El señor de Bembibre · Unidad 26 de 47

CAPÍTULO XXII — parte 2

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A don Álvaro le dejaron también en la suya, y la luz del nuevo día, que no tardó en teñir los celajes del Oriente, le encontró mudado en otro hombre y ligado con votos que sólo al poder de la muerte le parecía dable desatar. ¡Dichoso él si con su poder, su libertad y sus dulces esperanzas hubiese podido poner de lado su antigua y devoradora pasión! Pero sólo el tiempo y la ayuda del Todopoderoso eran capaces de limpiar su corazón de sus amargas heces y borrar de su memoria aquellas imágenes escritas con caracteres de fuego.

Por fin a su valor y energía se le presentaba el ancho campo de la guerra y el noble empeño de defender una causa justa, pero ¿qué consuelo podía buscarse en el mundo para doña Beatriz, que no tenía más compañía que la soledad, la aflicción y la presencia de un padre ya anciano, lleno de pesares y penetrado de un arrepentimiento tardío? ¡Tristes contradicciones y debilidades las del pobre corazón humano! La heredera de Arganza tenía por esposo un hombre joven todavía, lleno de vigor y robustez; su salud por otra parte de día en día se quebrantaba; el cielo y la tierra de consuno parecían apartarla de su primer amor, que según todas las apariencias no podía estar más perdido para ella, y sin embargo la nueva de aquellos votos le causó profundísimo dolor. ¿Qué podía esperar? ¿Qué podían descubrir sus ojos en el nebuloso horizonte del porvenir, sino soledad y pesares sin término y sin cuento? ¡Extraño misterio! La esperanza es una planta que brota en el corazón y que si no florece cuando el dolor ha trocado su campo en arenal, todavía conserva su tronco enhiesto como una columna fúnebre, y aun regado por la fuente de las lágrimas, brota tal vez alguna hoja marchita y amarillenta. Doña Beatriz se había visto separada de su amante por escaso arroyo; su matrimonio desgraciado lo había convertido en río profundo y caudaloso: ahora la profesión de don Álvaro acababa de trocarle en mar inmenso, y la desventurada, sentada en la orilla, veía desaparecer a lo lejos el bajel desarbolado y roto en que para no volver se partían sus ilusiones más dulces.

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