El sabor de la tierruca · Unidad 12 de 35

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Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó á las Américas y de cuyo paradero no volvió á saberse nunca; y en todos los ricos, muertos abintestato en _la otra banda_, es decir, en América, en la China... en cualquier punto remoto de la tierra, llamárase aquél como se llamara, veía Tablucas á su pariente, rebuscando su genealogía, cotejando fechas y acumulando supuestos é imaginaciones. Colocado ya sobre el rastro del asunto, como él decía, consultábale con los licurgos callejeros de Cumbrales; después con los abogados de veras; luégo con el cónsul de la nación en que había muerto el pariente, y, por último, trataba de entenderse con el ministro de Estado. Á todo esto, llenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajes, respuestas vagas de este agente ó del otro alcalde, y de fes de bautismo, sin que faltara la del ignorado pariente, y arreglando en su imaginación la historia de tal modo, que el más sutil se quedaba perplejo al oirla. Todo esto le costaba dinero, viajes y molestias sin número; pero vendía gustoso el mendrugo de su familia, y jamás le cansaban las idas y venidas, ni le desalentaban desengaños ni malas razones. Así, hasta que se moría otro millonario, y dejaba, por seguir á éste, el rastro del anterior, exclamando al emprender la nueva campaña, alegre y regocijado:--«¡Bien dije yo siempre que _por este lado_ había de venir la herencia!»

Por lo demás, aunque frecuentaba mucho la taberna, no era gran bebedor, y rara vez se emborrachaba. Hablar de sus máquinas y enseñar los papeles referentes á la millonada que estaba para caerle, era su pasión predominante fuera de casa.

Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín, el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y avinagrado humor.

Sobre la mesa, entre los tres personajes descritos, había, además de un jarro con su correspondiente vaso, una ociosa baraja, algo parecida, por lo resobada y maltrecha, á aquélla con que Pedro Rincón y Diego Cortado ganaron al arriero de la venta del Molinillo doce reales y veintidós maravedís, si no me engaña la memoria.

Ociosa, como he dicho, estaba la baraja, acaso porque faltaba un pie para un partido á la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vaso, que á menudo andaba de mano en mano y de boca en boca, colmado del tinto que oportunamente escanciaba Chiscón, quien, por las trazas, era el que convidaba allí.

Andaba éste en tentaciones de pedir á Catalina á la hora menos pensada; visitábala por las noches, en presencia de toda la familia, pues este favor no se niega jamás en ninguna cocina montañesa, y gustábale mostrarse rumboso ante la gente de Cumbrales, por lo que esto pudiera servirle de recomendación á los ojos de su novia, que, dicho sea de paso, no se los ponía de resistencia, aunque sólo con el disculpable propósito de encender resquemores en el pecho de Nisco. Tomaba Chiscón la buena acogida por donde más le halagaba, y proponíase abreviar los procedimientos, por lo que pudiera ocurrir. De esto se había hablado algo aquella tarde entre él y el Sevillano, que con sus consejos y protección le ayudaba, y hasta acababa de brindarse al de Rinconeda para _limpiarle_ de estorbos el camino, si por estorbo tenía á Nisco todavía. Cabalmente había sido el hijo de Juanguirle el causante de que Catalina no le diera cara cuando él la pretendió. Y bien sabe Dios que si Nisco le hizo desalojar la calleja más que á paso, fué porque él no llevaba encima _la herramienta_, y el otro comenzó á ventear el garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano! Agradecióle el brindis Chiscón, pero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucas, que no habló de sus máquinas ni sacó los papeles de su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro asunto harto excepcional y perentorio; y por esta herida respiraba solamente, y de esto hablaba en todas partes, y de esto habló allí entonces tan pronto como se sentó y le pellizcaron la lengua Resquemín y el Sevillano, que ya conocían el conflicto.

--De lejos todos somos valientes--decía el hombre de los inventos y de las herencias, respondiendo á las chanzas de los otros;--pero allí vos quisiera yo ver, ¡córcia! allí, en la soledá de la noche, clamando la familia aterecía de espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene á la puerta. ¡Vos digo que aquello levanta en vilo!...