El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · Unidad 6 de 17
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--Cosas son esas, señora,--respondió Florela,--que vuestro grande amor por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que parezcan ciertas cosas que ni aun en sueños verdad han sido, ni pudieran serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien cuánta es la primacía que sobre mí os han dado naturaleza y fortuna, aun todavía no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa, que en Dios y en mi ánima, que cada cual tiene en este mundo lo que le hace falta, a más de aquello, que nunca falta un roto para un descosido; y sosegaos, señora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a lo que importa, y dejadme hacer, que Dios será servido que todo llegue a felice término.
Y con esto Florela se fue a buscar al rodrigón García para disfrazarse, y acompañada de él ir a lo que el curioso lector verá más adelante, si continuare leyendo.
VII
En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes.
Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.
Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula _El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha_, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos.
Corría por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el año de gracia de 1571, y tenía Miguel de Cervantes veinticuatro, aún no cumplidos.
Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza avara de sensaciones.
Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo.
Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeño de monta y honra.
Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel de Dios en una criatura mortal y perecedera.
El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama _Don Quijote_, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.
A compasión mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en él se reflejó harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lágrimas que no sonrisas arrancara a los que tienen alma don Quijote, y en él se advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le comprendía, _pedazos de sus míseras entrañas_.
De un sueño de amor deshecho por la fea y severa verdad, pasaba nuestro ingenio a otro sueño de amor, que cual los anteriores, se desvanecía como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la luz del día.
Almas hay tan grandes, que en el mezquino suelo no encuentran empleo digno de ellas, y de sí mismas se alimentan y en sí mismas buscan el engaño a su certidumbre y el consuelo a sus pesares.
Entretenía Cervantes su tiempo antes de que conociese, por desgracia o ventura suya, a doña Guiomar, con los divertimientos y el humor alegre que por todas partes brindaba Sevilla a los que moraban en ella, y especialmente, con las juntas de poetas que se hacían, casa de un tal Arquijo, hombre muy dado a las buenas letras, y donde todos los que concurrían se esforzaban por lucir su buen ingenio. Cuna de ellos y madre, y fecunda, ha sido siempre Sevilla, no escaseando tampoco los pintores y los escultores, y llegando a poseer glorias tan esclarecidas como Herrera, que en tiempos de Cervantes vivía, y Velázquez y Murillo, que después vinieron, con otros muchos, que de sí han dejado imperecedera fama.
Las salas de los tenientes de armas, y las palestrillas que en Tablada y en el Pópulo, fuera de muros, y dentro de ellos en las plazas y lugares más públicos se mantenían, eran frecuentemente visitadas por Cervantes y sus amigos, donde nuestro ingenio lucía su gran destreza, ya con espada prieta, ya con espada y daga; allí donde había mozas de empeño, gente alegre, decidora y maleante, música y alegre bullicio, era cosa fácil encontrar a nuestro Miguel, siempre dispuesto al lucimiento del ingenio, a las locuras de la mocedad y a los percances de la riña.
Pasaba así los días tranquilo y contento, sin que nada le conturbase el alma, nuestro mozo, hasta que una mañana entre dos luces, volviendo con otros amigos de inquietar el sueño a un canónigo, no por él, sino por una muy hermosa sobrina suya, a la que habían dado música, Cervantes, que solo hacia su posada se iba, que estaba junto al postigo del Carbón, entre este y el del Aceite, en una mala calleja y con vecindad no muy limpia, al llegar a la puerta del patio de los Naranjos de la Catedral, que al pie de la Giralda aparece, topose con una rica silla de manos que conducían lacayos y resguardaban criados, y que no era otra que aquella en que iba nuestra doña Guiomar de Céspedes y Alvarado, la llamada la hermosa indiana, no embargante fuese hija de Sevilla.
Diole en la nariz cierto husmillo a gloria a Miguel de Cervantes, porque de una pequeña parte que vio, sacó un todo de perfecciones; y fue aquella pequeña parte una mano blanquísima, enriquecida con hermosos cintillos, que descansando iba, y por debajo de las cortinas, en la portezuela de la silla de manos; mano de alabastro, torneada; mano que hablaba en favor del brazo, y que, siguiendo por él, hacía soñar en un cuerpo humano poco menos que divino.
Apoderose de Miguel un pensamiento de tal manera tentador, aunque él no hubiese podido juzgar más que de aquella mano, que le trasportó a sus ensueños amorosos, y a aquella su ansia de encontrar, una mujer en la cual pudiesen hallar buen empleo sus aficiones de cuerpo y alma; en resumen, aquel ángel humano que su alma había fingido y compuesto, y que hasta entonces había buscado en vano.
Dio nuestro mozo en el claustro o patio de los Naranjos tras la silla, pero recatadamente y sin dejarse sentir de los que la conducían y resguardaban, y vio que, llegada la silla a la puerta del Perdón, allí se detenía, y se abría la portezuela, y salía la dama, toda rebozada, pero tan gallarda, que si empeñado iba ya por la mano Miguel, arrebatósele el alma a los espacios imaginarios a la vista de todo el cuerpo, aunque le encubriese y un tanto le dificultase el cumplidísimo manto de raja de Florencia.
Entrose en el templo doña Guiomar, sus criados con ella, y tras ellos Cervantes, que amparándose de los altos pilares que las soberbias naves de aquella sin par catedral sustentan, fue adelantando del uno en el otro hasta que llegó a un punto donde pudo ver sin ser visto a doña Guiomar, que en la capilla de San Fernando habíase metido y arrodilládose sobre la alfombrilla y el cojín que la habían puesto sus pajes.
Crecía en tanto la luz de la mañana, que por las pintadas vidrieras en el templo penetraba, y como doña Guiomar, sofocada por el calor, que le hacía, y bueno, aquella mañana, sin que a templarle bastase el fresco ambiente de la catedral, se levantase el velo, Miguel de Cervantes acabó de perderse, ganado por la peregrina y casi sobrenatural hermosura de la hermosísima indiana; y tanta codicia fue en los ojos de Miguel, que adelantó para ponerse más cerca, y como si el alma, que se le salía por los ojos e iba a buscar su deleite en aquella grandísima hermosura, hubiese tenido algo de hechizo y encantamiento, doña Guiomar volvió la cabeza, ni más ni menos que si la hubieran llamado, y sus lucientes ojos negros, con todo su esplendor, fueron a dar en los ya turbados ojos de Cervantes, que se sintió en el corazón herido, y sintió miedo y escapó, huyendo por la primera vez de un enemigo; que bien puede llamarse enemigo a aquel que, apenas visto, la voluntad nos roba y a la suya nos somete, y nuestra libertad cambia en esclavitud ansiosa, llena de dudas y sobresaltos; que ver lo que para nosotros es un tesoro largo tiempo codiciado, sin tener a la par la certeza de su posesión, en espanto nos pone, y nuestro cuidado afanoso y nuestro sobresalto causa.
Lo que por Miguel de Cervantes pasaba, pasado había al verle, o dígase mejor, al entreverle, y en un punto, por doña Guiomar; si la ponzoñosa saeta del amor había herido el corazón de Cervantes, traspasado había el de doña Guiomar; si él había sentido las bascas de una dulce muerte, no menos poderosas sentíalas ella, y si él ansiaba llegar a la resolución de aquellas sus dolorosas dudas, no menos lo ansiaba ella.
Aconteció lo mismo en tres días consecutivos: acechando Cervantes a doña Guiomar, entreviéndole ella un momento, y enamorándose ambos más y más a cada vez que se entrevían, hasta que al fin Miguel, no pudiendo ya guardar en su pecho el volcán amoroso que en él, abrasándole, se alimentaba, juntó a sus amigos, pidió le acompañasen con sus guitarras, compuso el soneto que ya se conoce, y aquella noche se fue a cantarle bajo los balcones de doña Guiomar, sobreviniendo por esto lo que ya se ha relatado.
Acaso fue venturoso de la fortuna para Cervantes el que, necesitado de salvarse de los alguaciles que le perseguían, saltase la tapia del jardín de la casa de doña Guiomar.
Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas maderas los unos, y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardín de una casa principalísima había entrado, y de que aquella casa no podía ser otra que la de la nobilísima, y, sobre todo encarecimiento, bella indiana, cuya parte principal daba a la calle de las Sierpes.
No había tomado medidas sobre aquella casa, ni reconocido sus linderos Cervantes, que esta es cosa de ladrones o de alguaciles, o tal vez de amantes desdeñados que de malas trazas se amparan para el mal logro de sus deshonestos deseos, y hacen y obran como si ladrones o alguaciles fuesen; pero fuese que nuestro Miguel, por enamorado, por un secreto instinto y por algunas señales, no dudosas, de favor que doña Guiomar le había dejado ver las pocas veces que por un momento se habían visto, y además, por la buena fortuna que con las mujeres hasta entonces había alcanzado, no hubiese temido desdenes, y en reconocimientos de lugares flacos por donde entrar, como por asalto y sorpresa, en la casa de la señora de su alma, ni aun había pensado.
Alegrósele, empero, el alma cuando, tan sin traición y tan obligado, dentro se vio de aquel jardín, por el cual, y por alguna comunicación que acaso encontraría fácil, podría llegar hasta las plantas de aquella que tan sin alma le tenía, y sorprenderla tal vez melancólica y pensativa a impulsos del encendido amor en que él anhelaba ardiese; y sin más detenerse, hollando silenciosamente la blanca y menuda arena, que entre flores y plantas formaba calles y laberintos, fue a dar en un corredor cubierto de enredaderas, y como allí hiciese oscuro, prosiguió a tientas, y a poco halló a diestra mano una escalera, al cabo de la cual, y no a mucha altura, dio en un corredor, que le llevó derechamente a una mampara, y abriéndola hallose más a oscuras que antes; pero por la luz que se dejaba ver en unos como resquicios de puerta, yendo a ella abriola recatadamente, y quedose como extasiado y suspenso, que en un rico camarín, sentada, de espaldas a él, delante, de un espejo de Venecia, descubrió a doña Guiomar, que, con el tesoro de sus dorados cabellos se entretenía.
Batíale el corazón a nuestro mancebo, y no sabía si paraíso de su ventura era aquel a cuya puerta se encontraba, o triste lugar donde del vuelo de sus amorosas ilusiones cayese en el negro abismo de un mortal desengaño; y como la blanca estera de palma, ricamente labrada y matizada con vivos y bien contrapuestos colores, le convidase a llegar sin ruido adonde ella estaba, llegose hasta tocarla casi, y viola, copiada por el espejo, con la mirada absorta, y triste y melancólica, y tan pensativa de amor, y de un tal amor y tan del alma, y tan encendido, que él no pudo dudar de que a efectos de la poco antes pasada música nacían aquellas imaginaciones amorosas que en los lucientes ojos de doña Guiomar tan al vivo se representaban, y pareciéndole a Miguel, o más bien sintiendo que no una criatura mortal y perecedera contemplaba, cuya beldad había de perderse en la edad o en la muerte, sino una divinidad inmortal, trasunto de todas las bellezas que el alma puede fingir en lo no conocido, aunque esperado, ardiósele el alma, desmayósele el cuerpo, y como quien adora arrodillose, y sin ser poderoso a otra cosa, convidándole la una mano de doña Guiomar, asiola como se dijo y besola, siendo este el principio de lo que ya se ha relatado, hasta el punto en que nuestro Miguel escribió la carta que Florela encontró en el aposento, donde no a reposar, sino a que soñase locuras por su venturoso amor, le había llevado.
Y en efecto, para perder el juicio era lo que a Cervantes le acontecía; que por más que él hubiese confiado en su hasta entonces buena fortuna con las mujeres; por más que grato asombro y anhelo hubiese visto en las miradas y en el semblante de doña Guiomar, cuando pasajeramente se la había aparecido, habíale puesto en grandes cuidados y confusiones el considerar que una dama tan principal y tan rica, como doña Guiomar lo parecía, y tan celestialmente hermosa, y tan en el tiempo, por su lozana juventud, de los amorosos y soñados deseos, tener debía quien la sirviese y enamorase, y tal vez tratado de casar con ella estuviese, máxime viviendo en la populosa y opulenta Sevilla, patria y asiento de tanto rico, noble y galán caballero; allí donde todo, el cielo y la tierra, el sol ardiente y la hermosura y la frondosidad de los árboles, y las limpias aguas, a amar convidan.
Estos pensamientos habíanle entristecido el alma, y hecho de su amor, más que una pasión de los sentidos, un deliquio celeste que le trasportaba y le hacía sentir la gloria, vislumbrada en la tierra antes que el fenecimiento de su cuerpo hubiese permitido a su alma volar a los espacios empíreos.
Asombrábase Miguel de esta trasmutación que en sí sentía, que él hasta entonces de tal manera no había amado, ni aun creído pudiese ser el amor.
Y aconteciole que creyó que con la vida de doña Guiomar vivía, que con sus alegrías se alegraba, que se entristecía con sus tristezas, que suyos eran sus anhelos y sus cuidados, y que, en resumen, de sus dos almas una sola alma habíase hecho, unido y juntado, de tal manera, que ni aun la muerte podía partirla; y odio sintió hacia aquel eterno perseguidor y siniestro enemigo que en don Baltasar de Peralta doña Guiomar tenía, y que de tal manera había sido la sentencia y el destino de su vida, obligándola a encerrarse y a no mostrarse fuera de su casa sino bajo el amparo de la santidad del templo; y aun así acompañada y guardada por bravos a sueldo, armados hasta los dientes; y como Cervantes era mal sufridor de amenazas, y necesitaba muy pequeña causa para poner mano a la espada y cerrar a cuchilladas, siquiera fuese con una legión de diablos, punzole más de lo que era menester para llevarle a una determinación aquel perseguimiento que doña Guiomar sufría, y aquel perpetuo peligro que la amenazaba; y como yendo y viniendo en estos pensamientos la blanca aurora se hubiese anunciado ya en las vidrieras de la cámara donde Florela le había encerrado, fue a la ventana y abriola, y hallose con que daba sobre una plazoleja por la que nadie pasaba, y reconociendo más, halló que bajo la ventana había una reja de cuerpo entero, que podía servirle de escala; visto lo cual, y no queriendo desaparecer sin saladar a doña Guiomar, y sin empeñar con ella una cita para la siguiente noche, sacó de debajo de su coleto de ámbar de soldado, un cañuto de hojalata, donde un tintero de cuerno (con perdón sea dicho) con un enrollado papel en blanco guardaba, y sacándolos, escribió la carta que Florela halló, y que doña Guiomar leyó toda congoja y sobresaltos; hecho lo cual, y guardado el tintero en el cañuto, y este en la parte de adentro del coleto, ciñose su espada y sus pistoletes, que para buscar un reposo que no había hallado habíase desceñido, calose el chapeo al soslayo, que así, sin ser matón, le llevaba por hábito, terciose la capa, fuese a la ventana, echose fuera, puso en el coronamiento de la reja los pies, y deslizose al suelo y alejose, volviendo antes de doblar la esquina la cabeza, para mirar a la abierta ventana por donde, dejándose dentro la mitad del alma, había sacado la otra mitad doliente con el dolorido cuerpo; y exhalando hondísimos suspiros, tomó la marcha a gran paso y sin saber adónde; pero acordose a poco de que ir podía a buscar a un bachiller su amigo, que en la pasada ronda le había acompañado, y al que, si no había sido preso por lo de las cuchilladas con la justicia, hallaría en casa de una su amiga buscona con ribetes de dama, y que no muy lejos junto a la iglesia y plaza del Salvador vivía.
VIII
En que se relata una aventura que le salió al pavo a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba.