El pasado · Unidad 21 de 22

Unidad 21 · LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES

El hombre-policía sonrió con su sonrisa humilde mientras encogíase aún más en el borde de la butaca donde estaba sentado, y seguía en la trascendental tarea de frotarse las manos esquivando un gesto de sumisa disculpa. Pero Ramón mirábale fijamente a los ojos, y aunque el otro bajaba los párpados hipócritamente, leyó en aquellas pupilas una curiosidad malévola e irónica que le irritó:

— Usted comprenderá que este paso que está dando es profundamente ofensivo para mí...

El sabueso hizo protestas de devoción e inocencia :

— ¡Por Dios!... No... El señor Jefe, lo primero que me encargó, es que le repitiese que esta misión no tenía nada, nada de ofensiva para el señor... que si no venía él mismo era por discreción, porque despierta la atención de los periodistas, sería dar una campanada, pasto para forjar historias...

Tras un momento de duda, Ramón Morales hizo una mueca de desdeñosa indiferencia:

— Bueno, lo mismo da. ¿Qué querían ustedes saber?

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Ramón había envejecido años. Como si súbitamente la vida entera se hubiese desplomado sobre él, el rostro aparecía amarillento, marchito, surcado de profundísimas arrugas, hinchados los ojos bajo los que veíanse grandes bolsas plominas, secos y mustios los labios, crispados por hondo rictus de amargura, y hasta entre los cabellos algunas canas, mientras la figura había perdido su arrogancia y sólo a fuerza de voluntad mantenía su gesto altivo, realzado por el aliño de la persona.

El luchador, que era Morales, acababa de vivir las horas más crueles y amargas de su vida : horas de esas que no perdonan y de las que, si por un milagro de energía se salva uno, sale roto, tronchado, ablandado para siempre.

Esperanzado, casi alegre, salió la víspera de casa de don Alfonso Llórente. ¡Estaba salvado! Todas aquellas cosas atroces, crueles y malsanas perderían su pequeñez en manos del hombre bueno y la justicia; pero no la humana y formulista, sino la grande, la que busca la verdad en el fondo de las conciencias, resplandecería.

Mas cuando tras unos rcados retornó a su casa, halló corrillos en las calles, y en la puerta misma le dieron la noticia:

— ¡Han matado a Llórente!

Quedóse yerto, mudo de asombro, ahogado de angustia. Completaron la información :

— Dicen que ha sido un italiano que se llama Fuchino o Fauchino, que vivía con una pintora muy rara, extranjera también, pero que tiene cómplices aquí, y que todos se reunían en una taberna de los barrios bajos, allá por la calle de Segovia...

Como en un relámpago vió Morales el va-

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lor de todas aquellas cosas, la influencia fatal que podía tener la casualidad en su vida. Rememoró el encuentro con Juan Pablo, la ida a la taberna, la exótica dibujante, el italiano, las conversaciones de los rebeldes, sus propósitos de violencia llenos de literatura, pero que a la vida daba súbitamente un valor de realidad, la entrada de los policías, y entrevió las consecuencias.

El, mezclado en aquellos momentos en una tremenda historia, iba a verse envuelto en otra mucho peor.

No le quedaba ni aun el recurso de salir a enterarse. Primero, no podía exhibirse; segundo, tenía que esperar a Regalda y PinzónDíaz, que habían ido, en representación suya, a pedir explicaciones a Darro, y que vendrían al anochecer.

Los extraordinarios trajéronle nuevas noticias de la muerte de Alfonso Llórente, que al cruzar el Erebo en la barca de Garonte, agigantábase hasta colmar proporciones de héroe legendario. La flema de don Alfonso, su ademán heroico, el dolor de la esposa, el gesto un poco teatral de los discípulos y, por fln, la fuga del criminal y su suicidio.

Ramón respiró como si le hubiesen quitado un peso de encima, como si aquel hombre se llevase a la tumba sus secretos.

Súbitamente una inquietud casi olvidada enseñoreóse de él. ¿Y Ana Rosa? Llamó:

— ¿No han traído ninguna carta para mí de casa de los duques de Otalora?

— Ninguna,

— ¿Ni recado?

— Tampoco.

Su ansiedad crecía. No veía a nadie ; ni la carta

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de Ana Rosa, ni los padrinos, ni amigos... Al anochecer comenzaron a traerle periódicos. En ^odos ellos venía en primera plana el retrato del muerto, seguido de largas y prolijas informaciones, de dibujos reconstruyendo el hecho, de violentas condenaciones contra el anarquismo y de informaciones pintorescas sobre la vida de aquellas gentes. Los especialistas en la materia estudiaban la significación de Llorente, su puesto en la política española, las nuevas corrientes que venían con él. Pero todos, absolutamente todos, desde el más moderado y conservador hasta los más violentos, aludíanle claramente, y si bien algunos, que blasonaban de serios y profundos, daban la especie como un rumor que era preciso rechazar, otros acogíanlo con fruición y narraban las más absurdas y fantásticas historias.

Ahora, el hombre-policía sentado frente a él, cohibido en apariencia por su aire desdeñoso, aunque tal vez interiormente satisfecho, burlón y maligno, hasta la chabacanería, siguió frotándose las manos con creciente entusiasmo, y tras de tartamudear un poco, formuló con fingidas vacilaciones:

— No se trata, claro está, de ninguna sospecha contra usted, señor de Morales, sino sencillamente de ver de esclarecer bien todo, aunque no sea más que por la limpieza de su buen nombre.

Ramón, en un gesto de orgullo, estuvo a punto de afirmar rotundamente que su buen nombre no necesitaba de esa ayuda; pero en un a modo de pereza moral, prefirió callarse...

— Es el caso — siguió el policía — que se le ha visto a usted en una buñolería de los suburbios— la palabra suburbio tomaba en labios del

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hombre aquel la importancia que tiene en los novelones policíacos — con varias personas, entre otras la pintora y Fauchino...

Morales, aunque con repugnancia, explicó :

— Fui con un amigo de la juventud, un poeta, Juaii Pablo...

— "Lo sábemeos" — aseguró el otro, dando una gran importancia a aquel plural y sonriendo con suficiencia, como si afirmase la buena organización del Cuerpo — . Fué usted una noche con el Juan Pablo y otros bohemios — su espíritu burgués ponía desdén en ello — , y volvió después con un tal Juan Pérez...

— ¿ Entonces ? — interrogó sin comprender dónde quería ir a parar el otro.

— Entonces, lo que quisiésemos es que nos dijese si tiene algunos antecedentes del italiano, si sabe algo de sus planes, si les oyó alguguna afirmación, alguna alusión de atentado, algo que denunciase sus maquinaciones, dónde se reunían...

— No sé nada de nada — aseguró Ramón — . A Juan Pablo le conocí hace muchos, muchos años ; los demás ignoro su vida por entero ; con Fauchino ni aun he cambiado la palabra.

Púsose en pie, dando por concluida la entrevista, y el policía le imitó.

— Usted sabrá disculpar este paso, señor de Morales...

El político inclinóse.

Un criado anunció:

— En el salón esperan el señor marqués de Regalda y el señor Pinzón-Díaz.

Latióle con violencia el corazón. Era la sentencia que venían a notificarle. Si conseguía batirse con Darro, estaba salvado. Hay una extraña teoría humana que hace sagrado al que

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puede matar, que trueca en rey al jayán asesino en un presidio y en caballero intachable a aquel a quien, con todas las reglas de la honorabilidad, le es dado atravesar a otro de una estocada. La única diferencia es que en un caso son despreciables los que tienen la debilidad física, en otro las que la tienen moral. Si aquellos caballeros le autorizaban a batirse con Barro y conseguía enviarle al otro mundo, estaba salvado; nadie jamás, aunque hubiera cometido crímenes nefandos, osaría echarle nada en cara; si no, el desprecio de las gentes caería sobre su cabeza.

Entraron sus amigos muy serios, muy graves, enlevitados; Pinzón-Díaz, con su barba en punta y su perfil que evocaba vagamente las figuras asirías, y Regalda, en su tiesura protocolaria, su aire suficiente de diplomático de opereta y su elegancia de viejo dandy vagamente demodée,

Regalda tendióle la mano correcto, un poco frío tal vez; Pinzón-Díaz estrechóle entre sus brazos con un gesto trágico, el gesto con que, cuando el Anticristo haya reinado sobre la tierra y el carro del Apocalipsis paseado su aburrida mascarada, el penúltimo superviviente se despedirá del último. Con voz cavernosa gimió el hombre cordial:

— ¡ Luctuoso !

Ramón, casi sincero, creyó del caso cubrirse el rostro con las manos. — ¡ Terrible ! ¡ Terrible !

Siempre con laconismo espartano insistió el personaje asirlo : — ¡ Monstruoso ! Ramón Morales habló: — ¡Es increíble! ¡Tan bueno! ¡Tan noble!

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¡Tan sincero! ¡Tan leal! ¿Quién podía odiarle? Pinzón-Díaz hízose más explícito: — ¡ Pobre España ! ¡ Inf ortunado país que cuando encuentra un hombre capaz de redimirle ve brotar a un malvado que siega su vida en flor ! Un anakée parece pesar sobre nuestro destino. ¿Quién será capaz de sustituirle? ¿Quién heredará sus cívicas virtudes? ¡Mísera patria mía! ¿Cómo salvarte? El castigo de Dios y la condenación de los hombres caerán sobre la cabeza del asesino. ¡Ah! Nadie, nadie sustituirá a Alfonso Llórente. Nadie tendrá su corazón de niño, su inteligencia genial, su entusiasmo nuevo.

Regalda puso su filosofía cínica y glacial: — Es imposible. Un hombre como Llórente no ha nacido para gobernar a un pueblo viejo como el nuestro. Aquí se necesita la astucia de un Barandales, la indiferencia disfrazada de buen sentido de un Rozalejo. ¡La fe, el entusiasmo, la justicia, el sacrificio!... ¡Son tan peligrosos! Con las pasiones como con los torrentes hay que echarse a un lado, dejarlos pasar... y luego volver a ver si han fertilizado el terreno. Ramón retornó a su asunto: — ¿Han hablado ustedes ya con los padrinos de Darro?

Gomo por ensalmo la elocuencia de sus interlocutores concluyóse, y mutuamente, tal vez recordando las máximas de urbanidad del barón de Andilla, se dejaron la palabra:

— El amigo Regalda...

— Pinzón-Díaz...

Al fin, y como el hombre cordial no rompía a hablar ni a tiros, el marqués de Regalda tomó la palabra:

— Hemos tenido una entrevista, efectivamente.

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con ellos. Uno se ha mostrado realmente incorrecto, pretendiendo acudir a un tribunal de honor; el otro, mas en la realidad, más delicado y caballeresco, ha propuesto una fórmula; • ante estas circunstancias, un si es o no excepcionales, ante la polvareda que todos los sucesos políticos han levantado, y sobre todo ante la desgracia nacional que constituye la muerte de Llórente, cree que debe aplazarse la cuestión. Luego cuando se sepa...

Con sarcasmo interrumpió Morales:

— Si soy un criminal o no...

Protestaron con vehemente presteza:

— ¡Qué disparate!

— ¡Qué locura!

— ¡Nos ofende usted con la sospecha!

— Si dudásemos de su caballerosidad...

La víctima cortó por lo sano :

— Bueno, entonces, ¿han decidido?

— Espérese. Guando esto se serene podremos reunimos varios caballeros...

— ¿Y si no estoy conforme?

Consultáronse con los ojos; al fm Regalda habló por los dos:

— Declinaremos los poderes.

Ramón sintió una violenta ira que le arrebataba.

— ¡Esperar! ¡Tener calma! ¡Paciencia!... ¡Qué bien se dice todo eso cuando no le importa a uno, cuando no le va en ello la honra y la vida!...

Parsimonioso siempre, interrumpió Regalda: — La exaltación le hace ser injusto... Pinzón-Díaz intervino a su vez cordial: — Peca usted de ceguera con nosotros, querido amigo...

— ¡Injusto! ¡Ciego! — prosiguió Ramón con

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creciente furor — . ¡Pero no comprenden ustedes que es imposible, imposible! Que me va la honra, la vida, todo lo que en veinte años de esfuerzo he ido creando día por día, hora por hora. ¡Es preciso que yo me bata con Darro!

El marqués de Regalda hizo un gesto de impotencia como ante el capricho de un niño :

— No quiere. Exige un tribunal de honor.

Pinzón-Díaz anunció, conciliador:

— Por eso hemos buscado una fórmula que deje todo a salvo.

No pareció oírle Ramón:

— Si no quiere batirse, se le obliga.

Regalda dió señales de impacientarse; pero el otro, efusivo y amable, fué hacia la víctima:

— ¡Parece mentira que un hombre de mundo como usted se deje obcecar por la ira así! Hay que tener calma, paciencia. Hay que esperar que las cosas se pongan en claro, y luego, serenamente, alta lai frente, ir al terreno del honor.

Ramón rió con sarcasmo :

— Esperar a que acumulen sobre uno necios prejuicios, leyes absurdas, teorías convencionales, y a que ya, muertos y enterrados, nos hagan justicia.

Pinzón-Díaz extremó su amistosa deferencia:

— Todos le queremos y estimamos; todos hemos de velar por sus asuntos corneo por cosa nuestra.

Pero Morales, furioso, daba señales de no oírle.

— Buscaré a Darro, lo abofetearé, le obligaré a ir al duelo quiera o no: le escupiré a la cara, le pisotearé... — Perdido todo dominio sobre sí mismo, balbuceaba las amenazas rojo de ira, las manos temblorosas y los ojos inyectados de sangre.

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Regalda, severo ahora, se puso en pie. Iba a hablar, tal vez a pronunciar palabras irremediables de desdén, pero Pinzón-Díaz le atajó:

— Querido Ramón, hay que dominarse. Está usted nervioso, inquieto... Descanse; mañana...

Perdida toda continencia, repetía Morales :

— ¡Lo abofetearé! ¡Lo escupiré! ¡Lo pisotearé !

Glacial, Regalda tendióle la mano. PinzónDíaz le abrazó. Luego partieron.

Y Ramón sintió que su furor se evaporaba y que sustituíalo un descorazonamiento sin límites, una tristeza enorme, un desaliento infinito.

Todo se hundía, se desmoronaba, caía a tierra, y ante las ruinas de la torre alzada con una vida entera de esfuerzo, del golfo sombrío, surgía el fantasma del pasado, como una mano enorme, fría y viscosa que le atenazaba, impidiéndole ir hasta la cumbre.

Entonces abandonóse en la butaca, y con un gesto de dolor y angustia infinitos apoyó la frente en las manos y permaneció mudo, extático. La diestra de seda, suave, maternal, acaricióle. Raimunda a su lado murmuró:

— ¡Pobre!

Sonaron golpes discretos en la puerta y apareció el criado : — Una señora...

— ¿Quién? — Ramón incorporóse con vehemencia.

— No sé. Trae un velo muy espeso y dice que necesita ver al señor inmediatamente. — Que pase.

Salió el criado. Ramón Morales llevóse las dos

manos al corazón, que le golpeaba el pecho hasta hacerle daño.

Y en la puerta, envuelta en amplia capa de terciopelo y pieles, el rostro cubierto por espeso velo, trágica y teatral como la heroína de un drama de Echegaray en el tercer acto, apareció Ana Rosa.