El Señor y los demás son Cuentos · Unidad 7 de 16

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Los de Carrasco no sospecharon la mentira, ni pensaron en tal cosa. Ello fué que en Z... siguieron tratándose, como era natural; pero es de advertir que Víctor, por suspicacia de autor, de artista, cuyo amor propio vive irritado, aun mucho después de que se le dé por muerto, no quiso decir a sus nuevos amigos su verdadero nombre; tomó el de un pariente muerto, y vivió en Z... como un malhechor o un conspirador que oculta su estado civil. Tuvo miedo de que al decir a la señora de Carrasco, Cristina: "Yo soy Víctor Cano", a ella no le sonaran a nada o le sonaran a poco estas dos palabras juntas. Muchas veces le había sucedido encontrarse con personas a quien se debía suponer regular ilustración y conocimiento mediano de las letras contemporáneas, que no sabían quién era Cano, o sabían muy poco de él y sus obras. Si Cristina recibía el nombre con indiferencia, ignorante de su fama, o teniendo de ella escasas noticias, Víctor comprendía que su amor propio padecería mucho, y para desagravio de sus fueros lastimados le obligaría a él, al enamorado Víctor, a tener en poco las luces naturales y adquiridas de una señora que no sabía quién era el autor de _Los Humildes_, su obra de más resonancia. Amó, pues, de incógnito, y de incógnito empezó a poner en planta un plan de seducción espiritual, al que se prestaba, como pronto pudo conocer con sorpresa y alegría, el carácter soñador y caviloso de la señora de Carrasco.

* * * * *

La parte material, el teatro, por decirlo así, de la aventura iniciada, puede figurárselo el lector que haya vivido en una playa en verano y haya tenido amoríos, o pretensiones a lo menos, en ocasión tan propicia; los que no, pueden recurrir al recuerdo de cien y cien novelas, y cuentos y comedias en que el mar, la arena, los marineros y demás partes de por medio y decoraciones adecuadas hacen el gasto.

El señor Carrasco, el eximio académico de la Historia, era tan aficionado como a sondar los arcanos de lo pasado, a sondar el fondo de las aguas donde podía sospecharse que había pesca; pescaba desde que Dios mandaba la luz al mundo, y cuando no podía, revolvía la arena en busca de conchas pintadas, restos de esos humildes animalitos que otros más fuertes persiguen y que por amor a la paz, a la tranquilidad, se resignan a vivir enterrados, bajo la arena, donde no estorban ni excitan la voracidad del fuerte. Mientras el académico penetraba con el tentáculo de la caña y el anzuelo en lo recóndito del agua, o revolvía con su bastón la blanda y deleznable arena, su mujer, paseando al borde de las espumas, sondaba los misterios del alma guiada por el inteligente buzo de oficio Víctor Cano.

Durante los primeros días de la estancia en Z..., Víctor había visto alguna veces a Cristina leyendo, ora en la playa, ora en un pinar cercano, ya en la galería del balneario, ya en el comedor de la fonda, un libro forrado con un periódico, el mismo probablemente que él había aborrecido en el tren. Pero notaba con satisfacción el galán audaz que la de Carrasco leía poco, y en llegando él pronto dejaba el volumen. Hasta la oyó quejarse, riéndose, de lo atrasada que llevaba la lectura dichosa. "Si sigo así, tengo con un libro para todo el verano." Ni Víctor le preguntó jamás de qué obra se trataba (tanto era su desprecio y su horror a las letras por entonces), ni ella dejó nunca de ocultar el volumen en cuanto veía acercarse al nuevo amigo.

Por unos quince días la victoria indudablemente fué del texto vivo; Cristina olvidó por completo las letras de molde y oyó con atención seria, como meditaba aquella madrugada ante una taza de café, oyó las disquisiciones de moral extraordinaria y de psicología delicada y escogida con que Víctor iba preparándola para escuchar sin escándalo la declaración _sui generis_ y de quinta esencia en que tenía que parar todo aquello.

Cano, con la mejor fe del mundo, persuadido, a fuerza de imaginación, de que estaba poética y místicamente enamorado, en la playa, en el pinar, en los maizales, en el prado oloroso, en todas partes, le recitaba a Cristina con fogosa elocuencia las teorías metafísico-amorosas de su penúltima _manera_, las que había vertido, como quien envenena un puñal, en la prosa de acero de su penúltimo libro. Según estas ideas, había moral, claro que sí; el positivismo y sus consecuencias éticas eran groserías horrorosas; el cristianismo tenía razón a la larga y en conjunto...; pero la moral era relativa, a saber: no había preceptos generales, abstractos, sino en corto número; lo más de la moral tenía que ser casuístico (y aquí una defensa del jesuitismo, aunque condicional, un panegírico de Ignacio de Loyola y del Talmud). Los espíritus grandes, escogidos, no necesitaban los mismos preceptos que el vulgo materialista y grosero; demasiado aborrecía la carne el alma enferma de idealidad; lejos de hacérsela odiosa, como un peligro, se la debía inclinar a transigir con ella, con la carne, mediante los cosméticos del arte, mediante el dogma de la santa alegría. En el mundo estaba el amor, la redención perpetua; el amor verdadero, que era cosa para muy pocos; cuando dos almas capaces de comprenderlo y sentirlo se encontraban, la ley era armarse, por encima de obstáculos del orden civil, buenos, en general, para contener las pasiones de la muchedumbre, pero inútiles, perniciosos, ridículos, tratándose de quien no había de llevar tan santa cosa como es la pasión única, animadora, por el camino de la torpeza y la lascivia... Por ahí adelante, y además por aquellos trigos de Dios (y si no trigos, maizales y bosques de pinos), llevaba Víctor a Cristina, que oía y meditaba, y no sospechaba, o fingía no sospechar, lo que venía detrás de tales lecciones.

Llegó él a creerla persuadida de que el matrimonio era un accidente insignificante, tratándose de almas místicas a la moderna. "Era absurdo proclamar el divorcio para facilitar la descomposición de la familia vulgar, para dar pábulo a la licencia plebeya; todo estaba bien como estaba en la ley religiosa y en la civil; sólo que había excepciones que la grosera expresión legal, vulgar, no podía tener en cuenta, ni mucho menos puntualizar. ¿Cuándo llegaba el caso de la excepción? Los dignos de ella eran los encargados de revelarlos a su propia conciencia, mediante inspiración sentimental infalible."

Todo esto lo iba diciendo Víctor, no así de golpe y con términos duros y abstractos, como lo digo yo que tengo prisa, sino entre párrafos de filosofía poética y ante las decoraciones de bosque y marina _propias_ del caso.

* * * * *

Cuando la fruta le iba pareciendo ya muy madura y creía llegado el tiempo de la recolección, notó Cano que la de Carrasco empezaba a distraerse mientras él hablaba, y parecía meditar, no lo que él decía, sino otras cosas. Una tarde que él creía la oportuna para la declaración mística, encontró a Cristina dentro de una caseta, junto al agua, leyendo hacia el final del libro forrado con un periódico.

Desde entonces pudo ver que la conversión de la buena _burguesa_ iba perdiendo terreno; oía ella con frialdad, a ratos con señalado disgusto. Comprendió Víctor que a la dama se le ocurrían objeciones que no exponía, pero que tenía presentes para su conducta. Estupefacto y airado vió el seductor una mañana a su discípula sentada junto al académico que pescaba _panchos_, mientras su esposa leía el libro de siempre, y lo leía hacia la mitad. Es decir, que había vuelto a empezar la lectura, que repasaba lo leído. ¡Y con qué avidez lo leía! Los ojos le echaban chispas; la mejillas las tenía encendidas. Al llegar Víctor cerró el volumen de repente, lo escondió bajo el chal, y mirando a Carrasco con dulzura y simpatía, se le cogió del brazo que sujetaba la caña.

--Suelta, mujer, que me quitas el tiento--dijo el sabio.

Y ella soltó, sonriendo, pero no obedecía las señas de Víctor, que, como otras veces, pedían paseos filosóficos, un poco de excursión peripatético-erótica.

Tanto terreno iba perdiendo el escritor abstinente, que llegó a la situación desairada del que tiene que apagar la caldera de la pasión elocuente por no caer en ridículo ante la frialdad que le rodea.

Llegó el día en que no pudo emplear siquiera el lenguaje fervoroso, transportado de su misticismo vidente; y entonces fué cuando, con un realismo brutal, impropio de los antecedentes, declaró su amor desesperado, batiéndose en vergonzosa fuga...

Cristina tuvo lástima; y, clavándole los ojos pensativos y cargados de lectura con que le miraba hacía tantos días, le dijo:

--Mire usted, Florez, le perdono, porque he tenido yo la culpa de que usted pudiera llegar a tal extremo. No ha sido coquetería; ha sido... que todos somos débiles; que usted ha sido elocuente, y yo iba haciéndome intrincada y _excepcional_..., porque sus palabras parecían un filtro de melodrama... Pero, francamente, llega usted tarde. Otro ha corrido más. No se asuste usted... Su rival... es un libro. Ni siquiera recuerdo el nombre del autor, porque yo, poco literata, hago como muchas mujeres que no suelen enterarse del nombre de quien las deleita con sus invenciones. Pensaba este verano llenarme la cabeza de novelas; comencé en el tren una, la primera que cogí, y empezó a interesarme mucho; después... llegó usted... con sus novelas de viva voz, y, se lo confieso, por muchos días me hizo abandonar el libro; pero en la lucha, que era natural que dentro de mí mantuviera mi _vulgaridad_ materialista y grosera de _burguesa honrada_, con la hembra excepcional que íbamos descubriendo, me acordé de lo que había visto en los primeros capítulos de aquel libro extraño... Volví a él... y poco a poco me llenó el alma; ahora lo entendía mejor, ahora le penetraba todo el sentido... Eran ustedes rivales... y venció él. Porque él da por sabido todo eso que usted me cuenta..., lo entiende, lo siente... y no lo aprueba; va más allá, está de vuelta y me restituye a mi prosa de la vida vulgar honrada, me enseña el idealismo del deber cumplido, me hace odiar los ensueños que dan en el pecado, me revela la poesía de la _moral corriente_, que demuestra que el colmo del misticismo estético, de la quinta esencia psicológica, está cifrado en ser una persona decente, y que no lo es la mujer que falta a la fidelidad jurada a su marido. Todo esto, que yo digo tan mal, lo dice, con tanta o más poesía que usted sus cosas, este libro.

Cristina mostró el volumen de mi cuento, y añadió:

--Si de alguien pudiera yo enamorarme sería del autor de este libro; pero la mejor manera de rendirle el tributo de admiración que merece..., es obedecer su doctrina... y, por consiguiente, enamorarse sólo del humilde y santo deber.

Víctor no pudo contenerse más, y tendiendo las manos hacia el regazo de Cristina, donde estaba el volumen que antes odiaba, gritó:

--¡Por Dios, señora, pronto; el nombre de ese libro..., el autor!...

Cristina se puso en pie, y rechazando a Víctor, como si temiera que el contacto de aquel hombre manchara el texto que veneraba, dió un paso atrás, y abriendo el libro por la primera hoja, leyó: "_El Concilio de Trento_, por Víctor Cano."

Tembló el literato de pies a cabeza; se sintió partido en dos; pero pudo en él más la vanidad que la vergüenza, y sin tratar de reprimirse, exclamó:

--Señora, Víctor Cano soy yo; no soy Florez; yo he escrito esa novela.

En el rostro que palideció de repente, de Cristina, se pintó un gesto de dolor y repugnancia, de desengaño insoportable; y la dama seria, noble, de alma sincera, dando algunos pasos para alejarse, dijo con voz muy triste:

--Lo siento.

PROTESTO

I

Este D. Fermín Zaldúa, en cuanto tuvo uso de razón, y fué muy pronto, por no perder el tiempo, no pensó en otra cosa más que en hacer dinero. Como para los negocios no sirven los muchachos, porque la ley no lo consiente, D. Fermín sobornó al tiempo y se las compuso de modo que pasó atropelladamente por la infancia, por la adolescencia y por la primera juventud, para ser cuanto antes un hombre en el pleno uso de sus derechos civiles; y en cuanto se vió mayor de edad, se puso a pensar si tendría él algo que reclamar por el beneficio de la restitución _in integrum_. Pero ¡ca! Ni un ochavo tenía que restituirle alma nacida, porque, menor y todo, nadie le ponía el pie delante en lo de negociar con astucia, en la estrecha esfera en que la ley hasta entonces se lo permitía. Tan poca importancia daba él a todos los años de su vida en que no había podido contratar, ni hacer grandes negocios, por consiguiente, que había olvidado casi por completo la inocente edad infantil y la que sigue con sus dulces ilusiones, que él no había tenido, para evitarse el disgusto de perderlas. Nunca perdió nada don Fermín, y así, aunque devoto y aun supersticioso, como luego veremos, siempre se opuso terminantemente a aprender de memoria la oración de San Antonio. ¿Para qué?--decía él--. ¡Si yo estoy seguro de que no he de perder nunca nada!

--Sí tal--le dijo en una ocasión el cura de su parroquia, cuando Fermín ya era muy hombre--, sí tal; puede usted perder una cosa...: el alma.

--De que eso no suceda--replicó Zaldúa--ya cuidaré yo a su tiempo. Por ahora a lo que estamos. Ya verá usted, señor cura, cómo no pierdo nada. Procedamos con orden.

El que mucho abarca poco aprieta. Yo me entiendo.

Lo único de su niñez que Zaldúa recordaba con gusto y con provecho, era la gracia que desde muy temprano tuvo de hacer parir dinero al dinero y a otras muchas cosas. Pocos objetos hay en el mundo, pensaba él, que no tengan dentro algunos reales por lo menos; el caso está en saber retorcer y estrujar las cosas para que suden cuartos.

Y lo que hacía el muchacho era juntarse con los chicos viciosos, que fumaban, jugaban y robaban en casa dinero o prendas de algún valor. No los seguía por imitarlos, sino por sacarlos de apuros, cuando carecían de pecunia, cuando perdían al juego, cuando tenían que restituir el dinero cogido a la familia o las prendas empeñadas. Fermín adelantaba la plata necesaria...; pero era con interés. Y nunca prestaba sino con garantías, que solían consistir en la superioridad de sus puños, porque procuraba siempre que fueran más débiles que él sus deudores, y el miedo le guardaba la viña.

Llegó a ser hombre y se dedicó al único encanto que le encontraba a la vida, que era la virtud del dinero de parir dinero. Era una especie de Sócrates crematístico; Sócrates, como su madre Fenaretes, matrona partera, se dedicaba a ayudar a parir..., pero ideas. Zaldúa era comadrón del treinta por ciento.

Todo es según se mira: su avaricia era cosa de su genio; era él un genio de la ganancia. De una casa de banca ajena pronto pasó a otra propia; llegó en pocos años a ser el banquero más atrevido, sin dejar de ser prudente, más lince, más afortunado de la plaza, que era importante; y no tardó su crédito en ser cosa muy superior a la esfera de los negocios locales, y aun provinciales, y aun nacionales; emprendió grandes negocios en el extranjero, fué su fama universal, y a todo esto él, que tenía el ojo puesto en todas las plazas y en todos los grandes negocios del mundo, no se movía de su pueblo, donde iba haciendo los necesarios gastos de ostentación, como quien pone mercancías en un escaparate. Hizo un palacio, gran palacio, rodeado de jardines; trajo lujosos trenes de París y Londres, cuando lo creyó oportuno, y lo creyó oportuno cuando cumplió cincuenta años, y pensó que era ya hora de ir preparando lo que él llamaba para sus adentros _el otro negocio_.

II

Aunque el cura aquel de su parroquia ya había muerto, otros quedaban, pues curas nunca faltan: y D. Fermín Zaldúa, siempre que veía unos manteos se acordaba de lo que le había dicho el párroco y de lo que él le había replicado.

Ése era _el otro negocio_. Jamás había perdido ninguno, y las canas le decían que estaba en el orden empezar a preparar el terreno para que, por no perder, ni siquiera el alma se le perdiese.

No se tenía por más ni menos pecador que otros cien banqueros y prestamistas. Engañar, había engañado al lucero del alba. Como que sin engaño, según Zaldúa, no habría comercio, no habría cambio. Para que el mundo marche, en todo contrato ha de salir perdiendo uno, para que haya quien gane. Si los negocios se hicieran tablas como el juego de damas, se acababa el mundo. Pero, en fin, no se trataba de hacerse el inocente; así como jamás se había forjado ilusiones en sus cálculos para negociar, tampoco ahora quería forjárselas en el _otro negocio_: "A Dios--se decía--no he de engañarle, y el caso no es buscar disculpas, sino remedios. Yo no puedo restituir a todos los que pueden haber dejado un poco de lana en mis zarzales. ¡La de letras que yo habré descontado! ¡La de préstamos hechos! No puede ser. No puedo ir buscando uno por uno a todos los perjudicados; en gastos de correos y en indagatorias se me iría más de lo que les debo. Por fortuna, hay un Dios en los cielos que es acreedor de todos; todos le deben todo lo que son, todo lo que tienen; y pagando a Dios lo que debo a sus deudores, unifico mi deuda, y para mayor comodidad me valgo del banquero de Dios en la tierra, que es la Iglesia. ¡Magnífico! Valor recibido, y andando. Negocio hecho."

Comprendió Zaldúa que para festejar al clero, para gastar parte de sus rentas en beneficio de la Iglesia, atrayéndose a sus sacerdotes, el mejor reclamo era la opulencia; no porque los curas fuesen generalmente amigos del poderoso y cortesanos de la abundancia y del lujo, sino porque es claro que, siendo misión de una parte del clero pedir para los pobres, para las causas pías, no han de postular donde no hay de qué, ni han de andar oliendo dónde se guisa. Es preciso que se vea de lejos la riqueza y que se conozca de lejos la buena voluntad de dar. Ello fué que en cuanto quiso, Zaldúa vió su palacio lleno de levitas y tuvo oratorio en casa; y, en fin, la piedad se le entró por las puertas tan de rondón, que toda aquella riqueza y todo aquel lujo empezó a oler así como a incienso; y los tapices y la plata y el oro labrados de aquel palacio, con todos sus jaspes y estatuas y grandezas de mil géneros, llegaron a parecer magnificencias de una catedral, de ésas que enseñan con tanto orgullo los sacristanes de Toledo, de Sevilla, de Córdoba, etc., etc.

Limosnas abundantísimas y aun más fecundas por la sabiduría con que se distribuyeron siempre; fundaciones piadosas de enseñanza, de asilo para el vicio arrepentido, de pura devoción y aun de otras clases, todas santas; todo esto y mucho más por el estilo, brotó del caudal fabuloso de Zaldúa como de un manantial inagotable.

Mas, como no bastaba pagar con los bienes, sino que se había de contribuir con prestaciones personales, D. Fermín, que cada día fué tomando más en serio el negocio de la salvación, se entregó a la práctica devota, y en manos de su director espiritual y _administrador_ místico D. Mamerto, maestrescuela de la Santa Iglesia Catedral, fué convirtiéndose en paulino, en siervo de María, en cofrade del Corazón de Jesús; y, lo que importaba más que todo, ayunó, frecuentó los Sacramentos, huyó de lo que le mandaron huir, creyó cuanto le mandaron creer, aborreció lo aborrecible; y, en fin, llegó a ser el borrego más humilde y dócil de la diócesis; tanto, que D. Mamerto, el maestrescuela, hombre listo, al ver oveja tan sumisa y de tantos posibles, le llamaba para sus adentros "el _Toisón de Oro_".

III