El Niño de la Bola: Novela · Unidad 3 de 27
LIBRO PRIMERO. — parte 2
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--¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va á oir?
En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva, á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin articular palabra.
--¡Buenas tardes!...--¡Á la paz de Dios!...--¡Vayan ustedes con Dios!...--contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.
--¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!--respondió el arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun miedo.
Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...
Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se incorporó á la caravana, lleno de espanto.
--Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á ese?
--Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas se ha puesto medio mala...--¿Quién es?
--¡Es el _Niño de la Bola_!
--¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?
--Lo que usted oye...
--Sí... sí... tiene usted razon...--Pero ¡qué cambiado está!
--Y ¿quién es el _Niño de la Bola_? (preguntó el subteniente:) ¿Algun bandido?
--No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona, aunque se haya criado en la Iglesia!...
--Explíquese, buen amigo...
--Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la que...--En fin ¡el señor me entiende!...--Á mí no me gusta meterme en asuntos ajenos...
--_El Niño de la Bola_ (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre más valiente y más atroz que Dios ha criado...--¡Una fiera, señor! ¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!
--Pero _¡voto va deu!_ (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto por el mundo?
--Le diré á usted...--Todos creíamos que habia muerto...--Hace ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale ahora...--¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto llegue!...--¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!
--Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que usted se denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?
--No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha querido...--¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...
--Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien... (repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?
--No niego yo que sea hombre de bien...--¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?--¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...--Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...--Y, si no, que se lo pregunten á la _Dolorosa_, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!--¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...
--D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo! (interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad, y nos está oyendo, más muerta que viva!...--Venga usted á ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos del _Ventorrillo_, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.--¡Oh, ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de este monstruo!...--¡Siento no estar allí para presenciarlas!--Porque figúrese usted que el _Niño de la Bola_..., ó sea Manuel Venegas, que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se enamoró perdidamente...
--Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre está que da lástima verla...
--Dice usted bien...--Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo á usted todo, mi subteniente!...--Entretanto, Sr. D. Bernardino, véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para destriparme el cuento...--¡Espérese usted, Antoñita!--¡Arre, Piñon!
No creemos que el lector tenga empeño alguno en oir de labios de doña Paz la historia de los primeros veinte años del _Niño de la Bola_, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el perpétuo drama de su vida...
Conque digamos _adios_ al subteniente, al sacristan, á las viudas, á los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del Juicio en el famoso Valle de Josaphat.