El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · Unidad 14 de 17

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--Dios me destruya si sé lo que me digo, tía _Zarandaja_,--contestó el señor _Viváis-mil-años_;--que este oficio nuestro que traemos tiene tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo hago lo que ese señor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal ese señor y tan poderoso, que como de la Inquisición me sacó, puede meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de mí; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre la Inquisición y la horca, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni por dónde tire.

--¿Y quién es ese tal y tan poderoso señor que en tales preñeces sin salida os mete, señor _Viváis-mil-años_?

--¿Pues quién ha de ser, tía _Zarandaja_, más que el capitán don Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez más empeñado por esa doña Guiomar de mis culpas, y celoso, y con más furia que una rabiosa pantera hircana por lo de la música anoche, y porque doña Guiomar salió a sus miradores a oírla, empeñado está en acabar de una vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que hubiera de salir fuese la destrucción y acabamiento del mundo? Y habéis de saber, que lo que ese caballero, (maldígale Dios) quiere, no es menos que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el jardín de doña Guiomar por las tapias de mi corralejo.

Se le volvió el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba de cólera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazón, porque oyendo estaba que se le venía a las manos la mejor manera que podía haber deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de él a su adorada y ya imposible doña Guiomar.

Continuado había con su plática entretanto _Viváis-mil-años_, y había dicho:

--Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta, veislo harto claro, tía _Zarandaja_; que en casa de la maldita viuda quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera sufrirse si en entrar solo y por mí guiado, consintiese, que todo ello sería que, o empeñaría la honra de doña Guiomar, por la violencia de su pasión atropellada, o ella se defendería y gritaría, y acudirían sus criados, lo cual, habiéndome yo escurrido a tiempo, nada me importaría, y él vería cómo salía del empeño en que se había metido. Pero es el caso que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en casa de doña Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes.

--¿Y a cuento de qué me habéis manifestado todas esas cosas, señor _Viváis-mil-años?_--dijo la tía _Zarandaja_.

--A cuento de que vos podéis sacarme del aprieto en que me hallo.

--¿Y cómo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?--dijo, poniendo muy mal gesto al rapista, la tía _Zarandaja_.--Ya que vos estáis perdido, ¿queréis que yo me pierda también? ¿Y estas son las buenas correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me libre, y que yo no los vea jamás sino descuartizados.

--Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenéis, que cuando a vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiráis de los pies. Y no a que perdáis vengo yo, tía _Zarandaja_, sino a que ganéis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don Baltasar de Peralta. Y vedlos aquí en buenos doblones de a ocho de los del cuño del emperador.

Y el señor _Viváis-mil-años_ sacó una bolsa de malla de seda verde, con ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba.

--La mitad voy a contaros,--continuó _Viváis-mil-años_, corriendo los pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que no sonaran,--y así no podréis decirme, si os perdéis, que os perdéis por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, tía _Zarandaja_, que esta buena hacienda que tomáis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarán en mi corral para meter en ella a doña Guiomar, tapada la boca y atada; y porque vos busquéis a esa buena gente, que vos tenéis más conocimientos que yo, que no conozco más que pelones y personas de nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar a los hechos, estas riquezas os doy; que bien sé yo que una docena de hombres de alma y puños que se necesitan, los encontraréis vos a medio rodeo; y contando ya con que los buscaréis, porque veo que os vais guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andéis escasa en prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a ponerse, a mi casa andad y se os dará lo que fuere menester; y no reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en seguida. Así pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en donde mejor dispuestos estén a ayudarme.

El alma hubiera dado antes la tía _Zarandaja_ que los doblones, que ya había sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya.

Así es que dijo:

--Hablando, las gentes se entienden; y cuanto más honradas son, mejor. Id y en paz y contento, señor _Viváis-mil-años_, que dentro de media hora en vuestra casa me tendréis con la razón de lo que sea, y que será tal, que bien descontentadizo habréis de ser para no contentaros.

Acabose de beber su vino el señor _Viváis-mil-años_, despidiose de la tía _Zarandaja_, echole esta afuera, cerró la puerta de la calle y fuese a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversación que acababa de pasar había escuchado.

Estaba nuestro mozo pálido de cólera, y a duras penas se contenía.

Y tan feroz miraba, que de miedo, se echó a temblar la tía _Zarandaja_, y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy del gusto de ella fuese, se apresuró a decirle:

--Pues que yo no puse punto en boca al señor _Viváis-mil-años_ cuando en tales honduras se metía, claro os he dado, señor mío, a entender, que mi intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habéis oído, vos diréis lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros que el señor _Viváis-mil-años_ me ha dejado, dispuesta estoy a entregaros.

--Guardadlos, tía _Zarandaja_, que pocos son, y una mínima parte comparados con lo que doña Guiomar os dará cuando sepa de qué manera la habéis servido.

--Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,--dijo la tía _Zarandaja_.

--Pues dígoos,--respondió Cervantes,--que hagáis como si yo nada supiera y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta.

--Ved lo que hacéis, o más bien lo que pensáis hacer, señor soldado,--dijo la tía _Zarandaja_, mirando con asombro a Cervantes;--que en una temeridad tal podíais dar, que os cueste cara; que no querría yo que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una tal y tan rica hembra de la hermosura como doña Guiomar, le aconteciese una desgracia; que no me consolaría de ella en todos los días de mi vida.

--Nada se os dé por eso,--dijo Cervantes,--y dejad a cada cual que allá vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que así conviene que sea. Y sin más, quedaos con Dios y hasta la vista, que no será sino para premiaros largamente por lo bien que nos habréis servido.

Y como la tía _Zarandaja_ quisiese replicar, impúsola Cervantes silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de allí a gran paso fuese a casa de doña Guiomar, y allegándose al postigo del jardín llamó, y abrió Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que habían sobrevenido, por allí andaba esperando.

XVIII

De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor.

--¡Ay, señor mío de mi alma!--dijo Florela,--¡que no sabéis lo que sucede!

El alma tenía en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy firme:

--¿Pues qué puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como parece manifestármelo las palabras que me habéis dicho y vuestro espantado acento?

Echósele de rodillas a los pies Florela, y díjole:

--Vuestro perdón os pido, que yo, por la lealtad que a mi señora tengo, y por el mucho amor que veo que mi señora os tiene, que aunque no lo confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la causa de la desdicha que acontece.

--Hablad presto, Florela,--exclamó Cervantes levantándola,--que oyendo lo que me decís, estoy suspenso y sin vida.

--¡Ay señor!--dijo Florela,--que yo, cuando mi ama se fue a la visita de ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura del cenador acechando quedeme, y oí lo que con doña Margarita hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo dije, la lealtad que a mi señora tengo y el agradecimiento a que ella me obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice.

Alegrádose hubiera Cervantes si en aquel momento hubiérase abierto bajo sus pies la tierra.

--Buena y valiente es mi señora,--dijo Florela gimiendo;--que su dolor ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doña Margarita ha hablado como si no la hubiese aguijado el impío dolor que la mordía las entrañas; solícita y amiga con doña Margarita se ha mostrado después de que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cámara donde vos a ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo más, allí una congoja tras otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por médico,--«no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que nadie vea el triste espectáculo del dolor que en mí causa la no esperada y tirana desventura mía; y llévame a tu lecho, amiga Florela, mientras que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba.»

--¡Oh! ¡en mal hora nacido yo,--exclamó Miguel de Cervantes,--que por donde quiera que voy, siguiéndome va como inseparable compañera la desventura! ¡Oh dichas entrevistas y con alegría de amor en esperanzas gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles!

--Por imposible debéis tenerla,--dijo llorando y acongojada Florela;--y no es vuestra la desventura, que así os hiere a vos como a mi señora, sino de mi señora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y más la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo que ha sucedido, que no le tiene; que mi señora no cesará hasta que casado os vea con doña Margarita, y veros casado con ella, para ella será la muerte; que no podrá resistir al desesperado dolor de sus amores malogrados; que aunque yo no entienda cómo tan presto han llegado a pasión mortal estos amores malhadados, tales son para mi señora, que mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados.

--Sea lo que Dios quisiere,--dijo Cervantes,--y si con mi vida rescatar yo pudiera el corazón de vuestra señora, que sin tan yo merecerlo ni esperarlo, por mis amores está cautivo, con gusto la daría y mil que tuviera.

--Dos desgracias serían, que no creáis que mi desventurada señora pueda sobrevivir mucho a lo cruel de su desengaño: ella creía viendo lo que en vos veía, y cómo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que ella para vos no había en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado por ella; y es tal y de tal manera la agonía que a mi señora atormenta y mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere.

Perplejo más y más se encontraba Cervantes, que en aquella ocasión no imaginada, ni él se atrevía a ponerse ante doña Guiomar, ni podía hacerlo, ni había para qué hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doña Guiomar no sólo no podía ser, sino que ni aun debía pensarse en ello.

Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro día un su amigo, o más bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no podía, porque de esta manera quedaría abandonada a los malos intentos de su tenaz perseguidor doña Guiomar.

Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar más el espanto y la perturbación a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al peligro, después de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal apreciador y temerario de la valía de doña Guiomar; pues permanecer en aquella casa a cuya dueña había entregado al dolor y a la desesperación, también era cosa recia.

Amparose, pues, de Florela, y la dijo:

--De todo lo que puede hacerse después de hecho el mal que me obliga a descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que ahora nos vemos. Y así pues, llevadme a un aposento donde yo quede, hasta que mañana veamos dónde esta desesperada aventura nos lleva; que bien podrá ser que durante la noche doña Guiomar se aconseje con su alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal vez se desengañe y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo desesperado. Y pluguiera a Dios que así aviniera y que para mí solo fuese la desgracia.

--¡Ay, señor mío!--dijo Florela,--que muerta estoy de espanto; que tal está mi señora, que aunque ello parezca increíble, a mañana no llega; que bien conocéis vos el corazón que tiene, y cuánto y con cuánto amor de vos se ha llenado, y tal es así, que, al quedarse vacío, con la muerte se llenará. Pero sea lo que vos decís. Venid, que en un aposento que hay entre el de mi señora y el mío voy a colocaros, sin que ella lo sepa; y así, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudáis a ayudarme, estaréis a punto.

Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel de Cervantes, y allí dejole más muerto que vivo, con el alma turbada, y de tal manera, que a veces le parecía un sueño la realidad que tan dura y cruel se le mostraba.

XIX

De como enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura.

Por algún tiempo estuvo Cervantes sin poder darse cuenta de si era persona de este mundo o alma del otro, abatido por la misma grandeza y pesadumbre de lo que le acontecía.

Acometíale a veces el torcido propósito de salirse de aquel aposento y entrarse en el de doña Guiomar, y abandonando a Margarita, prometerse a doña Guiomar, empujándola con el encanto de la palabra y la fuerza del amor y de las lágrimas, a que a sus amores cediese, y en ellos se perdiese y enloqueciese, y su esposa fuese; que ampararse podía a Margarita y hacerla rica, y por la pingüe dote encontrarla marido.

Pero si el bueno puede caer en la tentación del mal, su misma bondad de ella le obliga a apartarse avergonzado; que si bien la fuerza del amor puede enloquecer a las mujeres, y en efecto, con suma frecuencia las enloquece, nunca el crimen cometido deja de volver sobre la conciencia, y morderla y despedazarla, haciendo imposible toda felicidad y contento, que si Cervantes pensaba que en algunas horas no podía Margarita haberse empeñado por él en un amor tal, que por él la vida se le hiciese odiosa, pensaba también que no hacía mucho más tiempo que sus amores con doña Guiomar duraban, y atendiendo a la realidad, ningún empeño de honra con doña Guiomar tenía, en tanto que en la mayor deuda de honra en que un hombre puede hallarse con una mujer, lo estaba por Margarita. Otrosí, abogaban a voces por Margarita su miserable fortuna, su orfandad y su abandono, en tanto que la riquísima doña Guiomar otra desgracia más que la del amor no tenía, y podría suceder muy bien que de ella se consolase, y todo al fin se redujese a contrariedad y despecho, que el tiempo iría gastando, hasta que al fin aquello no fuese para ella más que un enojoso recuerdo.

Pensando en que esto podría suceder muy bien, sacaba en claro Cervantes, que él quedaría el único dolorido y el único desesperado; que al perder la esperanza de gozar a doña Guiomar, y cuanto para él doña Guiomar valía, había conocido cuánto la amaba, y cuán con exclusión de toda otra mujer.

Y esta misma certidumbre de lo imposible de su amor, de tal manera sublimaba el alma y el cuerpo de doña Guiomar para Cervantes, que le parecía que si Dios para consolarle hiciera bajar un ángel del cielo, no había de parecerle tan hermoso en cuerpo y en alma como doña Guiomar; que hermosa era de cuerpo y de alma Margarita, ¿cómo dudarlo? pero con ser ya suya, y sin el encanto de lo imposible, puesta como un impedimento entre Cervantes y doña Guiomar, hacíase para Cervantes enojosa y casi aborrecible, y aborrecía la hora en que con aquel miserable entierro se encontró, y aun con más ahínco maldecía la compasión que a irse tras el entierro moviole, llevándole a punto en que conoció a Margarita.

Todo era confusiones y vacilaciones, y tentaciones y arrepentimientos Cervantes, y dar en una idea, y dejarla para dar en otra, y de aquella otra volver a la misma idea.

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las vascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón en que había permanecido inmóvil desde que en aquel aposento le había dejado Florela; y acercándose quedo a la puerta, abriola silenciosamente, y en un corredor oscuro se encontró, y sin saber adónde había de dirigirse para dar con el aposento de Florela, en que doña Guiomar estaba; que aunque Florela le había dicho que entre el suyo y el de su señora estaba el aposento a que le había llevado, no sabía a cuál lado estuviese el de doña Guiomar o el de Florela, si a la derecha o a la izquierda.

Pero como Cervantes se había decidido a satisfacer los gustos de su amor, y cuando tomaba una resolución se mantenía firme en ella, y una vez resuelto el encanto de doña Guiomar para él crecía, determinose a reconocer las dos puertas de la derecha y de la izquierda, escuchar, y ver si por algún indicio sacaba cuál el aposento en que doña Guiomar estaba fuese.

Así es, que estando a la puerta misma de su aposento, a la izquierda volviose, y palpando la pared, adelantó hasta tocar una mampara de seda, y tan rica, que ella le demostró que no al aposento de la doncella debía dar entrada una tal manpara, sino al de doña Guiomar.

Y turbose, y pareciole que Dios, viéndole en aquel mal paso en que, olvidado de su obligación y de la grande y sagrada deuda que con Margarita le había empeñado, le llevaba a aquella habitación de doña Guiomar, en que él sabía que Margarita estaba, como diciéndole: «Este es tu camino; no el de tus gustos, que tan desatentadamente buscabas para perderte.»