El suspiro del moro : leyendas, tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada · Unidad 179 de 390
Unidad 179 · EL SUSPIRO DEL MORO.
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EL SUSPIRO DEL MORO.
amoroso, para celar á la joven cautiva, cada día más enamorada en su interior, aunque resistente & las regias caricias, y más resuelta, sin comprender su fragilidad irremediable, á no aceptar aquellos nefastos amores y á sucumbir en brazos de la muerte antes que caer en brazos del mahometano. La inflexible repulsa de Zoraya, naturalmente, había sumido al desatinado Hacem v á todas sus facultades intelectuales en una especie de somnolencia rayana en exaltada locura. No hacía más quedar gritos por sus estancias solitarias y dolerse, como cualquier joven enamorado y en celo, de su adversa estrella, que arrebataba el objeto predilecto á su exaltadísimo amor. Solamente Venegas, el renegado, autor con él de todas aquellas aventuras, llegaba en tales días á su presencia y participaba de sus secretos y departía con él sobre la situación terrible y angustiosa de su perturbado espíritu. Los demás dignatarios de la corte nada sabían de Hacem y jamás eran llamados por aquellos largos meses de reclusión á la presencia del Sultán. Los imanes, que debían consultarle algún casó teológico; los ulemas, que debían recoger de sus labios algún consejo y advertencia para sus escuelas y universidades; los vizires, que debían someterle asuntos públicos de la mayor importancia, estaban lejos de su lado^ sufriendo así todos los problemas de todas clases una irremediable tardanza, provocadora de quejas, disgustos y desabrimientos. En tal estado, las imaginaciones orientales, cuya
EMILIO CASTELAB.
inventiva es proverbial, sobre todo cuando se trata de forjar fabulosas y extrañas narraciones, divulgaron por todas partes, que Hacem había desaparecido del mundo y se necesitaba, por ende, ocurrir á su reemplazo y sustitución, para que no cayese Granada en tristísimo abandono por aquellos días terribles de provocaciones cristianas y de inminentes guerreras luchas. Quién aseguraba que Azrael, ó sea el alado genio de la muerte, había despedido su letal flecha sobre aquel monarca, derribándolo en las tinieblas eternas; quién decía que las injusticias del pueblo, poco pagado de la toma de Zahara y muy dohdo de la pérdida de Alhama, esas injusticias, frecuentes en las decadencias de los imperios, habían hallado reprobación severa en el Paraíso que mandaba sus genios buenos á la cabecera del regio lecho de Hacem para recoger su alma y engarzarla, como un astro de primera magnitud, allá en la bienaventuranza v entre las constelaciones donde brillan las almas de los sultanes y califas. Todos daban esta ú otra explicación al apartamiento y ausencia de Hacem; pero nadie sabía, fuera de Venegas, lo extraño del caso y lo dulce del motivo. Mas, si no sabían la verdadera causa del singular alejamiento, sabían que Granada se iba poco á poco deshaciendo, y que necesitaba de una dirección más segura y más firme, si había de responder á sus deberes históricos y salvar la última y principal ara del Koran en esta nuestra cristianizada península. Los árabes de Damasco, muy poderosos é influyen-