El pasado · Unidad 2 de 22

Unidad de lectura 2

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Habían llegado a las Cuatro Calles; la multitud estrujábase allí en las aceras, mientras los vendedores de periódicos seguían pregonando con destemplados gritos los diarios de la noche, y por el centro desfilaban apretadas filas de co-

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ches. Algunos toreros, sombreados los rostros morenos por el ala de los cordobeses, requebraban a las buenas mozas que pasaban con el mirar procaz de los ojos negros, velado por las largas pestañas, y el cuerpo cimbreado en un desafiador mover de las caderas. Despidiéronse.

— ¿Va usted esta noche a casa de Tortales?

— Sí, allí nos veremos.

Regalda subrayó con su sonrisa cruel:

— ¿Chez Penélope? ¿La reina infelice? ¿Siempre en su culto al ausente?... No hay como no ser nada para que le recuerden a uno mucho. Justamente la fuerza de los dioses está ahí: en que son mitos... Si les viésemos entre nosotros...

Murciano puso el inri:

— Ya conocen ustedes la frase de Cánovas, a propósito del pobre Tortales... ¿No?... Pues comiendo una noche en un banquete literario de Molíns, Tortales, que prudentemente había estado callado, creyóse en papel deslucido y, faltando a la cauta y castellana máxima de "al buen callar llaman Sancho", que tan buen resultado le diera siempre y de tal modo cimentara su reputación de culto y de discreto, dijo no sé qué majadería. Cánovas miróle de hito en hito; luego, como si no fuese con él, decretó: "¡Cuántos hombres yerran su vocación en el teatro de la vida, haciendo papeles que no les corresponden! Ya ven ustedes nuestro amigo Tortales...: ¡era inimitable, como el señor que no habla, y se ha empeñado en echarlo a perder!"

A Ramón la frase parecióle apócrifa y necia, una de tantas frases como se atribuyen a los que gozan fama de ingeniosos, pues es sabido que cuando una persona tiene cosas, apenas a

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cualquiera se le ocurre una imbecilidad, se apresura a colgársela: "¡Qué gracioso fulano ayer! Figúrense..."; con lo cual, además, puede bombear su propio chiste a mansalva.

Regalda murmuró un comentario cínico, aunque de ese cinismo suyo, discreto e insinuante, que no estaba sino en el subrayado:

— Y, sin embargo, Cánovas le hizo conde, senador y académico...

Murciano objetaba:

— No será nueva para usted la teoría de don Antonio. La unidad seguida de ceros.

Se dieron la mano, y cada uno tiró por un camino. Morales, al ver lo tarde que con la discusión se había hecho, paró un coche de alquiler. Ya en él, y mientras, traqueteando, le llevaba a su casa, trató de ordenar sus pensamientos, los recuerdos de aquellas horas, el discurso, las ideas sugeridas por las réplicas de sus adversarios; quiso, como hacía siempre, establecer una disciplina severa en sus ideas, clasificarlas, rotularlas, ver el pro y el contra de ellas...; no pudo. Por el fondo brumoso de su vida pasaba una sombra vaga y triste : la sombra de Teresa.