El pasado · Capítulo real 1 de 1

El pasado

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EL PASADO

NOVELA

Enl

MADRID

V. H. Sanz Calle] a.-Ediíores e Impresores.

Casa central: Montera, 31 . — Talleres: Ronda de Atocha, 23. Teléfono 17-88

DERECHOS RESERVADOS

LA SOMBRA

Al salir del Congreso sintióse envnolto por la caricia tibia y dorada de la tarde de fines de septiembre, una de esas tardes de otoño madrileño, cálidas, suaves y regaladas, en que el cielo azul tiene en el ocaso irisaciones de nácar y el aire una maravillosa diafanidad. Después de la atmósfera densa y viciada de los salones, alumbrados ya por la luz eléctrica, el aire tibio fuéle grato, y respiró satisfecho. Parecíale oír aún los aplausos que subrayaban párrafos sonoros y brillantes de su oración, y dábanla, al fin, honores de triunfo parlamentario; ver agitarse el matorral de manos, unánimes en la aprobación, y, sobre todo, adivinar, allá en la tribuna, aquellas finas y aristocráticas, enguantadas de suecia gris, que palmoteaban entusiastas.

¡Ana Rosa! Entre el público que se le antojalDa trivial, parecía destacarse ella, con su faz pálida, donde lucían las grandes pupilas castañas, húmedas, fervorosas y apasionadas, y en que, bajo la nariz recta, tal vez un poco gruesa, se abría, como una flor que comenzara a mustiarse, la boca casi imperceptiblemente sombreada por un gesto doliente. La cabellera obs-

cura, con fugaces reflejos de miel, la mata sedosa, espesa, un poco pesada, de pelo que, echado hacia atrás, dejaba de ordinario la frente al descubierto, desaparecía entonces en la pequeña toca de pluma plomo, áspera y punzadora como un erizo, por bajo la que asomaban los lóbulos de las orejas adornados de gruesas perlas. Hubiese jurado que entre tantos aplausos indiferentes, que sólo acuciaban su vanidad o su ambición, distinguía aquéllos como algo infinitamente cordial, como el tic-tac de un corazón amado. Luego, en los pasillos, fueron las mismas palabras banales de siempre, las mismas ruines adulaciones, los halagüeños presagios invariables, las frases manidas de promesas, que casi fatalmente ocultaban debajo una inconfesable envidia o un odio mezquino. "¡Que sea enhorabuena!... ¡Ese es el camino!... ¡Así se llega!... ¡Hoy parecía que un viento purificador había pasado por el Salón de Sesiones!... ¡En la próxima crisis!..." Don Fermín Rozalejo, jefe del grupo, habíale felicitado también con palabras que eran una promesa velada: "Bien, muy bien, amigo Morales, es usted la gran esperanza del partido".

Rememorando ahora todo aquéllo mientras que, después de rehuir encuentros con los colegas, un poco hastiado de la vana fraseología que o no encubría nada, o encubría mal inconfesables concupiscencias, y de despedir el coche, ansioso de andar, de agitarse, de cansar su temperamento sanguíneo, subía lento la Carrera de San Jerónimo.

La pesadez de un golfillo que le ofrecía los primeros periódicos de la noche le distrajo de sus pensamientos.

— ¡El Mundo!, ¡La Correspondencia!, ¡el He-

raido! y ¡con las últimas noticias!... ¡El discurso de don Ramón Morales!

Al oír pregonar su nombre sintió un vago cosquilleo de vanidad, y parte eso, parte el afán de saborear a solas sus pensamientos y librarse de la obsesión del vendedor, que brindaba a su lado como un mico irónico, hízole comprar los diarios.

Detúvose un momento y buscó rápidamente lo que a su discurso se refería. En el distraído pasar de páginas, sus miradas, que resbalaban vagamente atentivas por los rótulos sensacionales y por las fotografías, un tanto borrosas, se detuvieron en cierto artículo informativo que ostentaba, con grandes titulares, "La tragedia de una española", debajo de un retrato de mujer. Fué un sobresalto instintivo, una emoción o sacudida obscura en esas misteriosas profundidades anímicas que no tienen una rápida y clara correspondencia en el exterior, intuitivo anuncio de que algo acaba de instalarse en su vida, un no sé qué, en fin, equivalente a la confusa percepción de la entrada de una persona en la habitación en que dormimos. La impresión pasó, sin embargo, tan rápida, que el político, en vez de analizarla, o por lo menos definirla, siguió pasando páginas del periódico hasta llegar a su discurso.

Los comentarios a la primera parte de la oración, única que el repórter había oído, eran de una vacuidad descorazonadora; tratábase de esos comentarios elogiosos en que no se entra en materia, sino que se loa hiperbólicamente a ^ la persona, sin ahondar en la entraña de la idea, manera que se usa ante las incógnitas, ante las grandes figuras que no se sabe aún con fijeza la posición que van a adoptar.

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Inconscientemente volvió a la página en que estaba el retrato y se detuvo sin darse cuenta. Cosas confusas que dormían muy en lo hondo de su espíritu se removían lentas y perezosas como enormes larvas, a cuyo rincón subterráneo llega un rayo de luz; no tuvo tiempo de definirla; las gentes que cruzaban a su lado le miraban curiosas, y algunos diputados y periodistas saludábanlo al pasar. Pensó: "Lo menos se creerán que me estoy deleitando con el bombito", y avergonzado dobló el periódico y siguió su camino.

Un grupo, que subía lentamente la cuesta, alcanzóle y se incorporó a él. Formábanle cuatro caballeros, enlevitados tres de ellos, con traje de americana gris y frégoli, el cuarto. Eran el marqués de Regalda, Pinzón Díaz, Garci-Lasso y Murciano.

Podía clasificarse al marqués de Regalda como el tipo del perfecto egoísta, ahondando un poco, del perfecto aristócrata-político, en boga hace algunos años, mirando las cosas de un modo superficial. Valía más de lo que las gentes suponían, pero, tal vez recordando la historia de Sixto V, que se fingiera moribundo para ser elegido Papa, y que caminando en muletas hasta sentarse en la silla de San Pedro, una vez en ella, las arrojó, curado como por ensalmo, y convencido de que para llegar lo mejor era dejar a las gentes creer que una vez llegado no se haría nada, aceptó la opmión de su mediocritud, seguro de que una vez arriba les daría un mentís con sus hechos. Pero sucedióle que, ya triunfador y realizadas sus ambiciones, invadióle una gran pereza, y con ella la idea de que puesto que nada había tenido que hacer para arribar allí, nada valía la pena de hacer ya.

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¿Para qué luchar, crearse odios, enemigos, rivales, poner a discusión cosas que hasta entonces nadie había discutido? Iba a suceder que las gentes que hasta entonces, creyéndole una nulidad dorada, habían aparentado tenerle por una eminencia, al dudar de su estulticia, aparentarían creer en ella firmemente. Un gran escepticismo alumbró sus ideas y trazó las rutas a su labor. Y lo fué todo, embajador, ministro, académico, consejero de Estado..., a condición de no ser nada de verdad. De vez en cuando tenía una idea provechosa o escribía una página interesante; pero entonces la vida cruel le recordaba que aquello no debía de ser, y entonces arrinconaba la idea o rasgaba la página. Su físico ayudábale a maravilla; tenía tipo de gran señor diplomático y cultivador de las artes y las letras: alto, delgado, ojos claros, uno de los cuales lucía con algo de lumbre tras el monóculo orlado de concha; barba rubia, casi blanca, los cabellos canos, peinados en cepillo. Vestía, con elegancia de dandy del año 80, entalladas levitas con cuellos de terciopelo, chaleco de piqué blanco, gran plastrón de raso, sujeto con una perla, y iDotincs blancos, de piqué también. Puede ser que lo único que desentonase en su persona fuese la sonrisa. Cada vez que decía con tono sentencioso una de aquellas trascendentales vaciedades que tan bien reflejaban la mentalidad de sus oyentes, había algo de mefistofélico en sus ojos; pero, sobre todo, en el fino trazo de sus labios, una sonrisa...

Pinzón-Díaz era un hombre cordial, ante todo, cordial. Alto, gordo, barbudo, simpatiquísimo, con algo de asirlo en el rostro, pero un asirlo moderno y suavemente burlón, poseía una voz cordial, un gesto cordial, una sonrisa cordial.

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De gran talento natural, ingeniero mediocre, encerraba bajo aquella apariencia a un luchador que había conquistado la vida palmo a palmo y que poseía un asombroso espíritu de adaptación. En un país donde la política se hiciese seriamente, hubiese llegado, y hubiese dejado huella de su paso: en España había llegado a todo, sí, pero no le habían dado tiempo para hacer nada.

Más pesado que el plomo, más feo que Picio, la cara adornada, no sólo de la barba rala, pringosa y sucia, sino de rojos granos, a más de lentes con cerco de oro, tras los que se asomaban los ojillos pitañosos, el marqués de GarciLasso era una estantigua, un fósil, no sólo por sus años, sino por sus ideas. Pertenecía a esa clase de nulidades agresivas que con furibundos ademanes tratan de cerrar el paso a los demás; que sin talento para renovarse ellos, ni para triunfar por sus mismas fuerzas, esgrimen constantemente la moral para oponerse al placer de sus semejantes, la ley para impedirles prosperar, las jerarquías para sembrarles de obstáculos el camino. Allá en su juventud había publicado una novela muy mala: Heroica y Atalaor, que había merecido los honores del olvido; ahora, académico ya, acababa de dar a luz un tomo de versos : Rimas nobles, donde rimaba belleza con nobleza, cuadro con taladro y tizona con infanzona. El sombrero, de copa alta, con cinco modas de retraso; la levita, estrecha y llena de lamparones, muy abierto el cuello, dejando ver, por encima de la capa de caspa que lo cubría, la corbata deshilachada, caminaba a zancazos y peroraba escupiendo sobre sus interlocutores.

En cuanto a Murciano, veinticinco años más

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joven que los otros, vivaz, alegre, efusivo, entusiasta, moviéndose mucho, gritando mucho, gesticulando mucho, muy inteligente, muy simpático, pertenecía a esa clase de hombres que se califican como un muchacho que vale. Así era, efectivamente; pero valía a la manera española, sin fondo ninguno de cultura, ni base sólida sobre que construir. Pequeño, sobrio, el labio sombreado por el bigotillo dorado, el sombrero ladeado y caído hacia atrás, vestido al desgaire, bullía sin cesar en el Congreso ; iba y venía, pescaba noticias sensacionales al vuelo y sabía arrancar al mutismo de los peces gordos las declaraciones trascendentales, realizando con ello el milagro de los prestidigitadores, de sacar algo de donde no había nada. Fumaba siempre, murmurando perenncmonte satisfecho: "¡Esto está que arde!", y tenía los ojos vivos y los dientes sucios, amarillos por el tabaco y la falta de higiene.

Entre aquellos tipos de la fauna política, muy vulgares, pese a la convencional distinción del marqués de Regalda, destacábase la figura fuerte, esbelta, apuesta — con varonil apostura anglosajona— de Ramón Morales. El rostro todo afeitado, los ojos castaños, de mirar penetrante; la frente, que se adivinaba bajo la chistera, alta en la naciente calva; los labios, gruesos y rojos, mostrando los dientes muy blancos, era un poco pueril, borrado, sin embargo, lo que en él podía haber de aniñamiento por un gesto grave y pensativo, que, a la vez, quitaba fanfarronería al andar erguido en un ademán avalorador de la anchura de hombros, la apostura del cuerpo y la delgadez de la cintura en el entallado gabán azul, evitando lo que recorda-

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ba al hombre de sports al Hércules convencional hecho por el Sandow,

Subieron juntos la amplia vía. Anochecía rápidamente, y en el vaho crepuscular, en la neblina gris nacarada de rosa y de violeta, brillaban, aureolados de lechosa claridad, los grandes globos de luz eléctrica. Los grupos hacíanse más espesos, densificándose según subían por la Carrera. Un gentío perezoso y distraído apiñábase en las aceras ante los escaparates fastuosos de los comercios, donde, entre raudales de luz, veíanse muebles de peregrina suntuosidad, que fingían tentadores interiores de palacios y de encantados camarines, telas rieladas de oro y plata, bordados de raros arabescos y exóticas aves, joyas que se descomponían en portentosos iris, flores creadoras en la gaya pompa de sus colores de una primavera artificial, viejos bargueños, miniaturas, armas y estofas de singular belleza. Mujeres frágiles, muy chic, pasaban ambiguas en el propicio claroscuro crepuscular, dejando tras de sí una estela de perfume; hiñas casaderas desfilaban pálidas y cloróticas, cargadas de una elegancia ostentosa y seguidas de las mamás, que marchaban con paso cansino, fatigadas de la cuesta de la vida que había forzosamente que subir; sietemesinos de afectación cínicamente caricaturesca de quiero y no puedo, las veían desfilar, mientras algunos hombres graves decíanlas una flor, mustia y pasada de moda, como una gardenia guardada en el fondo de una caja de sándalo; grupos de modistillas flameaban con sus andares de pájaro y sus risas ostentosas, en que había, sin embargo, algo de atrozmente triste, perseguidas por los obrerillos que volvían del trabajo.

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Por la calzada seguíanse coches arrastrados por briosos troncos de caballos, desvencijados alquilones y autos charolados y luminosos, en cuyo fondo divisábanse mujeres elegantísimas, cargadas de perlas y empenachadas de plumas, que les enviaban un saludo leve y gracioso con las finas manos enguantadas. Por todas partes había ese ruido, ese brusco oscilar de luz y ese perfume ecléctico de los anocheceres tan excitantes en las calles concurridas, tan lánguidos encerrados en nuestras habitaciones vacías o perdidos en la melancólica paz del campo.

Garci-Lasso hablaba a Ramón de un debate habido en la Comisión de Presupuestos, de las cortapisas que creía necesarias para que las "clases obreras no cayesen en una libertad parecida a la relajación de toda disciplina, libertad de que, además de todo, no sabían usar" (manera hipócrita de hacer fracasar todo noble intento de liberación proletaria, que repugnaba a su egoísmo bien acomodado al cansino caminar de las cosas), de las ideas que abrigaba... Al buen señor pasábale con las ideas lo que a las gallinas con los huevos de águila, que lo más que podía hacer era abrigarlas, puesto que no eran suyas... Y trataba de probar las aseveraciones con sus habituales y machacones sofismas, llenos de inconsciente mala fe y de lugares comunes, en que no dejaba de adjudicar su parte a la divinidad:

— Dios concede a cada uno lo que necesita. Fíjese usted el uso que hacen de la libertad: si se les da vino, se emborrachan; si comida, cogen una indigestión; si se casan, se llenan de hijos...

Por primera vez Ramón Morales no protestó de aquellas teorías inhumanas; por primera

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vez no empuñó la lanza de Don Quijote en nueva aventura de galeotes. Iba distraído, prisionero de una preocupación que no podía definir claramente, sintiendo un irrazonado malestar. El mosconeo de las palabras de su interlocutor no le dejaba oír bien la conversación que sostenían Regalda, Pinzón-Díaz y Murciano. Llegaban a él retazos de las explicaciones que el periodista, como buen español, daba a gritos : — ...Una información sensacional perdida... Ya se lo dije yo a Iriarte que no mandase al imbécil de Gaitero... ¡Valiente batata!... Cuidado que había donde cardar... Una española metida en el ajo... ¡Y qué historia! ¡Vaya un crimencito! ¡Si yo pescara uno así, ríanse ustedes del de la calle de Fuencarral!... Si además añadimos todos esos detalles misteriosos... La sociedad de estafadores..., la oficina de las puertas secretas y del piso de trampa..., la mujer que no quiere decir quién es y que se deja morir así...

Súbitamente cortóse aquel tema, y todos entraron nuevamente en el de los acontecimientos políticos. Garci-Lasso resumió:

— ¡Que no, en fin, se sabe adónde vamos a parar! Todo está muy mal...

Vuelto a lo que tanto le apasionaba, Morales formulóse a sí mismo una pregunta en voz alta :

— ¿Y qué hacer?

En los labios de Regalda apareció la sonrisa escéptica :

— Yo tengo una teoría para esas cosas — anunció con su voz levemente tocada de burla e ironía— . Creo que con los conflictos y movimientos populares sucede como con los ríos cuando se desbordan; sabemos que van a causar gran-

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des desperfectos, a arrastrar muchas cosas por delante, pero que luego, cuando pase la inundación, el terreno será más fértil, más propicio a las vegetaciones arborescentes. Esto mismo nos aconseja, al empezar el peligro, alejarnos lo más posible, ponernos en salvo y esperar... para volver en el momento de recoger las ventajas.

Ramón protestó vehemente:

. — ¡Por Dios, querido marqués, que está usted exponiendo una teoría atrozmente egoísta!... Pues yo creo que es preciso, al contrario, cuando el pueblo sufre y se rebela, cuando grita de hambre, de angustia, de desesperación, saber oírle con el corazón, sufrir con él, con él identificarnos, tremolar su bandera, ser su paladín...

Exaltábase según hablaba, como si en vez de paseando por una vía concurrida con cuatro amigos por auditorio, hallárase en la tribuna ante una multitud sedienta de justicia. Regalda oíale sin creerle, sonriendo siempre cortésmente irónico, pensando para sus adentros: "¡Qué bluffista!'' ; el hombre cordial aprobaba con grandes gestos, en que había un entusiasmo verdad, aunque luego la experiencia de hijo del pueblo, encumbrado por su valer, pusiese el comentario desilusionador ; y, en cuanto a Murciano, pensaba en la admirable semblanza que haría él de aquel hombre al día siguiente, de cómo le ayudaría en el logro de sus ambiciones, glosando con emoción sus palabras... ¡aunque también sin creer en ellas y pensando lo que aquel apoyo desinteresado podría reportarle !

Pero Garci-Lasso se enfureció:

— ¡El pueblo!, ¡el indecente pueblo! Todos los

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crímenes más horrendos de la Historia los ha cometido él, con el pretexto de su cochina libertad... No hay nada más infame, más grosero, más brutal, ni más despreciable que la multitud. En ella viven todos los malos instintos, todos los malos deseos... El pueblo adoró al becerro de oro en el desierto, crucificó a Cristo, asesinó a Luis XVI, se deshonró en la Commune,.., ¡el pueblo es infame!

Le temblaban los labios, los granos ofrecían un fantástico tono tomate y, tras los lentes montados en oro, los ojillos fulguraban. Más por oírle que por defender al honrado pueblo, que le importaba dos cominos. Murciano protestó:

— ¡Hombre, marqués, por los clavos de Cristo!... ¡Cómo va usted a decirme!... ¿Dónde se dejó usted al noble artesano, al hidalgo de blusa?...

De rojo que estaba el politicastro, púsose violeta. Pareció amagado de una apoplejía:

— ¡El pueblo!... ¿Sabe usted lo que hacía yo con el pueblo?... ¡Cañonearlo en cuanto alzase el gallo !

El periodista afirmó muy serio:

— ¡Los cañones!... ¡Las famosas razones de Cisneros y Cánovas!

— Ellos — j)rotestó Ramón — no las emplearon contra el pueblo, contra el verdadero pueblo, sino contra una nobleza díscola y contra una revolución sin norma, sin pauta y sin meta. El pueblo, el verdadero pueblo es otra cosa... No son los que vociferan...

Habían llegado a las Cuatro Calles; la multitud estrujábase allí en las aceras, mientras los vendedores de periódicos seguían pregonando con destemplados gritos los diarios de la noche, y por el centro desfilaban apretadas filas de co-

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ches. Algunos toreros, sombreados los rostros morenos por el ala de los cordobeses, requebraban a las buenas mozas que pasaban con el mirar procaz de los ojos negros, velado por las largas pestañas, y el cuerpo cimbreado en un desafiador mover de las caderas. Despidiéronse.

— ¿Va usted esta noche a casa de Tortales?

— Sí, allí nos veremos.

Regalda subrayó con su sonrisa cruel:

— ¿Chez Penélope? ¿La reina infelice? ¿Siempre en su culto al ausente?... No hay como no ser nada para que le recuerden a uno mucho. Justamente la fuerza de los dioses está ahí: en que son mitos... Si les viésemos entre nosotros...

Murciano puso el inri:

— Ya conocen ustedes la frase de Cánovas, a propósito del pobre Tortales... ¿No?... Pues comiendo una noche en un banquete literario de Molíns, Tortales, que prudentemente había estado callado, creyóse en papel deslucido y, faltando a la cauta y castellana máxima de "al buen callar llaman Sancho", que tan buen resultado le diera siempre y de tal modo cimentara su reputación de culto y de discreto, dijo no sé qué majadería. Cánovas miróle de hito en hito; luego, como si no fuese con él, decretó: "¡Cuántos hombres yerran su vocación en el teatro de la vida, haciendo papeles que no les corresponden! Ya ven ustedes nuestro amigo Tortales...: ¡era inimitable, como el señor que no habla, y se ha empeñado en echarlo a perder!"

A Ramón la frase parecióle apócrifa y necia, una de tantas frases como se atribuyen a los que gozan fama de ingeniosos, pues es sabido que cuando una persona tiene cosas, apenas a

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cualquiera se le ocurre una imbecilidad, se apresura a colgársela: "¡Qué gracioso fulano ayer! Figúrense..."; con lo cual, además, puede bombear su propio chiste a mansalva.

Regalda murmuró un comentario cínico, aunque de ese cinismo suyo, discreto e insinuante, que no estaba sino en el subrayado:

— Y, sin embargo, Cánovas le hizo conde, senador y académico...

Murciano objetaba:

— No será nueva para usted la teoría de don Antonio. La unidad seguida de ceros.

Se dieron la mano, y cada uno tiró por un camino. Morales, al ver lo tarde que con la discusión se había hecho, paró un coche de alquiler. Ya en él, y mientras, traqueteando, le llevaba a su casa, trató de ordenar sus pensamientos, los recuerdos de aquellas horas, el discurso, las ideas sugeridas por las réplicas de sus adversarios; quiso, como hacía siempre, establecer una disciplina severa en sus ideas, clasificarlas, rotularlas, ver el pro y el contra de ellas...; no pudo. Por el fondo brumoso de su vida pasaba una sombra vaga y triste : la sombra de Teresa.

EL SALON DE LA REPUBLICA

Era la apoteosis de lo ramplón, lo hórrido y lo jarifo; no había cosa que valiese muchos, muchos miles de pesetas que no estuviese representada, ni estilo arquitectónico, por complicado y difícil, que no triunfase en el palacio de la calle de Alcalá; era lo cursi elevado al cubo, a la hipérbole, al pleonasmo; era el templo del mal gusto, la pagoda de lo feo, el santuario de lo amazacotado, el alcázar de lo vulgar. Desde las cariátides egipcias hasta las canastillas Luis XVI; desde los híbridos monstruos asirlos y babilónicos hasta las guirnaldas Imperio, de laurel; desde los mosaicos arábigos a los medallones Renacimiento, de todo había allí y de todo en gran cantidad; y como si aún fuese poco, agravado de un triunfo de palmeras lazadas de moaré y de pájaros disecados rellenos de resortes musicales.

Guando el difunto don Nemesio Tortales y Pérez se cansó de hacer dinero y empezó a pensar en transformarse en un Pérez de Tortales y ennoblecer su escudo — una mano apretando un corazón (según los maliciosos símbolos de la usura, que tan brillantemente y con tan buenos

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resultados ejerciera) rodeada de un mole o lema que rezaba: "en el aire, en el agua y en el fuego"— añadiéndolo una corona heráldica, hallóse con que, distraído en chupar la vida a sus semejantes, habíaselc ido, no ya lo mejor, sino casi toda la suya. Su mujer, identificada por entero con él, había muerto de una congestión el día que le dieron en un cambio un billete de cien pesetas falso; su hija Dorotea, fea como un pecado, esbelta como un puchero y con una cabellera de tonos rojos que, con el cutis pecoso y ambarino y los ojos azulados y transparentes, ie daba el aire de un caramelo, frisaba en los veinticinco años. Gomo él, por su parte, contaba cerca de setenta y no había tiempo que perder, lanzóse a la construcción del palacio que, cual si poseyese la lámpara de Aladino, pretendía surgiese de la noche a la mañana en plena vía céntrica madrileña. Claro que con aquella rapidez no cabía labrar verdaderos mármoles, ni cincelar bronces, ni pintar frescos...; pero ¡bah!, para eso estaban las tiendas de tapicerías, las escayolas, las purpurinas. Queriendo resarcirse de todo muy de prisa, fué a París y Londres, y mientras, en Madrid, ebanistas, decoradores, arquitectos, tapiceros y broncistas, hacían verdaderas herejías; compró allí jaspes tallados a máquina, bronces falsos, pinturas apócrifas, damascos falsificados, porcelanas de una modernidad injuriosa, y al fin, tras año y medio de derrochar el dinero a manos llenas, la capital vió, pasmada, levantarse por ensalmo el palacio de Tortales. Gomo no era cosa, repito, de perder el tiempo, había que improvisar también una boda para Dorotea, y teniendo en cuenta que, aunque a la par de tales maravillas, el Gobierno, agobiado por

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la generosidad de don Nemesio, que todos 1 los días leía el periódico para saber dónde ha- | bía unos inundados sobre quienes llover unos ; miles de pesetas, o unos apestados a quienes ; infestar de dinero, obsequiaríale el día menos j pensando con la anhelada corona; el título no ] acababa de llegar; puso sus ojos en el conde ] de Argamasilla, de rancio abolengo, pero más i tronado que arpa vieja, con dos o tres años -i sobre los que disfrutaba Matusalén, aunque esto no le impidiese sostener queridas y jugar- | se las pestañas. Celebróse la boda; el conde siguió con sus mañas, y Dorotea, a su vez, ya en 1 las fronteras de los seis lustros, sintió el afán 1 de amar, de ser bella y elegante. Nadie puede j prever dónde hubiesen ido a parar los millo- ] nes de Tortales si el conde no hubiese tenido J el buen acuerdo de morirse y la heredera de los ! blasones — una mano estrujando un corazón — l no se hubiese enamorado de Policarpo Campe- i che y Torrecilla, un buen hombre, que tenía ¡ aire de profundidad inconmensurable y que ] sabía decir de tal modo: "Entiendo yo...", que, ) aunque nada añadiese después, asombraba a í la gente por su penetración y perspicacia. El ■ fué quien, con rara habilidad para hacer valer \ su inutilidad entre las personas influyentes, con- i siguió, por fln, la ansiada corona que colocar so- \ bre el escudo, corona, que su suegro había ba- ■] jado a la tumba sin conseguir ver. Porque la i muerte de Nemesio Tortales fué la de los hé- | roes legendarios que caen en la nada abrazados ] a su divisa; él, al morir, sólo pensó en el título j y en la galería de cuadros injuriosamente apó- ] crifos que quedaba sin concluir, y también, un J algo en encargar que las misas fuesen de tres l pesetas y pocas, pero que no se reparase en í

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gastos para su funeral. En piadoso homenaje a su suegro, Campeche pidió que el título llevase la denominación de Tortales y fuese su mujer la propietaria. Esta, que seguía con sus manías plebeyas, aunque era una excelente criatura en el fondo, había aprendido a recibir en su casa, y contagiádose del afán de rodearse de eminencias, gozando de un salón político y artístico. Los dos años de su viudedad (pues, aunque con pena, hay que decir que el pobre Campeche bajó a la tumba como un paj arillo, de un salto que dió distraído por la escalera de mármol imitado de su casa) entretuvo la pena que la ausencia del esposo y la falta de hijos le causaba, completando la galería de cuadros con otros no menos falsos que los reunidos por su padre, y en la labor más trascendental de crearse una ascendencia decorosa. Para ello, empezó a recorrer los anticuarios, adquiriendo todos los retratos de antepasados que podía encontrar (siempre que no fuesen muy caros) y, tras hacerles pintar el escudo y la cruz de Calatrava (sin la cual no comprendía los retratos de familia) por un pintor de módicas pretensiones, colgólos en el salón rosa — un cuarto horrendo con las paredes de raso, capitonée rosa anémona con botones dorados, medias cañas ídem y franjas de peluche verde alga, donde se ostentaba la más audaz colección de Sajonias de bazar, que es dable imaginarse — , y así pudo tener la noble satisfacción de, acabado el luto, inaugurar aquel nuevo templo de la raza.

No sé si por intuición natural o por enseñanzas de su difunto, la Tortales había comprendido que para tener un salón no era posible andarse por las ramas, sino que precisábase cazar a los pájaros gordos, sin preocuparse de

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más, segura de que tras ellos, al reclamo de prebendas, gangas y empleos, irían todos los otros. Así, en las estancias de un fasto abrumador del palacio alzado en la calle de Alcalá, encontrábase un gentío mezclado, híbrido y confuso, en que aristócratas de viejo cuño, eminencias de la política, del foro y de la banca, codeábanse con aventureros de la intriga, con periodistas de poco más o menos y con obscuros magistrados provincianos, que habían ayudado a la Tortales a ganar un pleito o a reintegrarse de un préstamo reacio en retornar a su bolsillo. Claro que faltábale un fondo de verdadera sociedady que las elegantes mostrábanse poco propicias a arrastrar sus colas de chez Poiret^ o chez Drecoll, o chez Chanéll, por los mosaicos arábigos, las maderas barrocas y relucientes y los tapices de la Real Fábrica, todos tejidos de coronas, que habían hecho exclamar a la de l6^ Campanada, con su mordacidad habitual: ''¡Ya sabía yo que cuando les diesen el titulito a los Tortales, las coronas andarían por los suelos!'' Pero también es verdad que, como del agua de la copla, del champagne de Dorotea nadie podía asegurar que no bebería, pues apenas se les torcía un negocio, tenían que examinar al chico, o pretendían para el marido una Embajada, o cosa así, hasta las más clanées del elenco dejábanse coger en el cepo.

Aquella noche la condesa de Tortales asistía a su apoteosis, como Carlos V asistió a sus funerales. Vestida de peluche verde lagarto, que servía para destacar un prodigioso aderezo de esmeraldas, recibía a la entrada de la galería tropical, la presuntuosa pieza colgada de raso café rayado de terciopelo grana, sobre cuyos stores de purpúrea seda resaltaban, entre pal-

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meras atadas con polícromos lazos, los pajarracos de porcelana, los aros de bronce, sirviendo de columpio a loros y cacatúas, las jaulas de dorados mimbres, encerrando aves de pluma tornasolada (disecados, claro está), a quienes, con ayuda de oculto resorte, se hacía cantar, y, en fin, para colmo de maravillas, un mono que subía y bajaba por un cordón de seda carmesí. Y todo ello en los caprichosos juegos de luz verde, purpúrea, azul, amarilla, de las bombillas de colores, ocultas en los tulipanes de seda, que, como en un jardín, no diré dé Armida, pero sí del Olympia de París, brotaban entre verdores de las jardineras de imitado ébano. Dábase la fiesta para celebrar la boda del presidente del Consejo, don Alfonso Llórente, con aquella pálida y hierática Cristina Friasa, apenas entrevista hasta entonces en las fiestas de caridad, y las gentes, ante la esperanza de la posible influencia, habíanse apresurado a invadir la morada tortalesca, que ofrecía un golpe de vista regio.

Ya en el portal, flanqueado por doble hilera de columnas de riquísimo estuco imitando mármol, notólo Ramón Morales, que, muy británico, muy chiCy acababa de llegar de comer en el Nuevo Club. Pero por si su perspicacia no llegaba a tanto, hízoselo notar Niño Brummel^ el repórter mundano de la Revista de las Elegancias. Niño era el cronista de cámara de Dorotea Tortales ; claro está que no renunciaba a pescar a Monte-Cristo, Kasabal o León Boyd; pero aquéllos guardábalos para las grandes ocasiones — si se dejaban — y para dar cuenta al público de sus cuchipandas caseras, de las pieles que compraba de lance, de las joyas que descubría en las casas de préstamos y de los Velázquez de

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guardarropía que iba añadiendo a su colección, para eso llenaba la panza a Brummel todos los miércoles. El, agradecido, decía verdaderas locuras, desde aquello de los caparazones de los antepasados hasta la bella frase que se le ocurriera para llorar la muerte de una tía de Dorotea: "La difunta era un tiesto en que florecían todas las virtudes." Contábanse de él cosas fantásticas, pero era lo cierto que a fuerza de bajezas y humillaciones iba metiéndose por todas partes. Ahora creyóse en el deber de lanzar exclamaciones de asombro ante el boato desplegado en la escalera, en cuyos escalones, dando guardia de honor a la alfombra de terciopelo encarnado, veíase una doble fila de lacayos con pelo empolvado y la librea de gala de la Gasa — perejil y chocolate — . Verdad que no ofrecían la británica uniformidad que las gentes smart exigen de las servidumbres, sino que habíalos de todas edades y tamaños; pero no se puede estar en todo.

La escalera era abominable con sus paredes pompeyanas de áureo fondo, sobre los que aparecían figuras pintadas, y su barandal de mármol, en que unos grifos hacían diabluras heráldicas. En ella estrujábanse los invitados (demasiados, claro está). Morales subióla resignado, arrastrando tras de sí a la vieja baronesa de Molar, que habíase colgado de su brazo como podría colgarse de un trapecio; gentes que subían con ellos deteníanse para darle la enhorabuena, estrechándole las manos. ¡ Qué discurso! ¡qué admirable oración! ¡Contundente! ¡irresistible! ¡ciceroniana! El Gobierno a aquellas horas de fijo tambaleábase pensando en dimitir... Con ese fino olfato que tiene el público para saber dónde nace un nuevo astro,

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rodeábanlo, halagábanle, disputábanse todas sus palabras.

Ram('>n Morales sonreía, abriéndose paso lentamente, siempre llevando a remolque a la dama, en quien no podía acabar de saberse qué era más falso, si las perlas o la dentadura. Sentía que había llegado, que iba a franquear la última cumbre, a penetrar en el recinto donde sería invulnerable, que el ensueño maravilloso de poder, de fortuna y de amor iba a realizarse... y, sin embargo, no era feliz. El, que había ascendido por la vida, sereno, rectilíneo, sin una nostalgia, sin un remordimiento, sin que el pasado fuese lastre que gravitase sobre su voluntad, ahora, a punto de llegar, cuando iba a ser invulnerable, cuando los intereses creados constituirían su mejor coraza, ¡tenía miedo! Inútil que Schopenhauer y Nietzche le brindasen sus cínicas sentencias; inútil que le dijesen que "la tranquilidad de conciencia es un estado fisiológico parecido al de una buena digestión", que "los remordimientos son el temor a las consecuencias del hecho cometido"; todo aquello era literatura, y Ramón Morales, el futuro ministro, el próximo duque de Otalora, rehacía, sin quererlo, su moral cristiana de oficinista del Banco Flims London Sty, y pensaba con temor en que Dios podía castigarle.

Al llegar a su casa, siempre obsesionado por la sombra pálida y doliente de Teresa, que agitaba los brazos desesperadamente y parecía llamarle desde el fondo del misterio, buscó el periódico para leer la rara historia; habíalo perdido, y como era ya tarde y comía en el Club, invitado por Jack IJrihuela y Xavier Fernández de Malagón, hubo de dejarlo. Pero, pese a

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su fingida jovialidad, toda la noche permaneció triste.

El mismo no sabía cómo naciera aquella tristeza en su alma. Mientras todo estuvo por hacer, no sintió nada, no le importó nada, no temió nada; como un hombre de presa, como aquel padre rudo y aventurero, jugador y mujeriego, que, viejo ya, en su afán de lances extraordinarios, fué a morir en una riña tabernaria en Mindanao, sólo pensó en avanzar por la vida fuera como fuera, en abrirse camino, en borrar obstáculos. Pero tal vez naciera del recuerdo de la madre, tal vez de la sangre de Isabel Conde, de su influjo melancólico, tierno y tímido; pero es el caso que, según iba llegando, veía en la cumbre algo, como un espejo que se agrandaba, agrandaba y reflejaba el pasado trágico, en que había sangre, y miseria, y lodo. ¡Tenía miedo! Un terror supersticioso de ver desmoronarse lo que tanto trabajo le costara levantar, invadióle. Fué inútil que los primeros días atribuyéralo a un malestar físico, negándose a verlo; inútil que sonriese, oscéptico, para sí •mismo; el pasado estaba allí, los cimientos eran de arena y el edificio se tambaleaba; al exterior el luchador era aún todo músculos y todo arrogancia, mientras que por dentro se rompían, se ablandaban los resortes. Así, cada vez que en el Congreso se alzaba del escaño para hablar, temía oír una voz gritarle: "¡Farsante!, ¡acuérdate de Juan!", y parecíale ver unos ojos irónicos contemplarle desde el fondo de las tribunas; cada vez que pisaba el palacio de Otalora, cada vez que con una sonrisa húmeda de ternura Ana Rosa le tendía la mano, creía el eco de una voz que resonaba en la sala agorera y evocadora: ''¡Teresa! ¡Teresa!"

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Había llegado al vestíbulo, el salón árabe, donde no se sabía qué admirar más, si los alicatados de yeso pintados de colorines, los cobres de un apócrifo exasperado o las platas que rivalizaban con ellos. Allí habían instalado su tertulia y su observatorio los de la pandilla de la marquesa de la Campanada, como sitio propicio para ver bien y poderse cebar en las reputaciones, mientras Regaba la hora de cebarse en el buffet. Presidía la peña la marquesa, bella aún, pese a sus sesenta largos, con una belleza matronil que lucía bajo la portentosa catarata de sus joyas de reina fabulosa destacadas sobre el traje de terciopelo negro, un traje de los que ya no se hacen (¡como que figuró en su trousseau cuarenta y tres años antes!). Con ella estaban la condesa de Aldar, dama provecta y honesta, aunque débil para amorosas empresas,' que había dado al traste con cinco maridos y estaba ya en el sexto ; cursi, redicha, con un vago ensañamiento en sus palabras, una peluca rubia como las mieses estivales y un traje chiné que hacía resaltar la tripa y las alhajas, que, si por lo numerosas y polícromas no tenían nada que envidiar a los vidrios de la catedral de León, en autenticidad, allá se las llevaban con los cuadros y porcelanas del palacio de Tortales; el conde de Palma, gordo, jovial y maligno; Aben-Almed, un cronista de salones, viejo y medio ciego, pero dotado de singular ingenio, y Julito Galabrés, que, entre vals y polka con Paca o Rosaura Campanada, ensayaba sus primeras armas de maledicencia allí. Aquella noche el grupo mostrábase malévolo sobre toda ponderación. El palacio y su dueña habíales puesto de buen humor y tenían un sarcasmo para cada invitado.

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— ¿A que no saben ustedes cómo llaman a esta casa? Todos prestaron atención profunda. — ¿Cómo? — ¡El vertedero!

La Aldar hizo un gesto de espanto : — Tiene usted una lengua viperina. — ¡Vespertina!, como diría Dorotea — corrigió Palma.

Gallaron, porque ante ellos desfilaba, pomposa, abracadabrante, la duquesa de Guadix, del brazo del marqués de Santa Filomena, un caballero a la vieja usanza española, muy señor, muy correcto, galante con las damas, guardando por fuera la traza^ hidalga en el cabello blanco y escaso y los bigotes a lo Don Quijote, por dentro una buena fe, que le hubiese hecho montar el Glavileño y ofrecer su brazo a la dolorida Trifaldi. A falta de ella, brindábaselo a Serafina Goscarrón, duquesa de Guadix por su boda con Jaimito Alcántara y Pérez de Montesa, que, después de casarse con ella, había tenido el buen gusto de irse a vivir a Vitoria con una antigua cocinera. Serafina, aunque no alzaba un palmo del suelo, entre los tacones y un promontorio de plumas que surgía de la monumental corona, especie de tiara pontificia empedrada de brillantes del tamaño de nueces, resultaba alta. Sin ser fea, cargábase de tal modo de galas y preseas, que tenía el aspecto, en su gordura fofa de amorosa, de una Herodías o una Agripina, una mujer símbolo de inconfesados deseos. Vestía aquella noche traje de gro verde pálido cubierto de encajes de blonda y bordados de plata, orlado de plumas de cisne, que hacían juego con la boa blanca, encargada de acortarla el cuello más

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aún de lo que ella lo tenía, que no era poco. Geñíaselo con un collar chicn de perlas y brillantes y diez hilos de perlas; éstas, enormes, resbalaban por su escote negrillo, mientras que profusas ramas de brillantes estelaban su pecho ubérrimo. Vuelvo a decirlo : era como un símbolo de inconfesados deseos, por más que a Serafina no podía acusársele de inconfesa reacia, pues sus devaneos ¡ay! eran harto conocidos.

Al verla en aquella traza la de la Campanada, después de saludarle con una amabilidad exagerada, santiguóse apenas volvió la espalda :

— En el nombre del Padre... ¡Pero esa mujer ha perdido la cabeza!

— ¿Otra? — interrogó Julito burlón.

La Aldar comentó :

— Pues todavía le hacen caso... Anoche, en la Embajada de Rusia, bailó el rigodón de honor...

— De deshonor, querrá usted decir — corrigió Calabrés.

Rieron todos. La marquesa de la Campanada, Lola, como la llamaban sus íntimos, informóse de los acontecimientos políticos:

— ¿Y esta tarde en el Congreso?...

Muy inteligente, muy viva, muy graciosa, la marquesa, aunque sin base de cultura ninguna, tenía fama de ingeniosa y mordaz; apasionada por la política, era, en realidad, una superviviente del salón de la duquesa de la Torre y de aquellos otros salones donde, en vez del estulto silencio del hridrje, se practicaba el castizo tresillo, entreverado de amena y picante charla..., tal vez sencillamente porque se les ocurría algo qué decir. Era madrileña a machamartillo, poseía desgarro de chula, iba a los toros, a las

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verbenas y a los festejos populares; frecuentaba cafés y se acostaba de madrugada. Ella y su hija Paca eran las únicas muestras que quedaban de aquellas majas-duquesas que bajaban a la Moncloa y alternaban con Pepe-Hillo y con Pedro Romero. Atribuíansele frases de una crueldad escandalosa, notas famosas y observaciones picantes. Ella era la que había bautizado a unas amigas con el remoquete de Las alegres comadres^ a cierta flaca y nariguda señorita con el de la muerte del loro y a dos hermanas feas, tontas y cursis, con el más gráfico y cruel de Cacatúa y Cacamia, que les sentaba a las mil maravillas. Pero la política y la literatura, esa fácil literatura en boga por aquel entonces— versos de Grilo y de Perreras, La Alpujarra^ El niño de la Bola y La Campana de Huesca — eran para ella lo que tenía por más interesante.

Ramón comenzó a hablar con entusiasmo, dejándose arrastrar, como siempre, de sus fervores; ellos le oían, poniendo de vez en cuando un comentario cruel, que, con tres palabras, crucificaban a una persona como si fueran tres clavos. Morales, arrastrado por las suyas, casi no les oía, cuando súbitamente realizóse el fenómeno de desdoblamiento de la personalidad que de algún tiempo a la parte le atormentaba. Comenzó a escucharse y a notar la atroz ironía del desconcierto entre la verdad, la verdad terrible que vivía en su pasado, y las frases que estaba pronunciando. Veía sus gestos en un espejo lleno de irónica farsa, y cada dicho y cada mueca tenía una repercusión burlesca y cruel en el ayer. Además, sin que probablemente existiese, creía percibir en las frases banales o sangrientas de sus interlo-

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cutores, en sus sonrisas y en sus miradas, una oculta afirmación de saber, ¡Dios mío! ¿No bastaría una vida entera de sacrificio, de noble esfuerzo, de fe, de lucha, para borrar?

La marquesa de Aldar, con ese énfasis prosopopéyico que caracterizaba a las damas de su generación, advirtióle :

— El amor le llama.

Volvió la cabeza y vió en el marco de la puerta destacarse la arrogante figura de Ana Rosa, seguida de su padre, finchado, vacuo y altisonante. Despidióse con precipitación del corro y salió a su encuentro.

La Áldar comentó:

— ¡Vaya una boda! Guapa, rica, grande de España...

— ¿Pero es cosa hecha? — interrogó Palma.

— Gomo si lo fuese. Ana Rosa Otalora ha sido siempre muy terca y un poco chiflada con sus ínfulas de spñt fort, de criatura de excepción, de mujer no comprendida — afirmó, rotunda, la dama de las vidrierías.

Pero la Gampanada era amiga de sus amigos, comía los jueves en casa de los Otalora, y como la cocina era buena, creyóse en el caso de defenderles, pensando, y pensando tal vez bien, que con buena comida no había gentes malas :

— No, si lista lo es. No sé a quién ha salido, porque, sin que esto sea criticar, el pobre Fadrique es una nulidad dorada; y en cuanto a Mercedes, es una santa, pero de esas santas tontas que fueron al cielo por eso, porque a Dios le gusta que haya de todo allí.

— ¡Pues sí que es una gran boda! — insistió Julito, para ver si conseguía tirarles de la lengua.

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— ¡Ya lo creo! — confirmó la Campanada. Y luego, sintiéndose optimista, tal vez por llevarles la contraria : — Aunque no creo que Ramón ande buscando dinero.

Cruel, ironizó Calabrés:

— Con que le pongan donde lo haiga^ como el del chascarrillo...

Ana Rosa avanzaba, efusiva, hacia R-amón. Toda envuelta en tules negros, al pecho una rosa muy pálida, arrastrando tras ella la cola de terciopelo, negro también, vagamente florecida de oro, destacábase alta, esbelta, sobria y elegante de ademán, más blancas las carnes blanquísimas, en el contraste con el endrino profundo del traje, cuya sombría marcha cortaba tan sólo la rosa prendida al borde del escote y el hilo de gruesas perlas que resbalaban hasta las rodillas. Sin polvos, sin afeites, sin artificio ninguno, el rostro, bajo la pesada masa de cabellos obscuros, con reflejos de miel, aparecía, más que bello, simpático, con una enorme efusión de cordialidad. Pálida, las facciones un poco gruesas, los labios carnosos y descoloridos, poseía magníficos ojos ambarinos, iluminados de ternura y emoción. Tendióle la mano :

— ¡Enhorabuena! Ha estado usted admirable esta tarde.

Lleno de alegría interrogó:

— ¿De veras?... — luego, con un acento en que no entraba para nada la galantería: — Cuando vacilaba o me faltaban razones, miraba hacia usted...

Aceptó el homenaje con una sonrisa.

Ramón añadió:

— Temí que no viniese.

Sin falsas gazmoñerías, aseguróle ella:

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— He venido por usted.

Murmuró él:

— ¡ Gracias !

Ana Rosa explicó:

— Quería felicitarle, decirle cuánto, cuánto me ha hecho sentir hoy.

La ofreció el brazo y ambos comenzaron su peregrinación por los salones. Atravesaron el Luis XIV, donde unas horrendas mecedoras de raso crema, bordadas en sedas de colores, y unos muebles de talla de amazacotamiento inédito daban una sensación de pesadez abrumadora; el persa, con sus tapices comprados en los bazares de la rué Rivoli, el salón de antepasados, donde se veía un retrato de Savonarola, haciendo pareja con uno de Margarita de Borgoña, otro de Lamballe, frente por frente a Robespierre, y uno de Galomarde, que pretendía

estaban las mesas del oridge, donde unas cuantas se aburrían con dignidad, entreteniendo su malhumor en imponerse silencio unos a otros, apenas distraídos abrían la boca para contar algo.

Al verles, de una de las mesas alzóse la señora de Baldín Montaña y arrojóse sobre ellos.

— ¡Que sea enhorabuena. Morales!... Y también un poco a ti, Ana Rosa.

La sonrisa quería ser maliciosa, pero la nariz larga y penduliforme y el afán de enseñar la dentadura, en parte suya, deformaba demasiado el gesto. Aquella dama pecaba de amable. No encontraba a nadie a quien no tuviese algo grato que decir. "¡Qué traje! ¿De Worth (tenía la manía un poco demodée de que Worth era el único), verdad?..." "¡Su libro, un prodigio!..." "El discurso, una maravilla..." A fuer-

casar con una Sor J

Inés de la Cruz. Allí

za de ser amable, repetía siempre lo mismo, y la gente se cansaba; pero al llegar la hora de los convites, murmuraban indefectiblemente:

Pobre Chucha! ¡Es tan amable! Panseco, apunte usted en la lista a la señora de Baldín Montaña." En realidad, habíase quedado anticuada, muy 1900, con su talle estrecho, su corsé recto, que hundía el vientre y alzaba los senos, a más de curvar las caderas; sus trajes de sedas, demasiado rígido y crujiente, cargados de bordados, y su pelo oxigenado. Además de amable, habíase erigido en árbitro de la moral; ella definía lo que se podía hacer o no, ella declaraba que una danza era una porquería, indigna de una señorita bien educada, y otra era propia para que las madres de familia se extasiasen al ver a sus niñas en brazos de cualquier desconocido; ella tenía el secreto de dónde podía tomarse el té, sin peligro para el pudor, y dónde había que rechazarlo, como si de la mismísima agua Tofana de los Borgias se tratase. Ante la pareja, ante el futuro matrimonio en que las influencias políticas de Ramón, que dispondría de todos los balcones y tribunas para cosas oficiales^ aunaríase felizmente a la prestancia social de la Otalora, que de fijo tendría un salón, halló amabilidades nuevas que espetarles con tono autoritario y casi agresivo. Al fin, zafáronse de ella, y entre sonrisas y apretones de manos, ganaron un rincón de la serré.

Allí otra vez triunfaba la fantasía tropical de Dorotea, que había sabido interpretar a maravilla los planes madurados por su difunto padre, y que la muerte, por lo visto, no había conseguido segar en ílor. Enormes palmeras llenas de lazos y colgadas, como en una ver-

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bena, de bombillas de colores, formaban el fondo, y sobre aquél, divanes de verde peluch que imitaban musgo, bancos rústicos con asientos de raso, rocas con almohadones bordados..., y por todas partes bicharracos disecados, monos que se colgaban de los lazos de moaré rosa, cotorras, papagayos, ruiseñores, convenientemente rellenos de paja, que se mecían en las ramas de los árboles, un gran perro de aguas jugando con una bola de cristal, y, en fln, un cocodrilo que asomaba por detrás del mármol de una fuente. En aquella escenografía, que, más que los trópicos, recordaba ciertos jardines de los Palacios de la Ilusión en los Park's feriales, instaláronse.

Los dos sabían que vivían una hora trascendental, y, por lo mismo, los dos callaban. Ella veía llegar el momento de dar forma al ensueño de rebeldía de que hiciera el norte de su vida; él adivinaba allí el secreto de su futura fuerza, no como vulgarmente creían las gentes pensando con ruindad, sino porque en aquella mujer estaba la oculta fuente donde él había de beber, porque ella era la única que con su fe podía vencer el escepticismo que comenzaba a adivinar en los demás. Recordó, sin quererlo, el símbolo de "Más allá de las fuerzas humanas". ¿Hundiríasele a él también el templo en el momento de realizarse el milagro?

Al fm habló Ana Rosa:

— He venido media hora nada más para verle. Mamá no quería; decía que esto estaría horriblemente melangé...; papá tampoco estaba propicio a acompañarme, pero yo tenía que verle...

— ¡ Gracias ! — tornó a murmurar emocionado. — ...Tenía que verle — prosiguió la muchacha

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resueltamente — para decirle mi emoción, mi entusiasmo, mi alegría de esta tarde. ¡Ah!; ¡cuánto daría por poderle explicar lo que sentí!... ¡Qué hermoso. Dios mío, qué hermoso debe de ser hablar así, tener talento, mucho talento, y poderlo emplear en defender a los pobres, a los miserables, a los desheredados!... Le juro a usted que temblaba turbada y tenía ganas de llorar...

Era sincera; ahora mismo, esa fácil emoción de las personas muy nerviosas, esa emoción que pone escalofríos en la piel, lágrimas en los ojos y eriza los cabellos, la dominaba otra vez.

Ramón sintióse ganado por la ola sentimental; su nerviosismo, su inquietud, su necesidad de afecto, le arrastró a hablar, a dar el paso definitivo, el que todos creían dado hacía mucho.

— ¡ Si supiese usted, Ana Rosa, las horas de soledad, de abandono moral, de angustia y de fervor que son necesarias para llegar a sutilizar nuestra sensibilidad hasta la percepción de las cosas!... — Y súbitamente, decidiéndose a pasar desde las utopías humanitarias a la tragedia de su pobre corazón: — ¡Si viese usted cuánto, cuánto he sufrido, qué soledad la de mi vida, qué abandono frente a mí mismo en los días de derrota!... Y aun ahora mismo, en medio del triunfo, • ¡ qué soló, qué triste, qué miserable me encuentro a veces!

Ella murmuró :

— No está usted solo.

— Sí, estoy solo — insistió él — . Tener a todos es como no tener a nadie. Ya sé que nos dicen buenas palabras; pero en cuyo corazón adivinamos indiferencia, frialdad, cuando no odio, y esto es peor mil veces que la soledad.

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Habló ella con gestos de iluminada.

— Pero entre las gentes que nos envuelven en esa glaciedad, está, tal vez, el corazón que nos comprende y que nos ama, el corazón que vibra con nosotros y con nosotros goza y padece. ¿Quién le dice, Ramón, que no hay alguien que le quiere, alguien que le sigue por la vida llena de emoción?

Lo decía sonriendo en una promesa amorosa que bañaba el bello rostro en inefable luz.

Un momento el héroe vaciló, requerido por dos opuestas ideas. De una parte, las palabras de Ana Rosa le sonaban a cosa de teatro,, convencional, a literatura, aquella literatura de que acusaban a la heredera de los Otalora; de otra parte era, no ya la realización de todos sus ensueños, sino más, mucho más, pues en la hora de temor presentábasele a su debilidad como el refugio, la torre inexpugnable, ante la que la fatalidad había de detenerse. Optó por dejarse arrastrar de la corriente sentimental, y la frase vulgar "jugarse la última carta" le obsesionó un momento. Habló:

— ¡Ana Rosa, Ana Rosa, no me hable usted así!... ¿Por qué mostrar un claro río al sediento si no ha de poder ser? ¿Para qué arrancarme mi secreto si mi secreto es imposible?... Ana Rosa, te lo ruego, no me obligues a hablar...

Tuteábala por primera vez:

— No me hagas soñar para despertarme cruelmente... ¡Son tan tristes los despertares!... Y yo sueño, Ana Rosa, sueño... ¡porque te quiero, te quiero con toda mi alma!

Ella suspiró :

— ¡También te quiero yo!

Sobrevino el duque con su aire distraído de

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sonámbulo, su bisoñé blanco y sus ojos claros, que miraban por cima de los lentes prendidos en la punta de la nariz:

— ¡Hijita,por Dios!...; ¿nos vamos? Mira que tengo una junta en el Gasino... Además esta casa me pone malo.

Su pasión de coleccionista se exasperaba:

— ¡ Qué horrendas falsificaciones ! ¡ Qué idea del Arte!... Hay en la galería un Goya de una modernidad ultrajante, un Mengs original de cualquier pintapuertas... ¡Un horror!... Es un crimen, un crimen que debía purgarse en presidio... Yo mandaba a esta buena señora a galeras... ¿Ha visto usted los bargueños pintados de purpurina del despacho?... Pues ¡y el Reinolds del gabinete egipcio ! ¡ Un crimen, un verdadero crimen!

Fuéronse; antes ella halló medio, de ofrecer a Ramón :

— Ven mañana a comer. Hablaré a mamá...

Otra vez comenzó a vagar por los salones. Un momento su atención quedó cautiva de un grupo en que la duquesa de Boltaña peroraba. Tenía la dama dos manías : los perfumes y los crímenes. Gon los primeros hacía verdaderas locuras, inventaba aromas nuevos, mezclaba, creaba mixturas que luego producían náuseas y jaquecas a sus amigas, que acababan por curarse de su amor a los perfumes y confundir en un solo odio a Haubigaut, Gotty, Violet, D'Orsay y Atkinson. En cuanto a los segundos era un verdadero Nick Garter con faldas. Ahora explicaba a su manera el asunto de la española,

— ¡Si yo fuese jefe de policía!... Antes de ocho días tenía hecho el dossier de esa mujer... Ramón estremecióse. En aquel momento sin-

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tió que le cogían de un brazo y volvióse sobre- ^

saltado. Era don Fermín Rozalejo, su jefe, y

le sonrió. \

El político cordialmente llevóle al salón chi- ; nesco — una horrenda creación de Dorotea — { donde, entre locas de guardarropía, alzábase un \ a modo de altar, en donde la moderna Penélope \ había instalado el retrato de su difunto entre í dos grifos dorados que le daban guardia de \ honor. Allí don Fermín hablóle lleno de cor- j dial efusión, abriéndole su corazón..., que no \ tenía nada dentro. ^

— Su discurso de usted de esta tarde ha es- , tado muy bien..., muy bien, amigo mío, ha sido ; como debe ser un discurso... convincente... y \ eso sin necesidad de emplear argumentos que [ siempre son una cosa peligrosa... ^ \

— Eso no ha sido más que el prólogo — ob- ] jetó Ramón Morales — . Los argumentos vendrán después. ;

— No, no, créame usted — interrumpióle el ! otro — . Los argumentos son una triaca difícil , de manejar, un arma de dos filos. Hay que arras- ¡ trar a las multitudes, no convencerlas. El único \ convencimiento firme es el que se basa en la \ fe... Lo demás... No existe un argumento a que ' no pueda oponerse otro argumento, y así, ¡ la convicción basada en ellos siempre esta a ; merced de cualquier sofisma. ■

Hablaba lento y pausado, con acento claro y ] gesto parco. Tenía un gran aire de distinción, y | era parsimonioso y grave. Delgado, meticulosamente afeitado, muy correcto, muy británico, ¡ los escasos cabellos blancos peinados con eos- i mético y los ojos agazapados tras los párpa- i dos caídos y plomizos, que le daban una unción ; conventual propia para confundir a veces con

ese cansancio plomizo de los grandes juerguistas, debía ocultar, tras la mundana máscara, a un gran escéptico. Siguió :

— Por lo mismo es preciso que sea usted el que hable, que usted tan fervoroso y elocuente sea el que lleve la voz del partido. Su discurso del jueves próximo...

Ramón le interrumpió :

— ¡Si viese usted, mi querido jefe, lo que me preocupa el tal discurso ! Creo que es la primera vez en mi vida en que siento temor, y pienso si no sería mejor que otro más autorizado que yo se encargase de ello.

Bajo la excusa banal dormía un fondo de verdad. Sucedíale, efectivamente; su conciencia intranquila le robaba brío en el ataque.

Pero don Fermín protestó :

— ¡Jamás! ¡Miedo usted, usted que es un luchador, usted que ha subido paso a paso, con sólo su esfuerzo personal, por una escalera cristalina!... No, y mil veces no. Usted representa en el partido la juventud, la independencia, la honradez... Sin contar — y hacíase tentador, como la serpiente en el paraíso — con que eso, además, hará de usted el día no lejano en que lleguemos al Poder, la primera figura del partido. Luego es preciso hablar. El silencio ^en un caso así es una complicidad.

Tentado, objetó con falsa modestia:

— Tal vez una persona de mayor autoridad...

— De más autoridad que usted, imposible.

— Gracias — protestó Ramón aún — , pero para ciertas cosas toda la autoridad que dan los años y la experiencia es poca... Ya ve usted, en el asunto de La Metalúrgica, por ejemplo... Porque no hay más remedio que hablar de ello...

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Rozalejo tuvo un gesto fugitivo; luego, ambiguo, opuso :

— No sé... no sé... realmente... No creo, sin embargo, que convenga ahondar mucho... Hay asuntos en que no es posible insistir... Yo, en esas cosas en que median grandes intereses, recuerdo, sin querer, los tesoros de la leyenda; todos estaban guardados por un dragón, y lo primero era vencerle. Yo creo que lo primero es... enterarse de quién es el dragón.

Ramón Morales, arrastrado otra vez por su entusiasmo, olvidaba su cuita y su temor:

— Ante ciertas injusticias me siento impelido contra mi voluntad a la lucha; siento deseos de subir a la cumbre más alta y desde allí gritar la verdad, decir del dolor, de la crueldad, del ansia de justicia. Tiene usted razón; hay que hablar por los que no tienen voz, por los que padecen hambre y sed, los que no tienen hogar ni amor, los que sufren frío en el cuerpo y en el alma. Hay que hablar antes de que sea tarde... — con fervor de iluminado — : Hay palabras que purifican los labios que las pronuncian.

Su interlocutor hizo silencioso ademán de aplaudir :

— ¡Admirable, querido amigo, admirable! Me parece escuchar el eco de mi pensamiento. Poner entusiasmo, calor, cordialidad... y no decir nada. El sentimif^nto... ¡he ahí el gran secreto de guiar a las multitudes! No se debe razonar, pero no se debe profundizar tampoco... La política no tiene entrañas y al entrar demasiado en el conflicto podrían herirse delicadezas y susceptibilidades...

Ramón comenzó :

— La grandeza del asunto mismo...

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Le interrumpieron:

— Sí, sí; luego tratado por el prodigioso verbo de usted, y sin olvidar la prudencia, sin olvidar la táctica de las viejas sibilas que acertaban siempre..., con sólo cambiar de sitio una coma. ¡Quién mejor!... Usted es el único con derecho a levantar la frente, el único a quien es dable desafiar a las multitudes con la cabeza erguida, sin temor a los juicios de los demás, porque es usted el único que no tiene pasado.

Un escalofrío corrió por las espaldas de Ramón y creyó oír una risa irónica que le flagelaba el rostro. Don Fermín no notó nada y prosiguió :

— En el partido hay hombres de reconocido mérito, hombres que podríamos llamar sin hipérbole, eminentes, pero... ¡quién no tiene un punto vulnerable en su vida! Cristo lo dijo: "El que esté limpio de pecado que tire la primera piedra."

— ^Yo... — protestó Morales, súbitamente sombrío.

— Usted, con su pasado prodigioso, con esa lucha heroica de veinte años para elevarse desde la obscuridad y la miseria al inmenso prestigio conquistado; usted, que en tantos años no ha visto caer un borrón en su limpia ejecutoria, que ha trabajado siempre serenamente, noblemente, sin un desfallecimiento, sin una traición, sin una apostasía, usted es el llamado a hablar.

Después Rozalejo, hombre práctico, conocedor del corazón humano, creyó deber poner el cebo :

— Y cuando suene nuestra hora, desde el Ministerio podrá usted proseguir su admirable...

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Gallóse porque Julito Galabrés se aproximaba. Fué tarde. Habíales oído gran parte de la conversación y rápidamente, y con la buena intención que le caracterizaba, pensó a quién podía molestar con aquello. Pensó en seguida: ¡ Darro ! ¡ El rival ! Aquel era su hombre. Aparte de que él, personalmente, le tenía atravesado en la boca del estómago. Lanzóse al través de los salones, atrepelló casi a las Pastor Cordero, que, de verde mar con yedra una, y de magenta con girasoles la otra, se extasiaban ante un Jardín del Amor, que si no era de Rubens, podía pasar por una copia muy mala, y murmurando un "¡Perdón!", fué a parar al despacho, donde un gran grupo de hombres políticos rodeaba a Darro.

La mayoría eran gentes insignificantes, de tercer y cuarto orden, diputados obscuros, malignos y aviesos, que vertían las hieles de su fracaso en palabras de enconada intención; periodistas con pretensiones de hombres de mundo, y simples curiosos, sin contar los dos o tres figurones que llevaban la voz cantante. Entre ellos podía contarse Regalda, escéptico, burlón, impecable, hablando poco y escuchando mucho, sin perder su aire de cortés indiferencia; Pinzón-Díaz, perorando a gritos y sacudiendo palmadas en las espaldas de sus interlocutores; Gracián, untuoso, sutil, discreto y escurridizo, y Barandales, cuco, muy hábil, muy español en sus desgarros y cinismos que levantaban ampollas. Gon su cara burlona — no la leve mueca irónica de Regalda, sino algo infinitamente más castizo que tenía de sarcasmo y de descaro — había hecho su camino. De enorme inteligencia natural, muy hábil, con habilidades de picaro de novela, poseedor de mucha ciencia del mun-

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do y de una idea cínica y llena de sentido práctico de los hombres y de las cosas, no tenía altas concepciones de la vida, visiones sintéticas de la marcha política del mundo, pero sí, en cambio, cazurrería y buen olfato, malicia para sortear obstáculos y navegar por las revueltas aguas de la vida pública madrileña, salvando aquello que quería salvar, hundiendo lo que le convenía hundir. Las gentes odiábanle a ratos, a ratos aplaudíanle las salidas; los periódicos satíricos se cebaban en él, que encogíase de hombros pensando filosóficamente aquello de "ande yo caliente y ríase la gente".

Pero entre todos ellos destacábase Darro. Ni había sido ministro ni casi diputado, pues que sólo figurara en dos legislaturas, y, sin embargo, todos los ojos convergían a su persona y todos estaban seguros de que aquél era algo. Ahora mismo, su presencia allí parecía borrar el ridículo de la estancia (donde la Tortales, tras algunas vacilaciones, habíase decidido a colgar la imagen de su primer marido, dando a la casa cierto aspecto de palacio de un Barba Azul hembra) y poner graves notas de vida espiritual, algo así como si en vez del trivial retrato del conde de Argamasilla, viérase severo hidalgo del Greco, un príncipe de Garreño o un noble de Velázquez. Delgado, de mediana estatura, alto de hombros, la cabeza angulosa, el pelo muy negro, los ojos brillantes como carbunclos bajo las hirsutas cejas, la nariz corva, como pico de ave de rapiña, la barba negra y en punta tenía algo de pájaro de presa, un no sé qué de enérgico, de dominador.

Hablaba ahora con frase corta, enérgica y martilleante :

— El discurso de Morales de esta tarde es me-

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diocre. Lo es no por el discurso en sí, sino por que se adivinaba que el orador callaba algo. Era como una persona que quisiera decir muchas cosas y en quien una fuerza oculta se lo impidiese, consciente o inconscientemente. He ahí mi impresión.

Llegó Julito y apresuróse a lanzar la bomba.

— ¡Crisis en puerta! Ahora mismo le decía Rozalejo a Ramón Morales: "Amigo mío, el día no lejano en que le hagamos ministro..."

Volviéronse todos a escucharle. En el fondo queríanle bien y aun admirábanle, seguros de su talento, del porvenir brillante...; pero las indumentarias sensacionales, los bluffs, los chismes y las salidas de tono, hacían que pusiesen en su trato con él una vaga ironía afectuosa. Encantado de la atención, prosiguió:

— Morales se sentía Quijote, desfacedor de entuertos, paladín de las causas nobles. Arremetía contra La Metalúrgica de Fuenteseca como si fuese molinos de viento. Hablaba de hacer y acontecer...

Darro había fruncido imperceptiblemente el ceño; luego, con un esfuerzo, dominó sus nervios y habló, como siempre, acre y rápido, por estallidos, pero ahora, tal vez, más violentos.

— Hace mal Morales. No debe hablarse nunca de lo que se va a hacer... (con fría ironía) ¡ni casi de lo que se ha hecho! Esto, sin contar con que hay cosas que, como las armas de Bayardo, tienen el lema de "¡Nadie las mueva!..."

Julito, a quien Ramón era profundamente simpático, afirmó con petulancia:

— Fiará en su suerte.

— O en su maña — insinuó Barandales.

Regalda halló manera de colocar una de aquellas amables frases, vacuas y oportunas:

— Ya saben ustedes lo que contestó Cánovas una vez que le preguntaron si la política era arte o maña: ¿La política?... Artimaña.

El hombre cordial defendió al ausente:

— ¡Hombre, suerte sólo, no, mecachis! Para encumbrarse así, de súbito, hace falta, además de suerte, muchísimo talento y una energía...

— ¿De súbito? — apuntó con leve malicia Gradan.— Tanto como de súbito... veinte años...

— Súbito, sí — afirmó resueltamente PinzónDíaz, a quien la vida había enseñado el valor de las cosas — . Ramón Morales ha llegado en veinte años donde no llega nadie, como no tenga dos o tres generaciones de luchadores detrás de él.

El vizconde de Atalante, una de las brillantes nulidades que fumaban su puro allí, colocó una vaciedad, con pretensiones de sentencia, que venía elaborando hacía rato :

— No me gustan esos encumbramientos rápidos. El tiempo sólo respeta lo que se ha hecho con su concurso.

Regalda añadió una pequeña erudición en su apoyo :

— Lo de Napoleón: "Si yo fuese siquiera mi nieto, estaría seguro de conservar mis. reinos".

Darro esperó a que alguien lanzase la flecha envenenada, la maligna insinuación. Gomo callaban todos, agotado, al parecer, el tema, insinuó, aunque sin variar el tono de la voz:

— No es sólo eso. Yo, en el fondo de todos esos rápidos encumbramientos, veo algo falso, un punto negro, una mentira... o un delito; en suma, una cosa rara, anómala. Guando me tropiezo en el mundo con esas gentes que en pocos años han llegado desde la nada a todo,

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me pregunto involuntariamente: ¿qué habrá aquí? ¿Cuál será el secreto?

A Regalda, indudablemente en vena, se le ocurrió otra frase. Dudó. ¿A quién atribuirle la paternidad para realzarla?... ¡Bah!, ¡qué más daba! Sobre que ninguno podría constatar la suplantación...; además de eso contribuía a la fama de erudito... Una sonrisa levísima rizó sus labios :

— Leí yo en Macaulay que en cada casa hay un armario con un cadáver dentro. Todo está en dar con él.

Atalante persistió en su tema, defendiéndolo con nuevas aportaciones:

— Y la prueba es que las grandezas hechas a fuerza de años, de luchas y de trabajos, casi nunca se derrumban de repente, y nunca, o muy rara vez, se deshacen del todo ; y, en cambio, las improvisadas se desploman sin dejar rastro, como si se las tragase la tierra.

Barandales apuntó :

— Falta de raíces.

Protestó el disertador:

— No, no es eso. sólo. Para llegar al recinto de la gloria — hacíase enfático y altisonante — hay un foso profundo que llenar. Es preciso irlo haciendo a fuerza de trabajo, de constancia, de mérito o virtud... Y el foso de esas glorias improvisadas se ha llenado con un cadáver, o con una falsedad, o, sencillamente, con una farsa, y al llegar la hora de la verdad...

Murciano acercóse a Barro y murmuró a su oído :

— Vengo de parte de Triarte, porque convendría que antes de acostarse se pasase usted por el periódico, pues ha ido un hombre, un tal Juan Pérez, que pretendía hablar con usted esta

misma noche. Dice el director que se trata de un asunto importantísimo, relacionado con lo de París... que tiene unas cartas el hombre ese y que, sin consultar con usted...

Pero Darro seguía su idea, sin prestar atención al periodista. Vió venir por la galería a Morales.

— Señores, me traen un recado urgente del periódico y he de ir a hablar por teléfono, perdón.

Ya en el pasillo, sacudióse al otro:

— Vaya, ya hablaremos luego.

Fué al encuentro de su rival y le tendió la mano. Ramón estrechóla cordialmente, aunque en el fondo con una vaga repugnancia de antipatía. Eran los polos opuestos: Morales pecaba siete veces al día, cometía errores y ligerezas, pero lo hacía con fervor, con entusiasmo, con pasión; toda su voluntad tendía hacia una utopía humanitaria y buena; Darro era un justo, ni una falta podía reprochársele, ni un error; era como esos delincuentes honrados que, sabiéndose el Código de memoria, jamás faltan a sus preceptos, acomodándolos hábilmente a sus necesidades. Julito, en una ocasión, había hecho con ellos una fábula burlesca: "El tigre y el alacrán."

Abordó, pues, a Morales:

— Quisiera hablarle un momento...

— ¡ Gustosísimo !...

— Mire usted: como nos conocemos, como nos apreciamos en lo que valemos, es mejor prescindir de circunloquios..., que, por otra parte, me repugnan.

— Conformes... y usted dirá.

— Mire usted, amigo Morales: aunque para gentes poco experimentadas o poco perspicaces

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su discurso de esta tarde no sea sino una pieza oratoria más, admirable, soberbia, excepcional, pero una más, por el continente, a Iriarte, y opino como él, le parece el primer asalto, el primer paso de una campaña. ¿Se equivoca?

Ramón Morales pudo dar una evasiva; prefirió ser veraz:

— No, no se equivocan ustedes.

— Está bien . Gracias por la franqueza. Y puesto que no nos equivocamos en lo primero, ¿quiere usted decirnos si lo hacemos al pensar que esa campaña va contra La Metalúrgica?

Ramón vaciló un momento; al fin contestó:

— No, no se equivocan tampoco.

Hubo una pausa, en que uno esperó y el otro pareció reconcentrarse en sí mismo. Al fin, Darro se decidió a hablar:

— Pues mire usted, valga por lo que valiere, voy a estar a la recíproca: franqueza por franqueza. Si esa campaña no tiene más alcance que el habitual (y subrayaba de modo agresivo la palabra habitual), si a lo más que llega es a un efecto político, aunque la lamentamos, no tenemos nada que decir... sino lo que puede decirse en una discusión política o en una campaña periodista. Pero si se quieren sacar las consecuencias, si se pretende de verdad lesionar los intereses de esa Empresa...

La velada amenaza irritó a Ramón:

— Usted olvida que la conciencia no puede detenerse a medir lo que conviene a unos y a otros para dictar las palabras.

Sonrió Darro casi irónico :

— No olvido nada; pero entre hombres políticos...

— Entre hombres honrados — rectificó Morales.

— Sr —

— ¡ Bah ! En el léxico político las palabras tienen muchos valores. — Ante mi ética, no.

Los dos mirábanse frente a frente, conteniendo su ira a duras penas. Una palabra más, y tal vez...

Entonces surgió Julito, oportuno :

— ¡Por Dios, van a perder el gran espectáculo!... La entrada... vengan ustedes...

Empujóles hacia el salón de baile, que con sus columnas de pórfido y sus mosaicos modernos, parecía la sala de natación de un balneario lujoso. Allí todos los invitados aglomerados, alíneanse en dos filas, como en un baile de corte, para ver pasar a Llórente. Y el cortejo desfilaba, levemente caricaturesco, cual esas estampas humorísticas francesas que representan al presidente de la República en desfile protocolario.

Delante iba él, vestido de frac, demasiado rudo para la prenda teatral y aristocrática, fruncidas las cejas negras y espesas, relucientes los ojos vivos e inteligentísimos, tras los lentes, rematados en oro, estrecha la frente bajo el pelo crespo y apretado, dando el brazo a la Tortales, que arrastraba su larga cola verde bordada de lentejuelas; detrás, Cristina Friasa, muy bella, alta, delgada, un poco henchido el pecho, la cabeza levemente inclinada y^los ojos infinitamente dulces, bajo la sombra de la enorme mata de cabellos castaños, vestida de blanco y apoyada en el brazo del ministro de Marina, que apenas la llegaba a la cintura.

Las gentes inclinábanse aduladoras y sonrientes, curiosas y malévolas.

Julito murmuró :

— ¡El salón de la República!

DAGUERROTIPIAS

En la Puerta del Sol, al separarse del grupo, no tomó un coche que le llevase a su casa, sino que, como le dolía la cabeza, decidió ir a pie, con la esperanza de que el fresco aliviaría su malestar. En vez de enfocar Preciados, o todo lo más Arenal, en busca del barrio de Argüelles, bajó lentamente la calle Mayor, entregado a un incongruente rememorar de cosas, o por mejor decir, a un confuso barajar de pensamientos varios e incongruentes, entre los que se recortaban algunos recuerdos horrorosos.

Lo que hacía de leitmotiv en sus recapitulaciones era una idea fija y opresora: "soy un cobarde", repetíase. Luego partía en una serie de divagaciones prolijas e informes sobre su personalidad. "En una novela o drama — pensaba— sería yo lo que se entiende por un carácter desdibujado y borroso." Faltábale, en realidad, una ilación, un ensarte de energía, que diera unidad a sus ideas; su pensamiento hacía algunas cabriolas y veía cosas de trascendencia pueril, rótulos de periódicos anunciando» sus discursos, cartas de gentes amigas, su firma puesta al pie de una Real orden... Luego retornaba al tema

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primitivo: ''¡Soy un cobarde!" ¡Un cobarde! Y no era lo peor serlo, sino que había superpuesto a la verdad fundamental una serie de fanfarronerías idiotas, como esos matones tabernarios que disimulan su miedo con bravatas. Entonces ocurriósele un argumento capcioso para endosar la culpa a la fatalidad: "Si cometí el delito, fué porque no tuve valor para ser bueno; si temo ahora es porque no tengo valor para ser malo. Es la misma cobardía." El apotegma le gustó, y púsose a desmenuzarlo. Fríamente, serenamente, no hubiera tenido nunca valor; si lo hizo, hubo de ser de improviso, sin pensarlo; después, el impulso tomado le sostuvo, le hizo seguir. Un símil muy vulgar atormentóle ahora: ''Es el impulso de los que dicen rizar el rizo.'' A él siguió la consecuencia: "Entonces tendré que empezar a caer alguna vez". Y la pregunta: "¿Cuándo?" En realidad fué inconsciente y cobarde; junto a la abulia triste, confusamente resignada que heredara de su madre y que le hacía dejarse llevar por la corriente, había en él no sé qué obscuro impulso de ambición, qué afán de presa, heredado indudablemente de su padre. Así, cuando vegetaba melancólicamente, embrujado de tristeza y desencanto, había despertado de súbito en éi un violento instinto, una ambición irresistible. Justamente fué en el momento crítico. Ni vacilación ni remordimiento. Entonces, parecíale que la vida era suya, que tenía derecho. Con posterioridad siguió, primero, lleno de fe, de desesperada ambición que le aturdía, apagando los ecos de su conciencia, más tarde, en fin... Es inútil que una y mil veces se repitiera la máxima, de un cinismo trivial: "La tranquilidad de conciencia

es un estado fisiológico parecido al de una buena digestión." Desgastado por el esfuerzo, la energía paterna retornaba a las maternas vacilaciones. Al miedo lo llamaba remordimiento. Había que seguir; su situación era la del hombre que, escalando con ayuda de pies y manos una roca, cortada casi a pico sobre un precipicio, cansado, jadeante, las uñas rotas y ensangrentadas, tiene que optar entre seguir o dejarse caer para estrellarse. ¿Por qué entonces, sin verdaderas creencias, empeñarse en ser el paladín de la justicia y de las reivindicaciones sociales? Primero, porque en el fondo de su alma había un obscuro entusiasmo, una secreta rebeldía que le impulsaba a ello; luego... La vida era tan confusa y laberíntica, que todo se entretejía y enlazaba como la trama de un tapiz. Sin aquella fe, sin aquel fervor, no tendría a Ana Rosa; ella era la seguridad, la impunidad conseguida al remate de su empresa, y por ella era preciso jugárselo todo... ¿No habría también un poco de amor al peligro?... Tales cosas lleváronle a otro orden de pensamientos. ¿ Amaba realmente a la Otalora? Sentía junto a ella una emoción exaltadora, un entusiasmo, un optimismo... ¡Que había sentido ya con Teresa los días que precedieron a la infamia angular !

Llegaba ante la Embajada de Italia; la iglesia noble del Sacramento, la escalinata que llevaba a los laberínticos callejones del viejo Madrid, le atrajeron. ¡Cuántos, cuántos años que no ambulaba, borracho de luna y de férvidas palabras por aquellos pintorescos andurriales! Recordó a Valdellano, el gran poeta de los versos a la Hermana, que, triunfador y todo, seguía viviendo su vida de miserias y abdicado-

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nes; a Barrera, el último bohemio, el Caballero de la Muerte, el de las maravillosas rimas a la amada mal vestida, el que, envuelto en su capa española, sombreado el rostro por el fieltro bohemio, paseaba por las calles blancas de nieve y luna, bajo los albos copos, a la pobre Musetta, que temblaba de frío y se detenía a toser de vez en cuando ; a César Manuel, el más alto y fuerte de los escultores, que, con un gesto de desdén para los honores oficiales, seguía su labor sin importarle las muecas espantadas de los burgueses, seguro de que la muerte le daría la razón; pero sobre todo, recordó a Juan Pablo, el poeta triste, descarnado y violento, de las aguafuertes madrileñas, el que buscaba en el verde fondo de las copas de ajenjo los ácidos para quemar sus planchas de cobre:

;Qué escalofriante blancura la de la ciudad desierta, en que como una ramera la Muerte nos acecha!

Siguió su camino ; al llegar a la calle de Bailén, en vez de dirigirse a la plaza de Oriente, torció hacia el Viaducto, y allí detúvose ante el paisaje, de una desolación mortuoria, que se tendía ante él. En un cielo muy alto y muy azul, nubes blancas bogaban lentas en torno a una hostia de plata, redonda y fría. Abajo, veíase el caserío tenderse claro, esparciéndose hasta quedar reducido a algunas casas perdidas en el campo yermo; luces amarillentas y rojizas estrellaban las sombras y trazaban en la obscuridad un camino que se perdía en lontananza; venían luego lomas pardas y amarillas, y al fondo, muy Baecklin, se destacaban las tapias blancas coronadas de cipreses negros del cementerio.

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Ramón murmuró aún unos versos de Juan Pablo:

¡Oh la hostil tristeza del arrabal madrileño en que unos mascarones insultan a la luna!

Alguien le dió una palmada en la espalda, despertándole de su ensueño. ¡Juan Pablo! Tenía delante al poeta cuyos versos evocaba en aquel momento. Reconociólo en seguida; estaba muy viejo, muy estropeado, no era ya sino la sombra de aquel Rodolfo juvenil de negra guedeja que tratara antaño, pero era él.

— Qué, ¿no me conoces ya?

— ¡No había de conocerte! — y le tendió las manos con efusión.

Pero el bohemio se las estrechó fríamente, con un gesto casi de repugnancia, con esa repugnancia que tienen los bebedores misantrópicos por los contactos. Luego, con voz bronca, en que había ima sorda hostilidad, habló :

— Estás igual, un poco más gordo, pero muy joven... Yo viejo, ¿verdad? — insinuó, no sin tristeza — ¡qué se le va a hacer! ¡La vida perra!

Ramón Morales examinaba atentamente al amigo que hacía veinte años que no viera. Había envejecido mucho; gordo, la cara morena, toda afeitada, surcada de arrugas profundas como cortes de navaja; las melenas llenas de canas, asomando bajo el chambergo arbitrario de profusa ala y alta copa abollada; los labios gruesos, quemados por el tabaco, mostrando los dientes, antes de cegadora blancura, amarillentos, y los ojos, aquellos ojos negros y relucientes, que aprisionaban en sus miradas los corazones de las chulillas madrileñas, fruncidos en

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gesto de miopía tras las enormes gafas redondas montadas en cobre, que le daban aspecto de covachuelista, pintado por Quintín Marsis. Sin embargo, Ramón protestó bondadoso:

— No, no estás viejo.

El otro rió.

— ¡Hombre amable! Siempre muy Médicis o muy siglo xvm. Protestó : — No, la verdad. Tornó a reír el poeta.

— "La verdad, no la busquéis. Es un atentado a nuestro pudor." Máxima nietzchana.

— ¡ Siempre incongruente !

— ¡Bah! Si no es uno incongruente — afirmó Juan Pablo — , ¿qué va uno a ser? Tú, desde luego, como todos los hombres felices, profesarás el optimismo.

Encogióse de hombros el futuro ministro. El otro prosiguió:

— Ya sé, ya sé tus triunfos... Millonario, ministro, duque... y no sé si algo más.

Había una ironía rabiosa en sus palabras; pero Ramón supo perdonar y quiso desviar la conversación.

— ¿Y tú qué haces?

— Yo, vivir — afirmó rotundo.

— Es poco — objetóle el vencedor.

— ¿Poco?... No lo creas. La felicidad tal vez está en el fondo de un vaso de vino.

Olía efectivamente a vino, y sus gestos eran vagos, torpes e inseguros.

Sintió pena.

— Es lástima. Tenías mucho talento... — Lo tengo — aseguró con orgullo. — Lo tienes, ya lo sé — concedióle Morales — . Por lo mismo... ¡Hacías versos tan bellos!...

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— Los sigo haciendo, sólo que ahora los escribo en la mesa de la taberna, me emborracho luego y me olvido de llevármelos... — Quedó pensativo un rato. — Son mejores que aquéllos; como son para mí sólo, no me torturo buscando rimas absurdas que no quieren decir nada... Las cosas tienen valores cabalísticos de símbolo, que sólo a nosotros se revelan, y algunas veces encuentro palabras brillantes como piedras preciosas, que no tienen cohesión con el resto y que engarzo allí como un capricho de orfebre. Soy como un rey que se labrase él mismo su corona.

— Sin embargo — opuso el luchador — , es una lástima que no triunfes, pudiendo gozar de todo en la vida.

Dejóse ir a un gesto de cansancio inflnito.

— ¡Gozar de todo!... Pero vamos a ver, ¿de qué gozas tú?... ¡El triunfo! ¡Si en conquistarlo se le va a uno toda la vida, y cuando se llega no se ha gozado de nada, y ya no es hora de gozar! Se vive tan de prisa que no queda tiempo para saborear nada; cosas que requerirían años, se malgastan en días; un libro que hacía falta una semana para leer, se hojea en un cuarto de hora; una copa de licor, que podría paladearse, se traga de un sorbo ; una mujer, que merecería amor, apenas si es la ventura de una noche... ¿De qué has disfrutado tú?... Tienes cuarenta y dos o cuarenta y tres años, estás a más de la mitad de la vida, y aún no has tenido una hora tuya. No, no ; así no se tiene nada de verdad. La magia de nácar del anochecer, la luz de perídoto y de ópalo de la alborada..., para obtener el placer de ello es preciso verlo sin prisa, alargando los minutos, sin pensar en otra cosa ninguna. Entonces, en vez de

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matar al tiempo, le ahorramos, como un avaro su dinero, lo palpamos, lo acrecentamos... ¡Luchar!— repitió con cansado desaliento. — ¿Y para qué? Todo es uno y lo mismo... Yo antes, para emborracharme, luchaba por tener licores caros, exquisitos; despreciaba el vino y el aguardiente como cosas plebeyas, ¡y ahora he aprendido que el vino tiene maravillosos secretos, que en el poso negro de los vasos viven tantos ensueños como en los iris de los más complicados brebajes!

Sin una gran fe, casi contagiado, protestó: — El vino, el alcohol, el éter, la morfina, los paraísos artificiales... ¡no! Hay que luchar, que ser fuerte...

La pareja de guardias acercábase lentamente a ellos.

— Habrá que irse de aquí. Gomo mi pergeño no es brillante, esos buenos defensores del orden social me creerán un atracador, tal vez un suicida contumaz... — Y rióse con una risa que sonaba a hueco, a falso.

— ¿Dónde ir a estas horas? — objetó Ramón intranquilo ante la indumentaria de su amigo.

— ¡Bah! Aquí debajo, junto a la calle de Segovia, conozco una chocolatería económica...

—Hombre, con este traje... — opuso el diputado.

— No habrá nadie... Además, si alguien te ve, con decir que estabas estudiando las necesidades del pueblo, como los reyes de los cuentos... En un páter Patria no chocaría. Ahora si te da vergüenza ir conmigo... — y rió otra vez con sarcasmo.

Más que por cordialidad, por el horror a la soledad y al insomnio que le esperaba en su casa, se dejó llevar.

Juan Pablo explicó para tranquilizarle:

—No encontraremos alma humana. Es un albergue donde se refugian los miserables en invierno buscando calor. Gomo aún hace buena noche, andarán por ahí; si hay alguien, estará durmiendo.

Bajaron por las Vistillas, al través de calzadas llenas de barro seco y polvo. A los dos lados alzábanse vallas de tablones mal unidos, podridos y rotos. Muy alto el cielo claro en que brillaba redonda la luna. Un momento fueron ambos silenciosos ; al fln el poeta interrogó :

— ¿Te acuerdas?

Ramón Morales estremecióse como si le hubiesen aplicado una corriente eléctrica. Todo el ayer confuso y tenebroso reaparecía.

El evocador siguió.

— Nos conocimos un día en El alma de Castilla, la revista que fundó Bastariarte. Era el alma de la raza. Todo dábase muy banal en aquel tiempo, todo estaba lleno de versos lacrimosos, de cuentos ñoños, de comedias insulsas, todo el mundo se asustaba de todo ; entonces un grupo de intelectuales (aún no se llamaban así) fundó aquello. Nadie pensaba en las guerras coloniales, y nosotros con valor las anunciábamos, clamábamos por reformas radicales, predicábamos los derechos humanos... Se nos acusaba de cobardes, de malos patriotas. Cánovas quiso acabar con nosotros, y me metió en la cárcel por unos pobres versos, más declamatorios que peligrosos; Sagasta nos ofreció dinero, y fué cuando Arólas se vendió... ¡Qué tiempos! También tú, el futuro ministro, el baluarte de la sociedad amenazada, intentabas publicar un artículo, inflamado allí, un artículo contra las Compañías financieras, que te hubiese costado el destino y tal vez la cárcel.

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Ante el cariz de las confidencias, el otro, súbitamente tranquilizado, sonreía.

— Guando te conocí estabas furioso y descorazonado. Mis versos te gustaban por crudos, demoledores e impíos.

Llegaron a un callejón; allí detuviéronse ante el cafetín sórdido y tenebroso. Entraron. Como había anunciado el bohemio, no había nadie casi. Junto al fogón, unos hombres semidesnudos, negros y sudorosos, preparaban la masa en grandes recipientes de aceite hirviendo, de donde sacaban luego, dorados y calientes, los buñuelos y los churros. Una densa humareda enturbiaba la atmósfera, y tornaba rojizas y apagadas las dos luces de gas. Cuatro o cinco golfos astrosos dormían apoyados en las mesas, y en un rincón una vieja, muy vieja, una careta de arrugas en que apenas se divisaban los ojillos y un solo diente largo y amarillo que asomaba entre los labios negros, por rostro, saboreaba su café; tres o cuatro obreros díscolos y parlanchines bromeaban a gritos con una moza de partido.

Acercóse el chico a los recién llegados.

— Yo una copa de Chinchón... — ordenó el poeta; y como el otro hiciese un gesto evasivo:— ¡tú, otra!... ¡me la beberé yo!

De un sorbo cada copa, apurólas, apenas llegadas, y pidió más.

— Tengo sed — excusóse. Luego prosiguió: — Una noche me hablaste de Teresa...

Ramón púsose densamente pálido, y con un gesto trató de atajarle. Pero el borracho pidió más aguardiente y fué hablando:

— La querías, y, sobre todo, te quería ella.

Un conato de risa de los obreros trajéronle a otro orden de pensamientos.

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— ¿De verdad sientes lo que dices en tus dis- j

cursos?... — Rióse insultantemente, y dándole \

una ' palmada en la espalda, apostrofó : — ¡ Far- l

sante! ¡Qué habías de pensar!... .

Ramón ofendióse y fué lírico : I

— ¿Cómo no pensarlo? ¡Y eres tú, tú el que |

me dices eso, tú que vives entre ellos, que les i

ves padecer, luchar! Y para mayor sarcasmo |

me lo dices aquí, aquí, donde tú mismo me has j

dicho que se refugian para no morir de frío!... ^

¡Y te ríes de mi ideal humanitario, de mi sueño \

de redención! \

Pareció el borracho reconcentrarse en sí mis- |

mo y luego retorcíase con grandes carcajadas. '{

— ¡Ja, ja! ¡Está bien, pero muy bien eso! ¡Te i

ha salido al pelo el parrafito. ''Su señoría ha *

pronunciado una oración elocuentísima, que la ;

Cámara ha escuchado con emoción profun- J

da..." ¡Mozo, otras dos copas!... ¡Ja, ja!... A |

ver, a ver... ellos... padecen... luchan... En pri- 1

mer lugar no padecen, tienen la sensibilidad \

muy embotada y han suprimido la parte moral ;

del dolor, con* lo cual, como no sea en casos !

muy contados — mucha hambre o mucho frío — j

no sufren; luego no luchan, vegetan indiferen- 1

tes sin más sensaciones que las rudimentarias. *|

Mira — y con un gesto señaló en derredor — esos, \

los golfos, duermen mucho mejor que tú en tu ;

cama; en cuanto a los obreros, aquellos no pien- !

san más que en faltar al trabajo y en hacer una j

canallada a su mujer, que, por su parte, es mala i

bestia llena de instintos aviesos..., esto sin con- i

tar con que tienen más de perfectos canallas 1

que de otra cosa. Aquel, el Boliche, el chaval l

de la chaquetilla azul, es ladrón... diez y siete j

condenas...; el otro, con facha de carretero, el \

Duermes^ estuvo procesado por el asesinato y ]

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robo de una vieja...; aquel cfue está junto a él, vestido de pana, dió una puñalada por veinticinco céntimos a un tabernero... Todos, estimables sujetos como ves...

— ¡Bah! — protestó Morales — , en el fondo son buenos; les ha faltado guía y medios; yo les daría la mano con más gusto que a muchos caballeros. Ellos que recibieron más tienen más deberes.

— Yo también, pero es que a los caballeros no se la daría. — Prosiguió : — Aquí venimos muy buena gente; suele dejarse caer a última hora una pintora rusa, nihilista, que odia el amor y estuvo en la cárcel por haberla cogido la Policía unos dibujos en que se escarnecía la maternidad con simbolismos terribles; viene también un pobre muchacho catalán, que era corredor de comercio, empeñó unos muestrarios en quince duros, y como no pudo pagar, fué a la Modelo. Ahora está fichado como anarquista de acción.

Ramón pensaba en lo comprometido del sitio, en las gentes aquellas inclasificables, en que podía ser reconocido. Propuso:

— Bueno, vámonos ya.

Pero Juan Pablo, la lengua trabada, el gesto confuso y los ojos turbios, pidió más aguardiente, y luego, con la pesadez de los ebrios, insistió :

^ — Déjalo. Puede que vengan esos, y así, cuando seas ministro de la Gobernación... Ramón miró miedoso a todas partes. — ¡ Cállate !

— No oye nadie... no vayas a creerte que estoy borracho... estoy muy en mis facultades y sé guardar un secreto... ¡Cualquiera diría que no te he guardado otros peores!

Ramón Morales, que se incorporaba ya para partir, dejóse caer en el taburete otra vez, lívido, un sudor helado perlándole la frente.

— ¡ Galla ! — suplicó.

El bohemio echóse a reír como siempre.

— ¿Ves tú?... ¡Veinte años de callarme y no te fías!... Te acuerdas la noche que viniste y me dijiste: "¡Estoy perdido!"

Se le enredaban la lengua y las ideas.

— Teresa era bonita... pobre chica... ¡qué farsante eres tú!... ¡no cambias!... ¡el pobre Juan!... — súbitamente dióse una palmada en la frente y pareció sacudir la borrachera al encuentro de algo muy interesante: — Juan, ¡eh!, Juan... ¿te acuerdas?... ¡Pues le vi ayer!... ¡Ja! ¡Ja!... Tiene gracia... Me dijo que ha salido de presidio y viene... me dijo... unas cartas...

Morales, el rostro teñido de palidez cadavérica, habíale cogido el brazo y apretaba, apretaba.

— ¡Habla!, ¡di!, ¿qué pasa?, ¿qué dijo?

El ebrio dobló la cabeza con un gesto de dolor soñoliento y murmuró :

— ¡Déjame! ¡Me haces daño!

Aparecieron en la puerta dos figuras arbitrarias: una mujer y un hombre. Ella era alta y muy flaca, lisa como una tabla. Su rostro, encuadrado en ima guedeja de un oro muy pálido, recortado como la de un paje, era, en la sombra del redondo fieltro gris, la caricatura del de Ibsen con su frente comba, sus altas cejas de arco y sus ojos saltones. Tenía los dientes negros y las manos largas y pálidas. Vestía una túnica de lanilla azul con lunares blancos, una piel misérrima al cuello y llevaba una enorme carpeta de dibujos bajo el brazo. El era alto y delgado, de tez cerúlea, perfil aristo-

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orático y ojos grises de brillo metálico que lucían extrañamente audaces y dominadores. Su atavío era pobre, sus maneras distinguidas.

Al verle a él allí habló al oído de su compañero, que por un momento observóle atentamente. Luego los dos se sentaron; pidieron café.

Ramón salió a la calle y comenzó a caminar en la claridad lunar. Sentía que el pasado, como una mano fuerte y enorme, tiraba de él.

EL PASADO

Gomo sucede a casi todos los que han vivido mucho y muy de prisa y han caminado a saltos en las tinieblas, la infancia quedaba, para Ramón Morales, perdida en sombras. Los paisajes, los interiores, las figuras, mostrábansele confusos, en una tenue neblina, esa neblina que envuelve "el país del recuerdo" en el delicioso Pajazo azul, de Maeterlinck. Al través de aquel vaho esfumado, veía los gestos con irreal vaguedad; una gran melancolía caía sobre todas las cosas apenas pretendía evocar la niñez, y su fe y energía parecían animarse. Era un sueño confuso, apenas explicable, pero "un sueño que daba ganas de llorar". Algunas veces, a fuerza de violenta voluntad, conseguía ir aclarando las cosas, fijando netamente los contornos, pero... entonces le daba miedo, como si en el fondo de aquella cubeta magnética viese la verdad, y aquella verdad fuese algo cruel, minador de una de las dos o tres certezas en que se asentaba su fe. Sucedía que los hechos que en su estado normal parecíanle ratificadores de su potencialidad volutiva, deformábanse y le mos-

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traban un Morales grotesco, débil y pusilánime, un Morales que se debatía desesperadamente, haciendo todos esos gestos heroicos que dicta la cobardía. Entonces formulábase la terrible pregunta: ''¿Seré yo realmente un cobarde?"

La teoría del heroísmo, leída no sabía dónde, volvía insistentemente a su memoria. Los héroes no eran los realizadores de las epopeyas, de los hechos extraordinarios, de las empresas nunca vistas. Tenían aquéllos demasiados ojos fijos en ellos, y no movíales su ánimo, sino el furor que vibraba en los demás, el que contagiándoseles, hipnotizándoles, galvanizándoles, hacíales héroes : era, pues, el suyo tan sólo una manifestación del heroísmo colectivo. Por eso, cada vez es menos frecuente, porque en la vida moderna el bello gesto hácese de día en día más raro, repudiado como está por las condiciones en que ella se desarrolla. En cambio el heroísmo, el verdadero, es cosa muy distinta; ha de ser frío, consciente y no cuidarse de la multitud.

"Soy un cobarde — pensaba Ramón — . Ni para el bien ni para el mal he tenido verdadera decisión; me he dejado llevar por la corriente en un estado de abulia vergonzoso. Fui criminal como soy bueno, abnegado o justiciero, todo, como fueron serenos los nobles ante la guillotina, porque no tenían otro remedio."

De la primera infancia conservaba recuerdos fragmentarios, entro los que había grandes lagunas sombrías que no podía llenar; en cambio, de los que conservaba, hacíalo con rara (claridad. De padre la memoria tenía la netitud do un retrato de V(ilázquez. Veíalo con su alto tupé rizado, sus cejas espesas y duras, sus en-

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hiestos mostachos, su gesto fanfarrón. Pero pese al ademán y a los adornos capilares, presentía en él algo de triste, de indeciso, de fácil a la fatiga y al vencimiento. De su madre el recuerdo era tierno, pero muy vago, borrado casi por los últimos años en que la lucha, la miseria y el dolor, deformóla de cuerpo y de espíritu e hizo de ella una pobre criatura desbaratada, fofa, desvencijada, marchita y arrugada en lo físico; malhumorada, quejumbrosa, voraz y egoísta en lo moral. La imagen de su casa era turbia y arbitraria, una casa miserable con toques de palacio, un albergue donde o faltaba todo ^ o sobraba todo. Sobre aquel fondo, veía a la madre invariablemente triste y resignada, pero siempre con un extraño anhelo que la contraía el rostro con mueca de anhelo, esperar, esperar ansiosamente; veía al padre llegar fanfarrón, con apostura de mosquetero, cogerle a él sobre las rodillas y hacerle galopar. Poco a poco se olvidaba del hijo y comenzaba a hablar con verbosidad meridional. Los temas eran siempre dos : o estaba de buen humor, en cuyo caso hacía descabellados proyectos, trazaba planes, como si el dinero estuviese ya en su mano, discutía consigo mismo, y alegre, optimista, recorría en un minuto triunfalmente la escala del porvenir, o estaba triste, descorazonado, aburrido, y entonces pesimista creíase perseguido por todos y por todo luchaba con las injusticias que con él se cometían, de las infamias de los poderosos, de la ruindad de los aduladores que les rodeaban... De súbito, su vida, hasta entonces arreglada, descarrióse, empezó a volver a casa a altas horas de la madrugada, a entrar, o loco de una alegría estrepitosa o presa de una tristeza negra. Su madre lloraba algunas veces, reca-

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íándose. de él. Imprevistamente el aventurero comenzó a mentar ciertas graves y confusas dificultades, a anunciar un proyecto misterioso, y, al fin, un buen día, marchó a Filipinas. En las primeras cartas la alegría había vuelto. Todo eran planes de color de rosa, castillos en el aire, fantasías para el mañana. Debía de atravesar una buena época, porque con las cartas venían documentos, papelitos llenos de signos, que traían el bienestar y la abundancia. De la noche a la mañana la cosa se torció; las misivas hiciéronse lacónicas y amargas, no vinieron con ellas los papelitos de colorines, madre volvió a llorar, y los muebles suntuosos que desentonaban de la modestia de la casa fueron saliendo de ella. Hubo largas pausas en la correspondencia; después, faltó del todo mucho tiempo; luego vinieron tres o cuatro cartas seguidas llenas de una alegría nerviosa, absurda, turbulenta, y, al fin, un día, súpose que había muerto asesinado en Mindanao.

Entonces prodújose en la historia de Ramón una pausa obscura, vulgar, opaca y monótona, una pausa en que cada día no fué sino un esfuerzo desesperado para llegar al siguiente. Aunque muy joven, había conseguido un empleo en una casa de banca, y con el pequeño sueldo vivían él y su madre. Gomo la cosa no daba para más, hacían eso, vivir. No podía frecuentar cafés ni teatros, y su consuelo era leer. Leía mucho, sin orden ni concierto, pero también sin prisa ni angustia, con ese empapamiento que es la verdadera manera de que aprovechen las lecturas. Desde Marco Aurelio a Dumas, desde Suetonio y Cicerón a Ponson du Terrail, desde Platón y Descartes a Fernández y González, todo lo leyó con igual afán. Así hubiera corrido el tiempo

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sin fin, como las aguas de un río, si no hubiese caído enferma la madre. El mal fué largo y cruel. Gomo el médico y la botica consumían toda la paga, hubo que buscar nuevas fuentes de ingresos, y Ramón, tras no pocos trabajos, halló labores con que ayudarse, contabilidades de casas de comercio, libros de caja, copias... Al fin, la pobre mujer murió. No puso Ramón nada de teatral en el adiós, no pensó en "la nave que se la llevaba al reino del silencio"; pensó en el féretro de pino, en el mísero carricoche, en la sepultura... y la vió partir con un suspiro de descanso para ella... y para él.

Después del tránsito materno, su vida se regularizó. Acostumbrado a la miseria era, ahora, casi rico. Había hallado un olvidado cafó, donde un pobre pianista tísico tocaba a Litz, a Ghopin y a Beethoven, poniendo luces de inspiración en su mísero rostro enjuto y amarillo. En aquel local reuníanse unos bohemios de largas guedejas, chambergos de anchas alas grasientas, y arl3itrarias pipas. Hablaban de Arte con furiosa vehemencia, burlábanse de los consagrados a quienes adornaban con fantásticos calificativos de patos silvestres, burros flautistas, filisteos, cuadrúpedos pensantes, bípedos implumes y otras lindezas; calificaban a los políticos de chupópteros, de cretinos y de ladrones; a los ricos de despreciables burgueses, y fundaban todos los días periódicos que vivían veinticuatro horas y sostenían las más absurdas utopías. Algunas veces, Juan Pablo llegaba transido de emoción y leíales una página encantadora de un romanticismo melancólico y fervoroso, o Barrera, borracho, exponía lo que iba a ser su futura obra, o bien, Valdellano, con aires resueltos de hombre seguro, planeaba el

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drama que le iba a estrenar la temporada siguiente, sin falta, la Reluz, aunque ella, encastillada en su género, prefería las truculentas obras de Landarazo o los ripiosos versos de Montaniel, capaz de rimar las guerras Púnicas. Todos influyeron sobre él; enseñáronle el amor a la poesía y los gestos violentos y contundentes. Pero quien tomó un real ascendiente sobre su espíritu fué Juan Pablo. Hablábale de la vida con fervor y entusiasmo, enardecíale a luchar, infundíale el desdén por los grandes tópicos honor, debeVy honradez, religión, moral y trataba de destruir sus escrúpulos, que calificaba de estupidos y pueriles. El creía que se debía de luchar; claro que, por su parte, no lucharía; prefería buscar la belleza en el verde, el rojo y el azul del alcohol como Poe, como Verlaine, como Baudelaire. Algunas veces, dejábanse caer por allí tipos absurdos e inclasificables, gentes que vivían de industrias inconfesables, que le eran presentados con nombres rimbombantes, irónicos y grotescos — Oliverio del Gamo, Don Bravante de las Siete Luminarias o Don Carmines de la Conejera — o bien anarquistas teóricos, espiritistas, magos o fundadores de nuevas religiones. Comenzaban todos hablando con seriedad profunda, y poco a poco, según bebían, iban sintiendo un estremecimiento que se adueñaban de ellos y les hacía amar la Humanidad con un amor tan grande, que les obligaba a salir a la calle cogidos del brazo, cantando y haciendo eses.

Aquello constituía el recreo, el descanso que le hacíaN olvidar el trabajo de la oficina. Era la tal, húmeda y sombría y en ella vegetaban, a más de él, cuatro hombres: Gasola, Albarán, Galcillo Pérez.

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Los tres primeros eran tipos vulgares de oficinistas : perezosos, descuidados en el vestir, desaliñados, malignos y fumadores. A todo esto añadían una alegría vulgar, un poco chabacana y un poco soez, que se recreaba en chistes escatológicos o sexuales. Pérez era el único que chocaba por algo: por pusilánime, por triste, por bueno, por infeliz. ¡Juan Pérez! Aquel muchacho era más que un símbolo: era una condensación, una esencia. Gomo si sus vulgares apellidos de ellos fuesen los de Silva, Portocarrero, Pérez de Guzmán o Alvarez de Toledo, ilustres en la Historia de España, los otros burlábanse de aquel Pérez sintético.

Pérez, bajo, encogido, de gestos torpes y premiosos, pies y manos muy grandes, tenía el rostro enjuto, pálido, adornado de una barba castaña y rizosa, la nariz larga, la frente alta y unos ojos de dulzura canina que no bastaban a animar la faz. Era obscuro y triste. Vestía un largo gabán ala de mosca, y una chalina gris en invierno; unos temos raídos y despintados en el verano.

Habíase convertido en el monote de todos; no incubábase malhumor, desde el jefe hasta el último recadero, que no descargase sobre su cabeza, ni duelo, por malo que fuera, que no le eligiese por víctima. Apenas casábase uno de los muchos Pérez ilustres que en el mundo son — Pérez de Barradas, Pérez de Bermuy, Pérez del Pulgar, Pérez de Guzmán, Pérez de Herrasti — , comenzaba la chacota...

— ¡Hola, amigo Pérez! ¿Se caso la prima, verdad?

— ¿Qué tal la boda de la parienta? — ¿Un Pérez? ¿Lo es de Guzmán o de Alfarache?

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Aquello, sin embargo, hubiera sido inofensivo; lo grave y lo molesto dábase cuando, no contentos con las palabras, pasaban a vías de hechos. Entonces el pobre Pérez temblaba; desde colgarle un muñeco a la espalda con un alfiler, hasta poner una cuerda en la escalera para que se rompiera la crisma; desde añadir cifras a sus cuentas hasta pegar hojas atrasadas a los almanaques para que se equivocase en las fechas de las cartas, todas las farsas crueles y todas las mixtificaciones deshonrosas ejerciéronse con él. Un día las cosas llegaron al máximum.

Habían inventado un artificio, rival del que para surtir de aguas a Toledo descubriese el Juanelo, para que, apenas mojada la pluma en el tintero, salpicase todo de gruesas gotas, cuando llegó Pérez, presuroso, con un enorme libro de Contabilidad de los que el principal guardaba en su despacho. Habíale dicho éste, al tropezar con ciertas dificultades en las cuentas, que al día siguiente habría de presentar ante la Sociedad: "Pérez, a ver usted, que tiene manos de santo para estas cosas..." Sonriendo, satisfecho por el elogio, sentóse el bueno de Juan, y mojó la pluma en el negro líquido. ¡Plaf! ¡Borrón! Los otros echáronse a reír con grandes carcajadas.

El, muy colorado, temblándole los labios, repitió varias veces :

— ¡No está bien, no, señor; no está bien la bromita!

Luego, resignado, púsose a tratar de componer el desaguisado. Cinco minutos después vino el botones,

— Dice el señor principal que a ver si está eso. Pérez murmuró anonadado: — ¡Va! ¡Va en seguida!

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Los otros tornaron a reír. ¡Tenía gracia! Pérez, sudoroso y angustiado, parecía una rata de agua.

Tornó el botones:

—¡Que se dé prisa!

— ¡Va! ¡Va en seguidita!

Tercer recado y tercera excusa. La obra, con la prisa, no adelantaba nada. El, siempre tan primoroso, se embarullaba y lo embadurnaba todo.

Al fm, apareció el jefe en persona:

— Pero, ¿y esa cuenta?... — comenzó. Luego, al ver la labor a que su subordinado se entregaba, enfurecióse.

— Hombre, ¡tiene gracia! ¡Ni que le hubiesen encargado una falsificación!

Balbuceó él:

— Cayó una mancha de tinta, y... El banquero dejóse arrastrar de la ira: — ¡Me gusta el chiste! ¡Y lo dice usted con esa frescura! ¡Claro; mañana presento las cuentas corregidas a la Junta de accionistas y creen que les robo... ¡Hace falta ser animal!... Pero, ¿para qué sirve usted, hombre de Dios?, ¿me lo quiere usted decir?... ¿Qué harían ustedes si tuviesen en la cabeza todas las cosas que lleva uno? No tienen más que escribir cuatro números, y eso lo hacen mal... ¿Qué me diría usted si ahora le plantara en la calle, como se merecía?...

Juan Pérez, que hasta entonces escuchaba con los ojos bajos y las manos cruzadas, tuvo un gesto de angustia.

Los otros ya no reían. Buenos chicos en el fondo, medían ahora el mal que inconscientemente habían hecho. Sin embargo, no se atrevían a rechistar, temerosos de ser ellos las víc-

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timas. Súbitamente, Ramón se puso en pie, y, con voz firme, acusóse:

— He sido yo. Le he querido dar una broma...

La ira del jefe amainó como por ensalmo.

— Hombre, Morales...

Luego metió prisa:

— Vaya, Pérez, a ver si despacha... y usted dispense. Salió.

Todos estaban alegres, tal vez un poco avergonzados.

Gasola excusóse: — Si hubiese sabido... Galcillo le hizo coro : — No creí nunca... Y Albarán resumió:

— Ha sido mala pata. Gracias que el amigo Morales...

Pero el amigo Morales, rehuyendo manifestaciones patéticas, habíase puesto a escribir atentamente.

Luego, al salir, Pérez incorporóse a él, y juntos caminaron en silencio. Solo, al despedirse, la víctima le estrechó la mano con una cordialidad agradecida y efusiva que valía por muchas palabras.

Desde entonces salieron juntos de allí todos los días. Caminaban lentos y distraídos, cambiando escasas palabras; sin embargo, de vez en cuando se detenían, y entonces, en un párrafo que tenía un gran eco interior, revelaban un trozo de su vida. Una tarde Juan Pérez detúvose, y habló así :

— Mi querido Morales, tengo por usted una grande, una enorme estima. Soy torpe y de pocas palabras; pero, así y todo... Ahora que me inspira fe absoluta, voy a revelarle el se-

creto de mi estoicismo, el por qué las burlas y las bromas, que por otra parte considero inocentes y ayunas de mala intención, de nuestros compañeros, no me impacientan. Pues, sencillamente, porque soy el hombre más feliz de la tierra; porque para defenderme contra las maldades del exterior tengo un refugio, un nido de fe, de paz y de amor; porque poseo lo que ninguno, absolutamente ninguno de ellos. Venga usted.

Así conoció a Teresa y a Gabrielín.

Teresa era una criatura de esas que camiiian por la vida con pasos tácitos y silenciosos de sonámbula; una de esas pobres mujeres que parecen siempre buscar alguien en quien apoyarse, alguien que las ame para dejarse caer en sus brazos y morir en ellos. En el hogar míseramente burgués de Juan Pérez, su sonrisa pálida ponía una tibia caricia, como de sol otoñal. Era buena, dulce, abnegada y parecía sentir por su marido, si no amor, a lo menos una infinita ternura, una férvida y resignada abnegación, que no pensaba sino en guatearle la vida para evitar todo doloroso choque exterior. Silenciosa, esfumada, pálida, cuidaba de todos y de todo, sin alegría, pero con infinito amor, que trocábase en idolatría ante Gabrielín, su hijo, un nene rubio y alegre que tendía sus manitas y reía, llamando con la boquita rosa: "¡papá!", "¡mamá!".

Juan, el pobre Juan, en su hogar era otro; una alegría Cándida, casi infantil, parecía borrar la torpeza de la oficina, quitarle años y hacerle casi joven y casi airoso. Bromeaba, un poco desgarbadamente quizás, pero lleno de sana y optimista alegría; sus chanzas algunas veces eran un tanto vulgares, y entonces ella, son-

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riendo, sin ira y sin rencor, avisaba: "¡Juan, Juan!, que el niño aprende..." Corrido, rojo como un colegial a quien reprimen, turbado, con ganas de llorar, cogía al nene en brazos y lo besaba con transporte. Ella, a su vez, acariciaba al chiquillo también, y sucedía que, quizás en una intención de tierno consuelo, rozaba con los dedos pálidos la barba del padre. Eran felices.

Junto a ellos comenzó Ramón a saborear unas dulces y lentas horas de paz. Primero no sentía mas que eso : bienestar, paz moral, alegría tranquila. No analizaba sus sentimientos ni trataba de saber la razón de las cosas. Bastábale con disfrutar de ellas. Teresa, por su parte, envolvíale en mil cuidados, que no se sabía si eran a él o al único amigo del marido. Mostrábase fría, reservada, buena, pero un poco ausente. Sin embargo, los ojos tristes y calenturientos, hundidos en las sombrías ojeras, clavábanse en el intruso, y permanecían así, en una fijeza muda y ardiente, mucho tiempo. Sin explicarse cómo, las visitas que primero no tenían otra razón de ser que la compañía de Pérez, alargáronse, hiciéronse más frecuentes, y, por fin, un día sucedió lo que tenía que suceder. Teresa pecó. De aquel punto y hora comenzó para ambos una nueva fase. Morales, muy joven, en los comienzos de la vida, era feliz o casi feliz. Queríala con tierno afecto, y encontrábase bien a su lado. Teresa, ocho o diez años mayor que él, amábale con pasión sorda, vehemente y concentrada.

Ramón hacíase bien a aquel vivir; muy de tarde en tarde sentía la punzada de la ambición, pero su natural abúlico apagábala en seguida. Casi no veía a sus antiguos amigos, y cuando

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se tropezaba con Juan Pablo, sus cínices máximas tan sólo le causaban un leve cosquilleo epidérmico. Pese al consejo árabe, en vez de tomar por confidente a la pared, si su corazón desbordaba, contábale sus cosas a él.

Así hubiérase arrastrado indefinidamente su vida hasta desembocar en el hastío o en la muerte, si no hubiese sobrevenido la catástrofe.

En premio a sus servicios, Juan Pérez fué cajero de la Flims London Sty,

Esto, claro es, le separaba de sus compañeros, confinándole en un despacho donde estaban las solemnes y peliagudas funciones de la Caja. Sin embargo, Ramón iba a verle en los ratos de descanso y a recogerle al llegar la hora de la salida. Un primero de mes...

Guando al concluir la oficina el muchacho llegó allí, Pérez advirtióle :

— Tendrá usted que esperar. Figúrese que don Rosendo ha salido precipitadamente para Barcelona y se ha dejado doscientas mil pesetas en billetes del Banco en la caja, sin darme ninguna orden, y me parece peligroso que una cantidad así se quede toda la noche sola aquí. He mandado a Paco a la estación por si llegaba antes de marchar el tren, y voy a esperarle.

Hubo una pausa;, luego continuó:

— Claro que no sabiéndolo nadie más que yo... Luego la caja es muy fuerte y complicadísima de abrir... — acercóse a ella, llevando tras de sí a Morales, y empezó a manipular.

— Figúrese usted que para hacerlo hay que combinar primero estas letras... así... "EneroRosa-Marzo..." luego los números "1875..." Y no está aún, luego se da vuelta a esta anilla, y, apartando este resorte, que parece un clavo... Vaya, ¿ve usted?

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La pesada puerta de hierro habíase abierto y aparecían documentos, saqiiitos de oro y unos apretados montoncillos de billetes de mil pesetas. Súbitamente una idea como un relámpago iluminó el cerebro de Ramón; púsose primero densamente pálido, luego encarnado como la grana. Pero Pérez no notó nada.

— Así se hace usted cargo... ¡Vaya, voy a cenar, y ya no abro hasta mañana!

Tornó a manejar los resortes y se oyó un golpe metálico. ¡La caja estaba cerrada y el tesoro oculto! Morales acariciaba con los dedos crispados los tres billetes de cincuenta pesetas que eran su paga del mes y su única fortuna. Nunca saldría de pobre, nunca sería nada, estaba condenado a vegetar toda la vida así. Sus ambiciones, sus ensueños, serían como unas pobres quimeras a quienes habrían cortado las alas y que se arrastrasen por el suelo como larvas. ¡Ah, cuántas, cuántas cosas podrían hacerse con aquel dinero! Recordó las cínicas máximas de Juan Pablo: "La propiedad es un robo." "El robo es legítimo cuando el ladrón sabe realmente aprovecharse de él."

Juan Pérez había vuelto a sentarse y jugaba distraídamente con las llaves. Ramón, en pie, ante él, no le oía. Sonó el timbre del teléfono de la oficina. El cajero respiró satisfecho.

— ¡Ahí está el recado de don Rosendo!

Precipitóse al otro cuarto, y Ramón Morales, sin vacilar, sin pensarlo ni un segundo, sin que la más ligera vacilación agitase su espíritu, arrojóse sobre las llaves, y rápido, frío, mudo, seguro, abrió la caja, guardándose los billetes en los bolsillos, y dejando las llaves en su sitio. Luego desplomóse sobre el asiento.

Volvía Juan.

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— No es — afirmó desalentado — . Tengo que esperar aún.

Ramón, resuelto, se puso en pie.

— Yo me voy. A la noche nos veremos.

Bajó cauto las escaleras. La portera no eslaba, y pudo salir sin ser visto. Ya en la calle, respiró. Anduvo muy de prisa para alejarse del lugar del delito, y cuando ya no había cuidado, paróse a pensar en la manera de ocultarlo. Había que probar la coartada. ¿ Cómo ? Aquello era difícil, muy difícil. Aunque su conciencia no le decía nada, tenía miedo. Vagó un rato sin ruta ñja, cuando oyó una . voz amiga que le llamaba. ¡Juan Pablo! Allí estaba su coartada. Propuso :

— ¿Vamos a tomar una cerveza? Es primero y te convido.

Fueron. Ya allí no necesitó esforzarse; desde aquel momento el instinto dictóle hechos y palabras y dictóle- bien. Las confidencias fueron del único género de confidencias realmente interesantes, falsas.

— ¿Teresa?... Sí, la quiero, la quiero tanto, que algunas veces me pregunto si no la querré demasiado, si no será un peligro para mí, el peligro de una anulación. Gomo ella me hace la vida grata, la embellece y me torna en llevadera la pobreza, sin quererlo me roba energía y voluntad... Tengo miedo del mañana... ¡Si yo pudiera reunir unos miles de pesetas!... Me iría a América a probar fortuna,..

Súbitamente, como si tomase una determinación, rumió casi en voz baja: — Quisiera jugar... ¿Conoces algún garito?...

Aplaudíase a sí mismo. Aquello iba muy bien. Era como un actor que se contemplara en un espejo y se autoelogiase.

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Aprobaba los gestos, las palabras, la entonación.

Juan Pablo mostróse encantado : ¡ ya lo creo que conocía garitos! ¡Si justamente no conocía otra cosa! Su alma curiosa recordaba aquello de que "una baraja es un libro de aventuras", y ya que por ironías de la suerte no le era dado vivirlas en realidad, vivíalas en el tapete verde.

Comieron en una taberna. Ramón mostrábase preocupado. ¿No sería una locura un hombre que sólo tiene treinta duros ir a jugárselos? ¿Perdería? El otro le animaba. ¡Bah! Con treinta duros no llegaría muy lejos; en cambio si ganaba... Fueron a la timba. Er'a un antro sórdido, sucio y maloliente, con pretensiones de casino. Alumbrábanlo algunos mecheros de gas,^ y al través de las densas nubes del humo de tabaco, veíanse los rostros de los jugadores curiosos, demacrados, pálidos unos, sencillamente patibularios otros. Ramón comenzó a jugar bajo la égida de su amigo. Perdió primero un duro, luego otro, y otro, y otro. Quedábanle cinco cuando saltó la suerte y comenzó a ganar. Al principio fueron monedas, luego billetes pequeños, luego billetes grandes. Diez mil, quince mil, veinte mil, veinticinco mil, treinta mil... '

Un tahúr quiso, haciéndose el matón, cobrar de barato... Armóse bronca, vino la Policía, y por fin. Morales vióse en la calle con treinta y cinco mil pesetas suyas en el bolsillo. Entonces sintió remordimientos del inútil delito cometido. ¿Qué sería de Juan al día siguiente? ¿Qué haría el infeliz al verse acusado? ¿Cuál sería el destino de Teresa sin el único aployo que tenía en el mundo? ¿Y Gabrielín?

Intentó zafarse de su amigo. Tal vez aún era tiempo. Iría a casa de Juan y se confesaría con

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(él. Restituiría lo robado y con las ganancias partiría. Pero no le dejaba, burlándose de él.

— Teresa, verdad... ¡Puf! Días hay en el año para verla. Hoy tienes que cuidar a los amigos. Para algo te he traído la suerte, ¡ qué cuerno !

Vagaron mucho tiempo de chiscón en chiscón bebiendo copas de vino. Hacíase cada vez más cínico, descarado y cruel. Sus palabras eran como trallazos que levantaban ronchas. Ya de madrugada logró deshacerse de él, y medio borracho, rendido, sintiendo cerrarse por el sueño sus ojos, corrió a casa de Teresa. Estaba cerrado. Fué al Banco y también. Esperaría en su casa, y a las ocho volvería. Fuese allí, y ya en ella, sentóse a esperar. El sueño le rindió y quedóse dormido. Despertóse a las tres de la tarde con un gesto de horror pasmado en los ojos. Costóle mucho trabajo rehacer los sucesos, y al fm, cuando lo hubo conseguido, corrió a la Flims London Sty. Era tarde. Juan Pérez estaba preso y la policía buscaba afanosa el paradero del dinero robado.

El proceso fué breve y claro. La Policía habría rehecho la noche de cada uno de los empleados; los sucesos que llenaron la de Ramón eran demasiado ruidosos para que se pudiese sospechar de él; sin embargo, su amistad con el presunto ladrón podría haber dejado alguna sombra, si una escena patética no hubiera acabado de libertarlo, al parecer, para siempre, de toda duda.

El juez había reunido en su despacho a Juan Pérez, a Teresa y a Ramón, y esforzábase por arrancar una confesión al culpable, o a falta de ella, algún indicio a la esposa o al amigo. Juan parecía anonadado, vencido, idiotizado por la atroz acusación. Teresa, silenciosa, som-

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bría y concertada, tenía algo del Destino que (^spera la hora de intervenir; en cuanto a Morales, displicente, áspero, malhumorado, contestaba con despego, envuelto en una altivez hostil y repeledora. No había tenido para la víctima ni una palabra buena, ni una mirada de compasión. El pobre Juan, sorprendido por aquella actitud, mirábale de vez en cuando con una mirada humilde de can a quien maltratan, mientras trataba de explicar entre balbuceos lo inexplicable.

— Yo... no sé... Mandé a Paco a la estación... Había cerrado la caja delante del señor... Después no abrí ya...

Con los ojos imploraba auxilio. El magistrado sorprendió aquella mirada, y, sereno, encaróse con el otro.

— Señor de Morales, a la justicia se le debe toda la verdad. Los hombres honrados tienen la obligación de ayudarla; a los malvados no les sirve de nada rehuir su intervención.

Ramón habíase puesto densamente pálido y se mordía los labios. Sentía que su rostro albeaba, y aquello le robaba aplomo. El juez, comenzando a sospechar, mirábales, alernativamente, a uno y otro, cuando de improviso, fría, cortante, implacable, como el eco de la Muerte, de la Eternidad o del Abismo, sonó la voz de Teresa :

— ¿Por qué pretendes que tu culpa caiga sobre la cabeza del que ninguna tiene? Puesto que has delinquido, paga tu falta.

Ramón no osó mirarla. Juan alzó a ella los ojos desorbitados de espanto.

Se erguía rígida y yerta, blanca y glacial como una sonámbula. Sus pupilas, inmóviles, miraban a un punto imaginario y el gesto de

su rostro era duro, cruel. La persona toda respiraba una voluntad inquebrantable, una irrompible firmeza.

Juan, aterrado, desconcertado por aquella catástrofe que, sin saber por qué, se desplomaba sobre él, dobló la cabeza al pecho. Habíale mirado con una mirada indefinible, en que el horror lindaba con la locura, con una interrogación desesperada. Al fin parecía comprender. Una lucha tremenda debía de tener lugar en su alma; los labios murmuraron algo ininteligible, y al fin calló.

Teresa salió sola, muy alta y muy pálida, con andar de autómata, cruzó calles sin ver nada, llegó a su casa, abrió la puerta y desplomóse junto al lecho donde dormía Gabrielín. Sólo entonces rompió a llorar.

Ramón, libre de toda sospecha, y tras de despedirse de la casa con un gesto ofendido, partióse un mes después para América a construir el edificio de su gloria, sobre aquellos cimientos de lodo y arena.

ANA ROSA

En el grato temple de la alcoba en que, pese a las espesas cortinas, penetraba el sol, Ana Rosa despertóse alegre. Gomo si hubiese un geniecillo benéfico y familiar encargado de velar para que se realizasen sus deseos, no bien húbose despertado apareció en la puerta Felisa, la doncella, y descorrió los cortinajes. Al través de los cristales vió la perezosa el parque de esmeralda pálida y oro, por el otoño, y el cielo azul en que reía el sol. Después, y mientras la muchacha en el cuarto contiguo preparaba el baño, recreó sus ojos en la suntuosidad grave, noble y un poco adusta de la habitación.

No había en la estancia nada del lujo banal y manido de las casas improvisadas, sino una elegancia armoniosa que encubría el confort moderno lo bastante indiscretamente para dejarlo adivinar, para tranquilizar los nervios haciendo sentir su presencia. Un damasco azul obscuro tapizaba los muros, resaltando tres o cuatro cuadros — un retrato de niño, por Goya; una dama, por Sánchez Goello ; una Virgen, de Antolínez, el Malo^ y dos deliciosos paisajes de la ''Escuela francesa" — , los muebles de laca

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gris hallábanse forrados de viejo terciopelo azul porcelana, y veíanse también allí, parcamente distribuidos, algunos armarios y biombos de legítima laca de Koroinandel y alguna comodita de hoide, sosteniendo porcelanas del Retiro, Sevres y Capo di Monti. Una alfombra azul, más clara, cubría a medias el piso de mosaicos de madera.

En el gran lecho de rejilla dorada y madera tallada en guirnaldas de rosas esmaltado de perla, Ana Rosa, muy bella, apenas destrenzada la espesa mata de cabellos miel, los ojos de grandes pupilas luminosas y doradas llenos de húmeda ternura, y el cuello muy blanco, surgiendo de los encajes de la camisa, sonrió a la vida, bella en el regalado nido. Luego, como había dormido ocho horas y ya no tenía sueño, ocurriósela uno de aquellos apotegmas triviales bajo su aspecto de trascendentalidad, de que gustaba fortalecerse, aunque a decir verdad, para nada necesitaba aquella fortaleza. Era injusto estar a aquellas horas en la cama cuando desde el amanecer había tanta gente levantada ganándose el pan nuestro de cada día con el sudor de la frente. Era preciso levantarse a ganar la vida, a ocuparse de algunas de aquellas obras útiles en que sabía emplear su tiempo. Utiles, lo que se llama útiles, no lo eran mucho las tales obras si hemos de seguir siendo veraces; aprender a cuidar enfermos cuando no hay la menor intención de cuidarlos nunca, aparte de que no es probable que se presente la ocasión, desarreglar talleres, asistir a una clínica con más curiosidad que provecho, etc., etc., no son cosas muy útiles que digamos, pero, en fln, menos lo es bailar un cotillón o ir a las carreras de caballos. Ana Rosa Otalora, tenía, pues,

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la ilusión de ser útil a la sociedad y a sus semejantes; verdad que no era aquello la única ilusión que tenía: otras muchas, inofensivas, hacían legión con ella, como le de creer que había tenido el valor de vivir su vida cuando su vida era tan grata que de cualquier modo que se viviese había de ser encantadora; lo de decirse a sí misma que ella era un hombrecito^ una criatura de élite^ una excepción; la de pensar también que la corona ducal de Otalora, en las sienes de su señor padre, estaba en una amable e inofensiva interinidad; quería mucho a su padre, pero no hasta hacerse grandes ilusiones, y así sentía por él un vago desdén. En cambio la idea que de sí misma tenía era halagüeña, y aun exaltábase algunas veces, y entonces, si no una Juana de Arco, creíase a lo menos destinada a grandes empresas, de las cuales era la más peliaguda la de una evolución de la aristocracia, que la hiciese compatible con el moderno socialismo.

Ana Rosa Otalora siempre fué igual. De pequeña era lo que se llama una niña buena^ una de esas criaturas pedantuelas que, muy seriecitas, muy redichas, explican a mamá y a papá o a la miss, lo que estaba bien o mal, lo que hay que hacer o no. Claro que a mamá y a papá se les cae la baba oyendo a la niñita, y luego si lo que dice es cómodo, fácil y sólo un reflejo de lo que han dicho ellos (¡ah!... y no muy caro), lo hacen, si no acarician a la nena y la ofrecen un mañana que no llega nunca. Faltos de la alegre espontaneidad de la infancia, esta clase de niños tienen una seriedad casi burlesca y tómanse tonos de dómine definidor.

Así fué Ana Rosa. Daba limosna teatralmente, privábase de la mitad del postre "para lie-

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várselo a los niños pobres", reñía a las amiguitas porque no guardaban compostura y rompían los juguetes; en el teatro estaba muy atenta oyendo la obra, y luego, en el salón, donde la permitían permanecer hasta las diez y media, dejaba boquiabiertas a las personas serias diciendo: ''No nos gustó el drama de Echegaray ayer... La Guerrero...", o bien: ''¡Cómo cantó la Darclé!... ¡Un sueño!" Leía cuentos y novelitas que criticaba a su antojo, y aun en ocasiones permitíase comentarios nada benévolos para algunas heroínas bíblicas: ''¡Salomé era una mala mujer", o "La reina de Saba no conocía bien el corazón humano!"

Sus padres mostrábanse encantados. El duque de Otalora, don Francisco de Borja Romualdo y González de Otalora, no era ninguna lumbrerii. De él, en justicia, no podía decirse que hubiese inventado, no diré yo la pólvora, sino ni aun el agua tibia. Pero, eso sí, era un perfecto caballero y un gran señor "en toda la extensión de la palabra". En realidad, podría clasificársele entre esas doradas nulidades que ostentan un gran nombre con dignidad, que publican una mala traducción de Ovidio, se sientan en el sillón de una Academia, desempeñan algún puesto de relumbrón para el que se necesita precisamente un señor que no haga nada, pero que sepa gastar dinero y dar fiestas, I y mueren rodeados del respeto de sus contem- ¡ poráneos, y hasta tal vez se les tributan bono- ; res de capitán general con mando en plaza. Ha- ¡ bía hablado en el Senado con tan raro tino, que I la media docena de abuelos de la patria que te- ! nían la abnegación de quedarse escuchando, ¡ podían contar aquellos como los mejores ratos j de sueño de su vida, harto ofrendada en el altar |

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de Morfeo. Sólo en dos ocasiones rompió la euritmia o paso cansino (no sé) de su oratoria. Fué la primera el día en que, sintiendo ante insólita concurrencia el malsano prurito de engalanar con floridos tropos su oratoria, lanzó una afirmación sensacional: ''Antiguamente el jefe de los sacerdotes, para pregonar la ley, lo hacía llevando consigo dos Levitas." Algunos senadores frioleros hallaron la idea de perlas, y hasta pensaron en la conveniencia de adoptarla, pero la mayoría acogiéronlo con murmullos y risas más ruidosas que respetuosas. La segunda tuvo lugar un día en que el buen señor, muy cansado por haberse pasado gran parte de la noche entregado a trabajos arqueológicos, durmióse durante un lato y admirable discurso de Fernández San Pablo. Iba el orador estudiando la transformación de España y buscando con ahinco la hora de la regeneración; tras largas y prolijas consideraciones lanzó un ''¡Ah, señores senadores!" estentóreo, luego bajó la voz, y en tono grave comenzó: ''¿Ha sonado la hora?... Sí, creo que ha sonado la hora en el reloj de la Historia... la hora..." Hizo una pausa temeroso para preparar el efecto. Entonces fué cuando escuchóse un formidable bostezo y la voz de Otalora que, despertándose, interrogaba sin darse cuenta del lugar ni de la situación: *'¿Qué hora es?" Un coro de risas acogió la salida; tres días después caía el Gobierno, empujado por el ridículo; Otalora fué casi un Maquiavelo, puesto que nadie quiso creer involuntario el lance, y la crisis se llamó la crisis de la hora. Desde entonces el duque de Otalora disfrutó de un mote respetuoso, que como tantas otras cosas se atribuyó a Cánovas. Y llamáronle el Burro flautista. Pero en lo que el pró-

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cer era una verdadera especialidad, era en arte. Nadie había podido sondear la profundidad de su sabiduría, pues como la de Dios, era inconmensurable, y sobre todo, no se reílejaba más que en una serio inacabable de ¡Ahs! y ¡Olis!, que o querían decir mucho o no querían decir absolutamente nada, como pretendían los maliciosos. Pero era tal la suficiencia que ponía en el gesto con que acogía para examinarlos, el códice, la moneda o la miniatura, lanzaba unas exclamaciones tan admirativas, torcía el gesto en una actitud tan dubitativa, tan digna de los doctores de El Rey que rabió, y sabía mirar los cuadros con sus ojos claros, fruncidos, atentos por cima de los lentes cabalgantes en la punta de la nariz, con tal atención, mientras se acariciaba el bisoñé de plata, que acababa por creerse en su profundidad. "Hay dos clases de gentes en quienes se nota la profundidad: las que lo son por su espíritu, y los que se han caído dentro de un pozo. El duque de Otalora es de estos últimos", había dicho Julito Galabrés. Sin embargo, tenía publicado un libro. La greca como motivo decorativo, que llevóle cinco años, durante los cuales tuvo tres escribientes tomando notas en los archivos de arte de España y aun del extranjero.

En cuanto a la duquesa doña Catalina Candelaria Pía Idalberta Fernández de Fuencorriente y Díaz de la Altaranas, era, ya lo hemos dicho, una santa, pero tan tonta, tan agresivamente tonta, que ella revelaba el arcano de esas figuras que en el símbolo cristiano rodean al trono del Señor con el pelo suelto, un gran camisón y tocando el arpa. Cierto que la duquesa de Otalora estaba muy gorda para lo del camisón rosa o azul; pero,

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¡bah, gordas estaban muchas de las que, siguiendo el imperativo de la moda, plantáronse una túnica imperio malva y pasaron. La pobre Catalina, tonta, lo había sido siempre. Aún recordábase en sociedad las preguntas realmente inquietadoras en que empeñábase de soltera en obtener una exégesis del mito de la manzana. Después de casada depositó su fe, que podía, si no fuese irrespetu'oso calificarse de la fe del carbonero, en su marido. Esto no quiere decir que no cometiese pifias; cometíalas, y de las de más bulto, quedando memoria en los anales mundanos de varias, entre las que se destacaba, con luz propia, aquella que consistió en suponer que la greca era la mujer del Greco.

La educación de Ana Rosa fué, sin embargo, esmeradísima. Primero tuvo una fraulein alemana que lloraba leyendo a Heine, era kantiana y cantaba con voz de granadero La Walkyña; luego una inglesa que padecía del estómago y para combatir la crisis del mal guardaba en el armario una botella de whisky, a la que daba unos tientos que metía miedo, hasta que un día, como oyesen agudos gritos, acudieron a su habitación, y la servidumbre la halló revolcándose en el lecho y repitiendo hasta lo infinito : ¡Katty cam; Katti com!, y llorando porque pretendía que al subir los escalones, el portero, que era un sátiro, habíale visto las piernas. A ella sucedió una francesa provecta que se maquillaba, leía a Próvost y repetía constantemente en un suspiro la frase de Musset: On ne badine pas avec Vamour!, tras de esa llegó un viejo sacerdote cuya misión era hacerla ducha en latín y humanidades, y en fin, M. Garolis, profesor de ciencias mundanas. Entre todos enseñáronle filosofía y romanticismo, pudor, co-

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quetería, pedantería, y, en fin, baile, equitación, skating.

Ya era mujer. La pueril suficiencia no desaparecía, sino que convertíase en suficiencia juvenil. Ahora iba al teatro y aseguraba que "la Guerrero había estado colosal", aunque en la escena del sofá "prefería ella" a la Dusse; iba a los toros y repetía muy seria que "Bombita se había superado a sí mismo"; a las conferencias de Moret, para afirmar que "ella particularmente" era partidaria de una oratoria a la inglesa, menos florida, pero más sólida; y a los bailes, en fin, a presumir de que se aburría, y a filosofar un poco.

La vida seguía su curso. El primer desengaño gordo, pero gordo de verdad, se lo dió Pepito Collados. Hasta entonces, aunque ella de buena fe creyera vivir la vida, es lo cierto que un suave acolchonado que produce el dinero y la posición la defendiese de todo choque extraño. Pero con Pepito... Flirteaban hacía tiempo. Claro que con una mujer como ella un devaneo frivolo y caprichoso era imposible; así, las cosas comenzaron a ponerse serias. Pepito, por su nombre (un futuro conde de Ruiparlá, siete veces grande de España), por su fortuna (cinco millones mondos y lirondos) y por su tipo, no era de despreciar. Pero, además, o pese a ello, tenía talento. Escribía libros, pronunciaba discursos, y aun, con la carga del gran nombre, comenzaba a hacerse uno en el mercado de las letras. Pero todo lo que tenía de inteligente faltábale de pedante. El no comprendía la postura intelectual, no hacía valer su ciencia. Verdad que escribía libros interesantes y pronunciaba discursos, pero una vez hecho eso convertíase en un verdadero chiquillo, reía, bro-

meaba, casi poníase a jugar. A Ana Rosa aquella informalidad del novio irritábala sobremanera; no transigía con ella y mortificábala noche y día. Pepe reíase, echábalo a guasa y hacíale unas cuantas carantoñas para desarrugar su ceño. Pero cierta vez púsose tan pesada, tan abrumadora, tan cargante, que, harto de sermones, mandóla a paseo. "Mira, si tan mal me encuentras, déjame. Vete a casarte con los siete sabios de Grecia." La muchacha, en una cólera blanca, fría, despectiva, abrumóle de desdén. Claro que se iría. ¡ Pues no faltaba más ! Ella no quería tarambanas ; la vida era^ una cosa demasiado seria... Insistió de tal modo, zahirió, mortificó, aburrió, que, olvidándose de su buena educación, estalló y cantóle verdades como templos. "¡Necia! ¡Idiota! ¡Farsanta! ¡Con esos aires cursis de falsa sabiduría, cuando no sabes nada de nada, y lo que sabes es aprendido de carretilla como los loros!... ¡Ridicula, pedantona, marisabidilla, que con tal de no aguantarte se puede dar algo!... Me alegro, me alegro con toda mi alma que haya pasado esto... ¡Mira que si tengo que sufrirte toda la vida!... Yo quiero una mujer que tenga corazón y nervios, y llore y ría, y quiera de verdad, sin acordarse de si Platón mandó que se quiera así o asao y Schopenhauer de la otra manera; una m.ujer que lo sea, y no una enciclopedia en veinte tomos para leerla toda la vida... La sabiduría es una cosa muy bonita, sabes, pero es mucho más bonito querer, y para eso no hace falta el Ramayana ni el Mahabarata..."

Y se fué. Ana Rosa tomóse un disgusto atroz primero, y luego le despreció. ¡Bah! Era un hombre vulgar que no la merecía; ella necesitaba un hombre que la comprendiese. Así fué

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que al encontrar a Ramón Morales vió el cielo abierto. ¿Le quería? Realmente es muy difícil de saber si las mujeres como la hija del duque de Otalora quieren o no. Lo indudable es que vió en él "su ensueño". Aquel era el hombre ideal que iba a permitirla vivir la novela que se había forjado a su antojo. Además, siempre era un gesto de rebeldía. Descendía hasta él, o por mejor decir, elevaríalo hasta ella. No se paró a pensar que el sacrificio no era muy grande, y que entre un Ramón Morales, futuro ministro con veinticinco o treinta mil duros de renta, y una heredera de los Otaloras, con ochenta mil, no hay tanta distancia. Gomo esas princesas de leyenda que se creen muy democráticas porque se casan con un pastor que les gusta, que les da un aura de popularidad, y por el cual, además, no renuncian en realidad a nada, creía en su gesto. Primero púsose en su camino, trató de atraerle, fijarlo y deslumhrarlo con su intelecto superior. Ramón no pareció notarlo, pero poco a poco fuése dando cuenta y comprendió que aquello era la coronación del edificio alzado con tanto trabajo, y aceptó.

Pero si bien es verdad que al principio fué así, luego el trato engendró una vaga atracción, que trocóse poco a poco en cariño, en ilusión, en amor.

Todo se confundió en aquellas relaciones, y llegó el momento en que ninguno de los dos sabían con exactitud dónde estaban ni en qué medida entraban en aquella aleación el amor, la ambición, el interés, la pedantería. Sentían que se necesitaban, que sus vidas completábanse a maravilla. Sin embargo, Ramón, más en carne viva el corazón con aquel misterioso pasado que

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tiraba de él, deteníase en momento crítico, cuando, justamente, Ana Rosa, teatral, pese a ella, elegía aquel del triunfo político para transformarlo en una apoteosis. Había acabado de vestirse, y muy sencilla, muy chic^ moldeada en el traje sastre de terciopelo de lana topo, un hilo de perlas al cuello y una rosa blanca en el pecho, encaminóse al cuarto de su padre. El duque de Otalora estaba amenazado de morir sepultado entre papeles. Preparaba su discurso de recepción en la Academia. El tema era interesantísimo: "Origen y genealogía de la plumas de escribir." Siete hombres trabajaban noche y día en reunir notas, y el mismo prócer, tras de vaciar las tiendas de la mitad de los libreros de Madrid, escribía febrilmente.

Después de cruzar la galería de reposteros, donde se admiraban unos maravillosos tapices de terciopelo verde obscuro, bordados en oro, plata y sedas de colores, que fueron laborados en el siglo xvm para los funerales de una duquesa de Otalora, marquesa de Gamporrey y de Paracuellos, penetró Ana Rosa en el despacho, severa pieza decorada al gusto español. Alto estrado formado con soberbios tapices de la Conquista de Granada ocupaba el fondo en que a más de un banco de altísimo respaldo tallado con las armas de la Gasa Ducaf, y de dos sitiales con almohadones de brocado rojo y oro con gruesos borlones áureos, veíanse las armaduras ecuestres del Gran Gapitán y del tercer marqués de Gamporrey. Otro chaflán de muro ocupábalo una sillería coral, portentosamente trabajada, que pertenecía al convento de Paracuellos, de donde eran Patronos. ^Almohadones de terciopelo con gruesos colgantes metálicos yacían en el suelo ante los asientos, sobre la rica al-

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fombra segoviana. Enormes armarios de talla con finas incrustaciones, arcones y armaduras ocupaban la otra pared, en la que pendían un Sánchez Coello y dos Pantojas; escabeles y hacheros de hierro forjado veíanse por todo el salón. El cuarto y último frente era de cristales de colores, viejas vidrieras españolas realmente únicas que dejaban caer su iris sobre los marfiles esculpidos, los cristales de roca y los bronces que sujetaban los papelorios sobre la enorme mesa de escribir con tablero de una sola pieza, cubierta a medias por un paño litúrgico negro y oro.

Ante la mesa, lleno de respetabilidad, con un bisoñé argentado y sus lentes en la punta de la nariz, el duque trabajaba, o por .mejor decir, hacía que trabajaba, pues lo cierto es que habíase dormido beatíficamente. Sin embargo, al entrar su hija, despertóse, y mientras ella le besaba en la frente, interrogóla:

— ¿Qué te pasa, hija mía?

Ana Rosa, muy en situación, anunció:

— Quisiera hablar contigo y con mama juntos.

El prócer tuvo un gesto vago.

— Tu madre, la pobre... En fin, ya sabes que lo que nosotros decidamos estará bien... Ahora que si es algo muy importante...

— Muy importante; — afirmó con aplomo.

El duque comenzó a inquietarse. ¿Qué podría ser aquello muy importante? ¿Se habría despedido el cocinero? ¿Habría sucedido con su obra sobre las plumas de escribir como con aquel famoso opúsculo Las cuentas del Gran Capitán, que resultó que estaba escrito quince años antes? ¿Habría conseguido hacer las pruebas para

cruzarse aquel tarambana de Joaquín ParacueII0S5 que se decía primo suyo?

Al fin llegó la duquesa, gorda, apaisada, imponente, vestida con una bata de crespón violeta, adornada de prodigiosos encajes de Alengon; tenía, pese a su nobleza, cierto aire de carnicera rica, aunque conservando la cara bobalicona en que brillaban húmedos los grandes ojos dulzones. Venía aterrada, aterrada, Señor, aterrada. Era el caso que aquella mosquita muerta que con sus lloriqueos habíale enternecido, obteniendo de ella una recomendación para que la recogiesen en el Asilo de las Arrepentidas de Santa Sinforiana, ni estaba arrepentida ni la Magdalena que lo fundó, sino que era una grandísima bribona, una cupletista sin contrata, una lagartona descaradota, que había pegado a una asilada e insultado a la madre abadesa. ¡Pero, Señor, Señor; si parecía mentira!... ¡Gon el acento con que ella juraba por la salud de su madre, que estaba contrita! ¡Y ahora resultaba que su madre se había muerto hacía veinte años!

Ya sentados los tres, el duque tomó la palabra prosopopéyico :

— Sabrás, mi querida Catalina, que Ana Rosa tiene algo muy interesante que decirnos.

Tocaba a la duquesa sobresaltarse. ¡ Dios sabe qué sería! A lo mejor el ama de llaves, que acababa de cumplir ochenta y un años, tenía un amante. Su cara de pánfila reflejó la ansiedad:

— Tú dirás.

Ana Rosa anunció resuelta: — Quiero casarme.

El duque rascóse el bisoñé, avanzó los lentes aún más a la punta de la nariz, y murmuró : — Es grave, grave...

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Su esposa puso cara de profundo pasmo, tal si acabaran de decirle que los bueyes tenían alas.

La muchacha prosiguió:

— Quiero casarme con Ramón Morales.

El padre reconcentróse en sí mismo, tosió, avanzó una mano, como lo haría en el Senado, y comenzó:

— ¡Hija mía!

La esposa repitió como un eco: — ¡Hija mía!

— El matrimonio es una cosa grave.

— Grave... — repitió el eco.

— Gravísima. El matrimonio es, es... — como no ]e salía la frase, seguía buscando afanosamente, mientras el eco repetía:

— Es, es...

Al fin consiguió redondear el período: — Es el más grave y trascendental de los sacramentos.

Aunque la doctrina tal vez no fuese completamente ortodoxa, la duquesa repitió convencida:

— Eso es; el más grave y trascendental de los sacramentos — . Luego respiró satisfecha de lo bien que interpretaba y completaba el pensamiento del esposo, que Dios y sus padres le destinaran, con lo cual además predicaba con el ejemplo.

— Por eso — insistió el padre — es preciso pensarlo bien.

La muchacha habló serena y resuelta: — Quiero a Ramón; le quiero mucho y estoy segura de ser feliz con él. — La voz tal vez empañábase un poco de emoción; pero pronto secóse para volver al tonillo pedante y un poco infatuado. — Sé muy bien lo que quiero, a lo

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que aspiro en el mundo, y Ramón llena mi ideal. No soy una niña necia y presuntuosa, que se contenta con un muchacho que juegue al polo, guíe autos y vaya al Club, mientras ella luce toilettes; quiero un hombre consciente de los altos deberes morales que la vida nos impone, y ese hombre es Ramón. Yo sé que las que pertenecemos a cierta clase, las que llevamos un gran nombre, tenemos una misión social que cumplir.

El duque meditó. Luego, enfático, afirmó :

— No hay pero en ese sentido que oponer al hombre que has elegido. Creo que Ramón es un perfecto caballero, un caballero en toda la extensión de la palabra...

El eco, en forma de duquesa, repitió :

— ¡En toda la extensión de la palabra!

— Pero tampoco hay que dejarse cegar por el cariño y es preciso sopesar, eso es, sopesar, medir, contrastar el pro y el contra de las cosas. Si tú fueses hombre, nada habría que decir. El apellido que llevas cubriría el vulgar Morales; pero eres mujer... El único mal es que tus hijos llevaran el nombre de su padre...

En vez de la protesta fervorosa, Ana Rosa insinuó algo que era como un adelanto de su visión fría y orgullosa de la vida:

— ¡Bah! Hoy por hoy no es tan difícil obtener un cambio en el orden de los apellidos.

Fué la duquesa la que, aunque pobre de espíritu, sintió la crueldad de aquella idea :

— No me gusta eso. Parece cosa de la Inclusa. Los hijos deben de llamarse como sus padres.

Otalora corroboró:

— Además, quién sabe dónde llegará el apellido de Morales. Todos los grandes nombres em-

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pezaron por algo. ¡Ahí tienes a Serafina Coscorrón, que su abuelo robaba en el camino real y paraba diligencias!

Severa, afirmó Ana Rosa:

— Ramón es un hombre honrado, digno de mí. No sería yo capaz de amarle si no.

Cumplidos los que él creía sus altos deberes de padre, el duque objetó por fórmula:

— Piénsalo bien antes de decidirte. No es una mesaliance, pero tampoco... Recuerdo que una marquesa de Monterrey casó con un navegante en el siglo xvii... Verdad que no llegó a efectuarse la boda porque sus parientes le tiraron al mar y se ahogó allí...; pero siempre es un precedente... En fin, hija mía, tú eres una mujer... Ramón es un hombre... (el mismísimo Perogrullo hubiera suscrito sus palabras). Haz de mirarlo todo con reposo... El matrimonio tiene deberes... Hay que ocuparse de la casa, de los criados, del teléfono, de todo, hija mía, de todo... sin contar con que luego la maternidad es una cosa dolorosa...

— ¡Bah! — tornó a despreciar Ana Rosa, con su visión árida de la existencia — . Se toma morfina...

Aquella afirmación soliviantó los sentimientos cristianos de la duquesa.

— ¡Jamás! ¡Jamás! — protestó fogosamente — . "Parirás con dolor", ordenó Dios; con dolor parió tu abuela, con dolor he parido yo...

El duque acudió diplomático :

— No me refiero a eso. Quiero hablar de los deberes de la maternidad... : la educación de los hijos..., las ayas... ¡Ah, las ayas... ¡Nunca olvidaré aquella que se marchó después de insultarnos, llevándose un incunable y el mango de un alfanje almohade!... ¡Ah, las ayas!

Los dos empeñábanse en verter sobre ella el caudal de su experiencia... El teléfono, el auto, los cobres de cocina... Ana Rosa cortó:

— Bueno, quedamos en que tengo vuestro permiso, ¿verdad?

El duque alzóse solemne :

— Mi permiso y mi bendición.

La duquesa creyóse en el caso de gemir:

— ¡Hija de mi alma!

Ana Rosa, alegre, confiada, pero sobre todo satisfecha de sí misma, convencida de que acababa de ganar una batalla a la vida, a sus prejuicios, a sus necias preocupaciones, salió.

EN QUE REAPARECE EL PASADO

¡Decididamente, el cocinero de los Otalora declinaba! Así se lo hizo saber la Campanada a Julito Galabrés, sentado a su lado al ver que el segundo plato de la noche eran Felets de Solé a la Normande, ¡ En un mes ya les habían dado dos veces los dichosos Felets!

Julito, siempre culto, objetóle observar que, como los normandos habían ejercido la piratería y desembarcado en muchas y muy diversas cosías, era probable que guisasen el lenguado de muchos modos diferentes. Gomo si quisiesen darle la razón, aparecieron los criados con grandes fuentes de plata en que en un lecho de guisantes dormían los sabrosos peces cubiertos de una salsa de brillante color esmeralda. La marquesa, que recordaba muy bien que la salsa anterior ostentaba un color rubí muy vivo, que le llevara a calumniar al cocinero, suponiendo que había empleado tomates en su confección, emuló a la Magdalena, en arrepentimiento, mientras pasmábase de la cultura de Galabrés.

¡Qué inteligente era aquel chico! ¡Y qué gran cultura la suya!... Había que disculpar su amor

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a los libros y otras paparruchas; así... había que ver cómo encontraba explicación lógica a todo. En vista de ello dióle el menú:

— ¿Quieres leérmelo?... Hijo, con esta cabeza y las prisas para llegar pronto, pues a Fadrique le gusta la puntualidad (ella había llegado con treinta y seis minutos de retraso), un olvido de los lentes y no veo gota...

Veía divinamente. Una aguja en un pajar hubiera ella encontrado; pero sabía que en este mundo no se debe de ver demasiado, como no se debe de oír, y así como se había declarado ligeramente sorda del izquierdo, fingíase miope y aún se quejaba de vez en cuando de dolores de reúma.

Julito, en un francés que él juzgaba exquisito, y que participaba del acento de la Puerta del Sol y del de las fortificaciones de París antes de la guerra, fué leyendo. Había, además del Consommé Regence y de los dichosos Filets de Sole^ un Chateabriand a la Financiere, un Jambón de York aux epinards y unas Poulardes de Mans roti cresson. Sin contar la Bombe Melba y las Chester Kake,

La marquesa quedóse pensativa realizando mentalmente un arqueo de su estómago para saber qué podría caberla aún.

Mientras la señora de Baldin Montaña (invitada a última hora para cubrir la vacante de Felipita Porama, a quien se le habría muerto una tía), despachábase a su gusto elogiando las dotes de su hija Gertrudis, que, no fea, pero demasiado gorda, demasiado rubia, con unas carnes muy Rubens y unos ojos prometedores, miraba al plato ruborizada.

— Gertrudis es un modelo, un modelo — clamaba la madre ejemplar, que el día que despi-

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dio a su último amante decidióse a serlo concienzudamente— . Yo no he querido que se eduque frivolamente, sólo a la moderna, no y no. Bueno que hagan sport, que jueguen al tennis o al golfy la juventud pide lo suyo, y cuando el confesor lo permite..., pero ha de ser a condición de que también sepan ser mujeres de su casa. Mi Gertrudis, a las siete de la mañana, ya está bregando...

Julito contuvo una mueca de horror. ¡A las siete de la mañana! ¡Cualquier día se casaba él con una mujer que se levantase a aquella hora! Aunque no le llamase no podría dormir obsesionado, sabiéndola por la casa.

El comedor era enorme, majestuoso y lleno de alcurniada severidad. Ricas boiseñes de roble que se hacían suntuoso artesonado en el techo, encerraban grandes cuadros de viejo brocado rojo, amarillo y oro, sobre el que se destacaba en la pared central el retrato ecuestre de un duque de Otalora, atribuido a Velázquez. Aparadores de tabla, enormes, desaparecían bajo la suntuosa plata labrada, que alternaba con soberbias vajillas del Japón, de Sevres y de Sájenla. Una colosal araña de bronce colgaba del techo, y bajo ella extendíase la mesa, verdadero prodigio de elegancia. Cubríala, en vez de mantel, un paño de damasco grande rojo muy obscuro, defendido por leves mantelillos de encaje cremoso que extendían sus círculos bajo los platos. Tres soberbios grupos de argentería, representando perros y jabalíes, lucían en el centro, entre guirnaldas de rosas amarillas y grandes candelabros de plata con pantallas rojas también. Criados atléticos, vestidos de obscuras libreas y calzón corto, iban y venían silenciosos y discretos, sirviendo a los invitados.

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Eran éstos pocos, pero realmente escogidos. Sentábase el duque cnlre la duquesa de Boltafia y la Campanada; la duquesa, que le hacía pareja, entre Pinzón-Díaz, el hombre cordial, y el barón viudo de Tembleque. Los demás sitios ocupábanlos la Baldin Montaña, su hija, Ana Rosa, Ramón, Paca Campanada y Julito.

Ahora hablábase de política, y era PinzónDíaz el que tenía la palabra :

— En política no cabe esa rotundidad. Es imposible juzgar desde fuera lo que se puede o no hacer una vez dentro. ¡Si no fuese más que realizar una gran empresa! ¡ Si no fuese más que conquistar el vellocino de oro o tomar Troya! Pero para llegar a eso hay que pasar primero por una serie inacabable de luchas, de dificultades, de malicias, que hacen arribar al fin, maltrecho, sudoroso y jadeante. ¡Las zarzas del camino ! Ellas nos desgarran y detienen, y al vernos en la meta, hemos perdido ya los bríos casi por completo. He ahí el secreto de muchas cobardías. Lo difícil de gobernar no está en abarcar las cosas con una amplia visión del porvenir, ni en planear, ni en ir desenvolviendo los planes, sino en suavizar asperezas, en convencer a los demás, y para eso hay que ser, o muy diplomático o muy dúctil..., salvo en el caso de poseer esa fuerza misteriosa, verdadera fuerza magnética que dormía a las fieras, ser un Napoleón o un Alejandro, y aun así y todo, en cuan-^ to nos descuidamos, las fieras nos devoran. Por eso con los políticos no se debe ser severo, no se debe decir: "¡En dos años no se ha hecho nada!" Sino que hay que pensar que de veinticuatro meses, veintidós se han perdido en sobornar o vencer a los hombres, y sólo han quedado dos para la obra.

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Ana Rosa, siempre un poco pedante, interrogó :

— ¿Cree usted en Barandales?

Pinzón-Díaz sonrió vagamente irónico, como ante la pregunta impertinente de un niño :

— Le creo astuto y sagaz, es un político muy a la española, de los que profesan la teoría de que la política es ciencia de picaros; pero creo también que posee más base de lo que se figuran, que tiene mucha voluntad, que estudia mucho..., ahora que toda la fuerza se le va en convencernos de ello. Guando habla, aunque sea con la mejor buena fe del mundo, las gentes piensan: "¿Con qué querrá engañarnos ahora?" Día llegará en que avise a alguien que hay un incendio en su casa y crean que es para proponer un negocio de seguros... Cría buena fama y échate a dormir.

Rieron todos, y Pinzón-Díaz prosiguió:

— Barandales es una víctima del afán de encasillar a las gentes que todos padecemos aquí. Una persona hace una vez un chiste, y a alguien se le ocurre decir: "¡Qué maligno es fulano!" Y desde entonces todo el mundo se ríe, apenas abre la boca, y atribuyen a todos sus dichos la intención más aviesa del mundo... Además, aquí, en materia de valores, las gentes repugnan creer en las improvisaciones, no tienen fe sino en aquello que se hace con el concurso del tiempo, y en cuanto a admirarnos, admirarnos de verdad, no nos admiran hasta que nos hemos muerto.

Tornaron a reírse mientras él continuaba:

— En cuanto a Barandales, vale mucho, tiene talento y malicia: lo malo es que no ha tenido paciencia para esperar que su talento se impusiese por su propio peso, sino que ha pretendido

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poner su malicia al servicio de su talento, y ahora las gentes no creen sino en la malicia. Ana Rosa dogmatizó con suficiencia: — No me gusta ese género de talento. Me gusta que las gentes se abran paso por su valer, por su energía, por su visión amplia y fuerte de la vida.

Claro que la Boldin-Montaña no podía desperdiciar la ocasión:

— ¡Qué verdad tan grande! Yo a mi Gertrudis se lo digo siempre: "No hay nada como el aplauso de nuestra conciencia."

El barón viudo de Tembleque dijo una de aquellas necedades de que todos se reían, y que sin embargo, habíanle dado, gracias a unos bombos de periódico, fama de ingenioso, al oído de Paca Campanada:

Hubo algunas risitas, miradas cambiadas entre los comensales, y Pinzón-Díaz esquivó un gesto de indiferencia un tanto desdeñosa. Julito observó al oído de Paca Campanada:

— Y, sin embargo, este hombre aparentan tomarle en serio en el Congreso y en los periódicos, y su postergamiento se esgrime como un arma contra algunos políticos.

Paca explicó :

— Justamente, su único valor es ese, el de un arma que esgrimir. Debía estar muy agradecido a los que le tienen en el ostracismo; el día que le hagan ministro está perdido, y su leyenda se deshará como un montón de sal en el agua. Es un mito...

Un mito era, efectivamente; causas fortuitas habían colocado al hombre mediocre en las alturas del Poder, y la casualidad, irónica, habíale apartado de él sin gustar sus mieles. Después, como todo desterrado, una leyenda le envolvió,

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una leyenda tan firme, que aun con todas las majaderías que había hecho, no había conseguido destrozarla.

Ramón estaba triste. Pese a su energía, peée a su costumbre de la lucha, sentía como los viejos héroes de la fábula la presencia de misteriosas fuerzas que le envolvían y amenazaban con hacerle juguete de ellas. Todas las cosas que juzgaba dormidas para siempre, removían aún y sentíalas ahora alentar, desperezarse, ponerse en acecho. Había dormido muy mal la noche antes. Las sugeridas imágenes poblaban la obscuridad de trasgos y fantasmas. Realmente, como sucede siempre que la tragedia va a desenlazarse, los presagios anunciaban algo. Y si no se veían cometas de fuego en el cielo, ni hervían los lagos, ni en la cresta de raras aves reflejábase el porvenir, una serie de casualidades hacía que desde unas horas flotasen mil cosas extrañas en derredor a él; las palabras adquirían valores de cábala, hechos enterrados surgían al exterio, y todo junto, personas y hechos, olvidados hacía veinte años, mostrábanse a él. El retrato, conversaciones, Juan Pablo... Todo, todo volvía. Despertó cansado y molido después de un sueño agitadísimo en que como sucede a las personas de mucha imaginación, barajábanse las mismas imágenes que le atormentaran durante la vigilia; despertóse, pues, con vivo sobresalto e interrogó a Raimunda, de pie ante él:

— ¿No hay cartas?

Por toda respuesta ofrecióle un montoncillo de sobres y periódicos. Con ansiedad, casi angustiosa, fué abriéndolos cual si esperase hallar en ellos no sé qué misteriosos peligros. Nada; convites a comer, tarjetas de enhorabuena, peti-

ciones, recomendaciones. Tropezaron sus ojos con una tarjeta de Murciano en que le anunciaba el envío de un número del periódico en que se ocupaba de él. Otra vez ansioso, febril, buscó el diario. Lo encontró en seguida; en primera plana, y a dos columnas, presidido por su retrato, el artículo. Pasó los ojos por el escrito ditirámbico, lleno de elogios hiperbólicos, de exaltadas afirmaciones de fe. Primero no vió más y sonreía satisfecho, tranquilo; ya disipada la inquietud del despertar cuando justamente, bajo su ditirambo, halló otro escrito de rótulo sensacional: "El drama de París." Estremecióse, y por un momento, quedó anodado, como si la temida catástrofe estuviera ya allí. ¿Casual? ¿Voluntario? ¿Qué nexo, qué enlace, qué relación podía haber entre una cosa y otra? Volvió a leer el artículo de Murciano, ahora examinando suspicazmente todos los términos, las palabras todas, pesando, aquilatando, aplicándole la lupa de su desconfianza. Así las cosas tomaban a veces ocultos sentidos, raros significados, valores que no tenían antes. ¿Por qué aquella insistencia en hablar de un pasado glorioso, admirable? ¿Por qué aquel afán de referirse siempre a las armas empleadas en la conquista de la posición y la fortuna? Aquel párrafo en que hablaba de los denodados luchadores, y hacía dos o tres citas ambiguas, ¿qué quería decir? Y aquella afirmación de que a los grandes, a los conquistadores, no se les permite detenerse en su camino a pensar que lo que hacen puede costar lágrimas a otros, ¿qué oculta clave encerraba? Más claro parecía la alusión a la sabiduría de la Naturaleza, que hace que el grande devore al chico. No, no: el artículo de Murciano era encomiástico con exceso ; pero es-

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tüdiado así, palabra por palabra, podía ser la más feroz y cruel de las injurias. ¡Pues y la coincidencia de colocar el artículo del crimen bajo su semblanza! ¿Qué sabía Murciano? ¿Era sólo o Darro también? ¿Qué querían de él? ¿Qué se proponían?

Inútil que para tranquilizarse di j érase a sí mismo que todo dependía del modo de ver las cosas, que no había palabra, por trivial que fuese, a que no pudiérasele hallar un sentido cabalístico, que con suspicacia cualquier sábana colgada de una cuerda se transforma en un alma del otro mundo, que nuestras miradas son como reflectores que proyectan luces determinadas sobre las cosas; no conseguía llevar paz a su espíritu turbado. Un recado de Ana Rosa, lleno de optimismo, le alegró un momento; pero pronto volvió a moverse en el calenturiento mundo en que se agitaba hacía horas.

Seguía hablándose de política; el duque de Otalora afirmó con esa estrechez de miras que suele dominar a las personas que alimentan su espíritu de lugares comunes :

— No me gusta Llórente. Es un demagogo, un demoledor. Con su proyecto sobre los latifundios...

Pinzón-Díaz interrumpió :

— Pues ha salvado la Monarquía. Ha hecho por ella más que todos los otros; sólo que ha tenido el valor de aceptar de los principios liberales todo lo que ha creído que tenían de viables; pero a la luz del sol, sin tapujos. Otros han sobornado a las personas sin aceptar las ideas, él ha aceptado las ideas sin sobornar las personas; es más limpio y más noble; pero puede que lo pague caro, incluso con la vida.

Deslizóse en una disertación políticofllosóflca:

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■ — Para los falsos revolucionarios, para los que aspiran a engañar al pueblo y a medrar ellos, los hombres como Llórente son los más peligrosos. Los que les halagan y sobornan les son útiles y no les comprometen a nada. (Si acaso, se comprometen ellos.) Los que les persiguen sañudamente les rodean de una aureola de mar-^ tirio; pero los hombres que aceptan todo lo que hay de justo en las ideas y descartan la violencia, esos...

Seguía hablando, pero el diapasón descendía, y en cambio empezaba a escucharse la voz de la duquesa de Boltaña, que hablaba apasionadamente del crimen:

— No es difícil seguir una pista — peroraba la dama — . Yo, que soy lega en la materia, con sólo leer los relatos de los periódicos... Dícese, por ejemplo, que a la muerta vétasela mucho con una mujer muy vieja y ridicula, con peluca rubia y joyas de relumbrón...

— ¿No sería la Aldar? — insinuó Julito, malévolo.

Rieron todos. Pero a Ana Rosa aquella conversación parecíale trivial, indigna de ella. ¡El crimen de moda! Aquello era cosa de criadas o de horteras. Encaróse con Ramón, y prosiguió con el tema político:

— A mí Llórente me es muy simpático. Esa firmeza, esa serenidad para afrontar las cosas, ese hablar en su propia conciencia, la mayor razón de lo que hace, me encanta... ¡Si yo fuese hombre!... — Miró a Ramón con ternura, y murmuró tornada mujer por la emoción — : Pero te tengo a ti, a ti, que eres el compendio de cuanto sueño y ambiciono... — Calló mirándole otra vez con las grandes pupilas doradas, húmedas de ternura.

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Un poco desconcertado, preguntábase él la psicología, el recóndito espiritual de aquella mujer. No servía que pretendiese engañarse a sí mismo enalteciéndola; ofrecíasele como una mezcla de pedantería pueril y de sentimentalismo un poco sensual de modistilla. ¡Y, sin embargo, la quería!... ¿La quería realmente? ¿No sería ambición?

Sus oídos se iban detrás de lo que se hablaba en la mesa; pero las palabras de Ana Rosa no le dejaban oír. Súbitamente, la voz de la Boltaña lo dominó todo:

— Yo sé la última noticia, la más sensacional : esa mujer se llamaba Teresa.

Un escalofrío corrió por las espaldas de Ramón Morales, que se puso densamente pálido. Los criados servían ya los chester-kake, y luego, en hondas bandejas de plata, las frutas, uvas admirables de peridota, manzanas de jade, ónix y coral.

Ana Rosa le hablaba otra vez :

— He tenido una conferencia decisiva con papá y mamá, y ya puedes tú...

Julito se burlaba como siempre:

— ¡Teresa! ¡Qué bello nombre! No sería la de Espronceda, ¿verdad?

Se levantaban de la mesa; el duque dió el brazo a la Boltaña; la duquesa apoyóse en el de Pinzón-Díaz; Ana Rosa en el de Ramón. Murmuró :

— No dejes de hablar a mi padre.

Mientras las damas tomaban el café en el hondoix, los hombres pasaron a la biblioteca, llena de tallas Renacimiento y de tapicerías, presididas por el retrato del Cardenal-Príncipe Otalora, por Ticiano, para fumar unos cigarros.

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El duque acercóse a Morales y comenzó a hablarle paternalmente de su obra en preparación.

Con ese engolamiento de los necios que se creen inteligentes y que dicen las mayores necedades con el tono doctoral y profundo, igual al que usaron para decir cosas interesantísimas, empezó a explicarle su idea:

— ¡Las plumas de escribir! ¡Ah, las plumas de escribir! Pocos paran mientes en ellas; leen el periódico o el libro y no piensan en que la pluma ha sido el vehículo de la idea..., eso es, el vehículo del pensamiento humano! ¡Saber que en ese pedacito de acero puede estar la muerte de un hombre, la deshonra de otro, la ruina de ima familia! Ya conoce usted el famoso verso de Ayala:

Pluma, cuando considero el bien y el mal que tú puedes causar en el mundo entero. . .

Ramón comparaba, sin quererlo, aquel Otalora de una necedad reluciente como el cobre de las cacerolas, con aquel otro Otalora, prelado y embajador, sutil diplomático que había enredado en sus intrigas al Papa y a ]a astuta Corte de Francia.

El duque, bondadoso, dispúsose a tocar el tema que interesaba a Ramón:

— Me ha dicho mi hija...

Un lacayo gigantesco, con casaca roja y verde, apareció en la puerta, y acercándose con el político, le habló:

— Llama el señor Darro por teléfono y dice desearía hablar con el señor.

Morales sintió algo así como una descarga eléctrica. Con gran trabajo dominóse:

— ¿Permite usted, duque? Siguió al criado a través de unos salones y llegó a la galería. Púsose al aparato : —¿Hablo? — Soy yo, Darro. — ¿Usted dirá?

— Necesitaría verle esta misma noche antes de las doce.

— El caso es..., como acabamos de comer...

— Es urgente, imprescindible e indemorable.

Ramón trataba de adivinar en la voz de su interlocutor. Era una voz fría, cortante; la expresión seca, rápida.

— Si es tan urgente...

— Mucho. No puede retrasarse. ¿A qué hora puede esperarme en su casa? — Pero no se moleste. Iré yo al periódico. Darro denegó:

— No, no; es mejor en su casa.

— ¿A las once y media?

— Bueno. A las once y media estaré ahí.

Colgó el aparato y secóse el sudor que perlaba su frente. Gomo en las pesadillas, todo se hundía, se desmoronaba.

EL DUELO

Gomo, contando con no volver hasta las dos, había dado permiso a José, el ayuda de cámara, y a Bautista, el lacayo, advirtió a la vieja Raimunda para que abriese la puerta, y después echó un vistazo él mismo a las estancias por donde, para llegar al despacho, había de cruzar forzosamente Darro.

La casa era una de esos suntuosos pisos modernos con calefacción, ascensor, escaleras de mármol, falsos artesonados y falsas columnas de piedra. En la impaciencia por improvisarse una habitación que borrase la impresión de inestabilidad de los hoteles, habíala alhajado con gusto y riqueza, pero con no sé qué de improvisado, que daba la sensación de esos salones que se disponen en los grandes albergues mundiales para hospedar a los soberanos extranjeros, que no tienen la prudencia de guardar el seudo incógnito; salones donde luego se coloca una lápida de mármol blanco encerrada en un marco Imperio de bronce, en que se hace constar que en aquel lecho durmió dos noches el emperador de la Trebisonda o el príncipe heredero de las islas Sandv^ich. Atravesábase

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primero una antesala con arcones de roble tallado, sitiales con almohadones de damasco rojo, bargueños y reposteros; luego la rotonda, torrada de terciopelo grana, que servía de fondo a viejos tapices persas, muebles hispanoárabf'S, un Greco, falso probablemente, y mas armas orientales realmente magníficas; llegábase, por fin, al despacho, purpúreos también los muros de brocado, férrea araña pendiente del techo, sendos bargueños árabes de rica talla dorada en las paredes laterales, un retrato de Tintoreto — pálida dama de cabellos de oro retenidos por joyeles de perlas — (éste auténtico), embutido en los esculpidos de la gran chimenea de piedra labrada a la moda del Renacimiento, con esbeltas columnas y guirnaldas de flores y frutas, grandes estanterías de roble conteniendo libros, y muebles Meple, alternando con otros españoles — fraileros y escabeles — . Una gran mesa de roble cubierta por soberbio paño de iglesia de tisú de plata, bordado en flores de seda y oro, defendido a su vez por grueso cristal, completaba el ajuar.

Ramón fué encendiendo las luces, y ya en su despacho, detúvose perplejo. ¿Iluminaría la araña como en espera de una visita de cumplido, o recibiría a su enemigo en la semipenumbra cordial de la lámpara de la mesa de despacho? Optó por esto último. Era más natural y sencillo; quitaba solemnidad a las cosas... y no se veían las caras.

Faltaban cinco minutos e instalóse ante el escritorio confuso y meditativo. Sentía mayor pavura de lo que confesábase a sí mismo. ¿Qué peligro cerníase por aquel lado sobre él? ¿Qué catástrofe incubábase en las sombrías guaridas de la fatalidad? ¿Qué le querría Darro? Sus

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ojos tropezaron con las notas acumuladas para orientarse en su famoso discurso. ¡Oh, atroz ironía de la vida! Allí estaba su triunfo, la coronación de su obra, su apoteosis, la patente de inmunidad para siempre, y lo que era aún mejor, la justificación ante sus propios ojos; y, sin embargo, allí estaba también su ruina, la tormenta que lo arrasaría todo, lo destrozaría todo. ¿Qué hacer? ¿Permanecer impávido arrostrando el vendaval firme en la tranquilidad de su conciencia, o ceder, claudicar, comprar con una apostasía la paz? Pero ¿y entonces Ana Rosa?...

Sintió que llegaba Darro, que cruzaba la rotonda, que Raimunda abría la puerta, y en el momento en que se destacó en el marco de claridad la silueta nerviosa del político, y se recortó sobre la luz su perfil de presa como un águila heráldica sobre un fondo de oro, tuvo la percepción de que su pose, ante la mesa de trabajo, vestido de frac, era teatral, afectada, ridicula, y púsose rápidamente en pie saliendo al encuentro del recién llegado :

— ¡Querido amigo!

Ahora la cordialidad era excesiva, lo sintió también y enfrióse súbitamente.

Darro, en cambio, parecía absolutamente sereno y dueño de sí mismo. Su cuerpo enjuto, ágil y vivo de movimientos, moldeábase anguloso en el terno gris que le hacía más flaco; el rostro inteligentísimo, pero duro, frío, de color cetrino, empalidecía aún con coloraciones de marfil, en contraste con el negro pelo y la picuda barba de azabache, y servía de contraste a los ojos sombríos, endrinos y brillantes. Aceptó la butaca que le brindaba el dueño de la casa y comenzó :

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— Perdone usted lo intempestivo de la hora.

Después, como si dicho ya el exordio se olvidase de lo demás, púsose a conversar de otras cosas. Miró los papeles amontonados sobre la mesa y habló :

— ¡Ah!, el famoso discurso. De seguro una pieza ciceroniana.

Ramón creyó leer una vaga ironía en tales palabras. ¿Dónde querrían llevarle con aquella conversación? Los ojos de Darro permanecían inexplorables. Ramón Morales habló:

— El asunto se presta. Ya sabe usted que no hay nada más contundente que la verdad.

Darro pareció recapitular después con un acento ligero y pensativo, que no le conocía, fué diciendo :

— Ya sabe usted la máxima un poco cínica, pero enormemente política, de Richelieu: "La palabra es el arte de ocultar el pensamiento."

En Ramón dábase un curioso fenómeno. Sus convicciones tan endebles, tan vacilantes, tan propensas a dar entrada a todas las dudas, puestas en contacto con la antipatía que aquel hombre le inspiraba, fortalecíanse y hacíanse rotundas, contundentes. Casi agresivo, mirando cara a cara a su interlocutor, afirmó:

— La verdad es muy bella. No hay nada como ella..., y caiga el que caiga.

Darro no aceptó la agresión. Más sutil, más suave aún, insinuó:

— ¿Cree usted?... Sin embargo. Cristo, que además del hijo de Dios era un gran filósofo, dijo: "El que esté limpio de culpa que arroje la primera piedra..." ¡La verdad! Si viera usted qué convencional resulta eso de la verdad... La verdad varía a cada instante, a cada paso que damos, a cada postura adoptada; la verdad de-

pende de la luz, de la temperatura, hasta del estado de nuestra salud... Crea usted que he observado muchas veces que la verdad es una cosa puramente subjetiva que no está sino en nuestros ojos. Lo que es una verdad incontestable para usted, es una vil mixtificación para los otros; lo que a unos parece bueno a los demás semeja monstruoso ; lo que salva a unas personas mata a otras...

Ramón Morales oía con asombro aquel lenguaje sofístico que desentonaba enormemente en los labios de Darro. Al fin rebatió con viveza, que poco a poco fué degenerando en entusiasmo :

— Pero ahora no se trata de teorías... Trátase de cosas graves, gravísimas; se trata del bienestar, de la salud, de la existencia, en fin, de multitud de seres que viven agonizando, hambrientos, hacinados como bestias; se trata de un caso de dignidad material y moral; se trata de una explotación infame, de un crimen de lesa humanidad. Hombres, mujeres, niños, diezmados por la viruela, devorados por la fiebre, famélicos, semidesnudos, sin pan que llevarse a la boca, sin vivienda donde guarecerse de la lluvia y de la nieve, sin vestidos con que defenderse del frío, pululan en torno de esas fabulosas minas, a esas crueles montañas, que bajo sus riscos inhospitalarios esconden el misterioso tesoro de Aladino, que corriendo luego por el mundo se convierte en lujo, en boato, en esplendor para unos cuantos... Darro le interrumpió con viveza: — Enfoca usted las cosas desde un punto de vista determinado. No sé como un hombre de su talento, de su claro discernimiento, no com-

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prende que las cosas no son en la vida rotundas, absolutas; que todo son matices... A su vez fué Ramón quien le interrumpió : — ¡Los matices! ¿Pero usted cree que puede haber matices cuando al través de todas las barreras sociales nos llegan gritos de angustia, gritos que imploran auxilio, piedad, misericordia?...

El hombre enjuto y nervioso temblaba de ira e impaciencia contenidas, y parecía próximo a dejarse arrastrar por ellas cuando de improviso pareció serenarse, y esa sonrisa que han dado en llamar mefistofélica rizó sus labios. Entonces, como si la conversación no tuviese interés, y decayera naturalmente, habló de otra cosa:

— ¡ Qué extraña e interesante es la vida periodística! Algunas veces faltan materiales para una página; hay que inflar telegramas, convertir en cuestión trascendental las declaraciones de cualquier politicastro, en acontecimientos el estreno de una zarzuelilla, en crimen pasional la bofetada de un chulo; en cambio otras, como ahora, se acumulan las cosas... Ya ve usted, la cuestión política; los Balkanes... y, como si fuese poco, el crimen sensacionel... de que a cada momento averiguamos nuevos detalles..., cuya pista se va encontrando poco a poco.

Ramón, pese a su aspecto hercúleo y saludable de hombre de aspecto moderno, pese a su cara risueña y un tanto infantil, se había puesto densamente pálido y callaba esperando. Darro siguió :

— Ya ve usted..., pese a nuestro alejamiento, han llegado a ofrecerme unas cartas que pretenden comprometer...

Viró en redondo, y como si hubiese hecho ya la advertencia que deseaba, retornó a la cues-

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tión primera con tanta naturalidad, cual si no se hubiese salido de ella:

— No me gusta en labios de usted ese lenguaje de mitin; pero, en fm, admitamos por un momento que tenga usted razón, que las cosas sean así, tal y como las pintan, que el pueblo se levante en masa, que la Compañía se tambalee, ¿qué habrá usted obtenido?, ¿qué bien les habrá hecho? Pues, sencillamente, al remediar su hambre les habrá enseñado que tienen otras necesidades más difíciles de satisfacer, y en cambio...

Ramón, mal de su grado, aceptó :

— ¿En cambio?

— En cambio la Compañía se verá en un callejón sin salida, tal vez obligada a suspender los pagos... Y entonces todos los pequeños industriales, todos los pequeños burgueses, más inteligentes, puesto que han sido capaces de labrarse una fortunita con su trabajo, se encontrarán otra vez en la miseria, y ésta será más dura para ellos, acostumbrados al bienestar...

Esperó el efecto de sus palabras. El otro protestó :

— No pueden mirarse las cosas así. ¡El asunto es tan complejo! Las cooperativas, la caja de ahorros, las pensiones para la vejez, el derecho de asistencia..., esas son las verdades, las únicas verdades incontestables..., y conste que no hablo del derecho a la huelga...

Decididamente, lanzábase por el camino redentorista. Su interlocutor encogióse de hombros.

— ¡ Bah ! Con que entre muchas verdades haya una sola mentira hasta para mancillar todo lo demás... ¿Quién nos dice que todo ello no es un arma política? ¿Quién puede respondernos de

que bajo la socorrida excusa de las reivindicaciones sociales no haya manejos interesados?

Pero Ramón, desbocado por el camino de las utopías sentimentales, protestó:

— No, no; todo eso son sofismas. Aquí no hay sino una verdad, terrible, cruel, indiscutible; una verdad que por sí sola bastaría a sublevar a todos los hombres de buena voluntad y arrojarlos a la lucha; y esa verdad es que existen criaturas que, trabajando por el bienestar de los demás, mueren de hambre, de frío, de miseria...

Era curioso verlos frente a frente. Morales con su britanismo de boij grande, su cara rasurada y sus ojos de niño; Darro, con perfil de presa y ese aire sin edad determinada de ciertos luchadores.

Súbitamente, Darro hízose cruel, sarcástico :

— ¡Hay tanta gente que muere miserablemente sin que vayamos a pedir cuentas a sus presuntos verdugos ! . . . — Y resuelto : — ¿Quiere usted que le dé un consejo, un verdadero consejo de amigo?... Pues no se meta usted con La Metalúrgica. Haga un discurso rotundo, contundente, feroz, implacable contra el Gobierno. Todos le apoyaremos, haremos una campaña sin tregua ni cuartel, derribaremos al Ministerio, se encargará del Poder Rozalejo y será usted ministro... Tendrá nuestra ayuda, nuestra simpatía, nuestro aplauso...

Por un momento el buen sentido dictóle una objeción:

— Pero si el principal motivo de oposición...

— Créame usted que no lo necesito para nada... Ser violento, apasionado, invencible; entusiasmar, emocionar, arrastrar a la multitud..., pero no decir nada rotundo, nada definitivo... ¿No comprende usted que todos los perjudica-

dos formarán una masa detrás de sus enemigos?

Ramón fué severo como un Catón moderno: — Sin embargo ; si se trata de un caso de conciencia... Darro sonrió, equívoco :

— Yo no le pido que lo resuelva en un sentido o en otro, sólo le pido que espere. Guando esté dentro, cuando pueda estudiarlo detenidamente, cuando vea de cerca los resortes que hay que poner en juego, los intereses encontrados, los antecedentes y las derivaciones, entonces, con pleno conocimiento de causa, podrá resolver... Pero hablar, no; hablar, ¿para qué? O se promete demasiado y luego no puede cumplirse, y los otros se llaman a engaño, o se ofrece lo posible y sabe a poco. Deslumhrar, emocionar o entusiasmar, pero no convencer. El convencimiento no crea prosélitos y produce enemigos.

Comenzó Raínón:

— Pero...

Sin dejarle seguir, Darro jugóse, al parecer, el todo por el todo.

— En último caso hágalo por mí, se lo ruego. Será un favor personal, personalísimo, que le agradeceré toda la vida...

Encastillóse en la rectitud como en una fortaleza inexpugnable:

— Mi deseo de complacerle tiene un límite: el deber.

El periodista hizo un gesto vago como para rechazar un moscardón inoportuno:

— ¡Frases no, por Dios! Aquí estamos dos amigos, dos hombres que pueden mirar las cosas por encima del bien y del mal.

Ramón opuso, glacial:

— Por muy alta que sea la idea que tengamos

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de nuestra inteligencia, eso no nos autoriza a violar las leyes morales.

El intrigante pareció renunciar a convencerle, y retornó al tonillo irónico y misterioso :

— Sabe usted que en este mundo ninguna cuestión se da aisladamente. Todas tienen raíces, enlaces, ramificaciones, causas y consecuencias, y a veces cosas que parecen lejanas, inconexas, tienen sin embargo en el fondo de nuestra vida un nexo misterioso, que creemos ignorado de todo el mundo y que sin embargo vive, y en la hora decisiva surge al exterior. ¿Quién no tiene pasado? ¿En qué vida no hay un punto negro, una mentira, una falsedad, una ingratitud, una traición?

Disimulando la inquietud con la glaciedad, Morales opuso :

— No le entiendo a usted.

Darro no se desconcertó:

— ¿Vamos a hablar francamente como buenos amigos? Estamos perdiendo un tiempo precioso en metáforas, que sin ocultar nuestro pensamiento impide que nos entendamos. En pocas palabras. No me conviene que se hunda La Metalúrgica, Por causas que sería demasiado largo y complicado de explicar, mi vida política, mi fortuna, mi porvenir están ligados a la suerte de esa Sociedad. Yo acudo a usted para rogarle que no hable.

Muy seco, muy finchado, opuso Ramón, severo :

— Lo lamento mucho; pero, obedeciendo a los dictados de mi conciencia, no puedo complacerle.

El otro siguió, imperturbable:

— Espere usted. Gomo le decía antes, no hay cosa en la vida que no tenga secretas relaciones

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con otras cosas ignoradas. Ante esa irreductibl3 probidad de usted, me había detenido cuando la casualidad, la famosa madre casualidad ha venido en mi auxilio. En las peripecias del suceso del día, precisamente la muerte trágica de una pobre mujer, me he encontrado frente a frente con un hombre: Juan Pérez.

Ramón dio un bote, y lívido, balbuceó algo ininteligible. Darro prosiguió implacable:

— ¿Suena el nombre? Pues bien; ese hombre, con un pasado bastante obscuro y tormentoso, con unos años de presidio en su haber...

Ramón objetó con fingida serenidad:

— ¡Bah! Ya ve usted que el testigo no es muy recomendable.

El otro detúvole con un gesto :

— Espere usted... Ese hombre pretende que es inocente, que en su vida hay una tragedia sentimental que ha pagado por otros, que deshonra por deshonra ha preferido la de ladrón; en fin, que su sitio en la cárcel era otro el que debía usufructuarlo.

— Si vamos a creerle bajo su palabra...

— ¡No, no! Habla de documentos que prueban su inocencia y la culpabilidad del otro, de unas cartas, de unos retratos... En fin, según él, pruebas irrefutables.

Con mas ansiedad de la que convenía, Ramón Morales interrogó:

—¿Y usted?...

Pausado habló Darro :

— ¿Yo? ¡Dios mío; la vida es una cosa tan convencional! Nada es como es; todo depende del punto de vista..., el robo y los negocios... son la misma cosa, el dinero de los demás. Ahora, que en el robo se apodera uno de él torpemente, y en los negocios se guardan todos los

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respetos a la ley... En el asunto éste, una tragedia vieja, un presidiario, unas cartas... lo m^smo puede ser un chantage que la reparación de una injusticia.

Perdiendo la serenidad por momentos, Ramón imploró:

— ¡Hable usted claro!

— ¡ Hablar claro ! — recogió Darro — . Hay cosas tan delicadas, que la claridad en ellas resulta peligrosa; pero, en fm, voy a tratar de explicarme; aun sin amistad ninguna con usted, siempre entre un caballero que se halla en los más altos planes de la sociedad y un ex presidiario, me decidiría en favor del primero. Hay los hechos consumados, los intereses creados, los derechos adquiridos, y sin entrar en el fondo de la cuestión como si se buscase una certeza, sólo se conseguiría deshonrar a los unos sin rehabilitar a los otros, aceptaría las apariencias y con ellas fallaría. Yo tengo en mi poder esa documentación. Si usted me promete respetar La Metalúrgica y los complejos intereses que de ella dependen, hoy mismo los devuelvo a su dueño (aún pueden perderse entre mis manos los más comprometedores), con una repulsa, y yo seré el primero en ayudarle a ahogar la cuestión, y aun si esto no se consigue, en demostrar a todo el mundo que se trata de una estafa.

Ramón presentó el dilema:

— ¿Y si me niego a respetar la Sociedad, si siguiendo los dictados del deber, me niego a amparar lo que conceptúo un crimen, y jugándome felicidad, bienestar, porvenir, nombre, grito muy alto lo que es una infamia, una vileza, un delito de humanidad?...

Darro lo resolvió, implacable:

— Hay algo para mí más sagrado que su pa-

sado de usted, y es mi porvenir. Llevando las

cosas a ese extremo, el instinto de conservación me dictaría la respuesta. El asunto desde mañana mismo entrará en una fase nueva; El Combate contará una historia edificante y...

Exasperado, clamó Ramón:

— ¡Pero eso es un chantage!

Volvió a detenerle con su gesto frío y resuelto :

— ¡Palabras fuertes, no! ¿Para qué agravar las cosas?

Ramón exasperado, proseguía, pese a todo : — ¡Una canallada! Insistió en el ademán:

— ¡Cuidado!... En fin; perdono los términos en gracia a la natural exaltación... Y ahora, con calma, la respuesta.

Tratando de mantener las cosas en sus términos vulgares, ofreció Morales:

— Mis padrinos se la darán a usted.

Pero Darro atajóle vivamente:

— ¡No, no! ¡De ninguna manera! A ese terreno no voy en esta ocasión. Resolver los negocios a tiros o estocadas, eso no. Un escándalo del que ninguno de los dos saldría ganando nada, una comedia ridicula que nos haría perder un tiempo precioso, de ninguna manera. Son demasiado altos los intereses que tengo en mi mano; representan demasiada fuerza, demasiadas energías, demasiado poder para jugarlo todo al azar de una espada. Aquí no se trata para nada de cuestiones de honor; el honor es un adorno más en la vida, encantador y útilísimo cuando la base de la vida es firme ; pero lo primero es asegurar la vida misma. Buena o mala, es mi moral. Ahora la respuesta, ¿acepta usted? ¿Sí o no?

Ramón afirmó resuelto, decidiéndose súbitamente a jugarse el todo por el todo: —No.

Aún ofreció Darro : — Piénselo usted.

Pero el político de la contextura de Hércules y los ojos de niño comprendía que el destino estaba en marcha, la suerte echada, que o triunfaría para siempre y su pasado caería en un abismo de olvido, o que amarrado a aquel hombre rodaría por un camino de vergüenzas, abdicaciones y canalladas, para acabar al fin y al cabo en la pública picota de desdén. Con rara firmeza aseguró :

— No tengo nada que pensar. ¡Salga usted!

Altivo, desafiador, Darro afirmó:

— Se arrepentirá. Dentro de unas horas será tarde.

Ramón señaló la puerta: — ¡Salga usted!

— Está bien. La suerte está echada. Después partió.

Unos momentos permaneció Ramón Morales, rígido, con el mismo gesto altivo y desdeñoso. Así oyó a su enemigo cruzar la rotonda, abrirse la puerta de la escalera ante él, salir... Entonces su fortaleza derrumbóse, y dejándose caer en una butaca, rompió en sollozos.

Una sombra obscura, aureolada por un nimbo de plata la frente pálida, deslizóse en la estancia, y acercándose a él silenciosamente, acaricióle los cabellos:

— ¡Pobre chiquito, que esa gente mala le hace sufrir !

RAIMUNDA

En todas las vidas muy áridas hay siempre una ternura, una ilusión, un punto vulnerable. Es muy raro el humano capaz de cruzar la existencia sin flaquear sentimentalmente, muy pocos los que se bastan a sí mismos, y saben, en las horas de alegría, guardar esa alegría, y en las de pena, callar su dolor, y cuando tienen un secreto buscar un muro por confidente, como aconseja el proverbio árabe. La vida de Ramón Morales había sido fría, hermética y cruel; en ella no hubo ni piedad, ni ilusión, ni amor. Y, sin embargo, él, que vió morir a su madre con un gesto de descanso, él, que partió sin volver la cabeza abandonando a Teresa, habíase prendido en una crisis de desaliento y melancolía en el humilde amor de Raimunda.

Era uno de esos amores hechos de renunciamiento y de fervor, de admiración y de ternura.

Bajita, delgada, más demacrada, los ojos muy grandes, un poco estáticos, el cabello todo blanco, de una blancura de nieve o plata, había puesto en Ramón Morales esa devoción apasionada que borra defectos para no ver sino virtudes, que no pide cuentas de nada, ni juzga

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nada; un amor de esclavo por su amo, de creyente por su dios; un amor fanático, pronto a encontrarlo todo perfecto, a no discutir ni escudriñar. Lo que él hiciera estaba bien, sencillamente porque lo hacía él.

Habíala conocido muchos años, muchos años atrás. Agonizaba su madre en la atroz tristeza de su miseria y su soledad, cuando una tarde, al volver de su oficina, la halló allí. Aunque el pergeño era plebeyo, los modales correctos redimiéronla a sus ojos de la baja extracción que en un principio la colocara. Era hija de un caballero carlista arruinado en nuestras guerras civiles, y por más que, desde muy niña, familiarizaron con la miseria, conservó un cierto barniz de señorío. Durante la enfermedad de la pobre mujer fué la única ayuda desinteresada, la única amistad verdadera que Ramón halló. Después de la muerte sustituyó a la madre, pero con ventaja. Ni quejas, ni reproches tuvo, sino sólo una abnegación sin límites, y así, cuando tras las horas febriles de su drama, llegó la de partir, Ramón Morales, pese a la sequedad de su espíritu, sintió dejarla.

Podemos olvidar una gran pasión, que si bien es el sumo deleite, tiene también crueldades y amarguras; podemos olvidar un gran cariño que nos acaricia, pero nos oprime también; mas esos humildes cariños que se complacen en guatearnos la vida, esas personas que nos lo dan todo y no nos piden nada, esas son como vagas sombras que nos acompañan atentivas y acariciadoras al través del éxodo de nuestras existencias.

Para Ramón, Raimunda fué una de ellas. La dejó con pena, no una pena amarga y desesperada, pero sí una gran melancolía, la nostalgia

de hallar el refugio de su cariño cada vez que volvía cansado de la batalla. Desde lejos, pese a la lucha formidable, pese a su firme decisión de olvidar^ de borrar^ de hacer con su vida como hacían los monjes medievales con los libros de aventuras escritos en pergamino, borrarlos para escribir encima una vida de santo, el único hilo que aún le ató al ayer, fue Raimunda. De tarde en tarde escribíala, enviando misérrimas ayudas primero, generosos donativos después. Pero ni por un momento su generosidad despertó la ambición de la pobre mujer, que siguió amándole rico como le habría amado pobre, pensando en él como en un hijo querido, y ansiando la hora de volverlo a ver.

La hora llegó, y una vez de vuelta y poderoso ya, su primera idea fué buscarla, llevarla consigo, parte por ternura, parte por un secreto egoísmo que le impelía a buscar la única persona de que estaba seguro en el mundo. Hablóla :

— Has sido muy buena conmigo en las horas malas, y es justo que ahora en las buenas lo compartas también.

La vieja tendió en su emoción los brazos con un gesto casi de ahogo, mientras balbuceaba :

— ¡ Ramonciño ! ¡ Ramonciño ! ¡ Qué bueno eres !

Y en los ojos, muy abiertos, en las estáticas pupilas grises, había una adoración infinita por él.

Ramón Morales explicó aún :

— No tienes nada que agradecerme. Si en el fondo me haces un favor tú a mí. Te ocupas de mi casa y de mis cosas...

La pobre Raimunda lloraba, y Ramón comprendió que holgaban las explicaciones, que no hacían falta palabras para nada, y calló.

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Llevósela, pues, consigo, y desde aquel momento la pobre criatura no pensó sino en verle dichoso, feliz, victorioso de todos y de todo. Asistía a la vida de su protector como a un milagro que no comprendía ni quería comprender, con una gran fe en él. Alguna vez, sin embargo, su cariño hacíale temer, y entonces pensaba en la hora en que su misión comenzaría. Para ello érase preciso que Ramón tornase a ser niño; que el sufrimiento le hiciese pequeño y miserable. Pedíale a Dios que esa hora no llegase nunca, que todo el dolor que pudiese corresponderle en la vida cayese sobre ella. Temblaba de angustia... ¡Y sin embargo, la hora había llegado!

Ramón, caído, roto, fofo, perdida la apostura de sportman, lloraba. Sentíase ahora cobarde, vencido, aniquilado, deshecho. Todo el edificio, con tanto afán levantado, se desmoronaba; la posición política, el nombre social, la fortuna, Ana Rosa, todo, todo, hundíase para siempre ya. Guando la crisis pasase, cuando fuese hora de luchar otra vez, sería viejo. Nunca había sentido tan clara la sensación de huida del tiempo, la sensación de correr a una meta trágica en que estaban la vejez y la muerte. Al mismo tiempo el secreto fatal le agobiaba, necesitaba confesar, gritar su pecado, clamar su delito. Raimunda pesistió en su caricia :

— ¡Pobrecito! ¡Pobrecito, que son malos con él!

Entonces, lento, solemne, comenzó a hablar:

— No, Rai, no; son justos; el que ha sido malo he sido yo... Yo he sido perverso, infame, traidor, criminal...

Y como ella denegase, dubitativa, moviendo la cabeza como ante la acusación de im niño que achaca importancia dü delito a haberse comido

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el azúcar, insistió golpeándose el pecho con fervor de contrito catecúmeno:

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!

Ya más tranquilo habló :

— ¿Te acuerdas de Juan y de Teresa?...

Poco a poco fué confesando su delio, su atroz infamia. Al acabar espió un gesto de horror, una mueca de espanto. Las manos leves acariciaron sus cabellos con infinita ternura y Raimunda, como si no se hubiese enterado sino de que sufría, murmuró con infinito amor:

— ¡Pobrecito! ¡Pobrecito!

Experimentó un gran alivió. ¡Aún podían amarle después de saber! Su egoísmo llevóle a pensar en Ana Rosa. ¿Y ella? ¿Perdonaría también? ¡Quién sabe!...

Súbitamente comenzó a repicar el timbre del teléfono. Sobresaltóse. ¡Otra desgracia! Corrió al aparato :

—¿Quién? ¿Quién es?

Sonó una voz amiga :

— Yo : soy yo, Juan Pablo.

Aburrido, furioso contra aquella pesadez con que el poeta pretendía mezclarse en su vida, interrogó sin disimular el deje de impaciencia:

— ¿Qué quieres? ¡Vaya unas horas!

El otro no pareció notar su fastidio:

— Tengo que hablarte ahora mismo.

Fríamente afirmó Ramón:

— Imposible.

— ¡Es preciso, preciso! Te interesa mucho, te va en ello...

Morales comenzó a sentir una vaga zozobra : — Pero...

Juan Pablo insistió :

— Ven: créeme. Te espero en la calle de Segó via, junto a la cruz...

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Trató de resistir aún:

— ¡Es tan tarde!...

La voz del poeta hízose misteriosa:

— Créeme, ven.

— Pero di al menos de qué se trata... — Por teléfono, imposible. — Algo...

— Bueno, un nombre : Juan Pérez.

AL MARGEN DE LA SOCIEDAD

Al salir a la calle, una bocanada de aire glacial le envolvió. A la temperatura casi estival de los pasados días había sucedido, con la facilidad con que salta el tiempo en el otoño madrileño, una verdadera ráfaga invernal.

Alzóse el cuello del gabán y comenzó a caminar rápidamente en dirección al lugar de su cita. Mediada la calle Mayor arrepintióse de haber tomado aquel camino. Pero el miedo a la luz, el temor de que alguien pudiera verlo, la angustia de tal situación, que era como un laberinto, en que, cuantas más vueltas daba, sentía que se perdía más y más, o como una madeja que cuantos mayores esfuerzos hacía por desenredarla más se enredaba en ella, le desorientaba. Comprendía su torpeza, tenía la sensación de que cada paso que daba era una nueva equivocación, y que de no apelar a la fuga debió resistir con dignidad austera, pues otra cosa venía a ser una confesión implícita de culpabilidad; pero ni tenía la noble resignación de darse por vencido, ni la energía precisa para resistir.

Era absurdo... y sin embargo, lo absurdo en aquel drama era precisamente lo real. Trató de

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dominarse y recapitular. ¿Qué peligro había para él en todo ello?... En realidad, uno tan sólo: el escándalo; por lo demás, sin pruebas... ¿Pero es que no existían las pruebas verdaderamente? No, no existían, pero... ¿Y aquellas cartas de que le hablara Darro?... Con rabiosa ansiedad procuró recordar, rehacer... ¡Ah! ¡Imbécil, cien veces imbécil! Teresa debía tener algunas cartas suyas, cartas de amor; pero que al fin y al cabo denotaban complicidad y robaban eficacia a la altiva veracidad de su declaración... Luego, al partir, ansioso de encontrar libre el camino y pusilánime ante la escena de lágrimas y reproches que presentía, aún había escrito otras largas cartas explicativas, en que si bien no confesaba aquéllo, aludía a las ventajas de hacerse olvidar en tales momentos, y al temor de que la malicia volviese a hallar el hilo... Quiso, como haría con un montoncillo de trocitos de papel, reconstruir las epístolas, pero se confundía y mareaba. ¡Imposible! Renunció.

Sintió una gran ira contra sí mismo, tal rabia, que se detuvo y esquivó dos o tres gestos vagos e inútiles.

¡Qué necios somos! Hacemos algo fiados en el amor, en la ternura, en la piedad o en la amistad de los otros, cuando estamos ciertos de su inconsistencia, y por corta que sea nuestra vida siempre hay tiempo de arrepentirse.

Llegaba. En un rincón de la plaza de Puerta Cerrada divisó un hombre con el cuello de la americana subido y un gran chambergo. Iba de un lado para otro taconeando recio y temblando de frío. Al ver llegar a Ramón salió a su encuentro. Era Juan Pablo :

— ¡Hola! — dijo, entre cordial e irónico. Y aña-

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dió: — ¡Hombre puntual!... ¡Y yo que comenzaba a creer que no venías !

Ramón interpretó aquello a su gusto y se creyó el más fuerte :

— Siendo cosa tuya...

No le dejaron seguir por aquel camino; Juan Pablo atajó :

— ¡Cómo se ve que es algo que te interesa mucho! Los triunfadores sois egoístas, pero como te quiero bien...

Habíale cogido del brazo y bajaba con él la calle de Segovia. El frío era cruel; ráfagas huracanadas barrían la calle; en un cielo muy alto y muy claro, alumbrado de luna, rodaban grandes nubes tumultuosamente.

Juan Pablo reanudó :

— Lo he sabido todo por casualidad. Guando estuve en presidio por aquel artículo contra el rey, encontré allí a Juan. Las largas e interminables horas de allá son propicias a la confidencia, y sin quererlo... Luego fui reconstruyendo la noche famosa, la coartada hecha a costa mía...

Pudo Ramón protestar, negar, indignarse, pero no tuvo fuerzas. Algo decíale que estaba vencido, que era inútil forcejear, que no eran las cosas sino él mismo quien tenía la culpa. Limitóse a repetir como un eco :

— ¡A costa tuya!...

— A costa mía — aseguró con firmeza Juan Pablo— ; pero como soy imparcial, te diré que lo hiciste muy bien, que fuiste un cómico consumado, hábil, diplomático, astuto... — Dejó una pausa, luego continuó : — Lo he sabido, pues, todo y como te quiero, pese a ello...

— ¡Oh!, ¡gracias!... No sé cómo agradecerte...

Lleno de efusión ante aquella impensada ayuda, estrechaba el brazo, cordial y agradecido.

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Juan Pablo detúvole :

— No agradezcas nada y espera... Lo supe, pues, todo, pero como no me importaba, lo olvidé; cuando ahora súbitamente he averigúalo que se tramaba contra ti. Si se tratase sólo de Juan Pérez, no tendría más que mediana importancia... Juan Pérez es... eso, Juan Pérez, una esencia de insignificancia; además, las cartas más que terribles son necias (¡perdona la franqueza!), cartas de persona que quiere fugarse; pero está Darro por medio, y ese es temible..., te odia, le estorbas y será capaz de todo.

Con desaliento murmuró Morales :

— ¿Qué hacer?... Juan debe odiarme...

El poeta encogióse de hombros con uno de aquellos cínicos gestos que le eran peculiares:

— ¡Pobre hombre! Es manso, absolutamente manso, pero...

Ramón le interrumpió:

— ¿Cómo hacer? Aconséjame...

—Mira — aseguró el amigo — , él presume de incorruptible; pero yo no creo que haya nadie incorruptible en el mundo, creo que todo se vende... ; ahora que es cuestión de precio. El que no se vende por dinero, se vende por la gloria, o por el placer, o por la posición...

— ¿Entonces?...

A la pregunta contestó Juan Pablo con otra: — ¿Sabes la segunda parte de la historia de Teresa?

Y como tuviera un gesto sobresaltado, su interlocutor informó :

— Teresa es la mujer que han matado en París.

Aunque Ramón habíalo adivinado ya desde un principio, su brazo tembló en el de su amigo : — ¡ Teresa !

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Juan Pablo alzó las espaldas otra vez:

— ¡Bah!, no tiene nada de particular cuando se empieza a caer...

— ¿Pero ella?... — interrogó ansiosamente.

— Ella — com^enzó el narrador — , sóla y abandonada voluntariamente por ti, forzosamente por él, trató de refugiarse primero en una noble altivez, agarrada a su hijo como al último madero de un naufragio. Tus cartas la sostenían y alentaban en la lucha; fueron espaciándose, y al fln faltaron. Aún mantúvose; sobrevino la miseria y el abandono, y entonces, en esa hora suprema en que olvidamos a aquellos a quienes amamos para acordarnos de los que nos aman a nosotros, volvió los ojos a él. Al través de la reja carcelaria tuvo lugar la entrevista. Juan no hizo un reproche, ni formuló una queja; la acogió con una inmensa mirada de amor, con una enorme ansiedad de ternura. Entonces ella confesó; confesó que el hijo era suyo, que para vencerle y salvarte había mentido, y comenzó otra vez el raro drama. Pero ella no podía; era débil y cobarde; la miseria es una cosa terrible, y además era una de esas hembras que sin saber por qué se van tras el primer hombre que tiene un gesto vehemente de dominio para ellas. Fué a verla aún y se lo confesó. Se marchaba; un hombre habíase cruzado en su camino y no tenía otro remedio que seguirle. No reprochó nada tampoco; limitóse a compadecer, a lamentar como ante una fatalidad inexorable. Lloraron los dos y se despidieron. Quedaba el niño. De común acuerdo decidieron su suerte. En bien del infante los dos renunciaban a él. Ignoraría quienes eran sus padres; dejaríanlo a una hermana de él, mujer honrada y buena que le diría vagamente de

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aquellos padres que habían muerto. Teresa rodó, cayó muy bajo, hundióse en un abismo de miseria y abyecciones para llegar al drama. Gabrielín se fué haciendo hombre; era honrado, bueno, enérgico, estudioso. Fué bachiller, quiso ser militar, ingresó en la Academia, y entonces el misterioso estigma, en contacto con la sociedad, se hizo visible como en contacto con el fuego se hacen visibles ciertas señales.

— ¿Y Teresa? — interrogó afanosamente Ramón.

— Teresa, con el amante aventurero, andaba por el mundo, París, Londres, Niza, las salas de juego, los grandes hoteles...; pero al envejecer la rampa tornóse más empinada, la caída más violenta. En cuanto al fmal no sé aún las causas que determinaron la obscura tragedia...

Estaban a la puerta del cafetín. Juan Pablo animó :

— ^Vamos adentro.

Penetraron en el local. Ya no estaba vacío como dos noches antes. El frío había empujado al ejército de miserables hasta allí, y en los duros bancos, ante las mesas en que descansaban las copas de aguardiente, hacinábanse viejos mendicantes, golfos y mujerzuelas. Eran rostros amarillos y demacrados, barbados de blanco; rostros picaros maculados por todos los vicios y todas las abyecciones; rostros de fm de raza dignos de los príncipes velazqueños; máscaras prostibularias en que la careta de afeites no bastaba a encubrir las máculas que dejaron las enfermedades hediondas como azotes de Dios. Unos comían vorazmente, con ademanes ansiosos, que dejaban una sensación de repugnancia y de ira cruel; otros hablaban con grandes gestos inútiles, toscos, torpes, y otros mas

dormitaban en un esfuerzo por no abatirse sobre el mármol de loa veladores, puesto que les costaría la expulsión de aquel paraíso, donde por lo menos las cuchillas del frío no rajaban las carnes, y algunos, en fin, mantenían arbitrarios idilios con las mujerzuelas, que reían procaces, mostrando los negros abismos de las bocas de espuerta. Una atmósfera densa, espesa, maloliente y asfixiante enturbiaba aquel local.

Juan Pablo advirtió a Ramón :

— Vamos a la habitación del fondo. Al otro lado del fogón.

Cruzaron entre tal cual risa irónica y tal cual dicharacho grosero, y llegaron al segundo lugar.

Había poca gente en él. En un rincón. Barrera, con la cara negra de barba y sus ojos brillantes por el vino, arropaba en su capa a una mujercita pálida y delgada de cabellos de miel. Era tan frágil la nena, que parecía de crista], y diríase que iba a romperse de un momento a otro. Ella tiritaba de frío, y el poeta, borracho y enternecido, cobijándola en la pañosa, recitaba versos de una pasión férvida y doliente, que ella no entendía:

¡Oh, la tristeza de tus labios pálidos, mísera flor del jardín de Citeres!

Una mesa más allá dos tipos borrosos y sombríos, que, sin embargo, tenían un raro relieve, hablaban en voz baja. Eran de esas figuras que se ven en los aguafuertes, que se confunden con la sombra, y que sin embargo nos siguen obsesionándonos al través de la vida. Trajes raí-

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dos y obscuros, fieltros mugrientos, pelambres endrinas... y súbitamente un reflejo de marfil en la palidez de la tez o un fulgor de relámpago en las pupilas negras. Con ellos estaba la pintora que viera la primera vez. Resultaba aún más estrafalaria y descompuesta; ostentaba una a modo de hopalanda color tabaco y un sombrero de anchas alas semejante al de los pastores protestantes, por bajo el que asomaba la melena mielosa, recortada como la de un paje. Parecía inquieta, sobresaltada, y sobre la nariz chata los ojillos saltones miraban a un lado y otro azorados.

— Juan Pérez no ha venido aún, por lo visto ; pero no tardará en llegar — habló Juan Pablo — . Vino ayer por primera vez con aquellos dos tipos...— Luego explicó: — Son dos anarquistas de acción que fueron a presidio por no sé qué diablura que hicieron en Barcelona contra Martínez Campos. Allí nos conocimos y allí intimaron con Juan.

Abrióse la puerta y entró un hombre: ¡Juan Pérez!

Ramón le reconoció en seguida. Era él, con su aire aún más humilde y encogido, sus barbas tristes, su rostro de Jesús de pueblo y sus ojos de mirar canino. Pero las penas y el largo encierro habían puesto en él un no sé qué de untuoso, de falso, de hipócrita, y en las pupilas de perro el alcohol raras humedades de ternura. Vestía un largo gabán verde raído y remendado y un sombrero de forma indefinible. Acercóse lento. Juan Pablo, con falsa jovialidad, y yendo al encuentro de la extraña situación, presentó :

— ¿Q^^ó, ya no os conocéis?... Ramón Morales y Juan Pérez...

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A Ramón parecíale que su nombre resonaba como un trueno en el local; sin embargo, quiso hacer la comedia de la naturalidad y la indiferencia, y le tendió la mano con aire casi protector :

— ¡Bah!, ¡me alegro! Siéntese...

Juan Pérez, en apariencia muy azorado, sentóse, pero rehuyó la mano sin alarde. HalDló el poeta :

— ^Vaya, voy a charlar un poco con estos señores, y mientras ustedes ventilan sus asuntos.

Frente a frente hubo una pausa silenciosa. Al fin, Ramón, siempre el más dueño de sí, al parecer, habló:

— Me regocija verle; realmente su recuerdo era una cosa penosa para mí y deseaba saldar una deuda contraída con usted hace muchos años... Saldarla y pagar los intereses.

Esperó espiando el efecto de sus palabras. El otro conservaba su aire huraño y asustado, sin proferir sonido alguno. Entonces Morales insistió :

— Usted ha sufrido mucho; ha padecido amarguras sin cuento, años terribles, y es justo que tenga una compensación .

El vencido callaba siempre. ¿Si no sería aquel el camino? ¿Si no querría venderse? ¿Cómo sondar aquel alma?

— Guando Teresa...

Ahora parpadeó vivamente, inició un gesto y quedó mudo, sombrío.

Entonces Ramón Morales, implacable en la busca del punto vulnerable, habló prolijo y cruel, evocó el pasado, la oficina, el nombre claro y honrado, el hogar feliz, Teresa, el niño...

Pero Juan Pérez habíase encastillado en su insensibilidad esperando a que el otro plantease

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el asunto; exasperado su interlocutor fué a parar a ello; súbitamente formuló su ultimátum:

— Es preciso que todo acabe hoy mismo. Para usted podrá ser indiferente el escándalo, para mí, no; conque hablemos lealmente, claramente, y dígame a qué he de atenerme.

Juan Pérez balbuceó :

— Yo quisiera... no sé...

Ramón interpretó aquello como una comedia :

— Vacilaciones, no. Necesito tomar una determinación; represento intereses importantísimos que no pueden estar a merced de cualquier ce- ^ lada — subrayaba desdeñosamente la palabra — . Y como comprenderá, no puedo dejar las cosas así. Ha cometido usted la indiscreción de disponer de unas cartas que no le pertenecían, y he recibido esta noche la visita del señor Darro, que dice tenerlas en su poder, y me amenaza con hacer uso de ellas. Si está hecho inocentemente, es una necedad comprometedora; si con mala intención, un intento de chantage^ y el chantage tiene su sanción en el Código penal...

— Hubiera querido evitar todo esto — afirmó el desgraciado con tonos y gesto de excusa — , pero estaba aterrado, enloquecido de pena... Mi hijo... Luego los amigos me aconsejaron... Ya supondrá usted que el presidio no es una escuela de honor... Además, el señor Darro...

— ¡Darro es un canalla! — interrumpió Ramón— . Pero aquí no se trata para nada de Darro. Se trata de usted y de mí. Además, ¿quién sino usted ha ido a él con esas historias?... Pero, en fin, no perdamos el tiempo. Demasiado he hecho con venir a hablarle comprometiéndome. Los Tribunales de justicia están para defendernos a las personas honradas contra la asechanza de los aventureros. Sin embargo, pre-

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fiero resolver las cosas amigablemente, sin estrépito ni golpes de melodrama; pero necesito saber a qué atenerme; nada de promesas seguidas de rectificaciones que hacen perder tiempo, mientras los sucesos corren, se propalan, toman forma, se agrandan y la calumnia... Humildemente opuso Juan Pérez: — ¡ Demasiado sabe usted que no lo es ! Violento, airado, interrumpió el político: — ¡Saber! ¡Saber! ¡Nadie sabe nada de nada en el mundo ! La vida, toda la vida, es una ficción, una inmensa y formidable ficción. ¡Saber! En último caso sabríamos usted y yo... pero tampoco; no sabemos nada. ¡Veinte años! ¡Veinte años para mí de lucha, de batallas, sin que ni una hora, ni un minuto se parezca a otra hora u otro minuto, vivido ya; pasa usted de obscuridad, de olvido... ¡Veinte años!... ¡Y ahora va a resucitar lo que fué y a volver las cosas a ser lo que hubiesen sido! ¡No! ¡No! Para eso hacía falta destruir causas, ideas, afectos, sentimientos... Los hechos en sí no tienen trascendencia... La importancia de arrojar una piedra estriba en el sitio en que va a caer... Y si nosotros la vemos vagamente como algo lejano, irreal, que duerme en un rincón de nuestra conciencia, ¿qué será de los demás? Aunque consiguiese usted una tribuna tan alta, que desde ella lograra hacerse oír del mundo entero, ¿de qué le serviría? Basta que los demás no quieran reconocer la verdad, basta que se encojan de hombros o sonrían desdeñosamente ante ella, para que deje de serlo.

Juan oíale denegando con la cabeza. Al fin, objetó:

— ¿Y por qué no habían de creer? Con viveza afirmó Morales :

— ISO —

— Porque el mundo, las gentes, las sociedades, no pueden admitir ninguna verdad que les sea perjudicial, ninguna que implique una equivocación, una injusticia o una infamia; porque usted no es nada ni significa nada, porque cuando la sociedad borra un nombre y lo sustituye por un número, no vuelve nunca a ser un nombre. En cambio yo represento una energía, una fuerza, una potencia. Hay depositados en mí una serie de intereses, de valores, de esperanzas, que al derrumbarme se derrumbaría conmigo, y eso, eso es lo que los demás tendrían que impedir, costase lo que costase. Yo no necesitaría sino cruzarme de brazos y dejarles hacer...

El otro movió la cabeza dubitativamente: — Pero hay una justicia más alta que la menguada justicia de los hombres, hay una justicia contra la que nada pueden, ni nuestra voluntad ni los miserables intereses de unos y otros; hay ¡la justicia de Dios!... — Luego, como el otro sonriera, opuso un argumento más práctico : — Además, cuando se representa una fuerza que a unos conviene aprovechar, también represéntase una fuerza que a otros conviene neutralizar.

Tal vez porque el segundo argumento fuese más difícil de rebatir, Ramón no contestó sino al primero :

— La justicia de Dios pesa sólo sobre nuestras conciencias. Los hombres respetan una justicia más mezquina. No pueden mirar el porqué de los hechos; no miran sino los hechos mismos. Se preguntarán: ¿por qué ha callado tantos años? ¿Por qué se ha dejado encarcelar, condenar, deshonrar si era inocente? Y su conveniencia hallará en esas preguntas su mejor razón. Y tal vez su odio o su deseo de

venganza, me causará un daño momentáneo, pero...

Juan Pérez pareció hacerse más sereno, más dueño de sí :

— No, Ramón, se equivoca. Yo no le odio. Aunque sea una cobardía, una indignidad, no le odio. ¡No sé odiar a nadie! He olvidado querer y odiar. En los largos días de encierro, en las interminables horas de calvario, ha habido en mí como un desmoronamiento espiritual en que han vacilado y caído todos los valores. Yo ya no veo las cosas como las ven los otros, no sé con exactitud lo que siento; algunas veces pienso que la maldad, la crueldad o la traición de los otros no son tales, sino debilidad mía. ¡ No sé odiar! ¡No sé odiar! ¡Ah, si usted supiera lo que he sufrido! ¡Si usted supiera los días de vergüenza y las noches de horror que yo he pasado! Desde el estupor de la hora aciaga en que cuando me hallaba más tranquilo y confiado se abrió de pronto ante mí la puerta del Destino y se mostró el misterio poblado de tragedias hasta la hora suprema en que ella, la mujer querida, mi consuelo, mi sostén, se alzó acusadora ante mí, y cuando yo, creyendo luchar sólo contra una fatalidad casual, invoqué el nombre de nuestro hijo, me escupió al rostro como la más atroz de las injurias, la confesión tremenda "¡no es tu hijo!" todo fué un sueño espantoso, una pesadilla cruel y alucinante. ¡Y yo había sido siempre bueno, yo no había hecho daño a nadie ! ¡ Mi vida parecía tan humilde, tan callada, tan insignificante! Y cuando era casi dichoso, la catástrofe. Y recuerdo, pasado el primer estupor, mi seguridad de que mi inocencia destruiría el error, y la^ calumnia que se agrandaba, crecía, lo envolvía todo, y de pronto, ante

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el juez, la verdad, la verdad atroz que se mostraba a mí. Y no quise luchar más. Una gran felicidad tal vez se reedifica, pero una dicha humilde no vuelve nunca. ¡Ah! ¡Cuánto he padecido! Si supiera usted, Ramón, la atroz tristeza de los días de prisión, y las amarguras del presidio en que mi debilidad de burgués excitaba la brutalidad, la grosería y la perfidia de los bárbaros. ¡Siete años! ¡Siete años de martirio, de esclavitud, dé vencimiento ! Al salir estaba muerto, muerto para siempre. No quería saber nada ni ver nada. No tenía valor para morir, y, sin embargo, no quería vivir. Ya no sabía ni odiar. Y, no obstante, una fuerza desconocida me arrastraba hacia ellos, hacia Teresa, hacia mi hijo. De tarde en tarde cruzaba mi imaginación un pensamiento. ¿Y si fuera mío? ¿Y si hubiese mentido? Entonces sentía como una sacudida eléctrica y la voluntad vibraba, despertaba, sentía un anhelo de luchar, de rehabilitarme... ¡Y Teresa se había ido para siempre! ¡Y el hijo no era mío! Guando lo supe todo sentí que la verdad llegaba, rasgaba las tinieblas, alumbraba el mundo; que era mío, ¡mío!, ¡mi hijo!, ¡carne de mi carne; sangre de mi angre! ¡Y por primera vez me sentí fuerte, capaz de luchar contra todos contra todo..., capaz de luchar y de vencer! Después, al saber la verdad atroz, cruel, y sin embargo, divina, porque me devolvía a mi hijo, con la verdad hallé no sé qué misteriosas fuerzas. Mi sacrificio antes había de ser callar, borrarme; pero hoy, dueño yo de esas cartas, hoy, no, hoy he de vivir precisamente por él. Por eso estoy aquí; por eso pido justicia, y si los pecados de los padres han de caer sobre los hijos, que la culpa no caiga sobre él, puesto que su padre es inocente!

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Había una noble dignidad en su voz, en su gesto y en su ademán.

Abrióse la puerta y entró el hombre alto, de tez cérea y ademán aristocrático, que viera la primera noche. Acogiéronle con muestras de entusiasmo como si hubiese estado corriendo un peligro, y la mujer de los dientes feos y los dos hombres de aguafuerte pusiéronse a hablar con él.

Ramón tuvo un momento de vacilación; por unos segundos el desconocido le preocupó. ¿Dónde había él visto ya aquel rostro pálido de ojos ardientes e hipnóticos? Súbitamente recordó una revista italiana en que hallara el retrato de Fauchino, el célebre anarquista. Había allí otros aún... Consiguió reconcentrar su atención.

— ^Yo no quiero que la culpa caiga sobre él. ¡Si se pudiese desandar lo andado! ¡Si se pudiese destruir la hora fatal en que se decidieron nuestras vidas! Le juro, Juan, que volvería gustoso a la miseria, que volvería a la atroz crueldad de las horas de soledad y silencio con tal de destruir el pasado.

Era extraño, camaleóntico, vago y confuso el espíritu de aquel hombre. Sus contornos no acababan de acusarse con claridad, y se le veía fluctuar entre el bien y el mal, para ser ora claro, noble y desprendido, ora solapado y artero, tras una falsa compunción.

Juan Pérez opuso sereno, fatal:

— Nuestro pasado pertenece a Dios. El nos envía la expiación.

La energía de Ramón pareció sublevarse contra aquella resignada concepción de la vida :

— ¡Yo he expiado ya mi culpa! Toda mi vida no ha sido sino una lenta expiación. Toda la existencia la he empleado en hacer bien, y a

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pesar de todo no tengo ni una hora de paz ni un minuto de reposo.

Pero Juan oíale, frío y hermético.

— Escuche usted, Juan; escúcheme por misericordia— prosiguió. — Usted mismo me dice que no hay odio en su alma; que a pesar de los años atroces el rencor no supo anidar en su corazón... ¿Para qué destruir todo lo bueno, noble y honrado que se ha levantado sobre esa mentira? Porque un árbol sea venenoso, ¿talaremos todos los frutos que nacen en derredor? No, no, Juan; hay que buscar remedio sin causar un mal mayor. Todo lo que yo pueda padecer no borrará su padecimiento de usted. Mis amarguras no curarán las heridas que los días de encierro, de soledad y de abandono causaron en su alma. Su hijo es joven, bueno, fuerte, inteligente, y tiene por delante muchos años para luchar... Yo le daré dinero, mucho dinero, mi fortuna, todos mis bienes ; que vaya a América y allí triunfe, venza, para volver invulnerable. ¿Qué le importa dejar esto, al fin y al cabo? Aquí no tiene nada que le ate, nada que le sujete...

El presidiario denegaba siempre.

— No puede ser, Ramón. Yo no le quiero mal. Verdad dice al decir que en mí no hay odio ni rencor; pero no puede ser lo que me pide. Eso mismo, casi iguales palabras le he dicho yo. No quiere. Ni desea dinero que no haya ganado honradamente ni protección que en vez de enaltecerle le mancillaría. ¡Quiere su honra! ¡Quiere poder caminar con la cabeza erguida, sin tener que humillarse ante nadie! Y yo, Ramón, yo que soy un cobarde, un miserable, incapaz de defenderme, tengo que defender la honra de mi hijo...

El tono de Morales se hizo casi suplicante:

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— Escúcheme usted aún, un momento, unas palabras... Estamos tan lejos de todos los convencionalismos sociales, que bien podemos hablar como si fuésemos a comparecer ante Dios. Juan, por mí no importa; ya he vivido toda la vida, al crimen y al sacrificio, la abnegación y la gloria; pero — bajó mucho la voz — ahora no se trata de mí, se trata de algo infinitamente noble, santo... Guando yo me creía perdonado, cuando creía haber pagado la deuda inicial y la historia terrible olvidada para siempre, he encontrado una amistad, un cariño, un amor en mi camino... Es buena, dulce, pura, me quiere y cree en mí, y la verdad la mataría... ¡Por ella, Juan, por elia!

Pero el vencido sublevóse:

— ¿Y mi hijo?... Mi hijo también es inocente, bueno, leal...; para él la honra es la vida...

Iba a hablar Ramón otra vez, cuando la sensación de antes tornó a inquietarle de tal modo, que casi olvidó su atroz zozobra. ¡Aquel hombre! ¿De dónde conocía él a aquel hombre?... El italiano... Unas palabras pronunciadas por él en voz un poco más alta vinieron a rectificar con su acento la nacionalidad que le atribuyera. ¡Justo! Fauchino... y si no uno de sus compañeros... Tuvo miedo; sin saber cómo, paróse a pensar en la clase de gente que le rodeaba. Aquello era peor, mil veces más peligroso que su pasado.

Sin embargo, no sé qué confusas palabras de Juan azotaban sus oídos como la lluvia los cristales. Esforzando su interés con duro esfuerzo, tornó al tema :

— ^Yo sé que el dinero no es la felicidad. Con el dinero se tienen todos los placeres, todos los goces; pero a la primera pena, al primer des-

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engaño, lloramos por la honra, la honra que no es nada y es todo en la vida... Pero sii hijo tiene la existencia entera por vivir...

Tornó a denegar el padre:

— No puede ser, no puede ser. Para él la honra es la vida. ¿Comprende usted de lo que se trata? ¡La vida! ¡La vida de mi hijo!

Ramón casi dióse por vencido:

— ¡Dios mío! ¡Dios mío!

El otro insistió:

— Usted puede, Ramón, rehacer su vida. Yo no quiero perjudicarle. Yo le perdono y pido a Dios le perdone también. Nada haré aún. Espérese. Váyase, realice su fortuna y póngase en salvo. Gallaremos. Luego lucha usted, y donde llegó una vez volverá a llegar.

Dejóse llevar del desaliento:

— Nunca. La primera vez no tenía más que mis ilusiones. Ahora el peso de mi pasado sería más fuerte que yo y me arrastraría al fondo... Y además... ¡está ella!

Juan Pérez habló sereno, con voz de predicador :

— Si ella le quiere, no le abandonará y le ayudará a llevar su cruz.

Sin una gran fe afirmó :

— Me quiere...; pero en el mundo no somos libres de seguir los impulsos de nuestro deseo, sino que somos juguetes de las circunstancias y hace falta una voluntad de hierro para vencerla y hacernos dueños de la vida.

Hubo una pausa; los dos hombres permanecían frente a frente, al parecer, más que iracundos, anonadados. Al fln, Ramón pareció tomar una resolución :

— Está bien. Yo sé lo que he de hacer; pero es preciso que me conceda veinticuatro horas en

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que no daré un paso más, ni pronunciaré ni una palabra sobre esto. Después yo le juro que le daré una respuesta definitiva.

No oyó la respuesta; súbitamente abrióse un silencio, y una sensación de glaciedad pesó mortal sobre todas las cosas. Juan Pablo murmuró :

— ¡Ghist! ¡Ghist! ¡Silencio!

Luego, acercándose a Ramón, murmuró con voz casi imperceptible:

— ¡La Policía!... Gomo está Fauchino aquí...; pero no hay cuidado...

Entraron dos hombres, uno gordo y fanfarrón, con pomposa corbata en que ostentaba un grueso alfiler de brillantes; el otro bajo, escurridizo, con los párpados caídos y desvaído el color. Miraron a un lado y otro con miradas indiscretas de sabuesos. El hombre flaco vióle y dió con el codo a su compañero. Hablaron unas palabras en voz baja, y los ojos de los dos claváronse penetrantes en él.

Ramón sintió frío.

LA ESCARAMUZA

A cada tic-tac del reloj, a cada avance de las manecillas, su corazón palpitaba en espera de la catástrofe, que no acababa de estallar.

Hallábase cierto de que sobre su cabeza estaba suspendida la muerte, de que en vez de péndulo era una guadaña la que iba y venía rozando la cuerda, y la sensación, algunas veces, hacíase tan opresora que llegaba a desear que sucediera, para respirar, vencido, pero tranquilo. Era como en esas terribles pesadillas en que caemos, caemos sin cesar, y anhelamos llegar abajo, prefiriendo el golpe a la atroz sensación de caída inacabable.

La noche antes, tras la quietud glacial que la presencia de los policías había puesto en el ambiente, hubo una reacción de calor, de cordialidad, de verbosa alegría, como si todos ellos necesitasen olvidar. Hablaron mucho, rieron; el anarquista habíales invitado primero a aguardiente; luego, sacando dinero, propúsoles ir a un colmado a beber una botella de champagne, Y como Juan Pablo se asombrara, habíase encogido de hombros, desdeñoso:

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— :¡Bah! ¡Dentro de un par de días o no lo necesitaré o seré rico!

Fueron. Incorporóseles en el momento de partir un clown viejo, que tras hacer reír a tres generaciones, moríase de hambre. Era un hombre anciano, menudo y triste, con el rostro acuchillado de arrugas y los ojos enfermos; bebía mucho y contaba chascarrillos obscenos con voz sepulcral.

El colmado era sórdido y sucio. Olía a alcoba pobre y a cocina sin ventilación ni higiene. En el cuartucho de tablas apenas cabían. Sentáronse. El payaso pidió un plato de judías y un frasco de vino. El no quería aquella porquería de champagne, Por otra parte, el dorado líquido no parecía. Al fm dieron en la cueva con una botella polvorienta que sabía a moho y no hacía espuma.

Ramón intentó zafarse varias veces, pero Juan Pablo encarecíale la conveniencia de no abandonar a Pérez sino a la puerta del periódico. Le emborracharían y se le olvidaría todo. Pérez había aprendido a olvidar en el fondo de los vasos de vino. Bebía mucho. El y Juan Pablo trasegaban copa tras copa de aguardiente. Se enternecían, lloraban.

La pintora también empinaba el codo y dábale el naipe por pronunciar inflamadas soflamas. ¡La causa! ¡Ah, la causa! Y abrazaba al anarquista y daba la mano a todo el mundo. Después púsose a hablar en una jerigonza desconocida de su auditorio; después, a cantar un himno acompañado de gestos feroces.

Al fln, Ramón vióse en la calle con su víctima y consiguió llevarle a El Combale, En la puerta le tendió la diestra.

— ¡ No ! ¡ Eso no ! ¡ Sería demasiado cruel ! — ha-

bló el borracho rechazando la mano que le tendían.

Asustado, murmuró:

— Pero cómo, ¿se vuelve usted atrás?

— No, tampoco — balbuceó Juan — . Haz lo prometido. Espérese... pero amigo... ¡nunca, nunca!

Preocupado, angustiado, sin saber qué hacer, retornó lentamente a su casa. Allí encontró dos cartas urgentes. Una del presidente del Congreso proponiéndole anticipar la interpelación fijándola para el siguiente día. Otra de don Fermín, reiterándole su encargo y tornando a las advertencias de casa de Tortales, aunque tan sutilmente hechas, que nada ni a nada comprometían.

Entonces, con aquella facilidad de entusiasmo que le era peculiar, sintióse reanimado. ¡Bah! Tal vez la situación no era tan grave. ¡Justo! ¡Allí estaba el puerto de salvación! Un gran discurso, una pieza oratoria única, contundente, ¡y estaba salvado! Todas las manos unidas en un solo aplauso, todos los corazones fundidos en un entusiasmo, y era la patente de impunidad. Púsose a escribir 'con fervor, a rumiar ideas fuertes, nuevas y claras, a buscar argumentos, a ensayar ademanes... Por primera vez no se fiaba de la inspiración del momento, ni de su memoria, ni de su audacia. Tomaba notas, consultaba libros, sopesaba el pro y el contra...

Amanecía; Ramón Morales, febril, excitado, ansiaba que el tiempo pasase muy de prisa, muy de prisa, que llegase la hora decisiva.

A las nueve le entraron los periódicos. Hablaban de la situación política, de la interpelación que tendría lugar aquella tarde, del crimen, de los manejos anarquistas, de una pista

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misteriosa que seguía la Policía... ¡El Combate! Nada... Vaguedades...

Angustiado, temblando, la frente perlada de sudor, púsose en pie. ¡Allí estaba! Tal vez nadie, nadie sino él entendería; pero allí estaba la sonrisa amarga y cruel de Darro, la sonrisa que era como una amenaza mortal. Era un cuento o fabulilla titulado "El tejado de vidrio", uno de esos cuentos en moda hace muchos años, en que, bajo la frivola apariencia de recreación inocente, encerrábase un cruel veneno. Lo mismo podía ser seudo ensayo filosófico infantil que advertencia malévola y amenazadora. Decía así...

"SUBRAYANDO LA VIDA

"el tejado de vidrio

"Hubo una vez un hombre lleno de ambición que soñó con construir un palacio maravilloso desde cuyas terrazas pudiese apedrear con su desdén las moradas de los demás hombres. En las largas noches de miseria, tumbado en el arenal bajo el implacable zafiro del cielo, rumiaba sus deseos desesperadamente. El destino era duro para él, y como un cruel capataz de esclavos manteníale en el ergástulo. Veía a gentes, que su orgullo le mostraban inferiores, medrar e ir alzando sus albergues mientras que, peregrino errante, estaba condenado a caminar incesantemente sobre la arena. Primero soñó con la conquista de la fortuna en una noble lucha serena y clara; luego, sus escrúpulos fueron desgastándose y pensó sencillamente en ella; después aún, las malas pasiones lo llenaron todo, y pensó llegar a fuerza de astucia y de violencia.

"Una noche halló en el desierto a un rico mercader extenuado de sed, el tesoro al lado. Las fieras habían devorado su cabalgadura, y, rendido por la fatiga, dejóse caer allí. Por un momento pensó en salvarle; pero entonces el

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demonio de la ambición, aposentado en su alma, razonó así: — ¿De qué te servirá salvarle? Te arrojará algunas drakmas como se antojaran unos huesos a los canes hambrientos; en cambio, si tomas su tesoro nadie podrá reprochártelo, pues que no hay nadie para verte y serás rico. Además — prosiguió su casuística — de nada podrá servirle su tesoro, pues que va a morir sin contar con que el oro lo redime todo.

"Entonces el hombre ambicioso cogió los sacos de oro, y como pesaban mucho comenzó a caminar lentamente. Pero quiso su mal que el mercader volviese en sí, y al verle huir con sus riquezas comenzó a clamar con estentóreas voces:— ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! — . Ante el peligro tornóse cruel, y volviendo atrás dió muerte al robado. Luego cavó una fosa profunda y enterró el cadáver en ella. Por miedo a ser descubierto, allí mismo alzó el palacio soñado que así tuvo cimientos de arena, que ocultaban un muerto. Pero ¿qué más daba? Reunió maravillosos materiales, mármoles, jaspes, oro, plata, maderas preciosas, fabulosas pedrerías. Y tanto hizo, y tan grandes cantidades empleó, que hallóse con que para cubrir tantos prodigios sólo quedábale vidrio. Así el palacio, en que emplaza mármoles blancos como la pureza, jaspes duros y transparentes como las rectas conciencias, oro limpio como las noches serenas de los héroes, plata clara como las noches serenas de sueño, tenía por raíces la podre de un crimen; por cobijo, vidrios frágiles como la obra de quien tiene pasado quebradizo y rompible. De esta manera, cuando arrojaba piedras a los ajenos cercados, caían sobre los propios vidrios."

Tras aquello, que si a la mayoría de los lee-

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tores, ignorantes de su oculto sentido, parecería una cosa ñoña, cursi y sin otra trascendencia que llenar un espacio, para él tenía la pavorosa crueldad de una advertencia, venía un suelto político en que se anunciaba que el "luchador audaz y temerario" (raros adjetivos que no eran usados habitualmente) Ramón Alorales explanaría su interpelación aquella tarde. Y luego, vagamente, hablábase de cierta misteriosa proposición incidental, que no se sabía si sería o no discutida y que defendería un justiciero hombre público, muy afecto a El Combate. Por último, en enormes titulares, hablábase del crimen, y dejando grandes lagunas por llenar, contábase la historia terrible de Teresa y rehacíase parte de su vida para concluir con el anuncio de la entrada en escena de un personaje sensacional y tal vez de la publicación de unas cartas harto comprometedoras, que podían echar por tierra mal cimentadas reputaciones.

Ramón comprendió. ¡El ultimátum! Aún era tiempo. Toda su energía vaciló. Sentíase cobarde, infinitamente cobarde; como esos hombres que exponen su vida a diario en una empresa, y que ricos ya y próximos a retirarse, tiemblan ante el riesgo que les era familiar antes, tuvo miedo, mucho miedo. La idea de transigir le atenazó un momento. ¿Por qué no? Otros con más limpios pasados...

Entró el ayuda de cámara con dos cartas sobre áurea bandeja: una, de letra desconocida; la otra, de Ana Rosa. Abrió la primera; venía un recorte de El Combate con el cuento y algunas injurias. ¡Otro que sabía! La segunda era de la novia, altiva y fuerte, y decía: "¡Mi amado! Sé que es hoy la gran batalla. Estaré allí. Si

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vacilas, busca mis ojos; en ellos estará toda la energía que necesites."

Sonrió con rabiosa ironía. Aquello parecía una carta de heroína de película, un poco teatral y un poco ridicula, y, sin embargo, era una sentencia inapelable, era el dedo que le señalaba imperativo el camino a seguir.

Las doce y media ya. Vistióse cuidadosamente, ensayó aún. A la una el criado entró.

— El señor de Rozalejo.

¡Otro peligro! Ramón vió una nube nueva que se cernía sobre su cabeza; algo iba a detenerle, había un nuevo obstáculo que vencer.

— Voy en seguida; que tenga la bondad de esperar en el despacho.

Tuvo aún voluntad para no correr, para no precipitarse, para concluir parsimoniosamente su vestido. Luego miróse en el gran espejo. ¡Estaba bien! Aquel no era el aire vulgar, dudosamente limpio, sin resolución ni acometividad, de los políticos españoles; no era aquella torpe gaucheñe que les hacía parecer fuera de su sitio en un salón, ni tampoco esa pedantería de mal gusto, esa agresiva fanfarronería que les formaba en antipáticos. Era una apostura de varón grave y fuerte, hecho en una sabia dosis de ejercicio físico y de estudio, de hombre que está en plena madurez de la vida, que es dueño de sí mismo y sabe moverse entre las gentes de abolengo. Su alta estatura, la recia anchura de hombros, la frente clara y tersa y los ojos castaños, de mirar penetrante, iban muy bien con la severa levita que se abría sobre el pantalón negro y rayado y el blanco chaleco en contraste con el plastrón de seda negro prendido por gruesa perla. Satisfecho de sí mismo, dirigióse al despacho y abrió la puerta.

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Casi inmediatamente se arrepintió; debía haber espiado, observado primero. Pero perduraba en él aquel aturdimiento, aquella precipitación que hacía que después de meditar mucho en una cosa, al llegar el momento peligroso, cegárase.

— ¡Mi querido jefe!

Rozalejo volvióse, y con cordialidad efusiva en que había no sé qué de inquietud y de preocupación, fué a él tendiéndole las manos:

— ¡Querido amigo!

En plena luz, cara al balcón dorado por el sol otoñal, pudo Ramón observarle a sus anchas. Parecía realmente triste y preocupado. Su pergeño británico era como siempre correcto, impecable; lustroso el planchado de los cabellos blancos y escasos; el ademán cortés, presto, nervioso ; pero había en su rostro un no sé qué de cansado, surcaba su frente honda arruga, y los párpados caían aún más plomizos sobre los ojos vagamente apagados. Morales tuvo la certeza de que aquel también sabía y temió. Sin embargo, por un momento dudó por dónde saldría, y en el fondo de su alma, en ese lugar donde se incuban determinaciones que no son firmes, decidióse a claudicar, a ceder... si aún era tiempo. Pero como temía al silencio, a los ojos escrutadores del jefe, que adivinaba acechante, agazapados tras los párpados, púsose a hablar :

— ¡Qué satisfacción verle! Justamente iba a ir a su casa para cambiar impresiones sobre el debate de hoy... Va a ser, espero, algo fuerte y rudo... He pensado en lo que le dijo y comprendo su gran razón; sin embargo...

Una luz apenas visible de malicia pasó por el rostro del político:

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— ¿Sin embargo?...

Parecía esperar un cambio de frente, una transformación :

— Sin embargo — prosiguió Ramón Morales — insisto en mi idea; hay que ser rudos, claros, contundentes...

D. Fermín Rozalejo miróle un momento, tosió, carraspeó, y acercando su butaca al sofá en que estaba sentado, interrogóle:

— ¿Ha leído usted hoy El Escándalo?

Palideció intensamente Ramón:

— No; no lo he leído... Un papelucho... una guarida de chantages.

Sin decir nada, el viejo sacó la hoja y se la ofreció. Allí, en primera página, estaba el artículo. Titulábase "La verdad saliendo... de la cárcel", y era un tejido de palabras groseras y soeces, en cuyo fondo dormía como en una laguna de aguas putefractas un cadáver, la historia de Juan Pérez, de Teresa y de Ramón.

Este devolvió el periódico a su interlocutor:

— ¡Una canallada!

Calurosamente aprobó Rozalejo:

— ¡Una grandísima canallada!

Añadió Morales:

— Que sólo merece el desdén de las gentes honradas...

No le siguió don Fermín por aquel camino.

— ¡Alto ahí! Si efectivamente fuese eso sólo, tendrá usted razón sobrada para despreciarlo; pero es el caso que coincide con extraños conceptos, con raras observaciones y con insinuaciones malévolas que se deslizan hoy en El Combate, y eso ya es más grave.

— ¿ Entonces ? — interrogó.

Don Fermín Rozalejo pareció meditarlo mucho antes de lanzarse a hablar. Por fin apoyó

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la mano en el hombro del acusado, y con afectuoso tono comenzó :

— Mire usted, mi querido Morales, mejor es que hablemos muy claro, que sea yo el que le diga a usted las cosas que no otros. Además, mantenerle en la ignorancia equivale a dejarle inerme ante el ataque. Claro que tratar de ello no significa que vaya a creerlo, sino que conviene ponerle sobre alerta.

Disimulando su angustia interrogó :

— Desde hace unas horas corren rumores desventajosos, digámoslo así por no decir injuriosos, contra usted. Son el venticello de la calumnia, ese airecillo que no se sabe de dónde sale, pero que es traidor, que hiere, que mata. Su nombre, siempre limpio, claro, inmaculado, ese nombre que nos hiciera buscarle como al paladín, al Lohengrin, me es dado decirlo así, intentan mancillarlo no con vulgar cuestión política, no con ningún asunto más o menos limpio, sino con sangre!

Violentamente púsose Ramón en pie:

— ¡Es una infamia!

Calmóle el otro con un gesto benévolo:

— ¡Qué duda cabe!... Ahora bien, ya sabe usted ese dicho tan español, tan cínico y tan cruel: "Calumnia, que algo queda."

Sereno, altivo, recobrada la teatral presencia, afirmó él :

— La verdad se abre paso y sabrá confundir a los calumniadores.

La resolución pareció merecer todo elogio de Rozalejo:

—¡Bravo! El gesto es admirable.

Callaron. El gran político meditaba, atormentado por obscuras dudas, por informes problemas. Ramón, por su parte, comprendía que

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aquello no había concluido, que aún quedaba algo : lo más cruel y lo mas amargo de todo.

— El caso es... — comenzó don Fermín.

— ¿El caso es?... — interrogó su interlocutor.

Rozalejo meditó aún unos momentos; luego, sin contestar, lamentóse:

— ¡Qué mala suerte! Justamente ahora, en este momento que la famosa interpelación... Gomo que no cabe duda de que ha sido una maniobra de nuestros enemigos, una vulgar maniobra política, pero...

— ¿Pero? — repitió con más afán del debido.

— Pero con la suficiente eficacia para estropearnos todo el efecto.

El seudo acusado callóse, cohibido, vacilante. Todos los acontecimientos desarrollados aquellos días, el encuentro con Juan Pablo, la conversación con Darro, las cartas, Juan Pérez, todo, todo volvía tenazmente a su memoria, y le cohibía, robándole seguridad.

Por su parte, el político daba muestras de fastidio, de pena; realizaba la comedia del hombre que tiene que decir algo que le es muy penoso. Por último habló :

— Gomo le indicaba a usted, es un verdadero fastidio, una complicación formidable lo sucedido. Aunque ya sé que a la larga todo se pondrá en claro; por hoy no deja de quitarle autoridad.

Ofendido en su delicadeza, Ramón reveló:

— Si quiere usted, me retiraré del partido...

Don Fermín no le dejó seguir. Gon un gesto cordial echóle las manos a los hombros y sacudióle amigablemente:

— ¡Qué disparate! ¡Quién habla de eso! Lo que no sé es si tal vez modificando los términos de la interpelación, llegando a una fórmula con Darro...

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Gomo movido de un resorte, el otro púsose en pie violentamente:

— ¿Ceder? ¿Transigir? ¡Nunca! ¡Nunca, me oye usted, nunca! Mi conciencia me lo prohibe.

El caudillo habíase serenado como por ensalmo. La falsa tristeza, la melancolía convencional fuéronse sin dejar huella, y habló frío, comedido, escéptico:

— Es usted demasiado inteligente, mi querido Morales, para no comprender,.. Guando en este mundo estamos solos, cuando no representamos nada ni significamos nada, podemos hacer lo que nos interese; cuando una gran fuerza se aloja en nostros, tenemos que mirar mucho lo que hacemos, y casi siempre que desechar el primer impulso, domar nuestra voluntad.

Torvo, cejijunto, escuchaba Ramón. Don Fermín prosiguió:

— Greo que tiene usted fe en mí, que sabe cuán leal y sincera es mi amistad; es, pues, preciso que me escuche con calma...

Gravemente pidió Morales :

— Hable usted.

— Pues bien, amigo mío; estamos en un momento de peligro en que no hay más que dos soluciones : o llegar a un acuerdo con Darro, modificando en el fondo, aunque en la forma sea la misma, el alcance de la interpelación...

— ¡Gosa que no haré nunca!

Rozalejo no pareció oír:

— O renunciar a ella.

Ramón Morales le miró a los ojos. ¡Ahí estaba ya lo que él temía! Iban a abandonarle, a desautorizarle, a dejarle a sí mismo. Firme, voluntarioso, afirmó :

— Estoy decidido a hacerlo.

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Tocó el turno de mirarle glacialmente a don Fermín :

— Sintiéndolo mucho, el partido no podrá seguir por ese camino y me veré en el triste caso de desautorizarle.

Ramón púsose en pie como quien remata una conferencia y despide a su visitante:

— Esta bien.

El político insistió aún:

— Piénselo, amigo Morales. Esa interpelación sin la inmensa fuerza que da un partido entero no puede menos de ser un fracaso.

Cada vez más sombrío, con opaca firmeza de suicida, afirmó Morales:

— Será la interpelación de un hombre honrado ante la infamia de unas gentes sin conciencia.

— Será una locura — murmuró Rozalejo. Y como el otro hiciese un vago gesto de desdén :

— Una locura muy grande... Le vencerán, le acorralarán, le deshonrarán, se verá sin una mano amiga...

Fué teatral:

— Nunca se está mejor que a solas con la conciencia tranquila.

En el coche que le llevaba hacia el Congreso, la perenne sonrisa amarga, burlona y cruel crispó sus labios. Sintió una piedad desdeñosa de sí mismo. ¡Era idiota, y lo que es peor, imbécil! La frase de Fouché, el hábil político francés que pasó sin perder la cabeza, ni en sentido real ni figurado, al través de la Revoción, del Imperio, de la Regencia y del reinado de Luis XVIII: "Es más que un crimen, es una torpeza", resonó en su memoria. El pasado...

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¡ Bah ! El pasado estaba muerto y bien enterrado a condición de no arrepentirse de él. Aunque esto sea profundamente inmoral, cuando se ha dado el gran paso en un camino, hay que seguir. Mientras se camina sin volver los ojos atrás, todo va bien; pero, ¡ay del que siente escrúpulos!, entonces está perdido. La única defensa contra el pasado es subir, subir muy a prisa para que no pueda seguirnos. Entonces, cuando llegue arriba, ya habremos muerto y seremos un interés creado en la vida de los demás. ¡Había sido una torpeza! Su crimen no era lo grave; lo grave era, olvidándolo él, recordárselo a los demás. Por un momento sintió un amargor infinito; todo su ensueño de redención, todo su puriflcador anhelo, todos sus fervores y entusiasmos, habían sido una necia pirueta. ¡Y sin embargo fué sincero, y su entusiasmo, verdad, y su fervor espontáneo!... Hablábase desalentado, casi vencido. No sabía bien ni lo que en realidad sentía o pensaba. Unas veces amaba a Ana Rosa con innegable ternura; su recuerdo era un consuelo y una esperanza, y otras, mirábala tan sólo como un medio para triunfar, para defenderse, para ser inviolable. Y con todo igual; sus ideas nobles y serenas parecíanle a ratos un apostolado digno de ofrendarle la vida en holocausto; otras veces, una vil mixtificación. — No soy un carácter sostenido — pensó aún, con ironía.

La tarde era fresca, clara y serena, casi invernal. En el cielo, de un azul desvaído, lucía el sol tibio y dorado, y la ciudad tenía una alegría Cándida, que se diría norteña, en contraste con los anocheceres dignos con su vaho de oro de una Dánae. Las calles madrileñas, prisioneros los estudiantes en las aulas, los obreros en

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los talleres, los empleados en las oficinas y las modistas en los obradores, parecían menos alegres, pero más diáfanas, púdicas, pulcras y aristocráticas. Había menos gente, y la que había era más reposada y comedida, ocupaba menos sitio.

Sin embargo, en un atasco del coche en las Cuatro Galles, algunos le reconocieron, y dándose en el codo, cuchichearon. Ramón interpretó aquellas muestras de curiosidad de la peor manera. Porque sucede que es de tal modo nuestro espíritu, que todas las cosas aparécensele según su estado, y así trueca en ofensa lo que en ocasiones mira como homenaje y en prueba de entusiasmo lo que en horas de vencimiento consideraba como escarnio. Verdad que nada hay más movible que la multitud que tiende palmas al paso, para crucificar o llevar al cadalso... para ya allí proclamar emperador.

Descendió en el Congreso por la puerta de Floridablanca. Unos periodistas le saludaron, y sin saber por qué, creyó ver algo de irónico en su saludo. Ya dentro, ya el respeto de los servidores, los saludos apresurados de algunos políticos, la atención de los periodistas que le rodeaban, devolviéronle aplomo. Eran los preliminares de la batalla. No estaba perdida; sencillamente por dar aún. ¡Bah! ¡La ganaría!

Tropezó con un grupo numeroso : el marqués de Regalda, Garci-Lasso, Pinzón-Díaz, Rafael Dolmén, aquel periodista batallador, inteligentísimo, apasionado, entusiasta, paladín de causas nobles... a lo menos aparentemente. Catín, que había trepado hasta ministro y luego esgrimía aquel ex como una catapulta formidable; don Silvano Romera Fuentes, con sus bucles profusos, su empalagosa oratoria de con-

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Atería y sus gestos pomposos mal secundados por el labio colgante y los ojos de pez sin expresión; Pérez Cañete, muy joven, muy ambicioso, mundano, bailando cotillones, luciendo levitas irreprochables e intrigando a la sombra de papá, que insensiblemente iba relegando a segundo término; el general Cerrojo, el héroe de la Regencia, que si bien no había ganado batallas ni conquistado territorios, con su enorme tripa, sus ojos bovinos y su aire pachucho, había, en cambio, salvado la monarquía en las encrucijadas de la política, y Patudo, un hombrecito pequeño y feo, un poquito pedante y otro poquito enfático, pero que valía en realidad. Angel Patudo era uno de esos muchachos estudiosos y modositos, que ganan matrículas de honor y son el número uno de la clase, y que cuando pequeños hablan de las leyes de Solón, y ya mayorcitos, cuando hay que plantear una tesis universitaria, sacan a relucir el origen de las democracias. Angelín, hijo de familia distinguidísima, un poco encanijadillo, paliducho y narigudo, con su calva incipiente, había hecho su presencia en el mundo en casa de la condesa de Baldaira, en quien por raro acaso transformábase la máxima jesuítica, pues en vez de decirse que "el fln justifica los medios", podía afirmarse que "los medios justificaban el fin", puesto que no había obra bella o grande en que no emplease su fortuna a la conquista de una posición. En el palacio de la dama, en vez de bailar o conquistar a las chicas, dió Angelín en la flor de rondar la tertulia de los políticos influyentes, aprobando lo que decían con grandes cabezadas de aquiescencia. Un día, en un banquete, destapóse por fin. Hablábase de cuestiones obreras con esa incon-

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gruencia y ese absurdo con que lo hacen siempre las gentes bien, cuando Angelín tomó la palabra: "La sociología es una ciencia compleja..." Tuvo un éxito de risa. Desde entonces tomáronle a broma y hasta bautizáronle con el nada amable apodo de Mirabeau chico, sin que en realidad supiese ninguno lo que el político francés tenía que ver en semejante fregado. Sin embargo, Llórente, imparcial y justiciero, comprendió cuánto había de arbitrario en aquel desdén y púsose a proteger al chico que, enamorado del estudio, poseía una vasta erudición.

Completaban el grupo algunas figuras borrosas, diputados del montón, cuya existencia parécenos un mito como la de las sirenas u otros monstruos de la fábula, y cuyo nombre pronunciado por el presidente con la frase sacramental: "¡El señor Cornejo tiene la palabra!", nos sume en el pasmo.

Todos acogieron a Ramón con efusiva cordialidad. Sólo el insoportable Garci-Lasso tuvo un gesto de repulsa y alejóse distraídamente sin darle la mano. Ramón lo notó; pero los otros agobiábanle a preguntas y hubo de poner en ellos su atención:

— Muchas gracias, señores, por sus frases halagadoras para mí; el paladín es bien poca cosa ciertamente. Lo interesante es la causa; ella, por sí sóla, se abrirá camino; ella resplandecerá con la luz de la verdad. Es preciso hacer justicia a los pobres, a los vencidos, a los miserables... si no queremos que ellos se tomen la justicia por su mano. — Dejó una pausa, y descendiendo del trípode, adaptóse a la realidad: — El origen de las revoluciones ha estado siempre en las injusticias sociales; la miseria es la peor consejera. ¿Recuerdan

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ustedes las palabras de Shakespeare en el ''Julio César" : ''Dadme hombres gordos, alegres, que coman bien y duerman mucho; los peligrosos son los hombres flacos y macilentos." El que se encuentra bien hallado en una postura no pretenderá cambiar de ella. Es preciso hacerse cargo de todo el horror de la miseria, sentirlos vencidos de la vida, si no queremos que un día se alcen ante nosotros convertidos en un monstruo formidable pronto a devorarnos. La estúpida frase de María Antonieta: "¿No tienen pan? ¡Pues que coman bizcochos!", le costó la cabeza.

Angel Patudo interrogó :

— ¿Entonces el discurso?...

Afirmó Ramón:

— Va a ser justo.

Pérez Cañete quiso mostrarse maquiavélico, sutil, escéptico y maligno :

— ¡La justicia es una cosa tan elástica!... La justicia, como la moral, es cuestión de climas.

OrguUosamente (a Pérez Cañete parecíale que pedantescamente) aseguró Ramón:

— La mía sera justicia seca, contundente; justicia pura.

Don Silvano Romero Fuentes tuvo un gesto de suficiencia; con la mano regordeta acarició los bucles canos, y en su andaluz dulzón y empalagoso comenzó:

— La fe en la justicia es en la vida de los pueblos lo que la tranquilidad del alma en la vida de los hombres. ¡ Feliz el pueblo que pueda dormirse reclinado en la justicia, como feliz el hombre que puede dormirse apoyado en su conciencia! No hay almohada de flores...

Rafael Dolmén, práctico, quiso atajar la feliz oratoria del ex ministro:

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— El discurso será un éxito. l

Pinzón-Díaz, el hombre cordial, decidido a no j

soltar prenda nunca, pero a mostrarse, eso sí, c

infinitamente simpático, dió una serie de pal- i n

madas, que igual podían ser de adhesión que e

de aliento, que de melancólica conmiseración. | ti

Cautín, que en una crisis próxima veía pro- b

habilidades de volver a ser ministro, animó : fc

— Nada, nada; de esta lucha. Llórente, con i l(

todas sus ínfulas de severo, de recto e incorrup- | d

tibie, caerá por tierra y tendremos al bueno de u

don Fermín Rózale jo... í zi

Apresuróse Pérez Cañete, ante la perspectiva te

de una Subsecrertaría, o, por lo menos, de una le

Dirección general, a dar su placel: Pi

— ¡Qué admirable político es Rozalejo! El en- i

tiende la cosa pública de España. Aquí el ver- \[

dadero secreto del buen político es no hacer ¡r

nada; contemporizar, suavizar, ir tirando... \[

¿Conocen ustedes el cuento de Anderson? — Con ^

cierto gracejo contóle — : "Pues, señor, había ^

una vez un soberano, buena persona, bien do- pi

tado, de natural ingenio y excelente voluntad; ^\

pero a quien todos esforzábanse, por interesa- ¡

das miras, en ocultar la realidad. Mostrábanle [,i

la parte más banal y frivola de las cosas; ense- |

ñábanle que el arte de ser un buen rey estriba- !

ha en exhibirse rodeado de la pompa y boatos I ^

cortesanos, en lucir galas... Todos los años, el \^

día de la solemne procesión cívica, mostraba a ^

su pueblo en toda la magnificencia de su corte, jp,

y cada año esta magnificencia iba en aumen- y to; cuando una vez... Acercábase la fecha mar-

cada y el rey comenzaba a preocuparse de cómo p,^ mostraríase en aquella ocasión, cuando llegaron al palacio tres aventureros. Decíanse hábi-

les tejedores, poseedores del maravilloso secre- L

to de una tela que a su magniflcencia insólita y a su belleza sorprendente unía una rarísima cualidad: la de ser invisible a los ojos de los necios. El buen rey, que, materialmente, y dicho en prosa llana, no sabía qué ponerse, y quien tampoco parecíale estuviese de más conocer bien a su corte, aceptóles y mandó darles cuanto precisárales para su obra. Llenóseles un cuarto de oro, otro de plata, otro de pedrerías y otro de sedas, y en grandes bastidores dieron comienzo a su labor. Noche y día trabajaban concienzudamente; pero, cosa rara, nada veíase en los telares, aunque sus manos tejiesen diligentes y los tesoros se evaporansen como por ensalmo. Pasados unos días, el monarca quiso saber cómo iba aquello, y envió un chambelán que, tras de detenerse ante los vacíos telares, quedóse yerto : ¡no veía nada!, ¡era imbécil!... Para no confesarlo púsose a lanzar gritos de pasmo y maravilla y loó ante su señor la tela como se merecía. Pasados unos días más, creyó el príncipe que era llegado el momento de que el gran jefe de su corte viese la. obra y envióle. ¡Cuál no sería el horror del pobre funcionario al sentirse cegato y por ende creerse idiota! Pensó: — Si lo digo perderé mi puesto, naturalmente, desde el momento en que un simple chambelán lo ha visto. — púsose a lanzar gritos de asombro. Pocas horas después el mismo rey quiso admirar la magna obra, y seguido de todo su séquito, encaminóse a la parte del palacio donde trabajaban los bandidos. Con honda amargura el infeliz monarca dióse cuenta que mientras los personajes de su corte, a juzgar por las exclamaciones de pasmo, debían de ver maravillas, él no acertaba a ver nada, absolutamente nada. ¿Qué

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hacer en tan peliagudo trance? ¿Jugarse la corona por una entendida probidad? ¡Tontería! Puesto que el único imbécil era él, callaríase el terrible secreto, que puede decirse que era un secreto de lesa majestad. Unió, pues, sus elogios a los de sus cortesanos, aumentólos, exagerólos aún, y tras de mandar que premiasen como se merecían a los bribones, fuése a sperar el día solemne. Mientras, los mixtificadores, con unas grandes tijeras aúreas, cortaron la tela que no existía, cosiéronla luego imaginariamente con agujas de plata, y por fin, en la fecha fijada, presentáronse en la cámara regia llevando unas bandejas en que no había absolutamente nada. El rey, bañado, rizadas las barbas, dejóse revestir con las galas imaginarias, y así, bajo palio, salió a la calle. Todos, absolutamente todos, señores , clero, ejército, pueblo, veíanle desnudo; pero también sabían todos que la famosa tela era invisible para los necios y aparentaban verla, y rompían en aplausos frenéticos. Hasta que un niño (la niñez no sabe el valor que para los hombres tiene el pasar por necio) ingenuamente afirmó: — ¡Si el rey esta desnudo ! — Entonces la madre, entre su vanidad que le aconsejaba mentir, o su amor maternal que le llevaba a sostener a su hijo, optó por éste y afirmó también: — ¡El rey está desnudo ! — Y allí acabó la ficción, y con ella la cívica ceremonia".

Contado el cuento, Pérez Cañete quiso dogmatizar :

— Algo de eso nos pasa a los españoles. Necesitaríamos el niño que nos diese la pauta de verdad, que en nuestra farsa política tasara los valores. Hace falta decir la verdad.

Ramón esperó algo que él mismo no supo en

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el primer momento lo que era. ¡Ah, sí! Aquel banal elogio de siempre, aquel: "Sólo usted con su limpia ejecutoria..." Nadie lo pronunció, sin embargo, y sintió el malestar de su ausencia. Pero Cantín, siempre puestos los ojos en la posibilidad de aquel ministerio de concentración en que él, con su grupito de cinco diputados, podría tener una representación, afirmó :

— El debate será ciertamente cosa interesantísima.

Gomo un eco, tras constastar lo inofensivo de la afirmación, corroboró Pinzón-Díaz: — Interesantísima. . .

Don Silvano, hombre práctico, dió su parecer propicio :

— Llevado por un orador de la modernidad y la fuerza de usted y con la formidable autoridad que da tener tras sí un gran partido de gobierno...

Había llegado el trance amargo. Casi estuvo tentado de callar y dejarles creer; pero la idea del ridículo una hora más tarde le dió valor :

— No, eso no; hablaré tan sólo por cuenta mía. Me he separado, por incompatibilidad de apreciaciones, de don Fermín Rozalejo.

Hubo una gran pausa glacial en que, aunque nadie se movió, Ramón Morales sintió que ^ se alejaban infinito de él. Don Silvano Romero Fuentes murmuró, torciendo el gesto:

— No sé... tal vez... ; claro está que no es igual un hombre sólo, por mucho que sea su valor, que un gran partido...

Gantín corroboró :

— ¡Glaro está! Sin embargo...

El paladín miró a los otros buscando su opinión; pero Pinzón-Díaz, acometido de súbita cordialidad, había corrido a estrechar entre sus

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brazos a don Rosón Bolinche, felicitándole por el discurso pronunciado la tarde antes en su recepción académica; Pérez Cañete, siempre galante, ocupábase de enviar unos caramelos a dos damas extranjeras que estaban en la tribuna, y Angel Patudo, inspirado, disertaba de filosofía política con el marqués de Regalda, que parecía abstraerse escuchándole. Sonaron los timbres.

Ramón despidióse y fuese presuroso, al tiempo que, como por ensalmo, cerrábase nuevamente el grupo.

Llegó Murciano:

— ¡Señores: la gran noticia! Hay presentada una proposición incidental que inutilizará a Morales, esterilizando el efecto de su discurso, pero... ¡Llórente no quiere discutirla!

— Ser fuerte no es tener a nuestro lado lodos los ejércitos del mundo, todos los cañones, todos los barcos, las armas todas; ser fuerte es tener la justicia de nuestra parte, es estar en plena posesión de nuestra conciencia. Una sola razón vale más que todas las hordas guerreras; podrán vencerla momentáneamente, reducirla a la impotencia con cadenas... Día llegará en que se alce tan fuerte y tan poderosa, que todos sus enemigos rodarán por tierra y serán como pigmeos que hubiesen hecho su campamento sobre el pecho de un gigante. Una razón, una verdad, una sola, y como la palanca de Arquímedes, bastará para mover el mundo.

En los bancos de las extremas izquierdas, dos o tres diputados de los que, noveles al fin y al cabo, se dejaban influir por el latiguillo, iniciaron un aplauso que encontró vago eco en

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las tribunas. Pero Francisco Guijarro, el admirable tribuno, el héroe de las democracias que tan bien sabía inflamar los entusiasmos populares y ponerse a salvo camino de América, al sentir en los murmullos de la Cámara que le era hostil, impuso silencio con un gesto, mientras que Constancio Laredo, que escuchaba atentamente, denegaba con la cabeza. No, aquel no era el esperado; aquel no haría nada. Era el tal Morales una mezcla de iluso y de vividor, lo que él consideraba más peligroso de todo, uno de esos hombres que cuando hay que estar en el firme terreno de los negocios se dejan inflamar de entusiasmo estéril, y que tampoco puede fiarse en su fervor porque a lo mejor de la cosa se sienten prácticos y lo echan todo a perder.

Constancio Laredo era un hombre fuerte, bilioso, débil físicamente, férreo moralmente. Pequeño, encanijado, el rostro amarillo, bilioso, de firmes y acusados trazos; tenía una frente amplia y clara de pensador y unos ojos que lucían maravillosos de inteligencia tras de los lentes montados en oro. Era un tipo, al parecer, insignificante; pero que se crecía y llegaba a constituir el verdadero tribuno de la plebe por encima de la magnífica ampulosidad oratoria de Francisco Guijarro, de la travesura de guerrillero, muy eficaz, pero no suficiente para conmover los cimientos sociales de Luis Valdés y de la oratoria pomposa con ínfulas filosóficas de Feliciano Gálvez.

Ramón Morales hizo un amplio gesto tribunicio y reanudó :

— En la historia de la Humanidad, la justicia ha triunfado siempre, temprano o tarde...

— Tarde — apuntó Luis Valdés, incisivo — . Pre-

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gúnteselo su señoría a su ex jefe don Fermín Rozalejo.

Ramón prosiguió :

— Es preciso tener la fuerza y el valor de decirlo aquí todo, de decirlo claramente, rotundamente, sin eufemismos, decirlo todo...

Una voz irónica apuntó:

— Todo, todo...

Hubo murmullos y algunas risas en sordina. Ramón pareció crecerse :

— ¡ Todo, todo ! . . . — afirmó orgullosamente — . La verdad se abre paso tarde o temprano. Y es nuestro deber, el más sagrado de todos los deberes, cooperar a su triunfo, hacer que resplandezca en la obscura noche de las mentiras convencionales en que medran los hombres, tanto más cuando ligados a esa verdad están los destinos de muchas, muchas vidas humanas.

El gesto ahora era magnífico, altivo, desafiador. La cabeza echada hacia atrás, los ojos abiertos, fulgurantes, mirando serenamente a todas partes, el accionar parco y pausado, tenía, con su levita abrochada y su chaleco blanco, que dejaba asomar el negro plastón sujeto por gruesa perla, una nobleza tribunicia.

El auditorio, prisionero por la música de la voz, escuchábale atento; de vez en cuando iniciábase el aplauso, y Ramón Morales sentía que iba a triunfar, que lo que comenzó con crueldades de enjuiciamiento, acabaría en apoteosis.

No cabía ni un alfiler en el salón de sesiones. En el banco azul. Llórente, con todos los ministros, entre cuyas figuras borrosas de puro claras — retratos de Vicente López — , vulgares, adocenados y burgueses, sin la misteriosa inquietud de su alma, destacábase la cara picara y burlona de Barandales. Detrás de ellas la ma-

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yoría, compacta al parecer, dividida en realidad por opuestas y antagónicas ambiciones.

El talento genial de Llórente, su prestigio de salvador, su energía, el respeto que inspiraba su probidad y las armas nobles y caballerescas que empleara para escalar la cima, mantenían la cohesión a lo menos de un modo figurado. Sabían que Llórente era una de las grandes esperanzas de la Monarquía, que no claudicaría, que sería leal, que por lo mismo que sus ideas eran sinceramente liberales no buscaría los atajos; pero tras él bullían las ambiciones de todos que, como los emboscados del Senado romano, sólo esperaban la señal para clavar el puñal envenenado. Sin contar a Barandales, el más inteligente, astuto y audaz, allí estaba Valdallano con su acritud malhumorada; Gracián, matizado por una untuosidad pegajosa y amable que cubría locas ambiciones de poder; Tanda, joven, fuerte, con la cabellera hosca y negra y una rara energía, una acometividad sin límites servida por visión de águila y ambición emprendedora; el viejo marqués de Salsoso, derrengado, moribundo, la cara lívida, adornada de lacias patillas blancas, los dientes puntiagudos y amarillentos y los ojos saltones sin párpados, y por fin, Dolmén, que esperaba llegar por eliminación^ es decir, inutilizando a fuerza de malignidad a todos los demás. Era el partido un mosaico que sólo la enorme autoridad moral de Llórente mantenía compacto.

Frente a ellos tendióse la minoría, presidida por Rozalejo, en que si bien había las mismas ambiciones eran más discretas y encubiertas, mantenidas por un mutuo respeto. Así, por ejemplo, nadie disputaba el dominio del reino de Geres al marqués de Aldá, desde que pasó

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tres días en una granja que tenía junto a Madrid, y allí aprendió a distinguir el trigo de la alfalfa. Ahora el marqués, muy flaco, muy largo, muy amarillo, metióse concienzudamente im dedo en la nariz mientras pensaba en los riegos. Tampoco nadie discutía su progenie en el partido, y los derechos que concedíale al barón viudo de Tembleque, ni su calidad de hombre de peso a Alendaño, ni su pesadez plúmbea, realmente indiscutible, a Garci-Lasso.

Después venían los que ya no eran oposición de Su Majestad, sino oposición a secas; Félix Cristiano, ostentando sus revueltas greñas y su . barba de apóstol dinamitero; los republicanos, los carlistas, los católicos, y perdidos entre todos ellos algunos que no tenían carácter definido. Destacábase de la masa vulgar el perfil de presa y los ojos perforadores, fríos y ardientes, de Darro, que parecía escuchar esperando su hora entre irónico e inexorable.

Las tribunas también rebosaban gente, gente que no era la habitual allí, que sólo acudía a las grandes solemnidades. Damas muy chic, ostentando como en una fiesta aristocrática los últimos modelos de París ; chicos bien, personalidades curiosas, hostiles o apasionadas, y en primera fila, Ana Rosa.

Estaba guapa. Una toca minúscula de plumas aprisionaba los cabellos de un tenue dorado, y tras el velo, en el rostro céreo, levemente ambarino, lucían las grandes pupilas tostadas. Pieles suntuosas resbalaban sobre sus hombros y enormes perlas ceñían el cuello. Muy inclinada sobre el antepecho, escuchaba con una muda atención, que denunciaba su intensidad, unas veces en cabezadas aprobadoras, otras en nervioso tic, que crispaba el ros-

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tro en una mueca a que correspondía la mano. La entrada de Ramón Morales fué sensacional. Al verle aparecer hubo un movimiento extraordinario de expectación. Todos esperaban el acto político. Si iba a su puesto habitual, si desde allí explanaba la interpelación, el Gobierno caería sin remedio, al tener el orador el apoyo de la oposición, sin cuya benevolencia el partido fragmentario no podría gobernar; si se iba solo, el que se perdería sin remedio era él.

Ramón cruzó, altivo y orgulloso; desdeñó su escaño, volvió un instante los ojos hacia Ana Rosa y fué a sentarse entre los independientes, cerca de un hombre de albos cabellos y nevada barba, ademán noble y ojos dominadores.

En el rasante de la política española, Alvar rebasaba la medida. Realmente no se sabía si era un hombre genial o si destacábase sencillamente por un contraste de sus ideas, con las ideas de los otros; sin embargo, había en él un algo que daba enérgico señorío al gesto, sonoridad dominadora a la palabra, serena resolución a la mirada, y ese algo era la fe. En la famosa clasificación de los políticos, los que no creían en Dios ni en los demás, pero sí en ellos mismos — Cánovas — ; los que no creían en Dios, ni en sí, ni en los demás — Silvela — , tocábale a Dios, en sí y en los demás. Tenía fe, una fe dura, inquebrantable, invencible, una fe capaz de abrir un camino en el Mar Rojo, de hacer brotar agua de la roca y de transportar las montañas. En el escepticismo ambiente que en España inutilizan todas las bellas y generosas iniciativas, un escepticismo pobre que no está sostenido por una de esas serenas abnegaciones o uno de esos altos espíritus de sacrificio que jus-

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tifican ante la Historia; aquella fe de Alvar era como faro en noche de bastardas miserias.

Ahora, mientras Ramón hablaba, escuchábale atento y casi aprobador. A su lado, otro hombre de enorme inteligencia también, pero más taimado, astuto y audaz, que no se sentía como su jefe, investido de una misión divina, pero sí con fuerzas para conquistar el mundo, sonreía, socarrón, acariciándose las barbas cortas y rojizas.

Ramón Morales seguía hablando :

— Es preciso, señores diputados, que por una vez rompamos con la vieja rutina, que sin qne nos demos cuenta se convierte en complicidad. Esa es la palabra^ ¡complicidad!, palabra dura, cruel, inexorable, pero infinitamente gráfica. Y es preciso también que seamos superiores a nosotros mismos, que dejando de lado ambiciones, luchas, rencillas y rivalidades, lleguemos a algo que, a fuerza de simplicidad, es muy difícil de alcanzar, que seamos humanos^ llenos de fraternal comprensión, de espíritu cordial, de fervor y de piedad.

Hubo murmullos aprobadores. Iniciáronse aplausos. Darro, en su escaño, palideció. Desde la tribuna los ojos de Ana Rosa parecieron hipnotizarle. Animado por el éxito, enardecido, casi olvidado de sus temores, siguió:

— Abramos paso a la verdad, seamos justicieros, aunque sólo sea por egoísmo; demos a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César...

Resonaron más aplausos. Darro pareció decidirse, mientras Ramón continuaba:

— Abordemos resueltamente el vergonzoso asunto de La Metalúrgica; proyectemos un gran reflejo do justicia sobre el negro abismo en que

los hombres, como en dantesca visión, agonizan entre las monstruosas larvas de crueles concupiscencias y malvadas pasiones; opongamos al egoísmo de los unos la justicia, antes que estalle la ira de los otros; repitamos las palabras sagradas: ''¡Hágase la luz!"

En la tribuna pública resonó una voz que profirió groseramente:

— ¡Empiece usted por su casa!

Iracundo, el presidente revolvióse amenazando con hacer desalojar. Pero Gutiérrez Perrero, aquel obscuro y casi anónimo padre de la patria, se alzaba súbitamente enfurecido :

— ¡Tiene razón! Para hablar de cierto modo hace falta...

Una voz perdida afirmó :

— ¡ Vergüenza !

El presidente agitó la campanilla:

— ¡Orden, señores diputados, orden!

Iniciábase un escándalo. Oíanse gritos, denuestos, imprecaciones; de banco a banco cambiábanse palabras feas y malsonantes; hasta entonces, la discusión no había pasado los límites de una algarada vulgar, cuando, súbitamente, se alzó Darro de su asiento :

— Hay una proposición incidental pidiendo que antes de que esta interpelación fuese explanada, el Congreso, haciéndose cargo de ciertos rumores, averiguase lo que en ellos hubiese de cierto por tratarse de la honorabilidad de la Cámara. Esa proposición...

El presidente cortó la perorata:

— El señor Morales tiene la palabra. Si algún otro señor diputado desea hablar puede pedirla para después.

Ramón trató de seguir. Dió un paso en falso personalizando la cuestión:

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— La inicua maquinación tramada contra mí para obligarme a callar... Los canallas... Una voz gritó :

— ¡Hable su señoría en unipersonal; refiérase a sí mismo!

— La infamia que se trata de cometer conmigo...

La voz trabábasele y había perdido el hilo de su arenga. Torpe, cortado, aturdido, balbuceaba, y su gesto no tenía ya el magnífico desdén de antes.

Darro lapidóle:

— Guando se tiene el sucio pasado de su señoría es mejor callar.

Ramón volvióse iracundo:

— Su señoría ha querido comprar mi silencio. ¡Esto es un chantage^ y aunque no lo merezca su ruin persona, me dará cuenta de sus palabras en el terreno del honor!

— ¡Si su señoría puede ir, desde luego!

Ramón escupió, lívido de ira:

— ¡ Es usted un canalla !

Hízose súbito silencio que desgarró la risa de Darro, esa risa fría, cortante, que han dado en llamar diabólica:

— ¡Ja! ¡Ja! ¡Las injurias tienen o no valor según de quien vienen!

Morales protestó:

— ¡Guando vienen de un miserable como su señoría, ninguno!

El presidente rompía campanillas tratando de intervenir:

— Esas palabras no pueden pronunciarse aquí. Son indignas del respeto debido a la Gámara. La Presidencia acuerda no haberlas oído, y no constarán en el Diario de las Sesiones. Ruego al

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señor Morales que siga explanando su interpelación.

Pero el señor Morales perdía terreno por momentos. Sus balbuceos, sus vacilaciones, sus tanteos robaban toda elocuencia a su oratoria, y en el escándalo que arreciaba, convirtiendo al Congreso en una plaza de toros, no podía oírse sino cabos sueltos subrayados por gestos vacilantes e incongruentes.

La algarada llegaba a puntos pocas veces igualados. Todos eran a gritar, a gesticular, a amenazarse. La Presidencia rompía campanilla tras campanilla, e incapaz de contener la avalancha, amenazaba con hacer vaciar las tribunas que tomaban parte en la algarada.

Era imposible entenderse. Entonces vióse a Llórente alzarse del asiento ; con un amplio gesto, mitad imperioso, mitad suplicante, impuso silencio y comenzó a hablar con su voz grave y sonora y sus razones reposadas y serenas.

La figura de Alfonso Llórente era más bien vulgar. Alto, sin serlo mucho, fuerte, rudo, parecía escaparse del atavío burgués y pedir la blusa azul y la abierta camisa que dejase al desnudo el cuello musculoso, oprimido ahora por el alto y almidonado de la camisa. Aquel hombre en una asamblea revolucionaria hubiera sido un gran tribuno de la plebe, le hubiese inflamado con sus palabras y arrastrado al asalto de las Bastillas legendarias. Sin embargo, medía sus palabras, ponía freno a sus gestos, contenía sus ímpetus; era un gran cerebro, un gran corazón y una gran voluntad. Creía en las ideas y en su triunfo y desdeñaba los viejos procedimientos de captación de voluntades. Su conciencia recta iba hacia la Justicia y el Derecho en un noble impulso. Las grandes

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ideas, todas las generosas utopías de igualdad social llegarían a ser algo más que un sueño; pero si querían ser, ser de verdad, habían de arribar al puerto puras y limpias. ¡Comprar conciencias! ¡Nunca, nunca! Era vil, infame, miserable; y mientras los otros, los oradores, hueros y pomposos, los seudo filósofos, los puritanos, iban haciendo su camino con altos en los despachos de los ministros y visitas a la cámara regia, él había recorrido su calvario casi solo, seguro de que al final estaba la gloria y la afirmación de sus doctrinas, alumbrado por su fe, sostenido por su voluntad. Y había llegado. Una vez más realizóse el milagro de que una sola idea pudiese más que todas las intrigas y todas las abdicaciones. Ya arriba no estuvo solo; todos agrupáronse junto a él. Y como sucede siempre, no tuvo el valor de ser duro, inflexible, cruel; unos callaban; otros, con política impudicia, proclamaban haber pensado siempre así; otros, en fin, como Barandales, declaráronse a modo de cristianos primitivos, que por miedo ocultaron su verdadero pensar. Barandales fué el hombre de confianza; siguióle por el camino de la sinceridad, de la verdad y del sacrificio, con la misma sonrisa irónica que crispaba, bajo el bigote áspero y erizado, los labios sobre los dientes amarillos. Realmente, sincero o no. Barandales era de ellos el que más, mejor dicho, el único que valía. Si no tenía corazón, a lo menos a fuerza de talento habíase improvisado uno.

Ahora hablaba Llórente. La cabeza, rapada como la de un monje, destacábase clara y enérgica; en el rostro amarillo, leve-tostado, fulguraban tras los lentes, cercados de oro, los ojos negros.

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Las gentes escucharon ansiosas. El era el ofendido: contra él iba la formidable interpelación de Ramón Morales; ¿qué diría?, ¿qué haría?

Decía así:

— Señores diputados: es lamentable y doloroso el espectáculo que estamos dando al país entero. El señor Morales explana una interpelación que creo, más que injusta, equivocada. El Gobierno piensa, sin embargo, que para bien de todos es preferible que dicho señor acabe su discurso para poder contestarle.

La voz chirriante de Darro resonó :

— El señor Morales no tiene derecho a hablar aquí. Su sitio es el banquillo de los acusados.

Volvieron a alzarse los murmullos con furores de marea. Ramón dejóse caer en su escaño:

— ¡Renuncio desde luego a la palabra!

Pero Llórente insistió sereno:

— No; la proposición incidental no se discutirá. Guando los Tribunales de justicia envíen un suplicatorio será el momento...

Alzábanse voces airadas :

— ¡Ahora! ¡Ahora! ¡No queremos asesinos aquí!

Llórente aseguró enérgico :

— El Gobierno y sus amigos votaron en contra por considerar que tal cosa coartaría la libertad de los señores diputados, y hacía desmerecer la independencia que el Parlamento requiere para sus deliberaciones.

Darro alzóse:

— ¡Pido que la votación sea nominal!

Todo era incorrecto y antirreglamentario, todo era teatral; pero en aquel momento, infinitamente dramático, tratábase realmente de un juicio solemne, del que dependía la honra de

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una persona, pero que encerraba algo aún más interesante : una profunda cuestión de ética. Allí, en el fondo, no se trataba de hundir al hombre, sino de ahogar en cieno la causa que el hombre representaba. Y lo más grave, lo más trágico, era que cobardes unos, malignos otros, iban desapareciendo uno por uno, abandonando el salón, haciendo el vacío. El primero en huir fué don Silvano Romero Fuentes; allí no cabían discursos altisonantes, latiguillos fantásticos con que obtener éxitos ruidosos, y sentíase un Poncio Pilatos, que se lavase las manos con jabón Flores del Campo, hubiera nacido en Baza y sido ministro con Gracián. Después tocó el turno a Dolmén, que veía en peligro de una parte su popularidad, de la otra su influencia política, y no muy seguro de quién sería el triunfo, practicaba aquella prudente máxima de "en la duda, abstente". Siguióles el marqués de Regalda, siempre flel a su práctica teoría de que, cuando un río se desborda, hay que ponerse fuera del alcance de las aguas; luego, Garci-Lasso, y por fin, Pinzón-Díaz, a quien su cordialidad por unos y por otros impedía terciar en las contiendas.

Todos estos pájaros gordos llevábanse tras ellos su grupito de diputados, y así, cuando Llórente remató su discurso, el hemiciclo estaba casi desierto.

Sonaron los timbres llamando a votación, y comenzó ésta llevada con una gran lentitud por los secretarios, para dar tiempo a los diputados reacios a volver al salón. Pese a todo, iba a perderse; Darro y los suyos podían más, y ante la abstención de los acaudillados por Rozalejo y la defección de una gr¿in parte de la mayoría, triunfarían, arrojando por tierra

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a Ramón y haciendo que arrastrase al Gobierno entero.

Entonces, Barandales sonrió mefistofélico, como si acabase de concebir una gran idea, que si no era ni la ley de Newton, ni la palanca de Arquímedes, valía por ellas; levantóse y fué a cuchichear con Llórente. Aunque éste escuchóle más bien desaprobador, sin hacerle mediano caso, lanzóse al pasillo. Casi en la puerta tropezó a Romero Fuentes. El bueno de don Silvano peroraba ante un grupito, actuando de ángel precursor del juicio final:

— Esta situación se desmorona; es como una fortaleza minada... minada... minada...

Había visto al ministro y se atragantaba, pero Barandales hizo como que padecía de cataratas y sordera, y deteniéndose con él murmuró, moviendo la cabeza, pesimista.

—Va mal, mal... Caemos... — Y habiéndole casi al oído, pero bastante alto para que sus amigos lo oyesen también: — Y es lástima, porque Llórente quería formar ahora, para hacer frente al problema económico y a las reformas de carácter social, un Ministerio de altura... Usted, Pinzón-Díaz, Gracián...

Fuése rápidamente con la risa del conejo, y el otro, lanzado de pronto al través de un porvenir color de rosa, tras breve conciliábulo, penetró en el salón dispuesto, ante la perspectiva de una cartera, a votar todo lo que a Llórente se le antojase, aunque fuese el pasar a cuchillo a todos los habitantes de Baza.

Con Dolmén detúvose unos pasos más allá Barandales, y tras cerciorarse con el reibillo del ojo de la desaparición de los silvanistas, lanzó una sonora carcajada muy española, un poco chabacana, pero franca, cordial.

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—¡Delicioso! Figúrese usted que estamos al caer, y ante el anuncio de un Ministerio de altura formado por Llórente, el bueno de don Silvano se ha creído de la lista — ¡hay que ver! — , y como sabe que la dichosa votación es cuestión de vida o muerte, corre a votar.

Dolmén abrió cada ojo como un plato e interrogó con aire indiferente, que traslucía profunda ansiedad, como quien no quiere la cosa:

— ¿Un Ministerio de altura?

Barandales pareció asombrado:

— ¿Pero cómo? ¿Llórente no le había dicho?... Pues si Gracian, el general Cerrojo, Regalda en Estado... para usted reservan Fomento... ¡Qué le heñios de hacer! Tout est perdu moins V honneur'\ . .

Dolmién protestó:

— Pero hombre... esa votación no puede perderse... ¡Si es cosa de justicia; justicia seca! Otra cosa, sería coartar los fueros del Parlamento y socavar todo el sistema parlamentario.

— ¡Pues se pierde!

— ¡Qué se había de perder, hombre, qué se había de perder! Ahora verá usted... Cuatro palabras y...

Mientras corría a sostener al Gobierno con todas sus fuerzas y toda su voz. Barandales cayó en los brazos de Pinzón-Díaz:

— ¡ Enhorabuena!

— ¿ Enhorabuena ? ¿ Por qué ? — inquirió el hombre cordial. El otro explicó:

— Creo que ganamos la jornada, y al rehacer los desperfectos, ¿quién sino usted ha de ir a Instrucción pública?

El hombre cordial estrechó el abrazo.

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Cinco minutos después los pasillos vaciábanse mientras el salón de sesiones rebosaba gente. Ganaba el Gobierno por mayoría; la proposición Darro era rechazada con sonoros "¡No!"

Llórente comenzaba a creer en el triunfo de la justicia; Barandales, en la posibilidad de ser presidente del Consejo.

EL CRIMEN

Volvieron a llamar a la puerta; don Alfonso Llórente disculpóse con Ramón:

— Está visto que no nos van a dejar hablar un momento. — Luego ordenó: — ¡Adelante!

Pasó un ordenanza trayendo una carta en argentada bandeja. Mientras salía, el presidente examinó con curiosidad la letra del sobrescrito, poseído de ese vago sobresalto que sentimos ante una escritura desconocida. Al fln rasgó el sobre y pasó los ojos por el contenido de la misiva, trazada en un papel sospechoso y sucio; una sonrisa amarga crispó sus labios.

— ¡Un amigo! — rió Llórente con sarcasmo — ¡ Un amigo ! Para decirnos infamias y groserías o dirigirnos sordas amenazas ha de firmar siempre "un amigo". Si no fuese atrozmente cruel diría que los infames poseen un gran conocimiento del corazón humano.

Llamó al timbre e interrogó al ordenanza:

— ¿ Quién ha traído esto ?

— Un chico. Se lo dió al portero diciendo que era muy urgente, y se fué... Si el señor presidente quiere que se averigüe algo...

— No, no vale la pena. Es un sablazo...

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Esperó Llórente que saliese el criado y explicó a Ramón:

— No vale la pena, efectivamente. Es una de las mil amenazas que se reciben cuando uno gobierna. Ahora arrecian en forma de advertencias amistosas.

— Debía usted, sin embargo, guardarse... — comentó Ramón.

Don Alfonso atajóle:

— ¿Guardarme? ¡Para qué! Dios nos guarda, y ninguno morimos hasta que llega nuestra hora. ¡Sea lo que él quiera!

Y como creyese ver reflejada cierta sorpresa en el rostro de su interlocutor, explicó:

— ¿Le choca a usted? Pero si yo soy creyente, un creyente sincero, fervoroso... Ahora lo que no soy es un inquisidor. Hacer que los demás compartan nuestras ideas por el hierro y por el fuego, eso nunca ha entrado en mis opiniones. Que cada uno obre según le dicte su conciencia, sin más límite en su derecho que el derecho de los demás.

Hubo una pausa; luego, con una palmada en el hombre de Morales, excusóse :

— Perdóneme el egoísmo de hablar de mí cuando se trata de cosas que para usted son de interés vital...

Confesábase con él. Era aquello una verdadera confesión en que el luchador, próximo a caer vencido, abría su corazón ante el hombre generoso que le brindara apoyo desinteresada y noblemente.

La noche había sido de prueba. Acabada la sesión que Murciano calificó de histórica^ y tras una breve conferencia con el marqués de Regalda y Pinzón-Díaz, a quienes confiriera sus poderes para, en el terreno del honor , pedir ex-

plicaciones a Darro, confinóse en su casa tras no pequeño trabajo para librarse de la impertinente curiosidad de periodistas, politicastros y público novelero. Ya encerrado a piedra y lodo, empezó el martirio; repicaba el teléfono; sonaba el timbre de la puerta anunciando a cada momento la presencia de un reportero político, que pretendía hacerle una información; llegaban amigos indiscretos, decididos a romper la consigna, y venían cartas casi ofensivas en su necia conmiseración. Los periódicos de la noche completaron el cuadro. Descaradamente, ya narraban la historia, corregida y aumentada; relacionaban la vida de Ramón con el crimen de los apaches, y poco menos que le acusaban de complicidad con ellos. Fué algo inicuo, atroz, cruel, injusto; cayeron sobre el vencido como buitres, y aun aquellos que aparentaron defenderle hiciéronlo de tal modo, que la defensa fué peor que todos los ataques. La Prensa de la mañana arreció en las campañas; contó cosas inéditas y sorprendentes, trenzó con algunos episodios reales una verdadera novela policíaca.

Y Ramón, sintiéndose perdido más que por la verdad por la malignidad de las gentes, buscó en derredor a quien volverse, y apareciéndosele invariablemente la figura noble y arrogante de Alfonso Llórente, que se alzaba justiciera, encauzando el debate y evitando la injusticia. Por eso estaba allí.

Desde el primer momento el político acogióle cordial, comprensivo y piadoso. En contacto con aquella simpatía, Ramón recobró su elocuencia, afirmó sus ideales, devolvió el pecado original al ayer remoto, y fué evocando toda una vida de trabajo, de esfuerzo y de sacrificio

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empleada en borrarlo. ¡Ah, la atroz crueldad del pasado ! ¡ La angustia infinita de los cimientos de arena, que se tragaban el edificio alzado a fuerza de titánica lucha, la espantable angustia de sentirse hundir, hundir!

— ¡Todas mis ilusiones de redención perdidas! ¡Toda mi esperanza de hacer mucho, mucho bien, barrida para siempre! — clamó Ramón, sepultando el rostro entre las manos.

Alfonso Llórente hizo una pregunta y Morales, decidido a no callar nada, reanudó su narración.

Estaban en el salón chinesco del palacio de Beldoya. Era el tal uno de esos suntuosos edificios construidos en el reinado de Doña Isabel II, llenos de artesones, de dorados, de mármoles, de bronces, de tapices falsos y de espejos enormes, que multiplicaban hasta lo infinito las imágenes de los salones en que lucían muestras de todos los estilos que presidieron el arte decorativo al través de los tiempos.

Fué Serapio Serón el que, tras una vida laboriosa, en que durmió en bohardillas primero (si nos remontásemos al remoto pasado encontraríamos que pasó algunas noches al sereno en los bancos de los paseos públicos), en cuartos interiores después, en alcobas misérrimas más tarde quien se dió el gusto de construir aquel palacio, de reposar en el lecho de maderas preciosas, alto como un túmulo, colgado de damascos azules brochados de amarillo y sostenidos por la ducal corona de bronce, en la alcoba inmensa revestida de sedas y terciopelos, abarrotada de magnificencias — muebles de marqueterías, cuadros de firmas, tiborés chinos, mármoles, tallas soberbias — bajo La Aurora, que aparecía en el techo pintada por Do-

mingó. Había empezado su carrera barriendo una tienda y recibiendo pescozones del principal; luego, a fuerza de ahorro, consiguió verse al frente de un tenducho de mercería, allá por las cercanías de la plaza Mayor. Entonces realizó su ideal casándose con la buena de Rudesinda, hija de unos modestos tenderos, que pronto fallecieron, dejando algunas deudas y unas colecciones de bordados chinos, comprados en Filipinas. Rudesinda no sólo fué el amor^ no sólo mostróse colaboradora eficaz ahorrando hasta el céntimo, sino que trajo la fortuna. Apenas muertos sus suegros, y cuando Serapio no sabía qué hacer con la enorme cantidad de bordados de colorines que entrábansele por las puertas, surgió una moda, una racha de afición al orientalismo, y los Serón viéronse dueños de un capitalito. Entonces el espíritu emprendedor de él despertó; dejando a su mujer al frente de la tienda, realizó viajes a América, Asia, Oceanía; amontonó dinero, creó industrias, compró barcos, tendió vías férreas, fundó Sociedades anónimas... Aunque la fortuna inmensa carecía de solidez y de cohesión, al verse manejando millones, Serapio pensó que todo no era dinero en el mundo, que existía la posición, el nombre, la elegancia... Dió dinero para una revolución, prestó luego al Gobierno, y le hicieron duque, grande de España, gentilhombre... Más trabajo costóle civilizar a Rudesinda. Los años, el trabajo y las privaciones no pasaron en vano, y, así, aquella apoteosis llegaba tarde y cogíala gorda, fofa, negra, con bigote y casi, casi barba corrida. Sin embargo, cuando S. M. la Reina Doña Isabel II, agradecida a los sacrificios de aquel fiel sostén de su trono, decidió honrar con su presencia el baile

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con que el duque de Beldoya obsequiaba a la sociedad madrileña — que asistía entre irónica, burlona y deslumbrada — , la duquesa, vestida de pehiche amarillo, coronada con la más prodigiosa tiara de esmeraldas que pudo soñar una Cleopatra, cubierto el seno por la catarata de perlas que envidiara Semíramis, y en las orejas dos brillantes del tamaño de dos nueces, estaba^ digámoslo así, presentable. Aquel triunfo mundano que cantaron los cronistas de salones en melifluas y almibaradas frases, fué el toque de clarín que anunció el entronizamiento de la locura en el hogar hasta entonces sensato. Desde el punto y hora del famoso sarao, olvidáronse las sólidas razones de crematística, y sólo pensaron en la conquista de¡ una utópica elegancia. Y, cuando el bueno de Serapio subió a la tumba (no puede decirse bajó, por la sencilla razón de que habíase hecho construir un panteón precursor de los rascacielos neoyorkinos), todo quedó en el más espantoso desorden. Los barcos hacían agua, las vías férreas estaban en el aire; de las minas no se sacaba más que disgustos, y las acciones de su Compañía eran todas malas. La viuda, decididamente perdida la cabeza, no pensó, como era debido, en salvar lo más posible del naufragio, sino primero en aquel duelo, que revestiría los caracteres de un duelo nacional, en los pésames de la Real Familia, en las tocas de luto; luego en sostener el boato, en que el tren no desmereciera, y como si aun esto fuese poco, sintióse de súbito acometida del afán de litigar y puso pleito a media humanidad. Con todo no tardó en dar el batacazo definitivo, y el palacio, malvendido por los acreedores, fué al poder de Llórente, que, cerrando sus salones

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suntuosos, tapizados de ricas sedas, adornados con barrocas tallas doradas, lacas, mármoles y bronces, y cobijados por techos de Domingo, de Sala y de Palmaroli, vivió en una pequeña parte de la morada ducal su vida de hombre modesto y trabajador.

Ahora, en el extraño contraste del fondo suntuoso con los muebles sobrios y modestos, re- ' sonaba la voz de Ramón un tanto velada de emoción :

— Tal es la historia lamentable. Ya lo sabe usted todo. De usted ha de venir la sentencia.

Todo, efectivamente, lo había dicho; claro que el concepto, el tono, la manera, habían paliado la crueldad del dicho; pero...

Hubo un largo silencio en que Alfonso Llórente pareció encararse a solas con su conciencia, una pausa temerosa en que el hombre bueno trataba de orientarse. Al fin, con acento grave y reposado, habló :

— Si no fuese orgullo satánico, le diría a usted que algunas veces la misión de un juez es como la misión de Dios. No basta que vea las cosas, que sepa cuál es la justicia formal, es preciso que penetre las intenciones, que sepa cuál es la justicia real. Si su desdichada historia de usted caminase naturalmente al desenlace, no habría nada que decir ni podría uno oponerse a ella; pero, en realidad, no es así; en realidad, este desenlace es cosa querida, buscada; son las circunstancias...; pero hábilmente preparadas y aprovechadas. A la sombra de la justicia, contra un delito trata de perpetrarse otro delito... Lo primero es evitar el escándalo, detener eso... Yo hablaré con Darro, con los periódicos, volveremos las cosas a su cauce... Luego, ya fríamente, serenamente, pensaré..^

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— ¡Gracias! — murmuró Ramón efusivo.

— No, gracias, no — protestó su interlocutor — . Yo lo único que le ofrezco es ser justo, infinitamente justo; justo por encima de la letra escrita, Justo penetrando en la medula de las cosas.

— ¿Entonces?...

— Hablaré a Juan Pérez... Veré sus ideas, las suyasy no las que los otros le hayan sugerido, y de acuerdo con él, teniendo en cuenta que este asunto es una verdadera caja de Pandora...

Púsose en pie:

— Y ahora perdón. Me he de ir. A las once y media tengo Consejo en Palacio, y como desde las cinco estoy en pie trabajando, me marcho dando un paseíto...

Ramón Morales despidióse:

— Le dejo entonces. No quiero que pase por el bochorno...

Llórente le atajó:

— ¡No, no; eso no! Tal vez es mejor, efectivamente, que no nos vean juntos... Gomo la malicia de la gente es infinita, como su torpeza de pensamiento no tiene diques, esta conferencia nuestra, tan llena de lealtad y de nobleza, puede que la interpretasen como un chanchullo político. Pero si lo va usted a tomar como desaire...

Morales tendióle la mano :

— No; creo demasiado en usted. En estas horas críticas me ha dado tales pruebas de su alteza de miras...

Llórente estrechóle la mano cordialmente :

— Animo y tenga paciencia y fe.

— La tendré.

Despidiéronse, y Ramón bajó rápido la regia escalera de mármol labradct con rampantes gri-

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fos y otras raras alimañas, y cruzando entre el grupo de periodistas y curiosos metióse en su coche.

En la calle, Alfonso Llórente comenzó a caminar ensimismado en sus pensamientos. Preocupábale el asunto de Ramón Morales sobremanera. Realmente, en el espíritu recto, nada maquiavélico del varón justo, en su mente de pensador, aquellos problemas dejaban los míseros límites de la política menuda, de las luchas de encrucijada y zancadilla, y cobraban los vuelos de las grandes especulaciones filosóficas. Llórente buscaba definiciones de justicia abstracta e iba aplicándolas luego al caso concreto. Meditaba. Decididamente en la aplicación justa de la justicia no era posible atenerse a la letra escrita; era necesario que algo fuerte, noble y profundo interviniese en ella, y ese algo era la conciencia. Entre el misterioso delito cometido, tal vez en la obcecación juvenil, y en cuya redención empleara Ramón Morales toda una vida admirable de esfuerzo, y aquel otro hábil delito que con el pretexto de castigar el primero querían cometer y que llevarían a sus autores, en vez de al banquillo de los acusados, al banco ministerial, tal vez este último era peor. Era peor, sí, porque era como un símbolo de la existencia española entera, hecha de corruptelas y de convencionalismos. De esta miseria moral, de esta carroña que ensuciaba todas las nobles virtudes de la raza, era justamente de lo que él quería librar a su patria. ¡Ah ! Guando en vez de bajas corruptelas, de miserables algaradas de campanario y de atropellos caciquiles, una política clara, leal, elevada, fuese la reguladora de todas las energías, que en riquísimo vivero,

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en filón inextinguible, vivían en la raza, cuando los estadistas en vez de malgastar sus fuerzas en estériles gestos para sostenerse y gobernar pudiesen aplicarlas a crear... Un escrúpulo le asaltó entonces. ¿Y aquel hombre, aquel Juan Pérez que había purgado un delito de que era inocente?

Estaba ya en la plaza del Angel, cuando sintió una sensación extraña.

Gomo un malestar rápido, el encuentro con unos ojos conocidos, el choque con una mirada que se clavaba en él más profunda que descaradamente. Fué algo inconsciente que le hizo volver instintivamente la cabeza.

Vió a un hombre que acababa de cruzarse con él y más allá dos policías de su ronda particular, que habíanse detenido a observar al desconocido personaje que volvía la esquina del Círculo Militar. La perpetua vigilancia establecida en torno suyo exasperábale. No era ningún tirano oriental que necesitase vivir entre el odio y la violencia; aspiraba a que el pueblo mirase en su persona a un amigo, a un capitán, a un guía. No comprendía necesitar de las bayonetas de los soldados, de los policías y de los muros muy altos para vivir Que no hubiese ladrones porque nadie necesitase robar para comer; que no hubiese crímenes porque nadie odiase a nadie. Llamó :

— ¡ Galdanza!

El policía acercóse presuroso: — Señor presidente...

— ¡Pero hombre, no tengo dicho que no quiero ronda como no sea para cosas oficiales!...

— Perdone el señor presidente, pero como el deber... Justamente acaban de darnos órdenes hoy... Parece ser que...

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El otro agente interrumpió: — Acabamos de cruzarnos con ese individ^uo...

Llórente se encogió de hombros :

— Nada, que son ustedes más papistas que el Papa... Pues vaya, por hoy se acabó... Sigan ustedes su paseo y déjenme a mí... ¡Ah! ¡Y que los dedos no se les antojen huéspedes!

— Si el señor presidente lo manda...

Saludaron y alejáronse en la misma dirección del desconocido con un afán que denunciaba su ansiedad de alcanzarle.

Llórente miró a ver si le habían obedecido, y al cerciorarse de ello, siguió su camino calle de Espoz y Mina abajo.

¡Señor, qué necia e inútil torpeza la de los hombres! ¿Por qué detestar a todo el mundo igual? ¿Por qué empeñarse en dificultar la vida cuando con un poco de amor y de común esfuerzo sería tan fácil hacerla llevadera?... En lo que a Ramón se refería...

Dióse de manos a boca con Pinzón-Díaz. El hombre cordial estrechóle entre las manos con grandes gestos de alegría:

— ¡Querido presidente! ¡Tan temprano y a pie! Es usted un hombre admirable: el prototipo del gobernante demócrata. Porque no me negará usted que en este país donde cualquier politicastro infatuado gasta humos de caudillo redentor...

Empeñóse en acompañarle y bajaron juntos hacia la Puerta del Sol. Caminaban despacio, hablando de política. Pinzón-Díaz gesticulaba exuberante, satisfecho de que todos les viesen y les reconociesen; Llórente, las manos a la espalda, sosteniendo el bastón, los ojos atentos tras los gruesos cristales de los lentes

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de oro. Las gentes se detenían y murmuraban: ^'Llórente."

Súbitamente sintió, como una sacudida eléctrica, la sensación que le sobrecogiera ya en la plaza del Angel. ¡Aquella mirada sagaz, perforada, dura; aquella mirada de animal de presa acababa de herirle otra vez! Miró; era el mismo tipo de antes. Pero Pinzón-Díaz, lanzado por los despeñaderos de la elocuencia, no le dejó enterarse de nada, ni prestar atención a nada. Cada vez hablaba más alto y gesticulaba más. Al fin, en la esquina de Sol, despidióse, y don Alfonso Llórente fué hacia Arenal.

Unas fotografías de escritores célebres, expuestas en un escaparate, le atrajeron y se detuvo a contemplarlas parsimonioso y grave, casi infantil.

Por tercera vez aquella mañana tuvo la impresión de los ojos acechadores. Reflejábanse en la luna del escaparate; quiso volverse, encararse con su perseguidor... y no pudo. Sonó un tiro, sintió un dolor muy fuerte en la espalda, luego una sensación de vacío, de angustia, de caída, y lívido desplomóse a tierra mientras sus labios murmuraban débilmente:

— ¡España!...

LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES

El hombre-policía sonrió con su sonrisa humilde mientras encogíase aún más en el borde de la butaca donde estaba sentado, y seguía en la trascendental tarea de frotarse las manos esquivando un gesto de sumisa disculpa. Pero Ramón mirábale fijamente a los ojos, y aunque el otro bajaba los párpados hipócritamente, leyó en aquellas pupilas una curiosidad malévola e irónica que le irritó:

— Usted comprenderá que este paso que está dando es profundamente ofensivo para mí...

El sabueso hizo protestas de devoción e inocencia :

— ¡Por Dios!... No... El señor Jefe, lo primero que me encargó, es que le repitiese que esta misión no tenía nada, nada de ofensiva para el señor... que si no venía él mismo era por discreción, porque despierta la atención de los periodistas, sería dar una campanada, pasto para forjar historias...

Tras un momento de duda, Ramón Morales hizo una mueca de desdeñosa indiferencia:

— Bueno, lo mismo da. ¿Qué querían ustedes saber?

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Ramón había envejecido años. Como si súbitamente la vida entera se hubiese desplomado sobre él, el rostro aparecía amarillento, marchito, surcado de profundísimas arrugas, hinchados los ojos bajo los que veíanse grandes bolsas plominas, secos y mustios los labios, crispados por hondo rictus de amargura, y hasta entre los cabellos algunas canas, mientras la figura había perdido su arrogancia y sólo a fuerza de voluntad mantenía su gesto altivo, realzado por el aliño de la persona.

El luchador, que era Morales, acababa de vivir las horas más crueles y amargas de su vida : horas de esas que no perdonan y de las que, si por un milagro de energía se salva uno, sale roto, tronchado, ablandado para siempre.

Esperanzado, casi alegre, salió la víspera de casa de don Alfonso Llórente. ¡Estaba salvado! Todas aquellas cosas atroces, crueles y malsanas perderían su pequeñez en manos del hombre bueno y la justicia; pero no la humana y formulista, sino la grande, la que busca la verdad en el fondo de las conciencias, resplandecería.

Mas cuando tras unos rcados retornó a su casa, halló corrillos en las calles, y en la puerta misma le dieron la noticia:

— ¡Han matado a Llórente!

Quedóse yerto, mudo de asombro, ahogado de angustia. Completaron la información :

— Dicen que ha sido un italiano que se llama Fuchino o Fauchino, que vivía con una pintora muy rara, extranjera también, pero que tiene cómplices aquí, y que todos se reunían en una taberna de los barrios bajos, allá por la calle de Segovia...

Como en un relámpago vió Morales el va-

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lor de todas aquellas cosas, la influencia fatal que podía tener la casualidad en su vida. Rememoró el encuentro con Juan Pablo, la ida a la taberna, la exótica dibujante, el italiano, las conversaciones de los rebeldes, sus propósitos de violencia llenos de literatura, pero que a la vida daba súbitamente un valor de realidad, la entrada de los policías, y entrevió las consecuencias.

El, mezclado en aquellos momentos en una tremenda historia, iba a verse envuelto en otra mucho peor.

No le quedaba ni aun el recurso de salir a enterarse. Primero, no podía exhibirse; segundo, tenía que esperar a Regalda y PinzónDíaz, que habían ido, en representación suya, a pedir explicaciones a Darro, y que vendrían al anochecer.

Los extraordinarios trajéronle nuevas noticias de la muerte de Alfonso Llórente, que al cruzar el Erebo en la barca de Garonte, agigantábase hasta colmar proporciones de héroe legendario. La flema de don Alfonso, su ademán heroico, el dolor de la esposa, el gesto un poco teatral de los discípulos y, por fln, la fuga del criminal y su suicidio.

Ramón respiró como si le hubiesen quitado un peso de encima, como si aquel hombre se llevase a la tumba sus secretos.

Súbitamente una inquietud casi olvidada enseñoreóse de él. ¿Y Ana Rosa? Llamó:

— ¿No han traído ninguna carta para mí de casa de los duques de Otalora?

— Ninguna,

— ¿Ni recado?

— Tampoco.

Su ansiedad crecía. No veía a nadie ; ni la carta

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de Ana Rosa, ni los padrinos, ni amigos... Al anochecer comenzaron a traerle periódicos. En ^odos ellos venía en primera plana el retrato del muerto, seguido de largas y prolijas informaciones, de dibujos reconstruyendo el hecho, de violentas condenaciones contra el anarquismo y de informaciones pintorescas sobre la vida de aquellas gentes. Los especialistas en la materia estudiaban la significación de Llorente, su puesto en la política española, las nuevas corrientes que venían con él. Pero todos, absolutamente todos, desde el más moderado y conservador hasta los más violentos, aludíanle claramente, y si bien algunos, que blasonaban de serios y profundos, daban la especie como un rumor que era preciso rechazar, otros acogíanlo con fruición y narraban las más absurdas y fantásticas historias.

Ahora, el hombre-policía sentado frente a él, cohibido en apariencia por su aire desdeñoso, aunque tal vez interiormente satisfecho, burlón y maligno, hasta la chabacanería, siguió frotándose las manos con creciente entusiasmo, y tras de tartamudear un poco, formuló con fingidas vacilaciones:

— No se trata, claro está, de ninguna sospecha contra usted, señor de Morales, sino sencillamente de ver de esclarecer bien todo, aunque no sea más que por la limpieza de su buen nombre.

Ramón, en un gesto de orgullo, estuvo a punto de afirmar rotundamente que su buen nombre no necesitaba de esa ayuda; pero en un a modo de pereza moral, prefirió callarse...

— Es el caso — siguió el policía — que se le ha visto a usted en una buñolería de los suburbios— la palabra suburbio tomaba en labios del

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hombre aquel la importancia que tiene en los novelones policíacos — con varias personas, entre otras la pintora y Fauchino...

Morales, aunque con repugnancia, explicó :

— Fui con un amigo de la juventud, un poeta, Juaii Pablo...

— "Lo sábemeos" — aseguró el otro, dando una gran importancia a aquel plural y sonriendo con suficiencia, como si afirmase la buena organización del Cuerpo — . Fué usted una noche con el Juan Pablo y otros bohemios — su espíritu burgués ponía desdén en ello — , y volvió después con un tal Juan Pérez...

— ¿ Entonces ? — interrogó sin comprender dónde quería ir a parar el otro.

— Entonces, lo que quisiésemos es que nos dijese si tiene algunos antecedentes del italiano, si sabe algo de sus planes, si les oyó alguguna afirmación, alguna alusión de atentado, algo que denunciase sus maquinaciones, dónde se reunían...

— No sé nada de nada — aseguró Ramón — . A Juan Pablo le conocí hace muchos, muchos años ; los demás ignoro su vida por entero ; con Fauchino ni aun he cambiado la palabra.

Púsose en pie, dando por concluida la entrevista, y el policía le imitó.

— Usted sabrá disculpar este paso, señor de Morales...

El político inclinóse.

Un criado anunció:

— En el salón esperan el señor marqués de Regalda y el señor Pinzón-Díaz.

Latióle con violencia el corazón. Era la sentencia que venían a notificarle. Si conseguía batirse con Darro, estaba salvado. Hay una extraña teoría humana que hace sagrado al que

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puede matar, que trueca en rey al jayán asesino en un presidio y en caballero intachable a aquel a quien, con todas las reglas de la honorabilidad, le es dado atravesar a otro de una estocada. La única diferencia es que en un caso son despreciables los que tienen la debilidad física, en otro las que la tienen moral. Si aquellos caballeros le autorizaban a batirse con Barro y conseguía enviarle al otro mundo, estaba salvado; nadie jamás, aunque hubiera cometido crímenes nefandos, osaría echarle nada en cara; si no, el desprecio de las gentes caería sobre su cabeza.

Entraron sus amigos muy serios, muy graves, enlevitados; Pinzón-Díaz, con su barba en punta y su perfil que evocaba vagamente las figuras asirías, y Regalda, en su tiesura protocolaria, su aire suficiente de diplomático de opereta y su elegancia de viejo dandy vagamente demodée,

Regalda tendióle la mano correcto, un poco frío tal vez; Pinzón-Díaz estrechóle entre sus brazos con un gesto trágico, el gesto con que, cuando el Anticristo haya reinado sobre la tierra y el carro del Apocalipsis paseado su aburrida mascarada, el penúltimo superviviente se despedirá del último. Con voz cavernosa gimió el hombre cordial:

— ¡ Luctuoso !

Ramón, casi sincero, creyó del caso cubrirse el rostro con las manos. — ¡ Terrible ! ¡ Terrible !

Siempre con laconismo espartano insistió el personaje asirlo : — ¡ Monstruoso ! Ramón Morales habló: — ¡Es increíble! ¡Tan bueno! ¡Tan noble!

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¡Tan sincero! ¡Tan leal! ¿Quién podía odiarle? Pinzón-Díaz hízose más explícito: — ¡ Pobre España ! ¡ Inf ortunado país que cuando encuentra un hombre capaz de redimirle ve brotar a un malvado que siega su vida en flor ! Un anakée parece pesar sobre nuestro destino. ¿Quién será capaz de sustituirle? ¿Quién heredará sus cívicas virtudes? ¡Mísera patria mía! ¿Cómo salvarte? El castigo de Dios y la condenación de los hombres caerán sobre la cabeza del asesino. ¡Ah! Nadie, nadie sustituirá a Alfonso Llórente. Nadie tendrá su corazón de niño, su inteligencia genial, su entusiasmo nuevo.

Regalda puso su filosofía cínica y glacial: — Es imposible. Un hombre como Llórente no ha nacido para gobernar a un pueblo viejo como el nuestro. Aquí se necesita la astucia de un Barandales, la indiferencia disfrazada de buen sentido de un Rozalejo. ¡La fe, el entusiasmo, la justicia, el sacrificio!... ¡Son tan peligrosos! Con las pasiones como con los torrentes hay que echarse a un lado, dejarlos pasar... y luego volver a ver si han fertilizado el terreno. Ramón retornó a su asunto: — ¿Han hablado ustedes ya con los padrinos de Darro?

Gomo por ensalmo la elocuencia de sus interlocutores concluyóse, y mutuamente, tal vez recordando las máximas de urbanidad del barón de Andilla, se dejaron la palabra:

— El amigo Regalda...

— Pinzón-Díaz...

Al fin, y como el hombre cordial no rompía a hablar ni a tiros, el marqués de Regalda tomó la palabra:

— Hemos tenido una entrevista, efectivamente.

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con ellos. Uno se ha mostrado realmente incorrecto, pretendiendo acudir a un tribunal de honor; el otro, mas en la realidad, más delicado y caballeresco, ha propuesto una fórmula; • ante estas circunstancias, un si es o no excepcionales, ante la polvareda que todos los sucesos políticos han levantado, y sobre todo ante la desgracia nacional que constituye la muerte de Llórente, cree que debe aplazarse la cuestión. Luego cuando se sepa...

Con sarcasmo interrumpió Morales:

— Si soy un criminal o no...

Protestaron con vehemente presteza:

— ¡Qué disparate!

— ¡Qué locura!

— ¡Nos ofende usted con la sospecha!

— Si dudásemos de su caballerosidad...

La víctima cortó por lo sano :

— Bueno, entonces, ¿han decidido?

— Espérese. Guando esto se serene podremos reunimos varios caballeros...

— ¿Y si no estoy conforme?

Consultáronse con los ojos; al fm Regalda habló por los dos:

— Declinaremos los poderes.

Ramón sintió una violenta ira que le arrebataba.

— ¡Esperar! ¡Tener calma! ¡Paciencia!... ¡Qué bien se dice todo eso cuando no le importa a uno, cuando no le va en ello la honra y la vida!...

Parsimonioso siempre, interrumpió Regalda: — La exaltación le hace ser injusto... Pinzón-Díaz intervino a su vez cordial: — Peca usted de ceguera con nosotros, querido amigo...

— ¡Injusto! ¡Ciego! — prosiguió Ramón con

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creciente furor — . ¡Pero no comprenden ustedes que es imposible, imposible! Que me va la honra, la vida, todo lo que en veinte años de esfuerzo he ido creando día por día, hora por hora. ¡Es preciso que yo me bata con Darro!

El marqués de Regalda hizo un gesto de impotencia como ante el capricho de un niño :

— No quiere. Exige un tribunal de honor.

Pinzón-Díaz anunció, conciliador:

— Por eso hemos buscado una fórmula que deje todo a salvo.

No pareció oírle Ramón:

— Si no quiere batirse, se le obliga.

Regalda dió señales de impacientarse; pero el otro, efusivo y amable, fué hacia la víctima:

— ¡Parece mentira que un hombre de mundo como usted se deje obcecar por la ira así! Hay que tener calma, paciencia. Hay que esperar que las cosas se pongan en claro, y luego, serenamente, alta lai frente, ir al terreno del honor.

Ramón rió con sarcasmo :

— Esperar a que acumulen sobre uno necios prejuicios, leyes absurdas, teorías convencionales, y a que ya, muertos y enterrados, nos hagan justicia.

Pinzón-Díaz extremó su amistosa deferencia:

— Todos le queremos y estimamos; todos hemos de velar por sus asuntos corneo por cosa nuestra.

Pero Morales, furioso, daba señales de no oírle.

— Buscaré a Darro, lo abofetearé, le obligaré a ir al duelo quiera o no: le escupiré a la cara, le pisotearé... — Perdido todo dominio sobre sí mismo, balbuceaba las amenazas rojo de ira, las manos temblorosas y los ojos inyectados de sangre.

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Regalda, severo ahora, se puso en pie. Iba a hablar, tal vez a pronunciar palabras irremediables de desdén, pero Pinzón-Díaz le atajó:

— Querido Ramón, hay que dominarse. Está usted nervioso, inquieto... Descanse; mañana...

Perdida toda continencia, repetía Morales :

— ¡Lo abofetearé! ¡Lo escupiré! ¡Lo pisotearé !

Glacial, Regalda tendióle la mano. PinzónDíaz le abrazó. Luego partieron.

Y Ramón sintió que su furor se evaporaba y que sustituíalo un descorazonamiento sin límites, una tristeza enorme, un desaliento infinito.

Todo se hundía, se desmoronaba, caía a tierra, y ante las ruinas de la torre alzada con una vida entera de esfuerzo, del golfo sombrío, surgía el fantasma del pasado, como una mano enorme, fría y viscosa que le atenazaba, impidiéndole ir hasta la cumbre.

Entonces abandonóse en la butaca, y con un gesto de dolor y angustia infinitos apoyó la frente en las manos y permaneció mudo, extático. La diestra de seda, suave, maternal, acaricióle. Raimunda a su lado murmuró:

— ¡Pobre!

Sonaron golpes discretos en la puerta y apareció el criado : — Una señora...

— ¿Quién? — Ramón incorporóse con vehemencia.

— No sé. Trae un velo muy espeso y dice que necesita ver al señor inmediatamente. — Que pase.

Salió el criado. Ramón Morales llevóse las dos

manos al corazón, que le golpeaba el pecho hasta hacerle daño.

Y en la puerta, envuelta en amplia capa de terciopelo y pieles, el rostro cubierto por espeso velo, trágica y teatral como la heroína de un drama de Echegaray en el tercer acto, apareció Ana Rosa.

EL JORDAN

— ¡Ana Rosa! — ¡ Ramón !

Habíase él precipitado a sus pies y la besaba las manos con loco transporte. Ella permanecía rígida, siempre en heroína de drama echegarayesco; había dejado caer el velo y resbalar la capa; sus cabellos, levemente dorados, encuadraban el rostro muy pálido en que se abría la boca llena de amargura y en que los bellos ojos se alzaban al cielo con una mirada de mártir.

Ramón balbuceaba siempre besando la mano, que pendía inerte : — ¡Ana Rosa! ¡Ana Rosa! Ella murmuró teatral: — ¡Aquí me tienes!

Llevóla hasta el sofá y sentóse allí siempre hierática.

R.amón Morales, arrodillado a sus pies, gemía :

— ¡Ana Rosa! ¡Ana Rosa!

Ella habíase abandonado en un gesto teatral de desaliento y dejaba pender las manos inertes. Su actitud era bella, extática, un poco estudiada, fría. Y justamente esta frialdad fué la

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que descendió como una ola de hielo sobre la cabeza de Ramón, como una de esas nubes húmedas y glaciales que envuelven las montañas. La sensación fué tan intensa que se puso rápidamente en pie, y con voz estragada, muy distinta de la anterior en que había fervor, entusiasmo, gratitud, gimió: — ¡Ana Rosa!

Debió ella sentir también que había exteriorizado involuntariamente algo de aquel fondo frío, orgulloso y hermético, que dormía bajo sus nobles rebeldías, por cuanto irguiéndose rápidamente en un ademán trágico habló con voz enfática:

— ¡Aquí me tienes, Ramón, aquí me tienes! ¡Tuya, tuya para siempre! ¡Haz de mí lo que quieras !

—¿Tú? ¿Tú?

— ^Yo, Ramón, yo que me moría de ansiedad, de inquietud — habló la muchacha dejándose arrastrar de la ola trágica.

Fué caballeroso.

— Has hecho mal en venir ¡y sola! ¡Si te viese alguien! Parecía sincera ahora.

— ¡Qué me importa! ¡Ah, Ramón, Ramón! ¡Estoy loca de desesperación, de terror!... ¡Tú no sabes!

— ¡Lo sé todo! — afirmó sombrío.

Sublevóse ella:

— ¡Y es mentira! ¡Mentira! ¡Una infamia! ¡Una canallada! ¿Verdad?... Me llamó mi padre para decírmelo, te va a llamar a ti... No lo cree..., no puede creerlo... ; quiere verte... Yo reí, lo eché a broma, pero sentía una angustia, una angustia... Mira; cuando era chiquita presumía de valiente, y algunas veces, para hacerme ra-

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biar, me apostaban a que no me atrevía a atravesar un pasillo obscuro y yo pasaba riendo, y luego, en mi cuarto, en la cama, me tapaba la cabeza con las sábanas, y temblando, lloraba de miedo... Hoy también he reído y he llorado... ¡Por Dios, Ramón, di algo, habla! ¡Si supieras lo que sufro!... Todo el mundo se ocupa de ello, lo comenta; los periódicos dicen no sé qué infamias; unos dudan, otros lo niegan, algunos hacen como que lo creen; pero es mentira, ¡mentira!, ¡estoy segura que vas a hablar, a deshacer el error, a aniquilar a los infames! ¡Yo no lo creo! ¡No lo creo, no le creeré nunca!

Desplomóse, o por mejor decir, desmoronóse su fortaleza en una súbita cobardía, y algunas lágrimas rodaron por las mejillas tersas. Ramón hablóla acariciando sus manos como haría con una niña enferma:

— ¡Pobrecita! No llores. Hay que tener valor. ¿Tú no lo crees? ¡Pues no es!... Vaya, todo no ha sido más que un mal sueño, una pesadilla. ¿Tú no lo crees, verdad? Verás como todo se disipa, se borra, se va.

Movió ella la cabeza dubitativamente:

— No basta que yo no lo crea...

Tras una pausa, el acusado alzó la cabeza y clavó los ojos enérgicos, resueltos, en su amada:

— Oyeme, Ana Rosa, óyeme serena como si hubiésemos de comparecer ante Dios. Tengo fe en ti; te amo y creo en tu amor. Es preciso la verdad, toda la verdad...; la verdad, por atroz, por cruel que sea...

Ana Rosa habíase incorporado sostenida por las manos apoyadas en los brazos del sillón; sus ojos estaban muy abiertos y su rostro contraído parecía esperar una confesión.

— ¡Nunca, oyes, nunca! ¡No quiero más men-

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tiras, más cobardías, más traiciones! — Comenzó Ramón. — ¡ Prefiero hundirme, ahogarme, morir! He aceptado una sola mentira capital en mi vida creyendo que a fuerza de bondad, de abnegación y de trabajo, lograría redimirme, y ya ves. Pero añadir una mentira a otra, enlazar una falsedad con otra nueva, hacer de la vida un rosario de farsas, de apostasías, de traiciones... ¡Jamás! ¡Jamás! Nuestra felicidad no existe si está amasada con una lágrima de dolor de los demás. Una sola mentira e^ una inquietud en la vida, y con una inquietud no se puede ser feliz.

Iba a seguir. La confesión surgía espontánea de sus labios, y tal vez en un loco delirio de esperanza soñaba con que en el perdón de aquella mujer estaba la salud, la energía nueva, la fuerza necesaria. Pero vió el rostro amado de tal modo contraído, había un rictus tan amargo en la boca, en los ojos tan frío e implacable reflejo, que arrepintióse y retrocedió:

— No, Ana Rosa, no; más mentiras convencionales, no. Para conservar mentidas posiciones no quiero aparentar lo que no es. Si te dicen que soy culpable, no lo creas..., despreciálos...

— No lo creo, Ramón, pero no basta; hay que pensar en los otros; los otros no te quieren como yo; unos te envidian, otros te temen o te odian... Hace falta una prueba, una prueba con que anonadarles...

Con el corazón sangrando objetó Ramón:

— ¿Y si yo les creyese indignos de una justificación?... ¿Y si les despreciase?

Con vehemencia protestó ella:

— No, Ramón, por Dios... ¿Tú sabes de lo que te acusan?... ¡De ladrón! ¡De asesino!

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Muy frío opuso:

— ^¿Y si no quiero disculparme?

— ¡Ramón, por mí!, ¡piedad!, ¡ten piedad de mí! Piensa que te quiero, que eres mi vida, mi esperanza, mi consuelo. Piensa en toda la fe que puse en ti, piensa que eres mi luz, mi guía, mi sostén. ¡Una prueba! ¡Una prueba para mí sola! ¡Yo sabré que es verdad, sentiré que es cierto! ¿Qué importa que los demás lo crean o no? Lo creeré yo y lucharé contigo, seremos fuertes, invencibles; triunfaremos de todas las acechanzas...— imploró la hembra.

Miróla de hito en hito y luego, sombrío, en súbito arranque, interrogó :

— ¿Y si fuese cierto? ¿Y si una serie de circunstancias me hubiesen hecho ladrón y criminal? ¡Oh! ¿Me querrías aún?

Juntas las manos imploró ella:

— ¡Galla, calla, por misericordia! ¡No hables así! ¡No digas eso! ¡Ramón! ¡Por piedad!

Firme, implacable, repitió:

— ¿Di, me querrías menos?

Ella cedió :

— No, no te querría menos, pero... — ¡Ana Rosa!

— ¡Te querría igual... y te querríá de otro modo!... ¿Pero por qué hablar así? Sería algo atroz, cruel, temible; sería una pesadilla espantosa; sería como el niño a quien roban su madre, como el ciego a quien matan el lazarillo, como el creyente a quien destruyen su Dios. Sería la derrota de mis ilusiones, de mis esperanzas, de mis creencias; sería el fln de mi fe, de la fe que tengo en mí misma y de la fe que tengo en los demás. Porque tú, para mí, lo encauzas todo, eres la lucha, la fuerza; eres la razón de todas mis pobres rebeldías.

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Ramón, lleno de amargura, halló todo aquello ferozmente afectado y convencional. Mas que grito de corazón herido, parlamentos de teatro. Sombrío murmuró:

— ¡No me quieres!

— Sí, te quiero, te quiero con toda mi alma; pero te quise fuerte y tendría que hacerme a quererte débil. Sería como una mujer que bogase por el mar fiada en la pericia de su hijo, y de pronto, súbitamente, paralítico éste, tuviese que ser ella la que mirase por él. ¡Oh! ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Cómo padezco!... ¡Escucha... mira... te quiero, te quiero a pesar de todo!... Si quieres llorar, ven a mí... Si sufres, yo te consolaré... Si tienes que subir al calvario, yo te ayudaré a llevar tu cruz...

Quiso creerla. Pese a que su instinto le decía que no, que todo era una fantasmagoría más teatral que real, fué osado hacia la verdad:

— ¡Ana Rosa... es preciso tener valor!

Casi inmediatamente se arrepintió al verla alzarse en gesto de horror:

— ¡No, no! ¡No puede ser! ¡Todo es mentira! ¡Todo es una calumnia monstruosa! Si fuese verdad, todo lo que he amado en la vida se vendría abajo, se derrumbaría, nos aplastaría con sus escombros! ¡Si fuese verdad, la virtud sería una farsa, el talento una mentira, el trabajo una mixtificación! ¡Si fuese verdad, no existiría la honradez, ni la abnegación, ni la lealtad! ¡Si fuese cierto, no nos quedaría sino huir, refugiarnos en un rincón del mundo, ocultarnos a llorar nuestra vergüenza donde nadie pudiese vernos!

La interrumpió :

— No te pongas así. ¡Por el cariño que me tuviste, por la memoria de tu fe, escucha!

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Iba a hablar, pero le atajó ella:

— ¿Es mentira? No puede ser más que mentira. ¡Ves! ¡Ves! ¡Ahora soy casi feliz! ¡Si pudieses comprender lo que he sufrido!... Porque tú eres mi orgullo, mi fe, mi vida entera...

Con una amargura que le escapó a ella, corroboró Ramón:

— Sí, tienes razón. El amor defendido por la compasión es un pobre amor. El amor ha de vivir de la fe y del orgullo. ¿Quieres la prueba, verdad, la prueba de que soy digno de ti? Te la daré.

Hablaba con cruel resolución. Sentía que la ola de hiél, que era asco y desdén y tristeza, subía, subía, le ahogaba. Sin querer pensaba en la otra. ¿Y aquélla, le quiso de verdad? ¿Sería también así? ¿Serían todas? ¿La humanidad entera?... Una sonrisa sarcástica crispaba sus labios, y en relámpagos lívidos una idea siniestra revoloteaba por su cerebro con ciegos vuelos de murciélago. ¡Morir! ¿Por qué no? Pero morir era una cobardía... ¡Bah! No tenía valor para afrontar la vida ya con aquella feroz idea moral de todos y de todo; sentíase roto, inerme, incapaz de recomenzar.

Vió ella la sonrisa:

— ¿Qué te pasa? — interrogó — . Parece que te burlas, que pones una burla en tus palabras.

Con frialdad, casi con dureza, negó :

— No, no; lo comprendo. Me quieres digno de tu fe, quieres la prueba de que siempre merecí el amor que me tuviste, quieres poderme amar sin que una sombra enturbie tu cariño...

Fuera oyóse el timbre de la puerta, que sonaba desesperadamente. El siguió:

— Pues bien, te voy a dar la prueba. Espera.

Fué hacia la alcoba. Ana Rosa llamó aún :

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— ¡ Ramón ! — Espera.

Desapareció, y súbitamente, en una pausa de dos voces que parecían discutir en la antesala, oyóse el ruido de la llave.

Tuvo la muchacha un presentimiento y se precipitó a la puerta:

— ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Abre, por Dios!

No le contestaron. Volvió a llamar:

— ¡Ramón! ¡Ramón! ¡No hagas eso!

De improviso sonó una detonación y el ruido de un cuerpo al desplomarse.

Enloquecida de horror, precipitóse contra la puerta, que resistía:

— ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Ramón!... ¡No té mates! ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Si te quiero, te quiero igual, pero no te mates!... ¡No importa que seas ladrón, ni criminal... ¡Pero no te mates!, ¡no te mates!

Epopéyica, desmelenada, suprema de belleza, arrojóse contra los cerrados batimentos, golpeándolos furiosamente.

Entonces abrióse la otra puerta y aparecieron los criados, Raimunda y con ellos Juan Pablo. Forcejearon un momento y por fin cedió la cerradura. Entonces, sobre el severo fondo de la estancia, a los pies del lecho de ébano, apareció el cadáver de Ramón. Una de sus manos crispábase sobre el pecho y la otra sostenía aún el revólver.

Ana Rosa lanzóse en la estancia y cayó de rodillas junto al cuerpo inanimado.

— ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Si te quiero igual!... ¿Qué has hecho?

Frío, desdeñoso, Juan Pablo afirmó:

— Nada, señora. ¡Comprar con la vida el derecho a la estima!

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Pero Raimunda acercóse lenta, yerta, rígida, como una sonámbula, y apartándola con un gesto brusco, habló con voz ronca, estragada, pero firme, imperativa, llena de desprecio, como una injuria:

—¡Quita!

Luego, mientras los otros sostenían a Ana Rosa y se la llevaban al despacho, arrodillóse a su vez, e inclinándose, apartó con la mano temblorosa los cabellos y besó la frente helada, mientras en un sollozo gemía:

— ¡Hijo! ¡Hijo mío!