El sabor de la tierruca · Unidad 15 de 35

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--Pues eso es una mala partida, y, además, un mal negocio para tí. Así lo entiendo y así te lo digo. Tú, con tu chaqueta, tus rizos y tus labranzas, con el hacha en la mano ó bailando en el corro en mangas de camisa, eres un mozo como no hay otro en estos lugares; pero échate encima de repente una levita y arrímate á una señora, y hasta los muchachos te correrán; porque todo esto que has aprendido y antes no sabías, si te levanta mucho sobre los de tu condición, te deja todavía á cien leguas de lo que pretendes. Doy por hecho que una dama como la que sueñas te elevara á su altura de la noche á la mañana, porque hay gustos para todo: ¿qué ibas ganando en ello, valiendo, donde te ponían, mucho menos que tu mujer? Y yo creo, Nisco, que el matrimonio en que el marido no sabe guardar su puesto, es mal matrimonio; y el puesto se guarda valiendo el marido más que la mujer, es decir, siendo rey y señor de su casa, no sólo por más fuerte, sino por más entendido en cuanto les rodee en la esfera que ocupen ambos. Cuanto más tenga la una que aprender del otro, más se ufanará con él y más alta se pondrá en la consideración de las gentes. Pues dame el caso á la inversa, y verás á los dos en la picota de la zumba; porque esa es la ley... y así debe de ser. Y si esto sucede aun siendo la mujer y el marido de una misma alcurnia y de idéntica educación, ¿qué no sucederá cuando, además de ignorante, él es tosco destripaterrones, y ella una dama culta y discreta? Y ¿cómo la mujer que comienza por avergonzarse en público de las groserías de su marido, no ha de concluir por perderle la estimación, y hasta por aborrecerle en secreto? Pues á todo esto se expone, á mi entender, quien intenta lo que tú, de golpe y porrazo y sin limpiarse antes las costras del oficio, rodando mucho por el mundo y calándose los hábitos de señor por sus pasos contados. Éste es, Nisco, mi parecer.

Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijo del alcalde, que mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y esa que Pablo sólo conocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si también le fuera conocido el nombre de la pecadora!

Guardóle Nisco en lo más recóndito de su memoria, y callóse como un muerto.

No por verle mudo y abatido se ablandó Pablo, que era la misma sinceridad. Antes bien, tomó el punto donde le había dejado, y añadióle estas palabras:

--Por supuesto, que tú no estás enamorado.

--¡Que no?--exclamó Nisco casi haciendo pucheros.

--No--insistió Pablo.--El amor necesita algo en qué fundarse, y aquí no hay más base que el viento de tu cabeza. Eres presumido; eres ambicioso; antojósete que venían las cosas por el camino de tus deseos... y eso es lo que hoy te atolondra: la hinchazón de tu vanidad, por una ganga entre cejas. Ni más ni menos. ¡Y por esa majadería, que no pasa de un sueño tonto, dejas á Catalina!

--¡Dale con esa... miseria!--gruñó Nisco despechado y nervioso.

Cargóse Pablo de veras, y le enderezó estas razones:

--¡Miseria Catalina!... ¡la mejor moza del pueblo! ¡tan rica como tú! ¡honrada como la que más!... ¿En qué la aventajas, meleno? ¿Dónde habría matrimonio más igual ni más lucido? ¿Dónde te vieras tú más honrado, más en tu puesto, más rey y señor de tu casa, que siendo marido de Catalina, que se miraría en tus ojos y te adivinaría los pensamientos? Y ¿qué otra cosa necesitas tú, con la cuna en que naciste, la educación que tienes y el oficio que traes, para no envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adular, Nisco.

--¡Bien se te conoce, paño!--respondió éste, de muy mal humor.

--Tú lo has querido.

--Es verdá; pero no lo conté tan amargo.

--Por tu bien lo dije como á mí me sabe.

--Se agradece el deseo, Pablo; pero... cada uno es cada uno... y yo me entiendo.

--Pues buen provecho te haga lo que te espera, si oyes más á tu vanidad que á mis consejos.