El pasado · Unidad 9 de 22
Unidad 9 · ANA ROSA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
ANA ROSA
En el grato temple de la alcoba en que, pese a las espesas cortinas, penetraba el sol, Ana Rosa despertóse alegre. Gomo si hubiese un geniecillo benéfico y familiar encargado de velar para que se realizasen sus deseos, no bien húbose despertado apareció en la puerta Felisa, la doncella, y descorrió los cortinajes. Al través de los cristales vió la perezosa el parque de esmeralda pálida y oro, por el otoño, y el cielo azul en que reía el sol. Después, y mientras la muchacha en el cuarto contiguo preparaba el baño, recreó sus ojos en la suntuosidad grave, noble y un poco adusta de la habitación.
No había en la estancia nada del lujo banal y manido de las casas improvisadas, sino una elegancia armoniosa que encubría el confort moderno lo bastante indiscretamente para dejarlo adivinar, para tranquilizar los nervios haciendo sentir su presencia. Un damasco azul obscuro tapizaba los muros, resaltando tres o cuatro cuadros — un retrato de niño, por Goya; una dama, por Sánchez Goello ; una Virgen, de Antolínez, el Malo^ y dos deliciosos paisajes de la ''Escuela francesa" — , los muebles de laca
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gris hallábanse forrados de viejo terciopelo azul porcelana, y veíanse también allí, parcamente distribuidos, algunos armarios y biombos de legítima laca de Koroinandel y alguna comodita de hoide, sosteniendo porcelanas del Retiro, Sevres y Capo di Monti. Una alfombra azul, más clara, cubría a medias el piso de mosaicos de madera.
En el gran lecho de rejilla dorada y madera tallada en guirnaldas de rosas esmaltado de perla, Ana Rosa, muy bella, apenas destrenzada la espesa mata de cabellos miel, los ojos de grandes pupilas luminosas y doradas llenos de húmeda ternura, y el cuello muy blanco, surgiendo de los encajes de la camisa, sonrió a la vida, bella en el regalado nido. Luego, como había dormido ocho horas y ya no tenía sueño, ocurriósela uno de aquellos apotegmas triviales bajo su aspecto de trascendentalidad, de que gustaba fortalecerse, aunque a decir verdad, para nada necesitaba aquella fortaleza. Era injusto estar a aquellas horas en la cama cuando desde el amanecer había tanta gente levantada ganándose el pan nuestro de cada día con el sudor de la frente. Era preciso levantarse a ganar la vida, a ocuparse de algunas de aquellas obras útiles en que sabía emplear su tiempo. Utiles, lo que se llama útiles, no lo eran mucho las tales obras si hemos de seguir siendo veraces; aprender a cuidar enfermos cuando no hay la menor intención de cuidarlos nunca, aparte de que no es probable que se presente la ocasión, desarreglar talleres, asistir a una clínica con más curiosidad que provecho, etc., etc., no son cosas muy útiles que digamos, pero, en fln, menos lo es bailar un cotillón o ir a las carreras de caballos. Ana Rosa Otalora, tenía, pues,
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la ilusión de ser útil a la sociedad y a sus semejantes; verdad que no era aquello la única ilusión que tenía: otras muchas, inofensivas, hacían legión con ella, como le de creer que había tenido el valor de vivir su vida cuando su vida era tan grata que de cualquier modo que se viviese había de ser encantadora; lo de decirse a sí misma que ella era un hombrecito^ una criatura de élite^ una excepción; la de pensar también que la corona ducal de Otalora, en las sienes de su señor padre, estaba en una amable e inofensiva interinidad; quería mucho a su padre, pero no hasta hacerse grandes ilusiones, y así sentía por él un vago desdén. En cambio la idea que de sí misma tenía era halagüeña, y aun exaltábase algunas veces, y entonces, si no una Juana de Arco, creíase a lo menos destinada a grandes empresas, de las cuales era la más peliaguda la de una evolución de la aristocracia, que la hiciese compatible con el moderno socialismo.
Ana Rosa Otalora siempre fué igual. De pequeña era lo que se llama una niña buena^ una de esas criaturas pedantuelas que, muy seriecitas, muy redichas, explican a mamá y a papá o a la miss, lo que estaba bien o mal, lo que hay que hacer o no. Claro que a mamá y a papá se les cae la baba oyendo a la niñita, y luego si lo que dice es cómodo, fácil y sólo un reflejo de lo que han dicho ellos (¡ah!... y no muy caro), lo hacen, si no acarician a la nena y la ofrecen un mañana que no llega nunca. Faltos de la alegre espontaneidad de la infancia, esta clase de niños tienen una seriedad casi burlesca y tómanse tonos de dómine definidor.
Así fué Ana Rosa. Daba limosna teatralmente, privábase de la mitad del postre "para lie-
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várselo a los niños pobres", reñía a las amiguitas porque no guardaban compostura y rompían los juguetes; en el teatro estaba muy atenta oyendo la obra, y luego, en el salón, donde la permitían permanecer hasta las diez y media, dejaba boquiabiertas a las personas serias diciendo: ''No nos gustó el drama de Echegaray ayer... La Guerrero...", o bien: ''¡Cómo cantó la Darclé!... ¡Un sueño!" Leía cuentos y novelitas que criticaba a su antojo, y aun en ocasiones permitíase comentarios nada benévolos para algunas heroínas bíblicas: ''¡Salomé era una mala mujer", o "La reina de Saba no conocía bien el corazón humano!"
Sus padres mostrábanse encantados. El duque de Otalora, don Francisco de Borja Romualdo y González de Otalora, no era ninguna lumbrerii. De él, en justicia, no podía decirse que hubiese inventado, no diré yo la pólvora, sino ni aun el agua tibia. Pero, eso sí, era un perfecto caballero y un gran señor "en toda la extensión de la palabra". En realidad, podría clasificársele entre esas doradas nulidades que ostentan un gran nombre con dignidad, que publican una mala traducción de Ovidio, se sientan en el sillón de una Academia, desempeñan algún puesto de relumbrón para el que se necesita precisamente un señor que no haga nada, pero que sepa gastar dinero y dar fiestas, I y mueren rodeados del respeto de sus contem- ¡ poráneos, y hasta tal vez se les tributan bono- ; res de capitán general con mando en plaza. Ha- ¡ bía hablado en el Senado con tan raro tino, que I la media docena de abuelos de la patria que te- ! nían la abnegación de quedarse escuchando, ¡ podían contar aquellos como los mejores ratos j de sueño de su vida, harto ofrendada en el altar |
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de Morfeo. Sólo en dos ocasiones rompió la euritmia o paso cansino (no sé) de su oratoria. Fué la primera el día en que, sintiendo ante insólita concurrencia el malsano prurito de engalanar con floridos tropos su oratoria, lanzó una afirmación sensacional: ''Antiguamente el jefe de los sacerdotes, para pregonar la ley, lo hacía llevando consigo dos Levitas." Algunos senadores frioleros hallaron la idea de perlas, y hasta pensaron en la conveniencia de adoptarla, pero la mayoría acogiéronlo con murmullos y risas más ruidosas que respetuosas. La segunda tuvo lugar un día en que el buen señor, muy cansado por haberse pasado gran parte de la noche entregado a trabajos arqueológicos, durmióse durante un lato y admirable discurso de Fernández San Pablo. Iba el orador estudiando la transformación de España y buscando con ahinco la hora de la regeneración; tras largas y prolijas consideraciones lanzó un ''¡Ah, señores senadores!" estentóreo, luego bajó la voz, y en tono grave comenzó: ''¿Ha sonado la hora?... Sí, creo que ha sonado la hora en el reloj de la Historia... la hora..." Hizo una pausa temeroso para preparar el efecto. Entonces fué cuando escuchóse un formidable bostezo y la voz de Otalora que, despertándose, interrogaba sin darse cuenta del lugar ni de la situación: *'¿Qué hora es?" Un coro de risas acogió la salida; tres días después caía el Gobierno, empujado por el ridículo; Otalora fué casi un Maquiavelo, puesto que nadie quiso creer involuntario el lance, y la crisis se llamó la crisis de la hora. Desde entonces el duque de Otalora disfrutó de un mote respetuoso, que como tantas otras cosas se atribuyó a Cánovas. Y llamáronle el Burro flautista. Pero en lo que el pró-
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cer era una verdadera especialidad, era en arte. Nadie había podido sondear la profundidad de su sabiduría, pues como la de Dios, era inconmensurable, y sobre todo, no se reílejaba más que en una serio inacabable de ¡Ahs! y ¡Olis!, que o querían decir mucho o no querían decir absolutamente nada, como pretendían los maliciosos. Pero era tal la suficiencia que ponía en el gesto con que acogía para examinarlos, el códice, la moneda o la miniatura, lanzaba unas exclamaciones tan admirativas, torcía el gesto en una actitud tan dubitativa, tan digna de los doctores de El Rey que rabió, y sabía mirar los cuadros con sus ojos claros, fruncidos, atentos por cima de los lentes cabalgantes en la punta de la nariz, con tal atención, mientras se acariciaba el bisoñé de plata, que acababa por creerse en su profundidad. "Hay dos clases de gentes en quienes se nota la profundidad: las que lo son por su espíritu, y los que se han caído dentro de un pozo. El duque de Otalora es de estos últimos", había dicho Julito Galabrés. Sin embargo, tenía publicado un libro. La greca como motivo decorativo, que llevóle cinco años, durante los cuales tuvo tres escribientes tomando notas en los archivos de arte de España y aun del extranjero.
En cuanto a la duquesa doña Catalina Candelaria Pía Idalberta Fernández de Fuencorriente y Díaz de la Altaranas, era, ya lo hemos dicho, una santa, pero tan tonta, tan agresivamente tonta, que ella revelaba el arcano de esas figuras que en el símbolo cristiano rodean al trono del Señor con el pelo suelto, un gran camisón y tocando el arpa. Cierto que la duquesa de Otalora estaba muy gorda para lo del camisón rosa o azul; pero,
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¡bah, gordas estaban muchas de las que, siguiendo el imperativo de la moda, plantáronse una túnica imperio malva y pasaron. La pobre Catalina, tonta, lo había sido siempre. Aún recordábase en sociedad las preguntas realmente inquietadoras en que empeñábase de soltera en obtener una exégesis del mito de la manzana. Después de casada depositó su fe, que podía, si no fuese irrespetu'oso calificarse de la fe del carbonero, en su marido. Esto no quiere decir que no cometiese pifias; cometíalas, y de las de más bulto, quedando memoria en los anales mundanos de varias, entre las que se destacaba, con luz propia, aquella que consistió en suponer que la greca era la mujer del Greco.
La educación de Ana Rosa fué, sin embargo, esmeradísima. Primero tuvo una fraulein alemana que lloraba leyendo a Heine, era kantiana y cantaba con voz de granadero La Walkyña; luego una inglesa que padecía del estómago y para combatir la crisis del mal guardaba en el armario una botella de whisky, a la que daba unos tientos que metía miedo, hasta que un día, como oyesen agudos gritos, acudieron a su habitación, y la servidumbre la halló revolcándose en el lecho y repitiendo hasta lo infinito : ¡Katty cam; Katti com!, y llorando porque pretendía que al subir los escalones, el portero, que era un sátiro, habíale visto las piernas. A ella sucedió una francesa provecta que se maquillaba, leía a Próvost y repetía constantemente en un suspiro la frase de Musset: On ne badine pas avec Vamour!, tras de esa llegó un viejo sacerdote cuya misión era hacerla ducha en latín y humanidades, y en fin, M. Garolis, profesor de ciencias mundanas. Entre todos enseñáronle filosofía y romanticismo, pudor, co-
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quetería, pedantería, y, en fin, baile, equitación, skating.
Ya era mujer. La pueril suficiencia no desaparecía, sino que convertíase en suficiencia juvenil. Ahora iba al teatro y aseguraba que "la Guerrero había estado colosal", aunque en la escena del sofá "prefería ella" a la Dusse; iba a los toros y repetía muy seria que "Bombita se había superado a sí mismo"; a las conferencias de Moret, para afirmar que "ella particularmente" era partidaria de una oratoria a la inglesa, menos florida, pero más sólida; y a los bailes, en fin, a presumir de que se aburría, y a filosofar un poco.
La vida seguía su curso. El primer desengaño gordo, pero gordo de verdad, se lo dió Pepito Collados. Hasta entonces, aunque ella de buena fe creyera vivir la vida, es lo cierto que un suave acolchonado que produce el dinero y la posición la defendiese de todo choque extraño. Pero con Pepito... Flirteaban hacía tiempo. Claro que con una mujer como ella un devaneo frivolo y caprichoso era imposible; así, las cosas comenzaron a ponerse serias. Pepito, por su nombre (un futuro conde de Ruiparlá, siete veces grande de España), por su fortuna (cinco millones mondos y lirondos) y por su tipo, no era de despreciar. Pero, además, o pese a ello, tenía talento. Escribía libros, pronunciaba discursos, y aun, con la carga del gran nombre, comenzaba a hacerse uno en el mercado de las letras. Pero todo lo que tenía de inteligente faltábale de pedante. El no comprendía la postura intelectual, no hacía valer su ciencia. Verdad que escribía libros interesantes y pronunciaba discursos, pero una vez hecho eso convertíase en un verdadero chiquillo, reía, bro-
meaba, casi poníase a jugar. A Ana Rosa aquella informalidad del novio irritábala sobremanera; no transigía con ella y mortificábala noche y día. Pepe reíase, echábalo a guasa y hacíale unas cuantas carantoñas para desarrugar su ceño. Pero cierta vez púsose tan pesada, tan abrumadora, tan cargante, que, harto de sermones, mandóla a paseo. "Mira, si tan mal me encuentras, déjame. Vete a casarte con los siete sabios de Grecia." La muchacha, en una cólera blanca, fría, despectiva, abrumóle de desdén. Claro que se iría. ¡ Pues no faltaba más ! Ella no quería tarambanas ; la vida era^ una cosa demasiado seria... Insistió de tal modo, zahirió, mortificó, aburrió, que, olvidándose de su buena educación, estalló y cantóle verdades como templos. "¡Necia! ¡Idiota! ¡Farsanta! ¡Con esos aires cursis de falsa sabiduría, cuando no sabes nada de nada, y lo que sabes es aprendido de carretilla como los loros!... ¡Ridicula, pedantona, marisabidilla, que con tal de no aguantarte se puede dar algo!... Me alegro, me alegro con toda mi alma que haya pasado esto... ¡Mira que si tengo que sufrirte toda la vida!... Yo quiero una mujer que tenga corazón y nervios, y llore y ría, y quiera de verdad, sin acordarse de si Platón mandó que se quiera así o asao y Schopenhauer de la otra manera; una m.ujer que lo sea, y no una enciclopedia en veinte tomos para leerla toda la vida... La sabiduría es una cosa muy bonita, sabes, pero es mucho más bonito querer, y para eso no hace falta el Ramayana ni el Mahabarata..."
Y se fué. Ana Rosa tomóse un disgusto atroz primero, y luego le despreció. ¡Bah! Era un hombre vulgar que no la merecía; ella necesitaba un hombre que la comprendiese. Así fué
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que al encontrar a Ramón Morales vió el cielo abierto. ¿Le quería? Realmente es muy difícil de saber si las mujeres como la hija del duque de Otalora quieren o no. Lo indudable es que vió en él "su ensueño". Aquel era el hombre ideal que iba a permitirla vivir la novela que se había forjado a su antojo. Además, siempre era un gesto de rebeldía. Descendía hasta él, o por mejor decir, elevaríalo hasta ella. No se paró a pensar que el sacrificio no era muy grande, y que entre un Ramón Morales, futuro ministro con veinticinco o treinta mil duros de renta, y una heredera de los Otaloras, con ochenta mil, no hay tanta distancia. Gomo esas princesas de leyenda que se creen muy democráticas porque se casan con un pastor que les gusta, que les da un aura de popularidad, y por el cual, además, no renuncian en realidad a nada, creía en su gesto. Primero púsose en su camino, trató de atraerle, fijarlo y deslumhrarlo con su intelecto superior. Ramón no pareció notarlo, pero poco a poco fuése dando cuenta y comprendió que aquello era la coronación del edificio alzado con tanto trabajo, y aceptó.
Pero si bien es verdad que al principio fué así, luego el trato engendró una vaga atracción, que trocóse poco a poco en cariño, en ilusión, en amor.
Todo se confundió en aquellas relaciones, y llegó el momento en que ninguno de los dos sabían con exactitud dónde estaban ni en qué medida entraban en aquella aleación el amor, la ambición, el interés, la pedantería. Sentían que se necesitaban, que sus vidas completábanse a maravilla. Sin embargo, Ramón, más en carne viva el corazón con aquel misterioso pasado que
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tiraba de él, deteníase en momento crítico, cuando, justamente, Ana Rosa, teatral, pese a ella, elegía aquel del triunfo político para transformarlo en una apoteosis. Había acabado de vestirse, y muy sencilla, muy chic^ moldeada en el traje sastre de terciopelo de lana topo, un hilo de perlas al cuello y una rosa blanca en el pecho, encaminóse al cuarto de su padre. El duque de Otalora estaba amenazado de morir sepultado entre papeles. Preparaba su discurso de recepción en la Academia. El tema era interesantísimo: "Origen y genealogía de la plumas de escribir." Siete hombres trabajaban noche y día en reunir notas, y el mismo prócer, tras de vaciar las tiendas de la mitad de los libreros de Madrid, escribía febrilmente.
Después de cruzar la galería de reposteros, donde se admiraban unos maravillosos tapices de terciopelo verde obscuro, bordados en oro, plata y sedas de colores, que fueron laborados en el siglo xvm para los funerales de una duquesa de Otalora, marquesa de Gamporrey y de Paracuellos, penetró Ana Rosa en el despacho, severa pieza decorada al gusto español. Alto estrado formado con soberbios tapices de la Conquista de Granada ocupaba el fondo en que a más de un banco de altísimo respaldo tallado con las armas de la Gasa Ducaf, y de dos sitiales con almohadones de brocado rojo y oro con gruesos borlones áureos, veíanse las armaduras ecuestres del Gran Gapitán y del tercer marqués de Gamporrey. Otro chaflán de muro ocupábalo una sillería coral, portentosamente trabajada, que pertenecía al convento de Paracuellos, de donde eran Patronos. ^Almohadones de terciopelo con gruesos colgantes metálicos yacían en el suelo ante los asientos, sobre la rica al-
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fombra segoviana. Enormes armarios de talla con finas incrustaciones, arcones y armaduras ocupaban la otra pared, en la que pendían un Sánchez Coello y dos Pantojas; escabeles y hacheros de hierro forjado veíanse por todo el salón. El cuarto y último frente era de cristales de colores, viejas vidrieras españolas realmente únicas que dejaban caer su iris sobre los marfiles esculpidos, los cristales de roca y los bronces que sujetaban los papelorios sobre la enorme mesa de escribir con tablero de una sola pieza, cubierta a medias por un paño litúrgico negro y oro.
Ante la mesa, lleno de respetabilidad, con un bisoñé argentado y sus lentes en la punta de la nariz, el duque trabajaba, o por .mejor decir, hacía que trabajaba, pues lo cierto es que habíase dormido beatíficamente. Sin embargo, al entrar su hija, despertóse, y mientras ella le besaba en la frente, interrogóla:
— ¿Qué te pasa, hija mía?
Ana Rosa, muy en situación, anunció:
— Quisiera hablar contigo y con mama juntos.
El prócer tuvo un gesto vago.
— Tu madre, la pobre... En fin, ya sabes que lo que nosotros decidamos estará bien... Ahora que si es algo muy importante...