El secreto de la ruleta · Unidad 90 de 95
Unidad 90 · EL SECRETO DE LA RULETA 239
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EL SECRETO DE LA RULETA 239
aparecía infinitamente blanca en la blancura de los azahares.
Y Candelaria, concentrada en si misma, hacía un cruel balance de su vida entera, de aquella vida en que el orgullo había sustituido al corazón. Sí; ahora veíalo claro; un orgullo inmenso, cruel, diabólico le había hecho creerse mejor, más noble y fuerte, cuando estaba hecha de la misma miserable ardilla de los demás. Una sonrisa de sarcasmo crispó sus labios, y un infinito desdén, cruel e impío, por sí y por ellos, anegó su pensamiento. ¡Qué vergüenza y qué asco!... Eso era todo; ni dolor de contrición, ni pavura de atrición, ni pena ni compasión... asco y desdén florecían como espinas en el desnudo erial de su alma.
Llegaron; entró primero ella, luego Fritz, dejando la puerta abierta. Parada en el parterre, que presidía el templete, en que se alzaba la estatua de Eros Rey, la Tardiente ordenó con impaciencia:
— ¡Cierra esa puerta!
El echóse a reir:
— ¡A ver si vas a tener miedo de los ladrones ahora!
Iba ella a hablar, a explicarse, pero súbitamente encogióse de hombros con un gesto rabioso de desdén ante la la fatalidad inexorable.
Por las grandes puertas vidriosas, abiertas de par en par, penetraron en la alcoba.
Era una pieza decorada al estilo que Marie Antoi-
nette entronizara en el Trianon para jugar con la Lamballe y la Polignac a las pastoras, mientras el buen señor de Guillotin perfeccionaba su invento. Los muros eran grises, adornados con motivos pastoriles; los muebles de laca, gris también, con cojines de seda a rayas de flores rosas y azules; las puertas, altas y redondas, rematadas por sobrepuertas de pintados medallones de flores y frutas, entre las que jugaban desnudos amorcillos. Sobre la larga chimenea de mármol blanco veteado de negro, un busto de la Reina de Francia, delante de un gran espejo ovalado en su parte superior, que remataba un lazo, del que pendían dos guirnaldas de rosas.
Ante él fué Candelaria: ya allí, quitóse el sombrero empenachado de plumas y atusóse el pelo pintado. Fritz la alcanzó tratando de abrazarla y murmurando palabras de desagravio:
— ¿Estás enfadada? ¿no me quieres ya?... No seas cruel con tu cariño...
Pero ella parecía esperar algo, parecía tener los ojos fijos en invisible reloj en que iba a sonar una hora definitiva, una de esas horas que deciden nuestra vida.
Fritz insistió:
— ¡Chiquita, cheri, qué guapa, que guapa estás!
Sin quererlo cedía, vencida a la presión de los brazos amantes, iba a caer, a brindarle los labios, cuando vió retratarse en el espejo el rostro lívido de Pedro Antonio. Lanzó un grito: