El pasado · Unidad 5 de 22
Unidad de lectura 5
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
— Sí, sí; luego tratado por el prodigioso verbo de usted, y sin olvidar la prudencia, sin olvidar la táctica de las viejas sibilas que acertaban siempre..., con sólo cambiar de sitio una coma. ¡Quién mejor!... Usted es el único con derecho a levantar la frente, el único a quien es dable desafiar a las multitudes con la cabeza erguida, sin temor a los juicios de los demás, porque es usted el único que no tiene pasado.
Un escalofrío corrió por las espaldas de Ramón y creyó oír una risa irónica que le flagelaba el rostro. Don Fermín no notó nada y prosiguió :
— En el partido hay hombres de reconocido mérito, hombres que podríamos llamar sin hipérbole, eminentes, pero... ¡quién no tiene un punto vulnerable en su vida! Cristo lo dijo: "El que esté limpio de pecado que tire la primera piedra."
— ^Yo... — protestó Morales, súbitamente sombrío.
— Usted, con su pasado prodigioso, con esa lucha heroica de veinte años para elevarse desde la obscuridad y la miseria al inmenso prestigio conquistado; usted, que en tantos años no ha visto caer un borrón en su limpia ejecutoria, que ha trabajado siempre serenamente, noblemente, sin un desfallecimiento, sin una traición, sin una apostasía, usted es el llamado a hablar.
Después Rozalejo, hombre práctico, conocedor del corazón humano, creyó deber poner el cebo :
— Y cuando suene nuestra hora, desde el Ministerio podrá usted proseguir su admirable...
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Gallóse porque Julito Galabrés se aproximaba. Fué tarde. Habíales oído gran parte de la conversación y rápidamente, y con la buena intención que le caracterizaba, pensó a quién podía molestar con aquello. Pensó en seguida: ¡ Darro ! ¡ El rival ! Aquel era su hombre. Aparte de que él, personalmente, le tenía atravesado en la boca del estómago. Lanzóse al través de los salones, atrepelló casi a las Pastor Cordero, que, de verde mar con yedra una, y de magenta con girasoles la otra, se extasiaban ante un Jardín del Amor, que si no era de Rubens, podía pasar por una copia muy mala, y murmurando un "¡Perdón!", fué a parar al despacho, donde un gran grupo de hombres políticos rodeaba a Darro.
La mayoría eran gentes insignificantes, de tercer y cuarto orden, diputados obscuros, malignos y aviesos, que vertían las hieles de su fracaso en palabras de enconada intención; periodistas con pretensiones de hombres de mundo, y simples curiosos, sin contar los dos o tres figurones que llevaban la voz cantante. Entre ellos podía contarse Regalda, escéptico, burlón, impecable, hablando poco y escuchando mucho, sin perder su aire de cortés indiferencia; Pinzón-Díaz, perorando a gritos y sacudiendo palmadas en las espaldas de sus interlocutores; Gracián, untuoso, sutil, discreto y escurridizo, y Barandales, cuco, muy hábil, muy español en sus desgarros y cinismos que levantaban ampollas. Gon su cara burlona — no la leve mueca irónica de Regalda, sino algo infinitamente más castizo que tenía de sarcasmo y de descaro — había hecho su camino. De enorme inteligencia natural, muy hábil, con habilidades de picaro de novela, poseedor de mucha ciencia del mun-
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do y de una idea cínica y llena de sentido práctico de los hombres y de las cosas, no tenía altas concepciones de la vida, visiones sintéticas de la marcha política del mundo, pero sí, en cambio, cazurrería y buen olfato, malicia para sortear obstáculos y navegar por las revueltas aguas de la vida pública madrileña, salvando aquello que quería salvar, hundiendo lo que le convenía hundir. Las gentes odiábanle a ratos, a ratos aplaudíanle las salidas; los periódicos satíricos se cebaban en él, que encogíase de hombros pensando filosóficamente aquello de "ande yo caliente y ríase la gente".
Pero entre todos ellos destacábase Darro. Ni había sido ministro ni casi diputado, pues que sólo figurara en dos legislaturas, y, sin embargo, todos los ojos convergían a su persona y todos estaban seguros de que aquél era algo. Ahora mismo, su presencia allí parecía borrar el ridículo de la estancia (donde la Tortales, tras algunas vacilaciones, habíase decidido a colgar la imagen de su primer marido, dando a la casa cierto aspecto de palacio de un Barba Azul hembra) y poner graves notas de vida espiritual, algo así como si en vez del trivial retrato del conde de Argamasilla, viérase severo hidalgo del Greco, un príncipe de Garreño o un noble de Velázquez. Delgado, de mediana estatura, alto de hombros, la cabeza angulosa, el pelo muy negro, los ojos brillantes como carbunclos bajo las hirsutas cejas, la nariz corva, como pico de ave de rapiña, la barba negra y en punta tenía algo de pájaro de presa, un no sé qué de enérgico, de dominador.
Hablaba ahora con frase corta, enérgica y martilleante :
— El discurso de Morales de esta tarde es me-
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diocre. Lo es no por el discurso en sí, sino por que se adivinaba que el orador callaba algo. Era como una persona que quisiera decir muchas cosas y en quien una fuerza oculta se lo impidiese, consciente o inconscientemente. He ahí mi impresión.
Llegó Julito y apresuróse a lanzar la bomba.
— ¡Crisis en puerta! Ahora mismo le decía Rozalejo a Ramón Morales: "Amigo mío, el día no lejano en que le hagamos ministro..."
Volviéronse todos a escucharle. En el fondo queríanle bien y aun admirábanle, seguros de su talento, del porvenir brillante...; pero las indumentarias sensacionales, los bluffs, los chismes y las salidas de tono, hacían que pusiesen en su trato con él una vaga ironía afectuosa. Encantado de la atención, prosiguió:
— Morales se sentía Quijote, desfacedor de entuertos, paladín de las causas nobles. Arremetía contra La Metalúrgica de Fuenteseca como si fuese molinos de viento. Hablaba de hacer y acontecer...
Darro había fruncido imperceptiblemente el ceño; luego, con un esfuerzo, dominó sus nervios y habló, como siempre, acre y rápido, por estallidos, pero ahora, tal vez, más violentos.
— Hace mal Morales. No debe hablarse nunca de lo que se va a hacer... (con fría ironía) ¡ni casi de lo que se ha hecho! Esto, sin contar con que hay cosas que, como las armas de Bayardo, tienen el lema de "¡Nadie las mueva!..."
Julito, a quien Ramón era profundamente simpático, afirmó con petulancia:
— Fiará en su suerte.
— O en su maña — insinuó Barandales.
Regalda halló manera de colocar una de aquellas amables frases, vacuas y oportunas:
— Ya saben ustedes lo que contestó Cánovas una vez que le preguntaron si la política era arte o maña: ¿La política?... Artimaña.
El hombre cordial defendió al ausente:
— ¡Hombre, suerte sólo, no, mecachis! Para encumbrarse así, de súbito, hace falta, además de suerte, muchísimo talento y una energía...
— ¿De súbito? — apuntó con leve malicia Gradan.— Tanto como de súbito... veinte años...
— Súbito, sí — afirmó resueltamente PinzónDíaz, a quien la vida había enseñado el valor de las cosas — . Ramón Morales ha llegado en veinte años donde no llega nadie, como no tenga dos o tres generaciones de luchadores detrás de él.
El vizconde de Atalante, una de las brillantes nulidades que fumaban su puro allí, colocó una vaciedad, con pretensiones de sentencia, que venía elaborando hacía rato :
— No me gustan esos encumbramientos rápidos. El tiempo sólo respeta lo que se ha hecho con su concurso.
Regalda añadió una pequeña erudición en su apoyo :
— Lo de Napoleón: "Si yo fuese siquiera mi nieto, estaría seguro de conservar mis. reinos".
Darro esperó a que alguien lanzase la flecha envenenada, la maligna insinuación. Gomo callaban todos, agotado, al parecer, el tema, insinuó, aunque sin variar el tono de la voz:
— No es sólo eso. Yo, en el fondo de todos esos rápidos encumbramientos, veo algo falso, un punto negro, una mentira... o un delito; en suma, una cosa rara, anómala. Guando me tropiezo en el mundo con esas gentes que en pocos años han llegado desde la nada a todo,
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me pregunto involuntariamente: ¿qué habrá aquí? ¿Cuál será el secreto?
A Regalda, indudablemente en vena, se le ocurrió otra frase. Dudó. ¿A quién atribuirle la paternidad para realzarla?... ¡Bah!, ¡qué más daba! Sobre que ninguno podría constatar la suplantación...; además de eso contribuía a la fama de erudito... Una sonrisa levísima rizó sus labios :
— Leí yo en Macaulay que en cada casa hay un armario con un cadáver dentro. Todo está en dar con él.
Atalante persistió en su tema, defendiéndolo con nuevas aportaciones:
— Y la prueba es que las grandezas hechas a fuerza de años, de luchas y de trabajos, casi nunca se derrumban de repente, y nunca, o muy rara vez, se deshacen del todo ; y, en cambio, las improvisadas se desploman sin dejar rastro, como si se las tragase la tierra.
Barandales apuntó :
— Falta de raíces.
Protestó el disertador:
— No, no es eso. sólo. Para llegar al recinto de la gloria — hacíase enfático y altisonante — hay un foso profundo que llenar. Es preciso irlo haciendo a fuerza de trabajo, de constancia, de mérito o virtud... Y el foso de esas glorias improvisadas se ha llenado con un cadáver, o con una falsedad, o, sencillamente, con una farsa, y al llegar la hora de la verdad...
Murciano acercóse a Barro y murmuró a su oído :
— Vengo de parte de Triarte, porque convendría que antes de acostarse se pasase usted por el periódico, pues ha ido un hombre, un tal Juan Pérez, que pretendía hablar con usted esta
misma noche. Dice el director que se trata de un asunto importantísimo, relacionado con lo de París... que tiene unas cartas el hombre ese y que, sin consultar con usted...
Pero Darro seguía su idea, sin prestar atención al periodista. Vió venir por la galería a Morales.
— Señores, me traen un recado urgente del periódico y he de ir a hablar por teléfono, perdón.
Ya en el pasillo, sacudióse al otro:
— Vaya, ya hablaremos luego.
Fué al encuentro de su rival y le tendió la mano. Ramón estrechóla cordialmente, aunque en el fondo con una vaga repugnancia de antipatía. Eran los polos opuestos: Morales pecaba siete veces al día, cometía errores y ligerezas, pero lo hacía con fervor, con entusiasmo, con pasión; toda su voluntad tendía hacia una utopía humanitaria y buena; Darro era un justo, ni una falta podía reprochársele, ni un error; era como esos delincuentes honrados que, sabiéndose el Código de memoria, jamás faltan a sus preceptos, acomodándolos hábilmente a sus necesidades. Julito, en una ocasión, había hecho con ellos una fábula burlesca: "El tigre y el alacrán."
Abordó, pues, a Morales:
— Quisiera hablarle un momento...
— ¡ Gustosísimo !...
— Mire usted: como nos conocemos, como nos apreciamos en lo que valemos, es mejor prescindir de circunloquios..., que, por otra parte, me repugnan.
— Conformes... y usted dirá.
— Mire usted, amigo Morales: aunque para gentes poco experimentadas o poco perspicaces
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su discurso de esta tarde no sea sino una pieza oratoria más, admirable, soberbia, excepcional, pero una más, por el continente, a Iriarte, y opino como él, le parece el primer asalto, el primer paso de una campaña. ¿Se equivoca?
Ramón Morales pudo dar una evasiva; prefirió ser veraz:
— No, no se equivocan ustedes.
— Está bien . Gracias por la franqueza. Y puesto que no nos equivocamos en lo primero, ¿quiere usted decirnos si lo hacemos al pensar que esa campaña va contra La Metalúrgica?
Ramón vaciló un momento; al fin contestó:
— No, no se equivocan tampoco.
Hubo una pausa, en que uno esperó y el otro pareció reconcentrarse en sí mismo. Al fin, Darro se decidió a hablar:
— Pues mire usted, valga por lo que valiere, voy a estar a la recíproca: franqueza por franqueza. Si esa campaña no tiene más alcance que el habitual (y subrayaba de modo agresivo la palabra habitual), si a lo más que llega es a un efecto político, aunque la lamentamos, no tenemos nada que decir... sino lo que puede decirse en una discusión política o en una campaña periodista. Pero si se quieren sacar las consecuencias, si se pretende de verdad lesionar los intereses de esa Empresa...
La velada amenaza irritó a Ramón:
— Usted olvida que la conciencia no puede detenerse a medir lo que conviene a unos y a otros para dictar las palabras.
Sonrió Darro casi irónico :
— No olvido nada; pero entre hombres políticos...
— Entre hombres honrados — rectificó Morales.
— Sr —
— ¡ Bah ! En el léxico político las palabras tienen muchos valores. — Ante mi ética, no.
Los dos mirábanse frente a frente, conteniendo su ira a duras penas. Una palabra más, y tal vez...
Entonces surgió Julito, oportuno :
— ¡Por Dios, van a perder el gran espectáculo!... La entrada... vengan ustedes...
Empujóles hacia el salón de baile, que con sus columnas de pórfido y sus mosaicos modernos, parecía la sala de natación de un balneario lujoso. Allí todos los invitados aglomerados, alíneanse en dos filas, como en un baile de corte, para ver pasar a Llórente. Y el cortejo desfilaba, levemente caricaturesco, cual esas estampas humorísticas francesas que representan al presidente de la República en desfile protocolario.
Delante iba él, vestido de frac, demasiado rudo para la prenda teatral y aristocrática, fruncidas las cejas negras y espesas, relucientes los ojos vivos e inteligentísimos, tras los lentes, rematados en oro, estrecha la frente bajo el pelo crespo y apretado, dando el brazo a la Tortales, que arrastraba su larga cola verde bordada de lentejuelas; detrás, Cristina Friasa, muy bella, alta, delgada, un poco henchido el pecho, la cabeza levemente inclinada y^los ojos infinitamente dulces, bajo la sombra de la enorme mata de cabellos castaños, vestida de blanco y apoyada en el brazo del ministro de Marina, que apenas la llegaba a la cintura.
Las gentes inclinábanse aduladoras y sonrientes, curiosas y malévolas.
Julito murmuró :
— ¡El salón de la República!