El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · Unidad 3 de 17
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--¿Qué es esto? ¿quién sois? ¿cómo habéis entrado aquí? ¿qué queréis?
--Hermosa señora,--dijo levantándose aquel hombre,--no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados, son los que, cuando yo pensaba sólo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve.
A lo que doña Guiomar respondió, mirándole no tan ceñuda ya, ceño fingido, que si ella hubiera mostrado lo que sentía en el alma en el semblante, por bien hallado y dichoso hubiérase dado él:
--Cortés sois, bien nacido parecéisme y bien criado; dejadme que me asombre de veros en mi presencia, entrado aquí como un salteador pudiera entrarse, y sin más disculpa que la de la necesidad que habéis tenido de salvaros de ser preso.
--En tal aprieto,--dijo él,--no me hubiera visto si no os viera, si viéndoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como míos, os decía mis ansias; y si vos, señora de mi alma, esos versos habéis oído, oído habréis también la riña, que ha sido tal, que cortada la salvación, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda la del jardín de vuestra casa; porque adelantando por ese jardín, y dando en un cenador, y en él en unas escaleras, siguiendo por un corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar en otra cosa, acerquéme, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os digo no fuese para vos disculpa bastante del que habéis creído atrevimiento mío, volveré a salir de vuestra casa, importándome ya poco de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sería mayor que la desgracia de haberos enojado.
--No habéis de decir,--replicó la hermosa indiana,--que poniéndoos en peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto más, cuando por venir, aunque sin licencia mía y aun sin yo conoceros, a darme música, en tal cuidado os habéis puesto; y hagamos aquí punto a la conversación, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso ha podido oíros alguno de mis criados, y cuando todos estén recogidos y el peligro que corréis haya pasado, podréis iros.
Y yendo a una puerta, abriola, y haciéndole seña de que pasase, él pasó a un cuarto oscuro, donde doña Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejábala el deseo de trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su indiferencia en amor.
Valídose había además doña Guiomar de la industria de encerrar al aun para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisición que poco tiempo hacía la había asustado, metiéndose de rondón y en son de amenaza en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque había conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar se había prendado, citole para saber por qué causa la Inquisición la había buscado, y además para acabar de prendarle y volverle loco, con lo cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisición se evitaría.
Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmóvil como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en los gabilanes de su inútil espada, y grave y triste y compungido; alegráronsele los ojos al menguado cuando a él se acercó doña Guiomar sonriendo, y habiéndose ella ido al estrado y sentádose y héchole seña de que a su lado se sentase, él lo hizo, quedando encogido y encorvado; y luego ella le habló de esta manera:
--Agradecida os estoy, señor, con toda mi alma, por la benevolencia con que habéis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y es, que no sé yo por qué causa la Inquisición, que amo, respeto y venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio engañado de la vecindad, que, sin duda, ha creído que yo no soy tan buena y católica cristiana como tengo la ventura de serlo, y obedientísima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.
Comídose había con los ojos a doña Guiomar, mientras dijo las anteriores palabras, el señor Ginés de Sepúlveda, y comiéndosela aún, y atragantado por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doña Guiomar se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de sí mismo:
--Deber es del Santo Oficio de la General Inquisición, contra la herética pravedad, extremar su celo, y tanto más en los calamitosos tiempos en que las naciones más poderosas del mundo amparan la herejía, engañados y perdidos sus monarcas por Satanás; que la Alemania y la Inglaterra hierven en herejes, y aquí nos vemos obligados a hacer cada auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para purgarnos de la maldita simiente; así es que, señora, como esta casa que vos habéis comprado y habitáis tenía duende...
Interrumpiole doña Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:
--¿Duende decís que tenía esta casa?
--Por ello estuvo muchos años deshabitada,--respondió el señor Ginés de Sepúlveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabíais, no la hubiérades comprado y habitado, sin habitar estaría aún, y seguiría deshabitada por los siglos de los siglos amen.
Creían entonces en los duendes como se creía en los artículos de fe, y por creer en ellos doña Guiomar, imaginósela que, tal vez, no el hombre que amaba en carne y hueso era el que se la había aparecido en su retrete, sino una apariencia de él, tomada por algún duende maligno; y espantose y pareciola que detrás de cada tapicería se movía un duende travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban tomaban extrañas y espantables cataduras, y que de todos los ángulos de la sala surgían trasgos y fantasmas; y como tenía la imaginación muy viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo, que al familiar se asió como si hubiera creído que agarrándose a una parte de la Inquisición, por exígua y mezquina que fuese, a ella no se atreverían duendes, trasgos, ni espectros.
Aconteciole al señor Ginés de Sepúlveda, cuando las suaves manos de doña Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos, que creyó que de él se apoderaba el diablo; espantose muy mucho más que doña Guiomar, y aturdiose; y sin saber cómo, no encontrando otra cosa de que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir, que se abrazó a doña Guiomar, y de tal manera, que no parecía sino náufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra y a ella se agarra.
¿Quién pudiera decir lo que pasó por ambos cuando en aquel abrazo, tan súbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole a doña Guiomar el señor Ginés de Sepúlveda, cuando le vio tan cerca, más feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y rechazole; y él, cuando hubo sentido las corpóreas bellezas de doña Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendió ya su alma del demonio, sino que, cayendo en la tentación y olvidándose de sus votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad había pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida, volteándole los ojillos grises, y todo contraído y perturbado, dijo:
--¡Amor!... ¡amor!... ¡yo te reconozco y te adoro! ¡Alma mía, que te pierdes, perdóname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo poderoso a evitarlo, es el alma mía!
--Pero ¿qué es lo que estáis diciendo, hombre,--dijo doña Guiomar,--que me parece que os habéis vuelto loco? ¿De qué alma habláis, que decís que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decís es el alma mía, ved que os engañáis, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos sin que yo lo quiera.
A todo esto, doña Guiomar se había separado a una buena distancia del familiar, y parecía como que éste empezaba a volver en sí, y a arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para él desconocidos espacios del amor.
Doña Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como que aún la parecía sentir el apretón de unos brazos que la ceñían, y ver dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.
--Perdonadme, señora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de esta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decir contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razón vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el que esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería y maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.
--¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?--dijo doña Guiomar.
--Sí, señora,--contestó el señor Ginés de Sepúlveda,--y ese preservativo es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz de la Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.
--De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla, libre de duendes estaría,--dijo doña Guiomar.
--Y no sólo vos,--respondió Ginés de Sepúlveda,--sino vuestra casa y las otras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.
--Pues mirad,--dijo doña Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os perdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad y mi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primer abrazo de hombre que he sentido.
--¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?--preguntó admirado el familiar.
--Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muerte lloro,--respondió tristemente doña Guiomar.
Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosados labios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciada persona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de ser doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo había dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que había que creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se le volvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa indiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave fénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese mentirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubiera dicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de una estrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y más desmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más y más fuerza le abrasaba el alma.
Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un encanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella su extraña confesión, no le hubiera dicho:
--Sólo hay una manera, señor mío, repito, para que yo os perdone vuestro atrevimiento, y es que siendo, según decís, esa medalla que pendiente de ese cordón lleváis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios, ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espíritus foletos y malditos, me la entreguéis, para que yo pueda quedar esta noche sin morirme de miedo en mi casa; que mañana será otro día, y ya buscaré yo vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro mundo huela.
--No ya la medalla del Santo Oficio os daría yo, y tenedla, señora mía,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma, aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.
--No por Dios,--dijo doña Guiomar, tomando la medalla que el familiar la daba y poniéndosela al cuello,--que no quiero yo que por mí seáis idólatra y os condenéis; tanto más, cuanto que yo no podría corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el sueño me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisición está ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre católica, apostólica, romana, sin que haya en ella la más mínima partícula no limpia, ruégoos os vayáis, y si quisiereis volver a verme, lugar habrá en hora no tan incómoda y más conveniente para mi recato.
Levantose doña Guiomar como manifestando con la acción añadida a la palabra que el familiar sería muy discreto si se iba cuanto antes, y el pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doña Guiomar, besola las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no volverlas a doña Guiomar, no se sabe si por verla algún tiempo más, o por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la mampara, y luego esta se abrió y se cerró, desapareciendo el familiar, con lo cual doña Guiomar se volvió presurosa, y sin miedo a los duendes, por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde, como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba, había dejado encerrado al su desconocido amante, que la tenía tan sin vida.
IV
En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.
Trémula la mano, alborotado el corazón, encendido el bello semblante y turbados los divinos ojos, doña Guiomar abrió la puerta del cuarto, y dijo con la voz tan turbada que apenas si se la oía:
--¡Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!
A cuyas palabras sólo respondió el silencio, como si nadie hubiera habido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo.
Vínosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quien había creído ver a la dichosa persona que la enamoraba, no había sido un hombre, sino un duende, que había tomado aquella apariencia para burlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosa medalla del Santo Oficio, el duende había huido; pero oyó a punto uno como resuello recio de persona que duerme, que allá de lo hondo del oscuro cuarto salía, cosa que doña Guiomar sintió más que si en efecto su enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien de tal y tan sosegada y profunda manera se había dormido, cuando ella le había dicho que la esperase, no debía ser muy extremado en amar; que ella sabía muy bien, y a causa de él mismo, que el amor desvela, y tanto más cuanto se está más cerca del objeto amado, y en términos de duda y esperanza.
Llamó al dormido, ya con más fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana, y a poco se oyó un bostezo, luego pasos, y al fin apareció el incógnito, con los ojos cargados aún de sueño y con todas las muestras de que en lo mejor de él se le había interrumpido; y como doña Guiomar cuando le sintió que se acercaba se hubiese ido a un canapé o escaño que allí había, y se hubiese sentado, él tomó una silla baja que encontró al paso, y fue a sentarse junto a doña Guiomar, tocando su falda, y de tal manera que no parecía sino que hacía un siglo eran amantes, y con un desenfado tal, que aunque sin dar en la descortesía, parecía mostrar la confianza que él tenía en ser amado, si es que ya no lo era, y con toda el alma; mirábala él con codicia, aunque sin irreverencia, y ella le contemplaba asombrada por lo que en él veía, que harto claro se mostraba en sus ojos; y ni el uno ni el otro decían una palabra, y ella se turbaba más y más, y más y más se la encendía el enojado tal vez, y tal vez amoroso semblante, y él lo conocía y tal lo mostraba, que más y más ruborosa se mostraba ella, y más y más confusa.
Díjole ella, en fin, que era muy extraña cosa que un hombre que, como él, de tal manera se había entrado en su casa amparándose de la justicia, y que decía que por ella se había puesto en tal trabajo, y que la había dado música, y tan amorosos y encendidos versos la había cantado, viniese a dormirse como si ningún cuidado le inquietase y como hubiera podido dormirse en su casa: a lo que él respondió mirándola amorosísimamente, que tantas noches había pasado en vela atormentado por sus amores, y tan desesperado y triste, que no había que admirarse de que, cuando al fin lucía para su amor el sol de la esperanza, descansado hubiese en alguna manera de su trabajo.
--¿Y quién os ha dicho,--exclamó ella,--que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor, por vos se haya deshecho?
--Dícenmelo,--respondió él,--vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo? de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amaráis, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza.
--Paso, paso, señor mío,--exclamó la enamorada indiana, queriendo en vano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y a sus ojos en un volcán;--que si seguís así, creeré que mentís, que no puede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de súbito y por una mujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego, que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engañe, porque yo de amores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para ser sublimado ha menester de todo punto ser correspondido.
--Mucho pudiera yo decir sobre esto,--repuso él;--pero aquéjame haceros una pregunta sobre lo que acabáis de decir, de que no entendéis de amores, ni entender de ellos habéis querido nunca.
--¿Pues no decíais vos en vuestro soneto,--repuso ella,--que vuestra alma había sido hasta ahora hielo para el amor? ¿por qué, pues, os maravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que aún lo sea para el fuego amoroso, el corazón mío?
--Casada fuisteis, señora,--dijo con tristeza el galán,--y para amargura mía, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lícitas, y aun santificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoña de despecho, para el que bien ama y ser quisiera el único en el amor de la que adora.
--En hondos discursos os metéis, y no sé qué os diga, ni qué deje de deciros,--contestó doña Guiomar, bajando los ojos y poniéndose muy más colorada que otras veces;--y tanto más, cuanto que no sé a quién hablo.
--De buenos y honrados padres vengo, señora,--respondió él;--hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.