El secreto de la ruleta · Unidad 15 de 95

Unidad 15 · EL SECRETO DE LA RULETA 43

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EL SECRETO DE LA RULETA 43

como si todo tuviera que ir a peor. Poseía el secreto de la ruleta e iba ganando día por día, lentamente, pacienzudamente, pero el destino parecía burlarse de ella y de improviso por un momento olvidaba, y dejándose llevar de la corazonada volvía a perder. Y ahora, cuando se resignaba a vegetar así indefinidamente, volvía el amigo fastuoso a buscarla y a ofrecerle la fortuna, quizás. No pudo contenerse y estrechóle la mano:

— ¡Qué alegría verte! — murmuró. Estaban en el Colón. El local, de regulares dimensiones, cuadrado y bajo de techo, tenía un aspecto ambiguo y pintoresco. Era, según Julito, el único lugar de San Sebastián que recordaba a París. A decir verdad, más bien recordaba Marsella, Génova o Nápoles, uno de esos cafés medio café y medio teatro de las villas mediterráneas. Como la estación hallábase muy adelantada ya, llovía a mares, y el café hallábase situado al otro lado del Urumea, la concurrencia aquella noche era escasa. Destacábase en primer lugar, llenándolo todo con su alegría ruidosa un poco artificial y falsa, una alegría muy para la galería, los de Ramírez Pensil, unos americanos del sud que se aburrían sin París, y dos damas que debían de ser señoras, aunque, y esto precisamente era lo que más corroboraba la creencia, hacían todo lo posible por no parecerlo. Vestidas como para un baile de corte, la una de violeta est ampado de rosas de púrpura, la

otra de verde con lirios de oro, envueltas en gabanes de pieles, fastuosas (cincuenta mil francos de chinchillas en casa de Revillon), las cabezas tocadas de sombreros inverosímiles empenachados de plumas fabulosas, gritaban, reían, enseñaban las piernas y se frotaban contra los caballeros, poniendo tan buena fe en parecer cocottes como si por Dios estuviesen investidas de aquella delicada misión, y llegando algunas veces a dar cierto carácter de verosimilidad a la cosa aunque a decir verdad el tipo de cortesana, en sus gestos incoherentes, resultaba un poco arbitrario y convencional. En otra mesa, casi junto al mostrador, estaban los artistas; una pareja de bailarines, ella frágil y menuda con una gracia enfermiza, él delgado y moreno, con tipo de torero. Y, por fin, cuatro o cinco hombres de facha de chauffeures o de croupiers trasegaban boks de cerveza acompañados de dos mujeres de las que trabajaban en el teatro.

La única nota interesante la daban las americanas que bebían champagne y de vez en cuando salían con el profesor al centro de la sala a ensayar una danza. Y era entonces los gritos, las risas, las bromas picantes dichas en voz muy alta.

Como nota de color en la gama de tedios surgió Paca Campanada, seguida de sus amigos. Niño y la baronesa habíanse ido a París, pues realmente en España no se puede ser chic, y ante el constante conflicto de orden público optaron por marcharse; pero aun