El sabor de la tierruca · Unidad 4 de 35

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--No lo haces del todo mal para los años que tienes--replicó don Baldomero.--La dificultad está en la cosa misma, que por sí es indefendible. Y si no, dime, ¿qué demonios de tajada saca el mundo con que un sabio le diga, después de estarse despistojando veinte años, encorvado detrás de un telescopio: «Yo veo en el cielo una estrellita más que ustedes?...» Pues á mí me sobran más de la mitad de las que hay en él á la vista... y á tí también, Pablo. Que va á aparecer un cometa el mes que viene... Pues ya le veremos cuando aparezca; y si no hemos de verle, ¿de qué sirve el anuncio? Que el sol pesa tantos millones de quintales... Pues dele usted memorias. Que si Aristóteles dijo ó Platón sostuvo, ó que si el pensamiento antes ó si la palabra después, ó viceversa; y allá van pareceres, y disputas... y linternazos... ¿No es esto sandio, y ridículo y estúpido? Pues vengamos á lo práctico, á lo que se llama _ciencias de primera necesidad_: la física, la química, la mecánica... ¡afán, como te dije al principio, de meternos en todo lo que no nos importa! Que se acostumbre el hombre á vivir con lo que tiene á sus alcances, y verás cómo no se le da una higa por toda esa batahola de conquistas científicas con que tanto se pavonea el presente siglo.

--¿De manera que usted está por el tapa-rabo?--dijo Pablo.

--Lo que estoy es cada día más satisfecho de no conocer el tormento de la curiosidad; y bien sabes que predico con la fe de la experiencia. Mi padre, que todo lo funda en la ley del progreso porque estuvo en Luchana con Espartero, tuvo el mal acuerdo de gastar su paga de retirado y las rentas de su hacienda, en darme la carrera de abogado, porque tenía gran empeño en hacerme hombre de pluma y de palabra, para luchar por la causa de la libertad en el campo de las ideas, después de haber vencido él á la tiranía en el de batalla; pues no hay quien le saque de que entre el Duque y él, solitos, vencieron al «perjuro.» En vano le dije lo mismo que te he dicho á tí, y hasta le rogué que no me sacara de estos andurriales para meterme en aventuras que no cuadraban con mi carácter. Tuve que obedecerle; y á empujones y de mala gana, llegué á tener el título de abogado: como si me hubieran dado una copla de á dos cuartos. Si las causas eran feas, no me encargaba de ellas por repugnancia; si eran dudosas, porque no quería calentarme los cascos buscando una razón que no me importaba dos cominos; y si el derecho estaba claro, proponía un arreglo entre las partes para ahorrarnos tiempo, desvelos, honorarios y disgustos. Con este sistema me desacredité en un año; borréme de la matrícula por falta de negocios, y diéronme, á ruegos de mi padre, la secretaría de este Ayuntamiento. Tampoco debí de hacerlo muy bien en este cargo, porque á los diez y ocho meses me le quitaron, so pretexto, no mal fundado, de que no había en los libros municipales una sola acta escrita desde que estas cosas corrían de mi cuenta. ¡Si vieras, Pablo, qué feliz soy desde entonces, es decir, desde que, libre de todo cuidado, como el ollón patrimonial, y visto y fumo con lo poco que le sobra en su bolsa verde al héroe de Luchana! Y como éste se ha convencido de que yo no nací para otra cosa, y le acompaño sin serle muy gravoso, déjame vivir así, «ni envidioso ni envidiado,» como dicen que dijo un fraile poeta.

--Corriente; pero usted se halla bien así porque ese es su genio, y otros, porque le tienen distinto, no podrían con la vida que usted trae.

--Pues eso es, Pablo amigo, lo que yo no comprendo; es decir, que el no hacer nada ni pensar en nada ni apurarse por nada, pueda ser incómodo á ninguna persona que tenga sentido común. Ahí tenemos ahora, á dos pasos de nosotros, las partidas carlistas: gentes hay en este pueblo que aseguran haber oído los tiros á la parte de allá del monte, y acaso tengan razón. Que vienen, que no vienen; que pasarán ó que no pasarán por aquí; que son muchos, que son pocos; que cobardes, que valientes; que buenos, que malos; que si triunfan, que si corren; y todo se vuelve indagar y preguntar; y aquí temores, y allá esperanzas, y acullá porfías, y en todas partes la curiosidad y el ansia. ¿Y para qué, señor? Españoles somos todos, y á quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. Que gane Juan ó que gane Diego, de mí no se ha de acordar nadie para sentarme á la mesa. Pues dejemos rodar la bola; y cuando pare, ella, por la cuenta que le tiene, nos dirá en dónde. ¿Á quién aprovecha la saliva que se gasta en disputas y el sueño que roban miedos y desazones? ¡Pues dígote mi padre! ¡Qué vida la suya, Dios eterno, desde que se armó de nuevo la guerra civil! ¡Qué invocar al Duque y á los manes de Riego y del Empecinado! ¡Qué bruñir el espadón de Luchana, y soñar con tajos y mandobles al perjuro, y renegar de los años que le amarran al hogar cuando la patria peligra y el faccioso bravea! ¡Y qué de ponerme á mí de mal hijo y de mal patriota porque me río de sus afanes y me duermo tan tranquilo al son de los cañonazos! Ahora le ha dado por revolver el pueblo para ponerle en armas, por si el caso llega. Hoy anda hecho una pólvora con las bolas que han corrido. ¡El demonio es el entusiasmo de la curiosidad!

En esto se oyó la campana mayor de la iglesia.

--Al mediodía tocan ya,--dijo Pablo levantándose.

--Pues cata á mi padre volcando la puchera,--respondió don Baldomero, sacudiendo su pereza y poniéndose de pie.

Y ambos, jugueteando Pablo con el sombrero y dándose aire con él, y don Baldomero con el suyo echado sobre una oreja y las dos manos hundidas hasta cerca de los codos en los rasgados bolsillos del pantalón, tomaron el sendero cuesta arriba. Á la mitad de ella se dividía éste en dos, formando una Y.

En el vértice del ángulo dijo Pablo, que iba delante, volviendo un poco la cara hacia don Baldomero:

--Que aproveche.

--Lo mismo digo,--respondió el otro.

Y Pablo tomó por el lado derecho, y don Baldomero por el izquierdo, porque sus respectivas casas estaban en opuestos extremos de un mismo barrio del lugar.

[Ilustración]

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III

ALGO DEL ASUNTO

Alzábase la iglesia de Cumbrales sobre un tumor del terreno, ó montículo de roca viva, mal cubierto de menuda y fragante vegetación, que, á modo de manta de pobre, roída y desgarrada á trechos, por los agujeros y desgarraduras dejaba asomar las que pudieran llamarse coyunturas del peñasco. Era éste de suave y bien entendido acceso por todas partes, y ocupaba el centro de una llanura, especie de plaza circundante, cruzada de camberas y senderos que partían el rústico suelo en caprichosas porciones geométricas. De éstas, unas estaban pobladas de árboles, no muy corpulentos, pero de ancha copa; otras, las de mayor relieve, adornadas de espesas cenefas de zarzas y saúco, y todas ellas tapizadas de fino y apretado césped, sobre el cual descollaban, aquí y allá, la menta silvestre, el enano poleo, la malva bienhechora y el desabrido cardo. Hubiera sido este pintoresco espacio algo como lo que hoy se llama un _parque á la inglesa_, con caminos menos ásperos y pedregosos, y sin las ortigas y jaramagos que hacían ingrato y peligroso al tacto lo que seducía y enamoraba á los ojos.

Ocupaba parte de uno de los lados menores de esta plaza, que tendía á la forma rectangular y se llamaba en Cumbrales _Campo de la Iglesia_, la taberna, con su corro de bolos á la trasera, encajado entre cuatro paredillas que se saltaban de un brinco, y éstas y el corro encerrados en sendas hileras de añosos álamos que amparaban del sol en verano á los jugadores, y no los privaban de su dulce calor en las breves tardes del invierno. Otro lado, de los mayores, al Mediodía, le formaban, aunque con muchas sobras de terreno, las casas consistoriales y la escuela pública; y los dos restantes, al Saliente y al Norte, huertos y corrales de la barriada principal, que tenía tres salidas á la plaza por este último lado.

Por una de estas callejas, la de en medio, entró Pablo. Anduvo muy buen trecho entre muros y vallados, aquéllos entretejidos de yedra, y éstos erizados de bardales, y llegó á desembocar en un _campuco_, á modo de plazoleta, cuyos dos frentes estaban ocupados por sendas portaladas que parecían gemelas: tan idénticas eran entre sí. Cada una de estas portaladas daba ingreso á un corral espacioso, en el que se alzaba una casa grande, de larga solana y amplísimo soportal de grueso poste en el centro; cuadras adyacentes, cobertizos inmediatos, huerta al costado, y todo lo de rigor y carácter en estas viviendas de _ricos de aldea_, tantas veces descritas por esta pluma pecadora.

Pablo se acercó á la portalada de la derecha, cerca de la cual desembocaba la calleja que había seguido; y antes de poner la mano en el contrahecho barril del picaporte, abrióse el postigo y apareció en el hueco una muchacha como unas perlas. Negros eran sus ojos, dulces é insinuantes; la tez morena; el rostro oval y un tanto aguileño; la frente, sin _flequillos_ ni otros pingajos de la moda, tersa y bien delineada, perdíase en lo más alto entre flotantes ondas lustrosas de una cabellera tan negra como los ojos y las pulidas cejas; los labios, húmedos, un poco gruesos y no tan apretados que no dejasen entrever dos filas de dientes blanquísimos y menudos. Sobre los hombros redondos llevaba una pañoleta roja, de largos flecos, prendida sobre el curvo seno con un broche que á la vez aprisionaba un manojito de malvas de olor y pencas de albahaca. Una sencillísima bata de percal de largos pliegues la envolvía el gallardo cuerpo sin oprimirle ni desfigurarle.

Asombróse Pablo al verla, y exclamó, mirándola de hito en hito:

--¡Ana!... ¿qué milagro es éste?

--¿Dónde está el milagro?--respondió Ana mirando á Pablo también y remedando su asombro con un expresivo gesto entre risueño y burlón.

--En andar tú por aquí--repuso el mozo con la sinceridad inocentona que le era peculiar; y añadió con la misma:--¡Si te viera tu padre!...

--¡Pues atúrdete, Pablo!--exclamó Ana con picaresca solemnidad:--de su parte vine.

--¡De su parte?

--Como te lo digo.

--Pero ¿á qué viniste?

--¿Á qué venía otras veces? Á ver á mi padrino, á ver á tu madre, á ver á María... y á verte á tí, simplón,--añadió Ana, tirándole á la cara una hoja de malva, que había tenido entre sus labios, después de quitarle el rabillo con los dientes.

Pablo no hizo más caso de la hoja que de los mosquitos que zumbaban en el aire. Verdad es que tampoco Ana tomó á pechos la indolencia de Pablo.

--No te creo--insistió éste.--Cuando ha habido monos entre tu padre y el mío, jamás han acabado de repente.

--Y ¿quién ha dicho que hayan acabado así esta vez?

--Tú, cuando vienes á vernos de parte de tu padre.

--Es verdad que vengo; pero con su cuenta y razón, hijo.

--Eso es otra cosa.

--¡Vaya si lo es!... Y en prueba de ello, escucha. Esta mañana me dijo mi padre, paseándose á lo largo de la sala: «¡Estos genios, Ana, estos genios!...» y como yo sé, por experiencia, que por ahí comienza él siempre á reconocer las flaquezas del suyo y á buscar la paz... ¿Sabes tú, Pablo, por qué había guerra ahora entre tu padre y el mío?

--No por cierto, Ana.

--Pues tampoco yo. ¡Como estos nublados vienen tan á menudo, tan de repente y tan sin motivo!... Siempre que trata de explicármelos, me dice lo mismo: que tu padre es duro de frase, que le contraría, que le acosa y que, por conclusión, le injuria... ¡á él, que va siempre con el compás en la lengua y el corazón en la mano!... No te diré que en lo primero no yerre; pero puedo jurar que en lo segundo dice la pura verdad. Ello es que el buen señor toma estos lances como cuestión de honra; que los toma cada quince días, y que siendo capaz de dejarse desollar vivo por el bien de todos y cada uno de vosotros, se aisla, se encierra, no come, no duerme, y hasta la sombra de esta casa le estorba como el mayor enemigo... y lo peor del caso es que yo tengo que seguirle el humor. Fortuna que ya todos nos conocemos, porque la maña es tan vieja como tu padre y el mío... ¿En qué estábamos antes, Pablo?

--En que mi padrino te dijo esta mañana...

--Es verdad. Me dijo: «¡Estos genios, Ana, estos genios!...» Hay que advertir que, tres días hace, tuvo carta del marqués de la Cuérniga, el cual señor no suele escribirle sino cuando le necesita; y es también de saberse que después de recibir la carta ha hablado dos veces con _Asaduras_, señales todas, Pablo, de nuevas borrascas, pero también de que á mi padre le convenía intentar una reconciliación con el tuyo. Ello es que con esta sospecha y las palabras que le oí, apretando, apretando, obliguéle á declarar que estaba dispuesto á hacer las paces de cualquier manera, y que quería verse con tu padre, si éste se prestaba á recibirle. Tomé el asunto á mi cargo, vine aquí, hablé con tu padre, abracé á María y á tu madre, charlé con ellas hasta quedarme sin saliva en la boca... en fin, hombre, viví en una hora lo que había penado en quince días.

--¿Y mi padre?

--Tu padre, diciéndome: «pues por mí no ha de quedar,» tomó el sombrero y se fué á mi casa.

--¿Y en qué paró la entrevista?

--Eso es lo que yo no sé, porque mi padrino no ha vuelto todavía, y hace más de dos horas que está con el tuyo.

--¡Siempre lo habrán puesto peor que estaba!

--Me lo voy temiendo; y por eso me largo á enmendarlo en lo que pueda. ¡Ay, qué genios, Pablo! No, pues yo te aseguro que de hoy en adelante no he de pagar culpas ajenas. ¿Riñen? Que riñan. Vosotros y yo tan amigos como siempre. ¿No es cierto? Á buena cuenta, ya tengo el desahogo que acabo de darme. ¡Ay, Pablo! no me cabía ya más en el corazón... Porque yo le doy esta cruz al más valiente, y á ver cómo la lleva.

--La verdad es, Ana, que no se creerían esas cosas á no verlas. ¡Dos familias que tanto se quieren, vivir en perpetua enemistad por un quítame esas pajas! Malo por lo que á uno le duele, malo por el bien que no se hace, y peor por el escándalo que se da.

--¡Los genios, Pablo, los genios!

--Dí el genio, Ana... porque el de tu padre es insufrible por quisquilloso y aprensivo.

--¡Ingrato! ¡Bien haya lo que te quiere!

--Y bien sabe Dios cómo se lo pago. Por eso me duelen tanto estas cosas, Ana.

--¡Pues qué diré yo de mí, Pablo? Tú, al fin, cuando vienen estas borrascas, esparces al aire libre la parte que te toca de ellas, y dentro de tu casa tienes con quién hablar, con quién reir... Yo no tengo nada de eso; ni siquiera el recurso de disculparos, porque se toman las disculpas á parcialidad, y lo pongo peor. Hay que dejar la tormenta que se desahogue por sí ó por obra de una casualidad que á veces tarda un mes en presentarse; y, en tanto, soledad y cárcel... y paciencia; porque, al cabo, él es quien es, y bueno y cariñoso hasta tal extremo, que yo no sé qué le atormenta más en sus arrechuchos, si el dolor de la supuesta ofensa, ó la pesadumbre de vivir sin trato con los que le han ofendido. ¿No te parece, Pablo, que debiéramos conjurarnos todos contra esa mala costumbre?... Que se alborotan ellos... Pues nosotros como si tal cosa: yo á vuestra casa, y vosotros á la mía.

--Ya se ha intentado ese medio alguna vez.

--Pero sin arte, Pablo, y sin resolución: al primer bufido de mi padre, no se os ha vuelto á ver por allá.

--Ni á tí por acá, Ana.

--Porque me dejáis sola enfrente del enemigo, ¡caramba! Pero ayudadme un poco y veréis cómo le venzo y hasta hago imposibles esas guerras que me acaban... ¡me acaban, Pablo! Por eso quiero que ésta sea la última; y lo será, ó perezco en ella... Con que hazme el favor de no entretenerme, y déjame pasar, que estoy perdiendo un tiempo precioso.

--Pues rato hace, Ana, que tienes despejado el camino; y por donde te agarro yo, el diablo me lleve.

Miróle Ana por debajo de las cejas, fruncidas por efecto de una sonrisa burlona en que envolvió toda su hermosa y picaresca faz, y le tiró con otra hoja de malva que había arrancado poco antes del ramillete del pecho.

--Hijo, ¡qué peste eres también... á tu modo!--dijo al mismo tiempo.

Y recogió los pliegues delanteros de su falda con ambas manos; y, ágil y esbelta, partió hacia su casa, atravesando el campuco como diz que se deslizan las ninfas sobre las ondas del lago.

Pablo, sin darse por entendido de este hecho ni de aquel dicho, entró en el corral y cerró la portalada. De modo que cuando Ana llegó á la suya no tuvo en qué satisfacer la curiosidad que le hizo volver la cabeza hacia la portalada de enfrente, y quedaron allí perdidas, por falta de recibo, una mirada y una sonrisa que se hubieran disputado á estocadas los galanes de Lope y Calderón.

Como su padre andaba aún fuera de casa, Pablo, antes de subir á ella, quiso darse una vuelta por las cuadras, á la sazón punto menos que vacías. Sólo dos parejas de bueyes y algunos ternerillos había al pesebre. El resto del ganado, pocos días antes llegado del puerto, andaba al pasto en el monte al cuidado del pastor del lugar, que lo recogía por la mañana y lo entregaba al anochecer. La disposición de aquellas cuadras era obra del magín de Pablo, y acuerdo suyo también el régimen á que en ellas estaba sometido el ganado. Natural era la satisfacción que el mozo sentía, viéndole tan gordo y lozano, en pasarle la mano por el lomo, en llamar á cada bestia por su nombre, en increpar duramente á la que no comía hasta limpiar el pesebre, y en confundirla con el ejemplo de la que no dejaba en el fondo ni la _grana_. Pues ¿y los becerrillos? Horas se pasaba con ellos rascándoles el testuz y dándoles palmaditas en la cara. ¡Y cómo se arrimaban ellos á él, y le miraban con sus ojazos bonachones, y se iban adormeciendo poco á poco con el cosquilleo y presentando la cerviz para que también se la rascara; y después las orejas, y luégo el pescuezo, y vuelta al testuz y á la cara! Y cuando se cansaba Pablo, la mimosa bestezuela le golpeaba suavemente con la cabeza, le lamía las manos y tornaba á presentarle la cerviz. Lo cierto es que, fuera del corderillo, no hay otro animal de faz más atractiva ni que más se haga querer.

Mientras nuestro mozo se entregaba á estos entretenimientos, arriba aguardaban su madre y su hermana, con la mesa puesta y haciendo labor cerca de ella, el resultado de la entrevista de los dos compadres; lance que las tenía sumidas en graves aprensiones, bien reflejadas en el desasosiego de que ambas estaban poseídas.

Sentábale á maravilla esta inquietud á la joven, cuyo nombre ya conocemos por boca de Ana; pues daba viveza y grande expresión á su fisonomía, de ordinario, aunque bella por lo correcta y frescachona, mansa y serena, como esas noches de verano sin rumores, sin frío ni calor, que se contemplan con gusto, pero en perfecto reposo del espíritu y del cuerpo. Sus ojos negros, más meditabundos que habladores, brillando á la sazón con vivo fuego sobre el rosado cutis, y sus labios húmedos, graciosamente contraídos, pregonaban interiores batallas, señal de que en aquel lago apacible también cabían agitaciones y tempestades. Representaba la edad de Ana, y con la sencillez de ésta vestía, aunque no con tanto donaire, porque éste no es obra de las perfecciones plásticas y esculturales que abundaban en María acaso más que en Ana, sino de un misterioso equilibrio de proporciones y de sensibilidad entre el alma y el cuerpo, don de la naturaleza que no se adquiere por conquista.