El Tempe argentino · Unidad 33 de 125
Unidad 33 · EL CANTOR SIN NOMBRE Y EL PIRIRÍ. $83
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EL CANTOR SIN NOMBRE Y EL PIRIRÍ. $83
la felicidad; de esa aspiración vehemente del corazón humano? A los oídos del campesino no hay música más grata que los balidos del rebaño cuyos vellones simbolizan su ventura y su tesoro; o bien, el mugir de los bueyes que van a abrir los surcos para sus mieses.
Cuando el labrador contempla en la era realizadas las esperanzas del año, ¿qué cuadro de Rafael o del 'Ticiano será a sus ojos tan bello como aquél montón de trigo? Y sin duda que por eso en la poesía pastoral de los tiempos bíblicos esas rústicas escenas ofrecían los símiles más propios para expresar los alicientes de la voluptuosidad, y vonderar los atractivos de la bella Sulamita.
Así también cuando en una hermosa mañana de primavera contemplamos el espléndido manto de lozano verdor, matizado de tanta variedad de flores que anuncian ópimos frutos, y las nacientes sementeras que al tenor de sus brotes hacen retoñar las esperanzas del sembrador; cuando presenciamos los amores y los goces de toda la creación; cuando todo anuncia días serenos, tranquilos y abundosos, entonces no se ven sino escenas placenteras en los ríos, en los lagos, en los bosques y en los prados; no se oyen sino himnos armoniosos, aunque confundan su rústico canto mil aves bulliciosas con las notas melodiosas del cardenal, la calandria y el jilguero, o con los melifluos acentos del cantor innominado. Así los vocingleros piriríes suelen también contribuir a nuestra alegría, atronando el bosque con sus gritos descompasados, cuando los ardientes rayos del sol de mediodía han impuesto el silencio a las demás aves. Parados sobre la copa de un árbol, dando todos la espalda al astro refulgente, entonan su invariable canto, que consiste en repetir
si EL TEMPE ARGENTINO.
una misma frase, empezando por tonos agudos que bajan gradualmente, a manera de solfeo, en tanto que toda la banda repite en coro la palabra de su nombre pirirí; de lo que resulta un concierto tan discordante como festivo, que parece más grotesco con las chuscas contorsiones de los cantores.
Los piriries son algo mayores que el zorzal; su color es pardo, su plumaje muy ralo, su cola larga, y tienen un copete desairado. Vuelan poco; pueden considerarse como andadores o humícolas, porque frecuentemente andan por el suelo buscando insectos y pequeños reptiles para alimentarse.
Son más familiares y mansos que las mismas aves de corral. Parece que gustasen de la compañía del hombre, sin otro objeto que el de serle útiles, extirpando las sabandijas y larvas que saben arrancar de la tierra con sus corvos picos. Sus pichones se crían fácilmente con carne cruda, sin necesidad de enjaularlos, y se encariñan tanto de su dueño, que lo siguen a todas partes, aunque ande a caballo.
Viven en sociedad, formando pequeñas coloe agrupados por simpatía, y andan siempre jun-
Construyen entre todos una habitación común, pa sus hijos juntos, viviendo en la más completa comunidad de tareas y de goces de familia.
Su nido común es un gran globo, formado de ramitas entretejidas, con su interior muellemente tapizado de lana y plumazón. Allí ponen sus huevos todas las hembras del aduar, y hacen las incubación echándose varias de ellas a la par, y turnándose con las restantes. Los huevos, del tamaño
de los de la perdiz, son lindísimos, de un hermoso
color celeste, jaspeados con vetas blancas de relieve, que al menor roce se desprenden.
Estas cuitadas avecitas son muy friolentas, a