El Niño de la Bola: Novela · Unidad 12 de 27
LIBRO III. — parte 2
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--¡Ay Dios mio! ¡Ay Dios mio de mi alma! ¿Qué va á ser de nosotros?--¡Esto es una perdicion!--¡Pobre hija de mi vida!
Manuel se quedó frio como el mármol, y un sudor de muerte corrió por su descompuesto semblante.
--Señora... (tartamudeó al fin.) ¡Hablemos claros!--¿Qué nueva infamia ha ocurrido durante mi ausencia?--¡Dígamelo pronto, ó voy yo mismo á averiguarlo á la ciudad!...
--¡Manuel! ¡Manuel! (clamó la pobre anciana.) ¡Á la ciudad no! ¡Vámonos á otra parte!... á donde tú quieras... ¡Yo te acompañaré hasta el fin del mundo! Yo pasaré contigo lo que me reste de vida... Yo seré para tí una madre cariñosa... una madre tiernísima...
--Pero, ¿y Soledad? (gritó frenéticamente el Niño de la Bola.) ¿Qué haremos de Soledad? ¿Qué ha sido de ella?--¡Pronto! ¡pronto! ¡sin discurrir más mentiras!
--No sé... No me lo preguntes...--¡Soledad no merece nuestro cariño!--La abandonaremos...--Yo misma no la veré ya más...--Anda... ¡Vénte, hijo mio!...--Llama á ese hombre, y vámonos á América, á Portugal, á Filipinas, á donde tú dispongas...
--¿Y Soledad? (repitió Manuel con tal violencia, que la madre retrocedió espantada.) ¿Qué ha hecho usted de su hija? ¿Con quién se quedará Soledad?
Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.
Manuel fué el primero que recobró aliento para seguir marchando hácia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida.
--Nada tiene usted ya que explicarme...--Soledad se ha casado.
La madre cayó de rodillas por toda contestacion, y tendió hácia el jóven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.
Reinó otra vez un funerario silencio.
Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se habia hundido en ella!--El coloso tuvo un momento, nada más que un momento, la suprema ilusion de creerse inferior á su desventura, y acaso imaginó tambien esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que habia muerto y sido sepultado...
Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, saliendo de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin á su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachándose hácia la horrorizada víctima que yacía á sus plantas, díjole con enronquecida voz:
--¿Quién? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha casado con mi mujer? ¿Cómo se llama el temerario?--Ni ¿qué me importa su nombre?--¡Morirá, sea quien fuere! ¡Morirá, aunque se esconda en el centro de la tierra!--De esto no hay más que hablar: ¡es cosa decidida!...--Pero dime, vieja infame, embustera, llorona, peor mil veces que el escorpion con quien estuviste casada: ¿cómo has podido consentir que Soledad?... ¿Qué has hecho para reducirla?... ¿Cómo se ha prestado ella?...--¡Ah! ¡la hipócrita! ¡la impúdica! ¡la vil criatura que yo tomaba por un ángel!... ¡Casarse con otro hombre! ¡Qué horror! ¡Qué asco! ¡Qué miseria!--¡Todos sois de una misma casta de reptiles; el padre, la madre, la hija!
--¡Ella es inocente!--respondió la anciana, irguiéndose poco á poco ante aquellos bárbaros insultos.
--¡Morirá!--pronunció Manuel, extendiendo el brazo como si jurara.
--Su padre fué quien la obligó á casarse... Ella no queria... ¡Te lo juro por lo más sagrado!...
--¡Morirá!--repitió Manuel implacablemente.
--¡Ántes morirás tú mil veces, dragon de los infiernos! (gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del jóven.) ¡Estás enfrente de una madre resuelta á todo, á matar, á morir, á llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, á servirte de criada... á todo, ménos á ver padecer á su hija..., ménos á ver sin padre al nieto de su corazon!...--Ya lo sabes, monstruo...--Puedes tomar el camino que gustes...
Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.
--¡La desvergonzada ha tenido un hijo!... (rugió luégo convulsivamente.) ¡Un hijo de cualquiera!--¡Cómo se multiplican estos bicharracos!--¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos!...--¡Rece usted el credo, señá María!
La anciana dió un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió á caer de rodillas, y se abrazó á los piés del insensato.
--¡Así! ¡Así! ¡Á mis plantas!... (exclamó éste con satánico regocijo.)--¡Oiga usted en esa postura mis instrucciones, á ver si, complaciéndome en todo, conquista usted una conmutacion de pena!--Ahora no le habla á usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija... ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad!...--Dígale usted á ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, á donde yo tengo que ir esta noche, no sé si á besar á mi mujer, ó á pegarle, ántes de matarla...--Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré á él donde quiera que se agazape; para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña ó de zorro ladron, y lo mataré como quien mata un insecto...--Dígale á Soledad que he llegado; que eche su hijo á la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya á verla ó le mande recado de que la espero...--Dígale que yo... que Manuel Venegas... que el _Niño de la Bola_...--¡Oh! ¡No le diga nada!...--¡Ay Dios mio!... ¡Se me va la cabeza!... ¡Yo me vuelvo loco!...--¡Aire! ¡Aire!--¡Pobre Soledad mia! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!
Y, gritando de esta manera, sollozando ó riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la Ermita, montó á caballo, y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese á un mismo tiempo de las tierras en que habia estado ausente tantos años y de la Ciudad á cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.
III.
DE LO QUE AQUELLA NOCHE PENSARON Y DIJERON LOS HABITANTES DE LA CIUDAD.
La súbita noticia de que el _Niño de la Bola_ estaba de vuelta, colmado de riquezas, y tambien de ira, cundió aquella misma noche por toda la Ciudad con la rapidez del pavor, cual si se tratase de la llegada del cólera ó de la proximidad de un ejército enemigo.--El arriero malagueño, vagando con sus tres cargas por aquellas calles para él desconocidas, sin saber dónde meterse, y teniendo que preguntar á los transeuntes «_por un D. Manuel Venegas que habia venido con él de Málaga y de quien se habia apoderado, al pasar por delante de cierta Ermita, una especie de alma en pena, vestida de negro_», fué el primero que, ya cerca de las Ánimas, reveló al público tan interesante nueva, confirmada poco despues por una antigua criada de la señora de Arregui (álias la _Dolorosa_), que tuvo que ir á la botica de la Plaza por tila y flor de azahar para la señá María Josefa, y contó de camino á cuantos halló al paso todo lo acontecido en el santuario campestre, tal y como la madre acababa de referírselo á su hija...
Era ya muy tarde para que, en un pueblo tan anticuado, se prolongaran mucho en calles y plazas los corrillos y comentarios de las gentes, áun tratándose de negocio de tanta monta; por lo que todos se contentaron con cerciorarse de la verdad del hecho, y se marcharon á sus casas, á rumiarlo santamente en familia, al propio tiempo que la ensalada de la cena...--Podemos, pues, asegurar que, empezando por el Palacio del señor Obispo y concluyendo por la última cueva de gitanos, todo el mundo se acostó y durmió aquella noche pensando en nuestro héroe, en la dramática historia de su juventud, en su amor á Soledad, en las amenazas que profirió al marcharse y en el conflicto que de seguro iba á ocasionar su vuelta.
Los necesitados de dinero recordaron además la generosa esplendidez con que el hijo de D. Rodrigo habia sacado de apuros á muchos pobres cuando sólo poseia algunos miles de reales, y prometiéronse, al saber que llegaba de Indias con tres cargas de onzas, salir de deudas y trabajos, sin más que presentarle una apuntacion de lo que les hacía falta para ponerse á flote. Las mozas por casar, especialmente las llamadas _señoritas_, preguntaron si venía soltero, y hablaron pestes de la _Dolorosa_. Pensaron los médicos en que tenian un buen cliente más: los sacristanes discurrieron sobre cuánto valdria el entierro de un _indiano_ tan rico, en la prevision de que se muriese al hallar casada á su antigua novia: conocieron los matones... _sede vacante_, que habia llegado el propietario de su precaria autoridad, y convinieron en que el _Niño de la Bola_ debia matar á Antonio Arregui (á ver si lo ahorcaban de resultas, ya que Antonio Arregui no optase por matarlo á él): receló el nuevo Obispo de la Diócesis, persona muy santa y entendida, si aquel extraño personaje vendria á perturbar las conciencias: el Alcalde y el Juez temieron que les hubiese caido trabajo; y escribanos y procuradores holgáronse por la inversa en tal expectativa...--Todos, en fin, auguraron una tragedia espantosa al entregarse aquella noche en brazos del sueño con la mayor comodidad posible, dándose acaso cuenta, al arroparse y tomar la postura favorita, de que no amaban al prójimo tanto como á sí mismos, y alegrándose indudablemente de que ninguna persona de su casa ó de su particular afecto se hallara en el duro trance de Antonio Arregui, de Soledad y de Manuel Venegas...
Dos excepciones habia en el pueblo por lo tocante á recogerse temprano.--Era una de ellas la Botica de la Plaza, que no se cerraba hasta las diez, y donde el _mancebo_ ó practicante que la regentaba (persona importantísima, que ha de figurar mucho en el resto de nuestra historia) tenía tertulia de hombres solos, casi todos mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas; y era la otra la casa de un antiguo _hijodalgo_ (ya no se daba á nadie este título, ni existian los privilegios inherentes á él); hombre muy acaudalado y culto, grande admirador de Moratin, afrancesado en 1808 y en 1823, y miembro á la sazon de la Sociedad secreta llamada «_Jovellanos_»; el cual no cerraba sus puertas hasta las once, que se retiraban las cuatro ó seis personas de clase y de _ciertas ideas_ á quienes tenía la dignacion de recibir despues de cenar, ó sea al punto de las nueve...
En la botica, ó mejor dicho, en la trasbotica, hablóse largamente de la llegada del _Niño de la Bola_, no faltando ya quien supiera y contase (por acabárselo de oir á la hermana del ama de D. Trinidad Muley) que éste habia recibido quince dias ántes una carta del jóven, fechada en Málaga (y sin señas, para evitar toda contestacion), en que le decia, bajo el mayor secreto, que el sábado 5 de Abril llegaria á la Ciudad, para cuya fecha necesitaba que le hubiese tomado una casa muy buena y en muy buen sitio y que se la tuviera algo amueblada: que Manuel era, por consiguiente, (y no el nuevo Dean, como se habia contado) quien iba á vivir en aquella misma Plaza, en el antiguo edificio denominado _Casa del Chantre_; que ya estaba constituida en ella la susodicha hermana del ama de gobierno del Cura, con el alto empleo de ama de llaves del hijo de D. Rodrigo, en cuya calidad acababa de recibir las tres cargas de onzas, perlas, diamantes y rubíes que tanto habia paseado por las calles el arriero; y, en fin, que nada habia vuelto á saberse del _Niño de la Bola_ desde que, ya muy anochecido, lo vieron unos guardas cruzar á escape por en medio de los sembrados de la vega, como si él ó su caballo se hubiesen vuelto locos; pero que D. Trinidad Muley andaba ya en su busca, caballero en una pollina, siendo de esperar (_de temer_, dijo el relatante) que, si lo encontraba á tiempo y conseguia calmarlo, no ocurriese nada por aquella noche...
Como todos los asistentes á la trasbotica tenian al dedillo la historia del casamiento de Soledad con Antonio Arregui, y sabian quién era este sujeto, y estaban al tanto de las demas ocurrencias habidas en casa de D. Elías Perez desde que Manuel Venegas se ausentó de la poblacion, no hubo para qué referir allí tales sucesos, y contrájose el resto de la velada á exponer cada cual el desenlace que á su juicio convenia mejor á aquella tragedia, en cuyo punto opinó _Vitriolo_ (así llamaban al mancebo) que debian morir todos los personajes; esto es, Manuel, Antonio, la _Dolorosa_, su madre, y hasta, si venía al caso, el mismo D. Trinidad Muley...
En cambio, y con motivo de hallarse presente una forastera (nada ménos que hija de Madrid y prima segunda de un marqués; la cual habia ido á la Ciudad á vender sus últimas fincas, y estaba de huéspeda en casa del ilustre moratiniano, por habérsela recomendado en carta autógrafa uno de los Ministros de entónces,--miembro tambien de la citada Sociedad secreta, al decir de los irritados esparteristas), fué indispensable contar aquella noche en tan encopetada tertulia toda la vida y milagros de D. Rodrigo, del usurero, de Manuel, de Soledad y de Antonio Arregui; tarea que desempeñó á las mil maravillas el propio dueño de la casa, Académico Correspondiente de la Lengua y Doctor _in utroque jure_, llamado por más señas D. Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron,--cuyos paganos é ilustres nombres de pila (digámoslo de pasada) daban claro á entender que su candoroso padre habia sido, como otros muchos españoles del reinado de Cárlos III, muy amante de la _Enciclopedia_... y tambien del Bautismo.
Comenzó, pues, tan autorizado sujeto por referir todo lo que nosotros hemos narrado en el Libro Segundo de la presente obra, ó sea hasta el instante que Manuel Venegas se ausentó del pueblo despues de la inolvidable escena de la Rifa; y, llegado que hubo á aquel punto crítico de su relacion, bebió agua, tomó aliento y rapé, y continuó de la manera siguiente...
Pero ántes de copiar lo que dijo, no estará de más que nos fijemos un poco en la citada forastera y tambien en cierto jovenzuelo, de ella locamente enamorado, que á la sazon fluctuaba allí entre el suicidio y la gloria, y el cual interesará en algun modo á nuestros lectores, por más que su papel en este drama sea tan breve, accidental y episódico como el de la pobre mujer que tantas grandezas y tantas locuras de la Corte representaba á la sazon en aquel oscurecido pueblo.
IV.
DOS RETRATOS, POR VÍA DE ENTREMES. (CAPÍTULO INÚTIL, QUE PUEDEN DEJAR DE LEER LOS IMPACIENTES.)
La aristocrática madrileña frisaria en los treinta años, y era una valiente hembra, alta, desenvuelta y garbosa, cuya magistral elegancia suplia con exceso cualquier deterioro que el vivir muy de prisa hubiese causado á su natural hermosura. Tenía mucho talento, mucha gracia y, sobre todo, mucho mundo: conocia y trataba indudablemente (pues ya habia recibido cartas que lo probaban) á todas las personas notables de Madrid, empezando por D. Evaristo Perez de Castro, á la sazon Presidente del Consejo de Ministros, y concluyendo por Olózaga, el orador más insigne de la oposicion: hablaba el frances, el inglés y el italiano, y siempre estaba leyendo libros en estos idiomas, no sólo de Literatura, sino de Medicina, de Historia Natural, á que era muy aficionada, y alguno que otro de Filosofía antireligiosa...: iba, empero, á misa todos los domingos y fiestas de guardar, y áun agradábale la conversacion de los sacerdotes ilustrados y bien vestidos: tocaba perfectamente el piano: cantaba de memoria óperas enteras: montaba á caballo en todas posturas: aseguraba que sabía nadar (como lo acreditaria en llegando el verano): tiraba, en fin, muy bien la escopeta y la pistola; y, _sin embargo_, ó, por mejor decir, _en medio de todo esto_, no habia sido recomendada al señor de Mirabel en concepto de casada ni de viuda, sino en calidad de soltera; lo cual pareció á aquellos atrasados vecinos y vecinas mucho más extraordinario y sorprendente que todas las dichas habilidades.
--«_Es una Diana Cazadora_»...--solia exclamar D. Trajano, muy orgulloso y satisfecho de alojar en su casa aquella _notabilidad_, y más prendado de sus hechizos y _salvaje pudor_ (sic) de lo que convenia á un hombre tan provecto, respetable y acaudalado...
--No niego yo que sea una _Diana_ en cuanto á la castidad (le argüia su mujer cuando estaban solos); pero, ¡quién sabe si resultará una _Diana pescadora_!...
Y era que la esposa del jurisconsulto temia que, por fin de fiesta, tuviese que quedarse su marido con las malparadas fincas de la cortesana en el precio que á ésta se le antojase pedir...
En cambio, el mencionado jovenzuelo sentia una adoracion fanática, ciega, absoluta, hácia aquella divinidad relativa; lo cual comprenderemos mejor penetrando en la imaginacion de él, que aquilatando los merecimientos de ella.--Lo que allí ocurria era lo siguiente:
En todas las poblaciones subalternas de Europa, y especialmente en las estacionarias y vetustas como aquella Ciudad, hay casi siempre, desde los comienzos de nuestro alborotado siglo, un organista que sueña con eclipsar á Rossini, un coplero que sueña con eclipsar á lord Byron, ó un albéitar, lector de periódicos, que sueña con eclipsar á Marat; un jóven, en fin, pálido y tétrico, que huye de la gente, y pasea solo por los desiertos campos; foco de pensamiento y de bílis; hígado con piés y sombrero; declarado enemigo de cuanto ve en torno suyo, y cónsul moral de todo _lo de fuera_, cuya febril imaginacion sigue los pasos á las celebridades contemporáneas más de su agrado, como el astrónomo sigue la marcha de los planetas que nunca ha de visitar y que ruedan indiferentes por el cielo, sin sospechar la existencia de los observatorios.
De estos Mirabeaus, Napoleones ó Balzacs _en hierba_ (_en agraz_, decimos los españoles), unos mueren ántes de llegar á los veinte años, aplastados por su propio genio ó por la desesperacion: otros se allanan lenta y penosamente á bajar al nivel de sus vulgarísimos paisanos, y acaban en Secretarios de Ayuntamiento ó en oficiales de escribanía: otros logran levantar el vuelo...; pero caen mal en la metrópoli de su patria, llámese Paris ó Madrid, Viena ó San Petersburgo, y mueren de hambre, se pegan un tiro, ó se inutilizan y frustran más deplorablemente, bajando á la sima del deshonor por el plano inclinado de la miseria...: algunos, en fin, llegan á ser grandes hombres, poetas laureados, oradores insignes, generales, ministros, millonarios..., y legan su nombre á las generaciones futuras.