El suspiro del moro : leyendas, tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada · Unidad 254 de 390

Unidad 254 · 166 EL SUSPIRO DEL MORO.

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166 EL SUSPIRO DEL MORO.

toda vida, á las infinitas tristezas de la muerte. Recorred el mundo entero y no encontraréis en parte alguna claro-oscuro tan singular; contrastes de tanto relieve, así en el campo como en la ciudad; el desierto y la floresta juntos, el ventisquero formándose todos los dias y el volcán extinguido; los refinamientos de la arquitectura entre los encantos de la naturaleza; las selvas primitivas y los huertos cultivados con todas las perfecciones del arte; el sensualismo más epicúreo en la vida confundiéndose con los vuelos místicos v con los ensueños poéticos de las almas enamoradas; todas las crueldades de las guerras , tanto civiles como extranjeras, y todas las prácticas de la más singular y desinteresada caballería. Aún podéis formaros de aquello una idea; porque si han cambiado los actores, no ha cambiado el escenario; y no existe lugar alguno en la tierra tan parecido al edén soñado por los profetas. Zoraya desde una' ventana de su palacio lo mira; porque Zoraya lo encuentra siempre nuevo. ¿Quién puede creer que de tan risueño Paraíso, va pronto á exhalarse torva nube de muerte? ¿Quién puede imaginar que del aroma de las flores^ del vapor de las fuentes, del ether de tantos reflejos, del alma de tantas cosas bellas va pronto á surgir una tromba de odios, toda violencias, asolamientos, estragos? Perfumes como un pebetero debía exhalar la vega, y no cóleras; armonías como una guzla debía despedir la luz y no rayos de infinita ira; poesía sin fin debían dar aquellos palacios y no guerras sin tre-

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gua; que tanta y tanta vida parece divorciada de la muerte. Y sin embargo, si Zoraya, embebida en la contemplación del espléndido cuadro formado por el paradisiaco valle pudiera ver el interior de la ciudad, notara que se daban las gentes citas misteriosas y contraseñas extrañas; que se miraban los de la misma tribu como excitándose á una empresa común y los de tribus contrarias como disponiéndose á morir ó matar; que este limpiaba sus armas, que aquel ensillaba su caballo, que el de más allá hacía recomendaciones á su familia como si la eternidad estuviera cerca; que todos se movían á impulsos del odio y se preparaban para una sangrienta guerra.

Desprevenida y descuidada la pobre joven, reconcentrábase en sí misma y hacía como examen de conciencia. Su amador, que no la abandonaba un instante, á sus pies tendido, en aquella sazón acababa de dormirse profundamente, después de haberle consagrado lánguidas miradas, llenas de ardiente voluptuosidad, y elocuentísimas frases henchidas de exaltado amor. Zoraya, pues, á virtud de esos estados del alma que dan algún vagar para convertir el pensamiQnto hacia sí mismo, escudriñar la conciencia y volver la vista atrás, miraba todo cuanto le sobrevenía con extraña mirada sin darse cuenta de todo su alcance ni presentir todas sus consecuencias. Y no dejaba de encontrar en los repliegues de su conciencia y en los giros de su idea algún tormento. Lo que realmen-