El suspiro del moro : leyendas, tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada · Unidad 100 de 390
Unidad 100 · EMILIO CASTELAR. 22.1
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EMILIO CASTELAR. 22.1
sólo cuelgan aquellos frutos que nos alimentan un solo día, del egipcio sauce, del verdinegro ciprés, que carecen de todo fruto, colgamos religiosas piernas y eternos pensamientos.
— Sí; cada flor emplea un lenguaje misterioso y quiere decir un oculto pensamiento. El jazmín guarda una idea muy profunda con sus dos palabras que <íomponen su nombre y que brotaron á las orillas del Yemen; sí, el jazmín dice que toda desesperación carece de fundamento y es mentira, porque cuando le falta un puerto á la esperanza en este mundo, lo encuentra en el otro. Cuentan los voluptuosos que todo jazmín les despierta el sentido á los amores profanos, y decimos nosotros que todo jazmín extrae con sus aromas y con sus esencias -del fondo de nuestro ser como un verdadero incienso de grandes y nobles pensamientos.
— Sidi, hete llamado para que puedas referirme io que guarda para mí lo porvenir.
— ¡Oh! Si yo lo supiera, dígote, Hacem, que sería digno de colocarme junto á los Profetas y á los deudos de Alah.
— ¿De qué, si no columbras lo porvenir, te sirven, Sidi, tus plegarias continuas á los cielos y tus estudios é investigaciones de las ciencias?
— Dime, ya que me interrogas, cuanto hayas visto y oído en estos últimos días.
—He visto una mariposa que caía muerta bajo ki saliva de un gusano.
—¿Y qué más?
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— He visto un buitre persiguiendo á una paloma.
— ¿Y qué más?
—El pavo real, cuando me ha columbrado, ha erguido el pintado abanico de sus plumas teñidas y abrillantadas con tantos v tan deslumbrantes colores.
—¿Y rjué más?
— La golondrina, piando, ha remontado su vuelo ni verme, como si buscase nuevas tierras; y el murciélago ha venido en hora desacostumbrada, en punto de medio día, y ha rozado con sus alas silenciosas mi cabeza como si fueran las órbitas, donde mis ojos descansan, dos negros sepulcros.
—¿Qué más?
— El cuervo ha graznado en torno mío y mostrádome sus alas de luto.
--¡Ah! Señor, todas las felicidades tienen su término como todos los dolores. La voluptuosidad más intensa no dura un minuto, y vive, ó en el recuerdo que la echa de menos, ó en la esperanza mentida que jamás la logra. Toda paz se trueca en guerra, y todo dulzor ó en ásperos empalagos ó en acerbidad y amargura. La muerte cuelga todos los seres v todas las cosas de la inmensa telarana del tiempo. Los hechos pasan (*omo un lío sin reposo. Cuántas veces los gorjeos del ruiseñor se mezíílan á los graznidos del cuervo. Cuántas veces la rosa y el jazmín caen bajo la pelota formada por un escarabajo y compuesta de asquerosos excrementos. Kn la snra cuarta y verso septuagésimo
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nówno del Korati, Dios dice á Mahowia: «Ve y anuncia por todas partes que los goces del mundo son bien poca cosa.» Señor, el Sultán de los creyentes se parece al camello de los desiertos en que, según el verso sétimo de la sura décima sexta del Koran, lleva sobre su lomo el peso y la carga de Icrfe demás.
—Pues por lo mismo, necesitamos saber la suerte personal nuestra, escrita con letras de luminosa^ estrellas en los azules libros del espacio. Nada me importa que los astros tengan ésta ó la otra magnitud propia y estén á ésta ú otra distancia de nosotros en la insondable inmensidad; nosotros no somos astrólatras, como nuestros padres los astrónomos de Caldea y los sabeistas de Persia y el Egipto. Cuando enderezamos á los cielos el revelador astrolabio , es para saber lo que allí dicen de nosotros las estrellas. Pues si la luna influye con poderosa influencia en los cambios de la temperatura y en los latidos de los mares; si el sol madura los frutos y colora las flores; si las ciencias médicas nos cuentan cómo la posición de las pléyades se relaciona con las enfermedades y sus crisis, ¿por qué no hemos de creer que los astros han escrito ya desde la eternidad las líneas expresivas de nuestros destinos y guardan los secretos de nuestro porvenir?
—Tienes razón, señor. Las predicciones astrológicas, si no pueden tener la exactitud y fijeza de las predicciones matemáticas , tienen una gran verdad, sobre todo, cuando se saben las fórmulas m&gícas,
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á cuya virtud y eficacia suelen revelárselos divinos secretos.
—Pues bien, eso necesito yo, saber ahora mismo si lucho con el destino inútilmente, ó si puedo prometerme todavía, en mis esfuerzos por salvar el reino, alguna lejana esperanza.
—Señor, yo haré lo que tü quieras. El Koran, mi ley religiosa , y todas las leyes políticas y <»viles de mi reino, me ordenan á una obedecerte, cual obedece á la voluntad el brazo , y al brazo la piedra de nuestras manos lanzada.
— Pues entonces, en virtud, Sidi, en virtud y eficacia de tal obligación, dime pronto, por Alah, el secreto de mi porvenir.
— Señor, yo diré cuanto quieras, porque yo soy tu siervo; pero desearía recordarte que no es bien romper los velos puestos por Dios á las cosas; no es bien averiguar más de lo que Dios mismo quiere decirnos. La sabia ignorancia de lo porvenir qui2fts resulta lo único ¡ay! que nos resta del perdido Edén y de la prístina inocencia.
— Pues yo no quiero esa ignorancia. Saber, y saber mucho, me importa como Sultán y hombre.
— ¡ Alah , Alah , perdónale !
— E importándome tanto saber, interrogo en ti al sabio que conoce las leyes naturales y al asceta que conoce las leyes divinas.
— Manda, pues, ya que tanto empeño tienes en ello; manda, y yo te obedeceré.
—Ya conoces toda mi vida, y sabes con profim^