El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · Capítulo real 20 de 39

Capítulo 19

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 9 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

Así andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los límites señalados por la justicia y la prudencia: así procuraba que desapareciese de entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba á sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre, á sus generosos sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarán en suaves lazos, y los hombres abatidos podrán levantar con nobleza su frente. Agradable es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los más grandes hombres del Cristianismo: San Agustín. (_De Civit. Dei_, 1. 19, c. 14, 15, 16.) Después de haber sentado en pocas palabras la obligación del que manda, sea padre, marido ó señor, de mirar por el bien de aquel á quien manda, encontrando así uno de los cimientos de la obediencia en la misma utilidad del que obedece; después de haber dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el deseo de hacer bien á sus súbditos: «_neque enim dominandi cupiditate imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed providendi misericordia_»; después de haber proscripto con tan nobles doctrinas toda opinión que se encaminara á la tiranía, ó que fundase la obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna réplica contra la dignidad del hombre, enardécese de repente su grande alma, aborda de frente la cuestión, la eleva á su altura más encumbrada, y, desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervían en su frente, invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo Dios, exclamando: «Así lo prescribe el orden natural, así crió Dios al hombre; díjole que dominara á los peces del mar, á las aves del cielo, y á los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura racional, hecha á su semejanza, no quiso que dominase sino á los irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._»

Este pasaje de San Agustín es uno de aquellos briosos rasgos que se encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda á la generosidad de sus ideas y pensamientos, expresándose con osada valentía. El lector, asombrado con la fuerza de la expresión, busca, suspenso y sin aliento, lo que está escrito en las líneas que siguen, como abrigando un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza de su corazón y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del camino de la sana doctrina, sino que únicamente ha salido, cual gallardo atleta, á defender la causa de la razón, de la justicia y de la humanidad. Tal se nos presenta aquí San Agustín: la vista de tantos desgraciados como gemían en la esclavitud, víctimas de la violencia y caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre á la luz de la razón y de las doctrinas cristianas, no encontraba motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porción tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaña ignominia, y, no hallándola en la naturaleza del hombre, la busca en el pecado, en la maldición. «Los primeros justos, dice, fueron más bien constituídos pastores de ganados que no reyes de hombres, dándonos Dios á entender con esto lo que pedía el orden de las criaturas, y lo que exigía la pena del pecado: pues que la condición de la servidumbre fué con razón impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las Escrituras la palabra _sirvió_ hasta que el justo Noé la arrojó como un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre vino de la culpa, no de la naturaleza.»

Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de la maldición de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raíz todas las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento pudieran atribuirse los libres. Quedaba también despejada la esclavitud del valor que podía darle el ser mirada como un pensamiento político, ó medio de gobierno; pues sólo se debía considerarla como una de tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la cólera del Altísimo. En tal caso, los esclavos tenían un motivo de resignación; pero la arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasión de todos los libres, un estímulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa, todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecían por no haber caído en él, no tenían más razón que quien se gloriase, en medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso con derecho de insultar á los infelices enfermos. En una palabra, el estado de la esclavitud era una plaga, y nada más; era como la peste, la guerra, el hambre ú otras semejantes; y por esta causa era deber de todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar para abolirla.

Semejantes doctrinas no quedaban estériles; proclamadas á la faz del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ángulos del orbe católico: y, á más de ser puestas en práctica como lo acabamos de ver en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teoría preciosa al través del caos de los tiempos. Habían pasado ocho siglos, y las vemos reproducidas por otra de las lumbreras más resplandecientes de la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas, ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta á explicársela de otro modo que considerándola como una plaga acarreada á la humanidad por el pecado del primer hombre.

Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que «á la sociedad cristiana no la confundiese ni irritase ese estado». Por cierto que no hubo aquella confusión é irritación ciegas, que, salvando todas las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja la prudencia, se arrojan sin tino á borrar la marca de abatimiento é ignominia; pero, si se habla de aquella confusión é irritación que resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no están, empero, reñidas con una santa resignación y longanimidad, y que, sin dar treguas á la acción de un celo caritativo, no quieren, sin embargo, precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar efecto más cumplido; si hablamos de esta santa confusión é irritación, ¿cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las doctrinas que he recordado? ¿cabe protesta más elocuente contra la duración de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores, que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldición, un castigo de la prevaricación del humano linaje; que no la pueden concebir sino poniéndola en la misma línea de las grandes plagas que afligen á la humanidad?

Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase á los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede haber nadie imparcial que se lo achaque á olvido de los derechos del hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedió con respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado como tal, y que ni aun podían contraerle sin el consentimiento de sus amos, so pena de considerarse como nulo. Había en esto una usurpación, que luchaba abiertamente con la razón y la justicia: ¿qué hizo, pues, la Iglesia? Rechazó sin rodeos tamaña usurpación. Oigamos, ó si no, lo que decía el Papa Adriano I. «Según las palabras del Apóstol, así como en Cristo Jesús no se ha de remover de los sacramentos de la Iglesia ni al libre ni al esclavo, así tampoco entre los esclavos no deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren _contraído contradiciéndolo y repugnándolo los amos, de ninguna manera se deben por eso disolver_.» (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.) Esta disposición, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno de los puntos más importantes, no debe ser tenida como limitada á determinadas circunstancias; era algo más, era una proclamación de su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quería consentir que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, viéndose forzados á obedecer al capricho ó al interés de otro hombre, sin consultar siquiera los sentimientos del corazón. Así lo entendía Santo Tomás, pues que sostiene abiertamente que, en punto á contraer matrimonio, _no deben los esclavos obedecer á sus dueños_. (2.ª 2.^{ae}, q. 104, art. 5.)

En el rápido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, según creo, con lo que al principio insinué: de que no adelantaría una proposición que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar por el entusiasmo á favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que no le pertenezca. Velozmente, á la verdad, hemos atravesado el caos de los siglos: pero se nos han presentando, en diversísimos tiempos y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha abolido la esclavitud, á pesar de las ideas, de las costumbres, de los intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible; y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la más exquisita prudencia, con la más admirable templanza. Hemos visto á la Iglesia católica desplegar contra la esclavitud un ataque tan vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que, expuesta á la acción de poderosísimos agentes, se ha ido aflojando, deshaciendo, hasta caerse á pedazos. Primero se enseñan en alta voz las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales ante Dios, reduciéndose á polvo las teorías degradantes que manchan los escritos de los mayores filósofos de la antigüedad; luego se empieza la aplicación de las doctrinas, procurando suavizar el trato de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se les abren por asilo los templos, no se permite que á la salida sean maltratados, y se trabaja por substituir á la vindicta privada la acción de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de los manumitidos enlazándola con motivos religiosos, se defiende con tesón y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes de la esclavitud, ora desplegando vivísimo celo por la redención de los cautivos, ora saliendo al paso á la codicia de los judíos, ora abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del desprendimiento, se facilita la emancipación admitiendo á los esclavos á los monasterios y al estado eclesiástico, y por otros medios que iba sugiriendo la caridad: y así, á pesar del hondo arraigo que tenía la esclavitud en la sociedad antigua, á pesar del trastorno traído por la irrupción de los bárbaros, á pesar de tantas guerras y calamidades de todos géneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda acción reguladora y benéfica, se vió, no obstante, que la esclavitud, esa lepra que afeaba á las civilizaciones antiguas, fué disminuyéndose rápidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareció.

No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios, hay una prueba evidente del espíritu civilizador y libertador entrañado por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacerán, sin duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cuál concuerdan admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio, los de la irrupción de los bárbaros, y los de la época del feudalismo; y, más que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es obra exclusiva del hombre, se complacerán, repito, los verdaderos observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campiñas de la Bética, desde las orillas del Támesis hasta las márgenes del Tiber.

Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las épocas, citados los concilios; al fin de este volumen encontrará el lector, originales y por extenso, los textos que aquí he extractado y resumido, y allí podrá cerciorarse plenamente de que no le he engañado. Que, si tal hubiera sido mi intención, á buen seguro que no hubiera descendido al terreno de los hechos: entonces habría divagado por las regiones de las teorías; habría pronunciado palabras pomposas y seductoras; habría echado mano de los medios más á propósito para encantar la fantasía y excitar los sentimientos; me habría colocado en una de aquellas posiciones, en que puede un escritor suponer á su talante cosas que jamás han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la imaginación y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo más penosa, quizás no tan brillante, pero ciertamente más fecunda.

Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las _otras causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilización_, cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario _para que triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades_. Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido, según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero, ¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud, cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de los países conquistados, y extenderla á una porción considerable de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y grandiosa empresa de libertar á la humanidad.

Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre, se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre, que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos, si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras, en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15]

NOTAS

[1] Pág. 11.--_La historia de las variaciones de los protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho católico, abandonando la religión protestante, en que había sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: «En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, llevan el carácter del error, mientras que la no _interrumpida unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la infalible verdad_: leí, aprobé, creí.» (_Gibbon, Memorias._)

[2] Pág. 13.--Lutero, á quien se empeñan todavía algunos en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado _de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante atrevimiento, escribe al Rey, llamándole _sacrílego_, _loco_, _insensato_, _el más grosero de todos los puercos y de todos los asnos_. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió Lutero su carácter, llamándolos hombres _condenados_, _insensatos_, _blasfemos_. Cuando así trataba á sus compañeros disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_, _epicúreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna de los magistrados; que en este punto sólo podía caber arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería fácil aducir muchas otras pruebas.

No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que da á sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_, _locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_, _puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satanás_: he aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!

[3] Pág. 14.--En la dieta de Espira se había hecho un decreto que contenía varias disposiciones relativas al cambio de religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse á este decreto y presentaron una _protesta_; de aquí vino que los disidentes empezaron á llamarse _protestantes_. Como este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, sino á la _Biblia_. Llámanse también á veces _reformados_, y algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad. _Revolución religiosa_ le cuadraría mucho mejor.

[4] Pág. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_, ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre _positivo_ y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en persona podría escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio de Artemisa_. La dificultad está en obligar á los demás á darnos el nombre que nosotros escogemos.»

No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.» _Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._) «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «_Tenet me in Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._» (_S. Aug._) Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello testimonio los que han visitado aquellos países en que hay diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII y que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._» (_Caramuel._) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que á excepción del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes llama católicos á los romanos_.» (_Habitavi in haereticorum civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._) Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que estos argumentos son algo más que sutilezas.

[5] Pág 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha exagerado su influencia en los desastres que en los últimos siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las historia de Fleury.

Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca también la correspondiente disposición canónica que lo reprime ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario que hubiese escándalos_, no porque nadie se halle forzado á darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de haberlos.

[6] Pág. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. Si no suponemos que _hay aquí el dedo de Dios_, ¿cómo será posible explicar ni concebir la duración del centro de la unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí mismo. Helo aquí:

NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA

El muy santo Obispo de la Iglesia } En el concilio de Soissons de Católica. } 300 Obispos.

El muy santo y muy feliz Patriarca. } Ibíd., tomo 7. Concil.

El muy feliz Señor. } S. Agustín., Ep. 95.

El Patriarca universal. } S. León P, Ep. 62.

El Jefe de la Iglesia del mundo. } Innoc. ad PP. Concili. } Milevit.

El Obispo elevado á la cumbre } S. Cipr., Ep. 3 et 12. apostólica. }

El Padre de los Padres. } Concil. de Calced., ses. 3.

El Soberano Pontífice de los } Ibíd. in praef. Obispos. }

El Soberano Sacerdote. } Concil. de Calced., ses. 16.

El Príncipe de los Sacerdotes. } Esteban Ob. de Cartago.

El Prefecto de la Casa de Dios, } Concil. de Cartago, Ep. ad y el Custodio y Guarda de la } Damasum. viña del Señor. }

El Vicario de Jesucristo, y el } S. Jerón., praef. in Evang. Confirmador de la fe de los } ad Damasum. cristianos. }

El Sumo Sacerdote. } Valentiniano y toda la } antigüedad.

El Soberano Pontífice. } Concil. de Calced., in Ep. ad } Theod. Imper.

El Príncipe de los Obispos. } Ibíd.

El Heredero de los apóstoles. } S. Bern., lib. de Consid.

Abrahán por el Patriarcado. } S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.

Melquisedech por el orden. } Concil. de Calced., Epist. ad } Leonem.

Moisés por la autoridad. } S. Bern., Epist. 190

Samuel por la jurisdicción. } Ibíd. et in lib. de Consid.

Pedro por el poder. } Ibíd.

Cristo por la unción. } Ibíd.

El Pastor del aprisco de } Ibíd., lib. 2, Consid. Jesucristo. }

El Llavero de la Casa de Dios. } Idem idem, cap. 8.

El Pastor de todos los pastores. } Ibíd.

El Pontífice llamado á la plenitud } Ibíd. del poder.

San Pedro fué la boca de } S. Crisóst., Homil. 2, in Jesucristo. } divers. serm.

La Boca y el Jefe del apostolado. } Orig., Hom. 55, in Matth.

La Cátedra y la Iglesia principal. } S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.

El Origen de la unidad sacerdotal. } S. Cipr., Epist. 3,2

El Lazo de la unidad. } Idem ibíd., 4,2.

La Iglesia donde reside el poder } Idem ibíd., 3,8. principal.

La Iglesia Raíz y Matriz de todas } S. Anaclet. Pap., Epist. ad las demás Iglesias. } om. Episc. et fidel.

La Sede sobre la cual ha construído } S. Dámas., Ep., ad univ. el Señor la Iglesia universal. } Episc.

El Punto Cardinal y el Jefe de } S. Marcelin., Pap., Epist. ad todas las Iglesias. } Episc. Antioc.

El Refugio de los Obispos. } Conc. de Alex., Ep. ad Felic. } P.

La Suprema Sede Apostólica. } S. Atanas.

La Iglesia presidente. } Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de } SS. Trinit.

La Sede Suprema que no puede } S. León, in nat. SS. Apost. ser juzgada por otra. }

La Iglesia antepuesta á todas las } Víctor de Utica, in lib. de demás Iglesias. } perfect.

La primera de todas las Sedes. } S. Próspero, lib. de Ingrat.

La Fuente apostólica. } S. Ignat., Ep. ad Rom, in } Suscript.

El Puerto segurísimo de toda la } Concil. Rom. por S. Gelasio. Comunión Católica. }

[7] Pág. 54.--He dicho que los más distinguidos protestantes sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos.» (_Si diutius steterit mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea confugiamus._)

Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se necesitan inspectores para conservar el orden, observar atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, sería menester crearlos. _La monarquía del Papa serviría también mucho para conservar entre tan diversas naciones la uniformidad de la doctrina._»

Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi _unum_ Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in _unitate_ continerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)

«Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice, _¿en qué punto de la religión convienen? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro como impía._» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae quas describis cogitationes: video nostros palantes omni doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream Duditium.)

Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que han creído que había muerto católico. Los protestantes le acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los católicos que le habían tratado en París, pensaban de la misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que Grocio en su obra titulada _De Antichristo_ no piensa como los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es que en otra obra publicada, _Votum pro pace Ecclesiae_, dice redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; lo cierto es que en su obra póstuma, _Rivetiani apologetici discussio_, asienta abiertamente el principio fundamental del Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la sola Sagrada Escritura.»

La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la contradicción en que estaba con este principio la intolerancia de los protestantes, pues que, estribando en el examen privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad, y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los mayores desórdenes de la impiedad.»

Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana para terminar las disputas que se suscitaban en todas partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si mismos, y _despedazarse las entrañas con sus propias manos_.» (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)

Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos de participar del furor de los protestantes contra el Papa, miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan singular. En el citado año dióse á luz en París la _Exposición de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo título en el manuscrito original es: _Sistema teológico_. El principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias en materia de religión, implorada la asistencia divina, y depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos más ciertos.»

Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser tratados en él, es preciso admitir que el primero de los obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la Iglesia entera.»

[8] Pág. 63.--Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luis Vives.

«_Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam: _scire nihil_.» (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. Lib. 4, cap. 3._)

Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y ciencias y el modo de enseñarlas.

Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «_Puto multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent pervenisse._»

[9] Pág. 70.--Es cierto que, al acercarse á los primeros principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los _límites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por el distinguido jesuíta español _Eximeno_ á su amigo _Juan Andrés_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su título es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_.

Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; allí la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos sueños de su genio.

[10] Pág. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa más á propósito que recorrer la historia de las herejías, historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que se apellidaba el _legislador de los judíos_, _el reparador del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba á su querida Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.

[11] Pág 79.--Quizás no todos se persuadirán fácilmente de que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro? Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco ó negro_, como nos dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.

¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al nuevo _Evangelio_, una inundación del Tiber, el que en Roma una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está temblando por ella á causa de que Marte presenta un aspecto horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que por el otoño serían los astros más favorables á las disputas eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, se le pronostica que había de padecer un naufragio en el Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales. Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría de tener en su poder la profecía original, además que los terremotos que suceden le confirman en su creencia.

Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, que él llama _La Montaña de Sión_, hace llevar á sus pies todo el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra que habían de emprender, saliendo de la _Montaña de Sión_, _para someter_, según decía, _á su poder todas las naciones de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en que se prometía que, _cual nuevo Gedeón_, exterminaría con un puñado de hombres el _ejército de los impíos_. No faltó á Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las calles de Múnster gritando: _El rey de Sión viene_. Entró en su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar. Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel. Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vértigo estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el arte de profetizar, se presenta á los _jueces de Israel_ y les habla de esta manera: _He aquí lo que dice el Señor Dios, el Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión_. Los jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró que también había tenido él la misma revelación, que la había callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro profeta, era menester resignarse á subir al trono, _para cumplir las órdenes del Altísimo_. Los jueces insistieron en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en señal de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del mundo_, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á la _santa_ libertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos? Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no podían también los anabaptistas decir: _que habían hablado con Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las cosas_?

Hermán predicando la _matanza de todos los sacerdotes y magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que sólo su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de Dios_; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y enseñando que _era bueno perseverar en el pecado para que la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que había descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las calles de Londres _que el Cristo venía allí con su vaso en la mano_, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el trance del suplicio: «_¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?_» Esos deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada todavía á escuchar la relación de otras visiones como la acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el cielo Juana Soutchote.

[12] Pág. 86.--Nada más palpable que la diferencia que media en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía entre les protestantes? Después que en la nota anterior se habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello como apacible.

Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (_Vida de Santa Teresa_, capítulo 29, n.º 11.)

He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando en arrobamiento.» (_Vida_, cap. 28, n.º 7.)

Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan vivo colorido, y con tan amable sencillez.

No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.

»Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede representar, ni ver este Señor, aunque esté siempre presente dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» (_Vida_, capítulo 40, número 4.)

En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso sistema.

«Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (_Vida_, cap. 40, número 7.)

Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su inspiración sea una realidad.

Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á olvidarla.

[13] Pág. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.

Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los otros. _Bendito sea Dios_, respondió Lutero, _pues que sucede á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me sucedía_.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)

Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen consignadas expresamente en varios lugares de las obras de Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.» (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «_Aunque no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que también en la templanza de las conversaciones familiares._» Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._)

En el mismo siglo XVI no faltaron algunos que, sin curarse de dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué ejecutada en el año 1549.

Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes, asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la condición de su propia esencia.» «_Ils sont plaisants quand, pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la condition de leur propre essence, etc._» (_Montaigne Es. Tom. 2, cap. 12._)

Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al menos las expresiones que sobre este particular se le habían escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno de insensibilidad y de indolencia.» «_Je me plonge, la tête baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure, qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence._» (_Montaigne Livr. 3, chap. 9._)

Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (_Je veux que la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier d'elle_), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que, estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia. Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á los más hábiles.» «_En matière de religion il faut s'attacher à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus habiles._»

Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón he culpado al Protestantismo de haber sido una de las principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas, sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se encuentre. Añadiré también que, si en el siglo XVII se notó que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la Iglesia Católica.

No me es posible, sin salir de los límites que me he prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en París en 1814.

[14] Pág. 143.--Para formarse idea del estado de la _ciencia_ al tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda. Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de corrupción y obscenidad.

Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión divina á confundir el desatentado orgullo del hombre, mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos, y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen estremecer, se apellidaban á sí mismos _Gnósticos_, por el superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.

[15] Pág 205.--He creído que no dejaría de ser útil copiar aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que carecía.

Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes medios de que se valió para llevar á cabo la abolición de la esclavitud.

§ I

(Concilium Eliberitanum, anno 305.)

Se impone penitencia á la señora que maltrata á su esclava.

«Si qua domina furore zeli accensa flagris verberaverit ancillam suam, ita ut in tertium diem animam cum cruciatu effundat; eo quod incertum sit, voluntate an casu occiderit; si voluntate, post septem annos, si casu, post quinquenii tempora, acta legitima poenitentia, ad communionem placuit admiti. Quod si infra tempora constituta fuerit infirmata, accipiat communionem.» (Canon 5.)

Nótese que la palabra _ancillam_ expresa una esclava propiamente tal, no una sirvienta cualquiera, como se entiende de aquellas otras palabras _flagris verberaverit_, que era el castigo propio de los esclavos.

(Concilium Epaonense, anno 517.)

Se excomulga al dueño que por autoridad propia mata á su esclavo.

«Si quis servum proprium sine conscientia iudicis occiderit, excommunicatione biennii effusionem sanguinis expiabit.» (Canon 34.)

Esta misma disposición se halla repetida en el canon 15 del concilio 17 de Toledo, celebrado en el año 694, copiándose el mismo canon del concilio de Epaona, con muy ligera variación.

(Ibíd.) El esclavo reo de un delito atroz, se libra de suplicios corporales, refugiándose en la iglesia.

«Servus reatu atrociore culpabilis si ad ecclesiam confugerit, a corporalibus tantum suppliciis excusetur. De capillis vero, vel quocumque opere, placuit a dominis iuramenta non exigi.» (Canon 39.)

(Concilium Aurelianense quintum, anno 549.)

Precauciones muy notables para que los amos no maltratasen á los esclavos que se habían refugiado en las iglesias.

«De servis vero, qui pro qualibet culpa ad ecclesiae septa confugerint, id statuimus observandum, ut sicut in antiquis constitutionibus tenetur scriptum, pro concessa culpa datis a domino sacramentis, quisquis ille fuerit, expediatur de venia iam securus. Enim vero si immemor fidei dominus trascendisse convincitur quod iuravit, ut is qui veniam acceperat, probetur postmodum pro ea culpa qualicumque supplicio cruciatus, dominus ille qui immemor fuit datae fidei, sit ab omnium communione suspensus. Iterum si servus de promissione veniae datis sacramentis a domino iam securus exire noluerit, ne sub tali contumacia requirens locum fugae, domino fortasse dispereat, egredi nolentem a domino eum liceat occupari, ut nullam, quasi pro retentatione servi, quibuslibet modis molestiam, aut calumniara patiatur ecclesia: fidem tamen dominus, quam pro concessa venia dedit, nulla temeritate trascendat. Quod si aut gentilis dominus fuerit, aut alterius sectae, qui a conventu ecclesiae probatur extraneus, is qui servum repetit, personas requirat bonae fidei chistianas, ut ipsi in persona domini servo praebeant sacramenta: quia ipsi possunt servare quod sacrum est, qui pro transgressione ecclesiasticam metuunt disciplinam.» (Can. 22.)

Difícil es llevar más allá la solicitud para mejorar la suerte de los esclavos, de lo que se deduce del curioso documento que se acaba de copiar.

(Concilium Emeritense, anno 666.)

Se prohibe á los obispos la mutilación de sus esclavos, y se ordena que su castigo se encargue el juez de la ciudad, pero sin raparlos torpemente.

«Si regalis pietas pro salute omnium suarum legum dignata est ponere decreta, cur religio sancta per sancti concilii ordinem non habeat instituta, quae omnino debent esse cavenda? Ideoque placuit huic sancto concilio, ut omnis potestas episcopalis modum suae ponat irae; nec pro quolibet excessu cuilibet ex familia ecclesiae aliquod corporis membrorum sua ordinatione praesumat extirpare, aut auferre. Quod si talis emerserit culpa advocato iudice civitatis, ad examen eius deducatur quod factum fuisse asseritur. Et quia omnino iustum est ut pontifex saevissimam non impendant vindictam; quidquid coram iudice verius patuerit, per disciplinae severitatem absque turpi decalvatione maneat emendatum.» (Can 15.)

(Concilium Teletanum undecimum, anno 675.)

Se prohibe á los sacerdotes la mutilación de los esclavos.

«His a quibus domini sacramenta tractanda sunt, iudicium sanguinis agitare non licet: et ideo magnopere talium excessibus prohibendum est; ne indiscretae praesumptionis motibus agitati, aut quod morte plectendum est, sententia propriae iudicare praesumant, aut truncationes quaslibet membrorum quibuslibet personis aut per se inferant, aut inferendas praecipiant. Quod si quisquam horum immemor praeceptorum, aut ecclesiae, suae familiis, aut in quibuslibet personis tale quid fecerit, et concessi ordinis honore privatus, et loco suo, perpetuo damnationis teneatur religatus ergastulo: cui tamen communio exeunti ex hac vita non neganda est, propter domini misericordiam, _qui non vult peccatoris mortem, sed ut convertatur et vivat_.» (Can. 6.)

Es de notar que, cuando en los dos cánones últimamente citados se usa de la palabra _familia_, se deben entender los esclavos. Que ésta es la verdadera acepción de la palabra se deduce claramente del canon 74 del concilio 4.º de Toledo, celebrado en el año 633, donde se lee: De _familiis_ ecclesiae constituere presbiteros et diaconos per parochias liceat..... ea tamen ratione ut _antea manumissi libertatem status sui percipiant_.» Lo mismo se deduce del sentido en que emplea esta palabra el Papa San Gregorio, en su epístola 44, 1. 4.

(Concilium Wormatiense, anno 868.)

Se impone penitencia al amo que por autoridad propia mata á su esclavo.

«Si quis servum proprium sine conscientia iudicum qui tale quid commisserit, quod morte sit dignum, occiderit, excommunicatione vel poenitentia biennii, reatum sanguinis emendabit.» (Can. 38)

«Si qua femina furore zeli accensa, flagris verberaverit ancillam suam, ita ut intra tertium diem animam suam cum cruciata efiundat, eo quod incertum sit voluntate, an casu occiderit; si voluntate, septem annos, si casu, per quinque annorum tempora legitimam peragat poenitentiam.» (Can. 39.)

(Concilium Arausicanum primum, anno 441.)

Se reprime la violencia de los que se vengaban del asilo dispensado á los esclavos, apoderándose de los de la Iglesia.

«Si quis autem mancipia clericorum pro suis mancipiis ad ecclesiam fugientibus crediderit occupanda, per omnes ecclesias districtissima damnatione feriatur.» (Can. 6.)

§ II

(Ibíd) Se reprime á los que atentan en cualquier sentido contra la libertad de los manumitidos en la Iglesia, ó que le hayan sido recomendados por testamento.

«In ecclesia manumissos, vel per testamentum ecclesiae commendatos, si quis in servitutem, vel obsequium, vel ad colonariam conditionem imprimere tentaverit, animadversione ecclesiastica coerceatur.» (Can. 7.)

(Concilium quintum Aurelianense, anno 549.)

Se asegura la libertad de los manumitidos en las iglesias; y se prescribe que éstas se encarguen de la defensa de los libertos.

«Et quia plurimorum suggestione comperimus, eos qui in ecclesiis iuxta patrioticam consuetudinem a servitiis fuerunt absoluti, pro libito quorumcumque iterum ad servitium revocari, impium esse tractavimus, ut quod in ecclesia Dei consideratione a vinculo servitutis absolvitur, irritum habeatur. Ideo pietatis causa communi concilio placuit observandum, ut quaecumque mancipia ab ingenuis dominis servitute laxantur, in ea libertate maneant, quam tunc a dominis perceperunt. Huiusmodi quoque libertas si a quocumque pulsata fuerit, cum iustitia ab ecclesiis defendatur, praeter eas culpas, pro quibus leges collatas servis revocare iusserunt libertates.» (Can. 7.)

(Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

Se prescribe que la Iglesia defienda á los libertos, ora hayan sido manumitidos en el templo, ora hayan pasado largo tiempo disfrutando la libertad. Se reprime la arbitrariedad de los jueces que atropellaban á esos desgraciados, y se dispone que los obispos conozcan de estas causas.

«Quae dum postea universo coetui secundum consuetudinem recitata innotescerent, Praetextatus et Pappulus viri beatissimi dixerunt: Decernat itaque, et de miseris libertis vestrae auctoritatis vigor insignis, qui ideo plus a iudicibus affliguntur, quia sacris sunt commendati ecclesiis; ut si quas quispiam dixerit contra eos actiones habere, non audeat eos magistratus contradere; sed in episcopi tantum iudicio, in cuius praesentia litem contestans quae sunt iustitiae ac veritatis audiat. Indignum est enim, ut hi qui in sacrosancta ecclesia iure noscuntur legitimo manumissi aut per epistolam, aut per testamentum aut per longinquitatem temporis libertatis iure fruuntur, a quolibet iniustissime inquietentur Universa sacerdotalis Congregatio dixit: Iustum est, ut contra calumniatorum omnium versutias defendantur, qui patrocinium immortalis ecclesiae concupiscunt. Et quicumque a nobis de libertis latum decretum; superbiae ausu praevaricare tentaverit, irreparabili damnationis suae sententia feriatur. Sed si placuerit episcopu ordinarium iudicem, aut quemlibet alium saecularem, in audientiam eorum accerseri, cum libuerit fiat, et nullus alius audeat causas pertractare libertorum nisi episcopus cuius interest, aut is cui idem audiendum tradiderit.» (Can. 7.)

(Concilium Parisiense quintum, anno 614.)

Se encarga á los sacerdotes la defensa de los manumitidos.

«Liberti quorumcumque ingenuorum a sacerdotibus defensentur, nec ad publicum ulterius revocentur. Quod si quis ausu temerario eos imprimere voluerit, aut ad publicum revocare, et admonitus per pontificem ad audientiam venire neglexerit, aut emendare quod perpetravit distulerit, communione privetur.» (Can. 5.)

(Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

Se prescribe que los manumitidos recomendados á las iglesias sean protegidos por los obispos.

«De libertis autem id Dei praecipiunt sacerdotes, ut si qui ab episcopis facti sunt secundum modum quo canones antiqui dant licentiam, sint liberi; et tantum a patrocinio ecclesiae tam ipsi quam ab eis progeniti non recedant. Ab aliis quoque libertati traditi, et ecclesiis commendati, patrocinio episcopali tegantur, a principe hoc episcopus postulet.» (Can. 6.)

(Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

Se manda que la Iglesia se encargue de defender la libertad y el peculio de los manumitidos recomendados á ella.

«Liberti qui a quibuscumque manumissi sunt, atque ecclesiae patrocinio commendati existunt, sicut regulae antiquorum patrum constituerunt, sacerdotali defensione a cuiuslibet insolentia protegantur; sive in statu libertatis eorum, seu in peculio quod habere noscuntur.» (Can. 72.)

(Concilium Agathense, anno 506.)

Se dispone que la Iglesia defienda á los manumitidos; y se habla en general, prescindiendo de que le hayan sido recomendados ó no.

«Libertos legitime a dominis suis factos ecclesia, si necessitas exigerit, tueatur quos si quis ante audientiam, aut pervadere aut expoliare praesumpserit, ab ecclesia repellatur.» (Can. 29.)

§ III

Se dispone que se atienda á la redención de los cautivos; y que á este objeto se pospongan los intereses de la Iglesia, por desolada que se halle.

«Sicut omnino grave est, frustra ecclesiastica ministeria venundare, sic iterum culpa est, imminente huiusmodi necessitate, res maxime desolatae Ecclesiae captivis suis praeponere, et in eorum redemptione cessare.» (Caus. 12. Q 2.ª Can. 16.)

Notables palabras de San Ambrosio sobre la redención de los cautivos. Para atender á tan piadoso objeto, el santo obispo quebranta y vende los vasos sagrados.

(S. Ambrosius, de Off. L. 2, cap. 15.)

(§ 70) «Summa etiam liberalitas captos redimere, eripere ex hostium manibus, subtrahere neci homines, et maxime faeminas turpidini, reddere parentibus liberos, parentes liberis, cives patriae restituere. Nota sunt haec nimis Illiriae vastitate et Thraciae: quanti ubique venales erant captivi orbe.....»

Ibíd. (§ 71.) «Praecipua est igitur liberalitas, redimere captivos et maxime ab hoste barbaro, qui nihil deferat humanitatis ad misericordiam, nisi quod avaritia reservaverit ad redemptionem.»

Ib. L. 2. C. 2. (§ 13.) «_Ut nos aliquando in invidiam incidimus, quod confregerimus vasa mistica, ut captivos redimeremus_, quod arrianis displicere potuerat, nec tam factum displicerit, quam ut esset quod in nobis reprehenderetur.»

Estos nobles y caritativos sentimientos no eran sólo de San Ambrosio; sus palabras son la expresión de los sentimientos de toda la Iglesia. A más de diferentes pruebas que podría traer aquí, y de lo que se deduce de los cánones que insertaré á continuación, es digna de notarse la sentida carta de San Cipriano, de la cual copiaré algunos trozos, en los cuales están compendiados los motivos que impulsaban á la Iglesia en tan piadosa tarea, y vivamente pintados el celo y la caridad con que la ejercía:

«Cyprianus, Ianuario, Maximo, Proculo, Victori, Modiano, Nemesiano, Nampulo et Honorato fratribus salutem. Cum maximo animi nostri gemitu et non sine lacrymis legimus litteras vestras, fratres carissimi, quas ad nos pro dilectionis vestrae sollicitudine de fratrum nostrorum et sororum captivitate fecistis. Quis enim non doleat in eiusmodi casibus, ut quis non dolorem fratris sui suum proprium computet, cum loquatur apostolus Paulus et dicat: _Si patitur unum membrum, compatiuntur et caetera membra; si laetatur membrum unum, collaetantur et caetera membra?_ (1 ad Cor., 12.) Et alio loco: _Quis infirmatur inquit et non ego infirmor?_ (2 ad Cor., 11.) Quare nunc et nobis captivitas fratrum nostra captivitas computanda est; et periclitantium dolor pro nostro dolore numerandus est, cum sit scilicet adunationis nostrae corpus unum, et non tantum dilectio instigare nos debeat et conferare ad fratrum membra redimenda. Nam cum denuo apostolus Paulus dicat: _Nescitis quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?_ (1 ad Cor., 3) etiamsi charitas nos minus adigeret ad opem fratribus ferendam, considerandum tamen hoc in loco fuit, Dei templum esse quae capta sunt, nec pati non longa cessatione et neglecto dolore debere, ut diu Dei templa captiva sint; sed quibus possumus viribus elaborare et velociter gerere ut Christum iudicem et Dominum et Deum nostum promereamur absequiis nostris. Nam cum dicat Paulus apostolus, _Quotquot in Christo baptizati estis, Christum induistis_ (Ad Gal., 3), in captivis fratribus nostris contemplandus est Christus et redimendus de periculo captivitatis, qui nos de diaboli faucibus exuit, nunc ipse qui manet et habitat in nobis de barbarorum manibus exuatur, et redimatur nummaria quantitate qui nos cruce redemit et sanguine...

Quantus vero communis omnibus nobis moeror atque cruciatus est de periculo virginum quae illic tenentur; pro quibus non tantum libertatis, sed et pudoris iactura plangenda est, nec tam vincula barbarorum quam lenonum et lupanarium stupra deflenda sunt, ne membra Christo dicata et in aeternum continentiae honorem pudica virtute devota, insultantium libidine et contagione foedentur? Quae omnia istic secundum litteras vestras fraternitas nostra cogitans et dolenter examinans; prompte omnes et libenter ac largiter subsidia nummaria fratribus contulerunt...

Missimus autem sextertia centum millia nummorum, quae istic in ecclesia cui de Domini indulgentia praesumus, cleri et plebis apud nos consistentis collatione, collecta sunt, quae vos illic pro vestra diligentia dispensabitis...

Si tamen ad explorandam nostri animi charitatem, et examinandi nostri pectoris fidem tale aliquid acciderit, nolite cunctari nuntiare haec nobis litteris vestris, pro certo habentes ecclesiam nostram et fraternitatem istic universam, ne haec ultra fiant precibus orare, si facta fuerint, libenter et largiter, subsidia praestare.» (Epist. 60)...

Véase, pues, cómo el celo de la Iglesia por la redención de los cautivos, que tan vivo se desplegó siglos después, había comenzado ya en los primeros tiempos; y se fundaba en los grandes y elevados motivos que divinizan en cierto modo la obra, asegurando, además, á quien la ejerce, una corona inmarcesible.

En las obras de San Gregorio se hallarán también importantes noticias sobre este punto (V. L. 3, ep. 16; L. 4, ep. 17; L. 6, ep. 35; L. 7, ep. 26, 28 y 38; L. 9, ep. 17.)

(Concilium Masticonense secundum, anno 585.)

Los bienes de la Iglesia se empleaban en la redención de los cautivos.

«Unde statuimus ac decernimus, ut nos antiquus a fidelibus reparetur; et decimas ecclesiasticis famulantibus ceremoniis populus omnis inferat, quas sacerdotes aut in pauperum usum, _aut in captivorum redemptionem praerogantes_, suis orationibus pacem populo ac salutem impetrent: si quis autem contumax nostris statutis saluberrimis fuerit, a membris ecclesiae omni tempore separetur.» (Can. 5.)

(Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

Se permite quebrar los vasos sagrados para expenderlos en la redención de cautivos.

«Si quis episcopus, excepto si evenerit ardua necessitas pro redemptione captivorum, ministeria sancta frangere pro qualicumque conditione praesumpserit, ab officio cessabit ecclesiae.» (Can. 22.)

(Concilium Lugdunense tertium, anno 683.)

Se ve, por el siguiente canon, que los obispos daban á los cautivos cartas de recomendación; y se prescribe en él que se pongan en ellas la fecha y el precio del rescate; y que se expresen también las necesidades de los cautivos.

«Id etiam de epistolis placuit captivorum, ut ita sint sancti pontifices cauti, ut in servitio pontificibus consistentibus, qui eorum manu vel subscriptione agnoscat epistolae aut quaelibet insinuationum litterae dari debeant, quatenus de subscriptionibus nulla ratione possit Deo propitio dubitare: et epistola commendationis pro necessitate cuiuslibet promulgata dies datarum et pretia constituta, vel necessitates captivorum quos cum epistolis dirigunt, ibidem inserantur.» (Can. 2.)

(Synodus S. Patricii Auxilii et Isernini Episcoporum in Hibernia celebrata, circa annum Christi 450, vel 456.)

Excesos á que eran llevados algunos eclesiásticos por un celo indiscreto á favor de los cautivos.

«Si quis clericorum voluerit iuvare captivo com suo pretio illi subveniat, nam si per furtum illum inviolaberit, blasphemantur multi clerici per unum latronem, qui sic fecerit excommunionis sit.» (Can. 32.)

(Ex epistolis S. Gregorii.)

La Iglesia gastaba sus bienes en el rescate de los cautivos, y, aun cuando con el tiempo tuvieran facultades para reintegrarla de la cantidad adelantada, ella no quería semejante reintegro: les condonaba generosamente el precio del rescate.

«Sacrorum canonum statuta et legalis permitit auctoritas, licite res ecclessiasticas in redemptionem captivorum impendi. Et ideo, quia edocti a vobis sumus, ante annos fere 18 reverendissimum quemdam Fabium, Episcopum Ecclesia Firmanae, libras 11 argenti de eadem ecclesia pro redemptione vestra, ac patris vestri Passivi, fratris et coepiscopi nostri, tunc vero clerici, necnon matris vestrae, hostibus impedisse, atque ex hoc quamdam formidinem vos habere, ne hoc quod datum est, a vobis quolibet tempore repetatur, huius praecepti auctoritate suspicionem vestram praevidimus auferendam; constituentes, nullam vos exinde, haeredesque vestros quolibet tempore repetitionis molestiam sustinere, nec a quoquam vobis aliquam obiici quaestionem.» (Libro 8, ep. 14, et hab. Caus. 12, Q. 2, C. 15.)

(Concilium Vernense secundum, anno 884.)

Los bienes de la Iglesia servían para el rescate de los cautivos.

«Ecclessiae facultates quas reges et reliqui christiani Deo voverunt, ad alimentum servorum Dei et pauperum, ad exceptionem hospitum, _redemptionis captivorum_, atque templorum. Dei instaurationem, nunc in usu saecularium detinentur. Hinc multi servi Dei pecuniam cibi et potus ac vestimentorum patiuntur, pauperes consuetam eleemosynam non accipiunt, negliguntur hospites, _fraudantur captivi_, et fama omnium meritu laceratur.» (Can. 12.)

Es digno de notarse en el canon anterior el uso que hacía la Iglesia de sus bienes; pues que vemos que, á más de la manutención de los clérigos y los gastos del culto, servían para el socorro de pobres, de peregrinos, y para el rescate de los cautivos. Hago aquí esta observación, porque se ofrece la oportunidad; y no porque sea el canon citado el único texto en que pueda fundarse la prueba del buen uso que hacía la Iglesia de sus bienes. Muchos son los cánones que podrían citarse, empezando desde los llamados apostólicos; siendo de notar la expresión de que se valen á veces para afear la maldad de los que se apoderaban de los bienes eclesiásticos, ó los administraban mal. _Pauperum necatores, matadores de pobres_, se los llama, para dar á entender que uno de los principales objetos de esos bienes era el socorro de los necesitados.

§ IV

(Concilium Lugdunense secundum, anno 566.)

Se excomulga á los que atentan contra la libertad de la personas.

«Et quia peccatis facientibus multi in perniciem animae suae ita conati sunt, aut conantur assurgere, ut animas longa temporis quiete sine ulla status sui competitione viventes, nunc improba proditione atque traditione, aut captivaverint aut captivare conentur, si iuxta praeceptum domini regis emendare distulerint, quosque hos quos obduxerunt, in loco in quo longum tempus quiete vixerint, restaurare debeant, ecclesiae communione priventur.» (Can. 3.)

Del canon que acabo de citar se infiere que era muy general el abuso de apelar los particulares á la violencia para reducir á esclavitud á personas libres. Tal era en aquella época la situación de Europa, á causa de las irrupciones de los bárbaros, que el poder público era débil en extremo, ó, mejor podríamos decir, que no existía. Por esto es muy bello el ver á la Iglesia salir en apoyo del orden público, y en defensa de la libertad, excomulgando á los que atacaban y menospreciaban así el precepto del rey: _praeceptum domini regis_.

(Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)

Se reprime el mismo abuso que en el canon anterior.

«Si quis ingenuum aut liberum ad servitium inclinare voluerit, an fortasse iam fecit, et commonitus ab episcopo se de inquietudine eius revocare neglexerit, aut emendare noluerit, tanquam calumniae reum placuit sequestrari.» (Can. 17.)

(Concilium Confluentium, anno 922.)

Se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano y lo vende.

«Item interrogatum est, quid de eo faciendum sit qui christianum hominem seduxerit, et sic vendiderit; responsumque est ab omnibus, homicidii reatum, ipsum hominem sibi contrahere.» (Can. 7.)

(Concilium Londinense, anno 1102.)

Se prohibe el comercio de hombres que se hacía en Inglaterra, vendiéndolos como brutos animales.

«Nequis illud _nefarium negotium_ quo hactenus in Anglia solebant homines sicut bruta animalia venundari, deinceps ullatenus facere praesumat.»

Echase de ver, por el canon que acabo de citar, cuánto se adelantaba la Iglesia en todo lo perteneciente á la verdadera civilización. Estamos en el siglo XIX, y se mira como un notable paso dado por la civilización moderna, el que las grandes naciones europeas firmen tratados para reprimir el tráfico de los negros; y por el canon citado se ve que, á principios del siglo XI, cabalmente en la misma ciudad de Londres, donde se ha firmado últimamente el famoso convenio, se prohibía el tráfico de hombres, calificándole cual merece. _Nefarium negorium: detestable negocio_, le apellida el concilio; _tráfico infame_, le llame la civilización moderna, heredando, sin advertirlo, sus pensamientos y hasta sus palabras de aquellos hombres á quienes se apellida _bárbaros_, de aquellos obispos á quienes se ha calumniado, pintándolos poco menos que como una turba de conjurados contra la libertad y la dicha del género humano.

(Synodus incerti loci, circa annum 616.)

Se manda que las personas que se hubiesen vendido ó empeñado, vuelvan _sin dilación_ al estado de libertad, así que devuelvan el precio; y se dispone que no se les pueda exigir más de lo que hubiesen recibido.

«De ingenuis qui se pro pecunia aut alia re vendiderint, vel oppignoraverint, placuit ut quandoquidem pretium, quantum pro ipsis datum est, invenire potuerunt, absque dilatione ad statum suae conditionis reddito pretio reformentur, nec amplius quam pro eis datum est requiratur. Et interim, si vir ex ipsis, uxorem ingenuam habuerit, aut mulier ingenuum habuerit maritum filii qui ex ipsis nati fuerint in ingenuitate permaneant.» (Can. 14.)

Es tan importante el canon del concilio que acabo de citar, celebrado, según opinan algunos, en Boneuil, que bien merece que se hagan sobre él algunas reflexiones. Cabalmente esta disposición tan benéfica en que se concedía al vendido el volver á la libertad, una vez satisfecho el precio que había recibido en la venta, atajaba un mal que debía de estar muy arraigado en las Galias, pues que databa de muy antiguo; supuesto que sabemos por César, citado ya en el texto, que muchos, acosados por la necesidad, se vendían para salir de situaciones apuradas.

Es también muy digno de notarse lo que se dispone en el mismo canon con respecto á los hijos de la persona vendida; pues, ora sea el padre, ora la madre, se prescribe que, en ambos casos, los hijos sean libres; derogándose aquí la tan sabida regla del derecho civil: _partus sequitur ventrem_.

§ V

(Concilium Aurelianense tertium, anno 538.)

Se prohibe el devolver á los judíos los esclavos refugiados en las iglesias, si hubieren buscado este asilo, ó bien por obligarlos los amos á cosas contrarias á la religión cristiana, bien por haber sido maltratados después de haberlos sacado antes del asilo de la iglesia.

«De mancipiis christianis, quae in iudaeorum servitio detinentur, si eis quod christiana religio vetat, a dominis imponitur, aut si eos quos de ecclesia excusatos tollent, pro culpa quae remissa est, affligere aut caedere fortasse praesumpserint, et ad ecclesiam iterato confugerint, nullatenus a sacerdote reddantur, nisi pretium offeratur ac detur, quod mancipia ipsa valere pronuntiaverit iusta taxatio.» (Can. 13.)

(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

Se manda observar lo mandado en el precedente concilio del mismo nombre, en el canon arriba citado.

«Cum prioribus canonibus iam fuerit definitum, ut de mancipiis christianis, quae apud iudaeos sunt, si ad ecclesiam confugerint, et redimi se postulaverint, etiam ad quoscumque christianos refugerint, et servire iudaeis noluerint, taxato et oblato a fidelibus iusto pretio, ab eorum dominio liberentur, ideo statuimus, ut tam iusta constitutio ab omnibus catholicis conservetur.» (Can. 30.)

(Ibíd.) Se castiga con la pérdida de todos los esclavos al judío que pervierte á un esclavo cristiano.

«Hoc etiam decernimus observandum, ut quicumque iudaeus. proselytum, qui advena dicitur, iudaeum facere praesumpserit, aut christianum factum ad iudaicam superstitionem adducere; vel si iudaeus christianam ancillam suam sibi crediderit sociandum; vel si de parentibus christianis natum, iudaeum sub promissione fecerit libertatis, mancipiorum amissione multetur.» (Can. 31.)

(Concilium Masticonense primum, anno 581.)

Se prohibe á los judíos el tener en adelante esclavos cristianos, y con respecto á los existentes, se permite á cualquier cristiano el rescatarlos, pagando al dueño judío 12 sueldos.

«Et liceat quid de christianis qui aut de captivitatis incursu, aut fratribus iudaeorum servitio implicantur, debeat observari, non solum canonicis statutis, sed et legum beneficio pridem fuerit constitutum; tamen quia nunc item quorundam querela exorta est, quosdam iudaeos, per civitates aut municipia consistentes, in tantam insolentiam et proterviam prorrupisse, ut nec reclamantes christianos liceat vel pretio de eorum servitute absolvi; idcirco praesenti concilio, Deo auctore, sancimus ut nullus christianus iudaeos deinceps debeat deservire; sed datis pro quolibet bono mancipio 12 solidis, ipsum mancipium quicumque christianus, seu ad ingenuitatem, seu ad servitium, licentiam habeat redimendi: quia nefas est, ut quos Christus dominus sanguinis sui effusione redemit, persecutorum vinculis maneant irretiti. Quod si acquiescere his quae statuimus quicumque iudaeus noluerit, quamdiu ad pecuniam constitutam venire distulerit, liceat mancipio ipsi cum christianis ubicumque voluerit habitare. Illud etiam specialiter sancientes, quod si qui iudaeus christianum mancipium ad errorem iudaicum convictus fuerit suassisse, ut ipse mancipio careat et legandi damnatione plectatur.» (Can. 16.)

El canon que antecede, equivale á poco menos que un decreto de entera emancipación de los esclavos cristianos; porque, si los judíos quedaban inhibidos de adquirir nuevos esclavos cristianos, y los que tenían, podían ser rescatados por cualquier cristiano, claro es que la puerta quedaba abierta de tal suerte á la caridad de los fieles, que por necesidad hubo de disminuirse en gran manera el número de los esclavos cristianos que gemían en poder de los judíos. Y no es esto decir que estas disposiciones canónicas surtiesen desde luego todo el efecto que se proponía la Iglesia; pero sí que, siendo éste el único poder que á la sazón permanecía en pie, y que ejercía influencia sobre los pueblos, debían de ser sus disposiciones sumamente provechosas á aquellos en cuyo favor se establecían.

(Concilium Toletanum tertium, anno 589.)

Se prohibe á los judíos el adquirir esclavos cristianos. Si un judío induce al judaísmo, ó circuncida á un esclavo cristiano, éste queda libre, sin que haya de pagarse nada al dueño.

«Suggerente concilio, id gloriosissimus dominus noster, canonibus inserendum praecipit, ut iudaeis non liceat christianas habere uxores, _neque mancipia comparare in usus proprios_.»

«Si qui vero christiani ab eis iudaico ritu sunt maculati, vel etiam circumcissi, non reddito pretio ad libertatem et religionem redeant christianam.» (Can. 14.)

Es notable este canon, ya porque defendía la conciencia del esclavo, ya porque imponía al dueño una pena favorable á la libertad. De esta clase de penas para reprimir la arbitrariedad de los amos que violentaban la conciencia de los esclavos, encontramos un ejemplo muy curioso en el siglo siguiente, en una colección de leyes de Ina, rey de los sajones occidentales. Helo aquí:

(Leges Inae Regis Saxonum Occidiorum, anno 692.)

Si un amo hace trabajar á su esclavo en domingo, el esclavo queda libre.

«Si servus operatur die dominica per praeceptura domini sui, sit liber.» (Leg. 3.)

OTRO EJEMPLO

(Concilium Berghamstedae anno 5.º Withredi Regis Cantii, id est Christi 697: sub Bertualdo Cantuariensi archiepiscopo celebratum. Haec sunt iudicia Withredi Regis Cantuariorum.)

Si un amo da de comer carne á un esclavo en día de ayuno, éste queda libre.

«Si quis servo suo carnem in ieiunio dediderit comedendam, servus liber exeat.» (Can. 15.)

(Concilium Toletanum quartum, anno 633.)

Se prohibe enteramente á los judíos el tener esclavos cristianos; disponiéndose que, si algún judío contraviene á lo mandado aquí, se le quiten los esclavos y éstos alcancen del príncipe la libertad.

«Ex decreto gloriosissimi principis hoc sanctum elegit concilium, ut iudaeis non liceat christianos servos habere, nec christiana mancipia emere, nec cuiusquam consequi largitate: nefas est enim ut membra Christi serviant Antichristi ministris. Quod si deinceps servos christianos, vel ancillas iudaei habere praesumpserint, sublati ab eorum dominatu libertatem a principe consequantur.» (Can. 66.)

(Concilium Rhemense, anno 625.)

Se prohibe vender esclavos cristianos á los gentiles ó judíos; y se anulan esas ventas si se hicieren.

«Ut christiani iudaeis vel gentilibus non vendantur; et si quis christianorum necessitate cogente mancipia sua christiana elegerit venundanda, non aliis nisi tantum christianis expendat. Nam si paganis aut iudaeis vendiderit, communione privetur, et emptio careat firmitate.» (Can. 11.)

Ninguna precaución era excesiva en aquellos calamitosos tiempos. A primera vista podría parecer que semejantes disposiciones eran efecto de la intolerancia de la Iglesia con respecto á los judíos y á los gentiles; y, sin embargo, era en realidad un dique contra la barbarie que lo iba invadiendo todo; una garantía de los derechos más sagrados del hombre: garantía tanto más necesaria cuanto puede decirse que todas las otras habían desaparecido. Léase, ó si no el documento que sigue á continuación, donde se ve que algunos llegaban hasta el horrible extremo de vender sus esclavos á los gentiles para sacrificarlos.

(Gregorius Papa III, ep. I ad Bonifacium Archiepiscoporum; anno 731.)

«Hoc quoque inter alia crimina agi in partibus illis dixisti, quod quidam ex fidelibus ad _immolandum_ paganis sua venundent mancipia. Quod ut magnopere corrigere debeas fratres commonemus, nec sinas fieri ultra; scelus est enim et impietas. Eis ergo qui haec perpetraverunt, similem homicidiae indices poenitentiam.»

Estos excesos debían de llamar en gran manera la atención, pues que vemos que el concilio de Ciptines, celebrado en el año 743, vuelve á insistir en lo mismo, prohibiendo que los esclavos cristianos se entreguen á gentiles.

«Et ut mancipia christiana paganis non tradantur.» (Can. 7.)

(Concilium Cabilonense, anno 650.)

Se prohibe vender un esclavo cristiano fuera del territorio comprendido en el reino de Clodoveo.

«Pietatis est maxime et religionis intuitus, ut captivitatis vinculum omnino a christianis redimatur. Unde Sancta Synodus noscitur censuisse, ut nullus mancipium extra fines vel terminos, qui ob regnum domini Clodovei regis pertinent, debeat venundare, ne quod obsit, per tale commercium, aut captivitatis vinculo, vel quod peius est, iudaica servitute mancipia christiana teneantur implicita.» (Can. 9.)

El antecedente canon en que se prohibe la venta de los esclavos cristianos fuera del territorio del reino de Clodoveo, por temor de que caiga el esclava en poder de paganos, ó de judíos; y el otro del concilio de Reims copiado más arriba en que se encuentra una especie semejante, son notables bajo dos aspectos: 1.º En cuanto manifiestan el sumo respeto que se ha de tener al alma del hombre, aunque sea esclavo; pues que se prohibe el venderlo allí donde pueda hallarse en un compromiso la conciencia de vendido; respeto que era muy importante sostener, así para desarraigar las erradas doctrinas antiguas sobre este punto, como por ser el primer paso que debía darse para llegar á la emancipación. 2.º Limitándose la facultad de vender, se entrometía la ley en esa clase de propiedad, distinguiéndola de las demás, y colocándola en una categoría diferente, y más elevada: esto era un paso muy adelantado para declarar guerra abierta á esa misma propiedad, pasando á abolirla por medios legítimos.

(Concilium decimum Toletanum, anno 656.)

Se reprende severamente á los clérigos que vendían sus esclavos á judíos y se les conmina con penas terribles.

«Septimae collationis immane satis et infandum operationis studium nunc sanctum nostrum adiit concilium; quo plerique ex sacerdotibus et Levitis, qui pro sacris ministeriis, et pietatis studio, gubernationisque augmento sanctae ecclesiae deputati sunt officio, malunt imitari turbam malorum, potius quam sanctorum patrum insistere mandatis: ut ipsi etiam qui redimere debuerunt, venditiones facere intendant, quos Christi sanguine praesciunt esse redemptos; ita dumtaxat ut eorum dominio qui sunt empti in rito Iudaismi convertantur opressi, et fit execrabile commercium ubi nitente Deo iustum et sanctum adesse conventum; quia maiorum canones vetuerunt ut nullus iudaeorum coniugia vel servitia habere praesumat de christanorum coetu.»

Sigue reprendiendo elocuentemente á los culpables, y luego continúa: «Si quis enim post hanc definitionem talia agere tentaverit, noverit se extra ecclesiam fieri, et praesenti, et futuro iudicio cum Iuda simili poena percelli, dummodo Dominum denuo proditionis pretio malunt ad iracundiam provocare.» (Can. 7.)

§ VI

Manumisión que hace el Papa San Gregorio I de dos esclavos de la Iglesia romana; texto notable en que explica el Papa los motivos que inductan á los cristianos á manumitir sus esclavos.

«Cum Redemptor noster totius conditor creaturae ad hoc propitiatus humanam voluerit carnem assumere, ut divinitatis suae gratia, diruto quo tenebamur captivi vinculo servitutis, pristinae nos restitueret libertati; salubriter agitur, si homines quos ab initio natura creavit liberos et protulit, et ius gentium iugo substituit servitutis, in ea natura in qua nati fuerant, manumitentis beneficio, libertati reddantur. Atque ideo pietatis intuitu, et huius rei consideratione permoti, vos Montanam atque Thomam famulos Sanctae Romanae Ecclesiae, cui Deo adiutore deservimus, liberos ex hac die civesque Romanos efficimus, omneque vestrum vobis relaxamus servitutis peculium.» (S. Greg., L. 5, ep. 12.)

(Concilium Agathense, anno 506.)

Se manda que los obispos respeten la libertad de los manumitidos por sus predecesores. Se indica la facultad que tenían los obispos de manumitar á los esclavos beneméritos, y se fija la cantidad que podían donarles para su subsistencia.

«Sane si quos de servis ecclesiae benemeritos sibi episcopus libertate donaverit collatam libertatem a successoribus placuit custodiri cum ho quod eis manumissor in libertate contulerit, quod tamen iubemus viginti solidorum numerum, et modum in terrula, vineola, vel hospitiola tenere. Quod amplius datum fuerit, post manumissoris mortem ecclesia revocabit.» (Can. 7.)

(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)

Se manda devolver á la Iglesia lo empeñado ó enajenado por el obispo, que nada le haya dejado de bienes propios; pero se exceptúan de esta regla los esclavos manumitidos, quienes deberán quedar en libertad.

«Ut episcopus qui de facultate propria ecclesiae nihil relinquit, de ecclesiae facultate si quid aliter quam canones eloquuntur obligaverit, vendiderit, aut distraxerit, ad ecclesiam revocetur. Sane si de servis ecclesiae libertos fecerit numero competenti, in ingenuitate permaneant, ita ut ab officio ecclesiae non recedant.» (Can. 9.)

(Synodus Celichytensis, anno 816.)

Se ordena que á la muerte de cada obispo se dé libertad á todos sus esclavos ingleses. Se dispone la solemnidad que ha de haber en las exequias del difunto, previniéndose que, al fin de ellas, cada obispo y abad habían de manumitir tres esclavos, dándoles á cada uno tres sueldos.

«Decimo iubetur, et hoc firmiter statuimus asservandum, tam in nostris diebus, quamque etiam futuris temporibus, omnibus successoribus nostris qui post nos illis sedibus ordinentur quibus ordinati sumus: ut quandocumque aliquis ex numero episcoporum migraverit de saeculo, hoc pro anima illius praecipimus, ex substantia uniuscumque rei decimam partem dividere, ad distribuere pauperibus in eleemosynam, sive in pecoribus, et armentis, scu de ovibus et porcis, vel etiam in cellariis, _necnon omnem hominem Anglicum liberare, qui in diebus suis sit servituti subiectus_, ut per illud sui proprii laboris fructum retributionis percipere mereatur, et indulgentiam peccatorum. Nec ullatenus ab aliqua persona huic capitulo contradicatur, sed magis, prout condecet, a successoribus augeatur, et eius memoria semper in posterum per universas ecclesias nostrae ditioni subiectas cum Dei laudibus habeatur et honoretur. Prorsus orationes et eleemosynas quae inter nos specialiter condictam habemus, id est, ut statim per singulas parochias in singulis quibusque ecclesiis, pulsato signo, omnis famulorum Dei coetus ad basilicam conveniant, ibique pariter XXX psalmos pro defuncti animae decantent. Et postea unusquisque antistes et abbas sexcentos psalmos, et centum viginti missas celebrare faciat, _et tres homines liberet, et eorum cuilibet tres solidos distribuat_.» (Can. 10.)

(Concilium Ardamachiense in Hibernia celebratum anno 1171:)

(Ex Giraldo Cambrensi, cap. 28 Hiberniae expugnatae.)

Curioso documento en que se refiere la generosa resolución tomada en el concilio de Armach en Irlanda, de dar libertad á todos los esclavos ingleses.

«His completis convocatos apud Ardamachiam totius Hiberniae clero, et super advenarum in insulam adventu tractato diutius et deliberato, tandem communis omnium in hoc sententia resedit; propter peccata scilicet populi sui, eoque praecipue quod Anglos olim, tam a mercatoribus, quam praedonibus atque piratis, emere passim, et in servitutem redigere consueverant, divinae, censura vindictae hoc eis incomodum accidisse, ut et ipsi quoque ab eadem gente in servitutem vice reciproca iam redigantur. Anglorum namque populus adhuc integro eorum regno, communi gentis vitio liberos suos venales exponere, et priusquam inopiam ullam aut inediam sustinerent, filios proprios et cognatos in Hiberniam vendere consueverant. Unde et probabiliter credi potest, sicut venditores olim, ita emptores, tam enormi delicto iuga servitutis iam meruisse. Decretum est itaque in praedicto concilio, et cum universitatis consensu publice statutum, ut Angli ubique per insulam, servitutis vinculo mancipati, in pristinam revocentur libertatem.»

En el documento que se acaba de leer, es digno sobremanera de notarse cómo influían las ideas religiosas en amansar las feroces costumbres de los pueblos. Sobreviene una calamidad pública, y he aquí que desde luego se encuentra la causa de ella en la indignación divina, ocasionada por el tráfico que hacían los irlandeses comprando esclavos ingleses á los mercaderes, y á los bandoleros y piratas.

No deja también de ser curioso el ver que por aquellos tiempos eran los ingleses tan bárbaros, que vendían á sus hijos y parientes, á la manera de los africanos de nuestros tiempos. Y esto debía de ser bastante general, pues que leemos en el lugar arriba copiado: que esto era _común vicio de aquellos pueblos_; _communi gentis vitio_. Así se concibe mejor cuán necesaria era la disposición insertada más arriba, del concilio de Londres, celebrado en 1102, en que se prohibe ese infame tráfico de hombres.

(Ex concilio apud Silvanectum, anno 864.)

Los esclavos de la Iglesia no deben permutarse con otros; á no ser que por la permuta se les dé libertad.

«Mancipia ecclesiastica, nisi ad libertatem, non convenit commutari; videlicet ut mancipia, quae pro eclesiastico homine dabuntur, in Ecclesiae servitute permaneant, et ecclesiasticus homo, qui commutatur, fruatur perpetua libertate. Quod enim semel Deo consecratum est, ad humanus usus transferri non decet.» (V. Decret. Greg. IX. L. 3, Tit. 19, cap. 3.)

(Ex eodem, anno 864.)

Contiene la misma especie que el anterior; y además se deduce de el que los fieles, en remedio de sus almas, acostumbraban ofrecer sus esclavos á Dios y á los santos.

«Iniustum videtur et impium, ut mancipia, quae fideles Deo, et Sanctis eius pro remedio animae suae consecrarunt, cuiuscumque muneris mancipio, vel commutationis commercio iterum in servitutem saecularium redigantur, cum canonica auctoritas servos tantummodo permittat distrahi fugitivos. Et ideo ecclaesiarum Rectores summopere caveant, ne eleemosyna unius, alterius peccatum fiat. Et est absurdum ut ab ecclesiastica dignitate servus discedens, humanae sit obnoxius servituti. (Ibíd., cap. 4.)

(Concilium Romanum sub S. Gregorio I, anno 597.)

Se ordena que se dé libertad á los esclavos que quieran abrazar la vida monástica, previas las precauciones que pudiesen probar la verdad de la vocación.

«Multos de ecclesiastica seu saeculari familia, novimus ad omnipotentis Dei servitium festinare ut ab humana servitute liberi in divino servitio valeant familiarius in monasteriis conservari, quos si passim dimittimus, omnibus fugiendi ecclesiastici iuris dominium occasionem praebemus: si vero festinantes ad omnipotentis Dei servitium, incaute retinemus, illi invenimur negare quaedam qui dedit omnia. Unde necesse est, ut quisquis ex iuris ecclesiastici vel saecularis militiae servitute ad Dei servitium converti desiderat, probetur prius in laico habitu constitutus: et si mores eius atque conversatio bona desiderio eius testimonium ferunt, absque retractatione servire in monasterio omnipotenti Domino permittatur, ut ab humano servitio liber recedat qui in divino obsequio districtiorem appetit servitutem.» (S. Greg., Epist. 44., Lib. 4.)

(Ex epistolis Gelasii Papae.)

Se reprime el abuso que iba cundiendo de ordenar á los esclavos sin consentimiento de sus dueños.

«Ex antiquis regulis et novella synodali explanatione comprehensum est, personas obnoxias servituti, cingulo coelestis militiae non praecingi. Sed nescio utrum ignorantia an voluntate rapiamini, _ita ut ex hac causa nullus pene Episcoporum videatur extorris_. Ita enim nos frequens et plurimorum querela nos circumstrepit, ut ex hac parte nihil penitus potetur constitutum.» (Distin. 54, c. 9.)

«_Frequens equidem, et assidua nos querela circumstrepit_ de his pontificibus, qui nec antiquas regulas nec decreta nostra noviter directa cogitantes, obnoxias possesionibus obligatasque personas, venientes ad clericalis officii cingulum non recusant.» (Ibíd., c. 10.)

«Actores siquidem filiae nostrae illustris et magnificae feminae, Maximae petitori nobis insinuatione conquesti sunt, Sylvestrum atque Candidum, originarios suos, contra constitutiones quae supradictae sunt, et contradictione praeeunte a Lucerino Pontifice Diaconos ordinatos.» (Ibíd, c. 11.)

«_Generalis etiam querelae vitanda praesumptio est, qua propemodum causantur universi_, passim servos et originarios, dominorum iura, possesionumque fugientes, sub religiosae conversationis obtentu, vel ad monasteria sese conferre, vel ad ecclesiasticum famulatum, conniventibus quippe praesulibus, indifferenter admitti. Quae modis omnibus est amovenda pernicies, ne per christiani nominis institutum aut aliena pervadi, aut publica videatur disciplina subverti.» (Ibíd., c. 12.)

(Concilium Emeritense, anno 666.)

Se permite á los párrocos el escoger de entre los siervos de la Iglesia algunos para clérigos.

«Quidquid unanimiter digne disponitur in sancta Dei ecclesia, necessarium est ut a parochitanis presbyteris custoditum maneat. Sunt enim nonnulli qui ecclessiarum suarum res ad plenitudinem habent et sollicitudo illis nulla est habendi clericos cum quibus omnipotenti Deo laudum debita persolvant officia. Proinde instituit haec sancta synodus ut omnes parochitani presbyteri, iuxta ut in rebus sibi a Deo creditis sentiunt habere virtutem, de ecclesiae suae familia clericos sibi faciant; quos per bonam voluntatem ita nutriant, ut et officium sanctum digne peragant, et ad servitium suum aptos eos habeat. Hi etiam victum et vestitum dispensatione presbyteri merebuntur, et domino et presbytero suo, atque utilitati ecclesiae fideles esse debent. Quod si inutiles apparuerint, ut culpa patuerit, correptione disciplinae feriantur: si quis presbyterorum hanc sententiam minime custodierit et non adimpleverit, ab episcopo suo corrigatur: ut plenissime custodiat, quod digne iubetur.» (Can. 18.)

(Concilium Toletanum nonum, anno 655.)

Se dispone que los obispos den libertad á los esclavos de la Iglesia que hayan de ser admitidos en el clero.

«Qui ex familiis ecclesiae servituri devocantur in clerum ab Episcopis suis, necesse est, ut libertatis percipiant donum: et si honestae vitae claruerint meritis, tunc demum maioribus fungantur officiis.» (Can. 11.)

(Concilium quartum Toletanum, anno 633.)

Se permite ordenar á los esclavos de la Iglesia dándoles antes libertad.

«De familiis ecclesiae constituere presbyteros et diaconos per parochias liceat; quos tamen vitae rectitudo et probitas morum comendat: ea tamen ratione, _ut antea manumissi libertatem status sui percipiant_, et denuo ad ecclesiasticos honores succedant; irreligiosum est enim obligatos existere servituti, qui sacri ordinis suscipiunt dignitatem.» (Can. 74.)

§VII

Visto ya cuál fué la conducta de la Iglesia con respecto á la esclavitud en Europa, excitase, naturalmente, el deseo de saber cómo se ha portado en tiempos más recientes con relación á los esclavos de las otras partes del mundo. Afortunadamente puedo ofrecer á mis lectores un documento, que, al paso que manifiesta cuáles son en este punto las ideas y los sentimientos del actual pontífice Gregorio XVI, contiene, en pocas palabras, una interesante historia de la solicitud de la Sede Romana, en favor de los esclavos de todo el universo. Hablo de unas letras apostólicas contra el tráfico de negros, publicadas en Roma en el día 3 de noviembre de 1839. Recomiendo encarecidamente su lectura, porque ellas son una confirmación auténtica y decisiva, de que la Iglesia ha manifestado siempre y manifiesta todavía, en este gravísimo negocio de la esclavitud, el más acendrado espíritu de caridad, sin herir en lo más mínimo la justicia, ni desviarse de lo que aconseja la prudencia.

Gregorio PP. XVI ad futuram rei memoriam.

«Elevado al grado supremo de dignidad apostólica, y siendo, aunque sin merecerlo, en la tierra vicario de Jesucristo Hijo de Dios, que por su caridad excesiva se dignó hacerse hombre y morir para redimir al género humano, hemos creído que corresponde á nuestra pastoral solicitud hacer todos los esfuerzos para apartar á los cristianos del tráfico que están haciendo con los negros y con otros hombres, sean de la especie que fueren. Tan luego como comenzaron á esparcirse las luces del Evangelio, los desventurados que caían en la más dura esclavitud, y en medio de las infinitas guerras de aquella época, vieron mejorarse su situación porque los apóstoles, inspirados por el espíritu de Dios, inculcaban á los esclavos la máxima de obedecer á sus señores temporales como al mismo Jesucristo, y á resignarse con todo su corazón á la voluntad de Dios; pero, al mismo tiempo, imponían á los dueños el precepto de mostrarse humanos con sus esclavos, concederles cuanto fuese justo y equitativo, y no maltratarlos, sabiendo que el Señor de unos y otros está en los cielos, y que para El no hay acepción de personas.

»La Ley Evangélica, al establecer de una manera universal y fundamental la caridad sincera para con todos, y el Señor declarando que miraría como hechos ó negados á sí mismo, todos los actos de beneficencia y de misericordia hechos ó negados á las pobres y á los débiles, produjo, naturalmente, el que los cristianos, no sólo mirasen como hermanos á sus esclavos sobre todo cuando se habían convertido al Cristianismo, sino que se mostrasen inclinados á dar la libertad á aquellos que por su conducta se hacían acreedores á ella, lo cual acostumbraban hacer, particularmente en las fiestas solemnes de Pascuas, según refiere San Gregorio de Nicea. Todavía hubo quienes inflamados de la caridad más ardiente, cargaron ellos mismos con las cadenas para rescatar á sus hermanos, y un hombre apostólico, nuestro predecesor el Papa Clemente I, de santa memoria, atestigua haber conocido á muchos que hicieron esta obra de misericordia; y ésta es la razón por que, habiéndose disipado con el tiempo las supersticiones de los paganos, y habiéndose dulcificado las costumbres de los pueblos más bárbaros, gracias á los beneficios de la fe, movida por la caridad, las cosas han llegado al punto de que hace muchos siglos no hay esclavos en la mayor parte de las naciones cristianas.

»Sin embargo, y lo decimos con el dolor más profundo, todavía se vieron hombres, aun entre cristianos, que, vergonzosamente cegados por el deseo de una ganancia sórdida, no vacilaron en reducir á la esclavitud en tierras remotas á los indios, á los negros, y á otras desventuradas razas, ó ayudar en tan indigna maldad, ínstituyendo y organizando el tráfico de estos desventurados, á quienes otros habían cargado de cadenas. Muchos pontífices romanos, nuestros predecesores, de gloriosa memoria, no se olvidaron, en cuanto estuvo de su parte, de poner un coto á la conducta de semejantes hombres, como contraria á su salvación, y degradante para el nombre cristiano; porque ellos veían bien que ésta era una de las causas que más influyen para que las naciones infieles mantengan un odio constante á la verdadera religión.

»A este fin se dirigen las letras apostólicas de Paulo III de 20 de mayo de 1537, remitidas al cardenal arzobispo de Toledo, selladas con el sello del Pescador, y otras letras mucho más amplias de Urbano VIII de 22 de abril de 1639 dirigidas al colector de los derechos de la Cámara apostólica en Portugal; letras en las cuales se contienen las más serias y fuertes reconvenciones contra los que se atreven á reducir á la esclavitud á los habitantes de la India occidental ó meridional, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos de sus mujeres y de sus hijos, despojarlos de sus bienes, llevarlos ó enviarlos á reinos extranjeros, y privarlos de cualquier modo de su libertad, retenerlos en la servidumbre, ó bien prestar auxilio y favor á los que tales cosas hacen, bajo cualquier causa ó pretexto, ó predicar ó enseñar que esto es lícito, y por último cooperar á ello de cualquier modo. Benedicto XIV confirmó después y renovó estas prescripciones de los Papas ya mencionados, por nuevas letras apostólicas á los obispos del Brasil y de algunas otras regiones en 20 de diciembre de 1741, en las que excita con el mismo objeto la solicitud de dichos obispos.

»Mucho antes, otro de nuestros predecesores más antiguos, Pío II, en cuyo pontificado se extendió el dominio de los portugueses en la Guinea y en el país de los negros, dirigió sus letras apostólicas en 7 de octubre de 1482 al obispo de Ruvo, cuando iba á partir para aquellas regiones, en las que no se limitaba únicamente á dar á dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducían á los neófitos á la esclavitud. En fin, Pío VII en nuestros días, animado del mismo espíritu de caridad y de religión que sus antecesores, interpuso con celo sus buenos oficios cerca de los hombres poderosos, para hacer que cesase enteramente el tráfico de los negros entre los cristianos. Semejantes prescripciones y solicitud de nuestros antecesores nos han servido, con la ayuda de Dios, para defender á los indios y otros pueblos arriba dichos, de la barbarie, de las conquistas y de la codicia de los mercaderes cristianos; mas es preciso que la Santa Sede tenga por qué regocijarse del completo éxito de sus esfuerzos y de su celo, puesto que, si el tráfico de los negros ha sido abolido en parte, todavía se ejerce por un gran número de cristianos. Por esta causa, deseando borrar semejante oprobio de todas las comarcas cristianas, después de haber conferenciado con todo detenimiento con muchos de nuestros venerables hermanos, los cardenales de la Santa Iglesia romana, reunidos en consistorio, y siguiendo las huellas de nuestros predecesores, en virtud de la autoridad apostólica, advertimos y amonestamos con la fuerza del Señor á todos los cristianos, de cualquiera clase y condición que fuesen, y les prohibimos que ninguno sea osado en adelante á molestar injustamente á los indios, á los negros ó á otros hombres, sean los que fueren, despojarlos de sus bienes ó reducirlos á la esclavitud, ni á prestar ayuda ó favor á los que se dedican á semejantes excesos, ó á ejercer un tráfico tan inhumano, por el cual los negros, como si no fuesen hombres, sino verdaderos impuros animales, reducidos cual ellos á la servidumbre sin ninguna distinción, y contra las leyes de la justicia y de la humanidad, son comprados, vendidos y dedicados á los trabajos más duros, con cuyo motivo se excitan desavenencias, y se fomentan continuas guerras en aquellos pueblos por el cebo de la ganancia propuesta á los raptores de negros.

»Por esta razón, y en virtud de la autoridad apostólica, reprobamos todas las dichas cosas como absolutamente indignas del nombre cristiano; y en virtud de la propia autoridad, prohibimos enteramente, y prevenimos á todos los eclesiásticos y legos el que se atrevan á sostener como cosa permitida el tráfico de negros, bajo ningún pretexto ni causa, ó bien predicar y enseñar en público ni en secreto, ninguna cosa que sea contraria á lo que se previene en estas letras apostólicas.

»Y con el fin de que dichas letras lleguen á conocimiento de todos, y que ninguno pueda alegar ignorancia, decretamos y ordenamos que se publiquen y fijen según costumbre, por uno de nuestros oficiales, en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles de la Cancillería Apostólica, del Palacio de Justicia, del monte Citorio, y en el campo de Flora.

»Dado en Roma en Santa María la Mayor, sellado con el sello del Pescador á 3 de noviembre de 1839, y el 9.º de nuestro pontificado.--Aloisio, cardenal Lambruschini.»

Llamo particularmente la atención sobre el interesante documento que acabo de insertar, y que puede decirse que corona magníficamente el conjunto de los esfuerzos hechos por la Iglesia para la abolición de la esclavitud. Y como en la actualidad sea la abolición del tráfico de los negros uno de los negocios que más absorben la atención de Europa, siendo el objeto de un tratado concluído recientemente entre las grandes potencias, será bien detenernos algunos momentos á reflexionar sobre el contenido de las letras apostólicas del Papa Gregorio XVI.

Es digno de notarse, en primer lugar, que ya en 1482 el Papa Pío II dirigió sus letras apostólicas al obispo de Ruvo cuando iba á partir para aquellas regiones, letras en que no se limitaba únicamente á dar á dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducían á los neófitos á la esclavitud. Cabalmente á fines del siglo XV, cuando puede decirse que tocaban á su término los trabajos de la Iglesia para desembrollar el caos en que se había sumergido la Europa á causa de la irrupción de los bárbaros, cuando las instituciones sociales y políticas iban desarrollándose cada día más, formando ya á la sazón un cuerpo algo regular y coherente, empieza la Iglesia á luchar con otra barbarie que se reproduce en países lejanos, por el abuso que hacían los conquistadores de la superioridad de fuerzas y de inteligencia con respecto á los pueblos conquistados.

Este solo hecho nos indica que para la verdadera libertad y bienestar de los pueblos, para que el derecho prevalezca sobre el hecho y no se entronice el mando brutal de la fuerza, no bastan las luces, no basta la cultura de los pueblos, sino que es necesaria la religión. Allá en tiempos antiguos vemos pueblos extremadamente cultos que ejercen las más inauditas atrocidades; y en tiempos modernos, los europeos, ufanos de su saber y de sus adelantos, llevaron la esclavitud á los desgraciados pueblos que cayeron bajo su dominio. ¿Y quién fué el primero que levantó la voz contra tamaña injusticia, contra tan horrenda barbarie? No fué la política, que quizás no lo llevaba á mal para que así se asegurasen las conquistas; no fué el comercio, que veía en ese tráfico infame un medio expedito para sórdidas pero pingües ganancias; no fué la filosofía, que, ocupada en comentar las doctrinas de Platón y Aristóteles, no se hubiera quizás resistido mucho á que renaciese para los países conquistados la degradante teoría de las _razas nacidas para la esclavitud_; fué la religión católica, hablando por boca del Vicario de Jesucristo.

Es ciertamente un espectáculo consolador para los católicos el que ofrece un pontífice romano condenando, hace ya cerca de cuatro siglos, lo que la Europa, con toda su civilización y cultura, viene á condenar ahora; y con tanto trabajo, y todavía con algunas sospechas de miras interesadas por parte de alguno de los promovedores. Sin duda que no alcanzó el pontífice á producir todo el bien que deseaba; pero las doctrinas no quedan estériles, cuando salen de un punto desde el cual pueden derramarse á grandes distancias, y sobre personas que las reciben con acatamiento, aun cuando no sea sino por respeto á aquel que las enseña. Los pueblos conquistadores eran á la sazón cristianos, y cristianos sinceros; y así es indudable que las amonestaciones del Papa, transmitidas por boca de los obispos y demás sacerdotes, no dejarían de producir muy saludables efectos. En tales casos, cuando vemos una providencia dirigida contra un mal, y notamos que el mal ha continuado, solemos equivocarnos, pensando que ha sido inútil, y que quien la ha tomado no ha producido ningún bien. No es lo mismo extirpar un mal que disminuirle; y no cabe duda en que, si las bulas de los Papas no surtían todo el efecto que ellos deseaban, debían de contribuir al menos á atenuar el daño, haciendo que no fuese tan desastrosa la suerte de los infelices pueblos conquistados. El mal que se previene y evita no se ve, porque no llega á existir, á causa del preservativo; pero se palpa el mal existente, éste nos afecta, éste nos arranca quejas, y olvidamos con frecuencia la gratitud debida á quien nos ha preservado de otros más graves. Así suele acontecer con respecto á la religión. Cura mucho, pero todavía precave más que no cura, porque, apoderándose del corazón del hombre, ahoga muchos males en su misma raíz.

Figurémonos á los europeos del siglo XV, invadiendo las Indias orientales y occidentales, sin ningún freno, entregados únicamente á las instigaciones de la codicia, á los caprichos de la arbitrariedad, con todo el orgullo de conquistadores, y con todo el desprecio que debían de inspirarles los indios, por la inferioridad de sus conocimientos, y por el atraso de su civilización y cultura; ¿qué hubiera sucedido? Si es tanto lo que han tenido que sufrir los pueblos conquistados, á pesar de los gritos incesantes de la religión, á pesar de su influencia en las leyes y en las costumbres, ¿no hubiera llegado el mal á un extremo intolerable, á no mediar esas poderosas causas que le salían sin cesar al encuentro, ora previniéndole ora atenuándole? En masa hubieran sido reducidos á la esclavitud los pueblos conquistados, en masa se los hubiera condenado á una degradación perpetua, en masa se los hubiera privado para siempre, hasta de la esperanza de entrar un día en la carrera de la civilización.

Deplorable es, por cierto, lo que han hecho los europeos con los hombres de las otras razas; deplorable es, por cierto, lo que todavía están haciendo algunos de ellos; pero al menos no puede decirse que la religión católica no se haya opuesto con todas sus fuerzas á tamaños excesos, al menos no puede decirse que la Cabeza de la Iglesia haya dejado pasar ninguno de esos males, sin levantar contra ellos la voz, sin recordar los derechos del hombre, sin condenar la injusticia y sin execrar la crueldad, sin abogar por la causa del linaje humano, no distinguiendo razas, climas ni colores.

¡De dónde le viene á Europa ese pensamiento elevado, ese sentimiento generoso, que la impulsan á declararse tan terminantemente contra el tráfico de hombres, que la conducen á la completa abolición de la esclavitud en las colonias! Cuando la posteridad recuerde esos hechos tan gloriosos para la Europa, cuando los señale para fijar una nueva época en los anales de la civilización del mundo, cuando busque y analice las causas que fueron conduciendo la legislación y las costumbres europeas hasta esa altura; cuando elevándose sobre causas pequeñas y pasajeras, sobre circunstancias de poca entidad, sobre agentes muy secundados, quiera buscar el principio vital que impulsaba á la civilización europea hacia término tan glorioso, encontrará que ese principio era el Cristianismo. Y cuando trate de profundizar más y más en la materia, cuando investigue si fué el Cristianismo bajo una forma general y vaga, el Cristianismo sin autoridad, el Cristianismo si el Catolicismo, he aquí lo que le enseñará la historia. El Catolicismo dominando solo, exclusivo, en Europa, abolió la esclavitud en las razas europeas; el Catolicismo, pues, introdujo en la civilización europea el principio de la abolición de la esclavitud; manifestando con la práctica que no era necesaria en la sociedad como se había creído antiguamente, y que para desarrollarse una civilización grande y saludable era necesario empezar por la santa obra de la emancipación. El Catolicismo inoculó, pues, en la civilización europea el principio de la abolición de la esclavitud; á él se debe, pues, si, dondequiera que esta civilización ha existido junto con esclavos, ha sentido siempre un profundo malestar que indicaba bien á las claras que había en el fondo de las cosas dos principios opuestos dos elementos en lucha, que habían de combatir sin cesar hasta que prevaleciendo el más poderoso, el más noble y fecundo, pudiese sobreponerse al otro, logrando primero sojuzgarle, y no parando hasta aniquilarle del todo. Todavía más: cuando se investigue si en la realidad vienen los hechos á confirmar esa influencia del Catolicismo, no sólo por lo que toca á la civilización de Europa, sino también de los países conquistados por los europeos en los tiempos modernos, así en Oriente como en Occidente, ocurrirá desde luego la influencia que han ejercido los prelados y sacerdotes católicos en suavizar la suerte de los esclavos en las colonias, se recordará lo que se debe á las misiones católicas, y se producirán, en fin, las letras apostólicas de Pío II, expedidas en 1482, y mencionadas más arriba, las de Paulo III en 1537, las de Urbano VIII en 1639, las de Benedicto XIV en 1741 y las de Gregorio XVI en 1839.

En esas letras se encontrará, ya enseñado y definido, todo cuanto se ha dicho y decirse puede en este punto en favor de la humanidad; en ellas se encontrará reprendido, condenado, castigado, lo que la civilización europea se ha resuelto al fin á condenar y castigar; y cuando se recuerde que fué también un Papa, Pío VII, quien en el presente siglo _interpuso con celo su mediación y sus buenos oficios con los hombres poderosos, para hacer que cesase enteramente el tráfico de negros entre los cristianos_, no podrá menos de reconocerse y confesarse que el Catolicismo ha tenido la principal parte en esa grandiosa obra, dado que él es quien ha fundado el principio en que ella se funda, quien ha establecido los precedentes que la guían, quien ha proclamado sin cesar las doctrinas que la inspiran, quien ha condenado siempre las que se le oponían, quien se ha declarado en todos tiempos en guerra abierta con la crueldad y la codicia, que venían en apoyo y fomento de la injusticia y de la inhumanidad.

El Catolicismo, pues, ha cumplido perfectamente su misión de paz y de amor, quebrantando sin injusticias ni catástrofes las cadenas en que gemía una parte del humano linaje; y las quebrantaría del todo en las cuatro partes del mundo, si pudiese dominar por algún tiempo en Asia y en África, haciendo desaparecer la abominación y el envilecimiento, introducidos y arraigados en aquellos infortunados países por el mahometismo y la idolatría.

Doloroso es, á la verdad, que el Cristianismo no haya ejercido todavía sobre aquellos desgraciados países toda la influencia que hubiera sido menester para mejorar la condición social y política de sus habitantes, por medio de un cambio en las ideas y costumbres; pero, si se buscan las causas de tan sensible retardo, no se encontrarán, por cierto, en la conducta del Catolicismo. No es éste el lugar de señalarlas; pero, reservándome hacerlo después, indicaré entre tanto que no cabe escasa responsabilidad al Protestantismo por los obstáculos que, como demostraré á su tiempo, ha puesto á la influencia universal y eficaz del Cristianismo sobre los pueblos infieles.

En otro lugar de esta obra me propongo examinar detenidamente tan importante materia, lo que hace que me contente aquí con esta ligera indicación.

FIN DE LAS NOTAS

ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS DEL TOMO PRIMERO

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Cap. IX. La incredulidad y la indiferencia religiosa, acarreadas á la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz. Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle: observaciones sobre la época de su publicación. Deplorable estado de las creencias entre los protestantes. 86

Cap. X. Se resuelve una importante cuestión sobre la duración del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la verdad. Íntimo enlace del Cristianismo con la civilización europea. 96

Cap. XI. Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en positivas y negativas. Fenómeno muy singular: la civilización europea ha rechazado uno de los dogmas más principales de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante prestado á la civilización europea por el Catolicismo, con la defensa del libre albedrío. Carácter del error. Carácter de la verdad. 103

Cap. XII. Examen de los efectos que produciría en España el Protestantismo. Estado actual de las ideas religiosas. Triunfos de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura. Situación de las sociedades modernas. Conjeturas sobre su porvenir, y sobre la futura influencia del Catolicismo. Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España. Pitt: Carácter de las ideas religiosas en España. Situación de España. Sus elementos de regeneración. 108

Cap. XIII. Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos. _Libertad._ Vago sentido de esta palabra. La civilización europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar á la Europa. Observaciones sobre los estudios filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela histórica moderna. 127

Cap. XIV. Estado religioso, social y científico del mundo á la época de la aparición del Cristianismo. Derecho romano. Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización política del imperio. Sistema del Cristianismo para regenerar la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas. Comparación del Cristianismo con el paganismo en la enseñanza de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el púlpito de los protestantes. 138

Cap. XV. La Iglesia no fué tan sólo una _escuela grande y fecunda, sino también una asociación regeneradora_. Objetos que tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. _La esclavitud._ Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot. Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la abolición de la esclavitud. La abolición repentina era imposible. Impúgnase la opinión de Guizot. 152

Cap. XVI. La Iglesia católica empleó para la abolición de la esclavitud, no sólo un sistema de doctrinas, y sus máximas y espíritu de claridad, sino también un conjunto de medios prácticos. Punto de vista desde el cual debe mirarse este hecho histórico. Ideas erradas de los antiguos sobre la esclavitud. Homero, Platón, Aristóteles. El Cristianismo se ocupó desde luego en combatir esos errores. Doctrinas cristianas sobre las relaciones entre esclavos y señores. La Iglesia se ocupa en suavizar el trato cruel que se daba á los esclavos. 161

Cap. XVII. La Iglesia defiende con celo la libertad de los manumitidos. Manumisión en las iglesias. Saludables efectos de esta práctica. Redención de cautivos. Celo de la Iglesia en practicar y promover esta obra. Preocupación de los romanos sobre este punto. Influencia que tuvo en la abolición de la esclavitud el celo de la Iglesia por la redención de los cautivos. La Iglesia protege la libertad de los ingenuos. 176

Cap. XVIII. Sistema seguido por la Iglesia con respecto á los esclavos de los judíos. Motivos que impulsaban á la Iglesia á la manumisión de sus esclavos. Su indulgencia en este punto. Su generosidad para con sus libertos. Los esclavos de la Iglesia eran considerados como consagrados á Dios. Saludables efectos de esta consideración. Se concede libertad á los esclavos que querían abrazar la vida monástica. Efectos de esta práctica. Conducta de la Iglesia en la ordenación de los esclavos. Represión de abusos que en esta parte se introdujeron. Disciplina de la Iglesia de España sobre este particular. 186

Cap. XIX. Doctrinas de San Agustín sobre la esclavitud. Importancia de estas doctrinas para acarrear su abolición. Se impugna á Guizot. Doctrinas de Santo Tomás sobre la misma materia. Matrimonio de los esclavos. Disposición del derecho canónico sobre este matrimonio. Doctrina de Santo Tomás sobre este punto. Resumen de los medios empleados por la Iglesia para la abolición de la esclavitud. Impúgnase á Guizot. Se manifiesta que la abolición de la esclavitud es debida exclusivamente al Catolicismo. Ninguna parte tuvo en esta grande obra el Protestantismo. 197

ÍNDICE DE LAS NOTAS

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(1) Gibbon, y la Historia de las variaciones de los protestantes, de Bossuet. 207

(2) Intolerancia de Lutero y demás corifeos del Protestantismo. 207

(3) _Protestantismo_: origen de este nombre. 209

(4) Observaciones sobre los nombres. 209

(5) Abuso. 210

(6) Unidad y concierto del Catolicismo. Feliz pensamiento de San Francisco de Sales. 211

(7) Confesiones de los más distinguidos protestantes sobre la debilidad del Protestantismo. Lutero, Melanchton, Calvino, Reza, Grocio, Papín, Puffendorf, Leibnitz. Descubrimiento importante de una obra póstuma de Leibnitz sobre la religión. 213

(8) Ciencias humanas. Luis Vives. 215

(9) Ciencias matemáticas. Eximeno, jesuíta español. 216

(10) Herejías de los primeros siglos. Su carácter. 217

(11) Superstición y fanatismo de los protestantes. El diablo de Lutero. La fantasma de Zuinglio. Los pronósticos de Melanchton. Matías Harlem. El sastre de Leyde, rey de Sión. Hermán, Nicolás, Hacket, y otros visionarios y fanáticos. 217

(12) Sobre las visiones de los católicos. Santa Teresa. Las visiones de esta Santa. 221

(13) Mala fe de los fundadores del Protestantismo. Textos notables que la manifiestan. Estragos que hizo desde luego la incredulidad. Gruet. Pasajes notables de Montaigne. 223

(14) Las extravagancias de las primeras herejías como muestra del estado de la _ciencia_ en aquellos tiempos. 226

(15) Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes medios de que se valió para llevar á cabo la abolición de la esclavitud. 227

(§1) Cánones dirigidos á suavizar el trato de los esclavos. 228

(§2) Cánones dirigidos á la defensa de la libertad de los manumitidos, y á la protección de los libertos recomendados á la Iglesia. 230

(§3) Cánones y otros documentos con respecto á la redención de cautivos. 232

(§4) Cánones relativos á la defensa de la libertad de los ingenuos. (Al principiar el canon del Concilium Lugdunense secundum, anno 566). 236

(§5) Cánones sobre los esclavos de los judíos. 238

(§6) Cánones sobre las manumisiones que hacía la Iglesia de sus esclavos. 243

(§7) Letras apostólicas del Papa Gregorio XVI sobre el tráfico de negros. Doctrinas, conducta é influencia del Catolicismo sobre la abolición de este tráfico, y de la esclavitud en las colonias. 248

EL PROTESTANTISMO COMPARADO CON EL CATOLICISMO

TOMO SEGUNDO