El monstruo · Unidad 53 de 58
Unidad 53 · 198 ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
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bascas que les sacudían todo el cuerpo y les ponían a punto de morir. Horrendos abscesos abríanse en sus cuellos, formando purulentas llagas, en las que iban a posarse los voladores insectos; intensos escalofríos azotaban sus pobres cuerpos, de delgadez esquelética, que se alzaban en náuseas atroces para acabar vomitándose encima. Mientras, los sanos se amontonaban hambrientos, trabajaban en bordar telas o labrar marfiles, o simplemente permanecían inmóviles con los ojos en el espacio, sin sentir, sin pensar.
Y por todas partes era la muerte, la co rrrupción, la podredumbre: la muerte en el plomizo bochorno de la atmósfera, poblada de chupópteros, que se cebaban en los cadáveres y llevaban de un lado a otro los gérmenes de las enfermedades atroces; la muerte en los miasmas, que con el atardecer se alzaban del río; la muerte en los olores, que no eran sino una glosa irónica de la muerte misma. Ella estaba por doquiera: en las muecas trágico-grotescas de los agonizantes, en el fondo de las sucias carnicerías, y acechante tras de la magia de los bordados policronos. Cuantos desfilaban por las ca
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lies, cuantos agrupábanse en los sucios chiscones u oraban en las prodigiosas pagodas, llevaban su huella inconfundible impresa en el semblante.
Helena no aparentaba sentir ni asco ni cansancio, sino que, por el contrario, galvanizada, fortificada por el atroz espectáculo, parecía más joven, fuerte y serena. Había abandonado el palanquín, y caminaba ahora por su propio pie, ágil y resuelta. Vestida con un amplio traje de encajes blancos que borraba la línea, aún más confusa por la estola oriental, amarilla, bordada en negros pajarracos; sobre los cabellos un sombrero también de encajes, del que pendían espesos velos que hacían absolutamente imposible divisar las líneas de su rostro, era misteriosa y ambigua, y sólo por las inflexiones de la voz se hubiese podido leer algo de su sentir; pero el horrendo mal comenzaba a destruir las cuerdas de la garganta, y la voz era débil, bronca y opaca, y ella, sabiéndolo, hablaba muy bajo, en un tono grave, tan mesurado, que hacía de cada palabra un maravilloso esfuerzo de voluntad. En cuanto a su espíritu...