El suspiro del moro : leyendas, tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada · Unidad 365 de 390

Unidad 365 · TOMO II. 26

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TOMO II. 26

402 EL SUSPIRO DEL MORO.

tino. Yo he nacido para que los míos me vendan^ me deshonren y me maten. Mi mujer, la Horra, seha pasado la vida en conspiraciones continuas contra su esposo; mi primogénito, Boabdil, se. ha ceñido la corona que me pertenece y corresponde^ sin fuerza ni ánimo para llevarla; y ahora mi hermano, á quien yo asistiera en todas sus empresas, y salvara en cien horribles trances, se vuelve mr verdugo y me inflige por su propia mano una sentencia de muerte. No reguemos, pues, muramos^ Casualmente yo le pedía, cuando llamaban ellos á la puerta, yo le pedía en mi pensamiento y en mr espíritu al Todopoderoso, que pronto, muy pronto^ mandase la muerte á visitarme, y me quitara de un mundo nefasto, donde sólo habita la más negra desesperación. Déjame, Zoraya, morir en paz.. Trae, trae tus hijos y los besaré con mis labios, y los bendeciré con mi palabra, pidiendo á Dios que no puede, no, en este trance supremo desoir á quien lo invoca, la felicidad serena en este mundo y la perdurable venturanza en el otro.

— Mas yo, Hacem, no puedo querer que mueras^ no puedo, no, consentirlo, aunque solo me queden , para defenderte, mis débiles brazos de mujer.. Cuanto has hecho en los últimos tiempos, lo has hecho por mí; pagúelo yo todo, y exéntate con el holocausto mío de la muerte tuya, guardándote incólume para tu reino y para tus hijos, para tus hijos que te necesitan y que te adoran.

En efecto, los dos príncipes, interpuestos de ro-

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dillas entre su padre y los verdugos, ofrecían sus dos vidas por la de aquel, á quien se las debieran; Y hubieran ablandado á corazones capaces de algún sentimiento; pero no á los corazones de aquellos guerreros granadinos, empeñados en atroces y cruentísimas contiendas. La sentencia de muerte ¡ay! se había dado, y apremiaba su cumplimiento. Comprendiéndolo así la infeliz Zoraya, dirigíase con el esfuerzo, que presta la consideración de un trance tan cercano y tan tremendo á todas partes en busca de auxilio.

— Venegas, Venegas, decía, tú que conoces los misterios de todos estos palacios , los resortes que mueven la voluntad avasalladora de todos estos hombres, busca un supremo recurso; y sálvanos¡, pero sálvanos pronto.

— Por lo mismo, respondió Venegas, que conozco todo esto , dígote Zoraya cómo no resta otro recurso, que una resignación al decreto inexorable del hado. Estos príncipes forman á una con sus partidos bandadas cruentas, cual esas especies carniceras que hay en el Universo; y no se creen seguros de sí mismos, sino después de haber exterminado á la especie contraria.

—¿Pero aquí, preguntaba Zoraya, no hay una guarnición, y esa guarnición por fieles al Sultán compuesta, no tiene armas?

A esta interrogación abrióse la puerta de la estancia, que daba en aquel palacio al patio, y apareció la guarnición en armas y en formación corree-