El pasado · Unidad 13 de 22

Unidad 13 · RAIMUNDA

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

— ¡No, no! ¡De ninguna manera! A ese terreno no voy en esta ocasión. Resolver los negocios a tiros o estocadas, eso no. Un escándalo del que ninguno de los dos saldría ganando nada, una comedia ridicula que nos haría perder un tiempo precioso, de ninguna manera. Son demasiado altos los intereses que tengo en mi mano; representan demasiada fuerza, demasiadas energías, demasiado poder para jugarlo todo al azar de una espada. Aquí no se trata para nada de cuestiones de honor; el honor es un adorno más en la vida, encantador y útilísimo cuando la base de la vida es firme ; pero lo primero es asegurar la vida misma. Buena o mala, es mi moral. Ahora la respuesta, ¿acepta usted? ¿Sí o no?

Ramón afirmó resuelto, decidiéndose súbitamente a jugarse el todo por el todo: —No.

Aún ofreció Darro : — Piénselo usted.

Pero el político de la contextura de Hércules y los ojos de niño comprendía que el destino estaba en marcha, la suerte echada, que o triunfaría para siempre y su pasado caería en un abismo de olvido, o que amarrado a aquel hombre rodaría por un camino de vergüenzas, abdicaciones y canalladas, para acabar al fin y al cabo en la pública picota de desdén. Con rara firmeza aseguró :

— No tengo nada que pensar. ¡Salga usted!

Altivo, desafiador, Darro afirmó:

— Se arrepentirá. Dentro de unas horas será tarde.

Ramón señaló la puerta: — ¡Salga usted!

— Está bien. La suerte está echada. Después partió.

Unos momentos permaneció Ramón Morales, rígido, con el mismo gesto altivo y desdeñoso. Así oyó a su enemigo cruzar la rotonda, abrirse la puerta de la escalera ante él, salir... Entonces su fortaleza derrumbóse, y dejándose caer en una butaca, rompió en sollozos.

Una sombra obscura, aureolada por un nimbo de plata la frente pálida, deslizóse en la estancia, y acercándose a él silenciosamente, acaricióle los cabellos:

— ¡Pobre chiquito, que esa gente mala le hace sufrir !

RAIMUNDA

En todas las vidas muy áridas hay siempre una ternura, una ilusión, un punto vulnerable. Es muy raro el humano capaz de cruzar la existencia sin flaquear sentimentalmente, muy pocos los que se bastan a sí mismos, y saben, en las horas de alegría, guardar esa alegría, y en las de pena, callar su dolor, y cuando tienen un secreto buscar un muro por confidente, como aconseja el proverbio árabe. La vida de Ramón Morales había sido fría, hermética y cruel; en ella no hubo ni piedad, ni ilusión, ni amor. Y, sin embargo, él, que vió morir a su madre con un gesto de descanso, él, que partió sin volver la cabeza abandonando a Teresa, habíase prendido en una crisis de desaliento y melancolía en el humilde amor de Raimunda.

Era uno de esos amores hechos de renunciamiento y de fervor, de admiración y de ternura.

Bajita, delgada, más demacrada, los ojos muy grandes, un poco estáticos, el cabello todo blanco, de una blancura de nieve o plata, había puesto en Ramón Morales esa devoción apasionada que borra defectos para no ver sino virtudes, que no pide cuentas de nada, ni juzga

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nada; un amor de esclavo por su amo, de creyente por su dios; un amor fanático, pronto a encontrarlo todo perfecto, a no discutir ni escudriñar. Lo que él hiciera estaba bien, sencillamente porque lo hacía él.

Habíala conocido muchos años, muchos años atrás. Agonizaba su madre en la atroz tristeza de su miseria y su soledad, cuando una tarde, al volver de su oficina, la halló allí. Aunque el pergeño era plebeyo, los modales correctos redimiéronla a sus ojos de la baja extracción que en un principio la colocara. Era hija de un caballero carlista arruinado en nuestras guerras civiles, y por más que, desde muy niña, familiarizaron con la miseria, conservó un cierto barniz de señorío. Durante la enfermedad de la pobre mujer fué la única ayuda desinteresada, la única amistad verdadera que Ramón halló. Después de la muerte sustituyó a la madre, pero con ventaja. Ni quejas, ni reproches tuvo, sino sólo una abnegación sin límites, y así, cuando tras las horas febriles de su drama, llegó la de partir, Ramón Morales, pese a la sequedad de su espíritu, sintió dejarla.

Podemos olvidar una gran pasión, que si bien es el sumo deleite, tiene también crueldades y amarguras; podemos olvidar un gran cariño que nos acaricia, pero nos oprime también; mas esos humildes cariños que se complacen en guatearnos la vida, esas personas que nos lo dan todo y no nos piden nada, esas son como vagas sombras que nos acompañan atentivas y acariciadoras al través del éxodo de nuestras existencias.

Para Ramón, Raimunda fué una de ellas. La dejó con pena, no una pena amarga y desesperada, pero sí una gran melancolía, la nostalgia

de hallar el refugio de su cariño cada vez que volvía cansado de la batalla. Desde lejos, pese a la lucha formidable, pese a su firme decisión de olvidar^ de borrar^ de hacer con su vida como hacían los monjes medievales con los libros de aventuras escritos en pergamino, borrarlos para escribir encima una vida de santo, el único hilo que aún le ató al ayer, fue Raimunda. De tarde en tarde escribíala, enviando misérrimas ayudas primero, generosos donativos después. Pero ni por un momento su generosidad despertó la ambición de la pobre mujer, que siguió amándole rico como le habría amado pobre, pensando en él como en un hijo querido, y ansiando la hora de volverlo a ver.

La hora llegó, y una vez de vuelta y poderoso ya, su primera idea fué buscarla, llevarla consigo, parte por ternura, parte por un secreto egoísmo que le impelía a buscar la única persona de que estaba seguro en el mundo. Hablóla :

— Has sido muy buena conmigo en las horas malas, y es justo que ahora en las buenas lo compartas también.

La vieja tendió en su emoción los brazos con un gesto casi de ahogo, mientras balbuceaba :

— ¡ Ramonciño ! ¡ Ramonciño ! ¡ Qué bueno eres !

Y en los ojos, muy abiertos, en las estáticas pupilas grises, había una adoración infinita por él.

Ramón Morales explicó aún :

— No tienes nada que agradecerme. Si en el fondo me haces un favor tú a mí. Te ocupas de mi casa y de mis cosas...

La pobre Raimunda lloraba, y Ramón comprendió que holgaban las explicaciones, que no hacían falta palabras para nada, y calló.

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Llevósela, pues, consigo, y desde aquel momento la pobre criatura no pensó sino en verle dichoso, feliz, victorioso de todos y de todo. Asistía a la vida de su protector como a un milagro que no comprendía ni quería comprender, con una gran fe en él. Alguna vez, sin embargo, su cariño hacíale temer, y entonces pensaba en la hora en que su misión comenzaría. Para ello érase preciso que Ramón tornase a ser niño; que el sufrimiento le hiciese pequeño y miserable. Pedíale a Dios que esa hora no llegase nunca, que todo el dolor que pudiese corresponderle en la vida cayese sobre ella. Temblaba de angustia... ¡Y sin embargo, la hora había llegado!

Ramón, caído, roto, fofo, perdida la apostura de sportman, lloraba. Sentíase ahora cobarde, vencido, aniquilado, deshecho. Todo el edificio, con tanto afán levantado, se desmoronaba; la posición política, el nombre social, la fortuna, Ana Rosa, todo, todo, hundíase para siempre ya. Guando la crisis pasase, cuando fuese hora de luchar otra vez, sería viejo. Nunca había sentido tan clara la sensación de huida del tiempo, la sensación de correr a una meta trágica en que estaban la vejez y la muerte. Al mismo tiempo el secreto fatal le agobiaba, necesitaba confesar, gritar su pecado, clamar su delito. Raimunda pesistió en su caricia :

— ¡Pobrecito! ¡Pobrecito, que son malos con él!

Entonces, lento, solemne, comenzó a hablar:

— No, Rai, no; son justos; el que ha sido malo he sido yo... Yo he sido perverso, infame, traidor, criminal...

Y como ella denegase, dubitativa, moviendo la cabeza como ante la acusación de im niño que achaca importancia dü delito a haberse comido

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el azúcar, insistió golpeándose el pecho con fervor de contrito catecúmeno:

—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!

Ya más tranquilo habló :

— ¿Te acuerdas de Juan y de Teresa?...

Poco a poco fué confesando su delio, su atroz infamia. Al acabar espió un gesto de horror, una mueca de espanto. Las manos leves acariciaron sus cabellos con infinita ternura y Raimunda, como si no se hubiese enterado sino de que sufría, murmuró con infinito amor:

— ¡Pobrecito! ¡Pobrecito!

Experimentó un gran alivió. ¡Aún podían amarle después de saber! Su egoísmo llevóle a pensar en Ana Rosa. ¿Y ella? ¿Perdonaría también? ¡Quién sabe!...

Súbitamente comenzó a repicar el timbre del teléfono. Sobresaltóse. ¡Otra desgracia! Corrió al aparato :

—¿Quién? ¿Quién es?

Sonó una voz amiga :

— Yo : soy yo, Juan Pablo.

Aburrido, furioso contra aquella pesadez con que el poeta pretendía mezclarse en su vida, interrogó sin disimular el deje de impaciencia:

— ¿Qué quieres? ¡Vaya unas horas!

El otro no pareció notar su fastidio:

— Tengo que hablarte ahora mismo.

Fríamente afirmó Ramón:

— Imposible.

— ¡Es preciso, preciso! Te interesa mucho, te va en ello...

Morales comenzó a sentir una vaga zozobra : — Pero...

Juan Pablo insistió :

— Ven: créeme. Te espero en la calle de Segó via, junto a la cruz...

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Trató de resistir aún:

— ¡Es tan tarde!...

La voz del poeta hízose misteriosa:

— Créeme, ven.

— Pero di al menos de qué se trata... — Por teléfono, imposible. — Algo...

— Bueno, un nombre : Juan Pérez.