El sabor de la tierruca · Unidad 22 de 35

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--¡No se enfade, por Dios, señor don Juan! que, en postre y finiquito, ésta es una proposición como otra cualquiera. Si no gusta, tan amigos como siempre; pero no se olvide que yo no me comprometí á decir cosa que á usté le agradara, cuando usté me brindó á proponer lo que me pareciera más conveniente. Y ahora oiga otra condición que tengo que poner todavía; y eso, porque soy muy leal y juego siempre limpio: he de estar en posesión buena y bastante de ese cierro, quince días antes de las elecciones. Si usté me sirve al tenor de lo expuesto, de usté seré con todas mis fuerzas; si no, cumpliré honradamente mis compromisos con el señor Barón, que, si no me da el cierro, porque no puede, como _otros_ podrían, sabe corresponder rumbosamente con los amigos con aquello que está á sus alcances.

--...

--¡Pero, hombre, no se alborote usté así por cosas de tan poco momento!

--...

--¡De poco momento, sí, señor!

--...

--¡Anda, hijo, anda! ¡Con que en lugar de ponerme por mote Asaduras, debieron haberme sacado las mías?... Pues mire usté: olvido de buen aquél esa ofensa, por la gracia que me hace lo otro de que si guerrea contra don Pedro, es sólo por tesón de que no valga la suya; y que tan aína como él le conceda una pizca de razón en lo que usté hace, con él se irá á donde él quiera llevarle.

--...

--¡No, no!... ¡ya veo que le pone usté cerca de los santos del cielo; y mucho deben valer esas alabanzas en boca de un enemigo!

--...

--Hombre, enemigo dije por lo que á la vista está en la ocasión presente y lo que ha estado en otras tales. La verdá es que, si vamos á hilarlo muy delgado, bien pudiera quebrarse entre los dedos. ¿En qué manifiesta corresponder á la buena amistá que usté le guarda? En casos como el presente, no le ayuda; en otros parecidos, le combate á muerte; si usté dice que blanco, allí está él para sostener que es negro, hasta en los puntos de menor cuantía; y si á creer vamos lo que rutan las gentes, no tienen ustés día de paz completa, por oponerse á todo su genio mandón y riguroso. Yo no diré que esto sea tirria y mal querer hacia usté, como algunos lo aseguran, porque en tales adentros no debo meterme; pero el demonio me lleve si tiene trazas de sentir cariñoso ni de buena intención.

--...

--No fué tal mi ánimo, señor don Juan: he respondido á un reparo que se me ha hecho, y nada más.

--...

--Cierto; pero don Rodrigo me dice que se lo proponga á usté; usté me llama á su casa; vengo y se lo propongo... De modo y manera que, apurando las cosas, lo feo de la propuesta no está en ella ni en mí, sino en el oficio que usté trae y de sí lo da.

--...

--¡No es insolencia, señor don Juan, sino la verdá pura!

--...

--Eso es muy distinto: en su casa, usté es el amo, y en su derecho está al plantarme en el corral; pero entiéndase que si usté no me hubiera llamado, yo no hubiera venido. Y con esto me largo, que también yo tengo casa, donde soy amo y señor... y no debo nada á naide.

* * * * *

Por último, llegó don Valentín; y tras un largo discurso, enderezado á probar el deber en que se hallaban los hombres libres de resistir á todas horas y en todos terrenos «al perjuro, que de nuevo manchaba el suelo de la patria con su planta inmunda,» se expresó así:

--Hay más relación de la que usted se figura entre servir yo al candidato de ustedes, y ayudarme ustedes en la empresa que me quita el sueño. Yo soy esclavo de mis principios políticos, y á ellos ajusto los actos de mi vida civil. Entra en mi conciencia política la ejecución del plan que traigo entre manos; y ayudando á los hombres que me ayuden, cumplo con mi deber, porque sirvo á mi causa, á la causa de la libertad, que es la causa de la patria; y, por consiguiente, obro con arreglo á mi conciencia. Yo bien sé, señor don Juan, que la empresa es peliaguda y de riesgos; pero se intenta siquiera; se ponen los medios; y, al último, si no se vence en ella, se muere con honra. Y es peliaguda la empresa, porque no es fácil despertar en estas gentes embrutecidas ciertos sentimientos delicados, con los cuales hacen proezas otros pueblos y hasta vencen los imposibles; pero también sé quién tiene la culpa de ese embrutecimiento ignominioso en que vegetan nuestros desdichados convecinos... ¡vaya si lo sé! Aquí, señor don Juan, tiene más arraigo de lo que á usted se le figura la causa del perjuro; aquí conozco yo á un pudiente que, so capa de no querer meterse en barullos de política, sirve en grande á la de su devoción, y quizá conspira en la obscuridad de sus escondrijos misteriosos; quizá él y los esbirros negros que le ayudan, afilan hoy el puñal con que á usted y á mí ha de herirnos mañana el brazo del tirano que se guarece ahora un poco más allá de esos montes. No tengo necesidad de decir á usted quién es ese pudiente, rémora de todo progreso liberal en Cumbrales.

--...

--No me ciega la pasión ni me engañan los ojos que han envejecido mirando de qué pie cojean los hombres; y ciegos deben ser los de la malicia de usted si no han visto mucho de lo que yo digo.

--...

--Eso que usted me responde honra mucho á su corazón; pero deja los supuestos como estaban. El señor don Pedro Mortera no es trigo limpio, ni, hablando en plata, tan leal amigo de usted como usted lo es suyo.

--...

--¿En qué me fundo?... Y ¿quién mejor que usted puede saberlo? ¿En qué le ha servido? ¿De qué apuro serio le ha sacado á usted cuando se ha visto con el agua al pescuezo en sus peleas electorales? ¿Qué testimonio público ha dado jamás de que es capaz de hacer por usted... lo que por él está usted haciendo ahora: defenderle?

--...

--Cierto: nunca ví que delante de él le ofendiera á usted nadie; pero igual hubiera sido, porque casos se han dado, según cuentan... y yo me entiendo.

--...

--Repito, señor don Juan, que obra usted como un caballero al expresarse así, y me callo, puesto que lo desea, aunque con el sentimiento de no quedar convencido; pero otra vez será. Por de pronto, conste, en abono de mi conducta, que, hablando de la enfermedad, no podía yo menos de investigar las causas de ella. Para concluir, señor don Juan: ¿qué hay de mi pleito?

--...

--Eso no es decir nada.

--...

--Bien conozco que usted solo muy poca cosa puede hacer; pero si no se da el primer paso siquiera...

--...

--Pues una cosa parecida respondo yo: veremos, señor don Juan, veremos; y según sea el amparo que usted me preste hoy, así será el auxilio que le dé yo mañana. Ya sabe usted dónde vivo; perdonar el mal rato... y hasta cuando usted quiera.

* * * * *

El mismo demonio no dispusiera mejor un plan para sacar de quicio á don Juan de Prezanes, que saboreaba con avidez las relativas dulzuras de las _nuevas_ paces hechas con su compadre y amigo. Don Rodrigo Calderetas, Asaduras, don Valentín, personajes inconexos entre sí, por educación, por ideas, por aficiones, y, sin embargo, unánimes los tres en considerar á don Pedro Mortera enemigo solapado del quisquilloso jurisconsulto. ¡Y se lo contaban á éste sin reparo! ¡Qué de cosas no sabrían cuando tales insinuaciones se les escapaban de los labios!

Así es que al bueno de don Juan le chisporroteaba el cerebro en cuanto se quedó solo y se puso á meditar.

--¡Y sea usted dócil--exclamó de pronto dando un puñetazo sobre la mesa y apartando, de un puntapié, la silla en que estuvo sentado;--y humíllese usted y, en bien de la paz, olvide heridas y agravios, y bese la mano que ha de darle la puñalada en el corazón! ¡Y todavía seré yo el lobo indomesticable, y él el apacible y manso cordero!... ¡Hipócrita!... ¡Bribón! Pero yo te aseguro que no has de salirte ahora con la tuya. Lucharé sin punto de sosiego, por lo mismo que estas luchas te incomodan; y venceré, para que veas que ni te temo ni te necesito... ¡Si yo no voy á tener otro remedio que hacer al fin una barbaridad!

En esta tensión estaban sus nervios cuando topó con don Pedro Mortera, en uno de los paseos vertiginosos á que se había entregado en la sala.

[Ilustración]

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XX

EMOCIONES FUERTES

Á tiempo llegas, ¡vive Dios!--bramó el jurisconsulto, trémulo y erizado.

--¿Ya estás con la mosca, hombre?--respondió don Pedro, parándose junto al hueco de la puerta.--¿Dónde demonios la cogiste? ¿Por qué te pica ahora?

--¡Y tienes el candor de preguntármelo!

--¿Es decir que yo debo saberlo?

--Debieras presumirlo, cuando menos.

--¿De manera que estamos como estábamos?

--Así lo quieres tú y así sucede... ¡y así sucederá, mientras los hombres no lleven, como yo, la conciencia en la palma de la mano, y escritos en la frente sus pensamientos!

--Todo eso me huele, Juan, á que has dado suelta á los tuyos, y te andan á calabazadas en la mollera. ¡Que nada te aprovechen los escarmientos y nada te enseñe la experiencia!...

--Tienes razón, Pedro: nada me enseña la experiencia... ¡tanto me cuesta creer en la falsedad de los hombres! ¡Y cuánto disgusto me ahorrara si más escarmentado fuera: si de una vez para siempre cortara por lo sano é hiciera un deslinde en el campo de _ciertas_ intimidades!

--Como la nuestra, ¿no es eso? Mira, Juan: el pensar á voces, como tú piensas y quieres que piensen los demás, tiene la contra, amén de otras muchas, de que se hacen públicos los pensamientos ruines, como esos que, por las trazas, me consagras ahora. Por fortuna, te conozco muy á fondo; y, porque te conozco así, te los perdono, sin usar del derecho que me das, pensando mal de mí, para preguntarte por la causa de ello. ¡Qué hermoso manicomio fuera el mundo, tan lleno de hombres aprensivos, si todos pensáramos á voces, como tú lo deseas!... Pero dejemos esto ahora.

--No he de dejarlo, ¡vive Dios! que me interesa mucho ponerlo en claro.

--Corriente, Juan; pero como yo no he venido á tratar de ese punto, aplázalo siquiera hasta que yo te diga á qué vine; y, entre tanto, piensa de mí cuantas maldades quieras.

Esto dicho por don Pedro Mortera, detuvo á su amigo que por delante de él pasaba muy agitado; asióle del brazo y le introdujo en el gabinete; á todo lo cual se prestó el jurisconsulto como una máquina, pero una máquina cargada de pólvora y erizada de mechas encendidas entre espinas de acero. Cuando estuvieron encerrados los dos compadres, dijo de muy mala gana don Juan de Prezanes, continuando allí sus paseos:

--¿Á qué tantos misterios? ¿Qué es lo que tienes que decirme?

--Que merecías que no te lo dijera, por obcecado y cascarrabias,--respondió don Pedro Mortera.

--¿Puedes decirme á qué has venido, sin provocar nuevos altercados?--repuso don Juan, desentendiéndose de la chanza de su amigo.

--He venido--respondió don Pedro,--á pedirte la mano de Ana para mi hijo Pablo.

No es dado á la rudeza de mis pinceles pintar con exacto parecido la impresión que estas palabras causaron en el jurisconsulto de Cumbrales. El corazón, el cerebro, los nervios, cuanto en su sér había de inteligente y sensible, se conmovió al mismo tiempo por muchos y diversos modos. Lo inesperado del caso; la vehemencia de su amor á Ana; las prendas de Pablo, á quien quería como á un hijo; la alegría reflejada en el noble rostro de su compadre; las ruines sospechas con que él le ultrajaba un momento antes; el inmenso beneficio con que le brindaba el enemigo supuesto, y la mal probada lealtad de los amigos que con tan negros colores se le pintaban; la inquebrantable entereza del uno; las sospechosas veleidades de los otros; lo que le estaba pasando entonces; lo que le había pasado toda su vida; su soledad de siempre; el abrigo y el amor de una familia para en adelante, cuando el frío de la vejez le amenazaba con sus rigores y sus tristezas... ¿quién sabe lo que aquel hombre vió en un solo instante, á la luz de un relámpago de su cerebro tempestuoso!

Tembló de pies á cabeza; pensó que le faltaba suelo donde pisar, ó que el techo se le desplomaba encima; trocóse la fiereza de su semblante en mansa dulzura, y apenas halló voz en su garganta para decir á su amigo, volviéndose hacia él rápidamente:

--Á ver, hombre... á ver... Hazme el favor de repetirme las... _eso_, ¡eso que me has dicho!

Sonrióse don Pedro, que estudiaba grado á grado la transformación de su compadre, y le complació así:

--Que te pido la mano de tu hija Ana para mi hijo Pablo.

--Jesús, María y José!

--¿Tanto te asombra la pretensión, Juan?... ¿Es posible que jamás te haya pasado esa idea por las mientes?

--Jurara que no, Pedro... y no porque el caso esté fuera de lo natural y hacedero, y no sea, además, bueno y conveniente para todos... quizá, si me apuras, sea Pablo el único hombre que yo juzgue digno de ser el marido de Ana; pero está mi vida tan empapada en disgustos y contrariedades; estoy tan avezado á la obscuridad de las penas y á los quebrantos del espíritu, que ni soñando ven mis ojos cuadros de color de rosa. Así es que ahora, con eso que me dices, tan de improviso, tan de repente, tan inesperado y en tan especial ocasión, parece que salgo de una pesadilla horrenda y entro en la vida regular de los hombres libres y de los padres venturosos... ¡Ay, Pedro!... ¡Dios os lo pague!

Y aquel desdichado, siervo del más tirano de los temperamentos, y condenado al suplicio de arrastrar su corazón por todas las asperezas de la vida, lloraba como un niño.

--¡Qué demonches, hombre!--decía, entre puchero y puchero, á su amigo, que le contemplaba con cariñoso interés:--¡mire usted que es raro este efecto que me ha causado la noticia!... Te extrañará mucho, ¿no es verdad, Pedro?... Nada, somos así, y perdona la debilidad... Pues mira, hombre, me hace mucho bien acá dentro esta sacudida. Y dime, ¿qué piensan ellos del proyecto?... ¿están de acuerdo?

--¡No han de estarlo?

--¡Picaronazos!... Pero ¿de cuándo acá, hombre?

--Sospecho que desde que eran así de chiquitines.

--¿Y no se han acordado hasta ahora de decirlo?

--Por las trazas, no han caído en ello hasta ahora. Hoy me lo ha declarado Pablo, y hoy te lo cuento á tí.

--Y ¿qué dice tu mujer á eso?... ¿Qué dice María?

--Lo que digo yo; lo que piensas tú: que si á ellos no se les hubiera ocurrido, debiera ocurrírsenos á nosotros.

--¿Se te ocurrió alguna vez á tí, Pedro?

--¡Yo lo creo, Juan!

--Y ¿por qué no lo dijiste?

--Porque prefería que se anticiparan ellos, como se han anticipado.

--¿Y si no se anticipaban?

--Están en la flor de la juventud, y había mucho tiempo por delante.

--¡Para tí, que eres feliz; no para mí, que corre siempre lleno de pesadumbres!

--¿Esperas que este suceso te libre de ellas?

--De muchas sí, Pedro. La soledad fué siempre el mayor de mis males, no lo dudes. Yo hubiera sido otro hombre con la casa llena de familia y la conciencia cargada de obligaciones. La de no hacer desgraciada á mi mujer fué freno que domó los ímpetus de mi temperamento; y el amor y la abnegación con que ella pagaba el sacrificio, llegaron á hacerme hasta venturoso. La muerte me arrebató este bien cuando empezaba á saborearle... y volví á verme solo.

--¡Solo!... ¿Y tu hija, hombre de Dios?

--Precisamente nace el mayor de mis tormentos del celo heróico con que está consagrada á mí; porque ¿qué derecho tengo yo para echar sobre sus hombros la misma cruz que le tocó en suerte á su madre? ¡Vivir por ella, mirarse en sus ojos, y hacerla desgraciada! ¿Habrá tortura mayor para el corazón de un padre? Y si hoy en la noticia que me traes columbro yo la dicha de Ana para el resto de sus días, ¿qué mucho que en esa visión se deslumbre mi alma, y lo publiquen sin reparo mis ojos y mi lengua?

Trémulo estaba entonces don Juan de Prezanes, y gruesos lagrimones le corrían por la pálida faz. Mirábale conmovido su compadre, y le dijo:

--¿Te parece bien que hables del caso á tu hija estando yo delante?

--¡Vaya si me parece!... y va á ser ahora mismo.

Salió, diciendo esto, y llamó á Ana desde la puerta. No debía andar muy lejos ni muy ajena á lo que se trataba en el gabinete de su padre, porque llegó á él en seguida y muy turbada. La enteró éste de lo que ocurría, y se turbó más; pero se repuso pronto, porque no era su turbación hija de lo inesperado ni de lo desagradable. Respondió serena al obligado interrogatorio á que se la sometió, y aun traspuso los ordinarios límites, dando un poco de suelta á su corazón, alentada por el regocijo que leía en la cara de su padre. Después dijo así, volviendo á ser dueña de su genio alegre y travieso:

--Bien está todo; pero le falta la salsa que ha de hacerlo más sabroso; y esta salsa--añadió encarándose con su padrino,--va á ser de cuenta de usted.

--Pues tenla por segura--respondió don Pedro muy risueño,--si es cosa hacedera en mi cocina.

--¡Vaya si lo es!--repuso Ana.--Pero así y todo, mírese usted mucho antes de comprometerse.

--Hija mía--dijo don Pedro fingiéndose más preocupado de lo que estaba:--me vas metiendo en cuidado, ¿Qué demonio de salsa puede ser esa?

--Oiga usted la receta... pero á condición de que si, como usted dijo, es hacedera, no ha de faltar en mi boda. ¿Se acepta la condición?

--¿Y si no la acepto?--preguntó á su vez don Pedro.

--Si usted no lo acepta--respondió Ana muy seria,--no hay boda.

--¡Demonio!--exclamaron aquí los dos compadres; y añadió don Pedro:--Á tales amenazas, hija mía, no hay otro remedio que ceder. Con que venga la receta.

--Pues la salsa de mi boda--dijo entonces Ana,--ha de ser la boda de María.

Esta vez fué don Pedro Mortera quien se quedó hecho una estatua, mientras don Juan de Prezanes, entre curioso y admirado, le contemplaba con las cejas muy levantadas, la boca entreabierta y las manos cruzadas atrás.

--¡La boda de María!--repitió don Pedro sin salir de su sorpresa.--Pero ¿cómo?... ¿con quién?

--Con un novio que tiene... ¡y muy apuesto y muy guapo!

--¡María un novio! ¿Desde cuándo, mujer?

--Hace más de dos años, padrino.

--¡Y sin saber yo una palabra!... ¡Imposible!

Soltó aquí la carcajada don Juan de Prezanes, y dijo á su compadre:

--Á la zorra, candilazo... ¿Pensabas ser en tu casa más lince que yo en la mía? Pues chúpate esa.

--¡Qué lince ni qué demonio, hombre! si todo esto es una broma de tu hija. ¿No es verdad, Ana?

--No, señor, que es la pura verdad,--respondió ésta muy seria; y á continuación refirió cuanto el lector sabe del caso, pero sin decir quién era el padre del mancebo de la villa.

Asombrábase cada vez más don Pedro Mortera, y dijo al terminar Ana su relato:

--Pues si tan honrado, tan bello y tan rico es el pretendiente, ¿por qué tiene mi hija por imposible mi consentimiento?

--¡Pues ahí verá usted!... ¡Como si el reparo fuera cosa del otro jueves!

--Pero ¿qué reparo es ese, Ana?... ¡Acaba, por Dios, de una vez!

--Las pocas simpatías que hay entre usted y el padre del novio... ¡Como si los hijos tuvieran la culpa de las flaquezas de los padres!

--Apostamos algo á que... ¿Quién es ese padre, Ana?

--Don Rodrigo Calderetas.

Al oir esto, se santiguó don Juan de Prezanes y volvió la cara para que su compadre no le viera reirse.

--¡Justo!... ¡lo que yo iba sospechando!--exclamó don Pedro Mortera apretando los puños.--Pero ¿qué demonio ha hilado esta madeja en que me estáis enredando? y, sobre todo, y aun suponiendo que yo fuera capaz de ser consuegro de un hombre semejante; que yo olvidara lo que olvidar no puedo; que yo no viera lo que tengo delante de los ojos, ¿qué hay aquí hasta ahora sino el antojo de dos mozuelos? ¿qué pasos se han dado ante mí para que yo, sin desautorizarme, pueda... ni siquiera darme por entendido de lo que ocurre?... ¿Ó se trata de humillarme hasta el punto de que yo vaya á ofrecer mi hija al mequetrefe que la galantea, quizá por pasatiempo?

--En todo eso se ha pensado, padrino--respondió Ana con la más hechicera gravedad,--y todo está de manera que sólo falta el consentimiento de usted.