El problema agrario · Unidad 1 de 5

Unidad 1 · 'RO OBREGON

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'RO OBREGON

EL PROBLEMA AGRARIO

Versión taquigráfica del cambio de impresiones tenido "por el Presidente electo, con un numeroso gruyo de Diputados al Congreso de la Unión.

Octubre de 1920.

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MÉXICO, D. F

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EXPONE EL CIUDADANO ALVARO OBREGON ANTE UN

NUMEROSO GRUPO DE DIPUTADOS AL CONGRESO

DE LA UNION, LA FORMA COMO SE PROPONE

RESOLVER EL PROBLEMA AGRARIO

Xo cabe duda que entramos en un ensayo de franco parlamentarismo. Ayer en la mañana, el Presidente electo de la Kepública, general Alvaro Obregón, y el Secretario de Agricultura y Fomento, Antonio I. Villarreal, con toda sencillez, sin lujosas presentaciones ni ademanes de postín, confundidos con los diputados y con algunos senadores, presenciaron los debates de los representantes del pueblo, y tomaron parte en ellos.

A las diez en punto de la mañana, se presentó el general Obregón. Bajó de su automóvil, se introdujo en el hemiciclo, platicó con varios diputados y esperó el momento de que se abriera la junta extraoficial.

A los pocos momentos se presentó el señor Antonio I. Yillarreal, y sentándose junto al general Obregón, esperaron ambos que el presidente provisional de la Junta, don Aurelio Manrique, dijera, según versión taquigráfica :

— El ciudadano Manrique: Tiene la palabra el ciudadano Alvaro Obregón.

— El ciudadano Alvaro O'brcgón: Señores diputados: a la bondad de ustedes debo el honor de hacerme oír en este recinto para cambiar con ustedes impresiones sobre los asuntos trascendentales que tienen en carpeta.

Soy de opinión que el porvenir de la Patria está en la labor que desarrollarán las Cámaras colegisladoras, porque de nuestras leyes dependerá el engrandecimiento de nuestra Patria, o la continuación de una vida raquítica, llena de intermitencias y llena de incertidumbres ; es por eso que cuando llego hasta aquí, empiezo por liacer votos muy fervientes por que las Cámaras legisladoras, despojadas en lo absoluto de los apasionamientos políticos, de los intereses de partido y de los intereses de bloques, fijen su mirada en el porvenir de nuestra Patria y legislen conscientemente, sin te-

mor al aplauso o a la maldición del momento, puesto que la legislación que va a implantarse será la cimentación de nuestra futura Patria ; y no son los frutos momentáneos los que deben alegrarnos, ni los aplausos entusiastas los que deben servirnos de estímulo sino el asegui-amiento de un futuro que vaya más de acuerdo con las aspiraciones nacionales; creo que las Cámaras legisladoras re solverán nuestro futuro, ya que, en lo que respecta al Ejecutivo yo siempre he creído que tiene como única misión velar por el cumplimiento de esas leyes, sin discutir cuando ya estén promulgadas si son buenas o son malas; y si su criterio individual pugna con el funcionamiento de esta legislación y el Encargado del Ejecutivo no quiere violar los fueros de su propia conciencia, creo que no ]<■ cabe más recurso que el de confesarlo sinceramente y volverse a su casa.

Después de hacer estas consideraciones, quiero invitar a ustedes a que cambiemos impresiones sobre alguno de los proyectos que están por discutirse, y algunos que se están discutiendo, para que si en mis ideas encuentran algo digno de tomarse en consideración, lo acepten, y si no, lo desechen, seguros en lo absoluto de que, aceptadas o desechadas mis ideas, conservaré el mismo respeto para esta Honorable Asamblea, y la misma estimación personal para cada uno de sus componentes. (Aplausos).

Yo quisiera, por lo tanto, que el señor diputado Manrique, que ha tomado la presidencia de esta junta, como pudiéramos llamarla, pusiese a debate, o no a debate, sino que sometiera a discusión para el cambio de impresiones, cualquiera de los proyectos de que antes me ocupaba y que, en concepto mío, son la base fundamental de nuestro futuro. Yo considero como esa base fundamental la Ley del Trabajo, la Ley Agraria, la Ley que establece el Banco Único, y algunos proyectos que se han estado ya discutiendo en esta Cámara. (Aplausos.)

— El ciudadano Manrique. Señores diputados: en estos momentos, como ustedes saben, la Ley del Trabajo, aprobada ya por la XXVIII Legislatura, está en el Senado ; no es, pues, de nuestra competencia inmediata el estudio de la Ley del Trabajo, Hay, en cam-^ bio, un proyecto, un dictamen presentado ya sobre la Ley Agraria, Ley de Fraccionamiento de Tierras, y creo que lo indicado es pasar a discutir este tópico; por lo que me permito conceder la palabra al ciudadano Soto para que exprese los fundamentos de su dictamen. A continuación, los ciudadanos que deseen hacer uso de la palabra pueden hacerlo.

— El ciudadano Rivera Cahrera: Pido la palabra.

— El ciudadano Manrique: Tiene usted la palabra.

— El ciudadano Rivera Cabrera : En vista de que aún no conocemos ese dictamen del ciudadano Soto, sobre Ley Agraria, suplico que de antemano se lea su dictamen y después que el señor Soto se sirva formularlo.

— El ciudadano Manzanilla: Ciudadano presidente, moción de orden.

— El ciudadano Manrique : Tiene usted la palabra para hacer una moción de orden.

— El ciudadano Manzamlla : En una sesión pasada se leyó ese dictamen de fraccionamiento de latifundios y también se ha repartido impreso, de manera que considero inútil leer una cosa tan larga.

— El ciudadano Manrique : El señor Rivera Cabrera ha solicitado la lectura del dictamen, y creo que tiene derecho para ello; sin embargo, dejo a la consideración de ustedes el que comencemos leyendo el j)royecto sobre el fraccionamiento de latifundios. Los ciudadanos diputados que deseen se dé lectura al proyecto, sírvanse indicarlo.

— El ciudadano Castrejón : (Leyó el proyecto de ley de fraccionamiento de latifundios.)

Soto.

— El ciudadano Soto: Decía yo al ciudadano presidente de esta asamblea o junta extraoficial, que en mi concepto es infructuoso el que la Comisión exprese sus ideas sobre el dictamen, puesto que el dictamen y el proyecto en cierto modo se defienden por sí solos, i)orque no son otra cosa que el trasunto del pensamiento nacional.

Y trasladándonos al terreno legal, el proyecto que la Comisión tiene el honor de presentar sobre el más grave y el más urgente de nuestros problemas, no es otra cosa que el mecanismo de aplicación, digamos así, del artículo 27 de la Constitución queretana. Esa Constitución, en su artículo 27, declaró que era obligación del Congreso de la Unión para su jurisdicción, y de las Legislaturas de los Estados para las suyas; que era obligación, la más alta de todas, fraccionar los latifundios. Llega en su previsión hasta aplicar bases minuciosas y detalles para ese fraccionamiento. ¿Cuál era el deber de la Comisión? Ajustarse al precepto constitucional, que más que precepto constitucional, es la bandera de la Revolución, es la bandera de todo un movimiento que lleva diez años de desarrollo. Las bases que fija han sido ampliadas, han sido reglamentadas, han sfdo desarrolladas j)or la Comisión pura y simplemente.

Dice el artículo 27 : "Deberá fijarse en las leyes que dicte el Congreso de la Unión y en las leyes que dicten las Legislaturas de los Estados, cada cual en su caso, primero: la extensión máxima que debe considerarse latifundio — se hace el detalle o se llega al detalle en el proyecto de la Comisión — ; después, el excedente sobre esa extensión máxima deberá ser fraccionado por los j)ropietarios en el plazo que fija la Ley — se fija el plazo que fija el excedente — ; después, si el propietario en cierto plazo no llevare a cabo el fraccionamiento, deberá hacerse éste por la Nación." La Comisión no hace

más que cumplir con este deber que la Nación ha contraído. Después llega el artículo 27 hasta a detallar la forma en que debe pagarse al propietario, o sea en bonos de una deuda especial ; limita los años y llega a detallar el plazo de una forma de pago del precio de cada lote por los adquirientes de él. La Comisión se limita a llegar a ese detalle; en otros términos: el proyecto no es más que la manera de hacer viable el artículo 27.

No sería la Comisión la que ofendiese a la asamblea, ni mucho menos al señor general Obregón, tratando de demostrar la necesidad, la urgencia, la imperiosa urgencia de la solución del problema agrario. Aún los reaccionarios más empedernidos confiesan que la Kevolución no tiene más problema que el problema agrario. El problema obrero está involucrado dentro del problema agrario; resolviéndose el problema agrario, se resuelve el obrero. Todos sabemos que el problema de la Kevolución no es político ; todos sabemos que los diez años de lucha, los diez años de sangre, han servido simIjlemente para precisar que la Nación, la parte que más vale de la Nación, la masa indígena, hasta aquí olvidada, exije y quiere tierras; que el indio tiene hambre de tierras y por eso ha venido luchando desde el padre Hidalgo; que por eso se levantó en la Reforma, y que fué burlado; que después, con Madero, fué a la revolución por tierras, y cuando Madero dejó de dar tierras, el pueblo, si no dejó de estar con Madero, por lo menos se dividió y produjo los pródromos de la caída de Madero. Se sabe que si Carranza fracasó fué solamente j)or haber sido latifundista y por haber obstruccionado la resolución del problema agrario; de manera que la Comisión en esto no tiene más que atenerse a los hechos y de cirle a la Asamblea : se trata de llevar a la práctica la promesa más solemne, la promesa más alta, la más sagrada de la Revolución. No tiene que agregar una palabra más. (Aplausos.)

Obregón. (Aplausos.)

— El ciudadano Ohregón: Les voy a suplicar una poquita de paciencia, porque me voy a extender un poco. Voy a empezar x>or hacer una serie de consideraciones para resolver, en concepto mío, cómo nació el problema agrario. El agricultor ha sido siempre la base de las riquezas nacionales en los países esencialmente agrícolas, como el nuestro ; pero el agricultor, como todas las demás fuentes de riquezas que han servido para el progreso de la humanidad, alcanzó en los últimos tiempos una evolución admirable, una evolución que ha permitido que en otros países, combinando el capital, la inteligencia y el trabajo, hagan i^roducir a la tierra su máximo con un costo mínimo, y permitan a los agricultores pagar jornales muy altos y vender cereales a muy bajos precios. Y la consecuencia de esto directamente a favorecer el bienestar de los trabajadores. En nuestro país, desgraciadamente, una mayoría de los terratenientes han iDermanecido absolutamente ajenos a la evolución de la agricultura; han seguido sus procedimientos rutina-

rios, a tal grado que no han podido competir con los productos similares de otros países del mundo v siempre piden derechos arancelarios proteccionistas para poder obtener un precio que les permita vender sus productos.

Es natural que si la agricultura en otros países cuenta con esos tres factores que se llaman: capital — traducido a propiedad, a maquinaria moderna, a implementos que simplifiquen el trabajo— inteligencia — que significa organización y dirección — , j trabajo— que es en el que concurren los jornaleros — , en esas condiciones puede obtener el capital las ventajas suficientes para satisfacer sus exigencias y puede tener el jornalero un salario que le permita vivir con algún bienestar, es decir, puede el jornalero obtener un producto igual, o quizá mayor al que habría obtenido con su esfuerzo personal y con procedimientos rutinarios. Es entonces que los peones de campo empezaron a observar que pasaban los días uncidos en el trabajo; que pasaban los años y de generación a generación se iban transmitiendo la dolorosa herencia del hambre, porque los j)atronos con sus procedimientos rutinarios tenían que buscar la utilidad que exigía su capital, no en su habilidad, no en su maquinaria, no en su capital, sino en el esfuerzo personal de sus propios jornaleros. (Aplausos nutridos en enrules y galerías.)

Desde entonces empezó a campear un ambiente que poco a poco ha venido tomando el nombre de problema agrario. Cada hombre de aquéllos anhelaba un pedazo de tierra para formar sobre él su casa de pencas de magueyes y obtener para su provecho propio el producto total de su esfuerzo i^ersonal. porque una parte de él se la estaban reclamando los patronos y no alcanzaba la participación que les daban, siquiera para alimentar a sus hijos. Es, en concepto mío, la forma como nació el problema agrario, y es necesario, en concepto mío también, para conjurar un mal, estudiar su origen. Yo creo que una gran mayoría, quizá todos los aquí reunidos, estamos enteramente de acuerdo con satisfacer esa necesidad; estamos enteramente de acuerdo con resolverla de una manera favorable, y que mientras se presentan nuevos horizontes para los hombres de campo, tengan cuando menos un pedazo de tierra donde su esfuerzo personal les permita alimentar a sus hijos.

Hemos dicho en muchos tonos y muchas voces, que se hace indispensable la ilustración de nuestras masas. El factor analfabetismo pesa sobre nosotros y sobre nuestro país como un lastre. Ellos no son responsables, pero sí es necesario combatir el analfabetismo. Necesitamos primero, buscar la reconstrucción física de millares de indígenas que están en condiciones muy poco propicias para asimilar las ciencias que nosotros queremos llevarles, si no nos preocui^amos antes de darles lo suficiente para que puedan obtener una reconstrucción física. Estoy enteramente de acuerdo con el principio agrario, pero debemos proceder con absoluta discreción ; debemos de proceder con un tacto tal, que se satisfaga ese problema

sin poner en peligro nuestro bienestar ni nuestra parte económica. Si nosotros empezamos por destruir la gran propiedad para crear después la pequeña, creo sinceramente que hemos cometido un error, porque el día que se promulgue una ley fijando la superficie máxima que cada uno de los hacendados posea, ese día el Gobierno no tendrá ni siquiera el derecho de cobrar, los impuestos ni las contriMiciones para toda la superficie de la hacienda, si no ha creado la pequeña propiedad todavía.

Si nosotros damos una ley que sujete a los agricultores a usar los medios primitivos para seguir cultivando la tierra, llegaremos a esta dolorosa conclusión : un hombre con sistemas primitivos puede cultivar, como superficie máxima, ayudado por sus pequeños hijos y en algunos casos por su mujer, de cinco a seis hectaras. Si nosotros condenáramos a nuestro agricultor a vivir eternamente sujeto a los procedimientos primitivos, llegaríamos a esta dolorosa conclusión : México tiene cincuenta millones de hectaras de tierras susceptibles de cultivarse; México tiene dieciseis o quince millones de habitantes; habrá en quince millones de habitantes tres millones de jefes de familia, de los cuales tendremos que descontar muchos centenares que son obreros, muchos centenares que forman parte del ejército; tendremos que descontar empleados públicos y particulares, tendremos que descontar comerciantes, industriales, banqueros, y nos quedará un millón de jefes de familia que podrían encaminar todo su esfuerzo al desarrollo de la agricultura, y si condenamos a nuestra agricultura a que viva eternamente regida por las doctrinas primitivas, podríamos decir que los procedimientos que implantó San Isidro (risas), llegaríamos a la conclusión de que un millón de hombres dedicados a la agricultura, por esos medios podrían cultivar una superficie máxima de seis millones de hectaras.

Quedaría un excedente sin cultivo de cuarenta y cuatro millones de hectaras y México, señores, aparecería ante el resto del mundo como el latifundista más formidable. ¿Por qué? porque cultivaría la décima parte de los terrenos que tiene para cultivar, y en un momento en que todo el mundo necesita de la producción máxima de la agricultura para acallar los gritos del hambre que empieza a hincarse en las muchedumbres, muy especialmente en los países europeos. Vamos, pues, a resolver el problema agrario, sin descuidar que nuestro país tiene mucho más terrenos de los que se necesitan para resolverlo ; que no debemos destruir las propiedades grandes antes de crear las pequeñas, iwrque vendría un desequilibrio de producción que pudiera orillarnos a un período de hambre. Yo soy de opinión que debemos proceder con cautela y debemos estudiar estos problemas de una manera mucho más reposada.

Tenemos un ejemplo que parece una ironía del destino: los enganchadores del país vecino del Xorte vienen hasta el centro de nuestra República a pagar dos y medio dólares, o sean cinco pesos

mexicanos, a cada tiabajador; pagarles gastos de ida y regreso, utilizarlos eu trabajos agrícolas y venir después a vendernos sus productos a unos precios que nuestros agricultores no pueden competir, y gritan y gritan pidiendo aranceles proteccionistas. ¿Será que ellos tiran su dinero? Yo creo que no. ¿Será que ellos han evolucionado y la agricultura en aquel país ha alcanzado su estado máximo? Entonces yo creo que si en estos momentos se usaran los mismos implementos que se usan en aquel país y se pagarán los cinco pesos que allá se pagan, j se vendieran los productos a úu i^recio menor del que tienen actualmente, no existiría quizá el problema agrario. Pero desgraciadamente existe, y ante la realidad, ante la evidencia, no nos queda más que ir conscientemente a resolverlo; resolverlo llenando las aspiraciones de esos millares de hombres que necesitan un pedazo de tierra ; llenando las aspiraciones de la Kevolucióu, que inscribió ese principio en sus banderas.

Yo sería de opinión que se diera una lej' — en su aspecto fundamental yo no combato la ley que se acaba de leer — , que se diera una ley creando el derecho de ser propietario a todo hombre que estuviera capacitado para cultivar un pedazo de tierra ; que se fijara la superficie máxima a que ese hombre tenía derecho, y que se fuera pidiendo a los latifundistas todo el terreno que fuera necesario para satisfacer todos los pedidos que se fueran presentando, de un modo tal, que cuando quedara destruida la gran propiedad, quedara substituida su producción, por que ya estaba creada la pequeña propiedad. (Aplausos.) Este es, en concepto mío, el aspecto fundamental; evitar un desequilibrio de producción, evitar un desequilibrio económico que pudiera llevarnos a un período de hambre, y esa sí que sería ironía del destino, que llegáramos a crear un período de hambre en el único, o quizá en uno de los países que más acondicionados está para desterrar para siempre de su superficie ese fantasma del hambre, que no hemos podido desterrar en muchas clases sociales.