El suspiro del moro : leyendas, tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada · Unidad 95 de 390
Unidad 95 · 212 EL SUSPIRO DEL MORO.
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212 EL SUSPIRO DEL MORO.
como duermen allá en sus mazmorras los esclavos?
— Tengo dos hijos, y desde la hora en que me sentí mujer desee tenerlos. Quiero para mis hijos dignidades, riquezas, coronas, como buena madre que soy, gracias ú Alah. Y pues quiero, no para mí , para ellos , todos estos bienes , ya puedes suponer cómo veré al reino granadino cayéndose todo él en pedazos, sus vegas más hermosas taladas, sus hijos más vahen tes cautivos, sus predios más ricos incendiados, sus muros más fuertes ruinosos, sus ciudades más queridas sitiadas, su pnV ximo fin anunciado por tantos y tan terribles anuncios como los que pudieran verse así en tierra como en ciclo al acercarse ¡ay! el postrimer juicio.
— Aixá, dijo Ilaccm incorporándose en el lecho y dirigiendo miradas de odio á su impertinente mujer; tu esposo no ha consentido un punto de descanso á sus fuerzas. Tu csi)oso ha pasado por el mundo á caballo y cimitarra en mano. Tu esposo ha caído sobro las tierras cristianas como el rayo sobre el árbol, (^onio el huracán sobre la selva, (*omo la tormenta sobro el mar. Una humareda espesa y un rastro de sangre indeleble señalan su paso por todas las <*oniarcas que recorre con su furia. Las victorias rebosan en nuestros anales, los timbres se aumentan en nuestros escudos, los cautivos se amontonan en nuestras mazmorras, los despojos crecen en nuestras porfías, el reino nazarita se salva del feroz empujo castellano. Solamente puedo perderlo para siempre la intriga ase-
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«ina deslizándose en nuestros palacios, la división artera en nuestras gentes , los facciosos traidores en nuestras huestes , los rebeldes á su reino en nuestro pueblo. Y tus quejas suscitan todos estos males en razas de antiguo mal contentas.
—Suprime tus errores y verás cómo suspendo mis plañidos.
—Estoy seguro de que dejo el reino íntegro á tus
hijos; y estoy seguro también de que tus hijos lo
perderán para siempre. Quieres destinarlos al
trono y los encierras como viles mujeres en el
^rrallo. Quieres que aprendan á reinar y no los
envías á combatir. Quieres que tomen el acerbo
^fenge cuyo filo cercena las cristianas cabezas y
'os acostumbras á la punta que borda los femeniles
l^í^ocados. Las gentes llaman á tu predilecto, á tu
PJ^imogénito, á tu Boabdil amado, el chico y el sin
^'^ntura, como diciendo que al morir su padre, mo-
^^ con 61 también la última esperanza y la postrer 'ortuna de Granada.
' — -Injusta conmigo, Hacem, con tu mujer, con ^u Aixá, con la madre de tus hijos. Apenas dejarn ^1 pecho de su nodriza cuando le caia en los labios ^^^sátumbrados á la dulce leche el amargor acerbo ^^ la sangre. Las lanzas cristianas han herido su 8*rganta en la edad en que solamente la habían ^í>cado los besos ardientes de esta madre. Y lo injunas creyéndole indigno de una corona , que llenura con gloria, y de un reino que defenderá con Woismo. Alah permita que lo legues el reino con