cuyos nombres inmortaliza la historia; escusado será decir que son más cultos y de mejores costumbres.
En cambio, son aficionados al juego de naipes que la 3.a clase desconoce. Y algunos conservan el antiguo despotismo, que distinguia á sus ascendientes: hay cabezas de barangay que obligan á trabajar gratuitamente ó mal asalariados á sus tributarios y les exigen objetos que debieran comprar, abusando de su superioridad.
Por lo regular, los principales se visten de pantalon de guingon, tegido de Ilocos, fino, fuerte y de color azul oscuro, camisa de lienzo canton ó coco, con puños doblados, calzan zapatos de cuero de elefante ó chinelas, sin calcetines, especialmente los viejos; botonadura de oro; unos usan sombreros de Europa, y otros los del país, llamados salakot con chapas de plata ú oro encima. Los jóvenes gastan vestidos de mejor gusto, calcetines y pantalones blancos ó de lana.
De lo dicho se exceptuan los de Vigan, que poco tienen de típico: muchos viganeses gastan trajes á la europea, con la diferencia de que llevan fuera los faldones de la camisa, y ván sin americana.
Los muchachos van sin pantalones, aún en las calles hasta tener la edad de siete ú ocho años.
Los kailianes visten calzoncillos rayados ó blancos aún en la calle, camisas de coco, ó rayados, sin calzado ó con chinelas, poco limpios, usan salakot, y algunos, sombreros. Varios de Ilocos Norte van sin él á la Iglesia.
Tienen mucho de la ilustración de los principales, con quienes viven; también conocen el juego de naipes, constituyendo la mayoría de los que llenan las galleras.
De esta clase son los pintores, músicos, herreros, carpinteros, canteros, albañiles, escultores, plateros y otros oficios mecánicos.
Los pintores no salen de la clase de medianos, por carecer de buenos maestros y modelos, que si tuvieran, quizás algunos podrian llegar á la altura de su paisano el celebrado autor del Spoliarium.
En cuanto á la música, tocan mal por falta de buenos maestros, teniendo el capricho de querer tocar pronto, sin aprender antes á leer y escribir las notas: de aquí resulta que muy pocos sean los que saben leerlas, y menos los que las escriben. Raro es el pueblo que no tenga una banda de música y hay algunas que tocan bien.
Los trabajos de herrería, como se reducen á hacer cuchillos grandes y otros utensilios é instrumentos para la construcción de casas, naves etc., no se puede juzgar por ellos de sus aptitudes para este ramo. Y como carecen de instrucción por otra parte, claro está que muy poco saben hacer.
Son abonados á los oficios mecánicos y trabajos de imitación: serían buenos discípulos y ayudantes de un europeo; pero por ahora no sirven para maestros: nada tienen que sea de imitar.
Son apegados á sus instrumentos, teniendo poco deseo en perfeccionarse; escasas herramientas europeas usan; el bolo, escoplo, sierra de cuerda, barrena y cepillo son las principales. Sin embargo, «es de admirar por cierto--como dice bien el Padre Concepción [42]--que un indio rudo sea constructor de navíos, sin más instrucción que unos toscos rudimentos para entender la formación de los planos, y sacan con tanta perfección embarcaciones de todo género, segun se les presentan los dibujos, que son á todos los inteligentes de pasmo.»
Los escribientes tienen hermosa forma de letra, como casi todos los de Ilocos Norte.
Los katalonan (aparceros), ó los que viven en los campos, son de costumbres sencillas, poco pulcros, ignorantes y de rudo entendimiento.
Se visten por lo regular de calzoncillos de fuertes tejidos de Ilocos, rayados ó blancos, camisas tambien tegidas en aquellas provincias, con mangas sin puños, arremangadas, como sus calzoncillos hasta las rodillas. Si van á la Iglesia, algunos gastan zapatos y siempre con vestidos limpios, grandes botones en la pechera, y las mangas de la camisa con puños doblados. Casi todos usan salakot.
Los katalonan se alimentan de morisqueta pura ó mesclada con maiz, que es la base de su alimentacion, y de legumbres cocidas con agua salada ó con bagon (pescaditos en salmuera, que por estar muy salados los usan como sal); el bagon es en ellos como el patis en los tagalos: indispensable; cuyo alimento produce en algunos enfermedades cutáneas. Comen tres veces al día, habiendo muchos que solo dos. Beben el vino basi, fermentación, de la caña-dulce. Los kailianes tambien toman vino, y más que los katalonan; á aquellos, como á los principales, les gusta más el vino de nipa, que viene de Pangasinan.
Los kalalonan son robustos y trabajan más que los agricultores tagalos; con faz resignada y sin mostrar cansancio, trabajan con todas sus fuerzas; son laboriosos y no duermen por la mañana á diferencia de algunos albañiles tagalos. Sus instrumentos de labor son el arado, bolo, peine, hacha y azada: plantan camote, cañadulce; y siembran palay, añil, maiz, tabaco y algodón.
Los que viven cerca de los montes, cazan si sus ocupaciones se lo permiten; pero la caza no es abundante.
La mayor parte de los criados vienen del campo; estos son mejores sirvientes que los kailianes, respetuosos y obedientes; pero son muy ignorantes y casi son los únicos que profesan las supersticiones de que hablamos en este libro. En Manila los ilocanos son preferidos á los demás filipinos para sirvientes, cocineros y cocheros.
Los que viven cerca de los rios y playas, se dedican á la pesca y á la navegación. Los del pueblo de Cauayan (Ilocos Sur) se distinguen como sufridos marinos. En los puertos de China se recuerdan hazañas de marineros ilocanos, que han rechazado valerosamente á piratas chinos.
Las mujeres son de simpático aspecto; se visten de saya, por lo regular tegida en Ilocos, con corta cola ó sin ella, segun sean las clases á que pertenezcan. No gastan enaguas, sino en las fiestas; las viejas nunca, como tampoco aretes. Cuando van á la Iglesia, usan los consabidos mantos. Siempre se las vé con rosarios y raras veces con escapularios, á diferencia de las tagalas, que siempre los llevan. Cuando se bañan, unas usan el que llaman dinnuá, que es una especie de tapis, con que se cubren desde el sobaco hasta las rodillas. Y las del campo desnudas. Entre la gente baja cuando van al rio ó trabajan en piso mojado, recojen la saya por delante, y pasándola por entre las piernas, cuelgan la punta de la pretina por detrás, quedando descubiertos los piés hasta parte de los muslos. Esto es por inocencia.
Las mugeres de los principales calzan chinelas aún en sus casas: las de los kailianes solo cuando van á la Iglesia, y lo mismo las campesinas; pero ocurre que suelen colocárselas en la cabeza y solo las usan al entrar.
Gaspar de S. Agustín, sin embargo de vomitar sapos y culebras contra los pobres indígenas, no pudo menos de hacer justicia á las filipinas, y de ellas escribe: «Son dóciles y afables, tienen grande amor á sus maridos y á los que no lo son: Son verdaderamente muy honestas en su trato y conversación, tanto que abominan con horror las palabras torpes; y si la fragil naturaleza apetece las obras, su natural modestia aborrece las palabras. El concepto que yo he hecho es que son muy honradas, y mucho más las casadas; y aunque se cuecen havas, no es á calderadas como en otras partes.»
Las solteras son ariscas con los jóvenes.
Tienen las mujeres cierta superioridad moral sobre los hombres; pero en Ilocos no ocurre lo que en las provincias tagalas, donde á veces la mujer es la que alimenta al esposo. Allí las mujeres se ocupan en labores domésticas y suaves; siembran, siegan, riegan los sembrados, cargan palay y legumbres, que llevan á vender al mercado.
Las ilocanas son buenas tegedoras y es sabida de todos la buena fama de sus trabajos, especialmente las mantas peludas y los cortes de guingon, que se recomiendan para la indumentaria militar. Pero sus telas son algo caras, porque no teniendo más que malos telares, emplean mucho tiempo en teger.
II
PREÑEZ Y PARTO
Los ilocanos no conocen el asuang, pesadilla de las tagalas preñadas.
Cuando las mugeres de los principales entran en el noveno mes de su embarazo, frecuentan tomar baños y purgas, para que se refresque el feto y no muera: y para facilitar el parto.
Las viejas prohiben á las embarazadas meter leñas en el fogon, porque si equivocan la manera, metiendo la parte del tronco antes que la de la punta, la criatura nacerá de pié.
Cuando se sienten los primeros síntomas del parto, mandan por una comadrona ó comadron. Las de la clase superior necesitan uno de cada sexo: el varón sirve solo para empujar el feto, de modo que ya fuera éste, se le puede despedir; la comadrona recibe la criatura, la limpia.... en fin, es la que asiste á la parida durante el puerperio.
Según los ilocanos, no deben asistir á una parturienta otras personas que su marido, madre y la partera, para que no sea laborioso el alumbramiento.
Las parturientas pasean antes de dar á luz: unas alumbran sentadas en cuclillas y otras acostadas.
Si el feto tarda en salir, bebe la parturienta algunos cocimientos. En Manila, toman á veces chocolate para conservar, dicen, sus fuerzas. Más, si sobreviene una angustiosa situación, entonces el comadrón ó la comadrona se cortan las uñas y extraen con sus propias manos la criatura, acabando á veces con la vida de la infeliz, que haya caido en sus garras.
Después del parto, la comadrona baña con agua tibia la criatura y corta el cordón umbilical con un trozo de caña y es creencia que el acero ó hierro es perjudicial para estas aplicaciones.
Cortado ya, se quema la punta del resto, que luego secan ó curan con polvos de la cáscara de coco.
Después van á arrojar la placenta, con ceremonias especiales, segun sea la provincia.
Los campesinos de Ilocos Súr la cogen y van á colgarla de la rama de un árbol, dejándola á la acción del viento ó de la lluvia. Con ésto, según ellos, el niño logrará la virtud de resistir á los rigores del frío. Otras veces arrojan la placenta al río, para que el niño sea con el tiempo buen nadador.
Los de Ilocos Norte tienen otra manera de hacer estas cosas. Uno, que es por lo regular el padre del recien nacido, despues de envolver la secundina para preservarla del aire, se dirije cabizbajo llevándola á un hoyo, abierto ad hoc de antemano, para sepultarla allí. Es necesario que no dirija su vista á ninguna parte más que al suelo, pues si en su camino se fija en cualquier objeto, la criatura será bizca.
Los naturales del Abra la ponen en una olla, la cual tapan con un pedazo de papel escrito, como los tagalos, para que la criatura sea ilustrada y de talento. Con tales requisitos entierran la olla en el solar de la casa.
El primer alimento, que los ilocanos dan á los recien nacidos, es el jugo de una legumbre conocida en el país con el nombre de amargoso ó ampalea (momordia balsamina.)
A esto sigue la miel, y al cabo de dos ó tres días, la leche.
Las paridas ricas beben cocimiento de raices de corantillo ó zarzaparilla; las campesinas el cocimiento de la trepadora anonang (no es el anonang del padre Blanco), como las tinguianas.
Se soban por las comadronas unos quince ó más días, según dicen, para reponer los huesos que se han dislocado por el parto.
II
BAUTIZO Y «REBAUTIZO»
Los ilocanos toman el nombre de los Santos, cuya festividad se celebra en el día, en que vienen al mundo. Raro es el que no celebre en un solo tiempo sus dias y cumpleaños, porque, según me ha explicado una ilocana, si se dá otro nombre á la criatura, los Santos respectivos suelen darse por ofendidos, acabando por arrancar ó acortar la vida de la criatura; porque parece que no sirven para patronos, sinó solo aquellos, cuyo nombre preferimos.
Sin embargo, los fiscalillos de aquellas parroquias suelen dar nombre comun á todos los que se bautizan en un mismo día, á fin de que el Sacerdote no se canse en decir muchos, apuntándolos con anticipación en los libros canónicos. El que dan, suele ser el del santo, ó santa según los sexos, cuya festividad se celebra en el día del bautizo. Esto lo hacen los fiscalillos con la gente del pueblo, que no se atreva á contradecirles.
Muchos de la clase baja se olvidan ó ignoran el día de su nacimiento y lo fijan como tal el de su nombre ó bautizo.
Preocupaciones. Si durante las ceremonias del Sacramento, se apaga la vela del padrino ó madrina, la criatura tendrá pocos días de vida.
Lo mismo, si no llora la criatura, al echar el Sacerdote las saludables aguas del Jordan.
Si el bautizado no llora, cuando se pone sal en su boca, será virtuoso.
Padrinos. Suele haber uno para cada niño; es decir: si éste es varón no necesita de madrina y vice-versa. El padrino ó madrina, al volver de la iglesia, coge la criatura y la entrega á sus padres con cierta cantidad de dinero para el niño, el cual obsequio se llama pauisit, es decir: para que tenga buena suerte.
Rebautizo. Expliquemos este nuevo término hispano-filipino. La gente del campo suele volver á bautizar á sus hijos pequeñuelos, cuando éstos padecen de grave enfermedad.
Cuando uno es atacado de calenturas malignas, acuden á algún curandero. Y éste pregunta por qué sitios ha pasado, qué es lo que ha hecho su padre, y si ha estado cortando árboles ú otra ocupación en el campo. Después, pide aceite de coco recien extraido y pone en él alguna hoja de betel ó de angelito (yerba que crece en los sotos, de hojas semejantes á las de siempreviva). Si éstas no se agostan, es señal de que la enfermedad no obedece á venganza de algun anito, y vice-versa. En el caso contrario, el curandero encarga que preparen diket (arroz pegajoso), cerdo y gallinas. En el día señalado lleva guitarra ó kotibeng, sable, lanza (gayang), palmas de coco, huevo y una moneda de plata de á real fuerte; los coloca verticalmente, sin apoyarlos en nada, y se pone á bailar, zarandeándolos delante del enfermo; luego atraviesa con la lanza el cerdo que debe estar allí amarrado. Muerto éste, le queman la piel, lo parten en dos y llevan una mitad al lugar donde haya cortado árbol ó estado el enfermo, gritando:--Amigo, (el anito) aquí está lo que te corresponde. La otra mitad se condimenta para los concurrentes. Después, de la comida, el curandero pone boca abajo un plato de madera (latok) y en el respaldo traza una cruz, diciendo que cambia el nombre del enfermo, para que éste se cure y el que no siga aplicándole este nuevo nombre, padecerá de hernia, si es varon, y se le bajará la matriz, si es muger. O descarga en el acto, un golpe de machete en algun harigue.
Estas ceremonias se llaman buniág ti sirok ti latok, ó simplemente buniág, de Kabunian ó Buni, dios de los antiguos ilocanos, según el citado P. Lopez, por lo que se prohibió aplicar aquel vocablo al verdadero bautismo en un concilio provincial de Kalasiao, Pangasinan,
De ésto resulta el que muchos ilocanos son conocidos por nombres distintos de los que tienen en los libros canónicos.
IV
CASORIOS
Ilocos Súr. Cuando uno quiere contraer matrimonio manifiesta sus deseos á sus padres, los cuales si las aprueban, ellos mismos, ó buscan una persona de mucho valimiento con la familia de la jóven, que pida la mano de ésta.
Sólo los del campo usan las donaciones propter nuptias que se llaman sab-ong.
Y sin otras ceremonias, se toman los dichos.
Si se trata de pudientes, el Párroco vá á la casa de la novia, á donde acude el futuro esposo acompañado de sus amigos y parientes varones. Y si son de la clase media ó inferior, se llegan á la vicaría ó, como llaman, convento del Cura Párroco.
Tratándose de clases acomodadas, el casamiento se celebra á las cuatro de la madrugada. En esta provincia como en las demás ilocanas [43], es costumbre casar en lunes, miércoles ó sábado. Antes de la hora señalada, una banda de música recorre la población, tocando pasos-dobles, para despertar á los invitados á las ceremonias nupciales.
Celebrado el matrimonio, se retiran en dos grupos: vá primero el del sexo feo y sigue el bello, no compañándoles ninguna banda de música.
Pero en la casa, donde se deben celebrar los festejos, les espera una que, apenas los divisa, toca danzas.
Los del pueblo no gastan músicas.
Los del campo se casan á las siete de la mañana en grupo con los del pueblo, si los hay; y se retiran á las ocho. A esta hora llega la banda de música, que les conduce á sus lejanas casas. Y como en cada pueblo, excepto el de Vigan, solo hay una banda y los desposados son muchos, de aquí el que la única suele no acabar de conducirles hasta muy entrado el día. En Ilocos Norte, hasta las 12 de la mañana. Cuando el caso apura, la banda se divide en dos ó tres grupos compuestos de seis ó siete músicos; pero todos con el indispensable bombo, pues no gusta el poco ruido.
La comitiva se divide también en grupos y tras de ellos la música, que les acompaña tocando ensordecedores pasodobles.
Es indispensable que el novio vista una chamberga ó chaqueta negra ó de color.
Las ilocanas gastan mantos de tela negra y lustrosa, como ya hemos dicho; pero tanto la novia como sus acompañantes no los usan en estos casos, á diferencia de las mugeres de los principales, y los llevan doblados encima de la cabeza con un quitasol cerrado.
Los festejos varían casi en cada pueblo ó barrio. En las afueras de Cabugao, he visto en cierta ocasión á dos muchachas arrojar desde la bóveda de la casa de la boda, al llegar los desposados, unas golosinas que llamamos okilas; y todo el mundo las recogía á porfía con grande algazara.
Ilocos Norte. A veces suelen los padres de familia celebrar capitulaciones matrimoniales para sus hijos recien-nacidos, ó antes aun del parto. Estos contratos se formalizan, á la edad de 10 ú 11, y de 12 ó 13, según que sea muger ó varón, y á veces se casan, ocultando por supuesto sus verdaderas edades.
La mayor parte de los contratos esponsalicios se hacen sin el conocimiento de los hijos y de aquí el que muchas jóvenes se casen con disgusto y después de duras intimaciones. Es preocupación que el enlace celebrado sin consentimiento paterno, es funesto.
Los de esta provincia no se atreven á pedir la mano de ninguna muger sinó sólo en dias de jueves, sábado y domingo, creyendo aciagos los demás.
Forman el comité de solicitala regularmente la madre, una tía y la abuela, si aún vive alguna del novio, las cuales se cuidan, de no encontrar en su camino mugeres en estado interesante, lo cual tienen por mal agüero, como los chinos.
Al llegar á la casa de la jóven pretendida y al fin de preámbulos, que tienden á ensalzar las cualidades del pretendiente, exponen el objeto de la extraordinaria visita.
Los padres de la muger suelen contestar que explorarian antes la voluntad de ésta.
Después de tres ó cuatro visitas, cuando los padres manifiestan aprobar el proyectado enlace, las comisionadas del novio suelen entregar una moneda de oro ó plata, llamada en esta provincia paminting, y palalian en otras de la comarca ilocana; cuya moneda formaliza el sí ó la base de la sucesiva capitulación matrimonial.
Esta se otorga en otra visita. Se tratará de los bienes, que el novio debe aportar al matrimonio. Estos se llaman sab-ong, y los constituyan cierta cantidad de dinero, si el pretendiente es rico, terrenos, alhajas, valiosos vestidos, bonitas chinelas; si de pobres se trata, bastan un arado montado y lo necesario para ganar modestamente la subsistencia.
En la víspera de la boda, los parientes del novio se reunen en la casa de éste y juntos, á veces con una orquesta al frente, se dirigen á la casa de la novia para entregar el consabido sab-ong y unos cestillos primorosos, que contienen finísimo algodon, un puñado de arroz de primera clase, un salero, un tabo blanquísimo (corteza de la fruta de coco, que les sirve de vaso para beber,) y varios caprichosos cucharones de madera, llamados alló.
Sirve el algodon, según él vulgo, para que los futuros cónyuges no carezcan durante su vida de buenos, vestidos; el arroz, para que siempre tengan el necesario alimento, pues este cereal es su base; el salero, á fin de que no les falten manjares; el tabo, para que no perezcan de sed, y los cucharones, para que tengan todo lo necesario para vivir.
Pocos días antes de la boda, prohiben al novio sus deudos pasear ó ir á los campos, y según el vulgo, en este tiempo le amenazan muchos peligros.
Hé aquí otras preocupaciones relativas á los casamientos.
Si la novia contesta en voz muy baja, cuando el sacerdote le pregunta su nombre, los desposados no tendrán buena unión.
Si cae casualmente una de las arras en el acto de las ceremonias, los cónyuges derrocharán el dinero.
Cuando los desposados se dán la mano, la novia suele pisar algún pié de su futuro esposo, para que ella pueda dominarle después.
De los desposados, el que tenga vela más resplandeciente, tendrá vida más larga.
Al llegar los novios de la Iglesia á la casa de los regocijos, se detienen en la escalera. La comitiva á veces entona un himno sui géneris, lleno de ¡Albricias!, arrojando flores á los desposados. Después, van los padrinos por velas, que entregan á sus ahijados y juntos suben. Es preocupación que si uno de los cónyuges se adelanta al otro á subir, alguno de ellos cometerá adulterio y tendrán una vida ruidosa.
Ya arriba todo el mundo, rezan delante de una imágen sagrada un Pater noster, Ave María y Salve en acción de gracias, y acto continuo rezan por el eterno descanso de las almas de sus difuntos parientes mas cercanos. En este acto, según la preocupación, el desposado que tenga vela, cuya luz no se agita, vivirá menos tiempo. También es creencia que las bodas celebradas con excesiva pompa suelen resultar fatales, siendo castigado por Dios su orgullo.
Los concurrentes que se sientan á la mesa deben tener todos camisa blanca. Para sentarse uno de camisa rayada, necesita pareja que lleve semejante vestido, siendo necesario que el número de los de camisa rayada sea par. En la mesa principal no se admite á ninguno que vista luto. Estos comen en la cocina ó mesa separada.
En la boda los novios comen mongos gordos, á fin de que la mujer sea fecunda.
La fiesta se celebra en la casa del novio con libaciones, música, tertulias y juegos á los naipes.
En la noche del casamiento, el novio duerme en la casa de sus suegros, y la mujer en la de los suyos. Al dia siguiente se reunen de nuevo en la iglesia, para oir misa, después de la cual se dirijen todos á la casa de aquella y allí se celebra otro dayá (fiesta). Por la tarde á eso de las cuatro, se interrumpen los bailes y otros regocijos, y empiezan las algazaras del panagtutupák. Este consiste en hacer sentar en cuclillas en medio de la casa á los desposados, rodeándoles sus parientes en un gran círculo. Al lado de los novios y también en el centro del círculo, se sientan los padrinos de boda. Cada uno de los desposados lleva una copita y un frasco de basi.
Los parientes de la novia ofrecen á ésta, y los del novio á él, cantidades de dinero, que van colocando en los platos que respectivamente deben llevar los padrinos. En cambio de estas ofrendas, los desposados dan varias copitas del consabido basi.
Los padrinos gritan alentando á los donantes, y éstos prorrumpen en mil aclamaciones de alegría, armando gran bulla.
En la mañana del tercero dia, se reunen otra vez en la iglesia, donde oyen misa, después de la cual se retiran á la casa del novio, donde se celebra otra fiestecita, que llaman panag-guugas (limpieza de los platos que se han usado).
Por la noche tienen lugar las ceremonias del panangikamén. En la hora ya de dormir, extienden tres petates (esterillas) unidos, donde se acuestan los desposados y una vieja en medio de ellos. Esta cicerone pasa la noche sin dormir con una vela encendida en la mano. Después la apaga.
En la mañana del siguiente sábado, cónyuges, padrinos y parientes van al rio á bañarse todos. En la tarde del domingo siguiente á la boda, en horas de las cinco, los deudos del novio llevan el ropaje de éste á la casa donde se reunen las ropas del nuevo matrimonio, disputándose el honor de tener mayor número de ellas. Finaliza la función con un bailecito.
A todo ésto añadiremos las siguientes líneas, que me ha escrito uno de Ilocos Norte:
«Los padres del novio llevan frascos del consabido basi á la casa de la novia, para celebrar con libaciones la formalización de las capitulaciones matrimoniales. Es de ver en estos actos á los consuegros cambiarse sus copas llenas de basi brindando por la salud del nuevo matrimonio.
Por lo regular, el novio viste en la boda camisa de lienzo Canton ó de color crudo, chaqueta y pantalon de seda, rosario de cuentas gordas, y salakót adornado de plata.
Y la muger, saya, camisa y kandonga lujosas, tapis de seda, peineta, agujas, anillos y rosario de oro, tumbaga ó coral. En fin, de todo menos de chinelas.
Cuando la boda se quiere celebrar con pompa se mete mucho ruido de tambores y repiques de campana, pudiéndose decir que casi todos los movimientos de los desposados se anuncian con tambores y campanadas.
Terminadas las funciones de Iglesia, el padrino y la madrina toman de su cuenta una banda de música (en todo el Archipiélago los gastos de bautizo, casorio y muerte de los ahijados, son costeados por los padrinos), que irá delante de la comitiva.
En el camino se distinguen los recien casados por el lujo. El novio cubre con un quitasol á su consorte y juntitos caminan despacio con los ojos clavados en el suelo».
La Union. En esta provincia hay otra manera de pedir la mano. Cuando uno desea casarse, lo dice á sus padres.
Éstos á su vez trasmiten los deseos de su hijo á la familia de la pretendida y si aquella aprueba el casamiento proyectado, abre las puertas de su casa al pretendiente, á fin de que éste implore personalmente el consentimiento de la jóven. [44]
En lo demás, los usos semejan á los de Ilocos Súr.
Abra. En esta provincia, el consentimiento de los padres de la novia se consigue con ciertas condiciones: es necesario que los padres del novio se comprometan á dotar á los futuros cónyuges, de los bienes que la familia de la jóven requiera.
El pretendiente dá una lista de los bienes que debe llevar al matrimonio, la cual lista se formaliza en el dia de la boda con testigos en un documento, que debe guardar la familia de la jóven, para demandar ante el juez competente á los padres del novio en caso de violarse después lo estipulado.
En Abra también se estila el consabido palalián, el cual suele consistir allí en anillos ó varias monedas.
A veces se pide la mano, por medio de cartas.
V
DUELOS
Agonías. Los ilocanos ayudan al moribundo á bien morir, leyéndole á grandes voces el Panang-Jesús. Y en cuarto aparte, rezan los demás de la casa.
Los de Ilocos Súr cuidan mucho de que ninguna mosca se pose en el rostro del agonizante, creyendo que aquella pesa sobre éste, como si fuera una montaña.
En tiempos anteriores (y aún ahora [45] se citan varios casos en algunos pueblos de Ilocos Norte) se observa con mucha atención cuántos dedos extiende el agonizante en sus últimas convulsiones.
El número de dedos extendidos, es el de las personas, que los parientes más cercanos del moribundo deben asesinar por su mano ó por medio de otros, siendo preocupación que si no cumplen con este deber, morirán dentro de pocos dias. Los deudos del difunto no están precisamente obligados á matar á sus víctimas, sinó sólo deben cortar un dedo meñique [46] de la mano (no sé si la derecha ó izquierda) por cada uno de los extendidos por el agonizante; pero matan al que le cortan algún dedo, temiendo ser denunciados ante los tribunales de justicia.
Recogen los dedos cortados é ignoro á donde los llevan.
Los comisionados á llevar á cabo el encargo del difunto se visten de negro y ván á los lugares retirados para cazar hombres, sin distinción alguna.
En Abra la preocupación es otra: algunos viejos ó viejas registran los piés del cadáver, los cuales si se encogen, presagían la próxima muerte de otro indivíduo de la misma familia.
Los ilocanos señalan como caso de contagio el ponerse á la cabecera del agonizante, creyendo que al morir, se escapa del cadáver la enfermedad y se apodera de la persona, que está allí.
Mortaja. Apenas espira uno, varias viejas ó viudas, lavan con agua tibia el cadáver antes de amortajarle. La mortaja se compone de los vestidos más ricos del difunto ó los de la boda, si aún existen; en Ilocos Norte suele cambiarse tres veces durante el dia y todas las alhajas de valor se ponen en el cadáver, como postrimer adios á las cosas del mundo. Antes de bajar de la casa el cadáver, se lo viste de hábito de religioso franciscano.
Dícese que el que muere repentinamente se corrompe más pronto que los demás cadáveres. En Ilocos Norte se usa el oro, para evitar la descomposición rápida, introduciendo en la boca del cadáver una moneda ó alhaja cualquiera de aquel metal.
Es creencia que metiéndose cierta cantidad de azogue en la boca ó en el recto del cadáver, éste se levanta á perseguir á los concurrentes y cae apenas tropieza con cualquier objeto.
Visitas. El cadáver suele permanecer 24 horas en la casa mortuoria, á donde acuden á visitar los amigos del difunto.
Estos preguntan qué enfermedad causó la muerte y los de la casa refieren el asunto con todos sus pormenores, echando la culpa á alguno, pues en los pueblos ilocanos, no se muere si no por culpa de un prójimo.
Las viudas (raras veces los viudos) de la clase media é inferior suelen plañir, recitando el poema de su unión, desde sus primeras relaciones de amor hasta las últimas palabras ó encargos del difunto. Como es natural, todo el auditorio se entristece, derramando amargas lágrimas.
En las provincias ilocanas es costumbre que alguno ó alguna esté al lado del cadáver, cuidando de que las moscas no se posen en él. En algunos pueblos las parientas cercanas del difunto suelen turnar en plañir alrededor del cadáver. Los lamentos suelen ser estudiados de antemano y cantados en tono menor sui géneris. Los hay conmovedores y otros que incitan á reir, como la siguiente estrofa:
¡Ay anakko bunga! Bilbilinenka, ama; Ta no makitam ni Kal-lá Pakomustaamto komá.
Traducción:--«Ay hijo y fruto mío, te encargo que si llegas á ver á Clara (alguna que habría fallecido) le des mis expresiones.»
Este es plañido de una, que no es parienta del difunto, y que se incitó á llorar recordando la muerte de su hija Clara.
Las mujeres de los principales suelen limitarse á gemir.
Las puramente plañideras son rara avis en Ilocos y suelen ser viejas borrachas, que entonan versos capaces de volver la vida al cadáver, para acompañarlas con grandes carcajadas; como las ploratrices de los hebreos y las que hubo en Castilla en tiempos del Cid.
Funerales. Los parientes y amigos del difunto regalan velas para los funerales, y asisten al entierro.
Si es de la clase pudiente el finado ó su familia, algunos Sacerdotes le acompañan desde su casa á la iglesia, deteniéndose tres veces en el camino por los responsos. La comitiva suele ir acompañada de una ó más bandas de música.
Los acompañantes se dividen en dos grupos: de varones y mujeres. Si hay viuda, vá la última con la cara velada por el manto ó lambong y siempre llorando. En Ilocos Norte, vá rodeada de viejas.
Si se trata de pobres, los cadáveres se llevan á la Iglesia en ataudes cuadrilongos sui géneris.
Los niños muertos son conducidos por una banda de música, sin los grupos de que hablamos anteriormente.
Sus ataudes son adornados con flores de papel, singulares y curiosos.
Antes de cerrar el féretro, los hijos ó nietos del difunto besan su mano, oyéndose desconcertadas sollozos. Las viudas ó las cercanas parientas suelen prorrumpir en desesperados gritos.
Desde el día del entierro, comienza el novenario en sufragio del alma del difunto. Por la mañana las mujeres de los parientes y amigos íntimos del finado oyen misa en grupo; después van á la casa, mortuoria á orar por el alma de él y terminado el rezo, desayunan. Por la tarde vuelven á reunirse en la casa mortuoria para rezar.
El último día del novenario, que llamamos panagpamisa, se celebra con una reunión, que viene á ser una fiestecita.
Preocupaciones sobre difuntos. Las hay muchas y varían según las provincias; pero debemos advertir que las prácticas supersticiosas son en las provincias ilocanas como otras partes, propias solamente de los campesinos, siendo rarísimos los principales que las siguen.
Ilocos Norte. Al llegar la viuda ó viudo á la casa mortuoria, viniendo del cementerio, despues de la sepultura del cadáver, se le hace sentar en un rincon, de donde solo se levanta cuando vá á dormir ó á la Iglesia; y dos viejas no se separan de su lado. La viuda en esta posición, no se fija en ningún objeto, teniendo siempre la boca tapada con una mano.
Las ventanas del cuarto donde está ella, se cierran durante el novenario. En cambio, todas las puertas de la casa se abren á todas horas, para que pueda entrar la sombra del difunto, por si algun encargo tiene que comunicar á la familia.
Según una conseja general en Ilocos, el alma vuelve al mundo al tercero y noveno día de la muerte del cuerpo, para visitar los lugares, donde había estado en vida, como ya hemos dicho en el capítulo anterior. Es como una sombra, y no puede caminar en medio de la casa sino apegada á las paredes. Muchas veces abraza á los vivos por la espalda y se agarra á aquella parte; entónces, para que se largue, debe uno coger un ramo espinoso y azotarse la propia espalda.
En Ilocos Norte, se distingue mejor el alma, que sale de este mundo (cararuá), del alma ó sombra, llamada anioaás ó alaliá.
Creen allí que el hombre al morir, deja rastros de su existencia en el mundo, que los naturales llaman arariá ó anioaás (alaliá en Ilocos Súr) y es general la creencia de que esta sombra sobrevive en la tierra, lastima, mata, apaga las luces, frecuenta los lugares donde el difunto solía estar en vida; á veces toma la forma del mismo finado y suele aparecer á sus allegados. Muchos ilocanos aseguran haber visto sombras.
En Ilocos Súr, se cree que anioaás es diferente del alaliá: es como una sombra invisible que se desprende del cuerpo humano, aún vivo, que repite lo que aquel haya hecho. En Vigan á eso de las ocho de la noche íbamos á la Iglesia á escuchar lo que hacían los anioaás, cuyas pisadas, según se decía, se oian á aquella hora. Se toman por anioaás, otras veces, los fuegos fátuos.
El día siguiente al del entierro, hacen una mecha de trapo, enciéndenla y ván al rio. Aquí queman varias pajas de palay, de cuyas cenizas hacen una infusión mezclada con basi. Con esta lejía se lavan todos la cabeza.
Luego, una vieja, viuda por añadidura, agarra la cabeza de la viuda ó viudo, la sumerge y hace dar tres vueltas debajo del agua, cuya ceremonia se repite tres veces.
Después del baño, se retiran á la casa del duelo y allí toman la golosina indispensable llamada niniugan, que se confecciona de arroz pegajoso diket, y coco, sin azúcar ni nada dulce; entonces es bueno comer frutas de amargoso, para no contagiarse de la enfermedad, del difunto.
Antes de sentarse los concurrentes á la mesa, colocan un plato de niniugan en algun rincon para la sombra del finado.
En la noche del quinto día, varias viejas y viejos parientes acompañan al viudo ó viuda, guardando absoluto silencio en el camino, á cualquiera sementera, donde tengan parientes, á cuya casa suben y le hacen al viudo asomar á la ventana. Si vé algún varon, es probable que se case otra vez; y viceversa en caso contrario.
En el último día del novenario, confeccionan golosinas de diversas clases y matan vacas y cerdos (si es rica la familia). Descuartizada la res, cuando de ella nadie ha comido aún, ponen un pedazo en el plato y lo colocan en algún rincon para el difunto. Si algún pillastre hurta el contenido del plato, los de le casa creen como dogma de fé que se lo ha comido el alaliá (sombra), pues según la preocupación, el que se atreva á hurtar este manjar crudo, irremisiblemente padecerá grave enfermedad.
Una mesa, espléndida de golosinas y manjares, se pone desde el toque del Angelus; pero nadie puede sentarse á dicha mesa, sino después de las ocho de la noche y de las oraciones en sufragio del alma del finado.
Ilocos Sur. Los campesinos de esta provincia tienen prácticas análogas á éstas con pocas diferencias,
Dicen que si se detiene el ataud en la escalera, al bajar, se queda la sombra del finado internándose en el cuerpo de algún pariente. Éste pierde la razón y en él habla la sombra con la misma voz del difunto. Son los llamados maluganan (ocupados), de que hablamos en la pág. 46.
Es malo ver el ataud dentro del nicho ó al bajar á la fosa, so pena de morir dentro de poco, escepto los sepultureros.
Abra. Antes de cavar la tierra destinada á sepulcro, los encargados de esta operación, trazan una cruz en el punto señalado, rociándolo con el vino basi.
Abierto ya el hoyo é introducido el ataud, cada uno de los sepultureros echa un puñado de tierra. Morirá dentro de breves días el que no cumpla con este requisito.
Los sepultureros no pueden subir á la casa del duelo sin haberse antes lavado las manos y piés, primero con sangre de pollo blanco, luego con basi y últimamente con agua tibia.
Union. El día siguiente al del entierro, los parientes del difunto se dirigen á algún río ó mar, acompañados de una vieja, que sirve de sacerdotisa ó katalonan, como se llamaban las primitivas de Filipinas.
Ya en el río, encáranse con la parte, á donde se dirige la corriente. En esta posición, la vieja lava las cabezas de la viuda y los huérfanos con la infusión de paja quemada de palay, ó de gogo. Durante estas ceremonias, la bendita murmura una oración.
Ya en casa, la sacerdotisa les sahuma con una plancha llena de plumas de gallo ó trapo. Con esta medida dicen que se quita la languidez producida por la muerte del difunto.
Concluido ésto, se dirigen al cercado de la casa y pasean por sus orillas. En estos jardines ó cercados siempre debe haber algunos plátanos ó árboles, que dan frutas comestibles. Y si encuentran un plátano, lo arrancan de raiz, después de rezar un Padre Nuestro; y si tienen frutas se las comen.
Lutos. En Ilocos Norte no visten luto los parientes del difunto, sinó sólo desde aquella hora, en que éste usa su último vestido. Entonces las viejas cubren de luto al viudo ó viuda, y solo se les ven los ojos.
En la Unión tienen esta particularidad: en el último día del novenario, después de la comida, la viuda y los huérfanos se colocan en una fila, y la vieja que sirve de pitonisa, después de rezar unas oraciones, les quita el manto, que hasta entonces llevaban desde el primer día en señal de luto. Desde aquí ya pueden usar vestidos de cualquier color, con tal que lleven colgado del cuello un liston negro.
En general, las parientas del difunto llevan mantos cerrados por delante quedando abierta solamente la parte de la cara hasta el pecho, siendo menor ó mayor la abertura, según que sea próximo ó lejano pariente el difunto.
Por término medio el luto dura un año, según sea el grado de parentesco, teniendo la viuda durante los primeros meses, que llevar el manto á donde quiera ir, aún no siendo á la Iglesia.
Entre los varones del campo es costumbre llevar mantos, si son huérfanos ó viudos.
Entre los ilocanos hay tambien lutos de alivio y medio luto.
VI
FIESTAS DE LAS AUTORIDADES
Pasemos á hablar de las tradicionales felicitaciones, con que los ilocanos agasajan á los jefes de provincia ó alcaldes mayores [47].
Acuden á festejarles por sus días ó cumpleaños todos los gobernadorcillos de la provincia.
Les acompañan sus respectivas bandas de música, graciosas pollitas (por lo regular las más bonitas del pueblo) y la principalía.
Llevan delicados regalos, consistentes muchas veces en caprichosas jaulas llenas de pájaros, palilleras, venados, dulces y mil frutas delicadas.
En la víspera de la fiesta, despues del toque de las oraciones, acude la flor y nata de la provincia á la Casa-Real, que así se llama la residencia del alcalde, para saludarle.
De grupo en grupo se presentan los pueblos con el gobernadorcillo respectivo al frente de la principalía; siendo el primero, en Vigan, el del gremio de naturales, al que suele representar un jóven elegantemente vestido á la europea, el cual pronuncia el discurso de felicitación, terminando por ceñir la frente del alcalde con una preciosa guirnalda de flores artificiales y por depositar en sus brazos una perfumada palma.
Despues de la coronación, un coro de jóvenes y niñas de voz sonora, entona un himno acompañado de orquesta ó armonium.
Sigue luego el gremio de mestizos, que siempre se distinguió por sus discursos é himnos, escritos por ilocanos instruidos; por el lujo de sus laureles y palmas, por el arte y primor con que los hacen.
Despues de las coronaciones y los cantos, suelen soltar, especialmente los mestizos, algunos globos de caprichosas formas y quemar varias piezas píricas, á las que sigue una ruidosa lluvia de cohetes.
A las nueve, se retira la principalía con las señoras sin hijas, quedándose las pollitas con sus madres para el baile, que entonces comienza entre los empleados, funcionarios y otras personas.
A las cuatro de la madrugada, las bandas de música recorren las calles de la cabecera, tocando diana, para despertar al vecindario.
Poco antes de las ocho, los gobernadorcillos con sus tenientes, alguaciles y bandas de música, se dirigen á la Casa-Real, desde donde se trasladan á la Iglesia con el alcalde y todos los funcionarios públicos de la provincia.
Oyen misa solemne y se canta el Te-Deum.
Llegada la noche, otro baile tiene lugar. Algunas veces por la tarde hay cucañas, juegos de anillo, moro-moro y otras diversiones ilocanas.
Llámese como se quiera al que pronuncia discursos escritos por otros y hablemos algo entre paréntesis de él. La presencia de ánimo suele encontrarse entre los traviesos jóvenes, de los cuales se escoge un orador. Sin embargo, varios de ellos se aturden en el acto y muchas veces se olvidan del discurso al llegar á ciertos periodos: miran entónces á los gobernadorcillos como si quisieran preguntarles algo; pierden la palabra y.... allí fué Troya: ¡Plancha! ¡calabaza! se oyen por todas partes, estallando una ruidosa tormenta de carcajadas y voces de ¡fuera! ¡¡fuera!!
No solo á los alcaldes se felicita, sinó tambien á los Obispos y provisores de la Diócesis. Recuerdo que en cierta ocasión, un orador del pueblo de Cauayan... no hizo plancha, fué más que plancha aún: ignoro quién le había enseñado aquellos exageradísimos ademanes que no parecía sinó que estaba insultando al que entónces felicitaba.
Tambien varios alumnos del Seminario de Vigan felicitan á sus superiores, pronunciando discursos. En estos casi siempre se piden... no sé cuántas semanas de vacación de aulas.
Uno de estos oradores hizo plancha precisamente en aquello de «vacaciones.»
Entonces el público le apuntó diciendo ¡vacación! ¡vacación!...
Todo esto en Ilocos Súr.
En Abra rarísimas veces se entonan himnos y en ese caso las cantoras y cantores van de Vigan. La paga suele consistir en algunas bueyes á cada individuo.
De los pueblos acuden igualmente la principalía y las indispensables pollitas á saludar al gobernador de la provincia.
En Ilocos Norte los regalos suelen consistir en finísimos tejidos de Ilocos, mantelería, pañuelos etc., etc.
Allí no faltan discursos, especialmente de los pueblos de S. Nicolás, Bacarra y la cabecera.
Acuden también á festejar al alcalde la principalía con sus bandas de música, lindas ilocanas y los graves gobernadorcillos con sus subalternos.
Bailes en la Casa-Real, comilonas en el tribunal de la cabecera y otros regocijos por todas partes, completan la fiesta. Raras veces se cantan himnos.
Los ilocanos felicitan á sus alcaldesas mayores en sus días.
Lindas babbalasang (solteras) se reunen en la casa del gobernadorcillo de cada gremio y al anochecer se dirigen á la Casa-Real.
En la sala de recepción, el gobernadorcillo presenta á la alcaldesa las señoras de la principalía que tambien ván á saludar á la señora (así se llama allí la esposa del alcalde); del bouquet ó grupo de bellezas, se adelanta una jóven y felicita á la señora con un correcto discurso.
Despues de la felicitación, las bellas ilocanas entonan himnos.
Los discursos terminan con la consabida coronación, ciñendo la frente de la alcaldesa con una guirnalda de flores artificiales y perfumadas, y depositando en sus manos una palma.
Y no sólo se felicita á los Alcaldes mayores y sus señoras, sino tambien á sus chiquitines. Los hijos (niños) de los Sres. Regidor y Marzan, jefes que fueron de Ilocos Súr, fueron pomposamente festejados en sus cumpleaños por la principalía de ambos gremios de Vigan. Dos comitivas (naturales y mestizos) de chiquillos uniformados con chaquetas, imitando á los tenientes de justicia, con sus gobernadorcillos correspondientes al frente, y acompañándoles sus respectivas bandas de música, acuden á la Casa-Real, donde uno de ellos felicita y corona al niño ó niña.
Llama la atención la soltura con que los oradorcílos pronuncian discursos en castellano.
Entre los diversos regocijos que los fernandinos dedican á sus jefes, hemos citado los globos de artísticas formas. Tal vez ellos son los que los confeccionan mejor en el Archipiélago.
Pabonar: se llama así la fiesta con que los gobernadorcillos celebran el dia que toman el baston de tales. Varían las ceremonias según los pueblos. De la Casa-Real, después de prestar juramento ante el Gobernador de la provincia, se dirigen á la Iglesia á rezar, con numerosa comitiva de tenientes y alguaciles, y banda de música. Después van á la casa del nuevo pedáneo, donde se baila, canta y come.
VII
FELICITACIÓN Á PARTICULARES
Cuando las simpáticas y hermosas ilocanas (solteras) celebran sus cumpleaños, pues allí no se celebran los días, sus pretendientes (vulgo, dongguiales) las agasajan con cartas de felicitación. Estas suelen ser dibujadas y lujosísimas, conteniendo versos acrósticos, escritos á veces con tinta dorada y letra gótica, que es la que más agrada á los indígenas.
He aquí una muestra, que me han facilitado:
Pura y risueña la aurora muestra hoy sus lábios de rosa alegrando con su hermosa faz las regiones de Flora. Entona dulce trinado el vistoso pajarillo al gran Febo, cuyo brillo anima á todo ser creado. Preciosas abren las flores su capullo peregrino á recibir el divino rocío y ricos olores. Aura suave y cariñosa acaricia los sentidos; mi corazón dá latidos, de júbilo, ¡Pepa hermosa!... Númenes bellos del Pindo, á mí voz prestad piadosos vuestro plectro ¡oh generosos! para cantar mi amor lindo, Grande es hoy, sí, mi consuelo al llegar tu natal día; y será más mi alegría cuando... nos bendiga el Cielo.»
En el capítulo siguiente veremos otras poesías ilocanas.
VIII
MÚSICA, CANTOS Y BAILES
Siento mucho no poder insertar aquí las notas sumamente curiosas y originales de los cantares ilocanos, tales son: el dal-lót, el danio, el dingli, el berso y algún otro que no recuerdo. Son de un mismo estilo y para los no acostumbrados á oirlos, parecen tener una misma música, y sin embargo, se diferencian entre sí.
La circunstancia de no estar yo en Ilocos, al escribir este libro, me priva de dar interesantísimas noticias sobre este punto, como p. ej. el curiosísimo y largo poema popular titulado Vida de Lamang; señorita, según la conseja, muy hermosa y tan cuidadosa de sus encantos, que en una sola ocasión se gastó por lavar su cabellera no sé cuantos camarines (agamang) de pajas de arroz, de cuya ceniza la infusión sirve á los ilocanos para lavar la cabellera.
Los cantos puramente ilocanos tienen algo del estilo llano y mucho del menor; parecen ayes exhalados por un corazón perdidamente enamorado. Ahora sólo ya los del campo entonan esos cantos y los del pueblo otros en idioma ilocano, pero de música europea, aunque suelen imprimir en ella alguna particularidad, especialmente en la del tono menor ó las danzas.
Son muy curiosos los cantos que se oyen en las campiñas de Ilocos: recuerdo vagamente uno que se refiere á un sujeto que fué aprehendido y le iban á azotar en el tribunal, á donde le habían llevado, cuando llegó su padre, y en vez de defenderle éste, suplicó que le azotasen. Otro empieza asi:
María, María sabong, Sabong ti lubong; Isú ti namangon Ti bandera ti taltalon.
Versión literal: María. María flor.--Flor del mundo. La que levantó--La bandera de los campos.
Hé aquí otro canto popular
Íntayon! A kuná ni mangod-odon; Nabátinsa tay karkarmamon Idiay bátogda ummindayon. Kas la ngad ubíng A no agibit [48] ket linglingayen; «Kololot baá,» kunana manen; Lumned ket tumpuar laeng. Aoan semsem Á mabati á laglagipen[#] Beam lat mabátimon Ta uray ket kukuanak, ket kuktuaka metten.
Traducción: «Vámonos!--Como dice el que vá al pueblo.--Parece haberse quedado tú karkarmá [49] frente á la casa del umindayon (ignoro su significación.)--Es como un niño que si llora, se pone melancólico. --Kololot, baá, [50] dice y se oculta, para volver á aparecer continuamente.--No queda tristeza en qué pensar; deja lo que hayas dejado, que ya soy tuyo y eres mía.»
Llámanse tapát [51], las serenatas nocturnas que los galanes dedican á sus amadas ó puramente amigas. Llevan en ellas un armonium ú orquesta compuesta de una ó dos guitarras, alguna bandurria, acordion, violin, flauta ó arpa. Después de tocar un paso-doble ó algún bailable, frente á la casa de la agasajada, uno ó dos cantan; á veces van cantarinas. Al canto sigue otra sonata, y después de dos ó tres canciones, van á otras casas á hacer lo mismo.
Tocan los ilocanos una pequeña vihuela de cinco cuerdas llamada kutibéng, advirtiendo que ya lo tenían á la llegada de los españoles, aunque la antigua debía tener forma distinta de la actual, que se parece mucho á las vihuelas europeas.
Hay varias clases de bailes en Ilocos, además de los europeos que más usan: el kinnotón, ó baile de hormigas, cuyos bailarines remedan á un atacado por muchos de estos insectos, y á un compás apresurado, se rascan todas las partes del cuerpo.
El kinnal-logóng: una pareja de hombre y mujer se colocan frente á frente; el primero no se mueve de su lugar, y la otra se acerca á él cantando ó bailando solamente, moviendo un sombrero con dos manos, como si lo ofreciese al galan; lo pasa por encima de la cabeza de éste, como intentando varias veces ponérselo. Al fin, lo hace; y ambos bailan, terminando con ésto el baile.
En las reuniones los ancianos suelen pedir que alguien cante un dal-lót ó el curioso arikenken, que es una especie de zarzuela en un acto ó baile con canto, cuya letra improvisan los actores, que son un baró (soltero) y una balasang (casadera) de la reunión.
La letra es digna de conocerse. Se compone de estrofas de ocho versos; que se conciertan entre sí, según la rima especial de los ilocanos, que ya veremos lo que es, con el siguiente estribillo:
Dal-lang ayá daldal-lut. Dal-lang ayá dumidinal-lot.
Lo trascribo, porque no sé traducirlo ni lo entiendo, á pesar de que soy ilocano; parece que no significa nada.
Doy la traducción de una letra del consabido arikenken, que me facilitó un ilocano.
Un mozo, frente á una jóven, con quien baila, canta en ilocano lo siguiente:
«En este respetable concurso y muy apreciable reunión (la repetición es propia de la poesía ilocana) soy el elegido para dar alegría á la tristeza, pues si el corazón se halla bajo la sombra del pesar, dolores caerán sobre nosotros como las olas del mar.--Bien que yo comprenda mi poco valer, declaro, sin embargo, mi amor, ya que adorar no está prohibido, pues dicen los sábios, que el amor es ciego, (llama la atención que los filipinos, en general, saben, que Venus y Cupido son dioses de la hermosura y del amor), que cautiva á los ricos y pobres.--Por eso, vida de mi alma, clara y radiante motiá (fuego fabuloso, que sale de la boca de los gallos privilegiados), contesta pronto confirmando la certeza de que no son iguales el ciego y el que tiene sana vista; vamos, contesta si es cierto lo que he dicho.»
A esta provocación, la jóven responde entonando versos ilocanos que literalmente traducidos, dicen:
«Ya que pides mi opinión acerca de lo que acabas de decir, te manifestaré que ciertamente el amor no escoge, y para él, tanto el rico como el pobre valen lo mismo.--Pero hay muchas clases de amor: hay engañoso, lo cual es crueldad, amor fraternal y amor universal, siendo el más estimable el amor que enlaza á dos corazones, si se sabe conservarlo.--La ley y nuestra dulce religión no lo prohiben, y el sabio se vuelve necio, si este amor (conyugal) lo domina, por eso este amor, repito, es el más apreciable, ante el cual los reyes se hincan de rodillas.»
En ésto, ambos bailarines entonan á duo una estrofa, con la que ruegan á los concurrentes disimulen la modestía de su zarzuela improvisada ó arikenken.
IX
CENCERRADAS
Éstas, en su significación genuina y vulgar, no existen en la comarca ilocana. Pero según se desprende de las palabras y esplicaciones del folk-lorista andaluz, D. Luis Montoto y Rautenstrauch, las cencerradas vienen á ser actos de desagravio á Cupido. En este sentido se citan en los pueblos ilocanos algunos casos, de los cuales voy á relatar á nuestros lectores y á los folk-loristas peninsulares en particular, que no se olvidaron de nuestro querido Archipiélago al redactar su programa folk-lórico, un caso, curiosísimo por cierto, que ocurrió en Abra.
Una jóven, vecina de aquella provincia, trataba de casarse con un galan, á pesar de las relaciones amorosas que la unían á otro caballero. Este se propuso vengar á todo trance al dios ciego, pues se habían jurado amor eterno.
En la noche víspera de la boda llevó al frente de la casa de la novia la banda de música de Banged, que era numerosa. Dieron una serenata ó emprentada, y en uno de los intermedios cantaron varias coplas ilocanas, que no carecerán de valor folk-lórico.
Vamos á traducirlas procurando conservar su sal y pimienta,
«Escucha, mujer, la última palabra del que habeis amado, engañado y hecho una traición: creí que eras mujer discreta, pero hoy veo que estás saturada de coquetería. Desde un principio aceptaste mi amor, demostrando con tu boca (!), miradas (!!) y acciones (!!!) tu amor.... que me retiraste en un momento. ¿Porqué, cuando manifesté mi hastío de tí, por prever que me ibas á engañar; porqué me dijiste que nó, y que mucho me querías, cuando ahora me niegas rotunda y vilmente? Cásate, pero escoge á un esposo, que tenga grande corazón para poder soportar las flaquezas de su prójimo, pues tu debilidad exige la valentía de un esposo tres veces santo. ¿Cuando podrás, desterrar esa conducta tuya, propia de la mujer á quien todos gustan?... ¡Nunca! Busca tu pues, un esposo muy indulgente.»
X
PIROPOS
Hem, ¡ehem! Cuando en Ilocos se oyen esas interjecciones quejosas, guturales y casi ahogadas, es porque habrá pasado una linda balasang (soltera) alrededor de un fastidioso donggial, (pretendiente). Los tagalos también emplean este piropo.
¡Nagpintás ket ni kabsaten! (¡Qué hermosa es mi hermana!)
¡Makagatko man la koma dediay butóy ni adi! (¡Si yo pudiera morder las pantorrillas de mi hermana!). Este requiebro suelen echar los aguadores á las jóvenes ilocanas, que cuando van al rio á sacar agua potable, remangan la saya, quedando en pernetas.
En los bailes se oye algunas veces esta lisonja «¡quién será más dichoso que yo, teniendo en mis brazos al ángel de la hermosura y bondad!» Con esto suelen comenzar discreteos amorosos. [52]
Cuando un objeto llama la atención de una balasang y ésta esclama: ¡qué bonito es!--Muchas veces se le contesta: eres más bonita.
Para echar una lisonja, los ilocanos comienzan preguntando y ... ¡ay que preguntones son mis queridos paisanos! Es gracioso el siguiente piropo:
--¿Es cierto que se casa V?--Pregunta un pollo.
--No.--Naturalmente contesta la pollita.
--¡Ah! ¡¡vamos, hay plaza vacante!!
Y comienza la conversación amorosa.
XI
VIVIENDAS, MUEBLAJE Y UTENSILIOS
Se ven varias clases de casas: las hay todas de ladrillo; de idem el piso bajo y de tabla lo demás; de tabla con techumbre de nipa: de caña con techumbre de cogon. Estas últimas se llaman pinag-ong, si la techumbre es cuadrada, ó mejor dicho, si los vértices de sus cuatro triángulos laterales se reunen en un mismo punto; y tinobtóbeng si es de forma cuadrilonga.
Las casas de mampostería son todas de ladrillo, excepto los cimientos que son de piedra; en el agua con que se hace la argamasa de cal y arena, ponen hojas de un árbol denominado sablót (Tetranthera Roxburghii, Nees; Sebifera glutinosa, Lour.) para que sea pegajosa. Y en efecto, resulta sólida la construcción.
La casa de tabla es por lo regular de 12 varas de largo por 6 de ancho y 8 de alto; sus materiales, de madera y caña; su bóveda, de caña-bojo, que labran de la manera siguiente: primero dividen en dos partes dicha caña y la machacan para que se aplane y después las entrelazan como una esterilla y las colocan formando ángulo arriba. El techo es de nipa, cogon y en algunas de caña. El tabique de la parte baja es de caña tejida.
La casa de caña es de 10 varas de largo, por 6 de ancho y 7 de alto; se compone enteramente de cañas; se construye como la anterior, con la diferencia de que es baja y apenas puede entrar rectamente una persona en el zaguan. El techo es de cogon. Al pié de la escalera de éstas hay un pequeño pátio cercado y denominado panaltagan, que sirve para trillar el palay. No se pinta.
La choza (kalapao ó abong) ó casita de campo, es por lo regular de 3 varas en cuadro y 4 de altura y se compone de cogon y caña. Hay algunos que ponen por tabique la caña-dulce seca. Los bajos de la casucha no pasan de una vara de altura. Tampoco se pinta.
Además de las casas, tienen los agamang construcciones cuadradas de materiales lijeros, colocadas sobre cuatro pilares de madera; se elevan una braza del suelo, estando al aire libre el piso bajo; su base es pequeña y se vá ensanchando de abajo arriba para volver á achicarse, semejando á la forma de un polígono de cinco lados inscripto en una circunferencia; y sirven para guardar palay. Los camarines de otra forma se llaman sarosar ó kamalig.
El mueblaje de la casa de piedra se compone de sillas de bejuco y madera, hechas en la misma provincia. El interior está pintado de blanco. Usan lámparas, quinqués, vasos de luz y tinhoy (candil): cuecen en cacerola ó karahay. Usan vasos de cristal, platos, aparadores, roperos, catres, baules, árganas ó cofres de cuero y otras cosas más.
Los muebles de las casas de tabla son pocas sillas, bancos de madera, y de caña dividida y amarrada con bejucos, denominados lankapi (papag). Se pintan algunas por el exterior y aún el interior, pero esto es raro. Guisan en ollas de barro y algunas veces en karahay. Tienen platos y vasos; pero solo los usan en las fiestas: comen en dulang que es una especie de mesa que no pasa de dos palmos de altura; hay también bancos muy bajos para aquella; mesas en que se ponen las imágenes sagradas; roperos, baules, kubéng que es una especie de baul redondo, de caña y no pasa de un palmo de altura, lupao que es como el kubéng de magnitud y tres palmos de altura y sirve para poner sábanas y mosquiteros, según un ilocano del Norte.
En las casas de caña hay pocas sillas, bancos de caña, sillas de idem de forma cuadrada, que no pasan de dos palmos, sin respaldar, Raras son las casas que tengan platos y vasos de agua, y si los tienen, no los usan sinó en días de fiesta; en las demás usan ungot ó tabo. Comen sentadas en cuclillas y alzan el duyog (plato de cáscara de coco) acercando la comida á la boca, principalmente la gente del campo. Tienen mesas en donde se colocan las imágenes sagradas, baules, kubéng y lupao.
Las casuchas y casas rústicas tienen bancos de caña. Guisan en ollas. Sus platos son de la cáscara de coco. Comen sentados en cuclillas. No tienen mesas, sinó solamente baules y kubéng.
Son raras las casas de Ilocos Norte que no tienen gallinero, cuya magnitud no pasa de dos varas en cuadro y su altura 3 y media; le llaman kagab, y kakab en Ilocos Súr.
Los utensilios son cucharones de madera y cáscara de coco, cuchillos grandes, que se llaman badáng, bunéng, immokó etc. según su mayor ó menor dimensión, esteras ó petates; azador, parrilla, latok (platos de madera) etc.
No usan manteles, ni servilletas, sino únicamente en las fiestas.