El rey Iukano y los hombres del oriente · Unidad 8 de 20

Unidad 8 · EL SUEÑO I)E LOS HEROES.

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EL SUEÑO I)E LOS HEROES.

Vieron en sueños que habían llegado á su antigua patria, el país azul de las flores de oro. Llegaron al norte donde reside el Ino Andehui, el corazón del cie¬ lo, donde este gigante tiene bajo su dominio todo el Universo.

Iakueñe y Iukumá, piadosamente van al país de los muertos. La tierra es rugosa y áspera; pero muy extensa. En la parte más alta, un inmenso árbol cu¬ yas ramas verdes y sus flores de oro se abren en cruz. En el viejo tronco, hay un ojo que brilla y que siem¬ pre está inmóvil.

“¡Señor, oh dios Corazón del Mundo, brazo pode¬ roso que mueves el Universo, aliento de la vida, pa¬ dre de los hombres, escúchame! He sido enviado al país de los ñusabi, á la tierra de lluvias y neblinas por nuestro padre el Sol, para cumplir con el destino; pe¬ ro los reyes orgullosos de la tierra, me niegan la hos¬ pitalidad y desafían mi poder. Yo soy piadoso, no de¬ rramo la sangre de mis hermanos por vanidad ó por ambiciones bastardas; pero el ejército enemigo se pre¬ para. ¡Oh genio, Corazón del Mundo, ayúdame!”

El Dios Corazón del Mundo, baja majestuosamen¬ te de la verde montaña. Lleva en la diestra por escu-

do un sol. Preciosas piedras forman su tocado y telas de carmín su regia clámide.

Iakueñe presenta sus ofrendas y Yukumá, espan¬ tado contempla tanta grandeza. El dios recibe el ho¬ menaje y exclama:

“Hijo mío: has ido al país de los ñusabi, por la vo¬ luntad de los dioses, y seguramente que ellos te ayu¬ darán á cumplir los horóscopos; no importa que ape¬ les á la fuerza. Los que llamas tus enemigos son tus hermanos; también ellos, alguna vez, vivieron en nues¬ tra querida patria, en la “gran cueva del águila;” pe¬ ro lejos de aquí, aunque no se han olvidado de la pie¬ dad, en el corazón de sus reyes crece la planta de la vanidad y del orgullo. Los dioses te envían á tu nue¬ va patria para castigar esos vicios del alma. Los reyes de la tierra serán perdonados si se arrepienten, y se¬ rán felices algún día. Iakueñe, Yukumá, vuelvan al país de los ñusabi. ¿Veis este árbol, siempre verde, cuyas ramas se pierden en el infinito, luciendo en el espacio sus doradas flores? Es la planta del divino ali¬ mento. Por ella los dioses viven, su sangre es dulce, su carne es blanda, su aroma suave y bajo su sombra vive la inmortalidad. Pues bien, Iakueñe, vuelve al país de los ñusabi, tu nueva patria, ahí crece la plan¬ ta, cultívala y adórala. Ella salvará á tu numerosa ejército. De su jugo sacarás la dulce miel, de su fer¬ mento el licor de los dioses y de los ancianos, el licor que retorna los sueños de la juventud, que hace fuer¬ tes á los viejos y devuelve la vida á los moribundos. Vuelve, Iakueñe, al país de los ñusabi, con la sagra¬ da planta vestirás tu ejército, en sus hojas escribirás tu historia, y contarás la sucesión de los tiempos. Le¬ vántale templos y en ella adora á la tierra y á los dio¬ ses, porque ella misma es piadosa y abre sus brazos

hacia su padre el Sol. ...” El dios despareció miste¬ riosamente. Iakueñe y Yukumá caminaban por una tierra plana. Aquel' con el sagrado bastón, símbolo del fuego de los siglos y con el escudo del dios del aire que vuela en occidente; éste con el atllatl tornando posesión de las tierras y haciendo sacrificios á la divi¬ na planta ....

Así soñaban, cuando un rumor como rumor de mar vino á despertarlos. Estaban en la tierra y era el ins¬ tante en que el sol aparecía por el oriente con su disco de fuego. Se refieren sus sueños y convienen en que son una revelación de la divinidad. ¡Vencer ó morir! ¡Guerra al occidente! Inquietos los caudillos salen de la tienda que los ampara. Aquel rumor como rumor de mar es el grito del ejército entero: “¡Yahui! ¡Yahui!” (La planta sol). Habían encontrado el alimento. Y en efecto, la tierra es verde, los cantiles negros; pe¬ ro á trechos, semejando inmensas esmeraldas, la plan¬ ta carne abre sus brazos hacia el sol, y el ástil puntia¬ gudo con sus flores de oro esparce el aroma por los campos. El paisaje es hermoso. Verdean los cerros con los penachos del ejército, los pájaros cantan su himno á la naturaleza, los negros cantiles parecen desplo¬ marse, el águila audaz hiende los aires saludando al sol, y la tierra es un tapiz de flores rojas — ita kueñe — amarillas y blancas, cuyos pétalos manchados se agi¬ tan de placer. Son las flores del tigre (cacomitl) que saludan al héroe.

¡Yahui! ¡Yahui! Grita el ejército como rumor de mar. ¡Vencer ó morir! La planta carne salva, confor¬ ta, ayuda. Los héroes vagan absortos. Ven en su ima¬ ginación el país azul de los árboles de flores y de oro, y allá en el norte el gigantesco dios que mueve el Uni¬ verso.

VI.