El monstruo · Unidad 41 de 58

Unidad 41 · ANTONIO DE HOYOS Y V1NENT

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

ANTONIO DE HOYOS Y V1NENT

rillas y anaranjadas, como llamas, azules y violadas; colosales iris; camelias de blancura mortuoria erguidas sobre sus altos troncos; dragoneros de finos tailos, blancas florecillas y anchas hojas de sangre; anochtochilus de áureas íilamentas; peonías reales que, en sus misteriosos arabescos de un verde gris evocábanla rielante piel de los reptiles; farfugiums amarillos y> verdosos como desaparecidos saurios, alelíes y gramíneas, tejían laberintos, y sobre ellos, irguiéndose hacia el cielo pálido, los cedros gigantes, los magnolios de venenosas flores de terciopelo y los enormes tamarindos. Y por doquiera, como en terrenal paraíso, las aves de más imprevistos y peregrinos plumajes— los faisanes dorados y plateados, los lofóforos vistosísimos, los faisanes de collar, los cucos de Kachmir— surgían de las espesuras. Pero, sobre todo, era un triunfo, una mágica apoteosis de pavos reales. Los había blancos, con rielante blancor de plata; negros, envueltos en un luto fastuoso, y tornasolados, como si un orfebre prodigioso hubiera labra do la maravilla de sus plumas con zafiros y esmeraldas. Posados sobre la cabeza de los

pétreos monstruos o en los trozos de derruida balustrada, abrían el prodigio de sus colas en doble fila de abanicos de plumas que dábanla misteriosa y magnífica sensación del cortejo de una diosa oriental. Y todos aquellos bicharracos, al paso de Marcelo, como en un cuento de Schzereda, lanzaban agudos chillidos, alzaban dificultosamente el vuelo con rumor de plumas, para volver a caer algunos pasos más allá, chillando atrozmente cual si protestasen de la presencia del intruso en la encantada mansión. Había acabado la escalinata, y ahora era un jardín de hortensias rojas y azules, en cuyo centro se alzaba una fuente de mármoles y jaspes con campanillas de oro, que la brisa hacía tintinear suavemente. Un ave de ensueño, el cuerpo de metálico azul y la larga cola de vivísimo color amarillo, se paseaba lentamente en torno a la fontana. Al fin, precidido de sus acompañantas y guías, el muchacho penetró en la mansión.

Como si una princesa de Las mil y una noches le hubiese dado cita en el palacio de Aladino, Marcelo encontróse en una mansión de encantamiento. Pasado el umbral, la