El papa del mar · Capítulo real 3 de 4

PARTE SEGUNDA

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 9 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS

I

De cómo el llamado «Papa de la Luna» se defendió cuatro años y medio en su palacio de Aviñón, acabando por vencer á sus sitiadores.

Atravesaron la plaza longitudinalmente, dejando atrás el palacio, y ascendieron por una nueva cuesta orlada de plantas floridas y altos árboles. El antiguo peñasco de Doms, de cuya aridez se burlaba Petrarca, era ahora un jardín.

Sin interrumpir su marcha, continuó Borja describiendo al héroe de su libro. Era sobrio y virtuoso en medio de la general corrupción del clero. Llegaba á la silla de los Pontífices con gran fama de polemista, muy versado en el Derecho canónico. Su vida irreprochable le hacía destacarse con singular relieve sobre los hombres de su época.

--Hasta sus adversarios reconocían los defectos de este varón tenaz como simples excesos de magníficas cualidades. Su habilidad política degeneró en retorcida astucia; su energía se mostraba inflexible, hasta convertirse en terco empeño. La independencia de su carácter, su celosa dignidad personal, se transformaron muchas veces en un orgullo insoportable para los que le rodeaban.

Nacido en Illueca, cerca de Calatayud, pertenecía á una de las más nobles familias de Aragón. Borja había visitado el castillo de Illueca, solar de los Luna, situado casi en la frontera de Aragón y Castilla. Como una lejana influencia mediterránea, este caserón de gruesos muros almenados, con saeteras y bocas para las bombardas, se mostraba embellecido por ancha faja de azulejos árabes, procedentes sin duda de Valencia. Su barniz luminoso en las horas de sol equivalía á una sonrisa sobre la faz ruda del castillo.

Pedro de Luna empezaba por ser soldado en su juventud. Como el emplazamiento de la fortaleza paternal le hacía interesarse en los asuntos de Castilla, había combatido contra don Pedro el Cruel, siendo compañero y guía de don Enrique de Trastamara cuando éste, después de su derrota en Nájera, atravesó disfrazado todo Aragón, hacia la frontera de Francia.

Después de tal fracaso, el joven Luna se dedicaba por completo al estudio, descollando en el Derecho canónico, ciencia que enseñó en la Universidad de Montpellier. Su nacimiento, su fama de canonista y la pureza de sus costumbres le hicieron avanzar en rango dentro de la Iglesia. Fué arcediano de Valencia, canónigo de otras catedrales en Cataluña y Aragón, y finalmente arzobispo de Palermo. Gregorio XI, el último Papa de Aviñón antes del cisma, lo elevó al cardenalato, y cuentan que, al darle el capelo, conociendo su recio carácter y su tenacidad, que podían degenerar en temibles defectos, le dijo bondadosamente: «Cuidad, don Pedro, que vuestra luna no se eclipse nunca.»

En el momento de su elección pontifical se negó repetidas veces á aceptar la tiara, dándose cuenta de que la hora era propicia á los hombres flojos y acomodaticios para transigir con el otro Papa residente en Roma, al que llamaban en Aviñón «el intruso», llegando á un acuerdo, fuese como fuese, para la unidad de la Iglesia. Pero los veinte cardenales vieron en este compañero de voluntad férrea el único que podía conseguir dicha unión venciendo á los adversarios.

--Existía un rudo contraste--continuó Borja--entre su alma y su aspecto físico. Era pequeño, de apariencia débil, enfermiza, y sin embargo, pocos hombres han poseído su vigor. Murió á los noventa y cuatro años, fué incansable para el trabajo y se mostró invencible en la discusión hasta una extrema vejez, pudiendo recordar las más intrincadas y lejanas cuestiones sin el auxilio de notas. En plena ancianidad, cuando se veía abandonado de los suyos, habló públicamente siete horas seguidas, haciendo la historia completa del cisma, sin que tal esfuerzo alterase su voz. Todos los retratos de su época lo presentan con ojos de escrutadora fijeza, sondeadores de la persona que tienen enfrente, la nariz muy aguileña y algo desviada. Este hombre que durante treinta años preocupó á Europa se nutría como un niño enfermo, mostrando únicamente preferencia por los platos ligeros y poco consistentes.

Antes de ser elegido Papa, juró, como los demás cardenales de Aviñón, hacer toda clase de sacrificios para terminar el cisma. Lo mismo juraban los cardenales de Roma al proceder á una elección papal. De una parte y de otra todo eran promesas generosas y nobles compromisos para dar fin á la guerra entre los dos Pontífices; mas cada bando, al pedir la unidad á gritos, exigía que el opuesto diese el buen ejemplo empezando por renunciar al Papado.

Como Luna se había mantenido en los primeros tiempos del cisma lejos de las disputas eclesiásticas, limitándose á viajar por España para que sus reinos se decidiesen á favor del Papa aviñonés, todos acogieron su ascensión al Pontificado como señal indudable de que iban á terminar las divisiones de la Iglesia.

En París, Barcelona, Toledo y otras ciudades fué celebrado el advenimiento de Benedicto XIII con solemnes procesiones á las que asistieron los reyes. La Universidad de París, que ejercía entonces tanta influencia como los soberanos, mostró igual confianza en el antiguo profesor de Montpellier. Nadie ponía en duda su abnegación. Era un Papa limpio de simonía y de nepotismo. En vez de acaparar dinero valiéndose de malas artes, daba con generosa largueza el que había heredado de su familia. Sus sobrinos fueron de un modo indudable hijos de sus hermanos, diferenciándose en esto de los sobrinos de otros Papas y cardenales. Rodrigo de Luna, el hombre de espada del nuevo Pontífice, que le acompañó en todas sus aventuras belicosas, era verdaderamente hijo de una hermana suya.

Los teólogos de la Sorbona de París empezaron á expresarse con cierta impaciencia al ver que transcurrían los meses y Benedicto XIII no renunciaba á su tiara.

Mostró Francia en esta cuestión del doble Papado una patriotería semejante á la de Italia al iniciarse el cisma. Mientras los Papas de Aviñón fueron franceses, la corte de Francia y la Universidad de París acogieron con paciencia todas las lentitudes y dilaciones en la resolución del conflicto. Clemente VII, el antecesor de don Pedro, pudo reinar diez y seis años frente á su adversario de Roma, sin que le diesen prisa para la terminación del cisma. Pero Luna era español, y al poco tiempo empezó á sentirse empujado rudamente por los teólogos de París, con cierto desacato para su autoridad. El mismo se quejó repetidas veces en conversaciones y en escritos del rigor con que le trataban, «tal vez por no ser francés».

Hubo entusiasmo en Francia durante los primeros meses de su Pontificado, porque sólo se tenían en cuenta las condiciones especiales de su persona. Luego fueron muchos los que empezaron á acordarse de que el nuevo Papa era el primer español que ocupaba la Santa Sede; y esto, unido á sus extraordinarias energías, le hizo ser mirado con inquietud y hostilidad. Tal vez iba á realizarse una afirmación paradójica de Petrarca al combatir al Papado de Aviñón. «La sede pontificia, que estuvo siempre á orillas del Tíber--decía el poeta--, se halla ahora junto al Ródano, y nuestros nietos tendrán que buscarla en las riberas del Tajo.»

Benedicto XIII empezó á dar algunos cardenalatos vacantes á prelados españoles de toda su confianza. Además, como si presintiese el porvenir, hizo que su sobrino Rodrigo reclutase en España ballesteros y hombres de armas para formar una pequeña guardia de soldados leales, no mercenarios, y que el Pontificado viviese independiente de la protección de los reyes.

Un concilio nacional se reunió en la Santa Capilla de París para tratar el asunto del cisma. Benedicto XIII tenía grandes amigos y no menos enemigos en el seno de la Universidad. Dos hombres de ciencia influían en la marcha de este cuerpo poderoso: Pedro de Ailly, que llegó á cardenal en los últimos años del cisma y sostuvo al principio con entusiasmo la causa del Papa de Aviñón, y el teólogo Gerson.

--Pedro de Ailly--dijo Borja--escribió sobre numerosas materias, pero su mayor mérito ante los tiempos modernos es haber resumido la geografía de su época en el libro _De Imago Mundi_, uno de los pocos volúmenes que Cristóbal Colón llevaba con él. Gerson, discípulo de Ailly, gozó la honra de ser tenido por algún tiempo como el autor probable de la anónima _Imitación de Cristo_. Este teólogo poderoso, unas veces se mostraba á favor de Benedicto, otras en contra, según las fluctuaciones de su fortuna, hasta que organizó el famoso concilio de Constanza, contribuyendo más que nadie á la derrota final del Pontífice.

La asamblea reunida en la Santa Capilla de París examinó las «vías», ó sea los procedimientos, para terminar con la existencia de dos Papas á la vez. Muchos defendieron la llamada «vía de convención», confiando en que ambos Pontífices, por medio de una entrevista, podrían llegar á la unidad de la Iglesia. La mayoría votó por la «vía de cesión», creyendo preferible que los dos adversarios empezasen por renunciar á sus tiaras y luego un gran concilio elegiría el Papa definitivo.

Francia envió embajadas á Aviñón y Roma para que los dos Papas renunciasen; mas como era de esperar, no aceptaron la «vía de cesión». Cada uno temía ser engañado si abdicaba el primero, creyendo que el otro, al verse solo, se mantendría con nueva fuerza en su puesto, insistiendo en su legitimidad.

Benedicto XIII recibió dos embajadas, la primera llamada «de los tres duques», por figurar á su cabeza los duques de Berri, de Borgoña y de Orleáns. Después la «embajada de los tres reyes», por estar representados en ella los monarcas de Francia, de Inglaterra y de Castilla.

Enrique III de Castilla, después de aceptar su intervención en dicha embajada, se mostró malhumorado, adivinando que en realidad todos estos trabajos iban dirigidos contra Benedicto XIII por ser español. En los reinos de Navarra y Aragón la misma sospecha había irritado el amor propio nacional, poniendo á sus reyes en guardia contra las gestiones iniciadas en París.

Ninguna de las dos embajadas obtuvo éxito en Roma ni en Aviñón. El Papa de Roma se mostraba tan intransigente como Benedicto XIII, y sin embargo sobre éste ejercieron una presión más ruda la corte de Francia y la Universidad de París, indudablemente por considerarlo bajo su dependencia.

--¿Por qué he de ser yo el primero en renunciar--preguntaba Luna--, cuando represento la legitimidad, más que el intruso que vive en Italia?...

El «intruso» era para muchos cortesanos y teólogos de París este Papa español que había surgido inesperadamente al final de una serie de Pontífices de Aviñón, todos franceses. Pero también contaba al mismo tiempo con amigos decididos en la corte de Francia, siendo el más importante de ellos el duque de Orleáns, hermano del rey. Desde que fué á Aviñón formando parte de la «embajada de los tres duques», se mostraba muy devoto de Benedicto, y continuó siendo su más firme sostenedor hasta el momento en que lo asesinaron.

En medio de estas peleas sordas, que ya duraban cuatro años, ó sea desde su elevación al Pontificado--entonces las negociaciones marchaban con mucha lentitud--, tuvo Luna unas semanas de alegría y confianza, y el pueblo de Aviñón gozó de un espectáculo ostentoso, como en los mejores tiempos de Clemente VI.

Don Martín, rey de Sicilia, acababa de heredar la corona de Aragón, y mientras su flota descansaba en Marsella, hizo un viaje á la ciudad papal, llevando como séquito todos los guerreros de sus galeras y los señores de su corte. Otra vez desfilaron por las calles de Aviñón huestes cubiertas de hierro sobre caballos acorazados como hipogrifos. El vecindario admiró á Benedicto como un pariente de monarca tan poderoso, viendo en su ejército un sostén de la autoridad papal.

--Este don Martín, llamado «el Humano» por sus gustos y costumbres--continuó Borja--, es una de las figuras más originales de aquella época. Sus pueblos le apodaban «el Capellán» á causa de su afición á las letras divinas y de su gusto por las ceremonias religiosas. Yo he visto el palacio que se hizo construir dentro del monasterio de Poblet, en Cataluña, para vivir en la amable sociedad de frailes doctos durante sus temporadas de descanso. Le gustaba cantar ante el facistol. Carlomagno hacía lo mismo, y entre los emperadores de Bizancio hubo algunos que se levantaban antes del alba, temblando de frío, para actuar como chantres en la capilla de su palacio. En aquellos tiempos no había ópera, y los grandes señores amantes de la música se refugiaban en el canto litúrgico, hablando de dicho arte con monjes y canónigos.

No obstante ser don Martín extremadamente gordo, á causa de sus costumbres sedentarias y su afición á la buena mesa, ofreció majestuoso aspecto al hacer su entrada sobre un corcel de guerra. El Papa le dió la Rosa de Oro, y siguiendo las tradiciones de la ciudad, la paseó á caballo por las calles entre aclamaciones de la muchedumbre. Transcurridas unas semanas, se fué á su tierra para ceñirse la corona aragonesa, y otra vez reaparecieron inquietudes é imposiciones, después de tan brillante visita.

Benedicto XIII hizo frente á las amenazas veladas y las órdenes algo despectivas que le dirigían desde París para que fuese el primero en renunciar.

--¡Antes la muerte!--contestaba el aragonés.

La asamblea del clero reunida en París decidió sustraerse á la obediencia de Benedicto XIII, y el 1 de Septiembre de 1398 un comisario real y un pregonero avanzaron por el puente de San Benezet, viniendo del territorio francés, ó sea de Villeneuve, para detenerse junto á la capilla del citado santo, que aún existe en uno de los arcos intactos. Allí era el límite de la ciudad aviñonesa, y el pregonero gritó la ordenanza de sustracción con la cara vuelta hacia el palacio de los Papas, para notificar á Benedicto XIII que Francia le abandonaba.

Al darle sus familiares tal noticia, la acogió con serena firmeza.

--San Pedro--dijo--nunca tuvo en su patrimonio á Francia, y esto no le impidió ser el más grande de los Papas.

Sus enemigos de París contaban con una defección, que iba á dejarle casi solo. El Sacro Colegio aviñonés se componía de diez y siete cardenales franceses, cuatro españoles y uno italiano. Los diez y siete pasaron el Ródano al día siguiente, abandonando al Papa, y fueron á instalarse en Villeneuve, llevándose hasta la bula que servía á los secretarios de Benedicto para sellar los documentos pontificios.

Tampoco esto amedrentó á Luna. «Resistiré hasta la muerte», siguió diciendo. Y su confesor y consejero, el Maestro Vicente Ferrer, predicador de genial elocuencia, muy amado por el pueblo aviñonés, pronunció un sermón en idéntico sentido.

--Guardad vuestros baluartes--decía el Papa á los vecinos de Aviñón--, que yo respondo de lo demás.

Pocos días después, uno de los caudillos inquietos y aventureros que tanto abundaban en aquella época, llamado Maingre, ó por otro nombre Boucicaut, pariente del famoso mariscal del mismo apellido, invadió al frente de sus bandas el territorio del Papa.

No osaba el rey de Francia atacar con sus tropas francamente á Benedicto temiendo indisponerse con los monarcas de Castilla, Aragón y Navarra. Éstos podían indignarse al ver á un compatriota suyo perseguido. Mas por mediación de los cardenales franceses en rebeldía, se valió de Maingre, caudillo ansioso de botín y nuevas tierras.

Era «Rector» ó jefe militar del Estado papal el abad de Issoire, hombre de iglesia que antes lo había sido de armas. Al frente de un pequeño destacamento de jinetes recorría los alrededores de Aviñón, cuando tropezó con las fuerzas invasoras de Boucicaut. Mataron éstas al abad de una lanzada, apresaron á los hombres de su escolta, y después de tal choque empezó la guerra.

Una gran parte del vecindario aviñonés, influenciada por los cardenales, empezó á conspirar contra el Papa. Su defección imposibilitó la resistencia en todo el recinto amurallado de la ciudad. Los defensores de la torre que cerraba el puente de San Benezet tuvieron que retirarse después de varias semanas de continuos asaltos, volando antes dicha fortaleza. A sus espaldas, los aviñoneses enemigos del Papa habían entregado á los sitiadores una parte de las murallas.

Boucicaut entró en la ciudad, titulándose desde entonces «capitán de Aviñón». No le quedaba á Luna otro refugio que su palacio, y en él se encerró con los cinco cardenales que le seguían fieles: uno italiano y cuatro españoles.

--Un nuevo instrumento de guerra acababa de aparecer: la bombarda, ó sea la primera pieza de artillería. Europa la conoció por mediación de España, lo mismo que el papel, sin el cual la imprenta habría resultado un descubrimiento insignificante. La pólvora y el papel, inventos chinos, los conocieron los árabes en el siglo IX, cuando derrotaron en Samarcanda á un gran ejército del emperador de la China que pretendía desalojarlos de su conquista, haciéndole gran número de prisioneros. Los árabes de España establecieron las primeras fábricas de papel en Europa y emplearon el cañón en los asedios de las ciudades uno ó dos siglos antes de que se les ocurriera á los cristianos, jinetes vestidos de hierro, adoptar dicha arma. Un plazo casi igual transcurrió entre la aparición de la bombarda y el uso de las armas de fuego portátiles. En los siglos XIV y XV sólo se empleaba el cañón, pesado y de manejo difícil, en los sitios de las fortalezas, mientras los hombres conocían únicamente como arma portátil de tiro la ballesta y el arco... Fué aquí donde hizo una de sus primeras apariciones el cañón, para combatir al tenaz don Pedro de Luna.

Se detuvieron en una meseta del jardín, viendo á sus pies la catedral y el palacio. Borja señaló los diversos edificios que circundaban la plaza. También describió la torre de la catedral tal como era en aquellos tiempos, sin la imagen dorada que ahora le servía de remate, con almenas y defensas salientes. Todas las iglesias de construcción sólida acababan en aquel siglo por convertirse en fortalezas.

Sobre las alturas circundantes se situaban los enemigos del Papa, creyendo apoderarse de él con un sitio de breves días. La ciudad entera se mostraba ahora contra Benedicto. Aún le quedaban muchos partidarios; pero éstos, intimidados, permanecían en silencio. Las tropas de Boucicaut gritaban en las calles que el rey de Francia había depuesto al español por «hereje», y además le llamaban «patarin», que era el apodo de los antiguos albigenses. Todos pretendían ridiculizar el ilustre apellido del Papa llamándole «Pedro de la Luna y del Sol».

Los aviñoneses enemigos del Pontífice convencían á sus compatriotas tibios ó neutrales, afirmando que el rey de Francia iba á cerrar el puente, sitiando por hambre á Aviñón si no tomaban todos partido contra el español.

Gritaba el populacho: «¡Mueran los catalanes!», por creer de Cataluña á todos los servidores, soldados y amigos del Pontífice. Algunos de los cardenales rebeldes, dando al olvido juramentos y beneficios, corrían las calles de Aviñón á caballo y con espada al cinto, seguidos de hombres de armas que vociferaban: «¡Viva el Sacro Colegio!»

--Y Pedro de Luna--continuó Borja--empezó una resistencia que iba á durar cuatro años y medio. Había previsto la posibilidad de tener que defenderse en su palacio, reuniendo discretamente todo lo necesario para dicha resistencia, víveres, máquinas de guerra, municiones, artilleros, y sobre todo hábiles ballesteros que pidió en pequeños grupos á los diversos colectores de rentas eclesiásticas en Cataluña y Aragón. Eran unos trescientos hombres los que se encerraron en este palacio dispuestos á morir. He leído una lista de ellos, escrita por un contemporáneo, en la que se mencionan sus calidades de prelados, clérigos ó simples combatientes. La mayoría fueron aragoneses, catalanes, valencianos, castellanos y navarros. Figuran también en la lista siete franceses, seis ingleses y cinco alemanes. Un catalán, Arnaldo Vich, aparece mencionado con este título: «Presbítero bombardero».

Las ventanas quedaron cegadas con muros, abriendo en ellos angostas aspilleras, que vomitaban proyectiles sobre los sitiadores. Los cinco cardenales, con los abades y obispos encerrados en el palacio, vigilaban á la guarnición, arengándola. El mismo Pontífice, que al empezar el sitio tenía setenta años, acordándose sin duda de las guerras de su juventud, se presentaba en los lugares de mayor peligro, animando á sus defensores con promesas de indulgencias y otros premios más terrenales.

Respondían los soldados del palacio con bombardas, ballestas y hondas al ataque de los sitiadores. Éstos habían ocupado los edificios inmediatos, muchos de ellos viviendas cardenalicias con altas torres, desde las cuales podían hacer un fuego nutrido de cañón. Había guardado el Papa enorme cantidad de leña en su palacio; mas los sitiadores, valiéndose del llamado «fuego griego», incendiaron tal depósito, dejando á la guarnición en la imposibilidad de cocer sus alimentos.

Hubo que derribar pisos para aprovechar sus vigas como leña. Además, los víveres escaseaban; los sitiados sólo tenían trigo en abundancia; faltaban el vino y las medicinas. La única bebida era agua de las cisternas mezclada con vinagre. Empezaron las enfermedades á diezmar la guarnición; pero el alma heroica del viejo irreductible animaba su resistencia.

Parecía no dormir nunca. Durante la noche, los mercenarios soeces de Boucicaut, como permanecían á corta distancia del palacio, gritaban entre blasfemias: «Llevaremos á vuestro Pedro de la Luna preso á París, con una cadena en el pescuezo.» El enérgico aragonés, sin temor á los flechazos, se asomaba entre dos almenas, llevando en una mano un cirio encendido, en la otra una campanilla de plata, y solemnemente maldecía á Boucicaut y sus mercenarios, lanzando sobre todos ellos la excomunión.

Este desprecio á la muerte casi le fué fatal. Estando junto á una ventana examinando los trabajos del enemigo, una bala de piedra de las que arrojaban las bombardas vino á chocar en el quicio, y sus cascos hirieron al Papa en un hombro. Era la fiesta de San Miguel, y por respeto al arcángel, Benedicto prohibió á su artillería que contestase.

Dos meses duró esta primera parte del sitio, y durante ellos no cesaron los ataques. Los tiros más peligrosos venían de las techumbres y el campanario de la inmediata catedral de Nuestra Señora de Doms. Los ballesteros enemigos dominaban á corta distancia una parte de los tejados y patios del palacio, hiriendo á los de la guarnición que se mostraban en dichos lugares. No obstante tales ventajas, convencidos los sitiadores de que nunca podrían tomar á viva fuerza este edificio, apelaron á trabajos de zapa.

Excavaron minas á partir de las iglesias y palacios próximos, y los sitiados fueron á su encuentro valiéndose de contraminas, para continuar los combates subterráneamente. Luego intentaron sorprender la fortaleza entrando por sus albañales. Un pariente de Boucicaut, con más de setenta hombres de armas, guiado por un burgués de Aviñón, se introdujo en la alcantarilla que iba de las cocinas del palacio á los fosos de la ciudad. Llevaban hachas, tenazas, martillos para romper los obstáculos, cuerdas para atar á los vencidos, sacos para el dinero y las joyas pontificias, así como pendones con la flor de lis, que esperaban clavar en las almenas, avisando de tal modo á los sitiadores que el castillo era ya del rey de Francia.

Surgieron los asaltantes del subterráneo, esparciéndose por las cocinas. La expedición empezaba con éxito; pero un criado los descubrió, dando el grito de alarma, é inmediatamente empezaron á sonar trompetas, corriendo de todas partes los defensores, dormidos hasta poco antes, por haber pasado la noche en vela. Benedicto XIII no perdió su serenidad.

--Combatid con valor--dijo al que le traía la noticia--. Los tenéis en vuestro poder y no se escaparán.

La lucha fué breve. Sólo contados asaltantes consiguieron huir por la alcantarilla, y el resto, unos cincuenta y seis, quedaron prisioneros en las torres del palacio.

Se cansaron los vecinos de Aviñón de las brutalidades y las jactancias sin resultado de Boucicaut. Había prometido á las damas de la ciudad hacerlas bailar antes de una semana en los salones del Papa, é iban ya transcurridos varios meses sin conseguir ventaja alguna. Al fin prescindieron de él, retirándole su título de «capitán de Aviñón», y continuaron bajo el mando de los cardenales más enemigos del Pontífice el asedio de la fortaleza, pero convencidos ahora de que el llamado «Papa de la Luna» disponía de una fuerza moral y unos recursos materiales muy superiores á los que ellos habían imaginado.

En todos los países de la obediencia de Benedicto XIII se produjo un movimiento de reprobación al ver al Papa agredido en su propia casa. En el mismo condado Venaissino empezaron á sublevarse á favor de su libertad. El señor de Sault, al frente de quinientos jinetes, corría el país, llegando hasta las cercanías de las puertas de Aviñón para gritar: «¡Viva el papa Benedicto!» Dentro de la ciudad se realizaba un cambio de opiniones, siendo cada vez más numerosos los vecinos partidarios de Luna.

Un abogado llamado Cario preparó un movimiento popular á favor del Papa sitiado. Su conspiración fué descubierta, y los cardenales franceses lo condenaron á ser decapitado y descuartizado, colocando sus brazos y sus piernas en distintas puertas de Aviñón y en una de las plazas su cabeza y sus entrañas metidas en un cesto, para intimidar con la vista de tan horribles despojos á los parciales de Benedicto.

Aunque los ataques contra el palacio habían cesado, continuaba su estrecho bloqueo. Los defensores sólo comían pan, y el vino era reemplazado por vinagre con agua. Cuando los ballesteros podían matar en las techumbres algunos pajarillos, dicha caza representaba un gran regalo para la mesa del Pontífice.

Había producido en España gran indignación este ataque. El rey don Martín protestó con tono amenazador, pero nadie quiso aceptar la responsabilidad del atentado. El rey de Francia afirmaba que todo era obra del revoltoso Boucicaut y de los cardenales, sin intervención alguna de la corte de París.

Los cabildos de Valencia y Barcelona se agitaron belicosamente para auxiliar á un Papa que años antes había ejercido cargos en sus catedrales. Don Martín juzgó preferible dejar á la iniciativa eclesiástica la expedición naval para socorrer á Luna.

--En aquellos tiempos--continuó Borja--el poder de los reyes era muy lento y tenía que luchar con numerosas dificultades suscitadas por los fueros ó el régimen feudal. Por primera vez en la Historia se vió una flota de guerra de carácter eclesiástico y organizada popularmente. Las iglesias de Valencia y Cataluña contribuyeron con importantes cantidades á los gastos de la expedición. Muchos sacerdotes que no podían dar nada se ofrecieron á ir en ella como soldados. El jefe de la flota fué un canónigo pavorde de la catedral de Valencia, llamado Pedro de Luna, como el Papa.

Se reunieron en Barcelona todos los buques de esta marina pontificia. Eran veintiséis, entre galeras, galeotas y fustas, y después de navegar por el Mediterráneo, remontaron el Ródano á fuerza de remo hasta el puerto de Arlés. Los cardenales, alarmados, hicieron fortificar el puente de Aviñón, interceptando el Ródano con una cadena de hierro. Pero el río tenía las aguas tan bajas, que la flota, por ser de buques de mar, no pudo ir más allá de Lansac, en las inmediaciones de Tarascón. Allí permaneció anclada, mucho tiempo, enviando mensajeros secretos al sitiado palacio y esperando en vano una subida de las aguas que la permitiese seguir adelante. Expiró el plazo por el que habían sido fletados los buques, y éstos fueron regresando, uno tras otro, á Barcelona, sin poder hacer más. De todos modos, dicho auxilio sirvió para alentar á los defensores del Pontífice, disminuyendo el número de sus enemigos.

Continuó sin embargo el asedio meses y meses. La guarnición del castillo papal sólo tenía ahora que combatir con el hambre, dedicándose á la caza de gatos y ratas para hacer más variada su alimentación, puramente de pan. Los gorriones eran destinados á la mesa de Benedicto, el cual «gustaba más de este bocado que si fuese caza mayor».

Cuatro años y medio duró el bloqueo. La tenacidad de Luna acababa por fatigar y desconcertar á sus enemigos. Los más rebeldes de sus cardenales habían muerto durante el asedio, mientras sus partidarios aumentaban en la ciudad y en todo el condado Venaissino. La corte francesa parecía avergonzada de haber preparado ó tolerado este ataque sin éxito. En las siete naciones que vivían bajo la obediencia del Papa de Aviñón era grande el escándalo.

Don Pedro creyó llegado el momento de abandonar su encierro, burlando el cerco de sus enemigos. En el claustro de la catedral de Nuestra Señora de Doms existía una antigua puerta del palacio, murada desde muchos años antes. Como esta parte del edificio no la vigilaban los sitiadores, fué fácil arrancar de dicha puerta unos cuantos sillares en la noche del 11 de Marzo de 1403.

Cuatro hombres salieron por dicha abertura. Uno de ellos, el más pequeño de cuerpo, iba vestido de fraile cartujo, y llevaba una barba casi de dos palmos, completamente blanca. Era Benedicto XIII. Había colocado sobre su pecho una hostia consagrada y en una de las mangas del hábito traía oculta una carta autógrafa del rey de Francia reprobando la conducta de sus enemigos. Los tres acompañantes eran: su médico el mallorquín Francisco Ribalta, su camarero valenciano Juan Romaní, y Francisco de Aranda, donado de la cartuja de Porta-Cœli, en Valencia, su confidente y su fiel compañero durante la vida errante y abundantísima en cambios de fortuna que el Pontífice iba á emprender.

El último Papa de Aviñón abandonó para siempre el palacio construído por sus antecesores. Nunca volvería á pisar esta ciudad durante los veinticuatro años que aún le quedaban de vida.

En el mesón de San Antonio, cerca de una de las puertas, esperaba al Pontífice el condestable Jaime de Prades, gran señor aragonés, que con pretexto de una embajada del rey don Martín había venido á Aviñón para preparar esta fuga, y con él otros señores aragoneses y franceses sostenedores de Benedicto.

Cuando al rayar el alba se abrieron las puertas de la ciudad, el Papa y sus acompañantes salieron de ella por un portal inmediato al río. En su orilla les esperaba una barca de catorce remeros, patroneada por un monje de Montmajor, experto en la navegación del Ródano.

Fué tal el gozo de uno de los soldados que acompañaron al Papa hasta la ribera, que al alejarse la embarcación, sin esperar á que ésta se perdiese de vista, dijo á varios pescadores que habían presenciado el embarque:

--Id á avisarles á los cardenales que el Gran Capellán se ha ido, para que se les indigeste el almuerzo.

Inmediatamente se difundió por toda la ciudad la noticia de la evasión. La barca papal remontó el río Durance, atracando en su margen derecha, frente á Castelrenard, que era tierra provenzal, gobernada por Luis de Anjou, fiel amigo de Benedicto.

Al instalarse en la fortaleza de Castelrenard, los íntimos del Papa le aconsejaron que no demorase más tiempo cierto arreglo de su persona. Durante el cautiverio había dejado crecer su barba, muy luenga y blanquísima, lo que parecía aumentar la natural majestad de su persona. Mas para los enemigos y aun para muchos amigos, era esto una grave derogación de las costumbres de la Iglesia latina, pues le daba cierto aspecto de patriarca griego.

Benedicto, irónico á sus horas y de buenísimo humor por el éxito de su evasión, se entregó al barbero del monarca provenzal para que le afeitase el rostro y le cortase los cabellos, diciéndole:

--Mis enemigos habían jurado «hacerme la barba», y eres tú, amigo mío, quien va á conseguirlo.

El rey Luis pidió como regalo estos cabellos blancos, recuerdo del largo aislamiento del Pontífice y de su defensa tenaz.

Todo cambió en el curso de pocas horas. Los vecinos de Aviñón se echaron á la calle dando vivas al papa Benedicto. El pueblo nombró diputados para que fuesen á Castelrenard y le entregasen las llaves de su ciudad. La bandera del Papa quedó izada en torres y palacios. Una procesión interminable recorrió las calles, marchando al frente doscientos niños que llevaban en alto las armas de Benedicto XIII, una media luna blanca con las puntas hacia abajo sobre fondo rojo.

Don Pedro no quiso volver nunca á la ciudad ingrata. Al visitar las otras poblaciones del condado salieron á recibirle procesiones de doncellas y niños, mientras los hombres le servían de escolta triunfal.

El arrepentimiento de los cardenales fué tan humilde que debió inspirar repugnancia al tenaz aragonés. A las pocas horas de su fuga imploraron la intercesión de Luis de Anjou para que los reconciliase con su Pontífice. Éste se vengó de todos sus enemigos perdonándolos magnánimamente. Sólo impuso á los aviñoneses la obligación de reparar las brechas abiertas en su palacio por la artillería, y les hizo sufrir la vergüenza de pasar triunfante en sus viajes por los alrededores de la ciudad sin concederles el honor de entrar en ella.

Uno de los príncipes eclesiásticos, el cardenal de Dijón, al presentarse ante Benedicto, se prosternó en medio de una calle de Castelrenard, hincando sus rodillas en el fango, y empezó á acusarse á gritos de haber pecado gravemente, proclamando la falsedad de todas sus acusaciones contra el Pontífice, escritas en momentos de ofuscación.

--Nuestro Papa--siguió diciendo Borja--triunfó sobre todos sus enemigos. Su fuga del palacio había bastado para este cambio prodigioso.

Se hallaban los dos en lo más alto del jardín, junto á una fuente rústica, donde nadaban peces dorados y rojos bajo una capa de polvo flotante traída por el viento.

Algo más lejos, acodados en una barandilla de hierro, vieron á sus pies el Ródano, burbujeante de luz solar, los arcos del «puente roto», las islas arenosas ó verdes, la orilla opuesta con sus viñas y arboledas, las torres blancas de piedra sobre el caserío medieval de Villeneuve.

Rosaura contempló en silencio el paisaje. Luego dijo sonriendo á su acompañante:

--Ya se fué don Pedro de Luna para siempre de Aviñón. ¿No le parece, Claudio, que ha llegado la hora de que también nos vayamos nosotros?...

II

Las navegaciones de la flota papal

Estaban los dos ante una fortaleza de sillares grises obscurecidos por el tiempo. Eran muros robustos y ásperos uniendo torres que tenían en su parte superior grandes ventanas ojivales, completamente abiertas. Una fila de almenas que no habían sido construídas como adorno arquitectónico--verdaderas almenas de guerra--seguía las líneas altas y bajas de torreones y murallas. Esta fortaleza era un templo. Las ojivas de las dos torres principales las ocupaban varias campanas inmóviles.

Rosaura y Claudio acababan de visitar la iglesia de la antigua abadía de San Víctor: tres naves góticas con sepulcros. También habían descendido á sus criptas, que databan de los primeros siglos del cristianismo, cuando San Víctor murió mártir de los habitantes paganos de Marsella.

A sus espaldas, el Puerto Viejo, repleto de embarcaciones, algunas de formas arcaicas. En su boca funcionaba un gigantesco trasbordador, deslizándose de una orilla á otra, sobre las aguas que en pasados siglos estaban obstruídas por una cadena. Más allá del Puerto Viejo se extendía, siguiendo la costa, en un espacio de kilómetros y kilómetros, la sucesión de puertos nuevos, donde venían á anclar grandes trasatlánticos y buques de carga de todos los mares del planeta.

Borja describió á su acompañante el aspecto que ofrecía en otros siglos este mismo suelo pisado por ellos. Todos los depósitos de pescado seco, tonelerías y almacenes oliendo á sal que circundaban la iglesia de San Víctor habían sido hasta el siglo XVIII dependencias de la abadía del mismo nombre.

--Cuando llegó la Revolución, los monjes de San Víctor se habían convertido en canónigos, pertenecientes todos ellos á la nobleza de Provenza, y su cargo les daba el título de conde. La abadía de San Víctor fué enormemente rica en la época de los Papas de Aviñón. El pueblo de Vaucluse y los castillos que usted vió en sus alrededores eran de esta comunidad. Aquí vino á instalarse don Pedro de Luna después de abandonar su palacio.

Como la abadía ocupaba una altura junto á la boca del puerto y eran frecuentes los ataques de piratas, sus monjes la convirtieron en fortaleza. Al abrigo de sus fosos y muros la rica comunidad había levantado grandes edificios, cultivando además extensos huertos frutales.

Benedicto XIII, instalado en los salones del abad, iba recibiendo á los grupos de arrepentidos que llegaban de distintos países de su obediencia, así como á sus leales partidarios. Uno de los primeros en presentarse fué el duque de Orleáns, hermano del rey de Francia, amigo siempre fiel que había favorecido su fuga del palacio sitiado.

Todos los cardenales sediciosos venían á San Víctor á implorar su perdón. La Universidad de París, dentro de la cual contaba más enemigos que adictos, no podía resistirse á la corriente general en favor del papa Luna, y enviaba también á Marsella una diputación de maestros de la Sorbona, llevando al frente como orador al célebre Gerson.

Las felicitaciones de la Universidad eran humildes. El austero Gerson comparó en su discurso al Pontífice español con David y con Judas Macabeo, asegurándole que era objeto de ternura para todos cuantos tenían la dicha de conocerle. Benedicto evadiéndose del palacio de Aviñón era otro Jonás escapando del vientre de la ballena. Pedro de Luna, en vez de escuchar al demonio que le aconsejaba venganza, «vertía sobre la Universidad el rocío de sus gracias, á la manera del astro cuyo nombre ostentaba, la luna, que produce el rocío, según afirman los filósofos antiguos».

El Papa triunfador, después de tal discurso, dió á Gerson las rentas de un rico curato en París, repartiendo otras mercedes entre sus doctos acompañantes.

Un plan audaz preocupaba á Benedicto. Para dar término á la división de la Iglesia, había decidido ir en busca de su adversario, aunque tuviese que llegar para ello hasta la misma Roma. La «vía de cesión» propuesta por muchos no quería admitirla. Uno de los dos Papas debía ser forzosamente legítimo; y como él estaba seguro de poseer dicha legitimidad, se creía triunfante por adelantado si lograba organizar un acto público en el que se viesen frente á frente el Papa de Roma y él.

--Hay que carearse con el intruso--decía á sus allegados.

Como para conseguir tal entrevista era preciso un viaje, que en aquella época resultaba largo y no exento de peligros, el Papa, desde sus salones de San Víctor, empezó á dar órdenes á toda la cristiandad de su obediencia, lo mismo que si fuese un almirante.

Amaba el mar, viendo en él un camino francamente libre, sin los obstáculos que podían oponerle la parcialidad y el egoísmo de los hombres. Su carácter recio sentíase atraído por la majestuosa fuerza de los elementos. Necesitaba reunir una flota, y escribió al rey de Aragón especialmente, para que le enviase galeras de Cataluña y de Valencia. Él poseía dos buques que llevaban la cruz en el remate de sus mástiles y una media luna blanca invertida sobre fondo rojo pintada en sus banderas. Caballeros de San Juan de Jerusalén habituados á la vida del mar le aconsejaban en los preparativos de su expedición.

--También algunos corsarios españoles del Mediterráneo--dijo Borja--, por simpatía de nacionalidad y por convenirles un protector tan poderoso, habían venido á Marsella, entrando al servicio del Pontífice. Las costumbres de aquellos tiempos eran otras que las nuestras. Ser corsario no resultaba extraordinariamente deshonroso. Los guerreros más heroicos de tierra adentro eran también ladrones siempre que se les presentaba ocasión. Honrados navegantes, si montaban un buque armado y encontraban otro más pequeño con valioso cargamento, rara vez se resistían á la tentación de hacerlo suyo.

Don Pero Niño, almirante del rey de Castilla, navegaba por el Mediterráneo con una escuadra de galeras, en persecución de algunos corsarios de Cádiz, Juan de Castrillo, Pero Lobete, Nicolás Giménez, que causaban grandes daños en las costas de España. Al saber que uno de ellos bordeaba cerca de Marsella, marchó en su busca, persiguiéndolo hasta el interior del puerto, pero tuvo que desistir de batirlo por haberse agregado á la flota que preparaba el Padre Santo.

Benedicto XIII, admirador de los héroes del mar, sentó á su mesa á don Pero Niño, que años después, haciendo la guerra á los ingleses en el Atlántico, desembarcaba en Inglaterra, quemando la ciudad de Plymouth.

Un ruido de campanas llegó de la ribera opuesta del Puerto Viejo. Otras campanas contestaron desde la orilla oriental, y la actividad en los buques y los muelles empezó á decrecer, apagándose sus rumores.

--Son las doce, Borja, y nos espera la _boullabaise_. Estos paseos instructivos me dan un apetito extraordinario. Además, siento impaciencia por volver á nuestro restorán de anoche. ¡Qué interesante!

La rica criolla celebraba con un entusiasmo pueril todos los lugares que le iba haciendo conocer el español. Fatigada de la vida de París, de los restoranes ceremoniosos y escandalosamente caros, de la suntuosidad convencional y monótona, en último término, que constituye la existencia diaria de unos cuantos miles de privilegiados, conocía ahora el regocijo de la novedad. Era un placer semejante al de ciertos personajes que bajo la protección de la policía visitan de noche las tabernas y otros antros donde se reúnen las últimas clases del populacho. Su estómago ahito de platos refinados parecía reanimarse ante los guisos que Borja le iba ofreciendo. Éstos le recordaban algunas veces otros de su adolescencia confeccionados por cocineras emigrantes recién llegadas á Buenos Aires.

Se dirigieron hacia el final del Puerto Viejo por callejuelas pendientes y muelles que olían á pescado fresco. En varias ocasiones tuvo ella que agarrarse á un brazo de Claudio para saltar sobre arroyuelos de agua sucia que arrastraban valvas de ostras, agallas de peces, pequeños erizos. Este olor salino de pescadería recién barrida excitaba su apetito, evocando al mismo tiempo el recuerdo de otras comidas que habían hecho juntos.

--¿Ha olvidado, Claudio, nuestro almuerzo de Vaucluse?... Estuvo usted algo incorrecto; pero se lo he perdonado al pensar en los cangrejos á la americana y el «Châteauneuf-du-Pape». Además, ¡aquella agua tan cantora! ¡aquella frescura rumorosa!... Reconocerá que soy una mujer romántica: poesía de la Naturaleza... y cangrejos con salsa picante. Pero la vida es esto: una mezcla de cosas contradictorias... ¿Y nuestros almuerzos en aquel pequeño restorán cerca del palacio, para huir de la cocina monótona y avarienta de nuestro hotel?

Recordaba ahora todos los detalles de su existencia en la ciudad papal durante cuatro días. Después habían venido á Marsella, con la repentina decisión que pueden permitirse los que poseen un gran automóvil esperando á todas horas sus órdenes.

Como Borja tenía el proyecto de venir á esta ciudad, ella le trajo en su vehículo. A su doncella la había enviado por ferrocarril á su casa de la Costa Azul, para que la remitiese á Marsella cuantos telegramas y cartas encontrase allá.

Siguió alabando Rosaura el aspecto y los méritos de estos restoranes del Puerto Viejo que le hacía conocer su acompañante. Algunos eran parecidos á los del golfo de Nápoles, por el continuo desfile de cantores, juglares y ebrios de graciosa charla situados ante las mesas de sus terrazas. Además, la rica señora encontraba muy interesantes á los camareros sirviendo las mesas en mangas de camisa, á determinados parroquianos con rudo aspecto de hombres de mar que comían algunas veces conservando calado su sombrero, y á ciertas damas de amplio chambergo exageradamente adornado de plumas, muy perfumadas y pintadas, que á través de sus voluptuosos olores dejaban pasar como aguda punta de estilete un agresivo hedor de ajo.

Nunca se hubiera atrevido á sentarse sola en tales lugares. Al lado de Borja mostraba una curiosidad insaciable de verlo todo, de comerlo todo. La noche anterior había devorado un sinnúmero de moluscos del Mediterráneo cuya existencia ignoraba y una _boullabaise_ distinta á la conocida en los restoranes elegantes: un plato para marinos, que la obligó á beber frecuentemente vino de Cassis. Ahora mostraba cierta impaciencia estomacal por verse otra vez ante la misma mesa de mantel blanco y áspero, sintiendo en su olfato el perfume de la langosta, de la escorpena, de otros peces que, revueltos con moluscos, entraban en la confección del gran plato mediterráneo.

--Siga hablando, Borja. Cuénteme cómo el papa Luna navegó hacia la Ciudad Eterna en su flota. Esto me hará olvidar el hambre hasta que lleguemos á nuestra _boullabaise_.

Y el joven continuó su relato de los ensueños y trabajos del Pontífice tenaz en la abadía, que iba quedando á sus espaldas. Nueve meses había morado en ella preparando su expedición. El conde de Saboya le ofrecía Niza como lugar de descanso. El mariscal Boucicaut (pariente del que le había tenido sitiado en Aviñón) gobernaba en nombre de Francia la ciudad de Genova y las plazas inmediatas. Mónaco, Ventimiglia y Albenga le brindaban también seguridades. En Pisa, gentes importantes prometían su apoyo, y lo mismo en Florencia. Además, dentro de los Estados de la Iglesia existían muchos soldados sueltos de las antiguas Compañías gasconas y bretonas, acostumbrados á guerrear por los Papas, y sólo esperaban su presencia para engancharse como mercenarios. Venecia, siempre bien enterada por sus hábiles embajadores de lo que ocurría en el mundo, parecía segura de que el Papa español iba á llegar hasta Roma, apoderándose de su adversario.

Para todo esto necesitaba mucho dinero, y lo pedía á su pariente el rey don Martín, exigiendo también adelantos en el pago de los tributos eclesiásticos á sus colectores de España y Francia. Muchos obispos amigos suyos rivalizaban en esplendidez al enviarle subsidios. Todos los vasos sagrados y alhajas de la cámara apostólica eran pignorados ó vendidos, produciendo dicha operación más de veinte mil florines de oro puro, cantidad enorme en aquella época.

Las galeras enviadas por Barcelona y Valencia se unieron á las de Luna, completándose su flota con otros buques pertenecientes á los Caballeros de San Juan y algunas naves de antiguos corsarios, limpios ya de pecados por la penitencia y la bendición pontificia. Benedicto XIII abandonó Marsella, entrando en Niza en los últimos días de Diciembre de 1404. Desde allí lanzó varias Bulas anunciando á la cristiandad su viaje á Italia para hacer entrar en razón á su adversario Inocencio VII, que él llamaba simplemente Cosme Megliorato, por su nombre de familia, y otras veces «el intruso».

Estando en Niza se avistaba con el joven rey de Sicilia, hijo de don Martín, y otros príncipes amigos suyos para que le proporcionasen tropas de tierra. Él era el Papa del mar y había improvisado una flota, pero necesitaba que los soberanos le diesen quinientos hombres de desembarco, quinientos «bacinetes», como les llamaban en el lenguaje de entonces, por la forma de sus cascos. Mas á pesar de las promesas recibidas en Niza, nunca llegaron los quinientos «bacinetes».

Este primer fracaso no amenguó su tenacidad. En todos los puertos era recibido con grandes manifestaciones de respeto y adhesión. Las autoridades de Mónaco le ofrecían las llaves de la ciudad y de su castillo; en Albenga, pueblo y clero iban en procesión hasta la galera pontificia, llevando al Papa á un gran banquete en el convento de Predicadores; en Saona salía á recibirle el cardenal Luis Fiesco, del bando romano, quien abjuraba públicamente el cisma urbanista, reconociendo al Papa de Aviñón. Y éste, dando al olvido antiguas injurias, lo perdonaba, restituyéndole el capelo.

--La mayoría de los cardenales--siguió diciendo Borja--, acostumbrados á su lujo y temiendo perderlo, mostraron en este larguísimo conflicto una falta absoluta de carácter, una facilidad vergonzosa para pasar de un bando á otro, según veían agrandarse ó empequeñecerse las probabilidades de triunfo de cualquiera de los dos Papas. Lo importante para ellos era encontrarse al lado del que venciese y no perder su posición. Hubo uno que recibió el apodo de «el cardenal Tricapeli», porque en el curso de su vida cambió tres veces de Papa, haciéndose conferir á cada evolución un nuevo capelo.

Este viaje fué muy lento, como todo lo de aquella época. La flota papal, salida de Marsella en Diciembre de 1404, llegaba á mediados de Mayo del año siguiente al puerto de Génova. Gran número de barcas adornadas con ramas de laurel salieron al encuentro de la nave del sucesor de San Pedro: tal era su impaciencia por darle muestras de su vasallaje. Las altas dignidades eclesiásticas, el clero llevando las reliquias guardadas en sus templos, todo el vecindario puesto de rodillas, esperaban en tierra la bendición del Papa, saludándolo después con inmensas aclamaciones.

Una larga procesión desfiló por las calles, adornadas con flores y ramajes. Detrás del clero marchaban los más importantes varones de Génova vestidos de rojo, los cinco cardenales acompañantes del Pontífice montando caballos con purpúreas gualdrapas, y una mula de blanco pelaje que, según usanza de los Pontífices de Aviñón, era cabalgada por un sacerdote llevando el Santísimo Sacramento. Al final, sobre un corcel del mismo color y bajo palio bordado de oro, avanzaba Benedicto XIII, jinete de aspecto majestuoso, á pesar de su pequeña estatura. El mariscal Boucicaut, el _podestá_, los magistrados de Génova, vestidos de blanco, daban escolta al Pontífice, y cerraba la procesión una guardia de honor que era casi un ejército, compuesta de los soldados que guarnecían la ciudad y de los hombres de armas de Luna desembarcados de su flota.

Nunca Papa alguno se vió recibido con tal aparato, ni aun en la misma Roma, según afirmación de los contemporáneos. Una orquesta de flautas y otros instrumentos marcaba el grave paso de la imponente comitiva. Tres días duraron las fiestas, interrumpiéndose todos los trabajos. Un doctor de la ciudad arengó á Benedicto, haciéndole saber el orgullo que sentía Génova al ser la puerta por la que penetraba en Italia el verdadero Pontífice para suprimir el cisma.

Inmediatamente envió emisarios á Inocencio VII, proponiéndole una reunión de todas las potencias italianas, ante las cuales comparecerían los dos para explicarse frente á frente. El Papa de Roma contestó á sus enviados que no quería prestarse á ningún arreglo, y Benedicto XIII, al denunciar al mundo tal conducta, invocó contra el «antipapa» y sus «anticardenales» el auxilio de todos los cristianos, justificando con esto la marcha sobre Roma que iba á emprender. Inocencio, convencido de la inminencia del avance, huyó de la Ciudad Eterna, temiendo verse traicionado por los que le rodeaban, mientras su adversario seguía en Génova dando recepciones suntuosas á cuantos personajes religiosos y laicos venían á ofrecerle su apoyo.

--Don Pedro, de gran sobriedad en su mesa y vestido igualmente con modestia, era espléndido en los festines para los otros y hacía en ellos valiosos regalos. Además le gustaban los actos solemnes, y mientras estuvo en Génova, procesiones y banquetes alternaron con bailes populares y pomposas revistas de tropas. Al consagrar en dicha ciudad á cincuenta prelados, arzobispos, obispos y abades, regalaba á cada uno de ellos un anillo de oro con piedras preciosas. Por encargo suyo venían á Génova los personajes de vida más santa ó más sabios de los países sometidos á su obediencia. Pedro de Ailly, hecho arzobispo por él, predicaba frecuentemente. La que fué luego Santa Coleta le seguía desde Niza para recibir de sus manos el velo de la Orden que deseaba reformar. Un predicador de palabra apocalíptica sucedía al sabio Ailly, orador académico. Era Maestro Vicente, famoso en todo el Sur de Europa, y que años después fué llamado San Vicente Ferrer.

Todo parecía ayudar al triunfo de Benedicto. Su rival, Inocencio, estaba deshonrado por la avidez y las malas costumbres de un sobrino que gobernaba en su nombre. El pueblo de Roma saqueaba sus habitaciones y sus archivos. Gran número de barones italianos se disponían á ofrecer sus servicios al Papa de Aviñón. En Provenza se alistaban tropas para el ejército que había de llevarle á la Ciudad Eterna.

De pronto todo cambió. Vióse el Papa sin dinero para esta empresa, superior á sus recursos. Había organizado una flota con la ayuda del clero español y no podía acudir de nuevo á él para crear un ejército. Además, acababa de surgir en la Toscana una guerra, cerrando momentáneamente el camino de Roma.

Aún se irguió frente á Luna un enemigo más temible, el espectro lívido que tantas veces había cortado en el siglo XIV las combinaciones de los hombres: la peste.

Una epidemia empezó á cebarse en el vecindario de Génova, haciendo muchas víctimas entre los personajes de la corte papal. El anciano Pontífice se retiró á Saona perseguido por la muerte, luego á Niza, á Frejus, á Tolón, hasta que la terrible calamidad que mataba los hombres á millares lo encerró de nuevo en la abadía de San Víctor. Para el recio aragonés, incapaz de dejarse vencer por los obstáculos de los hombres ó las cóleras de la Naturaleza, dicho retroceso sólo representaba un descanso. Su flota le esperaría anclada en el puerto de Marsella. Estaba seguro de emprender muy pronto una segunda expedición contra el intruso de Roma para discutir con él frente á frente.

--También nosotros hemos llegado á nuestra abadía--dijo Rosaura interrumpiendo á su acompañante.

Entraron en el restorán, situado en un muelle del Puerto Viejo. Las mesas exteriores estaban resguardadas por rejas de madera pintadas de verde, y unos cajones de igual color sustentaban copudos arbustos. En la misma acera, varios puestos de venta de ostras, otros mariscos y peces crudos esparcían un olor de mar caldeado por el sol, de aguas adormecidas entre peñascos.

Se instalaron en una mesa del primer piso, viendo debajo de ellos la enorme y cuadrada lámina de este puerto antiguo, con sus orillas ocultas por hileras de buques, amarrados flanco contra flanco como bestias estabuladas.

Rosaura encontró el restorán más agradable aún que en la noche anterior. El puerto burbujeante de luz entre los negros mástiles inmóviles, el ir y venir de numerosas lanchas sobre su luminosa superficie, parecieron excitar su alegría. Al mismo tiempo, los olorosos cargamentos amontonados en los muelles la hicieron recordar sus viajes, el tránsito por los puertos de la América del Sur, ó por otros menos ruidosos del Oriente europeo, vistos en una excursión á Constantinopla.

--Esto es otra cosa que Vaucluse; pero también el almuerzo va á resultar memorable. ¡Qué panorama tan hermoso!... Dé usted prisa á esa gente, Claudio, para que nos sirvan en seguida.

La presencia de la deseada _boullabaise_ los mantuvo en silencio largo rato. Temblaba sobre el mantel la mancha purpúrea de los vasos de grueso cristal llenos de vino de Cassis. La vista del agua azul y el optimismo que proporciona una buena comida les hizo desear á los dos luengos viajes, horizontes ilimitados, contemplando la tierra entera como algo paradisíaco que sólo podía guardar desgracias y peligros para los otros.

Claudio habló con entusiasmo de los países que visitaría después, siguiendo la vida errabunda del papa Luna.

Pensaba ir á Perpiñán, en la frontera española. Allí se había iniciado la caída definitiva de este hombre tenaz que nunca se consideró vencido. Luego, atravesando Cataluña y el principio del reino de Valencia, llegaría á Peñíscola, promontorio fortificado en medio del mar, unido solamente á la tierra firme, en días tranquilos, por una lengua de arena que invaden las olas cuando soplan vientos de tormenta. Allí había permanecido largos años el viejo Pontífice, entre el azul del cielo y el azul del Mediterráneo, abandonado de todos y representando sin embargo una amenaza, hasta después de su muerte, para la tranquilidad del Papa de Roma.

Describió Borja la vida pintoresca y abundante en peligros de los pescadores que ocupaban ahora esta fortaleza papal; los campos de la costa cubiertos de naranjos, el aire luminoso impregnado de olores salinos y perfume de azahar.

Rosaura, con la taza humeante de café ante ella y envuelta en el humo rubio de su cigarrillo, le miraba, entornando los ojos dulcemente burlones.

--¡Ah, _truvador_!... _¡Truvador!_

Los dos rieron al acordarse de aquel visitante norteamericano del palacio de Aviñón, cuyo acento imitaba Rosaura; pero el regocijo irónico de ésta era superficial. Sus ojos parecían reflejar sinceramente una visión ilusoria de remotos y desconocidos paisajes. Claudio, como si adivinase sus deseos, continuó hablando:

--Usted debería venir allá conmigo; usted no conoce esa parte de España: es el jardín de las Hespérides. ¡Y tan interesante el castillo donde murió Luna á los noventa y cuatro años, haciendo frente á sus adversarios hasta el último momento!... En el Mediterráneo no hay nada que se le parezca. Únicamente la abadía de Mont-Saint-Michel, en el Atlántico, puede compararse con Peñíscola. Yo he estado una vez allá, y me emocioné al encontrar aún sobre sus puertas el escudo con la media luna invertida, cincelado por los tallistas del Pontífice. ¿Por qué no viene usted?... ¿Qué va á hacer sola en la Costa Azul?

Iba creciendo en el interior de ella este mismo deseo, adivinado por su acompañante. Esperaba impacientemente las noticias de su doméstica. Aquella mañana, al levantarse, había pensado con delicia en la posibilidad de que le reexpidiese una carta ó un telegrama, que tal vez le obligaría á desandar su camino, regresando á París. Y ahora, bajo la influencia del ambiente, viendo el mar, cuya inmensidad convida al viaje, escuchando á este compañero que hacía revivir ante sus ojos las cosas inertes, rechazaba de pronto la idea de volver á París, le infundía tedio la posibilidad de verse sola en su casa, ante el Mediterráneo desierto.

La vida resulta alegre para los que se dejan arrastrar por ella sin oponer resistencia. Los días de Aviñón y los de Marsella parecían á Rosaura ligeros y repletos de interés. No había seguido sus pasos el demonio del aburrimiento que tanto la perseguía en los últimos meses. Consideraba ahora como gran contrariedad tener que separarse en Marsella de este joven que días antes no era en su memoria más que una pálida imagen... ¿Por qué no acompañarlo en sus peregrinaciones, hasta que sus relatos perdiesen para ella todo interés? Cosas menos explicables había hecho otras veces por buscar un poco de distracción... Además, ¡el dulce fuego de aquella comida saturada de especias, consistente en las mejores carnes que produce el mar, fosfóricas y excitantes!... ¡El vino rojo obscuro de la Provenza marítima, bebida de corsarios y de mercaderes audaces que comerciaron con los países de _Las mil y una noches_!...

Era conveniente dejarse llevar por la aventura, y al fin hizo un movimiento afirmativo con su cabeza contestando á los ruegos de Borja. Iría á España con él. Vería el solitario castillo del mar, acompañando de este modo al Papa errabundo hasta el sitio de su muerte. ¡Convenido!... Y sus diestras se estrecharon con largo apretón por encima de la mesa.

Sólo hablaron ya de su viaje, olvidando por el momento á Luna y sus andanzas. Veían las crestas de los Pirineos, la cima nevada del Canigó, y al otro lado de esta barrera internacional, las planicies de Cataluña, el Ebro divisorio, los naranjales de Valencia, una roca coronada por una fortaleza avanzando en el Mediterráneo, lo mismo que un navío de gigantes.

Sonreían al salir del restorán como dos enamorados, aunque no se cruzaban entre ellos otras palabras que las de un entusiasmo geográfico por los países que iban á visitar. Otra vez anduvieron por aceras húmedas y oliendo á sal, entre puestos de venta repletos de diversos moluscos.

--Déme el brazo, Borjita--dijo ella con voz infantil, como si pidiera auxilio--. Me siento un poco turbada... Además, ¡este suelo tan resbaladizo! Creo que he bebido demasiado. Los almuerzos «pintorescos» con que usted me obsequia resultan matadores.

Marchó con más seguridad por las aceras de la Cannebière, amplias y secas. Ella quería ir al hotel inmediatamente. Lo evocaba como un lugar de refugio. Continuaron por la amplia avenida, en cuya parte alta estaba su hotel, el mejor de Marsella. Cuando se hallaban próximos á su gran puerta, se fijaron los dos al mismo tiempo en un señor que salía apresuradamente hablando con un empleado, subía á un coche y se alejaba hacia el extremo final de la avenida.

Ambos creyeron haber visto al señor Bustamante; pero cuando desapareció empezaron sus dudas. Rosaura consideraba fácil la explicación de este error.

--No es extraño que veamos fantasmas después de un almuerzo tan tremendo... Creo que no volveré á comer hasta mañana.

Claudio dudó igualmente de dicha visión. Había recibido dos semanas antes, estando en la ciudad papal, una carta de su tutor. El gran iberoamericano no le hablaba de ningún viaje próximo. Escribía únicamente para comunicarle la interesante noticia de que «su jefe», el personaje político que le había hecho ministro, volvía á fijarse en su persona, reservándole un altísimo puesto, digno de sus méritos internacionales: una embajada cuando volviese á ocupar el poder, lo que sería pronto, pues el gobierno actual, usado por el desgaste de su funcionamiento, iba á retirarse, cediendo el paso al otro partido de turno, en espera de su hora. El grande hombre no decía más. Indudablemente, este viajero que acababan de ver no era Bustamante.

Entraron en el hotel, y al salir del ascensor, llegados al piso primero, se encontraron solos en mitad de un pasillo silencioso.

Iban á separarse. Sus habitaciones estaban en las dos fachadas opuestas del edificio. La de Rosaura, elegante y costosa, daba á la Cannebière. Borja se había instalado en un cuarto más modesto, con las ventanas sobre una calle estrecha y antigua.

Se despidieron sonriéndose, como si existiese entre ellos la complicidad de una vida íntima, hábilmente disimulada en público, que volvía á exteriorizarse apenas quedaban solos. Claudio la besó una mano, preguntando ansiosamente cuándo volverían á verse.

Eran las dos; tal vez algo más. Ella necesitaba descansar un poco. A las cinco tomarían el té en el _hall_ del hotel. Luego pasearían en carruaje por el prado y la Cornisa.

--Hasta las cinco--dijo el joven--. Piense en mí... No olvide nuestro viaje.

Tenía cogida aún la diestra de ella y la llevó otra vez á sus labios.

Rosaura, familiar y confiada por obra de su turbación optimista, se alarmó un poco al notar este segundo beso en su mano.

Inmediatamente dió un grito y tuvo que echarse atrás. La boca que acariciaba su diestra se había remontado de pronto, en apasionada agresión, pegándose á la suya con un beso largo, ávido, succionante. Pero ella era fuerte, á pesar del aspecto desmayado que fingía algunas veces para dar nueva gracia á su persona. Guardaba el vigor adquirido en su infancia al vivir en las vastísimas propiedades de parientes y amigos, ejercitándose en todos los deportes de una existencia amazonesca. Le bastó un empellón para repeler á su acompañante, que parecía arrepentido y avergonzado de esta insólita audacia.

--¿Y usted pretende que viajemos juntos?...--dijo con voz temblona de cólera--. ¡Ni á España, ni á ninguna parte!... No cuente conmigo.

Luego se alejó con paso enérgico y murmullos de protesta, cual si le volviese la espalda para siempre.

III

Maestro Vicente

Ella bajó á las cinco. Se aburría en su habitación, completamente sola. Ni siquiera tenía el recurso de conversar con aquella doméstica que la acompañaba siempre en sus viajes.

Al sentarse junto á un velador, no le produjo extrañeza ver cómo se aproximaba Borja con aire humilde y suplicante. La estaba esperando para implorar su perdón. Como sabía de antemano lo que pensaba decir, cortó sus palabras con un ademán de reina clemente.

--No hable. Todo queda olvidado, si me promete que no volverá á repetirse. En realidad, no se repetirá, pues es difícil que tenga usted ocasión para ello. Ya no hay nada de ese viaje de que hablamos durante el almuerzo. ¡Qué disparate viajar con un hombre tan poco seguro!...

Claudio hizo un gesto de resignación. Lo aceptaba todo á cambio de verse perdonado. Por el momento, lo más importante era que no le repeliese con aquel gesto ceñudo que transformaba su rostro, haciendo de ella otra mujer.

--Tome asiento, pida una taza de té--continuó Rosaura--; y para que no vuelva á las andadas, prosiga sus historias interesantes é instructivas. Yo soy el sultán de _Las mil y una noches_ y usted es Schahrazada. No negará que tengo cierta instrucción, aunque no lo parezca en el primer momento. Dejamos á nuestro don Pedro huyendo de la peste, refugiado en la abadía de San Víctor y preparando una nueva expedición hacia Roma. ¿Qué pasó después?...

Borja, á pesar de su entusiasmo por los episodios históricos que iban á componer su próximo libro, tuvo que esforzarse para cumplir este deseo. Hubiese preferido seguir hablando de lo ocurrido arriba tres horas antes, explicar su conducta, conseguir que Rosaura, perdiendo su enojo, sintiese otra vez el deseo de aquel viaje á España que podía prolongar la intimidad amistosa de los dos. Pero la impaciencia de ella le obligó á una inmediata evocación de los hechos pasados.

Un día el papa Luna recibió en su retiro de Marsella la noticia de que el «intruso» de Roma había muerto. Ya llevaba con éste dos adversarios fuera de combate: Bonifacio IX é Inocencio VII. El Papa de Aviñón, casi octogenario, mostraba una energía juvenil preparándose para batallar con el nuevo rival que le opusiera Roma.

Los cardenales de la obediencia romana se mostraron en un principio dispuestos á no elegir otro Papa. Era el medio más rápido de terminar el cisma. Pero los romanos, necesitados de que la sede pontificia estuviese en su ciudad para atraer el dinero de los fieles, empezaron á proferir amenazas contra el Sacro Colegio, y éste, reuniéndose en cónclave, designó al veneciano Ángel Corario, casi tan viejo como Benedicto, varón de vida ascética, con un deseo sincero de terminar el cisma.

Este nuevo Pontífice, que tomó el nombre de Gregorio XII, tenía hermanos y sobrinos, y pronto fué víctima de la influencia de su familia, ansiosa de aprovechar una suerte tan inesperada.

Nombró una comisión de cardenales, presidida por un sobrino suyo, para que visitase á Benedicto XIII, organizando la entrevista que éste deseaba con el Papa de Roma. Tal iniciativa alegró á toda la cristiandad. Iba á terminar el cisma.

Antonio Corario, sobrino del Papa romano, fué recibido solemnemente en la abadía de San Víctor, y después de varias entrevistas quedó convenida la forma del encuentro. Los dos Pontífices se verían en Saona, ciudad de Italia dominada por los franceses en aquel momento. Esto representaba una protección más segura para ambas cortes papales que si tuviese gobierno propio. Todo quedó previsto para que no surgiesen incidentes. El puerto de Saona fué dividido en dos secciones para las galeras de ambos Pontífices. Como había dos castillos, se asignaron respectivamente á uno y á otro de los Papas. Se pactó también que ninguna de ambas partes proferiría las palabras «antipapa», «intruso», «anticardenal», etc., que habían venido prodigándose hasta entonces.

Benedicto partió inmediatamente para Niza, designando esta ciudad como punto de reunión á sus cardenales. La peste había aparecido en Marsella, y el viejo Papa necesitaba alejarse.

Fué en el monasterio de San Honorato, situado en las islas de Lerin, frente á Cannes, donde Luna organizó su flota para ir otra vez hacia Italia. Ahora sólo llevaba seis galeras; sus recursos no le permitían mayores gastos. Sin embargo, desembarcó en Saona con gran pompa, recordando este recibimiento el que había tenido en Génova dos años antes.

Llegaba á Saona el 14 de Septiembre, con antelación á la fecha marcada para la conferencia. En cambio, Gregorio XII no llegó nunca. Su hermano y sus sobrinos dominaban á este asceta de buenas intenciones, pero falto de carácter. Temían que si se avistaba con Benedicto, acabase éste por convencerlo, haciéndole sentir la influencia de su espíritu enérgico y su recia dialéctica. El mejor procedimiento era demorar la entrevista con toda clase de excusas.

Gregorio XII había salido de Roma para aproximarse á su adversario, con gran júbilo de la cristiandad, que consideraba ya indudable la unión. Seguido de toda su corte llegó á Viterbo, mucho después á Siena, y en Noviembre empezó á alegar motivos para no ir hasta Saona. Dijo que carecía de naves para presentarse dignamente en el citado puerto, donde Benedicto le aguardaba con su pequeña flota. Los genoveses se apresuraron á ofrecerle cuantos buques pudiera necesitar, y no dió contestación.

Después alegó que le faltaba dinero para seguir adelante. Aquí el clero de su obediencia se mostró escandalizado. Todas las iglesias habían remitido fondos para un viaje que consideraban providencial, pero el hermano y el sobrino del Papa se guardaron el dinero.

La cristiandad se enteró con asombro de los pretextos de uno y otro Pontífice, deseosos de no encontrarse, pero en justicia fué el Papa de Roma quien rehuyó con más tenacidad todas las soluciones ofrecidas á ambos para una entrevista. Benedicto, cansado de permanecer inútilmente en Saona, fué á pasar la Navidad en Génova, donde le recibieron con el mismo entusiasmo que la primera vez.

Acabó Gregorio XII por designar la villa de Pietra Santa como el lugar más á propósito para sus conferencias con el Papa español, y éste se embarcó el último día del año 1407 con rumbo á Porto Venere, distante solamente quince leguas de dicha población. Gregorio tampoco fué á Pietra Santa. Lo consideraba muy cerca de la costa y tenía miedo al Papa del mar. Sin embargo, la entrevista iba á realizarse en un pueblo de tierra adentro, y Pedro de Luna no llevaba con él más que una bombarda y doscientos cincuenta hombres entre ballesteros y soldados de coraza. Tal escolta no resultaba extraordinaria en aquellos tiempos inseguros, pues cualquier soberano, al ir de una ciudad á otra, necesitaba llevar con él un pequeño ejército.

Empezaron á reir los fieles de estas idas y venidas de los dos Pontífices, envolviendo injustamente á ambos en el mismo menosprecio. Es verdad que Benedicto se negaba con obstinación á alejarse de la costa, pero de todos modos accedía á penetrar en Italia hasta un pueblo del interior. Gregorio á ningún precio quería acercarse al mar. Un escritor contemporáneo comparaba los dos Papas á un animal acuático y un animal terrestre. El animal marítimo no quería avanzar sobre el suelo y el terrestre evitaba la proximidad del agua.

Cansados los cardenales de Gregorio XII de su miedo y sus indecisiones, buscaron una solución á este conflicto interminable, que provocaba las burlas de los enemigos de la Iglesia, abandonando en masa á su Pontífice.

--Parecía haber llegado el momento del triunfo para Benedicto XIII. Los cardenales de Roma, separados de su Papa, empezaban á mostrarse propicios á solucionar el cisma reconociendo al de Aviñón. Sólo faltaba el pequeño suceso que surge á tiempo para decidir las cosas en litigio. Este suceso vino, mas fué en contra de Luna. La fatalidad le asestó un golpe del que nunca se repuso. Tenía grandes enemigos dentro de la Sorbona de París, pero en las asambleas del clero francés le habían defendido valerosos partidarios, salvándole hasta entonces de las asechanzas de aquéllos. Además, contaba en la corte con el apoyo del duque de Orleáns, su más firme sostén en Francia...

Y precisamente, en el momento que la balanza del destino empezaba á inclinarse á su favor, el duque de Orleáns moría asesinado en París. La lucha de éste con Juan Sin Miedo, duque de Borgoña, era una de tantas guerras civiles de la Francia de entonces, desgarrada interiormente, mientras los ingleses poseían gran parte de su territorio. Ambos duques acordaron hacer paces y se juraron amistad ante la hostia consagrada, en una misa que mandaron decir para celebrar su reconciliación. Poco después, las gentes del duque de Borgoña preparaban una emboscada nocturna en la _rue Vieille du Temple_, asesinando al duque de Orleáns.

Su desaparición dejó en libertad á todos los enemigos que el Papa español tenía en París. Dos edictos del rey anunciaron á ambos Pontífices que si no se unían antes de la fiesta próxima de la Ascensión, se declararía neutral Francia, abandonando el campo de Benedicto.

Éste se indignó al ver que le atribuían injustamente la continuación del cisma, cuando él había cumplido todos sus compromisos para una entrevista conciliatoria. Y como su carácter altivo no toleraba atropellos, contestó amenazando con excomunión á «los hijos de iniquidad que hablaran de rebelarse contra la autoridad apostólica con apelaciones temerarias».

La corte de Francia declaró entonces culpables de alta traición á Luna y á todos los que propalasen sus excomuniones, y la asamblea del clero francés saludó con aplausos la separación de la obediencia de Benedicto. Su Bula excomulgatoria la acribillaron á puñaladas. Muchos de sus partidarios en Francia fueron encarcelados ó asesinados. Algunos canónigos de Nuestra Señora de París afectos al viejo Pontífice tuvieron que huir. El ilustre Pedro de Ailly se vió acusado por su amistad con Benedicto, y á duras penas pudo salvarse de la cárcel.

Alemania, Hungría y Bohemia, por influencia del rey de Francia, volvieron á la neutralidad. Los cardenales de Benedicto lo abandonaron, como los del otro Sacro Colegio habían abandonado al Papa de Roma, acordando convocar ambos grupos un concilio.

Todo se conjuraba contra Luna. En unas semanas había cambiado su situación. Hasta le fué imposible continuar en Génova, pues el mariscal Boucicaut, gran amigo suyo hasta entonces, recibió órdenes de París para apoderarse de él y guardarlo en una prisión. Afortunadamente el Papa del mar contaba con las seis galeras de su pequeña flota, y éstas levaron anclas una madrugada, llevándose á Benedicto XIII con su corte, que sólo se componía ya de cuatro cardenales: uno italiano, otro español y dos franceses.

El viaje de retorno fué cruel. La hostilidad de Italia y de Francia salió á su encuentro al tocar en los puertos. No pudo desembarcar en Porto Fino, porque la población intentó atacarle. En Noli tuvo que alojarse fuera de la ciudad, en un convento de frailes menores, mientras sus marineros ponían á secar sus ropas, mojadas por la tormenta. Descansó con más reposo en Villefranche, por hallarse en tierras del conde de Saboya. De las islas de Lerin y del puerto de San Rafael se vió repelido; tampoco pudo refugiarse en su amada abadía de San Víctor, por considerar Marsella lugar poco seguro. El temporal venía siguiendo sus naves y al fin tuvo que buscar como un náufrago las costas del Rosellón, desembarcando en Port Vendres, cerca de Perpiñán. Aquí estaba en tierra fiel, por pertenecer Perpiñán al rey de Aragón.

Así acabó su viaje hacia la Ciudad Eterna, que había empezado de un modo triunfal. Ya no podía infundir miedo al Papa de Roma, que meses antes temía verle entrar repentinamente en su palacio. Ahora los dos se encontraban en la misma situación. Los cardenales de uno y otro bando iban á reunirse en Pisa para deponerlos, creyendo conseguir de tal modo la unidad definitiva de la Iglesia.

--Benedicto protestó de la convocatoria en Pisa de este concilio, completamente ilegal desde el punto de vista canónico. La Iglesia se hallaba constituída monárquicamente, el Papa era un rey, y sin su iniciativa resultaba imposible la convocatoria de concilios. Los cardenales obraban de un modo revolucionario contra las tradiciones eclesiásticas. Su reunión iba á ser semejante á una asamblea constituyente de los tiempos actuales después de un destronamiento. Además, la lógica de Benedicto resultaba incontestable. De los dos Pontífices, uno forzosamente debía ser el legítimo; ¿con qué derecho deponían á ambos, atropellando al que fuese verdadero representante de Dios?...

Luna, que había batallado con tres Papas, emprendió su combate animosamente contra la reunión de Pisa, á la que llamaba «conciliábulo», y como si aún tuviese bajo su mando las siete naciones de la obediencia de Aviñón, ordenó que se reuniese en Perpiñán un verdadero concilio para hacer frente al de los revoltosos.

A este concilio asistieron más de trescientos personajes eclesiásticos, arzobispos, obispos, abades, jefes de órdenes militares y religiosas; pero le faltaba la universalidad. Su gran mayoría se compuso de castellanos, aragoneses y navarros. La Francia sólo estaba representada por los Estados de Foix y de Armagnac. Hubo algunos loreneses, provenzales, saboyanos y los representantes de cuatro universidades.

Benedicto, que ya era octogenario, habló varias horas seguidas, asombrando á sus oyentes. Su elocuencia y su energía parecían crecer según iban en aumento sus años y las dificultades.

Después de Luna, el hombre más notable del concilio fué Maestro Vicente, predicador internacional, admirado por las multitudes, oído con respeto en las asambleas religiosas y políticas.

--Este Maestro Vicente, que después fué San Vicente Ferrer--dijo Borja--, salió de Valencia, su tierra natal, para predicar en todos los pueblos que ahora se llaman «latinos». Su elocuencia reflejaba las grandes preocupaciones de su tiempo: la proximidad del fin del mundo, el temido Juicio de Dios, la necesidad de luchar contra la carne y el pecado. Además, España, en aquellos siglos, tenía diversas religiones. No todos los españoles eran católicos; los había judíos, arraigados en sus pueblos natales, fuese cual fuese el gobernante, y también mahometanos en gran número; moros vencidos, que seguían cultivando la tierra ó haciendo funcionar sus telares bajo el dominio de los reyes cristianos.

Se dedicaba el Maestro preferentemente á la conversión de los judíos, pero nunca llevó su afán de proselitismo más allá de los límites de una dulce y pacífica persuasión. Era enemigo de violencias, y al ver cómo el populacho cristiano asaltaba los barrios de los hebreos, llamados «juderías», para robar y asesinar á sus habitantes, protestaba de tales crímenes, indignos de la causa de Dios.

Su apostolado obtuvo grandes éxitos. En muchas ciudades de España, «juderías» enteras pedían el bautismo después de escuchar sus sermones. Es verdad que estos mismos judíos, años después, cuando ya había desaparecido la influencia del orador, recobraban en su mayor parte las antiguas creencias; pero de todos modos las predicaciones de Maestro Vicente aportaron á la gran masa cristiana del pueblo español una enorme cantidad de hebreos conversos, esta amalgama étnica que aún se nota actualmente.

Importantes rabinos acabaron por aceptar sus razonamientos, ingresando en la Iglesia católica para ocupar altos puestos eclesiásticos. Uno de estos rabinos ilustres, que al bautizarse tomó el nombre de Pablo de Santa María, fué gran amigo y partidario del papa Luna, llegando á la alta dignidad de arzobispo de Burgos.

Maestro Vicente, fraile dominico de la Orden de predicadores y doctor en teología, no sólo era estimado por los hombres ilustres de su tiempo. Las muchedumbres de entusiasmo meridional, estremecidas por su elocuencia, lo declaraban santo en vida, atribuyéndole toda clase de hechos maravillosos.

--No hay en la historia de los santos--continuó Borja--uno solo que haya realizado tantos milagros como mi compatriota San Vicente. Son prodigios de cuento oriental, y forman una lista que asciende á más de mil.

Siendo aún muy joven, el prior de su convento, en Barcelona, le prohibía que realizase nuevos milagros, por creer que su abundancia perjudicaba el prestigio de la Iglesia; y el santo, siempre humilde, se apresuraba á obedecer. Días después, al pasar junto á una casa en construcción, un albañil que le miraba desde lo alto de los andamios, con la curiosidad que inspiran los taumaturgos, daba un paso en falso, cayendo en el vacío.

--Padre Vicente--dijo--, ¡sálveme!

Y el religioso extendió un brazo, ordenando que se mantuviese en el aire, mientras él iba en busca de su prior para pedirle que le permitiese hacer milagros. Le dió el prior dicho permiso, solicitado de rodillas; y volviendo al lugar del suceso, dijo al pobre albañil, flotante en la atmósfera: «Baja poco á poco, sin hacerte daño.» El trabajador le obedeció, hasta poner el pie en tierra dulcemente, sin ningún choque mortal.

Otra vez, predicando en el Mercado de Valencia, interrumpía su sermón, quedando en éxtasis como si contemplase algo muy lejano. Veía á una viuda rodeada de pequeñuelos llorosos, dentro de mísero desván. Iban á morir de hambre. Las gentes del Mercado, al enterarse de tal visión, quisieron saber dónde vivían para socorrerlos con sus vituallas. «Seguid á mi pañuelo», dijo el predicador. Y sacando de una manga de su hábito el pedazo de tela, lo lanzó al aire.

Se desplegó, agitando sus puntas como las alas de una mariposa, y todos siguieron su revoloteo á través de calles y encrucijadas, hasta que lo vieron introducirse por el ventano de una buhardilla... Y la hambrienta familia empezó á gritar de asombro ante la inundación de hortalizas, panes, cuartos de vianda y cestos de frutas que los devotos del predicador fueron esparciendo en su mísero refugio.

¿Qué no contaban las gentes de él?... Los obstáculos del tiempo y del espacio, las leyes de la gravitación, el ritmo vital del organismo humano, todo se dejaba trastornar á gusto del santo hombre... Una madre demente descuartizaba á su hijo, pero el Maestro iba juntando sobre una mesa los pedazos de la criatura, y al bendecirlos saltaba el muchacho entero, yendo en busca de sus camaradas para jugar. El diablo huía de los pueblos ante su aproximación; enemigos mortales se reconciliaban luego de oir sus predicaciones; éstas eran escuchadas muchas veces á cuarenta leguas de distancia.

Miles de devotos le seguían, formando la «Compañía del Maestro Vicente». Renunciaban á sus bienes para marchar á pie, lo mismo que el futuro santo. Entraban en pueblos y ciudades, desnudos de cintura arriba, disciplinándose sin una queja, como fantasmas ensangrentados. Sólo se escuchaba en el profundo silencio el ruido de las disciplinas y una voz quejumbrosa entonando ciertos versos valencianos ingenuos é incorrectos, escritos por el mismo santo á la gloria de Jesús y de su madre. Después de la procesión el apóstol predicaba en la plaza más amplia del pueblo, llegando los oyentes hasta las afueras.

Algunas veces el Maestro y su muchedumbre devota llegaban á pequeños lugares faltos de alimentos; pero el santo repetía los prodigios de Jesús, y unos cuantos panes y una bota de vino se multiplicaban bajo su bendición, hartándoles á todos.

Don Pedro de Luna lo había conocido joven, cuando daba sus primeras lecciones de teología en la Universidad de Lérida y él era legado del Papa de Aviñón, viajando por España para que sus diversos Estados saliesen de su neutralidad, reconociendo á Clemente VII.

De carácter dulce y costumbres pacíficas, Maestro Vicente se sintió atraído y subyugado por este gran señor de energía indomable. Cuando Luna fué Papa lo llamó á Aviñón, haciendo de él su confesor. Al ver á Benedicto XIII dispuesto á defenderse en su palacio por medio de las armas, le pidió permiso para retirarse. Él no podía aceptar la guerra, ni aun para sostener lo que consideraba legítimo. Y se apartó durante algunos años del Papa, viajando como incansable predicador por las naciones de su obediencia.

Tenía un hermano, también de santas costumbres, llamado Bonifacio. Al principio fué legista, siguiendo con ello la tradición de la familia, pues el padre de ambos había sido notario en Valencia. Tuvo mujer é hijos, y al enviudar se hizo religioso, llegando á prior de la cartuja de Porta-Cœli, cerca de Valencia, y finalmente á superior de la Orden de los cartujos.

--Si no lo declararon santo, como á Maestro Vicente, fué sin duda por considerar que eran demasiados dos santos en una misma familia. Benedicto tuvo gran confianza en el talento y la lealtad del antiguo abogado, encargándole misiones peligrosas. Cuando se evadió del palacio de Aviñón disfrazado de fraile, el hábito que vestía era de Bonifacio Ferrer.

Reconoció el concilio de Perpiñán la legitimidad del Pontificado de Benedicto y nombró una comisión para que fuese á Pisa á protestar del carácter sedicioso de dicho concilio, no convocado por ningún Papa. Esta comisión llegó á su destino con una tardanza que no podía resultar más inoportuna. Sus individuos se vieron en peligro de muerte.

--El hombre del concilio de Pisa--continuó Borja--fué Pedro de Ailly, que había abandonado para siempre á Benedicto XIII. En realidad, dicho concilio resultó imponente por el número y la representación de sus individuos. Casi todos los cardenales de la obediencia de Roma y la obediencia de Aviñón figuraban en él. Además, todas las iglesias de Europa (menos las de España, Escocia y algunos Estados franceses del Sur) estaban representadas. También asistían los defensores armados de la cristiandad, el gran maestre de Rodas con diez y siete comendadores, los jefes de la Orden del Santo Sepulcro y de la Orden Teutónica, embajadores de casi todos los reyes, príncipes y repúblicas de Occidente y un número considerable de arzobispos y obispos.

El primer acto de la asamblea fué declarar contumaces á Gregorio XII y Benedicto XIII, exonerándolos del Pontificado. Luego se hicieron públicas las actas de acusación contra ellos.

Al Papa de Roma, cuyo reinado había sido breve, lo declaraban indigno por la rapacidad de su familia y sus intrigas para no perder la tiara.

Como Benedicto era de puras costumbres, se había abstenido de proteger escandalosamente á sus sobrinos y vivía con parquedad, no gastando más que el dinero propio ó el de las iglesias de España fieles á él, lo acusaron de unos delitos característicos de aquella época, que hacen sonreir.

El «Señor de Luna»--así le llamaban--era culpable de hechicería y de tratos con el demonio. Varios frailes y hasta obispos lo declararon, sin dar pruebas terminantes, precediendo sus afirmaciones siempre con un «se dice».

Según ellos, el Papa de Aviñón había mostrado una extraña indulgencia en favor de ciertos herejes, siendo su energía y su tenacidad obra de dos demonios que tenía á sus órdenes, tan pequeños ambos que los llevaba á todas partes metidos en una bolsita. Desde su advenimiento al solio pontificio había hecho buscar empeñadamente una obra de magia en tres tomos, encontrando al fin dos de ellos en España y comprando el tercero en tierra de mahometanos. Todas las noches se colocaba bajo la almohada estos volúmenes.

Había recompensado con un curato en la diócesis de Córdoba á cierto clérigo que le proporcionó otro libro compuesto por un judío, en el cual se demostraba el carácter mágico de los milagros de Jesús. Pero como Luna era nigromante inexperto, no sabía utilizar tales obras, y allá donde descubría magos, aunque estuviesen en la cárcel, los mandaba buscar para interrogarlos. Tenía tratos con un ermitaño que se gloriaba de darle finalmente las llaves de Roma merced al apoyo de tres demonios: «el dios de los vientos», «el príncipe de las sediciones» y «el descubridor de los tesoros ocultos».

Los brujos de Provenza le ayudaban para obtener una victoria decisiva sobre sus adversarios. El deán de Tours declaraba haber sorprendido en Porto-Venere á un caballero de San Juan de Jerusalén, de origen misterioso y luenga barba negra, muy favorecido por Benedicto, haciendo evocaciones mágicas para mejor servicio de su Pontífice. Al catalán Eximenis, ilustre escritor nombrado por el papa Luna patriarca de Jerusalén, lo acusaban de haber enseñado á éste el arte de interrogar á los demonios.

Francisco de Aranda, confidente fiel que le acompañó la noche de su fuga del palacio de Aviñón y le seguía á todas partes, era un hechicero irresistible que disponía á su gusto de las potencias infernales. Un monje de Florencia declaraba ante el concilio de Pisa que cierto nigromante florentino llamaba inútilmente á los espíritus en los últimos tiempos. Al fin se le aparecía uno para decirle que todos ellos estaban ocupadísimos y no podían acudir á sus requerimientos á causa de que Francisco de Aranda los había reunido en Génova para que sirviesen á Benedicto XIII. Durante la última permanencia de éste en Niza, un rayo había caído en una torre, cerca de su vivienda, y esto fué porque el Pontífice se hallaba ocupado en evocaciones mágicas. Finalmente, empleaban como testigo á la tempestad que se había levantado en el golfo de Génova cuando Benedicto estuvo en Italia por última vez. La tormenta iba siguiendo á sus galeras, pero á cierta distancia, lo que era demostración de que las potencias infernales le protegían en sus viajes.

Esta acusación grotesca fué leída con solemnidad ante el concilio, y á continuación sus venerables miembros desligaron al mundo cristiano de la obediencia «á Pedro de Luna y Angel Corario, llamados hasta ahora Benedicto XIII y Gregorio XII, por ser cismáticos notorios y endurecidos herejes».

Hubo grandes procesiones, repiques de campanas, y el pueblo de Pisa quemó en público un par de monigotes con mitras de pergamino, que representaban á los dos Pontífices depuestos.

Diez días después llegó á Pisa la embajada del Papa de Aviñón, nombrada por el concilio de Perpiñán. La muchedumbre la saludó con silbidos. Una docena de cardenales (no el concilio) se dignó recibirla en una iglesia. Bonifacio Ferrer, varón sencillo y leal, se admiró de lo poco que se preocupaban de Benedicto XIII tantos cardenales y prelados reunidos en Pisa que un año antes le eran adictos, debiéndole todas sus dignidades.

Cuando el orador de la embajada empezó su discurso, diciendo: «Somos los nuncios del Santísimo Padre el papa Benedicto XIII», se levantó tan espantosa gritería que le fué imposible hablar más.

Al salir no pudieron montar á caballo por temor de ofrecer demasiado blanco á los proyectiles del populacho. Pidieron salvoconducto para avistarse con el depuesto Gregorio XII, y el gobernador de Bolonia les contestó que si caían en sus manos los haría quemar vivos. Cuando regresaban á Cataluña, donde vivía Benedicto XIII, supieron que el concilio había creído realizar la unidad de la Iglesia nombrando un nuevo Papa, que sólo vivió once meses, Alejandro V.

Con éste resultaban tres los Pontífices, en vez de dos. Era todo lo que había conseguido la asamblea reunida en Pisa.

--Otro que no fuera Benedicto XIII se habría aterrado al escuchar el relato de sus embajadores, agredidos en todas partes, desalentados por su vencimiento; pero el octogenario Pontífice, avezado al combate, parecía crecerse á medida que se agrandaban los obstáculos. Lucharía contra el tercer Papa con la misma tenacidad que había combatido al segundo.

Entró solemnemente en Barcelona, rodeado de una gran pompa pontifical, como en sus mejores tiempos de Aviñón, á caballo y bajo palio, llevando las bridas de su corcel los personajes más importantes de Cataluña. Dictó excomuniones contra todos los cardenales de su obediencia, arzobispos y obispos, franceses ó italianos, que habían tomado parte en la elección de Pisa, y maldijo á los doctores de la Sorbona de París, «reunión de malvados que, loca y temerariamente, usurpa el nombre de Universidad».

Como si no se diese cuenta del vacío que se iba formando en torno á su persona por la traición de unos ó la muerte de otros, se dedicó en 1409 á escribir un libro demostrando que era el único Papa legítimo, obra que circuló en copias por toda Europa.

Este anciano invencible, olvidado de sus años, iba viendo caer á sus enemigos. Parecía que las leyes del tiempo no existiesen para él. Alejandro V moría antes de cumplir el año de su Pontificado, y el concilio de Pisa le nombraba un sucesor, Juan XXIII, hombre enérgico como Luna, pero de historia inaceptable en un Pontífice. La longevidad de Benedicto desafiaba la vida de sus contrincantes. Ya llevaba muertos ó gastados cuatro adversarios: Bonifacio IX, Inocencio VII, Gregorio XII y Alejandro V. El nuevo Papa, Juan XXIII, más joven que él, iba á caer igualmente antes de que Luna cediese su tiara.

Se mostró insensible á las deposiciones decretadas por sus enemigos. «Ningún cisma ha terminado con la abdicación del verdadero Papa», respondía á todos los requerimientos para que renunciase.

Una nueva desgracia le afligió, acogiéndola con serenidad inquebrantable. Mientras iba de un lado á otro defendiendo su tiara, la ciudad de Aviñón se había mantenido fiel á su obediencia. Rodrigo de Luna era Rector del condado con una guarnición de españoles. El rey de Francia, que había reconocido el Papa nombrado en Pisa, quiso tomar á Benedicto XIII su refugio de Aviñón, para que nunca pudiese volver, y una pequeña tropa, llevando al frente un trompeta, avanzó por el puente sobre el Ródano para notificar á los habitantes de la ciudad que debían abandonar al «Señor de Luna». Rodrigo cargó sobre el grupo de enviados y los hizo prisioneros, rompiendo la trompeta. Empezó después de este choque el sitio del palacio papal, que debía durar año y medio, no terminando hasta Noviembre de 1411.

Siempre pronto el vecindario de Aviñón á unirse con el más fuerte, obedeció al rey de Francia, aclamando al Papa de Pisa Alejandro V, y pasados algunos meses á su heredero Juan XXIII. En vano trajeron los sitiadores la gran bombarda de Aix, que era célebre por sus dimensiones, y otras bombardas de las ciudades de Provenza y del mismo condado Venaissino. El fuerte palacio de los Papas se mostró inexpugnable, como en el primer sitio sostenido por Benedicto. Es más: su intrépida guarnición hacía salidas nocturnas, sorprendiendo en su lecho á importantes personajes enemigos, hasta en el interior de la ciudad de Villeneuve, situada en tierra francesa, llevándoselos prisioneros.

Benedicto, desde Barcelona, estaba en relación con los defensores de su palacio valiéndose de mensajeros secretos. Algunos de ellos, clérigos ó legistas del reino de Aragón, fueron sorprendidos por los sitiadores y decapitados.

Juan XXIII proclamó una cruzada contra los defensores del palacio de Aviñón, prometiendo indulgencias á todos los que tomasen las armas ó diesen dinero para la conquista de dicha fortaleza.

Descorazonados después de tantos meses sin recibir socorro, diezmados por el hambre y las enfermedades, los españoles hablaron de rendirse. El populacho de Aviñón quería sacrificarlos á todos «como animales en el matadero»; pero los capitanes franceses directores del asedio, reconociendo que éste podía resultar interminable, negociaron una capitulación condicional. Rodrigo de Luna se comprometió á abandonar la fortaleza si en el término de cincuenta días no recibía auxilio. Mientras tanto, los sitiadores debían entregarle diariamente cinco corderos, ocho barriles de vino viejo de una arroba cada uno, y además pescado y huevos en días que fuesen de vigilia. Transcurrió el plazo, sin que el último Papa de Aviñón pudiese socorrer á sus parciales, y el Rector del condado salió del palacio con todos los honores de guerra, al frente de su tenaz guarnición española.

Con esto finalizó la verdadera historia del palacio de los Papas de Aviñón. Tal era el odio y el miedo que los llamados «catalanes» inspiraron á los aviñoneses en sus dos defensas, que atribuyeron á Rodrigo de Luna un incendio ocurrido en dicho edificio dos años después de haberlo abandonado, cuando no quedaba en toda la ciudad un solo partidario de Benedicto XIII.

Otro infortunio aún mayor cayó sobre el anciano Pontífice, que había establecido su corte en Barcelona. La peste causaba grandes estragos en la mencionada ciudad, pero él no quiso huir ante su amenaza, como lo había hecho en Marsella y Génova. Hubiérase dicho que la desafiaba, cansado de luchar y de vivir.

La epidemia respetó á este viejo pequeño y enjuto, que parecía sostenerse por un esfuerzo de su poderosa voluntad, mientras se iba ensañando en los personajes de su corte y acababa por matar á su más poderoso sostén, el rey don Martín.

Cabizbajo y lloroso lo acompañó el Papa hasta la tumba. Don Martín moría sin sucesión. Su hijo único había perecido poco antes en Sicilia. Seis pretendientes hacían valer sus derechos á la corona, pero de ellos sólo dos representaban fuerzas importantes: el conde de Urgel, catalán, y el infante de Castilla don Fernando, llamado de Antequera por haber vencido en dicha ciudad á un ejército del rey moro de Granada.

Defendían los catalanes la candidatura del conde de Urgel, hombre de buen corazón pero de carácter violento, influenciado por las ambiciones de su madre. Los aragoneses y una parte del pueblo valenciano simpatizaban con don Fernando de Antequera, político sagaz y heroico guerrero, que en aquel momento era regente del reino de Castilla y no había querido ceder á las sugestiones de muchos que le aconsejaban usurpase el trono de su pequeño sobrino.

Los tres antiguos reinos que formaban la corona de Aragón parecían dispuestos á una guerra civil. Se peleaban al encontrarse los partidarios de uno y otro candidato. El arzobispo de Zaragoza era asesinado en un camino.

Benedicto, valiéndose de Maestro Vicente, de su hermano Bonifacio y otros, trabajaba por una avenencia general, pensando que el reino de Aragón era el más firme apoyo de su Pontificado. Al fin convenían todos en dar al conflicto una solución democrática, hecho aislado y prematuro en la historia de aquellos tiempos. El nuevo rey iba á ser elegido por nueve diputados que votaría el pueblo, tres por cada uno de los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia. Los valencianos designaban á Maestro Vicente, su hermano Bonifacio y un anciano legista. Entre los tres de Aragón figuraba Francisco de Aranda, el confidente de Benedicto, al que los enemigos de éste atribuían por su aspecto desaliñado y su gran barba habilidades mágicas y tratos con los espíritus infernales para sostener á dicho Pontífice. Los de Cataluña eran defensores de la candidatura del conde de Urgel. Se reunieron todos ellos en Caspe, villa aragonesa, cuyo castillo fué declarado neutral, quedando su guarnición bajo las órdenes de los nueve diputados.

Durante muchos días la atención de España y otros reinos de la cristiandad estuvo fija en Caspe. Era la primera vez que delegados del pueblo iban á elegir un rey libremente, siendo todos ellos hombres de origen modesto, religiosos ó legistas.

Los partidarios de uno y otro candidato se mantenían á distancia de Caspe, con sus gentes de armas. Iban y venían sin éxito embajadores de ellos para conferenciar con los nueve compromisarios. Éstos observaban una reserva prudente. Nadie podía adivinar sus predilecciones. Benedicto XIII, desde luego, mostraba igual mutismo.

Maestro Vicente creía en el diablo y en sus malas artes, lo mismo que los miembros del concilio de Pisa.

Todos, en aquella época, lo veían con frecuencia interviniendo en los asuntos menudos de la vida corriente, y más aún en los negocios generales del país. Algunos, ansiando saber quién sería el rey de Aragón, buscaron á un nigromante para que evocase al diablo, que conoce muchas veces las cosas del futuro, lo mismo que Dios. Pero el diablo, al comparecer ante el hechicero, confesó su impotencia en todo lo que se refiriese al llamado Compromiso de Caspe. Le inspiraba irresistible pavor un hombre que vivía ahora en dicha población, el milagroso Maestro Vicente, y éste le había ordenado no acercarse á ella en dos leguas á la redonda, para que le fuese imposible oir las discusiones de los compromisarios ni perturbarlas con sus malas artes.

--El futuro santo--continuó Borja--conocía al demonio de larga fecha y sabía descubrirlo á través de los más extraordinarios disfraces. Cuatro años antes, asistiendo al concilio de Perpiñán, se fijó en un ermitaño de grandes barbas, con la capucha sobre los ojos, que permanecía sentado cerca de Benedicto XIII, sin que nadie lo conociera, y daba al Pontífice insidiosos consejos. No tardó en adivinar Maestro Vicente que era uno de los diablos ocupados en la prolongación del cisma, y le ordenó que se marchase. El demonio, viéndose descubierto, dijo: «Cállate, traidor; me marcho de aquí porque no tengo otro remedio, pero pronto tendrás noticias mías.» Y al día siguiente el abad de un monasterio próximo, gran amigo del santo, moría de una dolencia inexplicable... Pero volvamos á Caspe.

Cuando, terminadas las discusiones, llegaba el momento de nombrar el futuro rey, Maestro Vicente, aunque no les correspondía á los delegados valencianos ser los primeros en la votación, se apresuró á manifestar cuál era su candidato, decidiéndose por don Fernando de Antequera, y la mayoría de sus compañeros hizo lo mismo.

Sin duda era también el candidato de Benedicto. En su juventud se había batido éste como soldado por don Enrique de Trastamara, ascendiente de don Fernando. Además, estableciendo una dinastía castellana en Aragón, podía contar con el apoyo de los dos reinos.

--Muchos catalanes--continuó Borja--no han perdonado aún á San Vicente Ferrer que abusase de su prestigio, imponiendo á un castellano en la elección de Caspe.

Maestro Vicente, que en aquellos tiempos, en que no existía aún la nación española, empleaba con frecuencia la palabra «españoles» al dirigirse á sus oyentes, intentó realizar de tal modo la unidad nacional.

--Dicha unión no fué un hecho hasta el siglo siguiente. La dinastía castellana que entró á reinar en Aragón se catalanizó en ideas y costumbres, y luego se italianizó con Alfonso V, que iba á pasar la mayor parte de su existencia en el reino de Nápoles, conquistado por él. Pero de todos modos, Maestro Vicente fué un precursor de la patria única, el primero que intentó crear la España tal como existe ahora.

Borja quiso decir algo de la famosa disputa entre doctores cristianos y rabinos célebres, organizada por Benedicto y el gran predicador en la ciudad de Tortosa, para que discutieran el cristianismo y el judaísmo, debate nunca visto hasta entonces, pero no pudo hablar más.

Lanzó una exclamación de asombro, abandonando al mismo tiempo su silla de junco. También Rosaura, advertida por su grito, se estremeció de sorpresa mirando hacia la puerta del salón.

Vieron los dos al señor Bustamante, un Bustamante verdadero, que entraba seguido de Estela y otra señora, tía de ésta, la cual hacía oficios de madre y regentaba en Madrid la casa del grande hombre.

IV

Donde aparece por primera vez el general-doctor

El señor Bustamante se mostró menos sorprendido que Borja. Sólo al reconocer á la viuda de Pineda hizo un gesto de asombro, y después de saludarla dijo al joven:

--Veo que has recibido pronto el telegrama que te enviamos desde Barcelona. No esperaba que vinieses de Aviñón hasta la noche.

Borja balbuceó para ocultar su confusión y hacer creer al mismo tiempo que había recibido el despacho.

Mientras tanto, la hija y la cuñada de don Arístides tomaban asiento á ambos lados de Rosaura, y aquél, olvidando por el momento á Claudio, dedicó toda su atención á la rica señora americana.

--¿Cómo iba yo á suponer que vería en Marsella á mi distinguida y hermosa amiga, cuando me la imaginaba en París?... ¡Qué sorpresa!... Lástima que nuestro encuentro sea breve.

Rosaura, por un secreto instinto, sin percatarse del verdadero móvil de tal precaución, evitó mencionar el número de los días pasados en la ciudad papal. Hablaba de su encuentro con Borja como si hubiese sido veinticuatro horas antes. El estudioso joven iba á quedarse en Marsella tomando notas para su libro, y ella, cansada de París, continuaría su viaje á la Costa Azul.

Bustamante, después de preguntar á la viuda por la salud de varios personajes sudamericanos amigos de los dos, creyó llegado el momento de hablar á Borja de «cosas serias», dejando que las mujeres conversasen aparte, en torno á la mesita de té.

--Debo explicarte mi viaje--dijo en voz baja--. Ha sido una decisión repentina... Tú habrás visto en mi última carta que se preparan sucesos importantes. El jefe ha pensado en mí. Quiere que sea embajador en el Vaticano así que subamos al poder, y esto sólo puede tardar unos meses, tal vez unas semanas. Se necesita allá un hombre de talento diplomático que posea además un nombre célebre en el extranjero, especialmente en América, y por eso ha pensado en mí. Vamos á reformar el Concordato con el Papa en un sentido liberal.

Aprobó Borja con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo de un modo ambiguo. Dudaba de esta reforma que enorgullecía de antemano al futuro embajador como si fuese cosa hecha.

--Tú conoces á mi gran amigo Enciso de las Casas. Lleva veinte años de ministro plenipotenciario de su país ante la Santa Sede. Conoce mucho á Roma, todos los cardenales son amigos suyos y comen en su casa. Sabes también que muchas veces me ha invitado á ir con mi familia á pasar unos días en su magnífico palacio. He ido demorando la visita, pero ahora la juzgo urgente; me servirá de exploración. La semana próxima da Enciso una gran fiesta para inaugurar su sala de pintores místicos. Al mismo tiempo celebrará con un banquete su ingreso en la Academia de los Arcades. Y todos en casa nos hemos decidido de pronto á tal viaje, aceptando la hospitalidad del ilustre americano, gloria de los países que hablan nuestra lengua al otro lado del Océano... Así podré estudiar el escenario en que voy á moverme.

Borja conocía de nombre á Enciso de las Casas. Era un millonario de la América del Sur, que se había instalado en Roma por sus aficiones literarias. Para mayor prestigio de su persona, desempeñaba gratuitamente la representación de su país en el Vaticano, y todavía le costaba mucho dinero la pompa de tales funciones diplomáticas _ad honorem_. La viuda de Pineda había frecuentado su palacio al pasar por Roma, y cuando le hablaban de Enciso sonreía con bondad: «Una excelente persona; un padre de familia, riquísimo y devoto, que no se cansa de escribir libros y quiere añadir á sus glorias de diplomático honorario cierta despreocupación de bohemio.»

Otros americanos del Sur, por envidia ó rivalidad, se mostraban crueles con él, presentándolo como un grafómano incansable. Todos los años publicaba un volumen sobre las antiguas ciudades italianas ó el Papado en la Edad Media, describiendo con inocente aplomo lo que numerosos autores habían relatado antes que él, creyendo de buena fe ser el primero que hablaba de tales materias.

Siempre tenía dos ó tres cardenales amigos que frecuentaban su casa con una alegría desenvuelta de personajes laicos. Familias nobles y arruinadas formaban el coro ostentoso de sus banquetes y recepciones. Él repetía con fruición unos apellidos históricos tantas veces mencionados en sus propios libros, y esto le consolaba en parte de las contribuciones que le imponían valiéndose de pretextos indirectos. Dichas gentes patricias, venidas á menos, le hacían comprar antigüedades, le recomendaban vinos y alimentos italianos, se movían en torno á él como procuradores y corredores de los más inesperados negocios.

Una familia de remota nobleza le había vendido el palacio que ocupaba en Roma por un precio que hacía sonreir hipócritamente á sus iguales, envidiosos de tan magnífica «combinación». Un guardia noble del Papa y un camarero de capa y espada acababan de sacar de la cancillería pontificia dos títulos de conde para ser en lo futuro dignos yernos de Enciso de las Casas.

El personaje pseudorromano procedente de la otra orilla del Atlántico sentíase unido á Bustamante por la gratitud. Don Arístides lo había llevado á Madrid para que diese varias conferencias, y el ministro plenipotenciario, vistiendo un frac cuya parte izquierda estaba enteramente cubierta de condecoraciones y con otras más pendientes de su cuello, leyó durante tres noches una serie de descubrimientos históricos, que muchos de los oyentes conocían de larga fecha, sobre la Florencia de los Médicis, la política naval de Venecia ó los artistas célebres del Renacimiento.

Animaba el ilustre Bustamante á los auditores adormecidos ó impedía los comentarios insolentes de la juventud. Borja se acordaba de haber asistido á una de las tales conferencias. «Hay que estrechar las relaciones hispanoamericanas--decía don Arístides--. Debemos ser patriotas además de corteses.» Y una vez más repetía su grito: «El porvenir de España está en América.»

--Pasaremos en Roma unas semanas--continuó el grande hombre--. Por su gusto mi amigo Enciso me tendría allá siempre. Pero volveré como embajador, y los ministros de toda nuestra América en la Roma católica celebrarán que España haya enviado un hombre de mi categoría para apoyarles en sus asuntos.

Después de dar tales noticias olvidó su propia importancia para fijarse en su familia. Estela, su hija, había acogido con entusiasmo el viaje. Conocía Roma á través de las novelas que describen las persecuciones de los cristianos. Sentía un deseo vehemente, que su padre llamaba «romántico», por ver el Coliseo, en cuya arena morían los primeros mártires bajo las zarpas y los colmillos de las fieras; por visitar las ruinas de los palacios que habitaron Nerón y otros Césares, los cuales se le aparecían imaginativamente como personajes de ópera bajando de un carro de oro falso entre muchedumbres de coristas y figurantes.

Su tía doña Natividad, viuda de Gamboa, sólo hacía el viaje por ver al Papa y comprar una buena cantidad de rosarios bendecidos para repartirlos entre sus amistades. Tía Nati, como la llamaba Estela, era un personaje familiar que hacía sentir su influencia en la casa de Bustamante, aunque éste no la reconociese otro papel que el de ama de gobierno ennoblecida por el parentesco.

Era pobre y no tenía más medios de subsistencia que el amparo de su cuñado. Creía en la injusticia del destino y se consolaba de ella odiando sordamente á todos los que parecían dichosos. A Claudio Borja lo toleraba con sonrisa agridulce por considerarlo futuro esposo de Estela. A ésta parecía amarla, pero restringiendo su afecto al pensar que sólo era sobrina y no podía dirigirla con el mismo despotismo que si hubiese sido hija suya. A su cuñado Bustamante lo menospreciaba en silencio. El grande hombre, que era de carácter generoso, la dejaba en libertad para los gastos de la casa, pero esto no impedía que ella, cada vez que don Arístides parecía contento por un éxito político ó una satisfacción personal de abogado, levantase los ojos al cielo protestando de las desigualdades de la suerte: «¡El pobre Gamboa!... ¡Valiendo mucho más que él!»

Gamboa, cuya fisonomía era ya semejante al perfil de una moneda borrosa para los pocos que se acordaban de él, seguía viviendo en la memoria de su viuda con todos los prestigios de un héroe magnífico y desgraciado. Don Arístides lo describía en sus ratos de buen humor como una víctima del carácter dominante de su esposa, pobre abogado sin iniciativas, que vegetó siempre en las capas más hondas de su mundo profesional. Doña Nati había pasado los años matrimoniales echándole en cara esta mediocridad que la mantenía á ella en una posición humillante junto á su hermana. Luego, al quedar viuda, vió en Gamboa á un grande hombre nunca comprendido, superior en todos conceptos á Bustamante, cuyo talento no podía reconocer por haberle mirado siempre de cerca. La improbabilidad de que volviese á ser ministro era el más dulce consuelo de su vida fracasada, y al verle ahora de pronto casi embajador, volvía otra vez sus ojos á lo alto con expresión de protesta.

Esto no le impidió aceptar alegremente el inesperado viaje á Roma. Además, su cuñado prometía llevarla meses después al palacio de la Embajada de España para que recibiese las visitas al lado de Estela, tan inexperta, tan poquita cosa, como si aún llevase la falda corta de su niñez.

Tía Nati era alta, abundante en carnes, muy morena, de grandes ojos negros (lo único apreciable que conservaba de su juventud), la boca algo abultada, con un poco de vello en el labio superior, y una nariz ancha, de ventanas redondas y obscuras, que la daban cierto aspecto de insolencia, como si estuviese á todas horas sorbiendo aire por ellas ruidosamente.

Guardaba fresco en su memoria, pasados los cincuenta años, todo lo que le dijeron los hombres cuando sólo tenía veinte, y estaba segura de que el destino la había tratado con la misma injusticia que al pobre Gamboa. La presencia de una mujer hermosa, con todos los refinamientos de la elegancia, provocaba en ella un gesto despectivo.

--¡Si yo hubiese querido oir á los hombres!... ¡Si hubiese sido rica para poder gastar!

La viuda de Pineda representaba uno de sus odios más vehementes. Su paso por Madrid, tan celebrado por Bustamante, figuraba entre sus recuerdos luctuosos. Todos los hombres, incluso su cuñado, le habían parecido animales despreciables siguiendo á esta mujer con irresistible deseo. Sólo la reconocía en público el mérito de tener unos cuantos años menos que ella. (Unos cuantos eran más de veinte.) También la irritó el verse todos los días en la obligación ineludible de envidiar sus alhajas, sus vestidos y otros detalles de una elegancia incesantemente renovada.

El tiempo y la ausencia amortiguaban este mal recuerdo, y ahora, inesperadamente, cuando se sentía quebrantada por un viaje en ferrocarril que había venido á sacudir su existencia sedentaria, lo primero que encontraba al llegar á Marsella era á la mujer odiosa, tan celebrada por el bobo de su cuñado y por su misma sobrina.

--¡Qué casualidad encontrarla aquí y en compañía de Claudio!... ¡Quién podía esperar esto!

Y sonrió con una expresión que dilataba aún más los agujeros de su nariz y hacía asomar entre sus labios de obscuro rosa unos dientes brillantes, algo amarillentos, como el marfil viejo.

Estela dió explicaciones á la gran señora sobre su viaje. Habían llegado al hotel poco después de mediodía. Tía Nati, á causa tal vez de su cansancio, olvidaba en el vagón un bolso que contenía objetos importantes: sus pobres alhajas, recuerdo de los tiempos de Gamboa, las llaves de los equipajes de los tres, dinero y papeles confiados por Bustamante. Éste, al notar dicha pérdida, había tomado un carruaje para volver á la estación, encontrando afortunadamente el objeto abandonado.

Permanecieron en el _hall_ esperando la hora de la comida. Estela miraba á Claudio con una timidez y un deseo en los ojos que hacían recordar la expresión apasionada y miedosa de ciertas bestezuelas de movimientos ligeros, sumisas y dulces. Borja la sonreía también, pero sin hacer nada por aproximarse á ella.

Mostró Bustamante una movilidad juvenil, hablando á unos y á otros como si estuviera en un salón de su casa y necesitase atender á todos sus invitados. Cambió repetidas veces de asiento, acabando por colocarse entre Claudio y la hermosa viuda de Pineda, y esto hizo que aquél quedase junto á su hija.

Pudo escuchar Rosaura una parte de la conversación de los dos jóvenes mientras fingía oir á don Arístides. Borja contaba tranquilamente á su novia su vida en Aviñón, excusándose por la tardanza en contestar á algunas cartas de ella. ¡Había estudiado tanto!... ¡Era tan interesante lo que llevaba visto!...

La presencia de Estela despertó en él cierto remordimiento por su conducta reciente. Se habían separado en Madrid mes y medio antes. Él la escribía con regularidad en el curso de su viaje, como un esposo de afectos tranquilos cuenta á su mujer todo lo que ve. Durante dos semanas le escribió desde Aviñón una carta cada tres días, recogiendo en la oficina de Correos las que ella le enviaba desde Madrid... Después... después no había escrito y ni siquiera se acordó de la existencia de dicha oficina. Tal vez á estas horas una ó dos cartas de la hija de Bustamante estaban esperando allá que Claudio fuese á recogerlas.

Sus ojos establecieron una comparación entre Estela y la hermosa criolla. Viéndolas sentadas una junto á otra, Borja recordó cierta precaución de los jardineros al cortar las rosas grandes. Siempre dejan cerca de ellas un botón sin abrir, que parece aumentar por la fuerza del contraste la belleza majestuosa de la otra flor.

La pobre Estela era el capullo al lado de la rosa soberbia, una esperanza indecisa, todavía sin realidad. Tenía el fresco atractivo de la juventud: ojos vivos, sonrisa dulce, una cabellera de rubio ceniciento, un cuerpo primaveral indeterminado en sus formas, que apenas si se diferenciaban de las de un muchacho esbelto. Podía ser hermosa gracias á una última evolución; podía quedarse estacionada, tal como era actualmente, y al llegar su madurez é iniciarse su decadencia, hacer creer en una belleza esplendorosa que nunca había existido.

Estela le rogó que se agregase á su tutor, yendo con ellos á Roma; pero Claudio se opuso con cierta rudeza. Por el momento le era imposible. Necesitaba quedarse en Marsella. Después volvería á España, siguiendo el mismo derrotero que el papa Luna en su último viaje, no parando hasta Peñíscola.

Como si se arrepintiese de su brusquedad, prometió finalmente ir á Roma, pero más adelante, cuando don Arístides fuese embajador. Esto representaría para él una buena ocasión de poder ver ciertas cosas que no son mostradas al común de los visitantes. ¡Qué no llegaría á conseguir don Arístides siendo embajador de España en el Vaticano!...

El grande hombre, por su parte, contestaba con negativas corteses á una invitación de la viuda de Pineda.

--Imposible, mi distinguida amiga... Verdaderamente dolorido de no poder aceptar su valiosa oferta. Con mucho gusto pasaríamos unos días en su magnífica posesión de la Costa Azul, de la que he oído contar maravillas; pero el amigo Enciso nos espera antes del jueves próximo. Ese día lo hacen Arcade, y se celebra el gran banquete. Debemos continuar nuestro camino mañana á primera hora, y por eso hemos dejado el equipaje en la estación. Cuando volvamos por aquí, dentro de poco, me permitiré hacer esa visita, si está usted en su palacio mediterráneo. Entonces seré todo un embajador, y usted, mi eminente amiga, tendrá que llamarme Excelencia, según las costumbres de la alta diplomacia.

Y el personaje rió del ambicionado cargo, con la falsa modestia de un poderoso que se digna prescindir para sus íntimos de las grandezas terrenales que le enorgullecen.

Entraron juntos en el comedor, ocupando todos la misma mesa. Doña Natividad, durante la comida, se mostró menos ácida en palabras é intenciones. Bustamante había observado que era siempre más tolerable con un tenedor en su diestra. La alimentación parecía amansarla, ejerciendo en ella un influjo semejante al de la música sobre las fieras, en los tiempos mitológicos.

Pidió detalles á Rosaura acerca de las modas y las últimas costumbres de París. Esto la serviría, cuando volviese á Madrid, para deslumbrar á sus amistades, dando á entender que había vivido en trato continuo con gentes del llamado «gran mundo». Mostró un envidiable talento de modista malograda, haciendo preguntas que desconcertaron á la criolla.

--No sé--decía ésta modestamente--; yo me limito á comprar las cosas si me gustan. Ignoro cómo se hacen. Soy muy torpe.

Cuando tía Nati consideró saciada su curiosidad sobre vestidos, le preguntó por la salud y el crecimiento de sus dos hijos:

--Deben ser ya grandecitos. ¿Dónde están ahora?... ¿Los ve usted con frecuencia?...

Insistió en hablar de los hijos de Rosaura. Ella no había tenido ninguno, y apreciaba su esterilidad orgullosamente, como si esto la proporcionase un extraordinario remozamiento, igualándola con la otra.

Después de la comida, al sentarse de nuevo en el hall, la energía hostil de tía Nati se desvaneció repentinamente. Sintió de golpe el cansancio de los días anteriores de viaje, quedando inmóvil en su sillón, con los ojos muy abiertos y redondeados fijos en la rica dama, pero sin decir una palabra más. Parecía dormir interiormente, acogiendo de vez en cuando con movimientos de cabeza afirmativos lo que hablaban Rosaura y Estela, sin que llegase á entenderlo, no obstante ser una prolongación de la misma plática sobre modas y otras elegancias de París.

Bustamante, gran fumador de cigarros habanos, remitidos por sus amigos de «allá», encendió uno de ellos, colocándose lejos de las señoras, en compañía de Claudio Borja, el cual nunca había querido aceptar estos barrotes de tabaco que le ofrecía su tutor.

Regocijado por el optimismo que proporciona una buena digestión y la perspectiva de dormir en mullida cama después de dos noches de tren, don Arístides trató al joven con una camaradería familiar, como si los dos fuesen de la misma edad. Su mirada maliciosa recordó á Borja la de algunos señores viejos que al final de un banquete, paladeando el café y la copa de licor, le habían dicho: «Ahora que estamos entre hombres, joven, hablemos un poco de mujeres.»

Mostraba igual animación que cuando recibía en Madrid la visita de algún americano y éste le contaba intimidades y escándalos de otros compatriotas amigos suyos. Designó con la vista á su «distinguida y bella amiga», y fué pidiendo aclaraciones de cómo la había encontrado en Aviñón, viniendo de París.

--¿Viajaba sola?... ¿No venía con ella un personaje americano llamado don Rafael Urdaneta?

Y al saber que Rosaura volvía sola á la Costa Azul, sonrió con expresión de suficiencia, como si adivinase el motivo de dicha soledad.

--Deben estar en una de sus peleas. Me han contado que riñen ahora frecuentemente. Muchos creen que eso va á terminar pronto.

Borja mostró impaciencia por saber quién era el tal Urdaneta, nombre que había oído algunas veces, y el presidente de la «Fraternidad Iberoamericana» pareció escandalizado de tanta ignorancia.

--Un grande hombre en su país, un exponente representativo de las virtudes y defectos de nuestra raza. ¡Lástima que el escenario en que le obligó á moverse su nacimiento sea tan pequeño! De haber surgido en una de las repúblicas grandes, hablarían de él todos los periódicos de la tierra. Un héroe de otros tiempos, el general-doctor.

Calló un instante, y temiendo que el joven considerase hiperbólicas sus palabras, se apresuró á añadir:

--Urdaneta no es de los nuestros, mas no por eso dejo de verle tal como es. Resultaría injusto afirmar que no ama á España. Cuando estuvo en Madrid organicé fiestas en su honor. Sus mayores entusiasmos fueron para las corridas de toros y las bailadoras andaluzas. Como me di cuenta de que se aburría, me contestó con franqueza: «Vea, doctor; esto es igual que mi tierra; más en grande, pero igualito. Como dicen allá: «Arroz con papas ó papas con arroz, da lo mismo». No vale la pena cruzar el mar para ver idénticas cosas.» A él le gusta París, Londres, Berlín... sobre todo París. Ha dormido tantas veces á la intemperie y sufrido tales privaciones haciendo la guerra en las selvas, que necesita á modo de compensación vivir en ciudades de millones de habitantes, ver mujeres cubiertas de alhajas, tener un frac sobre el cuerpo todos los días á las siete de la tarde.

Luego le contó la existencia de este hombre enérgico y cínico, amante de la gloria y escéptico al mismo tiempo, incansable derrochador de dinero, orgullo y calamidad de la pequeña república en que había nacido.

Dicho país, como otros de América, escasos en población y metidos en continuas guerras, tenía su clase dominante dividida en dos grupos: el de los generales, centauros hábiles en el manejo del machete, crueles é iletrados, con cierta habilidad para tañer la guitarra é improvisar versos cuando eran jóvenes, y el de los doctores ó licenciados, varones graves, de rebuscada palabra y tono solemne, que vestían chaqué negro hasta dentro de sus casas, á pesar de la calurosa temperatura, y pretendían gobernar al país en nombre del poder civil.

Se había colocado Urdaneta sobre los dos partidos, haciéndose general en una revolución y tomando el grado de doctor en la Universidad de una república vecina.

Sus partidarios le designaban por antonomasia con el título de «el general-doctor». No podía existir otro. Era un mago, un brujo, que parecía disponer de la voluntad de los hombres, seduciéndolos con su palabra. Le bastaba salir á caballo por los campos, seguido de unos cuantos amigos, para verse á las pocas semanas al frente de todo un ejército que decía á gritos, con la fe del fanático: «¡Viva el general-doctor!»

Bustamante lo describía físicamente. Este hombre hermoso tenía una belleza de otras edades. En Europa seguía con fidelidad todas las modas varoniles; pero muchos se lo imaginaban llevando coraza y casco, al mismo tiempo que le veían con pechera brillante, corbata blanca y frac. La única innovación masculina que no había querido admitir era la de rasurarse el rostro ó mantener sobre el labio superior un pequeño bigote. Conservaba la barba entera, una barba rizosa, ondulada, de negro azuleante, que descendía hasta su pecho. Tal adorno capilar, que había sido común algunos años antes, llamaba ahora la atención en restoranes y salones, atrayendo hacia él las miradas femeninas. Parecía llevar en torno á su persona un ambiente de fiereza cortés, de brutalidad viril. Disimulaba su falta de escrúpulos y su atropelladora ansia de vivir empleando toda clase de fórmulas galantes ó de afirmaciones caballerescas en su trato con mujeres y hombres.

Vivía en Europa, derrochando el dinero como un príncipe de Oriente, y su país se encargaba de costear dicha prodigalidad. Nunca había querido ser presidente de su República. Esto le habría obligado á permanecer en ella, teniendo que contentar á sus partidarios, perdiendo su prestigio fabuloso al ser visto de cerca. El general-doctor prefería convertir en presidentes á pobres hombres que le eran adictos, con la obligación de atender todas las peticiones que él les hiciera desde París. Algunas veces resultaban tan enormes, que el gobierno no podía aceptarlas. En otras ocasiones sus favorecidos pretendían emanciparse, obrando por cuenta propia, al verle lejos.

Urdaneta, en tales casos, apelaba al recurso de la intervención. Salía de su hotelito de París, cerca del Bosque de Boulogne, como el que va á una partida de caza, desembarcaba en las costas de su patria, y dos mil ó tres mil hombres corrían inmediatamente hacia él dando vivas al general-doctor, contentos de que empezase una guerra más.

Justificaba su desembarco en nombre de la libertad y del progreso. El gobierno llevaba al país á una vergonzosa reacción, y él no podía tolerarlo. Cuando eran gentes populares las que le habían negado obediencia, pretendiendo que la nación viviese libre de su tutela, hablaba Urdaneta en nombre del orden y de la propiedad, sacros principios que los demagogos ponían en peligro desde el poder. De un modo ó de otro, todo se resolvía con una campaña rápida y una entrada triunfante en la capital del victorioso caudillo, llegado siempre á tiempo para salvar á su patria. Y Urdaneta, después de hacer presidente á otro amigo de confianza, se volvía á Europa como modesto ciudadano, no queriendo aceptar la dirección suprema del país.

En vano sus enemigos habían pretendido matarle á traición ó acariciaban la esperanza de hacerlo prisionero y fusilarlo, en uno de sus desembarcos. Parecía que una influencia mágica lo guardase. Las gentes morían por él ó le salvaban de toda clase de asechanzas. Cuando alguien de su intimidad se entendía con los enemigos, era descubierto por la astuta vigilancia de otros fieles y muerto á machetazos.

--En Europa--dijo Bustamante--es costumbre reirse de estas revoluciones pequeñas de América y de los caudillos que las dirigen. Efectivamente, resultan grotescas vistas á distancia y desde lugar seguro. Contempladas de cerca son otra cosa y ponen serio al hombre más burlón. Se matan como si fuesen chinches, la vida humana no tiene valor para unas gentes cuyo estado perfecto es llevar el rifle en la diestra, sin reconocer ningún respeto divino ni humano. ¡Los hombres que han muerto por el general-doctor! ¡Los que lleva fusilados!... Esto no impedirá que cuando veas á Urdaneta te sientas seducido por él, como cualquiera de sus partidarios. Es un _gentleman_, mejor dicho, un caballero á la antigua, sentimental, de una amabilidad casi pegajosa, capaz de los mayores sacrificios por personas que acaba de conocer; pero detrás de todo eso se adivina algo inquietante que no deja vivir á su lado con entera tranquilidad... Gasta sin tasa, hace partícipes de sus despilfarros á los que están cerca, es gran convidador y algo distraído para apreciar lo que es suyo y lo que pertenece á los demás. Cuando el gobierno de allá no puede enviarle dinero, lo pone á contribución buscando negocios en Europa y en los Estados Unidos. Vende toda clase de concesiones á Bancos y particulares, cede minas de plata y pozos de petróleo que nunca ha visto y muchas veces son fantasías de las gentes de aquel país, grandes inventoras de cuentos, como todos los indios.

Mostró Borja cierta impaciencia. Ya había oído bastante de Urdaneta. Podía reconocerlo después de tal descripción. Él quería saber algo más. ¿Qué relaciones eran las suyas con la viuda de Pineda?...

Don Arístides adoptó un tono de tolerancia y bondad.

--Era inevitable que acabasen contrayendo relaciones amorosas (llamémoslas así), por ser ambos los personajes más importantes y celebrados entre las gentes de habla española que residen en París. Nuestra hermosa amiga representa la elegancia, la riqueza sólida; Urdaneta, la aventura heroica, el dinero desordenado y con intermitencias, como el agua de ciertas fuentes.

La argentina había empezado por reirse un poco del general-doctor, como si perteneciese á una casta humilde. Tenía el orgullo de su vasto país, limpio de revoluciones, en eterna paz y abundancia. La «republiqueta» de aquel hombre, del que todos hablaban, era menos grande que la más exigua provincia de la Argentina. Pero al tratar á Urdaneta en las tertulias y fiestas de París, acababa por sentir su influencia y se rendía á él, como tantas otras mujeres de la alta sociedad, artistas y cocotas célebres, seducidas por sus generosidades pecuniarias ó sus arrogancias de varón seguro de su fuerza.

Rosaura había ocultado discretamente estas relaciones, pero ni ella ni su amante podían vivir á todas horas á cubierto de los curiosos. Además, el enardecimiento pasional de los primeros meses acabó por hacerles cometer muchas imprudencias. Mientras permanecían en París les era fácil disimular su intimidad; mas luego emprendían largos viajes juntos, que acababan por hacerse públicos merced á indiscretas noticias de los periódicos ó á las revelaciones de otros viajeros. Rosaura parecía no haber amado nunca hasta entonces, tal era su entusiasmo.

--Luego ha persistido este amor, pero en otra forma, sin paz ni confianza, con una continua sucesión de celos, disputas y nuevas reconciliaciones. Nuestra amiga empezó hace tiempo á ver á Urdaneta bajo una nueva luz. No puede sentir la misma seducción heroica que las europeas ante el hermoso general-doctor. Esta señora es de allá y aprecia mejor las cosas. Creo que cuando riñen le echa en cara la pequeñez grotesca de su «republiqueta», extrañándose de que intente igualarse con ella por el hecho de que sus dos países están en América. «Yo soy de una República grande: yo soy argentina.» Hasta me han dicho, y no sé si creerlo, que en alguna de tales disputas al hombre de la «republiqueta» se le va la mano, apurada su paciencia, y la hermosa criolla huye de él por algún tiempo. Luego vuelve; pues, según parece, gusta de los caracteres fuertes, de los hombres verdaderamente masculinos, y acepta á su héroe con todos sus defectos. Se mantienen en realidad como muchos matrimonios legalmente constituídos. Él, cansado de su dicha, comete infidelidades; ella vive en continuos celos ó fingiendo un desprecio que no siente; se pelean, se abandonan, se buscan después. Urdaneta, por su voluntad, sería hace tiempo el esposo legítimo de ella. Un casamiento con la rica criolla afirmaría su situación financiera. Pero la viuda sabe lo que puede sufrir su fortuna con tal matrimonio, conoce el poder de «la plata» por ser de un país donde ejerce más influencia que en otros, no quiere verse arruinada, y prefiere continuar esta situación ilegal que todos le perdonan.

Cierto ruido de sillas hizo que el grande hombre callase, volviendo los ojos hacia donde estaban las señoras.

Tía Nati había sentido aflojarse los resortes de su voluntad, y siempre con los ojos muy abiertos, dejó caer su cabeza sobre el pecho, aumentando la fuerza de su respiración. Estela dió excusas. Las dos estaban muy cansadas, y doña Nati, á causa de sus años, no podía resistir las fatigas del viaje.

Esta alusión á su edad pareció despertarla, comunicándole una viveza agresiva; pero al fin se plegó á los deseos de la joven, ansiosa de retirarse á sus habitaciones.

Se despidieron de Rosaura. La criolla, por su parte, también se mostraba impaciente, mirando de reojo un abultado sobre que el portero del hotel había dejado minutos antes sobre el velador. Las tres mujeres se besaron, manifestando deseos de verse pronto, aunque la señora de Pineda y tía Nati no sentían gran prisa de volver á encontrarse. La invitación quedaba aceptada: visitarían á la argentina en su casa de la Costa Azul, cuando don Arístides fuese de embajador á Roma.

--Ahora á dormir--dijo Estela á su tía--. Piense que mañana á las nueve hemos de continuar nuestro viaje.

Rosaura, al quedar sola, se apresuró á abrir el sobre colocado sobre la mesa. Tal era su impaciencia, que ni se acordó de los dos amigos que seguían conversando en el fondo del _hall_ sin perderla de vista.

Fueron saliendo del sobre grande cartas más pequeñas, tarjetas postales, toda la correspondencia llegada á su «villa» de la Costa Azul durante su viaje, y que le reexpedía la doncella.

Miró ávidamente la letra de los sobres. Echó á un lado otros con la dirección impresa, que parecían contener catálogos de modas, anuncios de perfumistas y de joyeros. Examinó por ambas caras varias tarjetas postales. Luego hizo un gesto de desaliento... Nada.

El célebre abogado, que se tenía por muy hábil para adivinar las más intrincadas situaciones gracias á su inducción, dijo en voz queda:

--Sin duda está esperando una carta de Urdaneta pidiéndole perdón para reconciliarse una vez más, y la carta no llega. Casi estoy seguro de que ha reñido con el general-doctor.

V

El alba del protestantismo

Era cerca de mediodía cuando Rosaura bajó al salón del hotel. Borja la esperaba hojeando sin interés diarios y revistas algo atrasados que llenaban una mesa, y se apresuró á saludarla.

Había despedido en la estación á don Arístides y su familia. El tiempo era malo. Empezaba á soplar el mistral, modificando la fisonomía de Marsella.

Los dueños de los cafés de la Cannebière parecían capitanes de buque ordenando una maniobra. Sus tripulaciones de camareros amarraban los toldos con cabrias y cuerdas iguales á las de los barcos de vela; luego aseguraban con puntales las mamparas de vidrio de las terrazas, para que no las derribase el huracán. Sobre las aguas obscuras del Puerto Viejo danzaban con iguales vaivenes las embarcaciones grandes y pequeñas. El viento extraía polvo y papeles de los rincones de las calles, haciéndolos girar en espiral. Sonaban como disparos los golpes de las persianas al cerrarse. Y toda esta violencia instantánea de ciclón contrastaba con la serenidad del cielo, intensamente azul, barrido de nubes.

Rosaura había despertado muy tarde, después de pasar una mala noche. Atribuía á este cambio atmosférico la excitación de sus nervios. Su rostro ojeroso y afilado, de intensa palidez, revelaba las horas de insomnio. El mistral venía á aumentar su nerviosidad.

--¡Qué fastidioso permanecer aquí encerrada el día entero!... Envidio al señor Bustamante y á su familia, que huyeron á tiempo. Me dan ganas de hacer lo mismo. Aunque este huracán dura á veces tres días, prefiero arrostrarlo en el camino. Sólo necesito seis horas de automóvil para verme en mi casa.

Borja se apresuró á tranquilizarla con su optimismo. Tal vez era un falso mistral y terminaría á media tarde. Debían despreciar su furia yendo á cierto restorán, famoso por sus platos de la antigua Provenza.

Salieron del hotel, pero al pisar la acera de la Cannebière la bella criolla se estremeció, volviendo inmediatamente atrás. Había recibido una fría bofetada en pleno rostro, sintiéndose á continuación envuelta por los anillos glaciales del vendaval. Creyó que alguien le arrancaba el sombrero de su cabellera. Tuvo que llevarse ambas manos á las hinchadas faldas, que, no obstante su estrechez, pretendían subirse hasta su pecho. La sorpresa le hizo gritar, y creyó que el viento llenaba su boca con una bola de algodón helado. Borja la siguió en este retroceso, riendo de su alarma.

--¡Imposible salir!--dijo ella--. Prefiero el aburrimiento del hotel. Almorzaré aquí, y usted me acompañará. Por fortuna, escuchándole transcurre el tiempo sin que una lo sienta.

Volvieron á instalarse junto á un velador del _hall_, y al poco rato Borja, sin saber cómo, aludió á la mala noche que ella había pasado. Era indudablemente porque sufría grandes contrariedades. Tal vez esperaba noticias que no llegaban. Bien podría ser que la molestasen penas de amor.

Rosaura pareció irritarse al oir tales suposiciones, y miró al joven con hostilidad.

--¿Se imagina usted que no tengo otros asuntos en mi vida que acordarme de los hombres?... ¿Ha olvidado que soy madre de dos hijos, en los que pienso á todas horas?...

Calló un momento, para añadir con energía:

--Oiga, Borja: si quiere que continuemos siendo amigos, no me hable de amor, ni refiriéndose á otros ni pensando en usted. Adivino en qué pararían nuestras conversaciones si las continuásemos. Escucharía su declaración número no sé cuántos, pues resulta imposible estar á solas con usted sin que inmediatamente hable de su amor y de «nuestra futura felicidad», que yo me empeño en no aceptar. ¡Qué español ardoroso!... Piense en Estela, en su futura esposa, y eso le tranquilizará. ¡Si hubiese podido ver usted mi interior cuando estábamos anoche aquí!... No he hecho nada malo, y sin embargo, sentía remordimiento al estar junto á su novia, ese pobrecito ángel, y al recordar que usted, grandísimo hipócrita, me ha declarado su amor muchas veces desde que nos encontramos en Aviñón... Seriamente, Claudio, no quiero avergonzarme más por cosas que no he pensado hacer nunca, y si usted, al verse solo conmigo, ha de seguir lo mismo que antes, es mejor que se vaya.

Luego perdió su agresiva seriedad, para añadir sonriendo:

--O se aleja usted en seguida, ó me promete hablar tranquilamente, como un compañero. ¿Conviene el trato?... Está bien; puede usted seguir aquí, pero no permanezca por eso silencioso y de mal humor. Hable, cuénteme cosas interesantes. Diga qué le pasó á nuestro don Pedro al ver desde su refugio, en el reino de Aragón, cada vez más numerosos sus enemigos, teniendo que luchar contra dos Papas rivales. Deseo saber en qué paró esa guerra de los tres Pontífices.

Borja empezó á hablar con menos entusiasmo que otras veces. Un nuevo personaje había surgido en el Norte de Europa con el propósito de dar fin al cisma. Era joven y laico, Segismundo, rey de Bohemia, hijo del emperador Carlos IV, que á su vez se veía elegido por los señores de Alemania para ostentar la corona imperial.

--El ser «rey de romanos» ó emperador de Alemania--continuó--era un cargo honorífico, una herencia puramente teatral del antiguo poder de los Césares, que en realidad había terminado con Carlomagno. Los emperadores de Alemania, en aquellos siglos, eran fuertes si tenían dinero y soldados propios; cuando no se podían proporcionar estos elementos para imponer respeto, sus mismos electores, los príncipes alemanes, se reían de ellos, é iban de un lado á otro como huéspedes aparatosos y mendicantes. Segismundo sólo poseía un reino, la Hungría, pues su dominación sobre Bohemia fué aparente muchos años; pero supo inspirar confianza á los que le rodeaban y vió un motivo de gloria personal en la extinción del cisma, imponiendo su autoridad laica á los tres grupos de Pontífices y cardenales en que estaba dividida la Iglesia.

Los pueblos de la cristiandad se mostraban fatigados después de treinta y siete años de cisma. Cada uno de los Pontífices abusaba de las naciones bajo su obediencia, pidiéndolas incesantemente dinero para esta guerra eclesiástica. Los cardenales eran los que más habían favorecido al principio tal división con sus nuevas elecciones de Pontífices y sus resistencias á un acuerdo definitivo. Esto les servía para obtener nuevos empleos y riquezas. Pero tan largo desorden había acabado por quebrantar la fe de los creyentes. Las muchedumbres se acostumbraban á burlarse de los diversos Papas y sus ruidosas querellas. En varios países empezaron á surgir doctores de palabra ardiente proclamando la necesidad de una reforma profunda, no solamente en la organización de la Iglesia, sino también en sus doctrinas, volviendo á la sencillez evangélica de los tiempos de Jesús.

El miedo á la herejía triunfante hizo que los príncipes eclesiásticos buscasen la unión sinceramente, después de tantos años de egoísmo. La amenaza de una revolución religiosa los impulsó á una concordia inmediata.

Segismundo, de acuerdo con Juan XXIII, el Papa elegido en Pisa, convocó una asamblea universal de la Iglesia en la ciudad de Constanza. Acudieron á ella tres colegios de cardenales casi completos: el de Gregorio XII, ó sea el Papa de Roma, que huído de dicha ciudad andaba vagabundo por Italia; el de Juan XXIII, elegido por el concilio de Pisa, y todos los cardenales que habían abandonado á Benedicto XIII.

Precisamente los antiguos amigos de Luna iban á ser por su ciencia y su palabra los más importantes oradores del nuevo concilio. Centenares de arzobispos, obispos y abades fueron llegando á dicha ciudad por los caminos terrestres ó navegando sobre las aguas del Rhin y del lago de Constanza. Entre esta multitud de altos dignatarios de la Iglesia se hacían notar los doctores de la Universidad de París, siendo los más influyentes Pedro de Ailly y Gerson.

Los eclesiásticos reunidos en Constanza llegaron á ser diez y ocho mil. A ellos había que añadir los cortejos del emperador y los príncipes laicos, la muchedumbre de tenderos ambulantes, de vagabundos en busca de colocación, de cantores, juglares y prostitutas venidas á esta asamblea religiosa, semejante á una gran feria. De los diversos Estados de Alemania, así como de Italia y Francia, acudieron cerca de mil mujeres públicas. Además, según los cronistas de la época, muchas damas de condición equívoca seguían con lujoso aparato á cardenales y otros personajes.

Juan XXIII fué el primero en llegar. Había convocado el concilio cediendo á las instancias de Segismundo, pero acudía de mala voluntad, presintiendo un peligro al saber que le esperaban en Constanza sus más encarnizados adversarios.

Se mostraban furiosos contra él los iniciadores del concilio de Pisa, al darse cuenta de la astucia con que se había aprovechado de dicha reunión para hacerse nombrar Papa, después de la temprana muerte de Alejandro V. Era de inteligencia despierta y carácter violento, sin dominio sobre sus palabras en horas de enfado. Al pasar por las montañas del Tirol, volcó el coche papal y Juan XXIII rodó sobre la nieve, lo que le hizo lanzar varias interjecciones de su aventurera juventud. Las pobres gentes del país se asustaron al oir que el Santo Padre juraba por el demonio. Al llegar á las cercanías de Constanza y ver la ciudad desde lo alto de una colina, exclamó: «He aquí la trampa para cazar zorros.»

Más de cien mil personas y treinta mil caballos debían ser mantenidos diariamente en Constanza. La Nochebuena de 1414 se presentó el personaje más importante, el emperador Segismundo. Su llegada fué por el lago, y una muchedumbre inmensa esperó cerrada ya la noche y soportando un frío riguroso á que la barca regia atracase al pie de los muros de la ciudad.

Celebró Juan XXIII la misa de medianoche en la catedral, ocupando Segismundo un magnífico trono, rodeado de todos sus príncipes y altos dignatarios. Luego se vistió éste una dalmática de diácono, y llevando en su cabeza la corona imperial subió al púlpito para cantar el evangelio de la Natividad. Finalmente, el Papa le entregó una espada bendita, para que se sirviese de ella en defensa de la Iglesia, y después de tal ceremonia el concilio de Constanza pudo entrar en funciones.

En seguida se dió cuenta el antiguo corsario Baltasar Cossa de cuál iba á ser su destino por haberse entregado á dicha asamblea, confiando en las palabras de Segismundo. Sus rivales Pedro de Luna y Angel Corario habían sido declarados herejes en Pisa y despojados de sus tiaras. A él le iba á ocurrir lo mismo.

Los trabajos del concilio resultaron muy largos. Sus venerables individuos no tenían en cuenta para nada el tiempo. Las sesiones numerosas fueron separadas por intervalos enormes. Tenían que esperar contestaciones y comparecencias, para las cuales daban á veces plazos de cien días. Sin embargo, los miembros del concilio no se aburrieron durante tan luengas esperas. Como abundaban en Constanza príncipes y señores acostumbrados á combatir, eran frecuentes los torneos. El teatro hizo su aparición, siendo varias las compañías ambulantes que representaban dramas sacros, con intermedios jocosos. Resonaba la ciudad bajo un incesante concierto de marchas guerreras y canciones de amor. Se habían reunido en ella mil setecientos músicos de clarín, pífano, flauta y viola.

Cediendo á las insinuaciones amenazantes del concilio, el papa Juan hizo una promesa de dimisión para devolver la paz á la Iglesia; pero algunos días después, mientras se celebraban grandes justas en el centro de Constanza, un hombre ya viejo, vestido de palafrenero, montado en un mal rocín, con el rostro cubierto y una ballesta colgante de la silla, cruzó las calles guiado por un niño, que le condujo hasta las puertas de la ciudad sin saber quién era. Así escapó de Constanza Juan XXIII, para librarse de sus enemigos que le exigían una renuncia inmediata y absoluta.

La fuga del Pontífice causó tal sorpresa y pánico, que muchos dieron por terminado el concilio. Los comerciantes empezaron á empaquetar sus mercancías; los palafraneros de cardenales y príncipes prepararon sus caballos; pero Ailly y Gerson, con la ayuda del emperador, supieron impedir la desbandada general, convenciendo á los miembros del concilio de que éste podía continuar sin el Papa, y en las sesiones siguientes establecieron el revolucionario principio de la superioridad de una asamblea general de la Iglesia sobre el heredero de San Pedro.

--Esto fué un triunfo--continuó Borja--para la tendencia galicana que representaban ambos teólogos. La Iglesia iba á regirse «parlamentariamente», como diríamos ahora. La asamblea de los fieles resultaba superior al Papa, dejándole un papel de monarca constitucional... Pero más adelante los sostenedores del poder pontificio acabaron por dominar al concilio, y el nuevo Papa, Martín V, nombrado por éste, continuó la tradición monárquica absoluta de la Iglesia.

Como el fugitivo Juan XXIII se negaba á regresar á Constanza, el concilio lo juzgó, luego de oir un acta de acusación en la que se iban relatando todos los pecados del antiguo corsario Baltasar Cossa: «malvado, impúdico, mentiroso y rebelde; mal hijo con sus padres, envenenador de Alejandro V, al que había sucedido; culpable de fornicación con la mujer de su hermano, con religiosas, doncellas, casadas, y de otros crímenes contra la castidad; vendedor de indulgencias y de empleos para guardarse su producto; avaro, simoníaco...» Y así continuaba la acusación contra el tercero de los Papas, abarcando setenta y cuatro delitos, consignados con toda clase de detalles.

El 29 de Mayo de 1415, el concilio lo deponía, y una diputación iba á buscarlo en la ribera alemana del lago de Constanza, donde se había refugiado, para notificarle su sentencia. Juan XXIII la acató humildemente, reconociendo el yerro cometido al huir del concilio, y se resignó para siempre á su desgracia. Tres años vivió prisionero en Alemania, sufriendo ultrajes y consolándose de tan amarga situación componiendo versos latinos sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Cuando el concilio nombró Papa, años después, á Martín V, al pasar éste por Florencia vió arrodillarse á un anciano que le prestaba juramento como Pontífice legítimo, queriendo vivir y morir bajo su dependencia. Martín V, conmovido por tal espectáculo, concedió al antiguo Juan XXIII el primer puesto en su Sacro Colegio con el título de cardenal-obispo de Túsculo; pero el agraciado tardó poco en morir.

Obtuvo el concilio de Constanza una nueva victoria. El errabundo Gregorio XII, abandonado por casi todos los países de su obediencia y que no sabía dónde refugiarse, abdicó igualmente su tiara desde la villa de Viterbo, y el concilio lo nombró cardenal-obispo de Porto. Dos años después moría en Recanati, diciendo: «No he conocido al mundo, ni el mundo me ha conocido á mí.»

Para agradecer su renuncia, el concilio lo declaró el Pontífice más legítimo de los tres. Era el Papa de Roma, y la asamblea libre de la Iglesia, al hacer esto, obedeció á la misma influencia geográfica que había motivado el cisma. El futuro Pontífice elegido por el concilio sería forzosamente italiano, para que no se repitiesen las disensiones.

--De los tres Papas--dijo Borja--ya no quedaba en pie más que uno: Benedicto XIII; pero con éste iban á poder muy poco el ensoberbecido concilio y el jactancioso Segismundo, propenso á querer asustar con las amenazas de su fuerza algo ficticia y poseedor de cierta habilidad para conseguir por medio de intrigas lo que le era imposible obtener autoritariamente.

Claudio olvidó esta querella de los tres Papas para evocar la figura de un simple doctor, que sin ser cardenal ni prelado, dejó su nombre heroico unido para siempre al recuerdo de dicho concilio.

--No sólo eran mercaderes, artesanos, músicos, cómicos y aventureros los que habían venido á engrosar la muchedumbre de Constanza. Antes de que llegase el emperador, las gentes se agolpaban en las plazas de la ciudad ó en los muelles del lago para escuchar la fogosa oratoria de un eclesiástico de cuarenta años, alto de cuerpo, el rostro pálido y enjuto. Era de vida austera, y se mantenía pobremente á pesar de su amistad con los grandes señores de Bohemia, su país. Se llamaba Juan Huss, y por sus estudios y su elocuencia había llegado á rector de la Universidad de Praga y confesor de la ex reina Sofía, cuñada de Segismundo.

Amaba el Evangelio en toda su pureza, deseando que la Iglesia, corrompida y dividida, se ajustase de nuevo á sus enseñanzas. Otro clérigo llamado Wiclef había surgido, antes que él, en Inglaterra, proclamando la regresión de la Iglesia al primitivo espíritu evangélico, la supresión de la vida escandalosa y los abusos de los príncipes eclesiásticos, una reforma completa en las costumbres y en el dogma.

Wiclef había muerto en su patria sin que su persona sufriese persecuciones, pero sus libros fueron condenados á las llamas en varias ciudades de Europa. Juan Huss, su discípulo y continuador, se veía excomulgado, y sus obras eran igualmente arrojadas al fuego en Praga.

Apeló de esta sentencia ante Juan XXIII, y provisto de un salvoconducto del emperador Segismundo, emprendió la marcha hacia Constanza, seguido de numerosos discípulos, con la pretensión de hablar públicamente en el concilio. No obstante las preocupaciones que le acarreaban la lucha con sus enemigos y el afán de sostener su autoridad, recibió Juan XXIII benévolamente al doctor bohemio, suspendiendo las censuras que pesaban sobre él, bajo la condición de que se abstuviese de predicaciones.

No era el momento oportuno para que un orador como Huss, acostumbrado á perorar todos los días en la cátedra ó al aire libre ante enormes muchedumbres, se mantuviese silencioso. Además, un hombre sincero que se imagina poseer la verdad, prefiere la muerte al mutismo.

Siguió Juan Huss predicando como antes en las plazas de Constanza, y las autoridades eclesiásticas lo aprehendieron, manteniéndolo en un calabozo á las órdenes del concilio. En su sesión quinta confió éste á una comisión de dos cardenales y varios doctores el examen de las doctrinas de Husss, siendo presidente de ella el célebre Pedro de Ailly, ahora cardenal de Cambray.

Cinco semanas se prolongó el duelo entre un hombre completamente solo y los ricos dignatarios de la Iglesia, empeñados en hacerle abjurar cuarenta y dos proposiciones extraídas de los libros de Wiclef que figuraban como suyas. El heroico predicador contestó siempre que estaba dispuesto á tal abjuración, con entera humildad, si le demostraban antes que sus doctrinas eran erróneas. Ailly y algunos otros jueces miraban con simpatía y lástima al obstinado Huss.

--Juan--decía Ailly--, entregaos simplemente y sin reserva alguna al concilio, que os tratará con humanidad é indulgencia.

Le dieron á entender que podía formular una abjuración, aunque fuese simulada; pero Huss repelió tal propuesta, diciendo: «La mentira amargaría mis últimos instantes.»

--El concilio--continuó Borja--, por lo mismo que se había constituído de un modo revolucionario, colocándose sobre el Pontífice que lo convocó y arrogándose una autoridad universal sobre la Iglesia, se mostraba severo é inquieto con los innovadores. Sentía el ansia dominadora de los gobiernos provisionales surgidos de una revolución, que temen en seguida á los exaltados y necesitan castigarlos, para consolidar de tal modo su prestigio ante los elementos conservadores.

Ailly y los demás jueces, después de tan largas controversias, se apartaron tristemente del acusado, presintiendo cuál iba á ser su fin. Como Segismundo le había concedido un salvoconducto, resultaba vergonzoso para él que este hombre venido á Constanza bajo su protección fuese ejecutado. Para evitarse tal vileza, hizo que varios señores checos visitasen á Maestro Juan en su prisión, pidiéndole que abjurase. Uno de ellos, para convencerle, dijo que no debía creerse él solo más sabio que todo el concilio; á lo que repuso el predicador: «Si el último de sus miembros me opone textos mejores que los míos, me retractaré inmediatamente.»

Al celebrarse, el 6 de Julio, la XV sesión del concilio, Juan Huss fué conducido entre soldados á la catedral de Constanza. Segismundo, que había suscrito un documento garantizando la seguridad de su persona, ocupaba un trono, rodeado de los dignatarios de su corte. La muchedumbre llenó el resto del templo. En mitad de éste había una tarima y sobre ella una mesa con los ornamentos sacerdotales preparados para la ceremonia de la degradación.

Hubo misa solemne, letanías cantadas, y un obispo predicó sobre la necesidad de aplastar la herejía en su germen, alabando al emperador Segismundo, destinado por Dios para extirpar á un mismo tiempo el cisma y la herejía. Y terminó su sermón diciendo que suprimir á un herético era obra de piedad.

Después de amenazar el concilio con severas penas á todo el que interrumpiese la discusión, hizo leer las herejías de Wiclef enseñadas por Juan Huss. Éste se defendió con vehemencia apelando á Cristo y no quiso abjurar. Entonces lo obligaron á ponerse de rodillas para que escuchase su sentencia, arrojándolo de la Iglesia y degradándolo como sacerdote.

Siete obispos le revistieron los ornamentos sacerdotales como si fuese á celebrar la misa. Al ponerle el alba, dijo Maestro Juan:

--Cuando Cristo fué conducido de Herodes á Pilatos, lo cubrieron con un vestido blanco para burlarse de él.

Le exhortaron los obispos por última vez á que se retractase, y Huss contestó dirigiéndose á la multitud:

--No quiero mentir ante la cara de Dios, ofendiendo á mi conciencia y á la verdad. Retractarme sería engañar á muchedumbres enormes que escucharon mis predicaciones, anunciando la palabra divina.

Los obispos le pusieron un cáliz en las manos y se lo arrebataron á continuación, gritándole:

--Judas, ya que abandonaste el consejo de la paz para tomar el de los judíos, te quitamos el cáliz de salud.

A lo que contestó el excomulgado:

--Dios Todopoderoso, por el cual sufro, no me quitará el cáliz de salud que espero beber hoy mismo en su reino.

Uno por uno le fueron arrebatados los ornamentos sacerdotales, entre terribles maldiciones del rito. Como los obispos debían terminar por la supresión de su tonsura, discutieron entre ellos cómo podrían hacerlo, si con navaja ó tijera, y Huss gritó al emperador Segismundo:

--Ved cómo mis enemigos no llegan á entenderse siquiera sobre el modo de deshonrarme.

Luego de borrar su tonsura le pusieron en la cabeza una corona de papel de dos pies de alto, en la que estaban pintados tres horribles demonios arrebatando su alma, con la siguiente inscripción: «Este es el heresiarca.»

--¡Abandonamos tu alma á Satán!--gritaron los obispos.

Huss juntó sus manos, levantó los ojos al cielo y repuso:

--Señor mío Jesucristo, que llevasteis una corona de espinas más dolorosa que la mía: por amor de vos, yo, pobre pecador, llevo humildemente esta corona más ligera, aunque infamante.

Terminada la degradación, el concilio lo abandonó al brazo secular. Según una antigua costumbre de la Iglesia, horriblemente hipócrita, Maestro Juan fué entregado al emperador con la siguiente recomendación: «No sea condenado á muerte, sino á perpetua cautividad.»

Segismundo, como todos los soberanos de entonces, sabía que estas palabras misericordiosas no eran más que una fórmula ritual, é interpretando su verdadero sentido, dijo al preboste de Constanza:

--Coged al Maestro Juan Huss y quemadlo por hereje.

El preboste ordenó á sus gentes que lo condujesen á la hoguera tal como estaba, sin quitarle los dos hábitos superpuestos de paño negro que vestía á causa del frío de la prisión, su calzado, su ceñidor, su cuchillo, ni otras cosas que llevaba sobre él.

Al salir de la catedral, vió cómo ardían en medio de la plaza todos sus libros, quema que le hizo sonreir.

Marchaba rodeado de guardias, tranquilamente, con las manos libres, hablando á la muchedumbre. Detrás de él iba un ejército, más de tres mil soldados, y casi todo el vecindario de Constanza. Durante el trayecto se oyó muchas veces la voz de Maestro Juan gritando con fuerza:

--Jesucristo, hijo de Dios vivo; _¡miserere nobis!_

Cuando llegó al lugar del suplicio, se hincó de rodillas tres veces ante el enorme montón de leña, volviendo á repetir la misma invocación. Quiso predicar al pueblo y le negaron el permiso. Fué atado á un poste, en lo más alto de la pira, con una cadena al cuello. Sus pies descansaban en un taburete, y la mayor parte de su cuerpo desaparecía entre los leños y la paja, que le llegaban hasta la barba.

Todavía en esta posición los representantes del emperador le invitaron á retractarse y salvar su vida. Huss, por toda respuesta, empezó á predicar sobre su inocencia, y aquéllos dieron la orden de prender fuego.

Como los verdugos habían derramado mucha pez sobre la hoguera, ésta ardió con instantánea combustión. En medio de las llamas se le oyó cantar «_Jesu Christe, Filli Dei vivi, miserere nobis_»; pero no pudo repetir tales palabras, pues el humo lo asfixió.

Algunos personajes eclesiásticos admiraron noblemente su heroísmo. Eneas Silvio Piccolimini, que había de ser Pío II (el único Papa novelista), dijo que la muerte de Huss recordaba la de los filósofos antiguos de ánimo más fuerte. Sus cenizas y huesos fueron arrojados al Rhin, para evitar que sus admiradores guardasen dichos restos como reliquias.

Implacable el concilio en la persecución de los reformadores del dogma, decretó igualmente que se desenterrasen en Inglaterra los restos de Wiclef para quemarlos, ya que no era posible hacerle morir en el mismo suplicio que Juan Huss. Uno de los más ardorosos discípulos de Maestro Juan, el elocuente Jerónimo de Praga, fué quemado algún tiempo después en la misma ciudad de Constanza.

--En torno á la muerte de Huss se han forjado tradiciones interesantes. Cuando el mártir estaba atado en lo alto de la pira, vió cómo se acercaba una viejecita fanática llevando con trabajo su haz de leña para la quema del hereje. «_¡O sancta simplicitas!_», exclamó el mártir. Antes de morir dijo algo más importante: «Hoy quemáis un ganso, pero de mis cenizas nacerá un cisne que no podréis quemar.» Huss, en lengua bohemia, significa «ganso», y el cisne era Lutero, que apareció un siglo después.

Borja sonrió, añadiendo con una expresión de tolerancia:

--Creo que la tal profecía fué inventada en tiempos de Lutero; pero aunque así sea, resulta digna del precursor quemado en Constanza. La Historia no valdría la pena de ser leída si la despojásemos de tantas frases elocuentes que nunca fueron dichas por los personajes á quienes se atribuyen, de tantas coincidencias portentosas buscadas luego de ocurridos los hechos. Perdería su enorme interés de novela vivida.

Era ya la una de la tarde cuando entraron en el comedor del hotel. La tristeza gris de este local cerrado, en cuyas ventanas temblaban los vidrios al impulso de las ráfagas exteriores, les hizo recordar su almuerzo del día antes, frente al Mediterráneo, viendo los veleros del Puerto Viejo, los vapores que avisaban su salida con mugidos de sirena, los muelles oliendo á mariscos y á frutas, el amplio horizonte azul que inspira la tentación del viaje.

Empezó Borja á hablar otra vez de los campos de olivos y naranjos en la costa mediterránea de España. Evocó á Peñíscola avanzando en el mar como un navío de piedra, y antes, mucho antes de este término de su viaje, las construcciones ciclópeas y romanas de Tarragona, las pinedas rumorosas y los bosques de alcornoques de las montañas catalanas, y al lado de acá de los Pirineos la antigua ciudad española de Perpiñán, con su catedral y sus elegantes fortalezas de ladrillos color de rosa.

Insistía el joven en tales descripciones mirando fijamente á la criolla, deseoso de que dijera algo y temiendo al mismo tiempo sus palabras. Al fin ella habló.

--Todo eso tan bello lo verá usted solo, Borja. No le acompaño. Ahora me doy cuenta de mi locura al afirmar que haríamos juntos tal excursión. ¡Las cosas que se prometen á los postres de un buen almuerzo!...

En vano insistió él en sus insinuaciones. Era un viaje de dos semanas nada más. Vería una España completamente desconocida. Rosaura ignoraba cómo era la costa española del lado del Mediterráneo, país que dió origen á tantas leyendas maravillosas en tiempos de los primeros navegantes, cretenses, fenicios y griegos. Ella continuó moviendo su cabeza negativamente.

--¡Qué horror, ir á España con un hombre!... Anoche, al conversar aquí con la familia de don Arístides, reía interiormente ante la suposición de hacer juntos tal viaje... ¡tan absurdo me parecía! Doña Nati, esa bruja respetabilísima, me hizo recordar lo que son nuestros países. Encontraríamos allá muchas doña Nati. Usted no es más que un amigo, pero tengo la certeza de que se permitirían las más atrevidas suposiciones. No, Claudio, por nada del mundo le acompaño... Además, usted representa otro peligro. Se mantiene modosito, bien educado, y de pronto muestra unos atrevimientos que merecen bofetadas... Sí, ya sé que es el amor, pero á mí no me basta que una persona me hable de amor para tolerarle cosas que considero faltas de respeto.

Borja protestó con vehemencia, afirmando la seriedad y la cordura de su conducta en el futuro viaje.

--Le doy mi palabra... le juro que no tendrá motivo de queja. Usted me ha enseñado nuevas reglas de vida. Creo ahora que un hombre y una mujer pueden ser amigos é ir á todas partes sin que su plácida amistad la perturben malos deseos. Sea usted lógica; acuérdese de lo que me dijo al volver de la fontana de Vaucluse. «¿No pueden dos personas de sexo diferente vivir como simples camaradas, guardando cada uno aparte sus secretos y sus afectos?»

Rosaura le escuchó sonriendo pasivamente, como si careciese de fuerzas para discutir con él, contestando con frases cortadas á sus preguntas tenaces.

--Veremos... No sé qué hacer... Tal vez acepte... Lo pensaré de aquí á mañana.

Él tuvo miedo á este plazo, que le parecía muy largo, é insistió para obtener una respuesta inmediata.

--Bueno; sí... Haremos el viaje.

Dijo ella esto con voz floja, sin entusiasmo, como si deseara terminar cuanto antes la conversación.

Después del almuerzo aún permanecieron juntos media hora en el _hall_. Rosaura acabó por subir á sus habitaciones. Iba á entregarse á la lectura de un volumen de versos de Petrarca, comprado el día anterior, y tal vez, si al anochecer aflojaba el mistral, saldría con Claudio á pasear por las calles más céntricas. Él podía entretenerse visitando á varios libreros de lance que le habían ofrecido obras raras sobre la historia y las costumbres de Aviñón en tiempo de sus Papas.

Pasó la tarde manejando volúmenes antiguos, recibiendo en la garganta el polvo de sus cortes y lomos, hablando con libreros entusiastas de la antigua Provenza, que unían á la rapacidad del comerciante fervores de bibliófilo y de arqueólogo.

Cuando al anochecer volvió á su hotel, el portero le entregó una carta.

--Es de la señora del número 2. Salió á media tarde en su automóvil y me encargó que se la diese al entrar.

Borja abrió el sobre con dedos trémulos, para leer unas cuantas líneas escritas, sin duda, apresuradamente.

Se marchaba Rosaura á su casa de la Costa Azul, dándole á entender de un modo terminante su deseo de no verse seguida. Volverían á encontrarse alguna vez. ¡Adiós! El mundo es menos grande de lo que creen las gentes. Podía continuar su viaje solo. Era mejor para sus estudios.

Y tal fué la cólera del joven al leer esto último, que lo aprobó. Sí; era mejor para él olvidar su encuentro de Aviñón. Era mejor seguir su existencia de siempre, libre de una mujer que pertenecía á otro mundo.