El manco de Lepanto episodio de la vida del príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes-Saavedra · Unidad 8 de 17
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Era el caso que, como ya se dijo, doña Guiomar, toda cuidadosa por la extraña partida de Cervantes y por la carta que la había dejado, había encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una desgracia que doña Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no había podido disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escapó, hasta que con Margarita entró en el bodegón de la tía _Zarandaja_; acasos hay que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimañas del diablo para enredar más las cosas; y así sucedió en esta ocasión, porque habiéndose ido Florela a casa de la tía _Zarandaja_ a tomar lenguas, por si podía descubrir algo (que ella conocía a la tía _Zarandaja_, porque la había vendido no sé qué brevajes, medicinas y hechizos, contra un mozo de cuadra, o dígase palafrenero, de la misma servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podría darle indicios, y buscarle quien la aconsejara, acompañara y guiara), como vio a Cervantes con Margarita casa de la tía _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y no supo qué hacerse; y cuando Cervantes sospechó, poniéndose en lo cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba, podía ser muy bien una criada de doña Guiomar, a quien ésta hubiera mandado le buscase, levantose y se encaminó a ella para preguntarla. Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes, no sabía qué hacerse, poseída de un miedo súbito, echose fuera de la puerta del bodegón al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba, y diose a correr, y doblando una próxima esquina, metiose por la callejuela a que daban las tapias del jardín de la casa de su señora, y llegó al postigo por donde había salido, y del cual tenía llave, y entró, y no se creyó segura hasta que tornó a cerrar, poniendo aquel reparo entre ella y Cervantes, que la había perseguido.
Creerla no quería doña Guiomar, cuando la oyó decir que a Cervantes había encontrado en un tan no decente lugar como el bodegón de la tía _Zarandaja_, y en compañía de una hermosísima joven en hábito de miseria y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella misma por sus propios ojos podría convencerse si la siguiese, perdida toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la locura de sus celos, que no lo serían si hasta la locura no llegasen, amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importársele nada de otra cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales ansias la ponía, hizo que sin dilación Florela la prendiese un manto, y en el momento con ella saliose por el jardín y el postigo, y se fue a dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su hermosura, en el bodegón de la tía _Zarandaja_, en donde se entró de rondón y como si hubiese ido a buscar allí lo que más que la vida y la honra la importase.
Olor de gloria diole en los vientos (que ella tenía algo de podenca, y aun pudiera decirse que de vulpeja) a la tía _Zarandaja_, al ver entrar tan reciamente en su casa a una tan principalísima dama; y reconociola, aunque no la había visto sino una sola vez y de refilón, desde las ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardín; alegrósela el alma toda, porque olió aventura, y vio celos, y conoció que de quien la enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su casa estaba con la hermosa y doliente joven.
Perseguido había Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez de su fuga y la delantera que le llevaba, y habíase vuelto cuando Florela se había puesto a salvo por el postigo, entrándose por el cual, había certificado a Cervantes de que no se había engañado cuando había supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doña Guiomar, que la había enviado para que le buscase; lo cual había sido para nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorosísima esperanza de su amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por él, no podía ser menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba la escudilla de caldo con vino generoso que la tía _Zarandaja_ la había llevado, vio que doña Guiomar se metía por el bodegón como fuera de sí, y en él reparaba, y se detenía sobresaltada, tuvo por cierta su ventura, y levantose y hacia doña Guiomar se fue todo cortesanía y rendimiento.
Pero ella, antes que él llegase, con voz airada y trémula le dijo:
--¿Qué queréis? ¿A dó venís? ¿Qué buscáis? ¿En dónde nos hemos visto, ni qué empeños tenemos, ni qué palabras entre nosotros han mediado, ni cómo ni cuándo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que así os acerquéis a mí, como si para ello tuvieseis autoridad y razón bastante? Volveos al lado de quien estábais, y dejad a los demás que a sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.
Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas estuvieron también a aquellas palabras, Margarita asombrada y la tía _Zarandaja_ alegre.
--Ingrato sería yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese por haberme traído al mundo para este momento de suprema ventura, señora mía; y ruégoos que os soseguéis y me escuchéis, que cuando me hubiereis oído, bien sé yo que razones hayaréis en lo que veis y os enoja, más para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algún aposento de esta casa pasemos, donde en compañía de esta doncella, con la cual me habéis encontrado, me oigáis, y la oigáis a ella, y sepáis que no traidor para con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran desventura, con la cual, para ventura mía a lo que presumo, me he encontrado.
--No ha de ser aquí donde yo os oiga,--dijo doña Guiomar,--y donde a esa sinventura deje; que ya que vos decís, y yo quiero creerlo, que como hidalgo y cristiano la habéis amparado, ampararla quiero yo, que mejor podré hacerlo y más honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se hable más de esto, y véngase conmigo esa doncella y con mi rodrigón, y vos id luego, que ya sabéis dónde está la puerta principal de mi casa.
Con asombro había visto todo lo que había sucedido desde que en el bodegón entró la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con un mayor asombro oyó aquellas palabras; y como con la cólera se le hubiese descompuesto el manto a doña Guiomar, y dejádola al descubierto la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riquísimos cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse allí, y hasta tal punto haber llegado, la encendía el purísimo semblante, aficionose a ella, y túvola por buena, y a más por gran señora, que no mostraba menos por su continente y su atavío doña Guiomar, y levantándose a ella fuese, y asiéndola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el sentimiento, la dijo:
--Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por este caballero con el cual me habéis hallado; y pues también le conocéis, señora, como se muestra por lo que con él hablado habéis, sin duda habéis también conocido cuánta debe haber sido y ser la desventura en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecéis y porque sepáis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.
Y con esto, dándola el brazo doña Guiomar, para que en él se sostuviese, salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardín se encaminaron, y por él entraron en la casa.
X
De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar.
Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doña Guiomar, Margarita y Florela.
Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los límites de la locura, había visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada hasta volverse loca por él, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella como el bodegón de la tía _Zarandaja_, ni con tan celoso ahínco allí le hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta, que más por separarla de él se la había llevado que por caridad, puesto que ella fuese de condición tierna y caritativa. Contento estaba Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le había puesto el encendido amor en que por él ardía doña Guiomar, y parecíale que ya su vida y su alma habían encontrado buen empleo, y la codicia de ver de nuevo a doña Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes miradas, de las que para él se la salían del alma; pero temía, si iba, no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo había perseguido a su madre y a ella la perseguía. Aborrecía ya a aquel hombre Cervantes, y por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razón cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que había causado a la madre de doña Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque ardía en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los encantos de su bien amada, deteníase, y pensaba en que tal vez sería mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conocía a todo el mundo en Sevilla, y debía conocer a don Baltasar de Peralta, y preguntarle cuál fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasión de matarle. Y estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudiría en el momento a la casa de la hermosa indiana, o iría, para lo que se ha dicho, a buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el figón un hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos, subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.
Pareciole a Cervantes que, además de lo abatido del sombrero y lo subido del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevínole contra él, el ver que, cuando junto a él pasó le miró como con recelo, y yéndose a una puertecilla que allá en lo último del bodegón se veía, hizo seña a la tía _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se fue la tía _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola, quedándose solo en la primera parte, o dígase en la parte pública del figón, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco años, cariredonda, rubicunda y sucia, que a la tía _Zarandaja_ servia.
Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su pobreza no le consentía ser más largo en la dádiva), y teniéndola ya por suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conocía bien apreciada), preguntola quién fuese aquel, que, aunque encubierto, por su soberbia y su talante parecía caballero, y de los principales.
Díjole ella que aquel señor era uno de los a quien su ama servía; y preguntándola Cervantes cuáles fueran estos servicios, ella le nombró una cáfila de ellos tal, que sin más información quedaron hechas todas las alabanzas, y representados todos los méritos de la tía _Zarandaja_, y que eran tales, que si la Inquisición o la justicia ordinaria los hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al señor que acababa con la tía _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traía engañado, chupándole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar, para que le amase, a aquella misma señora que vivía en la vecindad, y que poco antes había estado allí. Con estas noticias creyó conveniente Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto del figón hubiese salido, y para saber cuándo esto sucediese, fue a esconderse detrás de un poste de un soportal que en una rinconada frente del figón había. Pasó bien media hora antes de que el embozado saliese, y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata, volviose al figón, y púsose delante de la tía _Zarandaja_, que se turbó, y por encubrir su turbación le dijo:
--Bien se os conoce que sois honrado, y que tenéis conciencia, y que no habéis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino trasañejo de Montilla, que se tomó aquella desventurada doncella con quien primero vinisteis.
--Pues si de conciencia entendéis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a solas podáis decirme lo que con vos habló, buena madre, ese caballero embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.
--¡Ah, señor soldado!--dijo la tía _Zarandaja_, más conforme que antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.
--¿Y un milagro es lo que ese señor ha menester?--dijo Cervantes.
--Y tan milagro, que sería más fácil resucitar a un muerto. Pero ya, señor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la señora doña Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda oírnos, que más de lo que pensáis el secreto importa.
Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y siguiéndola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y lóbrego, en el que no entraba más luz que la que venía de un altísimo patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba, y allí, sentándose la tía _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera desesperada, desde hacía mucho tiempo, a doña Guiomar, y que con ella quería casarse; pero que ella ni aun de él dejaba verse, porque para que no la viese se mantenía encerrada en su casa, y no salía sino entre dos luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no había habido medios bastantes para obligarlos a que a su señora desirviesen, dejándola arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba hubiera enviado para apoderarse de ella: añadió la vieja que aquel día aquel caballero había ido a pedirla noticias de quién fuese el que la noche anterior había dado música a la hermosa viuda, y si no lo sabía, que lo averiguase, como asimismo de la causa por qué la Inquisición había estado, antes de la música, en casa de la viuda, y en vez de prenderla a ella, había preso al rapista _Viváis-mil-años_; y que ella le había dicho que no sabía nada, pero que procuraría averiguarlo.
Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la tía _Zarandaja_, y cuando hubo ésta acabado, la dijo:
--¿Y nada os preguntó ese hombre acerca de mí, que cuando junto a mí pasó, pareciome que me miraba con recelo?
--Sí que me preguntó, y con encarecimiento,--contestó la tía _Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me importa mucho más servir a la buena señora, mi vecina, que al otro.
--¿Y qué os parece, madre, si yo me casara con doña Guiomar?--dijo Cervantes.
A lo que respondió la vieja:
--Si no os casaseis con ella, o casado seríais, o estaríais dejado de la mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretáis de papa, ¿dónde le podríais encontrar mejor? Y que ella está enamorada, y celosa, y rabiando por que vos la pidáis la mano, no me lo digáis a mí, que en esto de amores soy yo maestra. Y si doña Guiomar no os quisiere, y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que allí me quemen viva.
--Pues dándome ya por casado con doña Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad si yo os recompensaré bien por lo que ahora me sirváis; antes ha de faltaros talego, que escudos para llenarle.
--Pues diga vuesa merced, señor soldado,--dijo relumbrándole los ojos la tía _Zarandaja_.
--Quédese aquí por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendré más tarde y hablaremos.
Y con esto saliose, y ya más resuelto, fuese a la casa de doña Guiomar, a la que halló en su retrete con Margarita.
XI
En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.
--Tan a tiempo venís, señor Miguel de Cervantes,--le dijo doña Guiomar apenas hubo entrado,--que esta señora iba a empezar a relatarme sus desventuras.
Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, parecía ruborosa y como con miedo; pero no embargante esto, cuando oyó los pasos de Cervantes y las palabras que doña Guiomar, con la voz no muy segura, le había dirigido, alzó la vista y en él la fijó, y de tal manera, que él se encontró entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes y enamorados ojos de doña Guiomar, y de otra los más tímidos, aunque no más castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de su madre y por la tristísima orfandad en que se veía, no se defendía del amor que por Cervantes en el alma se le había entrado, y le mostraba claramente en su mirar ansioso. Reparó en esto doña Guiomar, y apretósele el corazón, y empezó a nacer en ella la enemistad amarga de los celos contra Margarita; que a ella le parecía que Cervantes no miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la hermosa huérfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes ojos mostraba, que era para que doña Guiomar temiese, y mucho, por el buen suceso de sus amores.
Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que él creía, y no sin razón, que por más que doña Guiomar hubiese dado muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzándose después, sin algún miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el bodegón de la tía _Zarandaja_, del encendido amor que le tenía, que este amor era de dificilísimo logro; que podía ser muy bien que, estando aun en los principios de aquel amor, por grande que él fuese, de los principios no pasase; antes bien, con la reflexión se amenguase y desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa, viene a parecer imposible, y tanto cuanto más imposible se la cree, tanto más empeño en ella se pone, y tanto más se estima aquello que puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sábelo todo el mundo; y sabíalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas del mundo era graduado _in utroque_, como lo muestra claramente la gran perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular más los ansiosos celos de doña Guiomar, miró tiernamente, y como con codicia, a Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa voluntad y una afición honesta, que podía muy bien compararse con el amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho habían abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto encendido el volcán de sus amorosas ansias por ella, para que otra mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni apagarle.