El sabor de la tierruca · Unidad 20 de 35
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El camino derecho para ir á la villa desde Cumbrales, es por encima de Rinconeda; pero es mucho más blando y placentero el del valle, y éste usan las gentes de Cumbrales mientras las lluvias del invierno no reblandecen el suelo de las praderas y le hacen intransitable en algunos sitios las pozas y los pantanos. Este camino tomaron, en la susodicha ocasión, por la Cajigona abajo, Ana, María y Pablo, con dos mozas de carga, bien trajeadas, rozagantes y frescotas, antes que el sol llegara al fin del primer cuarto de su diaria carrera. Caminaban los cinco en ringle, porque el sendero era angosto y en los prados sentían los pies la frescura y humedad del rocío, aún no seco por el sol que aquel día andaba á la greña con las nubes. Como los bajos de Ana y da María se mojaban al rozarse con la yerba, y para que esto no sucediera era preciso levantarlos, y levantándolos se descubrían los _altos_ del parlanchín y menudo zapato, y algo más que los arranques de la fina y estirada media, Pablo, que iba detrás de Ana, con un pretexto mal urdido por ésta, pasó á la cabeza de la fila.
Mientras así caminaban, por todos los senderos que desde el pueblo iban á parar al que nuestros amigos seguían, bajaban gentes con el mismo rumbo que ellos. Por lo común, mujerucas con la cestilla al brazo ó el saco lleno sobre la cabeza. Unas pasaban de largo después de saludar muy atentas, y otras se agregaban al grupo de las señoras: charlatanas insufribles, aduladoras sin medida, ó torpes y encogidas hasta la tartamudez. De las primeras era la _Cotorrona_, alta, seca y acartonada, alegre sin ser risueña, y relatora incansable de lo suyo, de lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercado, y jamás se supo á qué iba á ellos, con una cesta colgada del brazo izquierdo y cubierta con un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni vendía, aunque todo lo sobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar á la salida, en una taberna de su devoción, el pucherete de potaje y dos cuartos de queso... antes faltaría el pedazo de borona para «el su hombre.»
Esta mujer se puso detrás de Ana, y comenzó á despotricar sin que nadie se cuidara de ayudarla ni de contradecirla. En ocasiones dejaba la tarea, no para descansar, sino para meterse donde no la llamaban; como verbigracia:
--Alevante un poco más, doña Ana, que le arrastra entovía la randa por la herba... ¡Jos! no me mirara yo tanto en su caso, que, por cierto vida mía, bien tiene que locir... ¡Vaya, que quien ve esa cinturica, tan fina que se puede abarcar con la llave de la mano, y esos pies de cañamón en dulce, no pensara que tan rollizas las tenía, hija!... Dígote que onde menos se piensa... Bendito Dios, ¡cómo rejunde el buen sustento!... Y no me dejará doña María por mentirosa, aunque esa más á la vista lleva la rebustez. ¡El Señor las conserve tan majas y locías para salú propia y bien de los caballeros que tengan la suerte de merecerlas!
Sonreíase Ana, bajaba María las faldas hasta los pies, y carraspeaba Pablo. Tornaba luégo la Cotorrona á rajar con la lengua famas y caudales; terciaba de vez en cuando en el empeño alguna de las mujeres pegadizas; y de este modo se habló allí de cuantas gentes pasaban al mercado; de lo que llevaban, de lo que traerían, de lo que dejaban en casa, de la cosecha, del ganado, del Ayuntamiento, de _lo del perro_, y, por último, de las «malas almas» de Rinconeda, cuyas mieses comenzaban á pisar á la sazón las murmuradoras y sus taciturnos y aburridos oyentes. Pablo, en tanto, espantaba las mansas bestias que pastaban cerca del camino, para que nada temieran las dos jóvenes, ó las ayudaba á saltar esta zanja ó aquel vallado; tareas en que el mozo disimulaba mal el gusto con que oprimía la mano ó ceñía la cintura de la hija de su padrino.
Acabáronse las praderas y comenzaron los callejos, muy ásperos aunque cortos; pero no calló un punto la Cotorrona, por más que Ana lo intentó muchas veces. Después de los callejos, la sierra, donde el camino se arrastra entre brezos y matorros. Allí necesitaron Ana y María abrir las sombrillas, porque comenzaba el sol á calentar. Breve fué la subida, pues la sierra no es larga; y estar en lo alto de ella es estar en la villa, porque ya se la ve abajo, con la cabeza reclinada en la falda del monte, tendida en la linde del valle de que es dueña y señora; valle quizá el más hermoso de toda la Montaña, regado por el mismo río que hemos visto pasar al Norte de Cumbrales.
Ana y María, en un impulso que es instintivo en las mujeres en semejantes casos, antes de comenzar á bajar la sierra, que espeso monte es por aquella vertiente, se arreglaron el cabello y los pliegues de la falda, como dama que llega á la puerta de un salón de baile, y se detuvieron un buen rato, no tanto para orearse y descansar, como para deshacerse de la molesta compañía de la Cotorrona.
Quedáronse al fin solas con Pablo y las dos fámulas, y así entraron en la villa por aquel arrabal, hasta donde llegaba el reflujo del hervor que se oía más adentro; reflujo de gentes dispersas y errabundas que iban y venían sin derrotero fijo, entre casas desperdigadas y medio campesinas todavía.
Andando, andando, las casas iban uniéndose y enfilándose unas con otras, el gentío espesaba y los rumores crecían, hasta que se llegaba al foco de la ebullición, verdadero mar de cosas y de gentes, con sus bramidos sordos y su agitación incesante. Este mar estaba en la plaza, vastísimo espacio circuído de grandes edificios con espaciosos soportales de arcos de sillería. ¡Lo que había sobre aquel encachado suelo! El cestuco de patatas; el taleguillo de harina; los nabos de Reinosa; los limones de Cóbreces; las _calladas_ del Puente; la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las Cabeceras; el celemín de _fisanes_; las tres parejas de pollos; las dos docenas de huevos... Todas estas menudencias y otras infinitas, delante de los vendedores, acurrucados en el suelo en apretadas hileras. Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales; las abarcas de Carmona; los yugos y _prisiones_ de Cieza; los montes de pan en roscos, en cruz y en tortas; los calderos y trébedes de Balmaseda; los puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón, navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de cristal; las montañas de pimientos _morrones_ y _choriceros_; los corderos en capilla, quiero decir, atados de pies y manos, jadeantes, con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias... y demonios colorados; y entre todo ello, los compradores y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para avanzar un paso en el continuo atolladero de contrarios oleajes, más irresistibles que por su fuerza, por su ruido ensordecedor y mordicante.
Publicábase á gritos la mercancía; á gritos se regateaba, y á gritos se la ofrecían más barata desde otro puesto al comprador indeciso; á gritos se pedía paso donde, contra toda ley, no le había; á gritos se quejaba quien no podía apartarse á un lado por falta de terreno para moverse; á gritos se saludaban las gentes, y á gritos se citaban, y á gritos se entendían; el ferretero tocaba con el martillo una _palillera_ sin fin sobre la mayor de sus sartenes; cacareaban los gallos; gemían los cabritos amontonados; gruñían los cerdos que pasaban, á rempujones, del mercado de los de su especie desdichada; resonaban las panderetas probadas por mozas de buena mano, y los dalles, heridos contra las piedras; roznaba el paciente burro del pasiego, atado á un pilar de los soportales, libres sus lomos por entonces de la carga que su dueño publicaba á voces un poco más allá; sonaban las campanillas de un puesto de ellas, sacudidas una á una por el aldeano que buscaba un par bien acordado, cuando no zarandeaba con toda su fuerza un collar cargado de esquilones... ¡que es lo que hay que oir!; chirriaba el eje del carro que pasaba cargado de maíz; aullaba el perro perseguido á puntapiés por el queso robado ó el pan mordido; cantaba el ciego al son de la ronca gaita, y el lazarillo al de su pandereta, herida á puñetazo seco; sonaba el martillo del herrador, y el mazo del hojalatero... y, en fin, la campana del reló cuando callaban las de la iglesia.
En los soportales alzábanse, sobre improvisados mostradores, cordilleras de paños y bayetas de todos los imaginables colores, y había detrás de los mostradores tiendas atestadas de los mismos géneros y otros sin número; y en cada calle de las que partían de la plaza, tiendas y más tiendas, y hasta en los rincones de los edificios mal alineados; y más lejos, otro mercado donde los granos y frutos de muchas especies entraban por miles de fanegas y de arrobas; y más lejos todavía, y en adecuado lugar, otro mercado de bestias de cerda; y lo mismo que en la plaza principal, en los soportales, en las tiendas, en las calles y en los otros mercados, gente y más gente, y ruido y más ruido.
Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara á broma esta pintura que le borrajeo de un pueblo montañés, que es, en España, quizá el primero entre los de su modesta categoría. Esto por lo que hace á su rápido crecimiento; pues si se mira su belleza _externa_ y la del paisaje que le circunda, es aún más difícil hallarle competidor.
Volviendo al asunto, digo que muy buen rato antes de mediodía, comenzaron á verse en el mercado las damas de la villa, en elegante arreo, husmeando los puestos de la plaza, con su cortejo de galanes de punta en blanco. Mirábanlos de reojo y con recelosa curiosidad los caballeretes de los pueblos, que braceaban en aquel mar, un tanto desaliñados y polvorientos á causa de la fatiga y estrago del camino, y dejábanse mirar los de la villa con piadosa complacencia, seguros de su importancia incomparable.
Á María, corta de genio y muy desconfiada de su valer, la acoquinaban las actitudes de aquel encopetado señorío, ante el cual, á pesar de su lozana frescura y de su intachable atavío, se creía fea, desgarbada y mal vestida. Ana, por el contrario, dejándose llevar de su natural franco y abierto, parecía complacerse en excitar la curiosidad por el gusto de vencerla con su mirar valiente, que sabía hacer burlón y desdeñoso sin esfuerzo y muy al caso. Cuanto á Pablo, no hay para qué decir lo que se aburría y mareaba entre el barullo, sin curarse más de lo que pasaba ante sus ojos, que de las coplas de Calaínos.
Ya, para entonces, estaban las cestas repletas, y hasta colgaban de las asas, por fuera, muchas cosas que dentro no cabían; pero no había que pensar aún en volverse á Cumbrales. Necesitaban antes dar una vuelta por la villa y un vistazo á los otros mercados; porque cuando de ellos se vuelve á casa, los que no han estado allá hacen muchísimas preguntas; y es bueno saber entonces á cómo iban las alubias, y el maíz y las patatas, y los cerdos de cría y los de matanza, para responder á todos.
Y brujuleando así entre calles, vió Ana que por la acera de enfrente venía un mozo muy guapo y apuesto; que este mozo miraba mucho á María; que María se puso encendida como la grana, y que el mozo, no muy dueño de sí, anduvo, al cruzarse con ella, atarugado y confuso, amagando palabras que no pronunció y saludos que no hizo. Siguieron los de Cumbrales calle adelante, y el mozo los acompañó con la vista; y como María, al doblar la esquina, mirara hacia atrás con el rabillo del ojo, clavóse el hombre en aquella especie de anzuelo, y siguió desde lejos á María. Al cabo se arriesgó; y en la primera parada que hicieron los de Cumbrales, acercóse, al amparo del barullo; saludó muy cortés, y habló á María sin misterios ni dengues y como si fuera la cosa más natural del mundo; por lo que Pablo no paró mientes en ello. Pero Ana sí, y hasta distrajo á Pablo y logró que, durante el paseo por la villa, María y el galán apuesto se despacharan á su gusto.
Al salir para Cumbrales, preguntó Pablo á María, después de contestar al reverente saludo con que el mozo se despidió:
--¿Quién es _ese_?
Á lo que contestó María con mucha serenidad:
--Pues _uno_ de aquí, que me conoce.
Y no se habló más del caso. Pero andando monte arriba, quedóse Ana muy roncera, hasta arrimarse á María, que iba detrás de todos; y mientras Pablo trepaba á largos pasos y le seguían jadeando las dos mozas, con las cestas sobre la cabeza, dijo aquélla á su amiga:
--¿Tiene algo que ver... _ese que te conoce_ con el abismo de que hablábamos tú y yo en cierta ocasión?
--¿Por qué me lo preguntas?--preguntó, á su vez, María.
--Porque lo sospecho. ¿Quién es?
--Hijo de don Rodrigo Calderetas.
--Pues cata el abismo, y no me digas más.
--¿Abismo te parece á tí también, Ana?
--Hablo por tu boca... pero mayores los hay en el mundo: como uno que yo me temí. ¡Qué barbaridad! ¿Dónde tenía yo el entendimiento?
--¿Pues qué pensaste, Ana?--preguntó María con viva sorpresa.
--Nada, hija, nada; sino que á veces, tal se ensartan las casualidades y tales visos toman de verdad, que llega uno á ver hasta bueyes que van volando.
--Cierto--dijo María sonriéndose:--por una sarta así, llegué yo, en una ocasión, á sospechar de tí algo parecido; sólo que á mí me duró menos la sospecha, aunque no me la quitaste con razones como la que tú acabas de descubrir: bastóme un poco de reflexión.
--Pues entonces estamos en paz en ese extravagante pensamiento... ¡qué tiene que ver! Y ahora, dime, ¿dónde conociste á _ese que te conoce_?
--En la villa.
--Ya; pero ¿cuándo?
--Cuando vine con mi madre, dos años hace, á pasar unos días en casa de aquellos parientes suyos que se volvieron á Asturias poco después.
--Y ¿cómo os habéis arreglado para continuar lo comenzado entonces?
--Por cartas.
--¡Hola!... ¿Por el correo?
--¡Virgen María!... ¡Quién me lo mandara! Á la mano.
--Y ¿por qué mano, inocente de Dios?
--Por la de la Rámila.
--¡Miren la cordera que no teme á las brujas!... ¡Vaya si supo poner el secreto en lugar seguro! ¡Y no pensaste, criatura sin malicia, que á negocio en que anda la mano del diablo no puede ayudarle Dios?
--¿Créesle desesperado, Ana? Dime la verdad, sin zumbas.
--¿Estás segura tú de que... _ese que te conoce_ te quiere como se debe?
--Sí, porque yo he impedido que se acerque á mi padre.
--¿Por qué lo has impedido?
--Por la guerra en que está el suyo con él. ¡No se pueden ver, Ana!
--¡Bah! Cosas de tu padre.
--Pero ¿qué piensas tú del caso?
--Que le dejes de mi cuenta.
--¡Mira que está muy obscuro!
--Yo le sacaré á la luz.
--¿Con qué, Ana?
--Con otro caso menos difícil. Verás cómo se enredan los dos; y hasta puede llegar el tuyo á ser causa de grandes bienes para todos.
--¿Qué caso es ese?
--Delante de los ojos le has tenido y no le has visto. Pero, en fin, ya te lo explicaré cuando deba. Ahora, chitón, que nos esperan Pablo y las muchachas allá arriba.
Acabaron de subir la cuesta; descansaron todos un rato en la loma; y sin otros sucesos que dignos de narrar sean, llegaron media hora después á Cumbrales, sanos y contentos, cada cual á su modo, aunque un tanto despeadas y correosas las fámulas, y algo polvorientas y rendidas, pero muy guapas, las señoras.
[Ilustración]
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XIX
RETAZOS
En esto, don Rodrigo Calderetas escribió una carta á don Juan de Prezanes, en la cual carta decía, entre otras cosas, la gran persona:
«Menester será que redoble usted la vigilancia y active los trabajos en ese terreno, porque no hay momento que perder. El Barón no sosiega un punto y revuelve los imposibles. El Marqués confía en sus buenos amigos, entre los que, con justicia, le cuenta á usted, y así me lo dice. Para mantener las filas apretadas y reclutar soldados nuevos, no le duelan á usted larguezas del género consabido: aquí estoy yo para cuanto ocurra, y detrás de mí, lo que usted sabe, que puede y manda y no deja mal á sus amigos, por nada ni por nadie. Lo verá quien dude y le sirva, si, como otras veces, es preciso, por el bien del Estado, saltar por encima de ciertas consideraciones y respetos. En estas batallas no hay otro remedio que ser un poco duro de corazón con el enemigo tenaz. Dígame qué exigencias presentan esos auxiliares, para ir formando poco á poco el expediente, llamémosle así, que he de elevar á donde ha de ser despachado con las debidas recompensas y los necesarios escarmientos.
»Nos está haciendo mucho daño el diablejo de Asaduras. Háblele, óigale y _cómprele_, _pida lo que pidiere_. No habría necesidad de recurrir á estos extremos, que parecen un tanto reñidos con la sana moral, si ese amigo de usted y que tanto lo fué mío cuando yo no me había resuelto aún á sacrificar mi reposo y mi hacienda al bien de este país desventurado, que va hundiéndose en el abismo por las ruindades y atrevimientos injustificados de cuatro ambiciosos intrigantes; si ese amigo, repito, no llevara tan lejos su tesón y sus escrúpulos. Él se entenderá... y yo también le entiendo. Sí, amigo mío, le entiendo; y aunque me duela decírselo á usted, me consta, con nuevos datos, que no solamente es desafecto á las instituciones que todos veneramos, sino que también trabaja sordamente contra ellas y contra los que las apoyan, sin exceptuar _á los amigos y compadres_... Téngalo usted muy en cuenta, pues le interesa mucho; que á no interesarle tanto, no se detendría en estos enojosos pormenores un caballero como yo.
»Traigo entre manos el asunto del alcalde, única persona que no es nuestra en ese Ayuntamiento; mas para quitarle se necesita envolverle en una maraña cualquiera, que sirva de pretexto á la causa que se le forme. El secretario se ha comprometido á desempeñar satisfactoriamente ese _ligero_ preliminar, con la insignificante condición de que se aprueben ciertas partidas de las cuentas municipales que aún andan por allá en tela de juicio. Cuento con la aprobación solicitada, y, por tanto, doy por destituido al alcalde, pues no cabe dudar de la destreza y buenas agallas del secretario. No se olvide que este alcalde es obra de don Pedro Mortera, que no tuvo reparo en librar una verdadera batalla contra usted, que guerreaba por Asaduras. Recuérdoselo á fin de que no se pare en cualquier escrúpulo de amistad que pudiera asaltarle la conciencia, cuando se resuelva, como lo deseo, á ayudar al secretario en sus propósitos. En la penuria en que se nos quiere poner, no debemos desperdiciar ni las migajas.