El monasterio de Piedra; las leyendas y las cuevas de Montserrat · Unidad 176 de 185
Unidad 176 · LAS CUEVAS DE MONTSERRAT 385
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LAS CUEVAS DE MONTSERRAT 385
ble, me parece, atendido á que se le ve sumido entre tinieblas, y á que la dudosa claridad de las antorchas aumenta la profundidad y el peligro, reuniendo de este modo varias circunstancias que imponen, cuando no amedrentan al ánimo más resuelto y atrevido.
El sitio en que me reuní con mis amigos tiene una bóveda elevada donde los peñascos se juntan á manera de triángulo. Dímosle, pues, el nombre de salón de triánl^ulo. Lorenzale, con esa asombrosa facilidad que Dios le ha dado y con esa mano firme y segura que el arte le ha ratificado, trazó un admirable bosquejo de este sitio, que acaso no tiene ciertamente otra cosa notable que el haber sido pintado por Lorenzale. Cuando éste hubo concluido, encendimos unos las velas y otros las antorchas, y atando á una piedra el cordel que debíamos ir soltando para que luego nos pudiera guiar para salir del laberinto en que quizá íbamos á intrincarnos, nos pusimos en marcha y comenzamos la exploración subterránea.
Luego de atravesado el boquete de esta nueva gruta, encontramos un pasadizo tan estrecho, y donde los peñascos bajan de tan atrevida manera á confundirse con el suelo, que casi nos vimos precisados á cruzarlo haciendo pies de las rodillas y las manos. Al fin de este pasadizo, que titulamos Pasadizo de los peñascos, hay una roca por encima de la cual se debe saltar; pero es preciso que advierta el viajero que esta roca guarda escondido un terrible peligro
Efectivamente, á su pie abre la boca un agujero de profundidad insondable. Joaquín de H. al atravesar el pasadizo de los peñascos con la intrepidez que todos admirábamos en él desde que estaba en las cuevas, no vio ó no pudo salvar diligente el precipicio. Al dar el salto, cayó en él casi perpendicularmente, pero haciéndose atrás en seguida, pudo cogerse con sus manos á la
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roca, hasta que, pálidos de terror, fuimos á prestarle auxilio los pocos que su peligro advirtiéramos.
Pasada esta roca, la vista empieza ya á recrearse con gratos espectáculos; el alma oprimida por algún tiempo con las sensaciones de terror que se experimentan al bajar al Puzo del Diablo y al escurrirse por el Pasadizo de los peñascos, cobra nueva animación y nueva vida, y, desterrando la agorera impresión que hasta entonces la ha tenido sujeta dentro su círculo de hierro, se baña apacible en las ya melancólicas, ya risueñas emociones que hace nacer la vista de los nuevos objetos que se le presentan.
Una galería verdadera y de elevada bóveda se ofreció á nuestros pasos. La brújula se encargó de decirnos que seguíamos al penetrar por ella la dirección de NO. á SE.
Caprichosamente labrado está por su parte derecha el muro de esta galería. Las estalactitas bajan en forma de labradas pirámides á descansar en el suelo sus gruesos pedestales, mientras que la materia lapídea forma como los pliegues anchos y holgados de un gran cortinaje que cubriera la pared. El silencio es religioso, imponente. La bóveda deja colgar caprichosas estalactitas que á la luz de las antorchas figuran el más hermoso artesonado.
Un grueso peñasco que hay allí remedando una imagen de santo hizo que, ^ propuesta de Alonso, se diera á esta estancia el nombre de Galena de San Bartolomé.
Permanecimos un buen rato examinándola.
En seguida pasamos adelante.
VIH.
LA galería de san BARTOLOMÉ. — EL CLALsTKO DE LOS MONJES. — LA GRUTA DE LAS ESTALACTITAS. — LA BOCA DEL INFIERNO.
Pasamos adelante, sí, pero guardando el mayor y más sepulcral silencio.
Sumergidos en las tinieblas, como los buzos en el agua, íbamos á pasos lentos á sorprender la gran obra de la naturaleza entre los pliegues de su sudario de sombras, íbamos en busca del fantástico Eldorado que nos habíamos forjado y que nuestra mente acariciaba vagamente, palacio maravilloso que al beso del amor de nuestras antorchas debía salir del seno de la noche más profunda, resplandecí :.te de lujo y Ú2 riquezas.
Es difícil cuando no imposible explicar el horror majestuoso y sublime que allí reina. El silencio era tan grande y tan profundo, que oíamos desde una distancia bastante regular el casi imperceptible roce del lápiz resbalando sobre el papel que sostenía la mano de Inglada, la de Lorenzale ó de Trías.
De cuando en cuando extrañas alucinaciones pasaban por mi mente, como esas ráfagas primaverales cuyo aliento es tan cálido, que parecen llevar escondido un botón de fuego. Entonces vacilaba momentáneamente, dudaba en seguir andando, parecía que una voz me llamaba desde atrás, y era necesario todo un esfuerzo de