El maldito, o, Un río de oro · Unidad 13 de 30

Unidad 13 · ESCENA IV.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

ESCENA IV.

Dicho, Rosa.

[Raimundo! ¿porqué me das tal título?

Será el vuestro.

Oigo en él algo siniestro...

¡Escucha... acércate más!

Tú eres bueno, eres honrado, fiel á toda prueba, sí...

Di, ¿quién es ese hombre, di?

Un noble, que, enamorado de vos...

(Le interrumpe.)

[No atiendes mi cuita, no resuelves mi problema!

¡Ay! ¡y esta duda me quema el corazón!

[Señorita!

¿Porqué me das ese nombre,

tú, que junto á mí creciste

y para mí siempre fuiste

un hermano? Dime, ese hombre,

á quien mi alma repudia

como á un espectro ¿quién es?

Ya lo sabes, un marqués,

hijo del marqués de Ampudia.

¡Tu novio! ¡Son poco añejos

los lazos que á él te vinculan!

¿no sabes cómo calculan

en estas cosas los viejos?

(Agitadísima.)

¡Nó, nó!

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¿Qué he de añadir yo, si te forjas tal proceso?

Que tú me engañas; no es eso; que mi alma dice que nó.

Un sueño insensato, loco mi amarga duda renueva. jBah! todas las hijas de Eva soñáis mucho y pensáis poco.

¡No sé qué pasa por mí, me extravío, me confundo... recelo de todo el mundo!

¿Y de mí?

(Con timidez.)

También de tí.

¿De mí? tu leal amigo, el hijo de tus mejores y más fieles servidores; del que en tu casa halló abrigo y paz, y amor, y sustento...

¡Galla! ¡eres injusta, Rosa, y tu duda es calumniosa!

¡Perdona, no sé qué siento!

Ofendes hasta á tu padre, á quien tus recelos dañan...

¿Y si á mi padre le engañan?

Pausa.)

Anoche hablé con mi madre.

(Aterrado.)

¿Estás loca?

(En voz baja).

No lo estoy... verás., yo te explicaré.. .

¿Quieres saber cómo fué? pues á decírtelo voy.

(Recorre la escena, cuidadosa de que no la escuchen.

¡Escucha! á mi cabecera tengo yo un pequeño altar, y una Virgen del Pilar entre dos velas de cera.

Es de piedra muy lustrosa, limpio fanal la contiene, y es muy pequeñita, ¡y tiene, una cara tan hermosa!

Pendiente á su lado, está, y es digna de ella el ornato, en un cuadrito, el retrato

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Ratm.

de mi bendita mamá.

Y al encender por las dos las luces, ve mi consuelo, mis dos reinas en el cielo;

¡son mi madre v la de Dios!

9 ti

Rezo dos salves, y en calma se van mis ojos cerrando, y entra el sueño aleteando y se apodera de mi alma.

Según es bueno ó aciago enciendo ó apago...

(Sombrío.)

Entiendo!

Si es muy triste, las enciendo, si es alegre... las apago.

Pues mira, anoche, al rezar, no sé qué ruido sentía, y creí que se movía...

¿Quién?

La Virgen del Pilar.

De repente, el ruido ingrato produjo extraño alboroto,

¡junto á una luz cayó roto el cristal de mi retrato!

¡Madre! como en la agonía dije, y lancé un grito seco; y me pareció que el eco respondió claro: «¡Hija mía!» Apagué aterrorizada... sentí un rumor misterioso, y vi un cuerpo vagaroso, flotando sobre mi almohada...

Me habló, me invocó su nombre, estampó un beso en mi frente, y me dijo claramente:

— «No te cases con ese hombre!

»A tu padre como á tí,

»os persigue la artería... »defiéndete, Rosa mía...

»y ora por él y por mí.»

Y aquello fué realidad,

fué su voz, su voz, Raimundo; la única que en el mundo dice á una hija la verdad.

(Sobreponiéndose á la emoción.)

¿Y... qué aconteció después? (Llorando.)

¡Nada!

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Pues yo lo traduzco, y solamente deduzco... que tú no amas al marqués.

Poderoso, aristocrático, valiente, joven, apuesto, todo esto es, y con todo esto,

¡nada! que te es antipático.

Si mi corazón no le ama...

¿cómo no ha de serle ingrato?

Pues mira, quita el retrato y la Virgen de tu cama.

¡Lo agradecerá tu madre! te casas, y antes de un mes adorarás al marqués y harás feliz á tú padre.

En tanto, nadie te vea llorosa, y tu pena esconde.

Rosa. (Compungida.)

¡A-y!

Raim. ¡Galla! el marqués y el conde.

Rosa. (Aparte.)

¡El marqués! ¡maldito sea!

(Huye á la puerta de sus habitaciones. Han salido por la izquierda, el Conde y Víctor del brazo, éste guar¬ dándose unos papeles, detrás el Notario con otros lega¬ jos debajo del brazo.)