El monstruo · Unidad 8 de 58

Unidad 8 · 32 ANTONIO DE HOYOS Y VINKNT

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

32 ANTONIO DE HOYOS Y VINKNT

cosa admirable, pero fría, hierática, sin vida; era como un mármol animado, yerto, glacial... Para Helena aquel amor fué el río Alfeo que limpió el estercolero de su vida, y fué casta y altiva y supo morir con Lucrecia y Efiginia, Casandra y Antígona. Pero un día... el velo del templo se rasgó y otra vez el misterio de los ritos protervos atrájole como una sima sin fondo, donde dormía la diosa Astartea. Fué una noche cuando al concluir la función alguien propuso aquella correría por los suburbios donde vive la vida canalla y equívoca de las urbes populosas. Helena, al principio, negóse a ir. Un secreto instinto ponía en sus nervios la pavura de no sé qué misterioso peligro. Al fin cedió ante las insistentes súplicas de todos, y se dejó llevar. Empezaron la excursión corriendo tabernas y cabarets en busca del pintoresco más o menos contrahecho que se brinda a los extraños enamorados de lo imprevisto. La actriz, en un principio, parecía lejana, extraña a cuanto sucedía en derredor a ella, refugiada en el arte, como en una fortaleza inexpugnable, a las tentaciones, hablaba con un pintor adolescente de

sus planes, de las creaciones que proyectaba, de escenografía y trajes... De pronto lo falso tornóse en real; una explosión de celos, un chulo que vapulea a una mujer, un rival que tira de cuchillo, un hombre moribundo, sangre, confusión, gritos lamentos, una mano audaz y brutal que inicia una caricia, y como por ensalmo de brujería la fortaleza se derrumbó y Helena fué cautiva nuevamente del demonio de las fornicaciones. Como una sonámbula, sin hacer caso ni de la desesperación de su amante ni del asombro de los unos, ni del aplauso irónico de los otros, que decían aquello muy chic, siguió a aquel hombre, desvergonzada y cínica como una meretriz.

Al día siguiente su amante se pegaba un tiro, dejándola por heredera de sus millones. Desde aquel momento su arte se animó con un soplo de fuego, y la estatua de mármol fué estatua de llama. La vida que faltaba en su obra surgió como por ensalmo; una ola de pasión , de vehemencia , de vesania, a gitóla locamente. Yfué la Sulamita bella como Jerusalem, terrible y majestuosa como un ejército en orden de batalla; y fué Salomé,

peor que las perras y que las rameras que salen a los caminos; y fué Aspasia y Mesalina y Lucrecia Borgia y la Brinvillers. Y, como la Sulamita, brindó al amado ese amor más sabroso que el más sabroso vino, y. como la hija de Herodías, danzó ante la cabeza del Bautista, y como la Reina de Bizancio se ofreció a su hijo; como las emperatrices remotas, fué cruel y atrabiliaria, y sanguinaria y lúbrica, y desfalleció ante la sangre y salió en las tinieblas de la noche a prostituirse a los mercenarios. Y monstruosa y divina, proterva y admirable, hizo palpitar el alma de las multitudes, y to dos se inclinaron vencidos a su arte maravilloso.

Mientras, paralela a aquella vida de pública gloria, vivía otra vida miserable de abyecciones inmundas. Dejada a sí misma, arrastrada por todos los malos instintos, sintiendo la necesidad de enfangarse, de envilecerse, de mancharlo todo y profanarlo todo, arrancada a la ficción escénica, su existencia fué una pesadilla espantosa en que sólo el instinto tuvo realidad. Su vida, que hasta entonces había conservado una

armonía extraña, se desbordaba en impetuosidades de catarata cuando conoció a Marcelo. Desde el primer momento sintió por él una misteriosa atracción, una ternura nueva, algo maternal, extraño e imprevisto, y al mismo tiempo la morbosa delección de enlodarlo todo, de pervertirlo todo, se adueñó de ella imperiosa, irresistible. Adivinó en el chiquillo, pese a su ostentada canallería, un candor muy pueril, muy blanco, y sin quererlo luchó por hacerle malo, por contagiarle de aquel veneno glacial y ardiente que corría en sus venas.

Por uno de esos raros fenómenos que se dan algunas veces, el contagio no se hizo. La misma crudeza de las cosas, chocando contra un fondo de aburguesa honradez, que formaba un sedimento en el carácter del muchacho, hízole reaccionar, y cuando ya era tarde, vió el abismo sin fondo en que había ido a caer. Cobarde para las resoluciones heroicas, incapaz de renunciar sin más ni más a la vida de fasto y comodidades , resignóse a todas las abyecciones, todas las cobardías y todos los renunciamientos. Sólo de tarde en tarde sentía un súbito impulso de rebeldía, y