El señor de Bembibre · Unidad 12 de 47
CAPÍTULO XI — parte 2
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La desdichada señora rompió en llanto y sollozos amarguísimos, como si el único eslabón que la unía a la dicha se acabase de romper en aquel instante. El abad entonces, penetrado de misericordia, se acercó rápidamente a don Álvaro, y asiéndole del brazo le trajo, como a pesar suyo, delante de doña Beatriz.
—No os partiréis de ese modo—le dijo entonces—; no quiero que salgáis de aquí con el corazón lleno de odio. ¿No tenéis confianza, ni en mis canas, ni en la fe de vuestra dama?
—Yo sólo tengo confianza en las lanzas moras y en que Dios me concederá una suerte de cristiano y de caballero.
—Escúchame, hijo mío—añadió el monje con más ternura de la que podía esperarse de su carácter adusto y desabrido—; tú eres digno de suerte más dichosa y sólo Dios sabe cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta darán a su justicia los que así destruyen su obra; yo que soy su delegado aquí y ejerzo jurisdicción espiritual, no consentiré en ese malhadado consorcio, manantial de vuestra desventura. He visto qué premio dan a tu hidalguía, y en mí encontrarás siempre un amparo. Tú eres la oveja sola y extraviada, pero yo te pondré sobre mis hombros y te traeré al redil del consuelo.
—Y yo—repuso doña Beatriz—renuevo aquí delante de un ministro del altar el juramento que tengo ya hecho, y de que no me hará perjurar ni la maldición misma de mi padre. ¡Oh, don Álvaro! ¿por qué queréis separaros de mí en medio de vuestra cólera? ¿Nada os merecen las persecuciones que he sufrido y sufro por vuestro amor? ¿Es esa la confianza que ponéis en mi ternura? ¿Cómo no veis que si mi resolución parece vacilar es que mis fuerzas flaquean y mi cabeza se turba en medio de la agonía que sufro sin cesar, yo, desdichada mujer, abandonada de los míos, sin más amparo que el de Dios y el vuestro?
El despecho de don Álvaro se convirtió en enternecimiento cuando vió que el desabrimiento del abad y el inesperado cambio de doña Beatriz se trocaban en bondad paternal y en tiernas protestas. Su índole natural era dulce y templada, y aquella propensión a la cólera y a la dureza que en él se notaba hacía algún tiempo provenía de las contrariedades y sinsabores que por todas partes le cercaban.
—Bien veis, venerable señor—dijo al abad—, que mi corazón no se ha salido del sendero de la sumisión sino cuando la iniquidad de los hombres me ha lanzado de él. Han querido arrebatármela, y eso es imposible; pero si vos queréis mediar y me ofrecéis que no se llevará a cabo ese casamiento abominable, yo me apartaré de aquí como si hubiera oído la palabra del mismo Dios.
—Toca esta mano, a que todos los días baja la Majestad del cielo—replicó el monje—, y vete seguro de que mientras vivas y doña Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no pasará a los brazos de nadie, ni aunque fueran los de un rey.
—Doña Beatriz—dijo, acercándose a ella y haciendo lo posible por dominar su emoción—, yo he sido injusto con vos, y os ruego que me perdonéis. No dudo de vos, ni he dudado jamás; pero la desdicha amarga y trueca las índoles mejores. Nada tengo ya que deciros, porque ni las lágrimas, ni los lamentos, ni las palabras os revelarían lo que está pasando en mi pecho. Dentro de pocos días partiré a la guerra que vuelve a encenderse en Castilla. Con Dios, pues, os quedad, y rogadle que nos conceda días más felices.
Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas que le quedaban para tan doloroso momento, y, acercándose al caballero, se quitó del dedo una sortija y la puso en el suyo, diciéndole:
—Tomad ese anillo, prenda y símbolo de mi fe, pura y acendrada como el oro—y en seguida, cogiendo el puñal de don Álvaro, se cortó una trenza de sus negros y largos cabellos, que todavía caían deshechos por sus hombros y cuello, y se la dió igualmente. Don Álvaro besó entrambas cosas y la dijo:
—La trenza la pondré dentro de la coraza, al lado del corazón, y el anillo no se apartará de mi dedo; pero si mi escudero os devolviese algún día entrambas cosas, rogad por mi eterno descanso.
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—Aunque así fuera, os aguardaré un año; y pasado él, me retiraré a un convento.
—Acepto vuestra promesa; porque si vos muriéseis igualmente, ninguna mujer se llamaría mi esposa.
—El cielo os guarde, noble don Álvaro; pero no os entreguéis a la amargura. Mirad que la esperanza es una virtud divina.
Estas parece que debían ser sus últimas palabras; pero, lejos de moverse, parecían clavados en la tierra y sujetos por su recíproca y dolorosa mirada, hasta que por fin, movidos de un irresistible impulso, se arrojaron uno en brazos de otro, diciendo doña Beatriz en medio de un torrente de lágrimas:
—Sí, sí, en mis brazos, aquí, junto a mi corazón... ¡Qué importa que este santo hombre lo vea!... ¡Antes ha visto Dios la pureza de nuestro amor!
Así estuvieron algunos instantes, como dos puros y cristalinos ríos que mezclan sus aguas, al cabo de los cuales se separaron, y don Álvaro, montando a caballo, después de recibir un abrazo del abad, se alejó lentamente volviendo la cabeza atrás, hasta que los árboles le ocultaron. Millán se quedó, por disposición de su amo, para acompañar a doña Beatriz y a su criada a Villabuena. El anciano entonces dió un corto silbido, y un monje lego, que estaba escondido tras de unas tapias, se presentó al momento. Díjole algunas palabras en voz baja, y al cabo de poco tiempo se volvió con la litera del convento, conducida por dos poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada; retiróse el lego; asió Millán de la mula delantera, montó el abad en su caballo y emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena, adonde llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron a entrar las fugitivas, y Martina, casi en brazos, condujo a su señora a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a Carracedo, más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había remediado sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del término de su aventura nocturna.
Al día siguiente, cuando los criados del conde y del señor de Arganza fueron al convento llevando los presentes de boda, encontraron a doña Beatriz atacada de una calentura abrasadora, perdido el conocimiento y en medio de un delirio espantoso.
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