El monstruo · Unidad 21 de 58

Unidad 21 · E L M O N S TKUO

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E L M O N S TKUO

da de ecarte en que perdía alguna de las escasas y pobres tierras que aún le quedaban, y a quien una pariente entrometida, metesillas y sacamuertos, había convencido que debía redorar los harto descascarillados cuarteles de su viejo blasón. De vez en cuando, Titina, que por lo común contentábase con hacer la loca, sentía el prurito de lucir y triunfar en el mundo (¡para eso le costaba su dinero!), y entonces discurría obsequiar en su palacio de la Avenida del Bosque a tal o cual Príncipe de paso en París, y enviaba emisarios que cazaran a su dulce esposo con lazo y le trajesen a hacer los honores con ella.

Salieron, pues, del pueblo francés bajo los mejores auspicios, entusiasmados por las ofertas de Julito, que les prometía veinticuatro horas muy españolas, con juerga a la andaluza y corrida de toros, y fiados en la palabra de su amigo, y enloquecidos con una España de pandereta, esperaban mil raras aventuras ; y mientras que la Roldán se veía ya violada por un toreador valiente, que después de matar un bicho enorme, un especie de megaterio antediluviano con cuernos,

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iba a ofrecer a su amada, entre los vítores del público entusiasmado, la oreja, costumbre muy española, según Calabrés, la Fiorenzio soñaba con la fiesta bárbara de voluptuosidad y de sangre, la única fiesta en que aún hay una evocación del mundo remoto en que venció la lujuria y la muerte. Pero desde que entraron en el comedor del Cristina, un poco avanzada, destacándose del grupo, Helena, envuelta en blancos tules, a que, sin embargo, la coraza de nácar y astras daba cierto aspecto de atavío clásico, en la cabeza una ligera red de perlas rematada por enorme penacho de albas plumas; detrás Tirina, muy Recamier en el traje de crespón celeste, adornado de camafeos, junto a Julito, que había dejado el demode Al fred de Musset para vestirse muy sport— una toilette de sport para uso de acróbata— y por fin Marcelo, encantado del lujo, de la luz, de la alegría, olvidado en aquel ambiente de sus cuitas; la fatalidad les salió al encuentro en forma de una mirada.

No bien había dado Helena Fiorenzio los primeros pasos en la enorme sala pintada de blanco, adornada con columnas de már-

mol rosa y colgada de rojo damasco, que sus miradas escrutadoras, siempre alerta, tropezaron con unos ojos. Eran unas pupilas vulgares, y sin embargo, la Fiorenzio sintió el choque eléctrico de un algo miste rioso que dormía en ellos, visión de sangre o de voluptuosidad. Si es cierto que el que comete un crimen o una heroicidad, el que ha vivido unas horas atroces de terror o de lascivia, conserva en la retina como en una cámara obscura la imagen del momento supremo, aquel hombre tenía que haber vivido un drama. Con la sensibilidad clarividente que dan las grandes tormentas de vicio, con esa sensibilidad de histeria que señala las más mínimas oscilaciones espirituales, Helena sintió en el hombre que comía tranquilameate en un rincón algo que le diferenciaba de los demás. Ya sentados, no dejó de observarle. Decididamente, no era ni una persona de sociedad ni un comerciante enriquecido; había en su aspecto un abandono, una pseudo-torpeza, y al mismo tiempo una seguridad denunciadoras de que no estaba hecho a aquel ambiente, y que, sin embargo, estaba habituado al triunfo, a