El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · Unidad 10 de 17
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Mis dos ancianas tías habían muerto la una tras la otra. A tomar el velo habíase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfección de la vida monástica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento había, que aunque decían que el mundo estaba gobernado por Satanás, y que en él la perdición acechaba a las criaturas, decíame a mí la luz natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivían en el mundo, no debían ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se había acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decían, metíanme más en apetito de conocerle.
En fin, que yo no tenía vocación para la clausura, y así lo dije a mi buen padre y pariente cuando me preguntó sobre ello. Visto por él lo cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el monasterio estaba de ojos, luego de él sacome y llevome a una casa noblemente alhajada, en que para servirme había una respetable dueña, o más bien aya, señora viuda, de grande virtud, honestidad y entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de mano, todo como había de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la clara nobleza de mi linaje; y él, para evitar murmuraciones, fuese a otra casa, y no me veía más que al día breves momentos, y aun así, tratándome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan avarienta mirándome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no entendía de amores, por barrunto conocí que él de mí estaba enamorado, y que por su edad y sus achaques, que le hacían parecer más viejo que lo que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se atrevía; muy por el contrario, mandaba a doña Agueda me llevase a cuantos divertimientos podía yo concurrir honestamente, y en esto veía yo que él buscaba que, conociendo el mundo y tratándome con él, de algún caballero que de mí fuese digno me enamorase, para con él casarme. Pero era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escribían versos, y me daban música, y por mí con otros se enemistaban y reñían, haciendo de mi calle palenque nocturno, donde más de alguno dejó entre rabiosas y celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quería agradarme, y no había rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese; visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el cariñoso modo de mi trato con él, que a pesar de sus años y sus dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi recato, propúsome un día, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar la muerte en su propio atrevimiento, si quería con él casarme.
Díjele que sí, sin saber lo que me decía, que era yo tan inocente como cuando entré en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convenía; y antes de que el festín de las bodas se terminase, díjome mi aya doña Agueda no sé cuántas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo otras cosas que tampoco entendí; y rodeada de las doncellas, de honor, lleváronme a lo que mi madrina llamaba el tálamo, y que yo no sabía qué cosa fuese, y metiéronme en una habitación o cámara lujosamente ornada, en la que había un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con flores, y allí me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aquí que entró mi esposo pálido y convulso, y alentando apenas, y a mí se vino a abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrás tres pasos, y espanteme y extendí hacia él los brazos, como para impedir que me tocase.
--¿Pues qué, señora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmóvil y como si le hubiese herido un rayo,--no sabéis que sois mi esposa y que ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno?
Siguiose a esto una conversación, por la que el desdichado don Francisco de Rivalta vino a convencerse de que yo con él sin amor me había casado, y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino que, dando un profundo suspiro, me dijo:
--Siéntolo, porque si mañana os prendareis de alguno, amarle no podréis, sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os conociere, con mi muerte os dejaré libre, para que podáis ser dichosa. Entre tanto, por padre tenedme.
Y sin decir más, saliose, pálido como un muerto, y preñados de lágrimas los ojos, sin que yo llegase a comprender todavía la causa de aquello, que era para mí lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene.
Llevome mi esposo a Méjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus asuntos propios en España habíanle concedido. Gente es la de Méjico rica y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casándose conmigo, había dado, abierto había nuestra casa a los saraos y a los festines, y no parecía sino que para convidarlos a ellos buscaba a los caballeros más jóvenes, y más galanes, y más ricos; y de tentaciones me rodeaba, sin apartar de mí la vista, y aguzando la experiencia que le habían dado sus largos años de judicatura, todo por ver si yo a alguno me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amándome, por su amor venturosa hacerme. Perdido había yo, en fuerza de las solicitudes y galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera inocencia, o más bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conocía harto bien el grande sacrificio en que por amor mío mi buen esposo se empeñaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de él, que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde se le busque; que él viene cuando menos se le espera y en el alma se nos entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueño de nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra.
Suspiró doña Guiomar, partiósele de los ojos, aunque involuntariamente, una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego abrasó el corazón de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la bellísima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo que sentía la vedara el uso de la palabra.
No menos confusa y turbada parecía Margarita, y agitábasela el seno, como si una potente fuerza dentro de él se hubiera conmovido inquieta. Conocíase adorado Cervantes por la hermosísima doña Guiomar y por la bellísima Margarita amado, y dolíale, y no sabía qué hacerse, y acometíanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban; porque si bien él era mozo galanteador que no reparaba en inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no había dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y encontrábase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y dulce y enamorada, parecíale doña Guiomar una divinidad; y no había lugar a que dudase; que tratándose de que perdiese su libertad bajo el yugo, tal vez durísimo, del himeneo, doña Guiomar era sin contradicción y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como él no pudiera partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que por Margarita sentía, o había de tenerla por amiga, cosa que los hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que tratándose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como Margarita, infamia hubiera sido, prevaleciéndose de sus inocentes amores y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca valía, en malos pañales criada y a todo puesta; así es que Cervantes no sabía qué hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban harto claros, no aceptaba, heríala a un tiempo en su vanidad y en su amor, y aceptándolos la perdía y a doña Guiomar ofendía, y él mismo se ofendía en sí mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin exponerse a caer en los despeñaderos que en él se encuentran, y tanto más, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en ellos, atrás no podemos volvernos y nuestra perdición es segura, y quien en el peligro se mete conociéndole, las desventuras que le sobrevengan merece. Conocíalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en ello aparecía confuso y turbado, tanto casi como las dos de él enamoradas doncellas. Al fin doña Guiomar, rompiendo su silencio, continuó de esta suerte:
--Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi esposo, si no con el amor de mi alma, dándole la posesión de esta mi persona que tan hermosa le parecía, y, aunque procurelo, ser no pudo, que él tenía mucha experiencia y mi intento conocía, y que aquello por lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino compasión y agradecimiento; y evitolo, y sufrió su martirio en silencio, y como estaba achacoso y más viejo que por sus años debía serlo, agraváronse sus dolencias y con él al fin acabaron; que murió el desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habíala hecho, y buena: ¿pero qué era su hacienda comparada con la opulenta hacienda mía? ¿ni de qué podía servirme más que de amargura, siendo así que la tenía por su muerte?
Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas cubrió la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mío, pareció que de otra fosa ignorada salía, para poner en mi corazón ira y espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conocía más que por la relación que de él me había hecho mi esposo; digo que apenas, después de los primeros meses del luto, a la calle salí, y en mi casa empecé a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido, hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese ignorado que yo ignoraba su nombre, conociéndole por el mortal enemigo de mi familia, el capitán don Baltasar de Peralta. Perturbeme al oír su nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando todos se fueron y con él me quedé sola, que él de intento para procurar la ocasión se había hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de mí se decían, y que Gaspar de Valcárcel, alférez de alabarderos del virey, había propalado), túvoseme por liviana muy más que antes, y por mujer que, olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada reparaba ni se detenía, y que no era ya el alférez Valcárcel el único y sólo favorecido por mí, sino que también de mis favores gozaba el capitán don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitán de los alabarderos del virey, de España para sucederle había ido.
Nadie pudo oír lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con él me vi a solas; que después de manifestarle que al oír su nombre le había conocido como el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazándole con mi venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como hubiera podido sonreírse un demonio, y díjome saliendo de mi estrado:
--¡Vive Dios, que o habéis de ser mía, o tanto haré, que habéis de soñar conmigo como si soñarais con el diablo!
Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías de las doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y esperaba a los señores, doña Guiomar dijo:
--Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los negros sucesos de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y déjese la prosecución para después de la siesta, que en el jardín nos juntaremos.
Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella, Margarita y Cervantes a comer con ella se fueron.
XII
De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos.
Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla de oro y plata, que no la mesa de una dama particular parecía, sino la del opulento Lúculo.
Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados, doña Agueda, ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su capellán, docto licenciado, ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa bendijo, después de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los aguamaniles, empezó la comida, tan variada y tan suculenta, que más que comida ordinaria, banquete de Estado parecía.
Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana, y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solícitos y diestros, y seis u ocho en número, las viandas servían, yendo sin cesar de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.
Duró la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los pensamientos que le combatían, aunque en el semblante sus efectos disimulase; y disimulaba doña Guiomar, pero mostrábase taciturna; y en cuanto a Margarita, no podía pasar bocado, porque su triste madre se la representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recién enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre había abandonado se la ponía en comparación con aquella ostentosísima sala, ennoblecida por tablas y lienzos de los más estimados pintores sevillanos, y con aquella riquísima mesa, cargada de oro y plata, de flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecían los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros. Amargábala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no mostrarse desagradecida, fuerza se hacía para comer, y comiendo se martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre, las lágrimas se la subían a los ojos, y el mayor tormento que sufría era contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cuánto la aventajaba en hermosura y riqueza doña Guiomar, y que ni aún esperar por soñación la era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre ella y doña Guiomar.
Entretuvo como pudo la conversación el capellán con las noticias que por Sevilla corrían, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la liga del rey Católico con los venecianos para su guerra contra el Gran Turco.
Terciado había en la conversación Cervantes, y puesto en cuidado a sus dos enamoradas, porque decir le oyeron que él sentía mucho que su compañía de infantería no era de las que habían de embarcarse para ir contra el Turco, sino que se embarcaría para Nápoles; y temían que, según encarecía su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin no se pasase a una de las compañías que muy presto habían de embarcarse en las galeras que debían zarpar para Mesina.
La comida, de suyo triste, más triste se hizo para ellas con la noticia de que, si no contra el Turco, para Nápoles había de embarcarse Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, fuéronse todos a dormir la siesta, que así era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos enamoradas no pudiesen conciliar el sueño, combatidos como estaban por sus graves, celosos y tristes pensamientos.
Pero cuando sonaron las Ave-Marías de las tres, levantáronse todos, aliñáronse, y habiendo avisado doña Guiomar que los esperaba en un sombroso cenador del jardín, allá se fueron, y a doña Guiomar encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador cerraban, dejándole en aquella hora, que era la del gran calor, en una media luz y con tal frescura, que allí no se conocía que fuese verano y en el punto más caloroso.
Servida había en una mesa una limonada para el refresco, y tomádole que hubieron, Cervantes y Margarita pusiéronse el uno a un lado y el otro al otro de doña Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lánguida, continuó su relación de esta manera.
XIII
En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.
--Decía yo,--dijo doña Guiomar--cuando la hora del comer llegando, suspendió mi historia, que el capitán don Baltasar de Peralta, apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que murió mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeño, y una al parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de mi casa con la prohibición de no volver a ella; y aquí empieza la tragedia del alférez Gaspar de Valcárcel, que desesperado y codicioso don Baltasar de mostrarme cuánto me amaba y cuánto por mi honra miraba, aunque él hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Méjico, hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcárcel, que no lo necesitaba mucho, para que contra mí la viperina lengua soltase, ya trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en hacerme su mujer, por aquello de que quien porfía consigue, y de que no hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y doliéndole que de la qué, según él creía, había de ser su mujer se dijesen cosas bajas, deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un día que encontró a Gaspar de Valcárcel entre otros caballeros extremando contra mí sus calumnias, díjole: