El monstruo · Unidad 15 de 58
Unidad 15 · 56 ANTONIO DE HOYOS Y VJNENT
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
56 ANTONIO DE HOYOS Y VJNENT
clientes o la de un adolescente equívoco que súbitamente se perdía en las sombras de un portal seguido de un marinero. La mayoría de las puertas se habían cerrado, y tan sólo de tarde en tarde una taberna proyectaba sobre la calle sombría un cuadro de luz, o una casa de placer abría el misterioso túnel de su portal lóbrego y húmedo. En el fondo de los chiscones divisábase a la claridad amarillenta de los mecheros de gas, esfumados por las densas nubes de humo del tabaco y del aceite hervido, como en las confusas agua-fuertes de un artista enfermo de la voluntad, rostros extraños que contrastaban violentísimamente entre sí. Eran caras amarillentas, exangües, comidas de calentura, en que los ojos se abrían muy grandes, en un estupor que denunciaba la huella de todos los vicios, las noches misteriosas de Oriente y las enfermedades adquiridas a la sombra de los árboles maravillosos, donde cantan los pájaros de plumaje irisado de raras pedrerías; otros eran, bajo la cabellera de lino, anchos, redondos, rojos, con una puerilidad bárbara que tenía algo de bestial en las recias mandíbulas y
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de estúpido en los ojos demasiado claros; otros, en fin, eran aviesos aplastados por la frente estrecha y deprimida o truhanescos en la innoble majeza de los tufos Algunas veces veíase en medio de un corro atento, danzar a un marinero alguno de esos danzones de negros que bailan a bordo y que así en la neblinosidad del humo le daba el extraño aspecto de un muñeco movido por alambres.
Y Helena, vencida de no sé qué misteriosos anhelos, clavaba las uñas en el brazo de su amante y gemía desesperadamente:
— Oh! Chertí cheri!
Proseguían su marcha. Ahora era la calle délos prostíbulos, un a modo de moderno Suburra en que los lupanares se alineaban miserables a ambos lados, brindando a los transeúntes no sé qué hiperbólicos placeres. Y según avanzaban, las escenas hacíanse más lúbricas, brutales y tristes. Veíanse, o por mejor decir, adivinábanse en el fondo de los repulsivos pasadizos, figuras convencionales de hembras de placer: rostros que, bajo los afeites, tenían la inexpresión idiota de las muñecas de cera que en una noche de horror y de locura hubiese animado un