El sabor de la tierruca · Unidad 17 de 35

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--En dos palabras te despacho--dijo sonriéndose la vieja; y añadió en seguida:--Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el _bígaru_[3] ajunto á sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el oirle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor que pudiera hacerlo, fuése detrás del son; y yéndose detrás del son, apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó á un campuco muy majo, donde vió el bígaru solo arrimado á una topera grande y sonando sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercóse á la topera, y vió que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de tocar y dícele:--«¿Qué hay, buen amigo?--Pues aquí vengo,» respondió el otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me volveré por donde vine.» Á lo que volvió á decirle el enanuco:--«¡Qué estorbar ni qué ocho cuartos, hombre!... sépaste que para que tú vinieras he tocado yo.» Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras, métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos de su vida, dícele el enanuco al mozo:--«Pues, amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien.» Á lo que respondió el mozo:--«Con que fuera mío lo que á renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias.--Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta,» dijo el enanuco. Y volvió á responder el mozo:--«Me basta, y hasta me sobra, si bien se mira, lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor, por desconocerla.» Con que, amigo de Dios, cátate que le dice en esto el enanuco:--«Coge de esta tierra que ves junto á mí, y échatela en el pañuelo.» Asombróse el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de él, y tornó á decirle el enanuco:--«Cógelo, hombre, sin recelo, que de ello tengo yo llenos los mis palacios, á los que se va por este ujero en que estoy.» Por si era ó por si no era, el hombre sacó del seno el moquero, y echó en él una buena _mozá_ de aquella tierra, y añudó luégo los picos. Y díjole entonces el enanuco:--«Ahora, vete á casa, y cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está en el pañuelo. Al despertarte mañana, verás si te he engañado.» Pues, señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice á tí que, al despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer de alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco á poco el mozo, empezó á echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver; bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao á lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste á caballo, aquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio... vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo á su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así á su pueblo, cogió _duda_ á la borona, dió en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el majín, que no se atrevía á poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba á acabarse, y él no estaba por volver á trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba; y llegando á aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole sonar, se acerca al enanuco y le dice:--«Hola, buen amigo: pues yo venía á darle á usté las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás, y á pedirle otro nuevo, si no ofende.--¡Qué ha de ofender, hombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad.» Alegrósele el corazón al mozo, y tornó á decir al enanuco:--«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que usté me dió la otra vez.--Todo este campo es de ella,» respondió el enanuco; «con que así, cava donde quieras y llénalos á tu gusto. No te olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes al amanecer.» Y con esto, metióse el enanuco por el ujero á los sus palacios; con lo cual quedóse solo el mozo; y cava, cava, en un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió á casa con ellos más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostóse, durmió poco con la brega que traía en el majín, y al amanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban á salir de aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡hijo de mi alma!... no encontró en ellos más que la tierra que había cavao en el monte. Quedóse en la agonía el pobre hombre; y quedándose así, llegó á consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fué al cajón donde guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡y tierra eran también como la de los sacos!... ¡y tierra los papeles de sus compras! Fué á la cuadra... ¡y montones de tierra los bueyes!... ¡y montones de tierra el ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vió que era la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: á la puerta había un coloño de varas y unos adrales á medio hacer. Gimió y golpeóse, el venturao; y al monte fué á contar su desgracia al enanuco; pero el enanuco le dijo:--«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por mi mano te dió la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por mis labios que la miseria en que vuelves á verte es el castigo que da Dios á los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo, de zoncheros bien acomodados, á caballeros poderosos.» Y colorín colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco?

[3] Caracol marino.

--Pues no me paece cosa mayor--respondió Nisco, que había estado escuchándole con la boca abierta.--Pero, valga ó no valga, ¿por qué me le cuenta usté aquí?

--Cuéntotelo aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, ú á persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea.

--¡Yo no conozco ni he conocido á naide de esas señas!

--Pues yo sí, Nisco. Yo conozco á uno, amejao al zonchero en las infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia como unas perlas, que por él se moría y por él se muere.

--¡Bah, bah!--dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja.--¡No me venga con coplas!

--No son coplas éstas--replicó la Rámila impertérrita:--son verdades como puños, que te importan más que á mí. Hace ya mucho que andas caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para tí, probe tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete á cuidarlos, que tierra será para tí el mejor de todos ellos, si la cubicia llega á descubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso; pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de Cumbrales. Y ahora vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el cuento de _El zonchero cubicioso_, que has de agradecérmelo.

Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... y voy á lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encaróse con él Juanguirle, que iba á salir á _picar_ leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo:

--¡Por vida del chápiro verde, que no sé qué te hiciera para quitarte ese hipo de monja en viernes!... Pues mira que si con guantadas se curara, ya tenías un par de ellas encima. ¡Dígote con los hombres de ahora, voto á briosbaco y balillo! Si tienes un pesar, dile ó revienta... Si son chapucerías de desjuiciado, acuérdate de que eres hijo de un hombre de bien. El demonio me lleve si yo sabía la menor cosa hasta que tu madre me lo dijo esta tarde, por haberlo aprendido ella en el río. Contábate, como yo, con los cinco sentidos puestos en la muchacha, que, en ley de verdá, vale más que tú; cuando salimos con que... ¡por vida del chápiro verde! resulta que no hay nada de lo dicho, porque el fachendoso del hijo mío hace una eternidá que volvió las espaldas. El porqué, tú lo sabrás: yo no le sé ni le sabe tu madre; y en la muchacha no consiste, que así lo juró cuando tu madre topó con ella al volver de lavar y la habló del caso, porque debía hacerlo. De nada te acusa más que de ausencia; por leal se afirma, y con llorar se venga. Esto la ensalza, si juró verdá, y á tí te honra poco, Nisco... y á mí no mucho, que tu padre soy. Si el serlo te encoge para hablar conmigo de esos particulares, no se los calles á tu madre cuando venga de la mies y te busque la lengua... porque ha de buscártela y con mucha razón. Lo que yo te digo es que, inocente ó culpado, vuelvas á tus cabales y cumplas con tu deber, que no tienes rentas para hacer vida de señor manido entre cristales... ¡Y en qué tiempo, voto al chápiro! cuando asoma la _cogedera_ y más brazos se necesitan en casa, y cuando me veo con una zancadilla á cada vuelta que doy en el Ayuntamiento. Porque has de saberte que hasta de las locuras de don Valentín se quiere sacar partido por la gente que allí me han puesto para que tu padre caiga en la trampa, ya que no quiere cerrar los ojos á sus fechorías... porque aquello, hablando en claridá, es una ladronera consentida... Pero ¡voto á briosbaco y balillo! ¡yo les juro que á la sombra mía no las han de urdir allí mientras tu padre sea alcalde!

Y se fué á su quehacer el bueno de Juanguirle, de muy mal humor, cosa que le acontecía rarísimas veces en la vida. Pero Nisco era testarudo; y por más que el mundo entero pareciera empeñado en meterle por los ojos lo que sus ojos no querían ver, lo que tenía entre cejas allí había de estarse mientras no se lo arrancara _quien_ allí se lo había puesto.

[Ilustración]

[Ilustración]

XVI

UNA DESHOJA

Con la _secura_, que no cesaba por seguir el tiempo al Sur, las mieses se pusieron hechas una bendición de Dios, y en la última semana de octubre no quedaba una caña de alubias sin _pelar_ en las heredades, y las panojas, bien granadas y bien secas, iban á desprenderse ellas solas de los maíces, si muy pronto no las amontonaban sus dueños en el desván. Pero ¡con poco mimo las observaban éstos uno y otro día, para dejarlas expuestas á la voracidad de los cuervos, ó á los riesgos del temporal que podía presentarse á la hora menos pensada! ¡El fruto de tantas fatigas, el pan de todo el año!

Aún no había espirado el mes, cuando comenzaron á invadir la vega, por todas sus _portillas_, carros con altos adrales; y cada familia en su heredad, pela aquí, pela allí; panojas al garrote y _garrotados_ de panojas á los carros; de vez en cuando, sube que sube los adrales, según iban llenándose las teleras; después, los _calabazos_ encima de las panojas y en el _payuelo_ de la pértiga, y hala para casa, á campo travieso, primero, tirando los bueyes dentelladas furtivas al retoño ajeno; y después, por la cambera, canta que canta el eje, untado con tocino; y ya en el portal el carro, allá va la carga de panojas arrastrada con las trentes sobre los garrotes, tan pronto llenos como subidos al desván, al hombro del mocetón ó sobre la cabeza de su hermana: en una pila el maíz, y aparte los calabazos; de éstos, los duros y _berrugones_ á un lado, para la olla; y á otro, los blandos y aguachones, para los cerdos.

En poco más de una semana se cogieron todas las mieses, y aún sobraron días para dar una pasada con el dalle á los prados viciosos, y para _sacudir_ muchos castaños y recoger los entreabiertos erizos, pues los muchachos empezaban á derribarlos del árbol á pedradas, y más de una _magosta_ habían hecho ya con las castañas cosechadas así.

Todas estas faenas eran de ver en una casa como la de don Pedro Mortera, donde los frutos entraban en grandes cantidades. ¡Qué ir y venir de carros y de obreros! ¡Qué cantar en aquel corral los ejes, y vocear los carreteros, y sonar las panojas como fuelles de papel al deslizarse unas sobre otras en los adrales, y después como truenos lejanos, al caer por la rabera en el garrote; y el acompasado pisar, escalera arriba y abajo, de los que las llevaban al desván! ¡Y qué pilas se iban formando en él, clase por clase; porque el maíz de unas heredades era de grano redondo, y el de otras de _diente de perro_! Y cuando el desván se llenaba, la misma actividad y el propio ruido en el vasto granero de la accesoria del corral, donde ya estaba la cosecha de alubias oreándose.

Para deshojar tanta panoja, se necesitaban muchos días y mucha gente, y esta tarea la inauguraba don Pedro con una _deshoja_ pública, digámoslo así, en el desván de la casa, por seguir una costumbre jamás interrumpida en ella, ni en otras muchas del lugar. De esta costumbre clásica de la vida campestre montañesa he hablado yo en otro libro; mas no ha de impedirme esta consideración, que no deja de ser atendible, dedicar unas cuantas pinceladas á aquella deshoja de don Pedro Mortera, siquiera por el enlace que tuvo con los descosidos acontecimientos de este insubstancial relato.

No se tasaba el número ni la calidad de las personas para entrar allí; y en la noche de que hablo, antes de las ocho, pasaban de cincuenta, jóvenes las más y de buen humor, las que estaban sentadas en el suelo alrededor de una montaña de panojas. Para alumbrar este cuadro no bastaba un farol, y había hasta tres, colgados en otros tantos postes; y aun así no se lograba más que barrer un poco las tinieblas hacia los fondos interminables del desván, donde se _veían_, apretadas y negras, debajo de las deprimidas vertientes del tejado.

Menudeaban los cantares de las mozas; respondían los mozos con sus baladas lentas y cadenciosas; relinchaban, entre balada y cantar, los que sabían hacerlo con recio pulmón y adecuado gaznate; reíase acá, murmurábase allá; y, en tanto, las panojas deshojadas caían en los garrotes como lento pedrisco; y la montaña del centro descendía, socavada poco á poco, mientras crecía sin cesar la cordillera de hojas que iba formándose por detrás de la gente; desocupábanse á menudo los garrotes llenos, en un espacio despejado en conveniente lugar; y el ruido que aquellas cascadas de panojas producían al caer sobre el sonoro tablado, ruido semejante al de un tren de artillería en calles mal empedradas, era como el _bajo_ del incesante é infernal desconcierto... Y cuenta, lector filarmónico, que esto del desconcierto lo digo acordándome de lo fino de tu oreja; que, por lo que toca á las de aquella rústica gente, por muy grata y sabrosa reputaban la baraúnda.

De nuestros conocidos, veíanse en la deshoja (estilo de revistero de salones) á Catalina, Nisco, el Sevillano y Chiscón, Pablo entraba y salía á menudo, porque su padrino y Ana estaban de tertulia en la sala con motivo de la solemnidad de la noche, solemnidad tormentosa, pero, al cabo, solemnidad, en que los buenos amigos debían tomar parte para tener por un lado aquellas largas horas de barullo y desgobierno. Repito que Pablo hacía frecuentes visitas á la deshoja, porque aquella noche le solicitaban dos impaciencias á cual más poderosa: al lado de Ana, la de ver lo que pasaba en el desván; y en el desván, la de volverse al lado de Ana.

Yo no sé si fué la malicia ó la casualidad ó el diablo quien lo dispuso; pero es lo cierto que Catalina y Nisco estaban sentados hombro con hombro, y enfrente de ellos, Chiscón y el Sevillano. Nisco, que no soltaba la murria que le partía, había ido á la deshoja «por ser cosa de Pablo,» y porque no hubiera tenido racional disculpa su ausencia de allí aquella noche. Entró en el desván con su amigo, disimulando el gusanillo que le roía; tomó puesto á la casualidad en medio del barullo revuelto al comenzar la deshoja, y ¡cuáles no serían su asombro y su despecho, viendo que cuando él posaba las asentaderas en el suelo, hacía otro tanto á su lado Catalina con las suyas. Cambiar de puesto, era escandalizar; pretender que la moza cambiara, una impertinencia insostenible. Resignóse y propúsose tapar con máscara risueña y jubilosa, la corajina que le hervía en el pecho.

Al principio todo fué bien, salvo algún codazo que otro que Catalina le daba, lo cual era inevitable, porque los brazos de la moza eran argadillos, según lo que se movían, cogiendo, deshojando y despidiendo panojas sin cesar con las manos, y el terreno no sobraba alrededor de la pila; pero se fué encrespando la bulla; sonaron los primeros relinchos; comenzaron los cantares, y ya se podía echar un párrafo á media voz con un adyacente, sin ser oído de los demás.

Esta ocasión aprovechó Catalina para decir á Nisco, con la cara y el acento de la misma sátira en persona:

--Vaya, que estarás, en el punto en que te hallas y pegante á esta probeza, como si las tablas te quemaran el detrasero... Pues ¡cómo ha de ser, hijo! yo no tengo la culpa.