El Niño de la Bola: Novela · Unidad 26 de 27

EPÍLOGO. — parte 2

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--Si enviaras este papel á Antonio Arregui, mataria á su mujer en el acto, y tú saldrias de penas...

--Ya he pensado en eso. ¡Pero no me acomoda! (respondió _Vitriolo_ con horrible frialdad.) Lo que yo necesito es que Antonio muera asesinado por Manuel y que á Manuel le dé garrote el verdugo. De este modo, la execrable viuda, sola y deshonrada, será tan infeliz como yo.--Además: el triunfo de D. Trinidad Muley consiste en la pacífica marcha del hijo de D. Rodrigo...--Es, por lo tanto, de absoluta necesidad que el hijo de D. Rodrigo vuelva... ¡y mate!

--Tienes razon... ¡trae la carta!--El caballo debe estar dispuesto...

--¡Toma... toma, hijo mio! (exclamó _Vitriolo_ con siniestro júbilo.) La gloria de la Filosofía y mi apetecida venganza están en tus manos...--Yo creo que lograrás dar alcance á nuestro héroe en alguna de las primeras ventas... El insensato lleva tres dias sin comer ni dormir, y sus fuerzas no pueden ménos de tener límite, como todas.--Además: el maletin de la montura (atestado de oro, segun me ha dicho la _Volanta_) impedirá á su caballo correr mucho.--Cuando lo encuentres, le dices que estás empleado en la fábrica de Antonio Arregui y que su señora te ha confiado esa carta con el mayor secreto.--En seguida le contarás, como de tu cosecha, que Arregui fué ayer á desafiarlo á Santa Luparia, y que por eso corria tanto la Procesion y lo encerraron á él en la Sacristía: le dirás asimismo que esta mañana venía tambien Antonio á provocarlo, y que, á ruegos de D. Trinidad, desistió de ello; le dirás, por último, que Soledad y su marido van esta tarde á la Rifa, y que el orgulloso fabricante se ha ufanado hoy en calles y plazas de haber hecho huir al temido _Niño de la Bola_...--¡Ah! se me olvidaba lo principal...--Procurarás hacerle creer que D. Trinidad Muley explicaba hoy á todo el mundo el viaje de su ahijado, contando que el Niño Jesus le dirigió anoche la palabra y le mandó que se marchase del pueblo, no sin dejarle todas sus joyas al Cura, para que dispusiese de ellas á su antojo...--En fin, inventa, discurre, miente... ¡Todo es lícito, cuando se trata de salvar la sociedad!...

--¡Descuida, maestro, descuida! ¡Sé lo que tengo que decir!... (interrumpió Filemon, dándole la mano).--¡Hasta la tarde, si es que alcanzo hoy á Manuel Venegas! Y, si no lo alcanzo, ¡iré en su busca al fin del mundo!

--¡Eres todo un hombre!--¡Cuando yo falte, tú heredarás mi magisterio!--contestó _Vitriolo_, acompañándole hasta la puerta de la botica y abrazándole paternalmente.

Y, luégo que lo vió desaparecer, añadió con acento lúgubre:

--¡Soledad! no dirás que te olvido...--Tú echaste mi carta á un perro para que se la comiera... ¡Yo he echado la tuya á un tigre furioso!...--¡Estamos en paz, alma de mi alma!

II.

LA RIFA.

Aquel mismo sol cuyos matutinos rayos habian alumbrado la solemne y conmovedora partida de Manuel Venegas, continuaba á las tres y media de la tarde su majestuosa marcha por el cielo, llevando en pos de sí las horas póstumas y sobrantes de un dia al parecer ya inútil, cuyo interes y juicio histórico dieron por concluidos tan de mañana todos los habitantes de la Ciudad.

Obedeciendo, empero, la mayoría de éstos á la ley de inmemoriales costumbres, habian acudido, despues de comer, á aquel anfiteatro de amarillos cerros, cuajados de habitadas cuevas, donde, como todos los años en tal fecha, debia celebrarse el Baile de Rifa del Niño de la Bola, y donde ocho años ántes tuvo lugar la fatal subasta en que el hijo de D. Rodrigo fué derrotado por D. Elías Perez.

No sólo este acaudalado sujeto, sino otros muchos ricos y pobres de los que allí vimos, habian muerto desde 1832 á 1840. En cambio, innumerables niñas y niños de entónces eran ya mujeres y hombres hechos y derechos; muchos solteros y solteras se habian casado y tenian hijos, y no pocos padres y madres á quienes conocimos frescos y buenos mozos figuraban ya entre los viejos y los abuelos...--Por consiguiente, el cuadro, aunque hubiese variado en sus individuales pormenores, venía á ser el mismo á primera vista y en con junto.

Allí, en efecto, habia, como antaño, clérigos y cofrades, soldados y bailadoras, señores y plebe: allí se veian, á la puerta de las oscuras cuevas, hileras de sillas ocupadas por lujosas damas y endomingados caballeros: allí resaltaban á la luz del sol los animados colorines de los pañuelos y sayas de las criadas y labriegas, los pintarrajados chalecos y fajas encarnadas de los hombres del pueblo, las medias blancas de trabilla de los que llevaban calzon corto, los refajillos colorados de las niñas pobres y descalzas que no tenian vestido, y las cobrizas carnes de los chicuelos que no tenian ninguna ropa...

Tambien se veia allí, sobre una mesa con mantel de altar, la reluciente figura del Niño Jesus, adornada con todas las alhajas que le regalara pocas horas ántes Manuel Venegas, cuyo puñal indio, de pomo de oro con piedras preciosas, seguia á los piés de la bella Efigie, como pintan al dragon del pecado á los piés de la Vírgen María.

Las gentes contemplaban, llenas de asombro y curiosidad (y muy edificadas y reconocidas al cielo, á creer en sus terminantes declaraciones), aquellas valiosas ofrendas de la mayor ira, trocada de pronto en cristiana mansedumbre...--Indudablemente, la idea de este maravilloso cambio llenaba en su morisca imaginacion, ganosa de emociones extraordinarias, el vacío resultante del pacífico término de un conflicto tan dramático y descomunal como el hecho tablas por la caridad de D. Trinidad Muley.--¡Habíase frustrado la tragedia; pero quedábales mejor y más noble asunto de perdurables comentarios: quedábales un poema religioso!

Sin embargo (y aunque difícilmente hubieran podido explicar la causa), hallábanse desanimados y tristes...--Acaso les acontecia lo contrario que á Manuel Venegas, y, así como éste tenía _caridad_ sin _fe_, ellos tenian _fe_ sin _caridad_...--Ó puede que todo consistiera en que los Canónigos (á quienes se aguardaba para empezar la fiesta) no habian llegado todavía; ó en que tambien faltaba de allí nuestro amigo el Veterano Capitan, que solia ser el gran jaleador del baile y de la Rifa; ó en que habia cundido la infausta nueva de que D. Trinidad Muley se hallaba enfermo en cama, con una fuerte calentura, y que habia llamado á un escribano para hacer testamento, como cesionario de la mayor parte de las riquezas de su antiguo pupilo.

La llegada de D. Trajano y de la forastera, seguidos de doña Tecla, de Pepito y de otros tertulios, alegró algo á los demas concurrentes, quienes, como de costumbre, pasaron minuciosa revista al traje, al peinado y á los adornos de la elegantísima prima del Marqués, tratando de aprendérselo todo de memoria, así como sus menores gestos y ademanes.

Muy hermosa y gallarda iba á la verdad aquel dia, con su vestido de gro celeste y su mantilla de blonda negra, que más bien servian de realce que de disfraz á las arrogantes líneas de su cuerpo; pero inútil era que las beldades del país tratasen de copiar lo que en aquella mujer de raza, educada desde la cuna por las sílfides de la elegancia y de la moda, constituia ya segunda naturaleza.

Tampoco fuera oportuno que nosotros nos detuviésemos en este acelerado epílogo á relatar todo lo que hablaron allí la madrileña, D. Trajano y Pepito acerca del chasco dado por Manuel á la expectacion pública. Sólo diremos que la deidad proclamó repetidas veces que aquel desenlace habia sido _muy frio_, y que si como cristiana se felicitaba íntimamente del buen término del asunto, como artista, no podia ménos de declarar que todo aquello era prosaico y vulgarísimo, y nada propio de un héroe de tanto corazon y arranque como ella habia supuesto al famoso _Niño de la Bola_.

--En fin... (concluyó diciendo:) ¡el drama no ha resultado romántico!

--¡Tiene usted más razon de lo que se figura! (contestó el señor de Mirabel.) ¡Para drama romántico, le falta un par de crímenes!--En compensacion... (usted misma lo ha dicho), su desenlace ha sido eminentemente cristiano.

--Y ¿qué tiene que ver el arte con el cristianismo?--replicó la forastera.

--El arte romántico, ¡nada! (expuso el jovellanista.) Precisamente es hijo de la soberbia y la impiedad, y no admite más culto que el de la mujer y el de la venganza.--Los románticos son idólatras de sí mismos, de sus pasiones, de sus afectos, de sus amarillentas adoradas y de otras pobrezas terrenales _ejusdem furfuris_.

--Don Trajano debe de tener razon... (observó el hipócrita Pepito); pues por ahí se dice que los más irritados con la solucion amistosa del tal drama son los incrédulos de la Botica.

--¡Terrible gente! (respondió el jurisconsulto, alzando mucho las cejas.)--Á mí no me asustan los milicianos nacionales...--¡Ya vieron ustedes ayer qué entusiasmados y devotos iban en la Procesion!... ¡Estos progresistas son buenos en el fondo!--¡Pero esa gentecilla nueva que no cree en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo representa un gran peligro para el porvenir!

--Oye una palabra, Trajano... Con permiso de los señores...--dijo en esto al discípulo de Moratin aquel otro viejo, tambien moderado jovellanista, que la tarde ántes vimos con él en un balcon.

Y, arrimando la boca á su oido, añadió lo siguiente:

--Esa _gentecilla_ que dices, es nuestra legítima heredera...--Nosotros, con todos nuestros pergaminos y nuestra sangre azul, fuimos, cuando jóvenes, partidarios de la Razon, del Buen Sentido y hasta de aquel _Sér Supremo_ que sustituyó al antiguo _Jehová_...--¿No te acuerdas?

Y, al hablar de este modo, el viejo se reia cínicamente.

--¡Eso no se dice!--gruñó D. Trajano de muy mal humor.

--Te lo digo á tí...

--¡Ni á mí tampoco!--¡Ni á tí mismo!--Y verás cómo, con el tiempo, te acostumbras á creer que tienes otras ideas...

Peliagudo se habia puesto el negocio, cuando quiso Dios que llegaran á la Rifa Antonio Arregui y la _Dolorosa_, cortando con su presencia aquella y todas las conversaciones pendientes, muy ménos interesantes que las mismas personas que les servian de asunto.

Antonio iba sumamente descolorido y turbado, pero más obsequioso que nunca con su mujer, como haciendo público alarde de dicha conyugal, al par que buscando en el fondo una verdadera reconciliacion doméstica.

Soledad no parecia la misteriosa esfinge de siempre. Habia cambiado de actitud y hasta pudiera decirse que de carácter. Estaba inquieta: miraba á todos lados, y sus ojos no eran ya mudos abismos llenos de sombra, sino volcanes de amor en actividad...--El preconcebido adulterio acechaba desde ellos á la honradez para herirla por la espalda.

Vestía de blanco como una novia, sin que su elegancia y donaire tuviesen nada que envidiar á la forastera. Una toca negra de encaje hacía resaltar dulcemente la blancura de su muy descubierta garganta, así como los hilos de perlas que le servian de brazaletes pardeaban al querer competir con sus nevados brazos.--Estaba hermosísima: la tentacion no se mostró nunca en más temible forma.

No al lado de su adorada hija, sino al lado de Antonio Arregui, habíase sentado la señá María Josefa, muy acabada por aquellos dos dias de mortal zozobra; pero aún vigilante y en la brecha, como si la alarmasen tristes presentimientos.--Honor y dechado del _sexo femenino_ (que tan desventajosa representacion tiene en esta reducida historia), aquella noble mujer, que no se allanó, cuando moza, á las demandas de su millonario señor, sino al debido precio de su mano y de su nombre; la que despues hemos visto esposa fiel, paciente y trabajadora; la madre amantísima; la amiga de los necesitados, no podia ménos de hallar, y halló efectivamente aquella tarde en tan numeroso y vário gentío, miradas de compasion y de respeto por parte de otras muchas mujeres de bien; condigno premio de un largo heroísmo; elogio fúnebre, no muy anticipado por cierto, de la que habia de morir á los pocos dias.

Llegaron, al fin, los Canónigos, justificando su tardanza con la solemnidad de las Vísperas que acababan de rezar, en conmemoracion de no sé qué difunto monarca vencedor de los mahometanos, é inmediatamente comenzó la Rifa, seguida del Baile; este último al són de instrumentos moriscos, ó sea de guitarras, platillos, carrañacas y castañuelas, como ántes de la Conquista.

Las parejas de danzarines no se concertaron en virtud de puja, sino espontáneamente, formándolas, por tanto, mozas y mozos de la clase baja, al tenor de sus particulares inclinaciones, de donde sólo hubo que admirar el rumbo y desenfado de tal ó cual refajona metida en carnes y de coloradas mejillas, que se movia como una peonza, ó las primorosas y contínuas _mudanzas_ con que _la obligaba_ algun pinturero bailador de zapatos blancos.

Respecto de la Rifa, era mucho menor el interes del _señorío_, pues no se subastaba otra cosa que los hilos de marchitas uvas, las tortas de pan de aceite y las panojas de arrugadas peras y manzanas (todo allí de manifiesto) que habian regalado los devotos al Niño Jesus...

De esta manera llegaron las cinco de la tarde, y ya se disponian á regresar á la Ciudad algunas familias acomodadas, entre ellas la de Antonio Arregui, cuando notóse de pronto en las más distantes y encumbradas cuevas una gran agitacion, acompañada de gritos de mujeres y niños que decian:

--¡Manuel Venegas! ¡Manuel Venegas! ¡Allí viene! ¡Ahora cruza las viñas! ¡Pronto llegará ahí!

Un rayo que hubiese caido en medio de la multitud no habria causado tanto pavor.--Todo el mundo se puso de pié: cesaron la música y el baile: corrieron gentes al encuentro del temido jóven, guiándose por las indicaciones de los que lo veian (pues llegaba por camino desusado); huyeron otras personas en sentido opuesto, como para librarse de la tormenta que se cernia en los aires..., y áun hubo algunas que hablaron de ir á buscar á D. Trinidad Muley...

Antonio Arregui era el único que permanecia sentado, ó, por mejor decir, que habia vuelto á sentarse al oir aquel temeroso anuncio.--Estaba lívido; pero resuelto, callado, y como indiferente á lo que sucedia.

La señá María Josefa le decia llorando:

--¡Vámonos! ¡Vámonos á casa! ¡Piensa que tienes un hijo!

Otras mujeres se ofrecian á esconderlo en tal ó cual segurísima cueva.

Las autoridades procuraban tranquilizarlo, diciéndole que ellas no consentirian ningun atropello...

Antonio no contestaba á nadie.

Soledad, de pié, silenciosa, terrible, parecia aguardar la resolucion de su marido.

--¡Siéntate!--díjole éste con desabrido tono y sin mirarla.

Soledad obedeció con indiferencia.

Y las autoridades y las demas gentes retiráronse de él con frialdad, en vista de que nada les respondia, yendo el Alcalde á consultar el caso con el jefe de su partido, ó sea con D. Trajano Perícles de Mirabel, á quien debia la vara.

El jurisconsulto informó que no podia prenderse á Manuel Venegas miéntras no cometiese delito ó conato de él; pero que habia que vigilarlo mucho, así como á Antonio Arregui.

La forastera, que, aunque algo asustada, estaba en sus glorias, opinó lo mismo.

Entónces rogó el Alcalde á todo el mundo que se sentara, y mandó que prosiguiesen la música y el baile; como, en efecto, así se hizo, bien que sin gana de los actores ni atencion alguna de los circunstantes.

Entretanto, ya habia asomado Manuel Venegas, no por el camino de la Ciudad, sino por lo alto de los cerros, cual si desde la vecina Sierra hubiera bajado á campo travieso para caer más pronto en aquellos parajes.

Venía á caballo, y faltábanle muy pocos obstáculos que vencer para entrar en camino expedito y llegar en breves instantes al lugar de la Rifa.

La perplejidad del _Coro_ era inmensa, indefinible.--¡Habia cambiado tantas veces de papel en aquel drama, que ya no sabía qué actitud tomar, ni discernia acaso sus propios sentimientos!

En esto, llegó Manuel cerca de la explanada que servia de centro á la fiesta. Apeóse del caballo, cuya brida entregó al primer oficioso que se puso á sus órdenes, y, sin mirar ni saludar á nadie, acercóse al sitio en que se bailaba.

Antonio giró un poco sobre la silla, hasta dar la espalda al arrogante jóven, como dejando el cuidado de su propia vida á la conciencia del público y á los representantes de la Ley.

Manuel, demudado por cuarenta y ocho horas de constante martirio, febril, delirante, enloquecido por la carta de Soledad, miraba á ésta con la terrible audacia de siempre, y tambien con una especie de amorosa ufanía y declarado triunfo que pregonaban la deshonra de Antonio Arregui, llenando de asombro á la concurrencia.--¡Indudablemente, si el esposo hubiera visto aquella mirada, su dignidad le habria hecho saltar del asiento, y abalanzarse al temerario que así le ofendía!... Pero repetimos que Antonio no hacía caso alguno de Venegas.

Soledad, por su parte, tenía clavados los ojos en el suelo.

La madre era la única que lo veia todo; y, por resultas de ello, temblaba como la hoja en el árbol.

Tambien temblaba el público...; y no fué uno solo de los presentes quien murmuró en voz baja:

--¡Esto es horrible! ¡Se masca la sangre!

Otros decian al mismo tiempo:

--¿Habeis reparado? ¡Manuel trae dentro de la faja un par de pistolas!

Y, en efecto, todos advertían que su rico ceñidor de seda marcaba en la parte anterior de la cintura dos largos bultos que daban lugar á semejante suposicion.

En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.--Si _Vitriolo_ hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.

Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto, llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores:

--¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!

Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.

El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y misericordia.--La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.

Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y, por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió al blando impulso con que lo animaban muchas personas, y adelantóse hácia la forastera.

Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto, para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas, pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los circunstantes.

Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la ansiada víctima.

Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.