El rey Iukano y los hombres del oriente · Unidad 15 de 20

Unidad 15 · EN EL TEMPLO DE YAHUI.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EN EL TEMPLO DE YAHUI.

Pasaba el ejército santo á las orillas del caudaloso río, cuyas bravas ondas se estrellaban en las riberas, y se aquietaban en los remansos.

Nu Kuá, To Yoo y Iukano marchaban con unción religiosa guiados por el extraño personaje que de ex¬ trahumano algo tenía en sus reposadas conversacio¬ nes, en sus filosóficas sentencias, en sus estrictas cere¬ monias y sus cantares á la Divinidad.

— “Hermanos — decía, — -yo viajo por deber y visito á los dioses por piedad. Soy de un país lejano, mu}7 lejano, y cuando puedo hacer el bien á mis hermanos, los hijos de esta tierra, los ayudo con toda la fuerza de mi alma, porque la ayuda á los demás, la enseñanza al ignorante, la felicidad del desgraciado, es un santo amor. Los buenos consejos á los soberbios infiltrándo¬ les el amor á sus semejantes, enseñándoles la bondad 3^ la sabiduría son el bálsamo más preciado de los hom¬ bres. ”

“Hermanos, comprendo que sois justos, que sois santos, por eso vengo á vos para aprender á ser justo, para aprender á ser santo y servir así á todos los hom¬ bres de la tierra ..... ” — Así hablaba el ilustre viajero, y los re3ms lo escuchaban con religioso arrobamiento.

Llegábase el extranjero á los fatigados, y alentábalos para la resistencia, 37 lo más singular era que cuando

los tocaba con su mágico bastón, los fatigados se sen¬ tían fuertes, los enfermos mejoraban de sus males y los ancianos alentaban á los jóvenes con la arrogancia va¬ ronil de los veinte años. Enseñaba álos jóvenes los pre ceptos de la religión y los secretos de las artes en los campamentos. Gran madrugador, despertaba á los la¬ bradores conduciéndoles á sus sembrados, postrándo¬ se de hinojos al salir el sol.

Así llegaron hasta la puerta del sagrado templo. Era éste la inmensa boca de una cueva en cuyo fondo ne¬ gro entraron los viajeros, quedándose los hijos del ejér¬ cito santo en el centro de aquel valle donde por tanto tiempo habían caminado.

El pueblo cantaba: — “Aquí vive el Señor de la ca¬ ñada que busca nuestro pueblo, y nuestro rey. ”(i) “Aquí mora el dios Yahui, en esa cueva, el dios de la tarde y flor del corazón . ”

¿Qué hicieron allá los peregrinos? No se sabe. Lo único que la tradición recuerda, es que brillló el relámgo y las divinidades del cielo y de la tierra, de la luz y de la tarde, aparecieron en un instante, que el viaje¬ ro misterioso despareció como por encanto, dejando oír una celeste voz que decía: — “Ya eres bueno, Iukano, sigue por el camino de los dioses, ve á la región de Yahui al templo del Sol y de la Luna y serás feliz.

Cuando los peregrinos salieron de la cueva, el cielo estaba sereno y en el fondo azul se dibujaba esplendo¬ roso y bello el blanco lucero de la tarde.

Iukano siguió su camino de oraciones y piedad, y se sentía más fuerte cada día, fuerte y temerario como los valientes tigres que le arrebataron su reino; pero fuer-

(i) — Yaa chitondua aniui chi to ni ñu.... jau cuasa-Cahua co ídolo Yahui ita ino .... c ton.” — (Anot. del Códice).

te por la piedad inmensa que ahora anidaba en su al¬ ma y por la bondad infinita que el misterioso compa¬ ñero infundiera en su corazón.

Así pasó con su ejército por estrechas gargantas, formadas de altísimas moles de basalto que parecían tocar el cielo, y en cuyas cimas había figuras capri¬ chosas, que simulaban hombres, águilas y leones que parecían precipitarse al abismo. A veces un gran pe¬ ñasco próximo á descender, ó una esfera que iba á des¬ prenderse ya como gigantesca bala, mientras de los agujeros de las rocas, asomaban sus cabecitas pardas el sagrado cuetzpalin, ó las iguanas perezosamente abrían sus fauces mirando de reojo á los viajeros.

El ejército santo se movía lentamente hacia las mon¬ tañas blancas cubiertas de nieve, y cada tarde ó cada mañana la vigilaba su hermoso amigo, su misterioso dios desde el fondo azul del cielo.

El clima, la naturaleza, todo había cambiado ya. Al país de los cantores, sucedió el país frío, el país de las heladas y de las nieves. En lugar de la exuberancia, •la aridez, y millares de especies de la planta sol, el sustento de los pobres por campos y por montes; los sobrios viajeros pasaban cantando las oraciones de los dioses sin cuidarse de los bienes terrenales. Ellos iban hacia la región del oro, de la felicidad y del amor.

XIII.